Texto clave
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
Llegamos al final de esta historia.
Comenzamos delante de un tribunal.
Había un Juez.
Había una ley quebrantada.
Había un acusado.
Había evidencia.
Había una deuda.
Había un acta que estaba contra nosotros.
Y había una sentencia:
“La paga del pecado es muerte.”
Pero la historia no terminó allí.
El Juez amaba al culpable.
Sin abandonar su justicia, proporcionó un Sustituto.
El Hijo de Dios se hizo hombre.
El Justo ocupó el lugar de los injustos.
La deuda fue pagada.
El acta fue quitada de en medio.
Cristo declaró:
“Consumado es.”
Parecería que allí podríamos terminar esta serie.
El caso ha sido resuelto.
La justicia ha sido satisfecha.
La deuda ha sido pagada.
Pero Dios quería hacer algo todavía más extraordinario.
No solamente quería sacar al culpable del tribunal.
Quería llevarlo de regreso a casa.
Hay algo profundamente conmovedor en las palabras de Pedro.
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos…”
Eso ya lo hemos estudiado.
El Justo.
Por los injustos.
El Sustituto.
La Cruz.
El sacrificio.
Pero Pedro todavía no ha terminado la frase.
Nos explica para qué ocurrió todo aquello:
“…para llevarnos a Dios.”
Ese era el propósito.
No solamente librarnos del castigo.
Llevarnos a Dios.
No solamente cancelar una deuda.
Llevarnos a Dios.
No solamente cerrar un expediente.
Llevarnos a Dios.
No solamente evitar la condenación.
Llevarnos a Dios.
El Evangelio no termina cuando el acusado abandona libre el tribunal.
Continúa hasta que aquel que estaba lejos:
regresa a casa.
Pablo lo expresa de una manera hermosa:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”
Romanos 5:10, RVR1960
La palabra es:
reconciliados.
Eso significa que el problema nunca fue solamente jurídico.
Era también relacional.
Habíamos pecado contra Alguien.
Nos habíamos alejado de Alguien.
Habíamos perdido comunión con Alguien.
Y ese Alguien era:
nuestro Creador.
Por eso la salvación no podía terminar simplemente con una deuda cancelada.
Dios quería restaurar la relación.

El camino que se cerró en Edén comenzó a abrirse nuevamente.
Regresemos por un momento al principio.
Después del pecado ocurrió algo terrible:
“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960
Qué frase tan dolorosa.
Fuera.
El hombre que había sido creado para vivir en comunión con Dios quedó fuera.
Fuera del huerto.
Fuera del acceso al árbol de la vida.
Fuera de aquella comunión que había conocido.
Y Dios colocó querubines:
“…y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.”
Génesis 3:24, RVR1960
El camino quedó cerrado.
Pero ahora contemple lo que ocurrió en la muerte de Jesucristo.
Mateo registra:
“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…”
Mateo 27:51, RVR1960
De arriba abajo.
No de abajo arriba.
La iniciativa nuevamente venía de Dios.
Hebreos interpreta el acceso que tenemos por medio de Cristo:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió…”
Hebreos 10:19-20, RVR1960
Observe la palabra:
“camino.”
En Génesis:
el camino fue guardado.
En Hebreos:
Cristo abrió un camino.
La historia que comenzó con una puerta cerrada estaba avanzando hacia una puerta abierta.
Y el precio para abrirla fue:
la sangre de Jesucristo.
Aquí la historia se vuelve todavía más hermosa.
¿Qué esperaba el culpable?
Quizá solamente misericordia.
Quizá simplemente no ser condenado.
Quizá salir del tribunal y marcharse rápidamente antes de que el Juez cambiara de opinión.
Pero el Evangelio ofrece mucho más.
Pablo escribe:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”
Romanos 8:1, RVR1960
Ninguna condenación.
Pero Dios no se detuvo allí.
Juan escribe:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios…”
1 Juan 3:1, RVR1960
Piense en la enorme distancia entre esas dos condiciones:
acusado
e:
hijo.
Llegamos culpables.
Y Dios quiso recibirnos como hijos.
Estábamos lejos.
Y quiso acercarnos.
Éramos enemigos.
Y quiso reconciliarnos.
Estábamos fuera.
Y quiso llevarnos nuevamente a su presencia.
Pablo dice:
“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.”
Efesios 2:13, RVR1960
Antes:
lejos.
Ahora:
cercanos.
Ese es el resultado de la Cruz.
Y pocos versículos después Pablo llega todavía más lejos:
“Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.”
Efesios 2:18, RVR1960
Entrada al Padre.
La puerta estaba abierta.
Pero todavía faltaba una sorpresa:
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.”
Efesios 2:19, RVR1960
El Juez no solamente absolvió al culpable.
Le abrió la puerta de su casa.
Y le dijo:
Entra.
La justicia no terminó expulsándonos; terminó haciendo posible nuestro regreso.
Esto cambia nuestra manera de entender toda esta serie.
La justicia divina no era nuestro enemigo.
Nuestro enemigo era:
el pecado.
La justicia simplemente decía la verdad acerca de nuestra condición.
Éramos culpables.
Pero el mismo Dios que estableció la justicia proporcionó la manera justa de salvarnos.
Por eso David podía decir:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Nunca hubo que escoger entre justicia y misericordia.
En la Cruz permanecieron ambas.
Dios continuó siendo justo.
Y nosotros pudimos recibir misericordia.
La justicia recibió el pago.
El pecador recibió perdón.
La deuda fue satisfecha.
El acta fue quitada.
La condenación perdió su reclamación sobre aquel que está en Cristo.
Y el camino hacia Dios quedó abierto.
Por eso Pablo pudo escribir:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Romanos 5:1, RVR1960
Después de toda esta historia:
paz.
Paz con el Juez.
Paz con el Creador.
Paz con el Padre.
Paz con Dios.
Aquí podríamos terminar.
Sería un final perfecto.
Cristo murió.
La deuda fue pagada.
El camino quedó abierto.
Regresamos a casa.
Pero hay una pregunta que durante mucho tiempo quizá no nos hemos hecho.
¿Cuándo comenzó realmente el sacrificio de Jesucristo por nosotros?
Casi siempre pensamos inmediatamente en la Cruz.
Y tenemos razón al colocarla en el centro.
La Cruz fue el sacrificio máximo de Jesucristo.
Nada de lo que estudiaremos después disminuirá el Calvario.
Nada competirá con él.
Nada ocupará su lugar.
Allí entregó su vida.
Allí derramó su sangre.
Allí murió el Justo por los injustos.
Allí pagó nuestra deuda.
La Cruz fue el sacrificio supremo.
Pero no fue:
el primer sacrificio.
Mucho antes de los clavos hubo renuncias.
Mucho antes de la corona de espinas hubo una decisión.
Mucho antes de que su cuerpo fuera colocado sobre un madero, el Hijo había aceptado venir a vivir entre nosotros.
Juan registra una oración de Jesús que nos permite mirar hacia aquello que existía antes de Belén:
“Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Había una gloria que tenía antes de venir.
Y Pablo escribe:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6-7, RVR1960
Antes de contemplar a Cristo muriendo como hombre:
debemos recordar quién era antes de hacerse hombre.
Antes de mirar lo que sufrió en la Cruz:
debemos mirar lo que estuvo dispuesto a dejar para llegar hasta ella.
Antes de escuchar:
“Consumado es”
hubo un momento en el que el Hijo estuvo dispuesto a decir, en efecto:
Iré.
Y entre aquella decisión de venir y el momento en que finalmente entregó su vida en el Calvario hubo toda una historia.
Una historia de sacrificios que con frecuencia pasamos por alto.
Hubo sacrificios antes de la Cruz.
Pensamos en los clavos.
Pero antes hubo:
Belén.
Pensamos en la desnudez y humillación del Calvario.
Pero antes estuvo el Hijo eterno aceptando:
“…forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Pensamos en aquel que no tenía dónde recostar su cabeza.
Pero antes había existido:
“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Pensamos en los hombres rechazándolo.
Pero pocas veces nos detenemos a considerar de dónde había venido Aquel a quien estaban rechazando.
Juan lo resume en palabras impresionantes:
“En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.”
Juan 1:10, RVR1960
El Creador entró en el mundo que había creado.
Y:
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”
Juan 1:11, RVR1960
La Cruz estaba al final del camino.
Pero el camino mismo estuvo lleno de entrega.
El Hijo dejó la gloria que tenía con el Padre.
Entró en el tiempo.
Tomó naturaleza humana.
Nació.
Dependió del cuidado de otros.
Creció.
Vivió bajo las limitaciones propias de una verdadera humanidad.
Fue rechazado.
Fue incomprendido.
Fue despreciado.
Sirvió.
Se cansó.
Tuvo hambre.
Tuvo sed.
Lloró.
Y finalmente:
entregó su vida.
No todo aquello tuvo la misma función expiatoria de la Cruz.
Pero todo aquello nos permite contemplar algo que merece nuestra atención:
Quizá hemos contemplado demasiado rápidamente el viaje entre:
la gloria
y:
el Gólgota.
Sabemos mucho acerca del final.
Pero ¿qué había al principio?
¿Cómo era la existencia del Hijo antes de Belén?
¿Qué gloria tenía?
¿Qué comunión disfrutaba con el Padre?
¿Qué autoridad poseía?
¿Qué lugar ocupaba?
¿Qué significa que aquel por quien fueron hechas todas las cosas aceptara entrar en su propia creación?
¿Qué significó pasar de la gloria celestial a una casa humilde?
¿Qué significó para el Rey tomar forma de siervo?
¿Qué significó para el Creador permitir que criaturas hechas por Él lo rechazaran?
¿Qué sacrificios existieron entre:
“el Verbo era Dios”
y:
“Consumado es”?
La Biblia no responde cada detalle que nuestra imaginación quisiera conocer, y donde ella guarda silencio nosotros también debemos distinguir cuidadosamente entre lo revelado y lo imaginado.
Pero revela suficiente para hacernos comprender algo extraordinario:
la Cruz fue el sacrificio máximo de Jesucristo, pero el amor que lo llevó a la Cruz había comenzado a manifestarse mucho antes del Calvario.
Por eso nuestra historia no termina aquí.
En realidad:
estamos preparados para mirar hacia atrás.
No para alejarnos de la Cruz.
Sino para comprender mejor al que murió en ella.
Ahora queremos seguir el camino en sentido contrario.
Desde el Calvario:
hasta Belén.
Desde Belén:
hacia aquella gloria que Cristo tenía con el Padre antes que el mundo fuese.
Queremos descubrir los sacrificios que existieron antes del sacrificio máximo.
Las renuncias antes de los clavos.
La entrega antes de la sangre.
El descenso antes del Calvario.
Porque quizá, cuando comprendamos un poco mejor todo lo que estuvo dispuesto a dejar antes de entregar finalmente su vida, comprenderemos también algo mucho más profundo:
el corazón de Dios.
Esta serie comenzó preguntando qué haría la justicia divina con nosotros.
Terminamos descubriendo algo que jamás habríamos imaginado:
el Juez pagó el precio para abrirnos la puerta de su propia casa.
Y ahora que la puerta está abierta, ha llegado el momento de conocer mejor:
el corazón de Aquel que estuvo dispuesto a hacerlo.
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Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
Después de todo lo que hemos estudiado acerca de la justicia celestial, hay algo que todavía me parece difícil de comprender por su grandeza:
Qué Juez tan extraordinario es Dios.
Imagine la escena.
Usted está delante del tribunal.
Dios conoce toda su vida.
No solamente conoce aquello que los demás saben de usted. Conoce lo secreto. Conoce las palabras que nadie escuchó, las decisiones que nadie descubrió, las intenciones del corazón, el bien que pudo hacer y no hizo, las veces que conoció lo correcto y escogió lo contrario.
Nada está escondido.
“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
Hebreos 4:13, RVR1960
El expediente está abierto.
Las evidencias son verdaderas.
Y el Juez pronuncia el veredicto:
Eres culpable.
Esto hiciste.
Esto dijiste.
Aquí desobedeciste.
Aquí mentiste.
Aquí heriste.
Aquí fuiste injusto.
Aquí sabías lo que debías hacer y decidiste no hacerlo.
Aquí pecaste contra mí.
No hay error judicial.
No hay corrupción.
No hay exageración.
El acusado sabe que el Juez tiene razón.
Entonces viene la sentencia:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Esta es la condena que te corresponde.
Y hasta allí todo parecería terminado.
El hombre pecó.
La justicia examinó el caso.
La culpabilidad fue demostrada.
La sentencia fue pronunciada.
Pero entonces ocurre algo que ningún tribunal humano podría siquiera imaginar.

Imagine que después de pronunciar la sentencia, el Juez se levanta.
Mira al culpable y le dice:
“Eres culpable.”
“La sentencia es justa.”
“Esta condena te corresponde.”
“Pero si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo asumiré la condena que te corresponde para que tú puedas ser libre.”
Eso cambia completamente la escena.
El Juez no está enviando a un tercero ajeno a Él para que resuelva su problema.
Dios vino.
Juan lo declara:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y después:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
El Verbo era Dios.
Aquí entramos en uno de los misterios más profundos de nuestra fe.
Un solo Dios.
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Tres personas, un solo Dios.
No tres dioses.
Y tampoco una sola persona desempeñando simplemente tres papeles.
El Padre es Dios.
El Hijo es Dios.
El Espíritu Santo es Dios.
Y Dios es uno.
Por eso, cuando contemplamos a Jesucristo pagando nuestra condena, estamos contemplando a Dios entrando personalmente en nuestra tragedia.
Pablo lo expresa de una manera extraordinaria:
“…Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…”
2 Corintios 5:19, RVR1960
Dios estaba en Cristo.
No permaneció distante.
No contempló nuestra tragedia desde la seguridad del cielo diciendo a otro:
“Ve tú y resuelve el problema.”
Dios vino a nosotros en Jesucristo.
Por eso Tomás pudo mirar al Cristo resucitado y decir:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
Y Jesucristo no rechazó aquella confesión.
El que había estado colgado de la Cruz era:
El Creador había entrado en su creación.
El Juez había entrado en la historia del acusado.
Y ahora podemos comprender lo extraordinario de la Cruz.
Ese es el corazón de todo lo que hemos estudiado.
Dios no le dice al pecador:
“Eres inocente.”
Le dice:
“Eres culpable.”
No le dice:
“Tu pecado no tiene consecuencias.”
Le dice:
“La paga del pecado es muerte.”
No le dice:
“Voy a ignorar mi justicia porque te amo.”
Le dice:
“Mi justicia tiene que ser satisfecha.”
Y entonces ocurre lo inimaginable:
“Pero Yo mismo pagaré la condena que justamente te corresponde.”
Dios se hizo hombre.
Entró en nuestro mundo.
Tomó nuestra naturaleza.
Vivió entre nosotros.
Y finalmente llegó hasta la Cruz.
Pablo escribe:
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.”
Colosenses 2:9, RVR1960
El que estaba allí no era simplemente un mártir.
No era solamente un profeta.
No era un hombre bueno que decidió morir por otros.
Era Dios manifestado en carne.
“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…”
1 Timoteo 3:16, RVR1960
Por eso la Cruz revela algo tan extraordinario acerca del carácter de Dios.
El Juez asumió el costo de su propia sentencia.
No porque la sentencia fuera injusta.
Precisamente porque era justa.
No porque el culpable mereciera salir libre.
Precisamente porque no podía liberarse por sí mismo.
No porque la justicia dejara de importar.
Precisamente porque la justicia tenía que ser satisfecha.
El Juez dijo:
“La deuda tiene que pagarse.”
Y después:
“Yo la pagaré.”
“La condena tiene que cumplirse.”
Y después:
“Yo la asumiré.”
“La justicia tiene que ser satisfecha.”
Y después:
“Yo mismo proporcionaré en mí el pago.”
Eso es la Cruz.
Murió precisamente porque:
éramos culpables.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
Observe cuidadosamente quién aparece en el versículo:
Dios muestra su amor.
¿Cómo?
Cristo murió por nosotros.
No estamos contemplando dos dioses con diferentes sentimientos hacia el hombre.
Estamos contemplando el misterio del único Dios obrando nuestra salvación.
Jesús dijo:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Y también:
“…El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
La Cruz no nos muestra a un Hijo misericordioso intentando convencer a un Dios que no quería perdonarnos.
La Cruz nos muestra el corazón de Dios.
El Padre amó.
El Hijo amó.
Dios actuó para salvarnos.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
Juan 3:16, RVR1960
La Cruz nació de ese amor.
Ahora regresemos una última vez al tribunal.
El acusado está allí.
Culpable.
Sin argumentos.
Sin dinero suficiente para pagar.
Sin buenas obras capaces de borrar el expediente.
Sin posibilidad de escapar de una sentencia justa.
El Juez lo mira.
Y dice:
“Eres culpable.”
El acusado baja la cabeza.
“Esta es la condena que corresponde a tus actos.”
No hay nada que responder.
Entonces el Juez continúa:
“Pero te amo.”
“Y si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo asumiré tu condena.”
“Yo pagaré tu deuda.”
“Yo recibiré el castigo que justamente te correspondía.”
“Yo abriré la puerta que tú cerraste.”
“Yo quitaré el acta que estaba contra ti.”
“Yo haré posible que salgas libre sin que mi justicia deje de ser justicia.”
Y eso fue exactamente lo que Dios hizo:
vino.
Se hizo hombre.
Habitó entre nosotros.
Caminó nuestras calles.
Fue rechazado por sus criaturas.
Fue llevado a una Cruz.
Y allí pagó.
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960
El Justo por los injustos.
El Juez por los acusados.
Dios por nosotros.
Y cuando el pago estuvo completo:
“Consumado es.”
No porque el pecado haya desaparecido mágicamente.
No porque nunca hubiéramos sido culpables.
No porque Dios hubiera cambiado sus leyes.
No porque la sentencia hubiera sido exagerada.
Porque la condena fue pagada.
Por eso Pablo puede escribir:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”
Romanos 8:1, RVR1960
El que merecía condenación:
puede salir libre.
El que estaba lejos:
puede regresar.
El enemigo:
puede ser reconciliado.
El deudor:
puede quedar sin deuda.
El acusado:
puede ser justificado.
Y el que había quedado fuera:
puede volver a casa.
¿Qué clase de Juez hace algo así?
Uno que es perfectamente justo.
Y al mismo tiempo:
perfectamente amoroso.
Un Juez que no disminuye la condena para salvar al culpable.
La asume Él mismo.
Un Juez que no destruye su justicia para poder perdonar.
Paga lo que su justicia demanda.
Un Juez que no dice que el pecado no importa.
Muestra cuánto importa en el precio que estuvo dispuesto a pagar.
Un Juez que después de pronunciar:
“Culpable”
está dispuesto a decir:
“Yo pagaré tu condena para que tú puedas ser libre.”
Ese es Jesucristo.
Ese es Dios.
Y ese es uno de los misterios más extraordinarios del Evangelio.
El Juez tomó el lugar del acusado.
El Dios contra quien habíamos pecado vino a pagar la deuda de quienes habían pecado contra Él.
El que pronunció la sentencia asumió la condena.
El que tenía todo el derecho de condenarnos abrió el camino para perdonarnos.
Y ahora llama al culpable:
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960
Tal vez esa sea la imagen con la que debemos terminar toda esta serie.
Un culpable delante del Juez.
Un expediente imposible de negar.
Una sentencia imposible de pagar.
Y un Dios que le dice:
“Sí. Eres culpable.”
“Sí. La condena es justa.”
“Pero si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo pagaré la condena que te corresponde.”
“Yo ocuparé tu lugar.”
“Yo pagaré tu deuda.”
“Y tú podrás salir libre.”
Eso es justicia.
Eso es misericordia.
Eso es gracia.
Eso es amor.
Ese es Dios.
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Texto clave: Génesis 3:15
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
Génesis 3:15, RVR1960
La historia de la Encarnación no comienza en Nazaret cuando Gabriel apareció delante de María. Tampoco comienza en Belén cuando Jesús fue colocado en un pesebre. Para encontrar su primera señal tenemos que regresar mucho más atrás, hasta las primeras páginas de la Biblia, cuando el pecado acababa de entrar en la experiencia humana.
Adán y Eva habían desobedecido a Dios.
Aquello que Dios había advertido había ocurrido. El pecado había entrado, la comunión con Dios había sido quebrantada y la muerte había comenzado su dominio sobre la humanidad.
El hombre se escondía.
La mujer había sido engañada.
La serpiente parecía haber triunfado.
Pero antes de que Adán y Eva salieran del huerto, Dios pronunció unas palabras extraordinarias.
En medio del juicio apareció una promesa.
Y aquella promesa hablaba de alguien que vendría.
Dios dijo a la serpiente:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya…»
Todavía no aparece el nombre de Jesús.
No se menciona Nazaret.
No se menciona Belén.
No se habla todavía de una virgen llamada María.
No aparece Gabriel.
No se explica cómo ocurrirá la Encarnación.
Pero algo ha comenzado.
Dios anuncia que vendrá alguien.
Alguien relacionado con la humanidad.
Alguien descrito de una manera particular:
«La simiente de la mujer.»
En ese momento Adán y Eva no podían comprender todo lo que nosotros podemos ver al mirar la historia completa de las Escrituras. Ellos recibieron una promesa todavía envuelta en misterio.
Pero era suficiente para que naciera una expectativa.
La historia humana no terminaría con la victoria de la serpiente.
La expresión resulta especialmente interesante.
Dios no dijo simplemente que algún día la humanidad vencería al mal. Habló de una persona que vendría de la mujer y que entraría directamente en conflicto con la serpiente.
La promesa comienza, por lo tanto, dentro de nuestra propia humanidad.
El vencedor vendría a nosotros.
Nacería dentro de la familia humana.
Muchos siglos después comenzaremos a comprender mejor aquellas palabras.
Isaías anunciará:
«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.»
Isaías 7:14, RVR1960
Después Gabriel aparecerá delante de una joven llamada María y le dirá:
«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.»
Lucas 1:31, RVR1960
Y cuando María pregunte cómo podría suceder aquello, puesto que no conocía varón, Gabriel responderá:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Lucas 1:35, RVR1960
Lo que en Génesis era apenas una promesa comenzaría, siglos después, a revelar su extraordinaria profundidad.
La simiente de la mujer realmente vendría.

La simiente de la mujer vendría y le pisaría la cabeza al enemigo de la raza humana
Esto es importante.
No debemos colocar en Génesis 3:15 todos los detalles que solamente serían revelados posteriormente.
Adán y Eva no recibieron una explicación completa de la Encarnación. Dios no les explicó todavía la concepción virginal, Belén, el pesebre, la naturaleza humana de Cristo ni la manera exacta en que el Salvador derrotaría al enemigo.
La revelación vendría progresivamente.
Primero, Dios dio una promesa.
Después comenzaría a añadir detalles.
Vendría de la humanidad.
Vendría por medio de Abraham.
Vendría de la tribu de Judá.
Vendría de la casa de David.
Una virgen concebiría.
Sería llamado Emanuel.
Nacería en Belén.
Sería llamado Hijo del Altísimo.
Hasta que finalmente Gabriel pudiera decirle a María:
«Concebirás en tu vientre.»
Pero todo comenzó aquí.
Con la promesa de una simiente.
La promesa de Génesis contiene también algo inquietante:
«Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
El que vendría sería herido.
La victoria tendría un precio.
Desde la primera promesa acerca del que habría de venir encontramos sufrimiento y triunfo en la misma declaración.
La serpiente heriría.
Pero la simiente de la mujer aplastaría su cabeza.
Una herida en el calcañar no equivale a una herida en la cabeza. La imagen anticipa un conflicto en el cual el vencedor sería herido, pero el enemigo recibiría el golpe decisivo.
Mucho faltaba todavía para comprender cómo ocurriría.
Vendrían Abraham, Isaac y Jacob.
Vendría Judá.
Vendría David.
Vendrían los profetas.
Isaías hablaría del Siervo herido.
Miqueas señalaría Belén.
Y finalmente aparecería Juan el Bautista anunciando que alguien venía detrás de él.
Pero desde el principio Dios ya había declarado que la serpiente no tendría la última palabra.
Génesis 3:15 todavía no nos explica cómo Dios se haría hombre, pero abre la puerta para comprender por qué la Encarnación sería necesaria.
La humanidad había caído.
Y el vencedor entraría en nuestra humanidad.
El Nuevo Testamento posteriormente lo expresaría con una claridad extraordinaria:
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…»
Gálatas 4:4, RVR1960
Observe la expresión:
«Nacido de mujer.»
Desde Génesis hasta Gálatas corre una línea que atraviesa toda la historia bíblica.
En Génesis encontramos:
«La simiente de la mujer.»
Y cuando finalmente llegó el cumplimiento del tiempo:
«Nacido de mujer.»
La promesa comenzaba a tomar forma.
Imagine por un momento la escena.
El huerto había sido contaminado por el pecado. Adán y Eva acababan de descubrir la vergüenza, el temor y las consecuencias de haberse separado de Dios.
Todo parecía haberse perdido.
Pero entonces Dios habló.
Y en medio de las consecuencias del pecado dejó sembrada una esperanza.
Alguien vendría.
Todavía no sabían su nombre.
Todavía no sabían dónde nacería.
Todavía no sabían cuándo llegaría.
Todavía no sabían que una joven de Nazaret escucharía la voz de Gabriel.
Todavía no sabían que el Espíritu Santo vendría sobre ella.
Todavía no sabían que José recibiría un mensaje mientras dormía.
Todavía no sabían que una noche unos pastores escucharían a los ángeles.
Todavía no sabían que un niño sería envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Pero sabían algo:
vendría alguien.
Y aquel que vendría enfrentaría al enemigo que había introducido el engaño y la muerte en la experiencia humana.
La primera promesa había sido pronunciada.
A partir de ese momento, la historia bíblica comenzaría a responder una pregunta:
¿Quién es la simiente de la mujer?
Pasarían generaciones.
Pasarían siglos.
Dios añadiría una profecía después de otra.
La imagen se volvería cada vez más clara.
Hasta que un día, en una pequeña población llamada Nazaret, un ángel llamado Gabriel se presentaría delante de una joven virgen.
Y aquello que había comenzado como una misteriosa promesa en el Edén estaría a punto de convertirse en realidad.
La simiente de la mujer estaba por venir.
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Música recomendada
Abraham, Judá y David — La línea se va estrechando
Textos clave: Génesis 22:18; Génesis 49:10; 2 Samuel 7:12-16
La primera promesa había sido amplia y misteriosa. Después de la caída, Dios había anunciado que vendría la simiente de la mujer. Alguien aparecería dentro de la humanidad y finalmente vencería a la serpiente.
Pero Génesis 3:15 todavía dejaba muchas preguntas.
¿De dónde vendría?
¿De qué pueblo?
¿De qué familia?
¿Quién sería?
Con el paso de las generaciones, Dios comenzó a revelar nuevos detalles. La promesa no cambió; se hizo cada vez más específica.
Primero, la humanidad.
Después, Abraham.
Después, Judá.
Después, David.
La línea se iba estrechando.

Dios indicó claramente de donde vendría la simiente que le pisaría la cabeza al enemigo de la raza humana
Muchos siglos después de Adán y Eva, Dios llamó a un hombre llamado Abraham y comenzó con él una historia extraordinaria.
Dios le prometió descendencia y le anunció que, por medio de ella, la bendición alcanzaría mucho más allá de su propia familia.
Después de la prueba en la que Abraham estuvo dispuesto a ofrecer a Isaac, Dios declaró:
«En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.»
Génesis 22:18, RVR1960
La palabra simiente vuelve a aparecer.
En Génesis 3 habíamos escuchado acerca de la simiente de la mujer.
Ahora escuchamos acerca de la simiente de Abraham.
La promesa comienza a tomar forma.
El que vendría pertenecería a la descendencia de Abraham, pero su influencia no estaría limitada a una sola nación.
Todas las naciones de la tierra serían bendecidas en su simiente.
Mucho tiempo después, el Nuevo Testamento identificaría directamente a Cristo con esta promesa:
«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.»
Gálatas 3:16, RVR1960
Lo que en Génesis aparecía como una promesa que atravesaría generaciones, el Nuevo Testamento nos permite contemplarlo con claridad:
la línea conducía a Jesucristo.
Abraham tuvo a Isaac.
Isaac tuvo a Jacob.
Jacob tuvo doce hijos.
De ellos surgirían las doce tribus de Israel.
La pregunta se vuelve entonces todavía más específica.
¿De cuál de aquellas tribus vendría?
Antes de morir, Jacob reunió a sus hijos y pronunció palabras proféticas sobre ellos. Cuando llegó a Judá declaró:
«No será quitado el cetro de Judá,
Ni el legislador de entre sus pies,
Hasta que venga Siloh;
Y a él se congregarán los pueblos.»
Génesis 49:10, RVR1960
Ahora aparece otro elemento.
Un cetro.
La promesa comienza a adquirir características reales.
Ya no solamente esperamos a alguien que vencerá a la serpiente.
Ya no solamente sabemos que vendrá de Abraham.
Ahora sabemos que estará relacionado con Judá y con el gobierno.
El cetro representa autoridad real.
De las doce tribus, una comienza a sobresalir en la línea de la promesa:
Judá.
Siglos después, el Nuevo Testamento confirmaría esta procedencia de Jesucristo:
«Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá.»
Hebreos 7:14, RVR1960
La línea se ha estrechado nuevamente.
De la humanidad:
la descendencia de Abraham.
De la descendencia de Abraham:
Israel.
De las tribus de Israel:
Judá.
Pero Dios todavía revelaría algo más.
Pasaron generaciones.
De la tribu de Judá surgió una familia y, dentro de ella, un joven pastor llamado David.
Dios lo levantó como rey de Israel.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Dios hizo a David una promesa que llevaría la expectativa mesiánica a un nivel todavía más específico.
«Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino.»
2 Samuel 7:12, RVR1960
La promesa tenía un cumplimiento inmediato relacionado con la descendencia de David, pero sus palabras también proyectaban la esperanza hacia un reino extraordinario.
«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.»
2 Samuel 7:16, RVR1960
Ahora tenemos otra pieza.
Un trono.
Primero apareció la simiente.
Después apareció el cetro.
Ahora aparece el trono.
Y no cualquier trono.
La expectativa se vuelve cada vez más clara: el que vendría sería descendiente de David y tendría un reino relacionado con una promesa de permanencia eterna.
Aquí encontramos una conexión extraordinaria con la Encarnación.
Pasaron siglos desde que Dios hizo aquella promesa a David.
Reyes aparecieron y desaparecieron.
Israel atravesó guerras, divisiones, invasiones y cautiverios.
Llegó incluso el momento en que ya no había un descendiente de David gobernando sobre el trono de Israel.
Humanamente, podía parecer que la antigua promesa había quedado en el pasado.
Hasta que un día Dios envió al ángel Gabriel a una pequeña población de Galilea llamada Nazaret.
Gabriel apareció delante de María y le habló del hijo que concebiría:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»
Lucas 1:32, RVR1960
El trono de David.
Las palabras pronunciadas siglos antes reaparecen en el anuncio de Gabriel.
Y Gabriel continuó:
«Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:33, RVR1960
Ahora comparemos las dos declaraciones.
A David se le había prometido:
«Tu trono será estable eternamente.»
A María se le anunció:
«Su reino no tendrá fin.»
La antigua promesa estaba llegando a su cumplimiento.
Al observar estas profecías juntas podemos ver una progresión extraordinaria.
En el Edén:
Vendrá de la mujer.
Con Abraham:
Vendrá de su simiente y traerá bendición a las naciones.
Con Jacob:
Vendrá de Judá y tendrá el cetro.
Con David:
Vendrá de su linaje y tendrá un reino eterno.
Cada revelación reduce las posibilidades.
La línea se estrecha.
Dios no reveló toda la historia de una sola vez. Fue colocando una señal tras otra a lo largo de las Escrituras.
Era como si cada nueva profecía respondiera una pregunta y al mismo tiempo preparara la siguiente.
Sabemos que vendrá.
Ahora sabemos de qué pueblo.
Sabemos de qué tribu.
Sabemos de qué casa.
Pero todavía falta algo extraordinario.
¿Cómo entrará en el mundo?
Hasta este momento, alguien que hubiera seguido las profecías podría haber comprendido que esperaba a un descendiente de Abraham, de la tribu de Judá y de la casa de David.
Pero todavía no sabía cómo ocurriría su nacimiento.
Todavía no sabía que Dios anunciaría algo que parecía humanamente imposible.
Todavía no sabía que una joven virgen sería escogida.
Todavía no había escuchado el nombre Emanuel.
Eso vendría después.
Porque la línea profética todavía tenía que estrecharse mucho más.
De la humanidad a Abraham.
De Abraham a Israel.
De Israel a Judá.
De Judá a David.
Y un día, de entre las jóvenes de Israel, la historia llegaría hasta una virgen.
Siglos antes de que Gabriel entrara en aquella casa de Nazaret, otro profeta añadiría una pieza extraordinaria al misterio.
Su nombre era Isaías.
Y su anuncio llevaría la promesa de la Encarnación mucho más lejos:
«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo…»
La promesa seguía tomando forma.
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Texto clave: Isaías 7:14
«Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.»
Isaías 7:14, RVR1960
Hasta este momento las profecías habían comenzado a identificar la línea de la cual vendría el Salvador. Pero Isaías introdujo un elemento completamente diferente.
Ya no habló solamente de quiénes serían sus antepasados.
Habló de su concepción.
Y lo que anunció era extraordinario:
una virgen concebiría.
Isaías comenzó diciendo:
«El Señor mismo os dará señal…»
Lo que seguía no era presentado como un acontecimiento ordinario. Dios estaba anunciando una señal.
Entonces Isaías escribió:
«He aquí que la virgen concebirá…»

«He aquí que la virgen concebirá…»
Una mujer tendría un hijo sin que la concepción fuera resultado de una relación con un hombre.
Isaías no explicó el mecanismo.
No dijo quién sería aquella mujer.
No dijo cuándo sucedería.
Simplemente dejó escrita la señal.
Una virgen quedaría embarazada.
La profecía permaneció allí durante siglos, esperando a que Dios mismo explicara cómo podía suceder algo semejante.
Muchos siglos después, el ángel Gabriel llegó a Nazaret.
Lucas tiene cuidado de describir a María:
«…a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.»
Lucas 1:27, RVR1960
No es un detalle menor.
Lucas identifica expresamente a María como virgen.
Después Gabriel le dijo:
«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.»
Lucas 1:31, RVR1960
María comprendió inmediatamente la dificultad.
«Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.»
Lucas 1:34, RVR1960
Su pregunta es completamente lógica.
¿Cómo podía concebir si no había tenido relaciones con un hombre?
Y precisamente aquí el Nuevo Testamento proporciona la explicación que Isaías no había dado.
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra…»
Lucas 1:35, RVR1960
Ahora sabemos cómo se cumpliría la señal.
No habría un padre humano en la concepción de Jesús.
La concepción ocurriría por la intervención sobrenatural de Dios.
María conocía lo que había ocurrido.
José no.
Desde su perspectiva, María estaba embarazada y el hijo no era suyo.
Por eso Mateo relata que Dios intervino para explicarle lo sucedido.
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
Mateo 1:20, RVR1960
La declaración es directa:
«Del Espíritu Santo es.»
Mateo entonces hace algo fundamental para nuestra serie. Une expresamente aquel embarazo con la antigua profecía de Isaías:
«Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta…»
Mateo 1:22, RVR1960
Y enseguida cita Isaías 7:14.
Por lo tanto, no necesitamos suponer que existe una relación entre ambos acontecimientos.
El propio Evangelio establece la relación.
La virgen anunciada por Isaías encuentra su cumplimiento en María.
Jesús tendría una madre humana.
María realmente lo llevaría en su vientre.
Habría embarazo, desarrollo fetal y finalmente nacimiento.
Pero no habría concepción mediante un padre humano.
Mateo lo enfatiza nuevamente cuando explica que José:
«…no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.»
Mateo 1:25, RVR1960
Esto protege un elemento fundamental del relato bíblico.
Jesús no fue un hijo concebido normalmente a quien posteriormente Dios escogió para una misión especial.
Desde su concepción ocurrió algo único.
Gabriel lo explicó:
«…por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
Lucas 1:35, RVR1960
La concepción virginal no es, entonces, un detalle decorativo de la historia de Navidad.
Forma parte de la identidad del niño que iba a nacer.
La profecía contenía en realidad dos afirmaciones sorprendentes.
La primera:
«La virgen concebirá.»
La segunda:
«Llamará su nombre Emanuel.»
Mateo explica el significado:
«…Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.»
Mateo 1:23, RVR1960
Una pregunta había recibido respuesta: ¿cómo concebiría una virgen?
Gabriel respondió:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti.»
Pero Isaías había dejado otra pregunta todavía mayor:
¿Por qué aquel niño podía ser llamado Emanuel: Dios con nosotros?
Esa pregunta merece su propio capítulo.
Porque la siguiente revelación no se concentrará solamente en cómo sería concebido.
Nos obligará a detenernos en quién era realmente el niño que iba a nacer.
Su nombre sería Emanuel.
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Textos clave: Isaías 7:14; Mateo 1:22-23
«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.»
Isaías 7:14, RVR1960
Isaías había anunciado algo extraordinario acerca de la concepción del niño. Pero la profecía contenía otra revelación que podía pasar inadvertida detrás del milagro de la virgen.
El niño tendría un nombre profético: Emanuel.
Siglos después, Mateo explicó su significado:
«He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel,
que traducido es: Dios con nosotros.»
Mateo 1:23, RVR1960
La pregunta ya no es cómo sería concebido.
Ahora la pregunta es mucho mayor:
¿Quién era el que estaba siendo concebido?
La historia bíblica estaba llena de hombres enviados por Dios.
Dios había enviado a Moisés.
Había levantado jueces.
Había llamado profetas.
Había ungido reyes.
Todos ellos podían hablar de parte de Dios, pero ninguno podía ser llamado Dios con nosotros.
Moisés podía decir: «Jehová me envió».
Los profetas podían declarar: «Así ha dicho Jehová».
Pero Emanuel representaba algo diferente.
No solamente traería un mensaje procedente de Dios.
Su presencia entre los hombres sería descrita mediante estas palabras:
Dios con nosotros.
Eso cambia completamente la dimensión de la promesa.
La palabra es sencilla, pero profunda.
Con nosotros.
No distante.
No inaccesible.
No solamente hablando desde los cielos.
Con nosotros.
Entre personas comunes.
Dentro de una familia.
En medio de un pueblo.
Caminando por los mismos caminos.
Sentándose a una mesa.
Escuchando voces humanas.
Siendo visto.
Siendo tocado.
Hablando con hombres y mujeres frente a frente.
Por eso, años después, Juan pudo comenzar una de sus cartas diciendo algo extraordinario acerca de Jesucristo:
«Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos…»
1 Juan 1:1, RVR1960
Emanuel no sería solamente una doctrina que habría que creer.
Hubo personas que lo escucharon, lo vieron y lo tocaron.

Emanuel, Dios con nosotros
Esta idea alcanza una expresión extraordinaria en el Evangelio de Juan.
«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.»
Juan 1:18, RVR1960
Durante siglos los hombres habían conocido a Dios por sus obras, sus palabras y sus manifestaciones.
Pero en Jesucristo ocurrió algo diferente.
Dios podía ser conocido de una manera personal y cercana.
Por eso Jesús llegaría a decir:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
Juan 14:9, RVR1960
Aquello lleva la expresión Emanuel mucho más lejos que la simple idea de que Dios ayuda a su pueblo o permanece espiritualmente cerca de él.
En Jesucristo, Dios se dio a conocer de una manera que podía ser contemplada humanamente.
Hay algo maravilloso en pensar en las consecuencias de Emanuel.
Cuando Jesucristo habló, los seres humanos pudieron escuchar la voz de Dios expresándose mediante verdaderas palabras humanas.
Cuando enseñó, no habló simplemente como otro profeta.
Los profetas decían:
«Así dice Jehová.»
Jesús podía decir:
«Pero yo os digo.»
Y quienes lo escuchaban percibieron inmediatamente la diferencia:
«Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.»
Mateo 7:29, RVR1960
Emanuel significaba que Dios no permanecería para siempre como alguien de quien solamente otros hablarían.
Él mismo hablaría entre nosotros.
Emanuel también comenzaría a cambiar nuestra comprensión de cómo Dios mira al ser humano.
Jesús tocaría al leproso.
Se sentaría a comer con publicanos y pecadores.
Recibiría a los niños.
Hablaría con una mujer samaritana.
Permitiría que personas despreciadas por la sociedad se acercaran a Él.
Los hombres descubrirían algo acerca del carácter de Dios simplemente observando a Jesucristo.
Por eso Juan escribiría:
«Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.»
Juan 1:14, RVR1960
Emanuel significaba que el carácter de Dios podía contemplarse en la manera en que Jesús trataba a las personas.
Su compasión decía algo acerca de Dios.
Su santidad decía algo acerca de Dios.
Su rechazo a la hipocresía decía algo acerca de Dios.
Su misericordia decía algo acerca de Dios.
Su autoridad decía algo acerca de Dios.
Para saber cómo es Dios, habría que mirar a Jesucristo.
Curiosamente, durante su ministerio no encontramos a las multitudes llamando habitualmente a Jesús «Emanuel».
Su nombre personal sería Jesús.
Emanuel funciona de una manera profundamente significativa: describe quién está presente en Él.
Mateo comienza su Evangelio presentándonos:
«Emanuel… Dios con nosotros.»
Y resulta extraordinario que termine el mismo Evangelio con Jesús diciendo:
«…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Mateo 28:20, RVR1960
Mateo comienza con:
Dios con nosotros.
Y termina con:
Yo estoy con vosotros.
No parece un detalle accidental.
Es una de las grandes líneas que recorren todo su Evangelio.
Isaías había dejado una palabra que solamente adquiriría toda su fuerza cuando Jesucristo apareciera.
Emanuel.
No significaba simplemente que Dios enviaría ayuda.
No significaba solamente que Dios levantaría otro profeta.
No significaba únicamente que Dios proporcionaría un nuevo rey a Israel.
Significaba algo mucho mayor:
Dios con nosotros.
Los discípulos todavía necesitarían tiempo para comprender plenamente quién caminaba a su lado.
Lo escucharían.
Comerían con Él.
Viajarían con Él.
Verían sus obras.
Harían preguntas.
En ocasiones no entenderían sus palabras.
Pero poco a poco surgiría una pregunta inevitable:
¿Quién es este?
Isaías había dejado la respuesta escrita siglos antes en una sola palabra:
Emanuel.
Dios con nosotros.
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Texto clave: Isaías 9:6-7
«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.»
Isaías 9:6, RVR1960
Isaías acababa de introducir una idea sorprendente: una virgen concebiría y aquel hijo sería llamado Emanuel: Dios con nosotros.
Pero el profeta no terminó allí.
En otra de sus grandes profecías colocó juntas dos expresiones que parecen imposibles de unir:
«Un niño nos es nacido…»
y:
«Dios Fuerte.»

Jesús abrazo la fragilidad humana pero nunca dejó de ser Dios fuerte
Un niño podía ser cargado en los brazos de su madre.
Dios Fuerte no necesita que nadie lo sostenga.
Un niño depende de otros para alimentarse, protegerse y abrigarse.
Dios Fuerte sostiene todas las cosas.
Sin embargo, Isaías habló de ambos en la misma profecía.
Ese es el misterio que debemos contemplar.
Isaías no dijo solamente que aparecería un gran gobernante. Habló de un nacimiento.
«Un niño nos es nacido.»
Sería pequeño.
Tendría un cuerpo humano.
Podría ser envuelto.
Podría ser cargado.
Podría dormir.
Podría crecer.
Lucas describiría posteriormente a Jesús precisamente de esa manera:
«Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.»
Lucas 2:40, RVR1960
Su humanidad no sería una apariencia.
Realmente sería un niño.
Pero Isaías añadió inmediatamente otra expresión:
«Hijo nos es dado.»
El niño nace.
El Hijo es dado.
Dos expresiones colocadas una junto a la otra que, vistas desde el Nuevo Testamento, adquieren una profundidad extraordinaria.
Jesús nacería como niño, pero el Hijo no comenzaría a existir en el momento de su nacimiento.
Mucho después, Juan escribiría:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
Juan 3:16, RVR1960
Isaías había escrito:
«Hijo nos es dado.»
Isaías continúa:
«…y el principado sobre su hombro…»
Aquel niño no permanecería para siempre en la fragilidad propia de la infancia.
Había nacido para reinar.
La imagen es poderosa: el gobierno descansaría sobre sus hombros.
No sería simplemente otro gobernante dentro de una larga sucesión de reyes. El siguiente versículo amplía la profecía:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino…»
Isaías 9:7, RVR1960
Aquí aparece nuevamente David.
Pero Isaías añade algo que ningún rey humano había conseguido:
«No tendrán límite.»
Un reino que no termina.
Una paz que no termina.
Un trono establecido con justicia.
Y siglos después, cuando Gabriel hablara con María, utilizaría un lenguaje sorprendentemente parecido:
«Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:33, RVR1960
Gabriel no estaba anunciando simplemente el nacimiento de un bebé.
Estaba anunciando la llegada de un Rey.
Entonces Isaías comienza a describirlo.
«…y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.»
Cada expresión merece atención.
Admirable.
Hay algo en Él que provoca asombro. Su persona y su obra superarían las categorías ordinarias con las que los hombres entendían a sus gobernantes.
Consejero.
No dependería de la sabiduría de otros para saber cómo gobernar. La sabiduría caracterizaría su reino.
Príncipe de Paz.
Su gobierno estaría relacionado con una paz que ningún imperio humano había logrado establecer permanentemente.
Pero en medio de esos nombres aparecen dos expresiones extraordinarias:
Dios Fuerte.
Padre Eterno.
¿Cómo puede un niño recibir semejantes títulos?
Aquí debemos detenernos.
Isaías utiliza la expresión «Dios Fuerte».
Y lo extraordinario es que el propio Isaías vuelve a utilizar prácticamente la misma expresión en el capítulo siguiente al hablar inequívocamente de Dios:
«El remanente volverá, el remanente de Jacob volverá al Dios fuerte.»
Isaías 10:21, RVR1960
Esto hace que Isaías 9:6 resulte todavía más impresionante.
El profeta no está utilizando una descripción pequeña para engrandecer a un gobernante humano.
Al niño anunciado le atribuye un título que el mismo libro utiliza para referirse a Dios.
El niño es llamado Dios Fuerte.
Aquí la identidad del Mesías comienza a revelarse con una claridad sorprendente.
El que sería verdaderamente niño sería también verdaderamente Dios.
Cuando finalmente naciera, quienes miraran al niño solamente con sus ojos verían un bebé.
Pero la profecía exigía mirar mucho más profundamente.
Sus pequeñas manos no revelarían a simple vista quién era.
Su rostro infantil no mostraría exteriormente toda su grandeza.
Su dependencia de María no eliminaría su identidad.
Isaías había dejado escrito quién era aquel niño mucho antes de que pudiera ser contemplado.
Dios Fuerte.
Aquí encontramos una de las maravillas de la Encarnación.
No necesitamos disminuir su humanidad para defender su divinidad.
Tampoco necesitamos disminuir su divinidad para afirmar su humanidad.
La profecía mantiene ambas realidades juntas.
Niño.
Dios Fuerte.
No mitad hombre y mitad Dios.
No un hombre que posteriormente llegaría a convertirse en Dios.
No Dios fingiendo ser hombre.
Verdaderamente hombre y verdaderamente Dios.
Isaías añade:
«Padre Eterno.»
Esta expresión debe entenderse cuidadosamente. No significa que el Hijo sea la misma Persona que el Padre. La Escritura distingue al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
El título habla de la naturaleza y del gobierno de aquel niño: no sería un gobernante temporal cuya vida terminaría y cuyo reino pasaría a otro.
En Él hay eternidad.
Los reyes humanos nacen, gobiernan durante algunos años y mueren.
Este Rey sería diferente.
Por eso el versículo siguiente puede hablar de un reino sin límite.
Su gobierno no dependería de encontrar un sucesor.
El Rey mismo permanece.
Esto será importante cuando lleguemos a Belén.
Si alguien hubiera entrado al lugar donde Jesús había nacido y solamente hubiera observado lo que tenía delante, habría visto a un niño.
Nada en aquella escena obligaría visualmente a pensar en un Rey eterno.
Por eso necesitamos las profecías.
Las circunstancias de su nacimiento podrían decir:
niño.
Isaías decía:
Dios Fuerte.
Sus pañales podrían hablar de fragilidad.
Isaías hablaba de:
un principado sobre sus hombros.
El lugar de su nacimiento podía parecer insignificante.
Isaías hablaba de:
un reino cuya paz no tendría límite.
La apariencia y la identidad parecían estar en extremos opuestos.
Y precisamente allí encontramos una de las maravillas de la Encarnación.
Isaías había presentado algo que solamente siglos después comenzaría a comprenderse plenamente.
El Mesías no sería únicamente un descendiente de David que ocuparía un trono.
No sería solamente otro profeta.
No sería simplemente un hombre extraordinariamente cercano a Dios.
El niño anunciado llevaba un título imposible de ignorar:
Dios Fuerte.
Un día María tendría en sus brazos a un bebé verdadero.
Tendría que alimentarlo.
Tendría que protegerlo del frío.
Lo vería dormir.
Lo vería crecer.
Pero la identidad de aquel niño no podía determinarse solamente por lo que los ojos podían observar.
Siglos antes, Isaías ya había escrito sobre Él:
«Un niño nos es nacido…»
Y en la misma declaración:
«Dios Fuerte.»
Dos realidades aparentemente imposibles de colocar juntas.
Pero precisamente allí comenzamos a comprender la Encarnación:
el niño que nacería sería Dios Fuerte.
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Texto clave: Miqueas 5:2
«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Miqueas 5:2, RVR1960
Las profecías habían comenzado a revelar características cada vez más sorprendentes acerca del que habría de venir. Pero Miqueas añadió un dato completamente nuevo y extraordinariamente preciso.
Dijo dónde nacería.
No señaló solamente una nación.
No señaló solamente una tribu.
Señaló una población.
Belén Efrata.
Mucho antes de que hubiera un pesebre, pastores o ángeles anunciando buenas nuevas, el nombre del lugar ya estaba escrito en la profecía.
Pero Miqueas hizo algo todavía más sorprendente.
En el mismo versículo en el que señaló el lugar de donde saldría el futuro gobernante, declaró que su existencia se remontaba mucho más atrás.
Belén tenía una historia importante dentro de Israel.
Estaba relacionada con la familia de David. Allí había vivido Isaí. Allí había crecido David cuidando las ovejas de su padre. Desde allí había sido llamado para ser ungido por Samuel.
Por eso resultaba comprensible que una profecía relacionada con un futuro gobernante davídico volviera a dirigir la mirada hacia Belén.
Pero Miqueas destaca precisamente su pequeñez:
«…pequeña para estar entre las familias de Judá…»
No era la grandeza de la población lo que la hacía importante.
Era quién saldría de ella.
Mientras los grandes acontecimientos políticos parecían decidirse en capitales, palacios y campos de batalla, la profecía señalaba hacia una pequeña población de Judá.
Belén quedaba marcada proféticamente.
Miqueas anuncia:
«…de ti me saldrá el que será Señor en Israel…»
La profecía no habla solamente de alguien que viviría allí.
Habla de alguien que saldría de Belén.
El lugar quedaba identificado antes del acontecimiento.
Eso es particularmente importante porque, cuando siglos después los principales sacerdotes y escribas fueron interrogados por Herodes acerca del lugar donde habría de nacer el Cristo, respondieron:
«En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta.»
Mateo 2:5, RVR1960
Y entonces citaron precisamente la profecía de Miqueas.
Para ellos, la pregunta acerca del lugar tenía una respuesta bíblica.
El Cristo debía proceder de Belén.

Antes de nacer en Belén Jesús ya era
Aquí aparece lo verdaderamente sorprendente de la profecía.
Después de decir:
«De ti me saldrá…»
Miqueas añade:
«…y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
La frase produce inmediatamente una tensión extraordinaria.
Por una parte, habrá un momento histórico en el que aquel gobernante saldrá de Belén.
Pero, por otra, Miqueas declara que sus salidas se remontan «desde el principio» y «desde los días de la eternidad».
Belén, por lo tanto, no podía explicar completamente su procedencia.
Su aparición allí tendría una fecha.
Su existencia no quedaba encerrada dentro de esa fecha.
La profecía parece obligarnos a mirar en dos direcciones:
hacia Belén, para contemplar el lugar donde aparecerá;
y hacia atrás, mucho más allá de Belén, para preguntarnos quién es realmente aquel que aparecerá allí.
Los reyes normalmente podían rastrear su origen hasta generaciones anteriores.
Podían hablar de sus padres, sus abuelos y su linaje.
Miqueas también se encuentra dentro de ese mundo de genealogías y descendencias. Sin embargo, cuando describe al gobernante futuro utiliza un lenguaje excepcional:
«Desde el principio.»
«Desde los días de la eternidad.»
No es la manera ordinaria de presentar el origen de un rey.
Algo acerca de aquel gobernante excedía la explicación de una simple genealogía humana.
Tendría relación con Belén.
Tendría relación con Israel.
Ejercería señorío.
Pero detrás de su aparición histórica existía una realidad anterior.
Miqueas no explica todavía cómo debemos entenderla.
Simplemente la anuncia.
Y eso es precisamente lo fascinante de la profecía.
Miqueas 5:2 contiene una especie de doble perspectiva.
Primero:
«De ti me saldrá.»
Después:
«Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Una declaración apunta hacia una pequeña población de Judá.
La otra apunta hacia un pasado que parece perderse más allá de las generaciones humanas.
Una habla de su aparición dentro de la historia de Israel.
La otra nos obliga a preguntar por una existencia anterior.
El que un día saldría de Belén no comenzaba con Belén.
Ese es el aporte extraordinario de Miqueas a la expectativa profética.
Durante siglos, Miqueas 5:2 permaneció escrito.
Belén continuó siendo Belén.
Generaciones nacieron allí.
Familias vivieron allí.
Niños nacieron allí.
Pero la profecía esperaba a uno en particular.
Aquel que sería:
«Señor en Israel.»
Y cuya procedencia, misteriosamente, era descrita:
«Desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Todavía no sabemos cómo llegará a Belén.
Todavía no ha aparecido Gabriel.
Todavía no hemos escuchado el anuncio a María.
Todavía no sabemos qué acontecimientos harán que el nacimiento ocurra precisamente en aquella población.
Miqueas no explica ninguna de esas cosas.
Solamente coloca un punto en el mapa y una extraordinaria declaración junto a él.
Belén.
Allí habrá que mirar.
Porque algún día saldrá de aquella pequeña población el gobernante prometido.
Pero cuando finalmente aparezca, no bastará con preguntar:
¿Dónde nació?
La propia profecía habrá dejado preparada una pregunta mucho más profunda:
¿De dónde venía realmente Aquel que nació en Belén?
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Texto clave: Lucas 1:26-29
«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.»
Lucas 1:26-27, RVR1960
Durante siglos, los profetas habían hablado acerca de alguien que vendría. Habían anunciado su descendencia, su reino y algunas circunstancias extraordinarias relacionadas con su nacimiento. Pero ninguno de ellos había identificado a la mujer que recibiría el anuncio ni el momento preciso en que comenzaría a cumplirse.
Ahora Lucas nos presenta una fecha relativa, un mensajero celestial, una población y una joven con nombre propio.
La profecía comienza a convertirse en acontecimientos concretos.

Lucas comienza con una expresión que merece nuestra atención:
«Al sexto mes…»
¿Al sexto mes de qué?
Para comprenderlo debemos regresar brevemente a los acontecimientos anteriores.
El sacerdote Zacarías había recibido la visita del ángel Gabriel mientras ministraba en el templo de Jerusalén. El ángel le anunció que su esposa Elisabet, a pesar de su avanzada edad y de haber sido estéril, tendría un hijo.
Aquel niño se llamaría Juan.
Gabriel había declarado que sería grande delante de Dios, que sería lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre y que prepararía para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Zacarías había dudado del anuncio, y el ángel le había respondido:
«Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas.»
Lucas 1:19, RVR1960
El embarazo de Elisabet comenzó después de aquellos acontecimientos.
Y cuando llegó el sexto mes de su embarazo, Gabriel recibió otra misión.
Esta vez no sería enviado al templo.
No hablaría con un sacerdote mientras ofrecía incienso.
Su destino sería una población de Galilea.
Nazaret.
Hay algo particularmente interesante en la manera en que Lucas organiza estos acontecimientos.
El mismo ángel aparece en las dos historias.
Primero anuncia el nacimiento de Juan.
Después anuncia el nacimiento de Jesús.
Pero las circunstancias son muy diferentes.
Zacarías era sacerdote.
María era una joven desposada.
Zacarías recibió el anuncio en el templo de Jerusalén.
María lo recibió en Nazaret.
El nacimiento de Juan resolvería una esterilidad prolongada.
El anuncio a María plantearía algo completamente distinto: la concepción de un hijo siendo ella virgen.
En ambos casos, Gabriel era portador de una noticia procedente de Dios.
Sin embargo, el segundo anuncio tendría una importancia incomparablemente mayor.
El primero preparaba el camino.
El segundo anunciaría a Aquel para quien el camino estaba siendo preparado.
Lucas identifica cuidadosamente el lugar:
«Una ciudad de Galilea, llamada Nazaret.»
Nazaret no era Jerusalén.
No era la sede del sacerdocio.
No era el centro del gobierno romano.
Tampoco era Belén, la población mencionada por Miqueas.
Era una localidad de Galilea, alejada de los principales centros religiosos y políticos de Judea.
El Evangelio no nos dice por qué María vivía precisamente allí ni por qué Dios escogió aquel lugar para comunicarle el anuncio.
Pero sí nos permite observar algo significativo: el acontecimiento más importante de aquella etapa no comenzó delante de una multitud.
No hubo una convocatoria pública.
No se reunieron las autoridades religiosas.
No se consultó al gobernador.
Gabriel fue enviado a hablar con una sola persona.
Una joven que vivía en Nazaret.
El contraste con el anuncio anterior es notable. En Jerusalén, Zacarías había recibido una noticia extraordinaria dentro del templo, mientras el pueblo permanecía afuera esperando.
En Nazaret, Lucas no menciona ceremonia alguna.
Solamente nos dice que Gabriel llegó hasta María.
Lucas continúa:
«…a una virgen desposada con un varón que se llamaba José…»
Esta información es fundamental para comprender la situación de María.
Estaba desposada.
En la sociedad judía de aquella época, el desposorio representaba un compromiso matrimonial formal y jurídicamente vinculante. No era simplemente un noviazgo como lo entendemos actualmente.
Sin embargo, María y José todavía no habían comenzado su convivencia matrimonial.
Mateo confirma esta circunstancia cuando explica que el embarazo de María ocurrió antes de que se juntasen.
Por eso Lucas destaca que era virgen.
No es una descripción incidental.
Es una circunstancia que dará sentido a la pregunta que María hará posteriormente:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón.»
Pero antes de llegar a esa pregunta debemos detenernos en la situación humana de aquella joven.
María tenía una vida por delante.
Estaba comprometida para casarse.
Seguramente existían expectativas familiares y sociales alrededor de su futuro matrimonio, aunque Lucas no describe cuáles eran sus planes personales.
La llegada de Gabriel introduciría una noticia que transformaría profundamente su vida.
Y todavía no sabía lo que estaba a punto de escuchar.
Lucas no menciona a José solamente para identificar al hombre con quien María estaba desposada.
Añade una información:
«De la casa de David.»
José pertenecía al linaje davídico.
Este dato será importante cuando Gabriel anuncie que el niño recibirá el trono de David.
También tendrá consecuencias cuando, tiempo después, un decreto de Augusto César obligue a José a viajar a Belén, precisamente por pertenecer a aquella familia.
Pero Lucas todavía no nos lleva hasta ese momento.
Por ahora solamente nos presenta a un hombre llamado José, vinculado a la casa de David, y a una joven llamada María.
Dos personas reales, con una situación matrimonial concreta, viviendo en un lugar determinado.
La narración ha dejado atrás las declaraciones generales acerca del futuro.
Ahora comienza a mostrarnos a las personas que participarán directamente en aquellos acontecimientos.
Lucas termina su presentación con una frase sencilla:
«Y el nombre de la virgen era María.»
No nos proporciona su edad.
No describe su apariencia física.
No menciona su estatura ni sus rasgos.
Tampoco nos cuenta cómo transcurría su jornada antes de la llegada del ángel.
Sería fácil imaginarla realizando alguna tarea doméstica, pero la Escritura guarda silencio sobre esos detalles.
Lo que sí sabemos es que Gabriel llegó hasta ella con un mensaje que cambiaría su vida.
Hasta aquel momento, María no había recibido la explicación de lo que Dios haría por medio de ella.
Y es importante recordar que no estaba esperando convertirse en la madre del Mesías porque ya conociera anticipadamente los acontecimientos.
El relato presenta el anuncio como una revelación que recibe y ante la cual debe responder.
Lucas continúa:
«Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.»
Lucas 1:28, RVR1960
Las primeras palabras de Gabriel no mencionaron un embarazo.
No anunciaron inmediatamente el nombre de Jesús.
Tampoco comenzaron explicando la concepción sobrenatural.
El ángel saludó a María y le comunicó que había sido favorecida.
«El Señor es contigo.»
Aquella declaración debió resultar extraordinaria.
María no había solicitado una audiencia con un mensajero celestial.
No había acudido al templo buscando una revelación.
Gabriel había sido enviado directamente hasta donde ella estaba.
Y comenzó hablándole del favor de Dios.
La expresión «muy favorecida» señala que María había recibido gracia de parte de Dios. No significa que ella fuera la fuente de esa gracia, sino que había sido objeto de su favor.
Había sido escogida para participar en un acontecimiento único.
Pero todavía no conocía su contenido.
La reacción de María es una de las partes más humanas del relato.
«Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.»
Lucas 1:29, RVR1960
María se turbó.
Lucas destaca especialmente sus palabras.
El saludo la desconcertó.
¿Qué significaba ser tan favorecida?
¿Por qué aquel mensajero le hablaba de esa manera?
¿Qué estaba por suceder?
La Escritura dice que pensaba qué salutación sería esta.
Esto nos muestra a una joven tratando de comprender lo que estaba escuchando.
No respondió con una explicación inmediata.
No afirmó conocer el significado de aquellas palabras.
Se detuvo a pensar.
Y precisamente aquí encontramos un detalle precioso: María todavía no sabía lo que Gabriel iba a anunciarle.
El lector del Evangelio puede conocer el resto de la historia, pero María estaba viviendo aquel momento por primera vez.
No sabía que escucharía el nombre Jesús.
No sabía que Gabriel hablaría del trono de David.
No sabía que le anunciaría un reino sin fin.
No sabía que tendría que preguntar cómo podría concebir siendo virgen.
Todo aquello estaba por venir.
Gabriel había llegado.
María había escuchado el saludo.
Y ahora esperaba comprender su significado.
En Jerusalén, Zacarías había recibido la noticia de que su esposa Elisabet tendría un hijo destinado a preparar el camino del Señor.
Seis meses después, en Nazaret, Gabriel se encontraba delante de María.
Los dos anuncios estaban relacionados, pero todavía faltaba revelar la identidad del segundo niño.
Hasta este momento, Gabriel solamente había pronunciado un saludo.
María estaba turbada.
El ángel tenía mucho más que decirle.
Y las siguientes palabras revelarían algo que cambiaría para siempre su comprensión de lo que estaba ocurriendo.
Primero le diría:
«María, no temas…»
Y después pronunciaría el nombre del hijo que habría de concebir:
JESÚS.
Pero Gabriel no se detendría en su nombre.
Le explicaría quién sería aquel niño.
Y lo que estaba a punto de anunciar era extraordinario:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo…»
La anunciación apenas comenzaba.
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Texto clave: Lucas 1:34
«Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.»
Lucas 1:34, RVR1960
Hay preguntas que nacen de la incredulidad y otras que nacen del deseo de comprender.
La pregunta de María pertenece a esta segunda categoría.
Gabriel acababa de anunciarle que concebiría un hijo. No solamente eso: había descrito a aquel niño como alguien destinado a ocupar el trono de David y cuyo reino no tendría fin.
Sin embargo, María se detuvo en una dificultad inmediata, concreta y profundamente humana.
¿Cómo podría quedar embarazada si no había tenido relaciones con un hombre?
Su pregunta nos permite entrar en uno de los aspectos más importantes de la Encarnación: el encuentro entre una realidad biológica perfectamente conocida y una intervención divina que todavía no había sido explicada.
A veces, al leer relatos antiguos, podemos cometer el error de imaginar que las personas de aquellos tiempos desconocían las realidades fundamentales de la reproducción humana.
No era así.
Aunque no poseían los conocimientos modernos sobre óvulos, espermatozoides, fecundación y desarrollo embrionario, sabían perfectamente que la concepción ordinaria estaba relacionada con la unión sexual entre un hombre y una mujer.
María no necesitaba conocer la embriología moderna para comprender que el anuncio de Gabriel presentaba una dificultad.
Estaba desposada con José, pero todavía no había tenido relaciones sexuales.
Por eso respondió:
«No conozco varón.»
En el lenguaje bíblico, conocer puede utilizarse como una expresión respetuosa para referirse a las relaciones sexuales.
María estaba explicando una circunstancia real de su vida.
No estaba negando que pudiera tener hijos en el futuro.
Estaba preguntando cómo sucedería aquello que Gabriel acababa de anunciarle, dadas sus circunstancias presentes.
Su pregunta era razonable.

María preguntándole al ángel Gabriel: ¿Como será eso?
Lucas nos permite comparar la reacción de María con la de Zacarías.
Cuando Gabriel anunció al sacerdote que Elisabet tendría un hijo, Zacarías respondió:
«¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.»
Lucas 1:18, RVR1960
Zacarías pidió una manera de comprobar que el anuncio era verdadero.
María, en cambio, preguntó:
«¿Cómo será esto?»
La diferencia es importante.
Zacarías quería saber cómo podría tener certeza de que aquello sucedería.
María quería comprender de qué manera sucedería.
Además, sus circunstancias eran distintas.
Zacarías y Elisabet eran esposos. Su dificultad estaba relacionada con la edad avanzada y la esterilidad.
María no tenía esposo con quien hubiera iniciado una vida conyugal.
Su dificultad no era la infertilidad.
Era la ausencia de relaciones sexuales.
La Escritura también registra respuestas diferentes de Gabriel.
A Zacarías le anunció que permanecería mudo por no haber creído sus palabras.
A María no le hizo semejante reproche.
Por el contrario, respondió directamente a su pregunta.
Gabriel no castigó a María por querer comprender.
Para María, el anuncio presentaba algo que no podía explicar mediante su experiencia.
Había visto mujeres embarazadas.
Conocía la maternidad.
Sabía que los niños se desarrollaban en el vientre de sus madres.
Pero no tenía una explicación humana para concebir sin haber conocido varón.
Eso no significaba que estuviera rechazando el anuncio.
Significaba que reconocía sus propias limitaciones para comprenderlo.
Esta distinción es importante cuando estudiamos los acontecimientos sobrenaturales de las Escrituras.
No comprender cómo puede suceder algo no equivale necesariamente a negar que Dios pueda hacerlo.
María no ofreció una explicación alternativa.
No intentó modificar las palabras del ángel.
Tampoco afirmó que aquello fuera imposible para Dios.
Simplemente preguntó:
«¿Cómo será esto?»
Y su pregunta recibió una respuesta.
Si María hubiera sido una mujer casada que ya mantenía relaciones con su esposo, el anuncio de un embarazo no habría presentado la misma dificultad.
Podría haber entendido que tendría un hijo mediante una concepción ordinaria.
Pero sus circunstancias obligaban a considerar otra posibilidad.
El embarazo anunciado no podía explicarse como el resultado de una relación sexual que ya hubiera ocurrido.
Aquí encontramos algo fundamental.
La concepción virginal no es una interpretación que alguien añadió siglos después para hacer más impresionante el nacimiento de Jesús.
Forma parte de la propia narración evangélica.
Lucas presenta la condición de María antes del anuncio.
Después registra su pregunta.
Y finalmente conserva la explicación que Gabriel le dio.
Los tres elementos están relacionados.
Sin la virginidad de María, su pregunta perdería gran parte de su sentido.
Sin su pregunta, el lector no recibiría la explicación de Gabriel de la misma manera.
Y sin la respuesta del ángel, permanecería sin resolver el aspecto más extraordinario del anuncio.
Hay otro detalle interesante.
María no respondió preguntando con quién tendría aquel hijo.
Tampoco preguntó si José sería su padre.
Su pregunta fue más directa:
«¿Cómo será esto?»
El anuncio había creado una dificultad que ella no podía resolver por sí misma.
Y el ángel no le respondió mencionando a José.
No le habló de una futura relación matrimonial como explicación del embarazo.
No le anunció que conocería a otro hombre.
La respuesta que recibiría señalaría una intervención completamente diferente.
Esto nos permite comprender que la concepción de Jesús no sería presentada como un acontecimiento sexual extraordinario ni como una unión física entre una mujer y una divinidad.
El Evangelio no describe nada semejante.
La respuesta de Gabriel atribuye la concepción a la acción sobrenatural del Espíritu Santo y al poder del Altísimo.
La obra de Dios no debe confundirse con los procesos sexuales humanos.
La respuesta que María estaba por recibir no solamente resolvería una duda relacionada con su embarazo.
También establecería algo decisivo acerca de la identidad del niño.
En una concepción humana ordinaria, el padre y la madre participan biológicamente en el comienzo de una nueva vida.
Pero Gabriel anunciaría una concepción en la que no intervendría un padre humano.
Esto no significa que Jesús carecería de verdadera humanidad.
María sería realmente su madre.
El embarazo sería real.
El desarrollo de su cuerpo sería real.
Su nacimiento sería real.
La diferencia estaría en el origen sobrenatural de su concepción.
Y aquí conviene hacer una distinción teológica importante: **la concepción virginal no significa que la naturaleza humana de Jesús fuera divina
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Texto clave: Lucas 1:35
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
Lucas 1:35, RVR1960
María había hecho una pregunta sencilla, pero de enorme importancia:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón.»
Gabriel respondió con una declaración que constituye uno de los fundamentos de la doctrina cristiana de la Encarnación.
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti.»
No explicó un procedimiento biológico. No describió las etapas de la concepción ni reveló de qué manera se produciría cada acontecimiento dentro del cuerpo de María.
Identificó a quien realizaría aquella obra.

El ángel le dice a María, el Espíritu Santo vendrá sobre ti
El Espíritu Santo.
Y añadió una segunda expresión:
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Estas palabras merecen una atención especial, porque no solamente anuncian un milagro. También nos permiten comprender qué afirma realmente la Escritura y cuáles son los límites de lo que podemos explicar.
En las Escrituras, el Espíritu Santo aparece realizando obras que ningún ser humano podría producir por sus propias capacidades.
Desde las primeras páginas de Génesis encontramos su presencia relacionada con la actividad creadora de Dios:
«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.»
Génesis 1:2, RVR1960
El Espíritu también aparece capacitando a personas para cumplir responsabilidades extraordinarias, inspirando a los profetas y manifestando el poder de Dios.
Pero lo anunciado a María era diferente.
No se trataba de recibir sabiduría para gobernar, fuerza para enfrentar a un enemigo o inspiración para comunicar una profecía.
Se trataba de una concepción humana que ocurriría sin intervención de un padre humano.
Gabriel atribuyó directamente ese acontecimiento al Espíritu Santo.
La misma afirmación aparece en Mateo:
«…porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
Mateo 1:20, RVR1960
Ambos evangelistas coinciden en lo esencial.
La concepción de Jesús fue una obra sobrenatural del Espíritu Santo.
La expresión «vendrá sobre ti» no debe interpretarse como una descripción física de la manera en que ocurrió la concepción.
Lucas utiliza un lenguaje que señala la intervención poderosa de Dios.
Encontramos una expresión relacionada cuando Jesús anunció a sus discípulos:
«…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo…»
Hechos 1:8, RVR1960
En aquel caso, la venida del Espíritu Santo produciría poder para ser testigos de Jesucristo.
En María, la intervención anunciada tendría un propósito completamente distinto.
La semejanza está en la procedencia divina de la acción, no en que ambos acontecimientos produjeran los mismos efectos.
Esto nos ayuda a evitar interpretaciones equivocadas.
Gabriel no describió una unión sexual entre Dios y María.
No presentó al Espíritu Santo como un varón que ocuparía el lugar de José.
Tampoco habló de una relación corporal entre una divinidad y una mujer.
La concepción virginal fue un acto sobrenatural de Dios, no un acto sexual.
Esta distinción es fundamental para comprender correctamente el relato bíblico.
La segunda expresión de Gabriel resulta especialmente interesante:
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
En el idioma griego del Nuevo Testamento, el verbo traducido como cubrir con su sombra es episkiazō.
Lucas utiliza ese mismo verbo cuando describe la nube que cubrió a los discípulos durante la transfiguración de Jesús.
Pero la imagen tiene antecedentes todavía más antiguos.
Cuando Moisés terminó de levantar el tabernáculo, la Escritura declara:
«Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo.»
Éxodo 40:34, RVR1960
La nube manifestaba la presencia divina.
No era una explicación de cómo funcionaba el poder de Dios. Era una señal de que Dios estaba actuando y manifestando su gloria.
Por eso algunos intérpretes encuentran una relación significativa entre aquella nube y las palabras pronunciadas por Gabriel.
Sin embargo, debemos distinguir entre una semejanza bíblica y una afirmación explícita del texto.
Lucas no dice que una nube visible descendiera sobre María.
Tampoco afirma que ella experimentara una manifestación semejante a la del Sinaí.
Gabriel utiliza una expresión que comunica la acción poderosa de Dios sobre ella.
No necesitamos imaginar una nube material ni una escena física que la Escritura no describe.
Gabriel empleó dos expresiones:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti.»
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
No son dos explicaciones contradictorias.
Ambas describen la intervención divina desde perspectivas complementarias.
La primera identifica expresamente al Espíritu Santo.
La segunda destaca el poder del Altísimo.
No se está anunciando la participación de dos padres diferentes ni dos concepciones sucesivas.
Se está describiendo una sola obra sobrenatural.
Esto también nos permite reconocer un límite importante: aunque conocemos al autor divino de aquella concepción, la Biblia no explica su mecanismo biológico.
No sabemos cómo ocurrió la fecundación en términos celulares.
No sabemos qué procesos físicos intervinieron.
No sabemos en qué instante preciso comenzó el desarrollo embrionario.
Y no debemos presentar nuestras suposiciones como si fueran revelación bíblica.
La Escritura afirma el milagro, pero no describe su procedimiento.
Que la concepción fuera sobrenatural no significa que el embarazo de María fuera aparente.
Lucas utiliza expresiones completamente humanas:
«Concebirás en tu vientre.»
«Darás a luz un hijo.»
La intervención del Espíritu Santo no eliminó la realidad de la maternidad.
María llevó verdaderamente al niño en su vientre.
Su cuerpo participó de un embarazo real.
Jesús recibió una verdadera naturaleza humana.
No fue una figura espiritual que simplemente adquirió apariencia de bebé al momento de nacer.
Tampoco fue un ser celestial disfrazado de hombre.
La concepción sobrenatural dio comienzo a una verdadera vida humana en el vientre de María.
Esto resulta esencial para la doctrina de la Encarnación.
Lo milagroso fue el origen de la concepción, no la ausencia de humanidad en el niño.
Aquí encontramos una pregunta que merece una respuesta cuidadosa.
Si Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, ¿debemos considerar al Espíritu Santo como su padre?
La respuesta requiere distinguir entre la causa sobrenatural de la concepción y las relaciones personales dentro de la Trinidad.
La Escritura identifica constantemente a Jesús como el Hijo del Padre.
Gabriel no dijo que el Espíritu Santo se convertiría en el Padre de Jesús.
Dijo que el Espíritu Santo vendría sobre María y que el poder del Altísimo la cubriría con su sombra.
La obra del Espíritu Santo hizo posible la concepción virginal, pero no cambió la identidad eterna del Hijo ni las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
No debemos imaginar que Jesús comenzó a ser Hijo de Dios porque el Espíritu Santo intervino en su concepción.
La filiación divina de Cristo no comenzó en Nazaret.
La concepción virginal corresponde al momento en que el Hijo asumió nuestra naturaleza humana.
Por eso es importante distinguir dos verdades:
Jesucristo es eternamente el Hijo de Dios.
Su naturaleza humana fue concebida sobrenaturalmente por obra del Espíritu Santo.
Ambas afirmaciones son necesarias para comprender correctamente el acontecimiento.
Este punto es especialmente importante.
No ocurrió que Dios produjera un niño extraordinario y después decidiera habitar en él.
Tampoco ocurrió que un ser humano comenzara a existir y posteriormente recibiera una naturaleza divina.
El Hijo de Dios no fue creado en la concepción.
Lo que comenzó allí fue su existencia humana.
El Evangelio de Juan establece que el Verbo ya existía antes de hacerse carne.
Y el Nuevo Testamento enseña que Jesucristo no dejó de ser quien era al asumir nuestra humanidad.
Por eso la Encarnación no debe entenderse como la creación de una nueva persona divina.
Es el Hijo eterno asumiendo una verdadera naturaleza humana.
La intervención del Espíritu Santo hizo posible ese acontecimiento único.
En las Escrituras encontramos otros nacimientos extraordinarios.
Sara concibió cuando humanamente parecía imposible por su edad.
Rebeca había sido estéril.
Raquel también conoció el sufrimiento de no poder tener hijos.
Ana recibió a Samuel después de años de aflicción.
Elisabet concibió a Juan cuando ella y Zacarías eran de edad avanzada.
En todos esos casos hubo intervención divina.
Pero ninguno fue una concepción virginal.
Los hijos nacieron de la unión de un padre y una madre.
El caso de María fue distinto.
No se trató de restaurar una capacidad reproductiva perdida.
Tampoco de permitir un embarazo a pesar de la edad.
Se trató de una concepción sin padre humano.
El Nuevo Testamento no presenta otro acontecimiento semejante.
Y la razón de su singularidad está relacionada con la identidad de Aquel que sería concebido.
Hay algo que llama la atención al observar la conversación.
María preguntó cómo sucedería.
Gabriel le explicó que sería por la intervención del Espíritu Santo y el poder del Altísimo.
No le proporcionó una descripción científica.
No le mostró anticipadamente las etapas de su embarazo.
No le explicó todos los acontecimientos que vendrían después.
Pero le comunicó lo esencial.
Aquello no dependería de una relación sexual ni de una capacidad especial de María.
Sería una obra de Dios.
Y para confirmar que Dios ya estaba realizando algo extraordinario, Gabriel le habló del embarazo de Elisabet, su parienta.
Aquella mujer, conocida por su esterilidad, llevaba seis meses esperando un hijo.
La noticia tenía un propósito: mostrarle a María que el poder de Dios ya estaba actuando de una manera que superaba las expectativas humanas.
Entonces Gabriel pronunció una declaración que resumía el fundamento de su anuncio:
«Porque nada hay imposible para Dios.»
Lucas 1:37, RVR1960
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Texto clave: Lucas 1:35
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
Lucas 1:35, RVR1960
Gabriel había respondido a la pregunta de María explicándole que la concepción de su hijo sería una obra sobrenatural del Espíritu Santo.
Sin embargo, todavía faltaba una declaración de extraordinaria importancia.
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
El ángel no solamente había revelado cómo sería concebido aquel niño. También estaba anunciando quién sería.
Y para hacerlo utilizó dos expresiones que merecen ser examinadas cuidadosamente.
Santo Ser.
Hijo de Dios.
No eran palabras pronunciadas al azar. Cada una revelaba algo acerca de la identidad del niño que María llevaría en su vientre.

El santo ser que nacerá será llamado Hijo de Dios
En las Escrituras, la santidad ocupa un lugar fundamental en la revelación de Dios.
Cuando Isaías contempló al Señor sentado sobre su trono, escuchó a los serafines proclamar:
«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
Isaías 6:3, RVR1960
La santidad de Dios expresa su absoluta perfección, su pureza y su separación de toda maldad.
En otros pasajes bíblicos, la palabra santo también se utiliza para describir personas, lugares u objetos apartados para el servicio de Dios.
Pero Gabriel no estaba anunciando simplemente a un niño que algún día sería dedicado al servicio religioso.
Estaba identificando al que nacería como el Santo Ser.
En el texto griego, la expresión destaca que aquel que nacería sería santo.
No se trataba solamente de una característica que desarrollaría mediante su obediencia.
La santidad formaba parte de la identidad anunciada para aquel niño desde el comienzo de su existencia humana.
Y esto resulta extraordinario.
Los profetas habían sido llamados y santificados para cumplir determinadas responsabilidades.
Los sacerdotes eran consagrados para ministrar delante de Dios.
Pero el niño anunciado a María no sería simplemente otro siervo apartado para una misión.
Era el Hijo de Dios que asumiría nuestra humanidad.
La expresión de Gabriel contiene una verdad que debemos conservar cuidadosamente.
El niño sería santo, pero también sería verdaderamente humano.
La santidad no eliminaría su humanidad.
Jesús tendría un cuerpo humano real.
Crecería físicamente.
Necesitaría alimento y descanso.
Experimentaría cansancio, hambre y sed.
Conocería el sufrimiento y el dolor.
Sin embargo, ninguna de estas experiencias constituye pecado.
La Escritura distingue claramente entre la verdadera humanidad de Jesucristo y su absoluta santidad.
Hebreos declara:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.»
Hebreos 4:15, RVR1960
Y Pedro afirma:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.»
1 Pedro 2:22, RVR1960
Jesucristo no fue santo porque estuviera apartado de todas las dificultades humanas.
Fue santo en medio de ellas.
Su humanidad fue auténtica.
Su obediencia fue perfecta.
Su vida estuvo completamente libre de pecado.
El Santo Ser anunciado por Gabriel sería un verdadero hombre, pero nunca un pecador.
Gabriel añadió:
«Será llamado Hijo de Dios.»
Para comprender esta declaración debemos recordar que la expresión hijo de Dios aparece en diferentes contextos del Antiguo Testamento.
Dios llamó a Israel su hijo:
«Israel es mi hijo, mi primogénito.»
Éxodo 4:22, RVR1960
También prometió establecer una relación especial con el descendiente de David que ocuparía su trono:
«Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo.»
2 Samuel 7:14, RVR1960
Por eso, cuando Gabriel anunció que Jesús sería llamado Hijo de Dios, sus palabras también evocaban las antiguas promesas relacionadas con el Mesías.
Unos momentos antes había declarado:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»
Lucas 1:32, RVR1960
El anuncio relacionaba directamente la identidad del niño con la promesa hecha a David.
Pero la revelación del Nuevo Testamento nos permite comprender que Jesucristo es mucho más que un descendiente real favorecido por Dios.
Es verdaderamente el Hijo de Dios.
No simplemente por recibir autoridad.
No solamente por ocupar un trono.
No porque fuera adoptado para cumplir una responsabilidad especial.
Su identidad divina es propia de su persona.
Esta pregunta merece una respuesta clara.
Cuando Gabriel declaró que el niño sería llamado Hijo de Dios, no estaba anunciando el comienzo de su existencia divina.
La Escritura presenta al Hijo como existente antes de su nacimiento humano.
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
Juan 1:1, RVR1960
Y posteriormente añade:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
Juan 1:14, RVR1960
Observemos cuidadosamente la diferencia.
Juan no dice que el Verbo comenzó a existir cuando fue hecho carne.
Dice que el Verbo, que ya era Dios, fue hecho carne.
Por lo tanto, la concepción en el vientre de María no fue el comienzo de la existencia del Hijo de Dios.
Fue el comienzo de su existencia humana.
Jesucristo no se convirtió en Dios al ser concebido. Era Dios, y asumió una verdadera naturaleza humana.
Esta verdad es indispensable para comprender correctamente la Encarnación.
Israel había conocido hombres extraordinarios.
Moisés había hablado con Dios de una manera singular.
Elías había sido instrumento de grandes milagros.
Isaías había contemplado la gloria del Señor.
Jeremías había sido apartado para su ministerio desde antes de nacer.
Juan el Bautista también había recibido un anuncio celestial antes de su nacimiento.
Pero ninguno de ellos poseía la identidad que Gabriel atribuyó al hijo de María.
El ángel no anunció solamente a un hombre que hablaría en nombre de Dios.
Anunció al Hijo de Dios.
Esta diferencia es fundamental.
Un profeta recibe un mensaje divino y lo comunica.
Un sacerdote ministra delante de Dios en favor del pueblo.
Un rey recibe autoridad para gobernar.
Jesucristo ejercería funciones proféticas, sacerdotales y reales.
Pero su identidad no quedaría limitada a ninguna de ellas.
Aquel niño sería Dios manifestado en carne.
Pablo lo expresaría posteriormente con estas palabras:
«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…»
1 Timoteo 3:16, RVR1960
Gabriel estaba anunciando a alguien cuya identidad superaba la de todos los mensajeros que Dios había enviado anteriormente.
La declaración de Gabriel también nos conduce a una de las verdades más profundas de la fe cristiana.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
No es mitad Dios y mitad hombre.
Tampoco es una persona humana en la que Dios simplemente decidió habitar.
Es una sola persona divina que asumió una naturaleza humana completa.
Su divinidad no sufrió disminución.
Su humanidad no fue una apariencia.
Ambas naturalezas permanecen distintas, unidas en una sola persona.
Por eso la Escritura puede presentar a Jesús realizando acciones verdaderamente humanas y, al mismo tiempo, atribuirle cualidades que pertenecen a Dios.
Podía experimentar hambre y, sin embargo, tener autoridad para multiplicar los panes.
Podía dormir por el cansancio y después levantarse para reprender al viento y al mar.
Podía llorar delante de la tumba de Lázaro y luego llamarlo para que saliera de ella.
Estas acciones no describen a dos personas diferentes.
Describen al mismo Jesucristo.
El Hijo de Dios viviendo una verdadera vida humana.
La declaración «Santo Ser» también tiene una importancia extraordinaria para comprender la obra que Jesucristo realizaría posteriormente.
El Antiguo Testamento establecía que los animales ofrecidos en determinados sacrificios debían ser sin defecto.
Aquella exigencia señalaba la importancia de presentar una ofrenda aceptable delante de Dios.
Pedro relacionó posteriormente esta imagen con Jesucristo:
«…sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.»
1 Pedro 1:19, RVR1960
La santidad de Jesús era indispensable para su obra redentora.
Si él mismo hubiera sido culpable de pecado, habría necesitado expiación por sus propias transgresiones.
Pero Jesucristo no tenía pecado propio que pagar.
Podía ofrecerse por los demás precisamente porque era santo.
Y su humanidad era igualmente indispensable.
Porque sería como verdadero hombre que obedecería, sufriría y entregaría su vida.
El anuncio de Gabriel, por lo tanto, no solamente revela una característica del niño.
Nos permite comprender por qué su identidad era esencial para la salvación.
El Salvador sería verdaderamente humano, perfectamente santo y verdaderamente Dios.
Es importante no atribuirle a María conocimientos que el relato bíblico no afirma que poseyera en aquel momento.
Gabriel le comunicó una revelación extraordinaria.
Pero Lucas no dice que ella comprendiera inmediatamente todas sus implicaciones.
La vida posterior de Jesús demuestra que María tuvo que reflexionar sobre muchos acontecimientos.
Cuando Jesús tenía doce años y fue encontrado en el templo, declaró que debía estar en los negocios de su Padre.
Lucas añade:
«Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.»
Lucas 2:50, RVR1960
Y después declara:
«…y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.»
Lucas 2:51, RVR1960
María había recibido el anuncio celestial.
Pero comprender plenamente quién era su hijo sería un proceso que acompañaría los acontecimientos de su vida.
Había escuchado que sería llamado Hijo de Dios.
Con el tiempo presenciaría hechos que revelarían la profundidad de aquella declaración.
Esto hace todavía más significativa su respuesta al anuncio.
No necesitó conocer anticipadamente todos los detalles de lo que sucedería para aceptar la palabra que había recibido.
Regresemos finalmente a la declaración de Gabriel:
«El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
En esas palabras encontramos tres verdades fundamentales.
Primero, aquel niño sería verdaderamente humano. Nacería de María y participaría plenamente de nuestra naturaleza.
Segundo, sería santo. Su vida estaría completamente libre de pecado.
Tercero, sería el Hijo de Dios. Su identidad divina no comenzaría con su nacimiento humano.
La concepción sobrenatural anunciada por Gabriel no produjo una nueva persona divina.
Fue el acontecimiento mediante el cual el Hijo eterno asumió nuestra humanidad.
Y aquí encontramos la grandeza de la Encarnación.
El que sería llevado en el vientre de María era el mismo Hijo de Dios.
El que necesitaría los cuidados de una madre era el Señor de toda la creación.
El que aprendería a caminar con pies humanos era Aquel por quien fueron hechas todas las cosas.
Y el que algún día derramaría su sangre para nuestra redención era perfectamente santo.
Gabriel había comunicado a María una revelación extraordinaria.
Pero había otra persona directamente relacionada con aquellos acontecimientos.
José.
María había recibido la explicación celestial de su embarazo.
José todavía no.
Y cuando descubriera que su desposada estaba embarazada, tendría que enfrentar una situación dolorosa que no podía comprender mediante las circunstancias que conocía.
Por eso, el siguiente acontecimiento nos llevará a considerar una intervención divina igualmente necesaria.
José también tendría que recibir la explicación.
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Texto clave: Hebreos 2:14-17
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo».
Hebreos 2:14, RVR1960
Existe una razón fundamental por la que Jesucristo tenía que hacerse hombre para redimir a la humanidad: el pecado había sido cometido por el hombre, y era necesario que un hombre respondiera por aquella transgresión.
Dios no podía morir en su naturaleza divina. La divinidad es inmortal. No está sujeta al sufrimiento físico, a la corrupción ni a la muerte. Sin embargo, la redención exigía un sacrificio verdadero, una vida humana entregada en sustitución de otras vidas humanas.
¿Cómo podía Dios, que es eterno e inmortal, pagar mediante la muerte la deuda de una humanidad mortal?
La respuesta se encuentra en la Encarnación.
Dios se hizo hombre porque la deuda del hombre debía ser pagada mediante una vida humana.

¿Porque Jesús tenia que hacerse hombre?
Cuando Adán desobedeció a Dios, el pecado entró en la experiencia humana y, con él, la muerte.
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron».
Romanos 5:12, RVR1960
Observemos que Pablo identifica al responsable original de aquella tragedia.
«Por un hombre».
No fue un ángel quien desobedeció en el huerto del Edén.
Fue Adán.
La transgresión ocurrió dentro de la humanidad. Por consiguiente, la solución debía responder al problema de la humanidad.
Pablo presenta esta correspondencia de manera todavía más clara:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos».
Romanos 5:19, RVR1960
Aquí encontramos el principio que explica la necesidad de la Encarnación.
Un hombre desobedeció. Otro hombre debía obedecer.
Por medio de Adán vino la condenación.
Por medio de Jesucristo vendría la justificación.
Pero existía un problema extraordinario.
¿Dónde encontrar a un hombre capaz de realizar aquella obra?
Todos los seres humanos habían quedado bajo el pecado.
Ninguno podía presentarse delante de Dios como completamente inocente.
El salmista había declarado:
«Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate».
Salmos 49:7, RVR1960
Aquellas palabras describen la incapacidad del hombre para rescatar a otro hombre de la muerte mediante sus propios recursos.
Un pecador no podía ofrecer su vida como sacrificio perfecto por los pecados de los demás, porque él mismo necesitaba redención.
Era como si todos los hombres fueran deudores y ninguno tuviera con qué pagar.
No bastaba con encontrar a alguien dispuesto a morir.
Era necesario encontrar a alguien que no tuviera una deuda propia.
Un hombre sin pecado.
Un hombre cuya obediencia fuera perfecta.
Un hombre que pudiera representar a la humanidad sin participar de su culpabilidad.
Pero entre los descendientes de Adán no había ninguno que reuniera esas condiciones.
La humanidad necesitaba un representante que perteneciera verdaderamente a ella, pero que fuera moralmente diferente de todos los demás.
Aquí llegamos al punto central.
Dios es eterno e inmortal.
Pablo lo describe como aquel:
«…que es el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad…».
1 Timoteo 6:15-16, RVR1960
La naturaleza divina no puede morir.
No puede ser destruida.
No puede dejar de existir.
Por eso, si la redención debía efectuarse mediante la muerte de un representante humano, era necesario que el Redentor poseyera una naturaleza humana verdadera.
Dios no necesitaba dejar de ser Dios.
Necesitaba asumir aquello que no poseía en su naturaleza divina: una humanidad capaz de experimentar la muerte.
Esto es exactamente lo que explica Hebreos:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…».
Hebreos 2:14, RVR1960
La expresión es extraordinariamente importante.
«Él también participó de lo mismo».
No se convirtió en un ángel.
No apareció simplemente con apariencia humana.
Se hizo verdaderamente hombre.
Y al hacerlo adquirió, en su naturaleza humana, la capacidad de entregar su vida mediante una muerte real.
No murió su divinidad.
Murió Jesucristo, la persona divina del Hijo, según la naturaleza humana que había asumido.
Así, quien murió por nosotros no fue un simple hombre separado de Dios, sino Dios el Hijo hecho hombre.
El escritor de Hebreos continúa:
«Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham».
Hebreos 2:16, RVR1960
Y añade:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo».
Hebreos 2:17, RVR1960
La palabra «debía» merece nuestra atención.
No significa que existiera una fuerza superior obligando a Dios a actuar.
Significa que, para cumplir el propósito redentor que Dios había establecido, era necesario que el Salvador participara de la misma naturaleza de aquellos a quienes venía a rescatar.
Un ángel no podía representar a la humanidad como hombre.
Y un pecador no podía ofrecer un sacrificio perfecto.
Por eso el Redentor debía ser verdaderamente humano y completamente santo.
Jesucristo reunía ambas condiciones.
Era hombre para representarnos y era sin pecado para ofrecerse por nosotros.
Pablo explica la relación entre Adán y Jesucristo:
«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida».
Romanos 5:18, RVR1960
Adán actuó como representante de la humanidad en su caída.
Jesucristo vino como el representante de una humanidad que necesitaba ser reconciliada con Dios.
La diferencia entre ambos es fundamental.
Adán era inocente, pero desobedeció.
Jesucristo fue obediente hasta la muerte.
Adán introdujo la condenación.
Jesucristo hizo posible la justificación.
Adán perdió aquello que se le había confiado.
Jesucristo cumplió perfectamente la voluntad del Padre.
Pero para que esta comparación tuviera sentido, Jesucristo debía ser verdaderamente hombre.
No podía obedecer en representación de los hombres sin asumir nuestra humanidad.
No podía entregar una vida humana si no poseía una vida humana.
Y no podía morir por nosotros sin una naturaleza capaz de morir.
La Encarnación hizo posible esa representación.
Aquí encontramos una verdad que debemos conservar cuidadosamente.
No fue la muerte de cualquier hombre la que produjo nuestra redención.
Fue la muerte de Jesucristo.
Su humanidad permitió que ofreciera un sacrificio verdaderamente humano.
Su santidad hizo que ese sacrificio no estuviera manchado por una culpa propia.
Y su identidad divina distingue su sacrificio de cualquier otro.
Por eso Hebreos declara:
«Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios».
Hebreos 10:12, RVR1960
No necesitaba morir repetidamente.
No necesitaba que otro completara su obra.
Su sacrificio fue suficiente.
El que pagó la deuda humana fue verdaderamente hombre, pero no era solamente hombre. Era Dios hecho hombre.
Ahora podemos comprender por qué la Encarnación era indispensable para nuestra redención.
El pecado había entrado por un hombre.
La condenación había alcanzado a la humanidad.
La justicia divina exigía que el pecado fuera tratado.
Pero ningún ser humano pecador podía ofrecer el sacrificio perfecto.
Y Dios, en su naturaleza divina, no podía morir.
Por eso Jesucristo asumió una naturaleza humana.
No para abandonar su divinidad, sino para poseer una vida humana que pudiera entregar por nosotros.
Como hombre, podía representarnos.
Como hombre sin pecado, podía ofrecerse sin tener una culpa propia que pagar.
Y como Dios hecho hombre, su sacrificio tenía una dignidad incomparable.
Por eso Pablo escribió:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados».
1 Corintios 15:22, RVR1960
Un hombre había introducido la muerte por su desobediencia.
Otro hombre, Jesucristo, vencería la muerte mediante su obediencia y sacrificio.
Pero aquel segundo hombre no era un descendiente común de Adán.
Era Dios mismo, que había asumido nuestra humanidad para pagar, mediante una muerte humana verdadera, la deuda que nosotros jamás habríamos podido pagar.
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Textos clave: Romanos 5:12-19; 1 Corintios 15:45-47
«Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante».
1 Corintios 15:45, RVR1960
La historia de la humanidad comenzó con un hombre llamado Adán. Dios lo formó del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y lo colocó en un mundo que todavía no había sido contaminado por el pecado.
Adán recibió vida, libertad, responsabilidades y un mandamiento que debía obedecer. Tenía delante de sí la posibilidad de vivir en comunión con su Creador.
Sin embargo, tomó una decisión que afectaría a toda su descendencia.
Desobedeció.
Y con aquella desobediencia comenzó una tragedia cuyas consecuencias alcanzarían a todas las generaciones humanas.
Muchos siglos después, el apóstol Pablo explicaría que la historia de la humanidad debía comprenderse a partir de dos hombres.
El primero fue Adán.
El segundo, Jesucristo.
No porque Jesucristo fuera simplemente otro hombre que apareció después, sino porque vino a hacer lo que Adán no hizo y a resolver lo que Adán había provocado.

Jesús, el segundo Adán entro en la historia de la humanidad
Pablo escribió:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron».
Romanos 5:12, RVR1960
Adán no fue solamente el primer ser humano.
También ocupó una posición singular como cabeza de la humanidad.
Su decisión no quedó limitada a su experiencia personal. El pecado introducido por él afectó a toda la familia humana.
A partir de entonces, los hombres nacerían dentro de una humanidad caída, experimentarían las consecuencias del pecado y estarían sujetos a la muerte.
La historia comenzó a repetirse de generación en generación.
Los hijos de Adán tuvieron hijos.
Sus descendientes poblaron la tierra.
Se levantaron ciudades, pueblos y naciones.
Pero había algo que ninguno de ellos podía evitar: todos pertenecían a una humanidad marcada por la caída.
Y todos, a su vez, pecaron.
Sin embargo, Pablo no termina su explicación con Adán.
Introduce a otro representante.
Uno cuya obediencia tendría consecuencias completamente diferentes.
«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida».
Romanos 5:18, RVR1960
El apóstol establece un contraste.
Adán representa la entrada del pecado y de la condenación.
Jesucristo representa la obediencia, la justicia y la posibilidad de una vida reconciliada con Dios.
En Adán comenzó la tragedia. En Jesucristo comenzó la restauración.
En su primera carta a los corintios, Pablo presenta una diferencia extraordinaria:
«Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante».
1 Corintios 15:45, RVR1960
Adán recibió la vida.
No la poseía por sí mismo.
Dependía de Dios para existir.
Su vida comenzó cuando Dios lo creó.
Jesucristo, en cambio, es presentado como «espíritu vivificante».
La expresión señala su capacidad de comunicar vida, especialmente en el contexto de la resurrección que Pablo desarrolla en este capítulo.
Adán pudo transmitir a sus descendientes la vida humana que había recibido, pero no podía librarlos de la muerte que había entrado por su pecado.
Jesucristo vino para conceder algo que Adán no podía proporcionar: vida más allá del dominio definitivo de la muerte.
Por eso Pablo escribió:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados».
1 Corintios 15:22, RVR1960
La comparación no significa que todos los seres humanos sean salvos automáticamente. Pablo está explicando la victoria de Cristo sobre la muerte y, más adelante, identifica a los que son de Cristo como participantes de la resurrección para vida.
La diferencia sigue siendo extraordinaria.
El primer Adán fue receptor de vida. El postrer Adán es dador de vida.
Pablo continúa:
«El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo».
1 Corintios 15:47, RVR1960
Esta declaración añade una dimensión que no encontramos en la historia del primer Adán.
Adán tuvo su origen en la tierra.
Dios lo formó del polvo.
Su existencia comenzó como criatura.
Jesucristo, por el contrario, es llamado «el Señor» y descrito como «del cielo».
Pablo no está negando su humanidad. Precisamente lo llama «el segundo hombre».
Está distinguiendo su procedencia de la del primer Adán.
El primer hombre comenzó a existir cuando fue creado.
El segundo hombre es el Señor celestial que asumió nuestra naturaleza humana.
Por eso la Encarnación no fue simplemente el nacimiento de otro descendiente de Adán.
Fue la aparición, dentro de nuestra humanidad, de alguien que podía darle un destino diferente.
El primero había sido creado por Dios. El segundo era Dios hecho hombre.
Una de las diferencias más importantes entre ambos hombres se encuentra en su respuesta a la voluntad divina.
Adán recibió un mandamiento y lo desobedeció.
Jesucristo asumió una naturaleza humana y vivió en perfecta obediencia.
Pablo resume el contraste:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos».
Romanos 5:19, RVR1960
Observemos que Pablo no contrapone solamente dos muertes.
Contrapone dos maneras de responder a Dios.
Desobediencia y obediencia.
Adán colocó su propia voluntad por encima del mandamiento recibido.
Jesucristo cumplió perfectamente la voluntad del Padre.
Su obediencia no consistió únicamente en evitar el pecado.
Fue una vida humana enteramente entregada al cumplimiento del propósito divino, una obediencia que llegó hasta la muerte de cruz.
El primer Adán falló en la prueba de la obediencia.
El postrer Adán permaneció fiel.
Y esa fidelidad forma parte esencial de nuestra redención.
Sería insuficiente decir que Jesucristo vino simplemente a corregir el error cometido por Adán.
Las consecuencias de aquella desobediencia se habían extendido a toda la humanidad.
El pecado no era ya un acontecimiento aislado ocurrido en el Edén.
Había llegado a formar parte de la historia de cada generación.
La violencia, la injusticia, la mentira, la idolatría y la muerte daban testimonio de una humanidad profundamente afectada.
Pero Jesucristo no vino solamente a devolvernos al punto en el que Adán se encontraba antes de pecar.
Su obra abriría el camino hacia algo todavía mayor.
Una humanidad reconciliada con Dios.
Una vida sostenida por su gracia.
Una esperanza que no terminaría en el sepulcro.
Y finalmente, una resurrección gloriosa.
Pablo explica:
«Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial».
1 Corintios 15:49, RVR1960
Los descendientes de Adán participan de su condición terrenal y mortal.
Pero quienes pertenecen a Jesucristo tienen la promesa de participar de la gloria de su resurrección.
Ese es el alcance extraordinario de la obra del postrer Adán.
No solamente vino a resolver nuestro pasado; vino a transformar nuestro futuro.
Hay una razón importante por la que Pablo utiliza la expresión «postrer Adán».
No está anunciando una sucesión interminable de representantes que intentarían salvar a la humanidad.
Presenta a Jesucristo como aquel que lleva a su cumplimiento definitivo la obra redentora.
Adán fue el primero.
Cristo es el postrer Adán.
No necesitamos esperar a un tercero que complete lo que Jesucristo comenzó.
Su obediencia fue perfecta.
Su sacrificio fue suficiente.
Su resurrección confirmó su victoria.
Y su obra no necesita ser sustituida por la de otro salvador.
En Jesucristo encontramos la respuesta definitiva al problema que comenzó con el primer hombre.
La enseñanza de Pablo nos coloca delante de una realidad profundamente personal.
Todos pertenecemos a la humanidad descendiente de Adán.
Compartimos su condición mortal.
Conocemos el pecado.
Experimentamos las consecuencias de vivir en un mundo caído.
Pero el Evangelio anuncia que, por medio de Jesucristo, es posible pertenecer a una nueva humanidad espiritual, reconciliada con Dios.
Pablo lo expresa de otra manera:
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas».
2 Corintios 5:17, RVR1960
La expresión «en Cristo» es fundamental.
Así como nuestra relación natural con Adán explica nuestra condición humana caída, nuestra unión con Jesucristo por la fe explica nuestra nueva condición delante de Dios.
No se trata de cambiar de ascendencia biológica.
Se trata de recibir una nueva vida espiritual.
El hombre continúa viviendo en un cuerpo mortal, pero ya no tiene que permanecer bajo la condenación del pecado.
En Cristo recibe perdón, reconciliación y la promesa de la resurrección.
Cuando Dios creó a Adán, comenzó la historia de la humanidad.
Cuando Adán desobedeció, aquella historia quedó marcada por el pecado y la muerte.
Pero Dios no permitió que la desobediencia del primer hombre tuviera la última palabra.
La respuesta divina no fue crear otro Adán del polvo de la tierra.
Fue que Jesucristo, el Señor celestial, asumiera nuestra humanidad para convertirse en nuestro nuevo representante.
Adán nos muestra lo que ocurrió cuando el hombre desobedeció a Dios.
Jesucristo nos muestra lo que hizo posible la obediencia perfecta de un hombre que también era Dios.
El primero transmitió a su descendencia una condición marcada por la muerte.
El segundo concede vida a quienes le pertenecen.
El primero fue vencido por el pecado.
El segundo venció al pecado y a la muerte.
Y aquí encontramos el verdadero significado de llamar a Jesucristo el postrer Adán.
No vino simplemente a repetir la historia del primer hombre.
Vino a darle a la humanidad, por medio de su obediencia, sacrificio y resurrección, un comienzo que Adán jamás habría podido ofrecerle.
Porque la historia humana no tenía que terminar donde comenzó su tragedia.
En Adán conocimos la caída. En Jesucristo encontramos la redención y la esperanza de la vida eterna.
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Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Miqueas 5:2; Lucas 2:1-5
Durante siglos, una pequeña población de Judá había permanecido ligada a una extraordinaria profecía. Su nombre era Belén. No era Roma, no era Jerusalén, no era una gran ciudad del mundo antiguo. Sin embargo, Dios había señalado aquel lugar mucho antes de que María recibiera la visita de Gabriel.
El profeta Miqueas había escrito:
«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Miqueas 5:2, RVR1960
La profecía era extraordinaria. Aquel que saldría de Belén entraría en la historia mediante un nacimiento, pero su existencia no comenzaría allí. Sus salidas eran «desde el principio, desde los días de la eternidad».
Belén sería solamente el lugar de su nacimiento terrenal.
Antes de Belén, Él ya era.
Antes de María, Él ya era.
Antes de David, Él ya era.
Antes de Abraham, Él ya era.
Antes de Adán, Él ya era.
Ahora, sin embargo, había llegado el momento en que el Eterno entraría visiblemente en nuestra historia.

El viaje a belén, la profecía comienza a cumplirse
María estaba en Nazaret, pero la profecía señalaba a Belén
Había un detalle que aparentemente no encajaba.
María vivía en Nazaret de Galilea. Allí había llegado Gabriel. Allí había recibido el anuncio de que concebiría en su vientre y daría a luz un hijo. Allí comenzó el extraordinario cumplimiento de las palabras:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Lucas 1:35, RVR1960
El niño ya había sido concebido.
Pero Miqueas había dicho Belén.
Nazaret y Belén estaban separados por una distancia considerable. María no vivía en Belén. José tampoco estaba establecido allí.
Entonces ocurrió algo que, visto solamente desde la perspectiva humana, parecía no tener ninguna relación con las antiguas profecías de Israel.
Un emperador tomó una decisión.
«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.»
Lucas 2:1, RVR1960
Augusto César gobernaba el Imperio romano. Desde su posición de poder podía ordenar censos, movilizar funcionarios y afectar la vida de pueblos enteros.
Probablemente para Roma aquello era simplemente administración imperial.
Pero había algo que César no sabía.
Siglos antes de que él emitiera su decreto, Dios ya había mencionado a Belén.
Un decreto imperial puso en movimiento a José y María
Lucas continúa:
«E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.»
Lucas 2:3-5, RVR1960
De pronto, José tenía una razón para viajar a Belén.
No porque estuviera intentando cumplir una profecía.
No porque hubiera decidido que el Mesías debía nacer allí.
No porque María hubiera escogido aquella ciudad para dar a luz.
Un decreto de Roma los puso en camino.
Humanamente, César había dado una orden.
Proféticamente, María se estaba acercando al lugar que había sido señalado siglos antes.
Esta es una de las escenas más impresionantes que rodean la Encarnación. Un emperador sentado en su palacio podía pensar que estaba moviendo personas para cumplir los propósitos de Roma, mientras que, por encima de los acontecimientos humanos, la antigua palabra profética se acercaba a su cumplimiento.
Roma tenía sus planes.
Augusto tenía sus razones.
José tenía que obedecer el decreto.
María tenía que acompañarlo.
Pero la Escritura ya había dicho:
Belén.
El descendiente de David regresaba a la ciudad de David
Había otra razón por la cual Belén era significativa.
Lucas la llama «la ciudad de David».
José pertenecía a la casa y familia de David. Y el ángel Gabriel ya le había dicho a María acerca de Jesús:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»
Lucas 1:32, RVR1960
Ahora la descendencia davídica, la promesa del reino y la profecía de Miqueas comenzaban a encontrarse en un mismo lugar.
Belén.
Allí había nacido David.
Allí había comenzado la historia del joven pastor que posteriormente sería rey de Israel.
Y hacia aquella misma población viajaba ahora una mujer embarazada que llevaba en su vientre al Rey cuyo reino no tendría fin.
Pero había una diferencia inmensa.
David comenzó su existencia en este mundo.
Jesucristo no.
El que iba a nacer en Belén era precisamente Aquel de quien Miqueas había dicho:
«Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
El viaje no debió ser sencillo
María estaba embarazada. Lucas no describe detalladamente las dificultades del viaje, por lo que debemos ser cuidadosos de no inventar aquello que la Biblia no dice.
Pero sí podemos comprender algo evidente: trasladarse desde Galilea hasta Judea en aquellas condiciones representaba un esfuerzo considerable.
Cada jornada los acercaba más a Belén.
Y cada jornada acercaba también una profecía de siglos a su cumplimiento.
Quizá quienes los encontraban en el camino solamente veían a un hombre y a una mujer embarazada.
No podían imaginar quién viajaba con ellos.
Dentro del vientre de María estaba Aquel de quien Gabriel había dicho:
«Será grande.»
«Será llamado Hijo del Altísimo.»
«Reinará sobre la casa de Jacob para siempre.»
«Su reino no tendrá fin.»
El mundo todavía no lo había visto.
Los habitantes de Belén todavía no sabían que venía.
Los pastores todavía cuidaban sus rebaños sin haber escuchado el anuncio que cambiaría aquella noche.
Pero Jesucristo ya estaba entre nosotros.
El Eterno viajaba hacia Belén
Hay algo profundamente conmovedor en esta escena.
El Creador había aceptado nuestra humanidad hasta el punto de pasar por el proceso de gestación dentro del vientre de una mujer.
Aquel por quien fueron hechas todas las cosas no apareció simplemente en el mundo como un hombre adulto.
Entró verdaderamente en nuestra experiencia humana.
Juan lo expresaría posteriormente con unas palabras que resumen el misterio de la Encarnación:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.»
Juan 1:14, RVR1960
El Verbo ya se había hecho carne.
Ahora viajaba hacia Belén.
No iba sentado en un trono.
No estaba rodeado de ejércitos.
No avanzaba acompañado por una procesión real.
Todavía estaba oculto dentro del vientre de María.
Y, sin embargo, el Rey estaba llegando a su ciudad.
La profecía estaba a punto de cumplirse
Desde Génesis, Dios había hablado de la simiente de la mujer.
Isaías había anunciado que una virgen concebiría.
Había declarado que un niño nos sería nacido y un hijo nos sería dado.
Miqueas había señalado a Belén.
Gabriel había anunciado a María que concebiría.
El Espíritu Santo había venido sobre ella.
José había recibido en sueños la confirmación de que lo engendrado en María era del Espíritu Santo.
Juan, todavía en el vientre de Elisabet, había saltado ante la llegada de María.
Y ahora César Augusto había promulgado un decreto que ponía a José y María en camino hacia la ciudad profetizada.
Todo comenzaba a converger.
La promesa.
Las profecías.
La casa de David.
Nazaret.
María.
José.
El decreto de Roma.
Y Belén.
Durante siglos se había anunciado que Él vendría.
Durante meses había crecido silenciosamente dentro del vientre de María.
Ahora María y José avanzaban hacia la ciudad de David.
Belén estaba cada vez más cerca.
Y también lo estaba la hora.
Muy pronto María daría a luz.
Muy pronto unos pastores mirarían hacia el cielo.
Muy pronto una multitud de las huestes celestiales alabaría a Dios.
Muy pronto el mundo podría contemplar con sus propios ojos al niño que Gabriel había anunciado.
La profecía estaba a punto de convertirse en historia.
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Textos clave: Lucas 2:1-20; Juan 1:1-3, 14
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».
Juan 1:14, RVR1960
Había llegado el momento.
Las palabras pronunciadas por los profetas durante siglos estaban a punto de encontrar su cumplimiento en una noche que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
Isaías había anunciado que una virgen concebiría.
Miqueas había señalado una pequeña población llamada Belén.
Gabriel había visitado a María y le había anunciado que concebiría un hijo cuyo nombre sería Jesús.
José también había recibido la explicación divina acerca del embarazo de su esposa.
Todo estaba preparado.
Pero nadie en Belén parecía saberlo.
Las familias continuaban con sus ocupaciones. Los viajeros buscaban dónde hospedarse. Los animales necesitaban alimento y descanso. Los habitantes de aquella pequeña población seguían viviendo sus vidas.
Y mientras el mundo continuaba su marcha, el acontecimiento más extraordinario de la historia estaba a punto de suceder.
José y María habían llegado a Belén por causa del empadronamiento ordenado por Augusto César.
El viaje los había llevado desde Galilea hasta Judea.
María estaba embarazada.
Y mientras se encontraban allí, llegó el momento del nacimiento.

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad». Juan 1: 14
Lucas describe lo sucedido con una sencillez que resulta casi desconcertante:
«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón».
Lucas 2:6-7, RVR1960
Eso fue todo.
El evangelista no describe un palacio.
No menciona médicos ni asistentes.
No habla de una celebración organizada para recibir al niño.
Solamente presenta a una madre que acaba de dar a luz, unos pañales y un pesebre.
Podemos imaginar el esfuerzo del parto, el agotamiento de María y la preocupación de José. Eran experiencias profundamente humanas, aunque Lucas no nos proporciona los detalles de aquellas horas.
Lo que sí nos dice es que el niño nació.
María lo envolvió cuidadosamente en pañales.
Y lo acostó en un pesebre.
Aquel pequeño cuerpo necesitaba abrigo.
Sus manos eran las de un recién nacido.
Sus ojos comenzaban a conocer el mundo que lo rodeaba.
Su madre debía sostenerlo, alimentarlo y protegerlo.
Y aquel niño era Jesucristo.
El que había sido anunciado por los profetas.
El que Gabriel había llamado Hijo del Altísimo.
El que recibiría el trono de David.
El que salvaría a su pueblo de sus pecados.
Había nacido.
Y estaba acostado en un lugar destinado a contener alimento para los animales.
A cierta distancia de donde había nacido Jesús, algunos pastores permanecían en el campo cuidando sus rebaños durante la noche.
Lucas nos permite contemplar otra escena:
«Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño».
Lucas 2:8, RVR1960
Para aquellos hombres era una noche de trabajo.
Debían permanecer atentos a sus ovejas.
Conocían los sonidos del campo, la oscuridad y las responsabilidades de su oficio.
No tenían motivos para pensar que aquella noche sería diferente.
Pero de pronto sucedió algo que ninguno de ellos habría podido anticipar.
«Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor».
Lucas 2:9, RVR1960
La oscuridad fue interrumpida por un resplandor extraordinario.
Un ángel estaba delante de ellos.
Y la gloria del Señor los rodeó.
Los pastores tuvieron miedo.
No estaban contemplando un fenómeno cotidiano.
Se encontraban frente a una manifestación celestial.
Pero el ángel no había venido para anunciarles una desgracia.
Había venido para comunicarles una noticia que debía producir una alegría inmensa.
Entonces el ángel habló:
«Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor».
Lucas 2:10-11, RVR1960
¡Un Salvador!
No dijo simplemente que había nacido un niño.
No anunció el nacimiento de otro futuro gobernante de Israel.
No presentó al recién nacido como un maestro que algún día ofrecería enseñanzas extraordinarias.
Lo llamó Salvador.
Y añadió dos títulos que revelaban su identidad:
CRISTO el Señor.
Aquel niño era el Mesías prometido.
El Señor anunciado.
El Salvador que la humanidad necesitaba.
Pero entonces el ángel añadió algo sorprendente.
Les dijo cómo podrían reconocerlo.
«Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre».
Lucas 2:12, RVR1960
¡Qué señal tan inesperada!
El Salvador había nacido.
El Cristo había llegado.
El Señor estaba en Belén.
¿Y cómo podrían encontrarlo?
No debían buscar una corona.
No debían buscar soldados custodiando una entrada.
No debían buscar un trono.
Debían buscar a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
La señal celestial señalaba hacia la más sencilla de las escenas humanas.
Pero el anuncio todavía no había terminado.
Lucas continúa:
«Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!».
Lucas 2:13-14, RVR1960
Repentinamente.
Hasta ese momento, un solo ángel había hablado con los pastores.
Ahora apareció una multitud de las huestes celestiales.
No sabemos cuántos eran.
Lucas no proporciona una cifra.
Solamente nos dice que era una multitud.
Y todos alababan a Dios.
¡Gloria a Dios en las alturas!
La noticia era tan extraordinaria que el anuncio de un solo mensajero fue acompañado por la alabanza de las huestes celestiales.
No estaban celebrando el nacimiento de un rey cualquiera.
Estaban glorificando a Dios por lo que había ocurrido aquella noche.
La promesa de salvación había llegado a un momento decisivo.
El Cristo había nacido.
Y la paz anunciada no era simplemente la ausencia de conflictos entre las naciones.
Era la proclamación del favor divino relacionado con la llegada del Salvador.
Mientras los hombres dormían en Belén, una multitud celestial alababa a Dios en los campos cercanos.
Y en algún lugar de aquella población, un niño permanecía acostado en un pesebre.
Después de aquella manifestación, los ángeles se fueron al cielo.
Los pastores quedaron nuevamente en el campo.
Pero ya no podían continuar como si nada hubiera sucedido.
«Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado».
Lucas 2:15, RVR1960
No necesitaban discutir durante horas qué debían hacer.
Querían comprobar lo que acababan de escuchar.
El Señor les había dado una noticia.
Y ellos querían ver al niño.
Lucas dice:
«Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».
Lucas 2:16, RVR1960
Apresuradamente.
Podemos imaginarlos avanzando por las calles de Belén, buscando el lugar indicado por la señal.
Hasta que finalmente lo encontraron.
Allí estaban María y José.
Y allí estaba el niño.
Exactamente como el ángel les había anunciado.
Envuelto en pañales.
Acostado en un pesebre.
Los pastores habían contemplado la gloria del Señor.
Habían escuchado el anuncio de un ángel.
Habían presenciado la alabanza de una multitud celestial.
Y ahora estaban delante de un recién nacido.
¡Qué contraste tan extraordinario!
La gloria celestial había acompañado el anuncio.
Pero la señal que confirmaba su cumplimiento era la presencia de un niño acostado humildemente.
Los pastores comenzaron a contar lo que habían escuchado acerca del niño.
Quienes recibieron su testimonio se maravillaron.
Pero Lucas dirige nuestra atención hacia María:
«Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».
Lucas 2:19, RVR1960
María había escuchado a Gabriel.
Había vivido el embarazo.
Había dado a luz.
Y ahora escuchaba a unos pastores hablar de ángeles, de gloria celestial y de un Salvador que había nacido.
Cuántas cosas tendría que meditar.
El ángel le había dicho que su hijo sería llamado Hijo del Altísimo.
Le había anunciado que recibiría el trono de David.
Le había declarado que su reino no tendría fin.
Y ahora otros hombres llegaban afirmando que un ángel les había anunciado el nacimiento de Cristo el Señor.
María guardaba aquellas cosas en su corazón.
El Evangelio no nos dice que comprendiera inmediatamente todas sus implicaciones.
Nos dice que las meditaba.
Y mientras ella reflexionaba sobre aquellas noticias extraordinarias, su hijo seguía siendo un recién nacido que dependía de sus cuidados.
Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto.
La manifestación celestial había terminado.
Las voces de los ángeles ya no se escuchaban en los campos.
Belén continuaba siendo una pequeña población de Judea.
Augusto César seguía gobernando el Imperio romano.
Herodes todavía ocupaba su trono.
Los poderosos continuaban ejerciendo su autoridad.
Y la mayoría de los habitantes del mundo ignoraba lo que acababa de suceder.
Pero en aquel lugar humilde había ocurrido algo que ningún emperador podía producir, que ningún ejército podía conquistar y que ninguna riqueza podía comprar.
Jesucristo había nacido.
Aquel niño tenía una madre humana.
Había recibido un cuerpo humano.
Podía sentir el frío de la noche.
Necesitaba alimento.
Necesitaba descanso.
Necesitaba los brazos de María.
Y, sin embargo, su identidad no podía explicarse solamente por las circunstancias de su nacimiento.
Muchos años después, Juan escribiría unas palabras que revelarían la grandeza de lo ocurrido aquella noche:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
Juan 1:1, RVR1960
Y después añadiría:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…».
Juan 1:14, RVR1960
Regresemos por un instante a Belén.
Imaginemos que la noche ha avanzado.
Los pastores ya se han marchado.
José permanece cerca de María.
El cansancio del viaje y del nacimiento comienza a dar paso al descanso.
María contempla al niño.
Quizá acomoda cuidadosamente los pañales que lo envuelven.
Tal vez se inclina para comprobar que está cómodo.
No sabemos cuáles fueron sus movimientos ni sus palabras. Pero podemos contemplar, con reverencia, la escena que Lucas sí nos ha dejado.
Un niño acostado en un pesebre.
Nada en su apariencia exterior permitía medir la grandeza de su identidad.
No llevaba una corona.
No sostenía un cetro.
No estaba rodeado de los símbolos del poder humano.
Era pequeño.
Era vulnerable.
Era verdaderamente humano.
Y mientras descansaba, el mundo seguía sin comprender la magnitud de aquella noche.
El niño que dormía había sido anunciado desde los días antiguos.
Su nacimiento había sido señalado por los profetas.
Los ángeles habían proclamado su llegada.
Los pastores habían acudido a contemplarlo.
Y ahora, después de todo aquello, Jesús dormía en el pesebre.
Podemos imaginar su respiración tranquila.
Sus pequeñas manos descansando junto a su cuerpo.
Su rostro iluminado tenuemente por la luz de una lámpara.
María cerca de Él.
José velando por su familia.
Y afuera, la noche de Belén.
El mundo no se había detenido.
Pero la historia de la humanidad ya no sería la misma.
Porque aquel niño no era solamente el hijo de María.
Era el Salvador.
Era Cristo el Señor.
Era Emanuel.
Era el Hijo de Dios.
Era el Verbo que era Dios.
Y aquella noche, mientras Jesús dormía en un humilde pesebre, se había cumplido uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la eternidad:
Finalmente, el Verbo se hizo carne.
Dios se hizo hombre.
Y vino a habitar entre nosotros.
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Música recomendada
Dr. Elio M Rivera
Lo que el Antiguo Testamento reveló acerca del precio que Cristo pagaría para rescatarnos
Estos son los temas que considero más fuertes, procurando que cada uno tenga una base clara en el Antiguo Testamento:

Jesús sabía exactamente a que venía y lo que haríamos con el y como quiera vino
En esta serie intentaremos contemplar la venida de Jesucristo desde una perspectiva diferente. No comenzaremos en Belén ni esperaremos hasta llegar a los Evangelios. Retrocederemos siglos antes de que Jesús naciera para descubrir qué había sido revelado acerca de nuestra condición, de su sufrimiento y del precio que tendría que pagar para rescatarnos.
Por esa razón utilizaremos principalmente pasajes del Antiguo Testamento. Queremos escuchar lo que ya estaba escrito antes de que Cristo viniera a la Tierra.
Y existe una razón todavía más profunda para hacerlo. El apóstol Pedro explicó que los antiguos profetas anunciaron de antemano «los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos», y afirmó que quien estaba en ellos anunciando estas cosas era «el Espíritu de Cristo» (1 Pedro 1:10-11).
Esto significa algo extraordinario: Cristo sabía lo que le esperaba.
Sabía en qué condición encontraría al hombre. Sabía que habíamos pecado, que nos habíamos alejado de Dios y que nos habíamos convertido en sus enemigos. Pero también sabía lo que nosotros haríamos con Él: sabía del rechazo, la traición, los golpes, las burlas, los clavos y la muerte.
Siglos antes de Belén, muchas de aquellas cosas ya habían quedado escritas.
Por eso, en cada artículo haremos una pregunta sencilla: ¿qué sabía Jesucristo antes de venir y qué nos revela eso acerca de su corazón?
Porque lo verdaderamente impresionante no será solamente descubrir que Él lo sabía.
Será descubrir que, sabiéndolo, decidió venir.
Lo sabía… y aun así vino a rescatarnos.
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Escuche música con propósito
Antes de que Jesucristo naciera en Belén, antes de que caminara por los caminos de Galilea, antes de que tocara a un enfermo, abrazara a un rechazado o pronunciara una sola de sus enseñanzas, Él sabía perfectamente cuál era nuestra condición.
Sabía que la humanidad tenía problemas.
Pero nuestro problema más grave no era la enfermedad.
No era la pobreza.
No era la violencia.
Ni siquiera era la muerte física.
Había ocurrido algo mucho más profundo y terrible:
el pecado nos había separado de Dios.

Muchos siglos antes de que Jesucristo viniera a la Tierra, el profeta Isaías había descrito nuestra condición con palabras contundentes:
«Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59:2, RVR1960).
El pecado había producido una división.
Esto comenzó en el Edén.
Adán y Eva habían disfrutado de una relación extraordinaria con su Creador. No tenían que esconderse de Él. No existían culpa, vergüenza ni temor que los hicieran huir de su presencia.
Pero después de pecar ocurrió algo que nunca antes había sucedido:
el hombre se escondió de Dios.
«Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto» (Génesis 3:8).
Algo se había quebrado.
Y las consecuencias de aquella ruptura alcanzarían a toda la humanidad.
Jesucristo no vino a la Tierra ignorando lo que había sucedido.
Sabía que nos habíamos alejado.
Isaías lo había anunciado cientos de años antes:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6).
Observe las palabras:
«nos descarriamos».
Nosotros fuimos quienes nos alejamos.
Nosotros tomamos nuestro propio camino.
Nosotros rompimos aquella relación.
Y, sin embargo, ocurrió algo extraordinario.
El que no se había alejado decidió venir a buscar a los que se habían alejado.
Aquí comienza a revelarse el corazón de Jesucristo.
Él no vino porque nosotros hubiéramos encontrado la manera de regresar.
No vino porque hubiéramos reparado el daño.
No vino porque finalmente nos hubiéramos convertido en una humanidad digna de recibirlo.
Vino sabiendo que estábamos separados de Dios.
Sabía de nuestra rebelión.
Sabía de nuestra desobediencia.
Sabía que cada uno había tomado su propio camino.
Y aun conociendo perfectamente nuestra condición, decidió venir.
Eso cambia profundamente la manera en que contemplamos Belén.
El niño acostado en aquel pesebre no había llegado simplemente para enseñarnos cómo vivir.
Había comenzado una misión de rescate.
Dios estaba acercándose al hombre que se había alejado de Él.
Pero Isaías 53 contiene algo todavía más impresionante.
El mismo versículo que dice que nosotros nos apartamos termina diciendo:
«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Cristo sabía cuál era nuestra enfermedad espiritual.
Pero también sabía cuál sería el costo de curarla.
Sabía que nuestra reconciliación no sería gratuita para Él.
Sabía que para acercarnos nuevamente a Dios tendría que cargar aquello mismo que nos había separado de Dios:
nuestro pecado.
Y aun así vino.
Nos dice que Dios no contempló nuestra tragedia desde lejos.
Nosotros nos alejamos.
Él se acercó.
Nosotros nos escondimos.
Él vino a buscarnos.
Nosotros escogimos nuestro propio camino.
Él comenzó el camino hacia nosotros.
Mucho antes de Belén, las Escrituras ya habían revelado nuestra condición y habían anunciado el precio que el Siervo de Dios tendría que pagar.
Por eso, cuando Jesucristo decidió venir a este mundo, sabía perfectamente a quién venía a rescatar.
No vino engañado.
No vino esperando encontrar una humanidad diferente.
No descubrió nuestra condición cuando llegó aquí.
La conocía desde antes de venir.
Sabía que nuestro pecado nos había separado de Dios.
Sabía que nos habíamos descarriado.
Sabía que tendría que cargar con nuestro pecado para traernos de regreso.
Lo sabía.
Y aun así vino.
Tal vez esa sea una de las primeras ventanas que esta serie nos permite abrir hacia el corazón de Jesucristo:
nosotros fuimos quienes nos alejamos de Dios, pero fue Dios quien dio el primer paso para venir a buscarnos.
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Escuche música con propósito
Jesucristo sabía que nuestro problema era todavía más profundo que estar separados de Dios.
Había una razón para aquella separación:
éramos culpables.
El pecado no solamente había producido dolor, muerte y alejamiento. Había dejado al ser humano con una culpa real delante de Dios.
Y siglos antes de que Cristo viniera a la Tierra, Dios había dejado establecido que aquella culpa no podía simplemente ignorarse.
Cuando Dios entregó la ley a Israel, estableció todo un sistema de sacrificios. Una y otra vez aparecían el altar, la sangre, el sacrificio y la expiación.
Levítico explica el principio que se encontraba detrás de todo aquello:
«Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona» (Levítico 17:11).
Aquellos sacrificios estaban enseñando algo profundamente serio:
el pecado produce culpa y la culpa necesita expiación.
Dios es amoroso y misericordioso, pero también es santo y justo. El pecado no podía convertirse simplemente en algo que nunca había ocurrido.
La deuda existía.
La culpa era real.
Y alguien tendría que responder por ella.
Generación tras generación, los israelitas observaron animales siendo llevados al altar.
El pecador llegaba con su sacrificio.
Un animal inocente moría.
La sangre era derramada.
Y la expiación era realizada conforme a lo que Dios había establecido.
Cada sacrificio parecía repetir el mismo mensaje:
el pecado cuesta.
Pero aquellos sacrificios también estaban señalando hacia algo mucho mayor.
Llegaría el día en que ya no contemplaríamos solamente un animal sobre un altar.
Vendría Alguien que cargaría sobre sí la culpa de otros.

Jesús sabía que pagaría un alto precio por redimir a la humanidad y aun así vino
Siglos antes del nacimiento de Jesús, Isaías escribió:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).
Observe cuidadosamente las palabras:
nuestras rebeliones.
nuestros pecados.
Pero las heridas estaban sobre Él.
El profeta continúa:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Aquí comenzaba a revelarse el verdadero precio del rescate.
El culpable era el hombre.
Pero otro cargaría con su pecado.
Jesucristo conocía aquellas palabras antes de venir.
El Espíritu de Cristo había anunciado por medio de los profetas «los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos» (1 Pedro 1:11).
Por eso Cristo no llegó a Belén para descubrir después que salvarnos sería costoso.
Sabía el precio antes de venir.
Sabía que nuestra culpa no desaparecería con buenas intenciones.
Sabía que no bastaría con enseñarnos.
Sabía que no bastaría con mostrarnos cómo vivir.
Sabía que necesitábamos expiación.
Y sabía que finalmente el sacrificio tendría que ser Él mismo.
Aquí aparece nuevamente aquello que queremos descubrir a lo largo de esta serie.
Cristo sabía quiénes éramos.
Los culpables éramos nosotros.
Sabía quién había quebrantado la voluntad de Dios.
Nosotros.
Sabía quién merecía responder por el pecado.
Nosotros.
Y, sin embargo, Isaías había anunciado algo extraordinario:
«El castigo de nuestra paz fue sobre él».
Él sabía que vendría a ocupar el lugar del culpable.
Sabía que sería herido por rebeliones que no había cometido.
Sabía que cargaría pecados que no eran suyos.
Sabía que nuestra reconciliación tendría un precio terrible.
Lo sabía.
Y aun así vino.
Eso nos muestra algo extraordinario acerca del corazón de Jesucristo:
no vino porque nosotros pudiéramos pagar nuestra deuda; vino porque sabía que jamás podríamos pagarla por nosotros mismos.
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Jesucristo sabía que cuando viniera a buscarnos encontraría una humanidad separada de Dios y culpable delante de Él.
Pero sabía algo todavía más terrible:
sobre nosotros pesaba una sentencia de muerte.
La muerte no formaba parte de aquella primera escena maravillosa que encontramos en el Edén. Apareció ligada a la desobediencia del hombre. Dios había advertido a Adán con absoluta claridad acerca de las consecuencias de rebelarse contra Él.
«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17).
Adán conocía la advertencia.
Pero comió.
Y la muerte entró en la historia humana.
Después de la caída, algo cambió radicalmente.
El hombre que había sido formado para vivir comenzó a morir.
Su cuerpo regresaría finalmente al polvo del cual había sido tomado:
«Polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19).
Desde entonces, generación tras generación, la misma escena comenzó a repetirse.
Los hombres nacían.
Vivían durante un tiempo.
Y morían.
Reyes y campesinos.
Ricos y pobres.
Fuertes y débiles.
Nadie podía detenerla.
La muerte había levantado su imperio sobre la humanidad.
Muchos siglos después, el profeta Ezequiel expresó nuevamente la gravedad del problema:
«El alma que pecare, esa morirá» (Ezequiel 18:4).
La muerte, entonces, no podía entenderse solamente como el desgaste natural de un cuerpo.
Existía detrás de ella un problema moral y espiritual:
el hombre había pecado contra Dios.
Por eso nuestra tragedia era mucho mayor de lo que parecía.
No necesitábamos solamente vivir algunos años más.
No necesitábamos simplemente cuerpos más fuertes o una vida más cómoda.
Necesitábamos ser rescatados de la muerte.
Antes de venir, Jesucristo sabía perfectamente a qué clase de mundo estaba descendiendo.
Venía a un planeta lleno de cementerios.
Venía a una humanidad que enterraba a sus padres, a sus hijos, a sus esposos, a sus esposas y a sus amigos.
Venía a un mundo donde cada nacimiento comenzaba inevitablemente una marcha hacia la tumba.
Y sabía por qué.
El pecado había introducido la muerte.
Cristo no vino engañado acerca de nuestra condición.
Sabía que venía a buscar seres humanos sobre quienes pesaba una sentencia que ellos mismos no podían cancelar.
Pero entre aquellas antiguas Escrituras aparece una declaración extraordinaria.
El profeta Oseas escribió:
«De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol» (Oseas 13:14).
En medio de un mundo condenado a morir, Dios hablaba de redención.
Hablaba de librar de la muerte.
La muerte parecía tener la última palabra.
Pero Dios ya había anunciado que no sería así.

Jesús sabía que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados y que solo el podía recatarnos
Aquí comenzamos nuevamente a contemplar el corazón de Cristo.
Él poseía vida.
Nosotros estábamos bajo sentencia de muerte.
Él no era el culpable.
Nosotros sí.
Sin embargo, en lugar de abandonarnos a las consecuencias de nuestra rebelión, decidió venir al mundo donde reinaba la muerte para rescatarnos.
Sabía que encontraría funerales.
Sabía que encontraría sepulcros.
Sabía que encontraría lágrimas.
Sabía que encontraría seres humanos incapaces de escapar por sí mismos de su destino.
Y sabía que su misión finalmente lo conduciría a enfrentarse personalmente con aquello que nos tenía cautivos.
La muerte.
Pero también sabía algo que nosotros todavía no comprendíamos:
la muerte no tendría la última palabra.
Siglos antes de Belén, ya estaba escrito que Dios redimiría de la muerte.
Jesucristo sabía perfectamente a qué mundo venía.
Sabía cuál era nuestra sentencia.
Sabía lo que costaría nuestro rescate.
Lo sabía.
Y aun así vino.
Porque su corazón no estuvo dispuesto a contemplar desde lejos cómo la humanidad que amaba marchaba inexorablemente hacia la muerte.
Vino a rescatarnos.
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Jesucristo no vino a buscar una humanidad que estuviera esperando ansiosamente su llegada.
No descendió a un mundo rendido ante Dios, dispuesto a obedecerlo y recibirlo.
La realidad era exactamente la contraria.
El hombre se había rebelado contra Dios.
Y Cristo lo sabía antes de venir.
Siglos antes de Belén, las Escrituras ya habían descrito aquella rebelión. El problema del hombre no era solamente que estuviera perdido. Había tomado una decisión: quería seguir su propio camino.
Isaías lo expresó con extraordinaria sencillez:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6).
Estas palabras revelan algo profundo acerca del pecado.
El hombre no solamente se extravió accidentalmente.
Quiso caminar por su propio camino.
Desde el Edén encontramos esta actitud. Dios había establecido un límite, pero el hombre decidió traspasarlo. En lugar de someter su voluntad a la voluntad de su Creador, decidió determinar por sí mismo lo que quería hacer.
Ese principio continuaría repitiéndose a través de la historia:
Dios decía una cosa y el hombre quería otra.
En el fondo de la rebelión humana se encontraba una declaración silenciosa pero terrible:
«Quiero dirigir mi vida sin Dios».

Jesús sabía que el hombre se había rebelado contra Dios y aun así vino
El Salmo 2 amplía todavía más esta escena:
«¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido» (Salmo 2:1-2).
Y después aparecen estas palabras:
«Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas» (Salmo 2:3).
Es una imagen impresionante.
La humanidad percibe la autoridad de Dios como algo de lo cual quiere liberarse.
No quiere ligaduras.
No quiere cuerdas.
No quiere que Dios gobierne sobre ella.
Quiere independencia.
Quiere autonomía.
Quiere decidir por sí misma qué es bueno y qué es malo.
Cristo conocía todo esto antes de venir.
Sabía que descendería a un mundo donde muchos seres humanos no querían ser gobernados por Dios.
Sabía que encontraría orgullo.
Sabía que encontraría resistencia.
Sabía que encontraría corazones endurecidos.
Sabía que encontraría una humanidad que había escogido su propio camino.
Y hay algo todavía más impresionante en el Salmo 2.
La rebelión no sería solamente contra Dios.
También sería contra «su ungido».
Es decir, Cristo sabía que cuando llegara, parte de aquella rebelión terminaría dirigiéndose personalmente contra Él.
Esto nos permite contemplar su venida de una manera diferente.
Jesucristo no descendió del cielo esperando descubrir cómo reaccionaría la humanidad.
Las Escrituras ya habían descrito el corazón rebelde del hombre.
Sabía que algunos rechazarían su autoridad.
Sabía que cuestionarían sus palabras.
Sabía que se levantarían contra Él.
Sabía que intentarían deshacerse de Él.
Y finalmente, aquella rebelión humana llegaría hasta el punto de querer eliminar al mismo Ungido de Dios.
Sin embargo, vino.
Tal vez nosotros habríamos esperado otra respuesta.
Si alguien nos rechaza, nos alejamos.
Si alguien desprecia nuestra autoridad, podemos dejarlo seguir su camino.
Si alguien se convierte deliberadamente en nuestro adversario, difícilmente correríamos detrás de él para rescatarlo.
Pero Cristo hizo precisamente eso.
El hombre decía:
«Quiero mi propio camino».
Y Cristo decidió entrar en ese mundo para buscarlo.
El hombre quería alejarse.
Cristo se acercó.
El hombre rechazaba su gobierno.
Cristo vino a ofrecerle reconciliación.
El hombre se levantaba contra Dios.
Dios preparaba su rescate.
Y aquí encontramos nuevamente las palabras de Isaías. Después de declarar que «cada cual se apartó por su camino», el versículo termina de una manera sorprendente:
«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Nosotros escogimos nuestro camino.
Él escogió venir por nosotros.
Sabía que la humanidad se había rebelado.
Sabía que esa rebelión también se levantaría contra Él.
Sabía que no encontraría un mundo obediente esperándolo.
Lo sabía.
Y aun así vino.
Eso nos permite ver algo extraordinario en su corazón:
no vino solamente por quienes lo amaban; vino también a buscar a quienes se habían rebelado contra Él.
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Hay algo que puede resultar todavía más difícil de comprender.
Jesucristo no solamente sabía lo que el hombre había hecho.
Sabía en qué se había convertido su corazón.
Podemos ocultar nuestras acciones delante de otras personas. Podemos cuidar nuestra reputación, seleccionar las palabras que pronunciamos y permitir que otros conozcan solamente una parte de nuestra historia.
Pero delante de Dios no existe esa posibilidad.
Antes de venir a rescatarnos, Cristo conocía todo lo que había dentro del corazón humano.
Desde los primeros capítulos de la historia humana encontramos una declaración estremecedora:
«Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Génesis 6:5).
Observe dónde coloca Dios el problema:
«los pensamientos del corazón».
La corrupción ya no estaba solamente en las acciones visibles.
Había penetrado en los pensamientos, deseos, intenciones y motivaciones.
Siglos después, Jeremías describiría aquel corazón de una manera todavía más directa:
«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).
Y la respuesta aparece inmediatamente:
«Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón» (Jeremías 17:10).
Nosotros podemos engañarnos acerca de nosotros mismos.
A Dios no podemos engañarlo.

Esto hace que su decisión de venir resulte todavía más extraordinaria.
Jesús no contemplaba una versión idealizada de la humanidad.
Veía lo que nadie más podía ver.
Conocía los pensamientos que jamás serían pronunciados.
Conocía las intenciones escondidas detrás de aparentes buenas acciones.
Conocía el orgullo.
La envidia.
El odio.
La codicia.
La mentira.
La crueldad.
La hipocresía.
Conocía los secretos que los seres humanos esconderían durante toda su vida.
Isaías llegó a reconocer:
«Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia» (Isaías 64:6).
No solamente nuestras maldades estaban contaminadas.
Hasta aquello con lo que pretendíamos demostrar nuestra propia justicia resultaba insuficiente delante de la santidad de Dios.
Pensemos por un momento en algo muy humano.
Imagine que usted decide entregar todo lo que posee para rescatar a una persona.
Vende su casa.
Entrega sus ahorros.
Renuncia a su comodidad.
Está dispuesto incluso a poner en peligro su propia vida.
Pero antes de hacerlo recibe un expediente completo sobre aquella persona.
Lo abre.
Y comienza a leer.
Descubre que esa persona ha hablado mal de usted.
Lo ha despreciado.
Ha utilizado cosas que usted le dio para hacer daño.
Ha mentido acerca de usted.
Ha lastimado a personas que usted ama.
Y después descubre algo todavía peor:
si usted va a rescatarla, probablemente también lo lastimará a usted.
Ahora cierre el expediente.
Ya sabe la verdad.
Ya no puede decir:
«Si hubiera sabido quién era, quizá no habría ido».
Entonces llega la pregunta:
¿Iría de todos modos?
Eso comienza a acercarnos —aunque sea débilmente— a lo que estamos contemplando.
Cristo no recibió un expediente incompleto de la humanidad.
Él conocía el corazón.
Conocía nuestra historia completa.
Conocía cada generación.
Conocía cada pensamiento.
Conocía cada secreto.
Conocía incluso los pecados que todavía no habían sido cometidos.
Y después de conocerlo todo, no cerró la puerta.
Decidió venir.
Es relativamente fácil amar aquello que consideramos digno de amor.
Es fácil acercarnos a quien nos aprecia.
Es fácil sacrificarnos por alguien que pensamos que hará lo mismo por nosotros.
Pero cuando conocemos lo peor de alguien y aun así decidimos buscar su restauración, estamos hablando de otra clase de amor.
Cristo no vino porque desconociera nuestra oscuridad.
Vino conociéndola perfectamente.
No encontró nuestra corrupción después de llegar.
No descubrió gradualmente de qué era capaz el corazón humano.
Las antiguas Escrituras ya habían dejado registrado el diagnóstico:
«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso».
Y el mismo Dios que escudriñaba ese corazón tomó una decisión extraordinaria:
entrar en nuestro mundo para rescatarlo.
Hasta este momento hemos contemplado lo que Cristo sabía acerca de nuestra condición.
Pero pronto la historia se volverá todavía más personal.
Porque no solamente sabía cómo éramos nosotros.
También sabía lo que nosotros haríamos con Él cuando llegara.
Y aun así vino.
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Escuche música con propósito
Hay dolores que lastiman el cuerpo.
Y hay otros que no dejan ninguna herida visible, pero pueden doler todavía más.
El rechazo es uno de ellos.
Mucho antes de que Jesucristo naciera en Belén, las Escrituras habían anunciado que el Mesías no sería recibido como esperaríamos que fuera recibido el Salvador del mundo.
Isaías escribió:
«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:3).
Cristo sabía que venía a un mundo donde muchos, en lugar de abrirle los brazos, esconderían de Él el rostro.
Imagine que después de muchos años viviendo lejos decide regresar a su casa.
Durante el camino piensa en su familia.
Recuerda las habitaciones.
Recuerda la mesa.
Recuerda las voces.
Finalmente llega.
Toca la puerta.
Escucha personas adentro.
Pero nadie abre.
Vuelve a tocar.
Entonces alguien se acerca, mira quién está afuera y decide no dejarlo entrar.
Probablemente pocos minutos serían suficientes para producir una herida profunda.
Ahora imagine algo todavía más doloroso:
usted sabía que eso sucedería antes de comenzar el viaje.
¿Habría emprendido el camino?
La historia de Israel estaba llena de promesas.
Abraham había recibido la promesa.
Moisés había hablado del profeta que vendría.
David había hablado del Rey.
Los profetas habían anunciado al Mesías.
Generación tras generación se habían leído aquellas Escrituras.
Podríamos imaginar que, cuando finalmente llegara, todo Israel correría a recibirlo.
Pero las mismas Escrituras habían anunciado otra cosa.
Isaías escribió acerca de aquel que vendría:
«Al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos» (Isaías 49:7).
Y después, en Isaías 53, volvió a decir:
«Despreciado y desechado entre los hombres».
El Rey prometido vendría.
Pero no encontraría solamente coronas.
Encontraría puertas cerradas.
Imagine a un padre cuyo hijo abandonó el hogar.
Durante años ese padre lo busca.
Pregunta por él.
Envía mensajes.
Hace todo lo posible para encontrarlo.
Finalmente descubre dónde está.
Viaja cientos de kilómetros.
Llega hasta su puerta.
Toca.
El hijo abre.
Mira a su padre.
Y le dice:
«No quiero verte».
Y cierra la puerta.
¿Quién experimentaría la vergüenza en aquella escena?
¿El hijo que rechazó a su padre?
¿O el padre que fue rechazado?
Humanamente podríamos pensar que el padre tendría todo el derecho de regresar a casa y decir:
«No volveré a buscarte».
Pero ¿qué sucedería si aquel padre volviera a tocar?
Entonces comenzaríamos a comprender algo acerca del amor que estamos estudiando.

Jesús sabía que su pueblo lo rechazaría y aun así vino
El desprecio anunciado por Isaías no era una idea abstracta.
Significaba que seres humanos mirarían al Mesías y concluirían que no lo querían.
«No lo estimamos», escribió Isaías.
Qué palabras tan terribles.
El valor de Cristo no había disminuido.
El hombre simplemente no reconocería su valor.
Es como sostener un diamante creyendo que es una piedra y arrojarlo al suelo.
La acción no disminuye el valor del diamante.
Solamente demuestra que quien lo tuvo en sus manos no comprendió lo que tenía delante.
Eso sucedería con Cristo.
Aquel a quien los profetas habían anunciado durante siglos estaría finalmente delante de ellos.
Y muchos no verían un tesoro.
Verían a alguien de quien querían deshacerse.
Esto es importante.
Todavía no estamos hablando de clavos.
Todavía no estamos hablando de azotes.
Todavía no estamos hablando de una corona de espinas.
Estamos hablando de algo que sucedió antes:
ser despreciado por aquellos a quienes había venido a salvar.
Isaías había escrito:
«Como que escondimos de él el rostro».
Quizá esta sea una de las expresiones más tristes de toda la profecía.
Él vendría buscando rostros.
Y encontraría personas que apartarían el suyo.
Nosotros normalmente vamos donde somos bienvenidos.
Regresamos donde nos tratan bien.
Buscamos a quienes disfrutan nuestra presencia.
Y cuando alguien nos rechaza repetidamente, llega un momento en que pensamos:
«Entonces ya no voy».
Cristo tenía una posibilidad que nosotros nunca tendremos:
sabía de antemano cómo sería recibido.
Podía contemplar el viaje completo antes de comenzarlo.
Sabía que sería menospreciado.
Sabía que sería desechado.
Sabía que esconderían de Él el rostro.
Sabía que muchos de aquellos que llevaban siglos esperando al Mesías lo mirarían cuando finalmente estuviera delante de ellos y no lo reconocerían como el tesoro que tenían enfrente.
Y aquí el corazón de Cristo vuelve a sorprendernos.
No permitió que nuestro rechazo cancelara su amor.
Nosotros podíamos cerrar la puerta.
Pero Él estaba dispuesto a llegar hasta ella.
Podíamos esconder nuestro rostro.
Pero Él estaba dispuesto a mostrarnos el suyo.
Podíamos no estimarlo.
Pero eso no cambió el valor que Él había decidido darnos a nosotros.
Antes de Belén ya estaba escrito:
«Despreciado y desechado entre los hombres».
Sabía que no sería bienvenido.
Sabía que sería rechazado incluso por muchos de los suyos.
Y emprendió el viaje de todos modos.
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Escuche música con propósito
Hay una enorme diferencia entre recibir un golpe de un enemigo y recibirlo de alguien a quien hemos permitido entrar en nuestra vida.
Un desconocido puede lastimarnos.
Pero un amigo puede quebrarnos el corazón.
Jesucristo sabía, antes de venir, que una parte de su sufrimiento no vendría de soldados romanos ni de personas desconocidas.
Vendría de su círculo más cercano.
Mucho antes de Belén, encontramos estas palabras:
«Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar» (Salmo 41:9).
La expresión «el que de mi pan comía» hace que la escena resulte especialmente dolorosa.
Comer con alguien significa cercanía.
Imagine invitar durante años a una persona a su mesa.
Le abre su casa.
Comparte su comida.
Lo ayuda.
Camina con él.
Le permite formar parte de su vida.
Y un día descubre que esa misma persona está negociando a sus espaldas para entregarlo a quienes quieren destruirlo.
Eso se acerca a lo que Cristo sabía que ocurriría.

Zacarías dejó escrito otro detalle extraordinario:
«Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata» (Zacarías 11:12).
Treinta piezas.
Póngalo en términos sencillos.
Imagine descubrir que alguien a quien usted ama ha decidido entregarlo.
Pero después pregunta:
«¿Cuánto recibió por hacerlo?»
Y entonces escucha una cantidad.
De pronto comprende algo todavía más doloroso:
alguien le puso precio a su relación con usted.
Cristo sabía que sería traicionado.
Y sabía que habría dinero de por medio.
Pero Judas no sería el único dolor.
Zacarías había escrito:
«Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas» (Zacarías 13:7).
Cuando llegara el momento más difícil, aquellos que habían caminado con Jesús se dispersarían.
Pensemos en lo que significa.
Imagine que usted atraviesa el momento más terrible de su vida.
No necesita dinero.
No necesita explicaciones.
Solamente necesita que sus amigos estén allí.
Entonces mira a su alrededor…
y se han ido.
Eso también estaba delante de Cristo antes de venir.
Antes de Belén, Cristo sabía que algún día existiría una noche en Getsemaní.
Sabía que uno de los suyos llegaría acompañado de quienes venían a arrestarlo.
Sabía que la traición vendría de alguien que había compartido su mesa.
Sabía que habría treinta piezas de plata.
Sabía que los demás se dispersarían.
Sabía que cuando comenzara el camino hacia la cruz, muchos de aquellos que habían caminado junto a Él ya no estarían a su lado.
Y esto nos permite comprender algo nuevo acerca de su sacrificio.
A veces pensamos solamente en el dolor físico de la cruz.
Pero antes de que un clavo atravesara sus manos, su corazón ya habría experimentado el dolor de la traición y del abandono.
Si usted supiera que dentro de algunos años una persona a la que hoy va a amar, cuidar y servir terminará traicionándolo, probablemente levantaría una barrera desde el primer día.
Se protegería.
No permitiría demasiada cercanía.
Tal vez pensaría:
«Si sé cómo terminará esta historia, no voy a comenzar esa relación».
Jesús sabía cómo terminaría.
Y aun así permitió que Judas caminara con Él.
Compartió su mesa.
Le permitió escuchar sus palabras.
Y continuó amando a sus discípulos aun sabiendo que, llegada la hora, huirían.
Eso hace que su amor resulte todavía más difícil de comprender.
Conocía de antemano la traición y no dejó de amar.
Conocía de antemano el abandono y no dejó de caminar hacia la cruz.
Mucho antes de que ocurriera aquella noche, ya estaba escrito.
Uno lo traicionaría.
Treinta piezas de plata cambiarían de manos.
Las ovejas serían dispersadas.
Él lo sabía.
Y sabiendo que cuando más necesitara compañía muchos lo dejarían solo, decidió venir de todos modos.
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Escuche música con propósito
Ser acusado por algo que hicimos puede resultar doloroso.
Pero ser acusado de algo que sabemos que no hicimos, escuchar mentiras acerca de nosotros y no poder conseguir que se reconozca la verdad puede producir una enorme sensación de impotencia.
Jesucristo sabía que esto también formaría parte de su sufrimiento.
Siglos antes de que sucediera, ya estaba escrito:
«Se levantan testigos malvados; de lo que no sé me preguntan» (Salmo 35:11).
Y acerca del Mesías sufriente, Isaías anunciaría:
«Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero» (Isaías 53:7).
Cristo sabía que sería acusado injustamente.
Pero sabía algo todavía más difícil:
no respondería como normalmente responderíamos nosotros.
Imagine que alguien lo acusa públicamente de haber cometido algo grave.
Usted sabe que es mentira.
Su familia escucha la acusación.
Sus amigos comienzan a preguntarse si será verdad.
Su reputación empieza a destruirse.
Entonces aparecen personas dispuestas a afirmar cosas que nunca sucedieron.
¿Qué sería lo primero que querríamos hacer?
Defendernos.
Mostrar las pruebas.
Desmentir a quienes están mintiendo.
Decir los nombres.
Exigir justicia.
Tal vez levantaríamos la voz y diríamos:
«¡Eso es mentira! ¡Yo no hice eso!»
Ese impulso resulta fácil de comprender.
En el caso de Cristo había algo todavía más impresionante.
No estamos hablando de un hombre culpable intentando esconder su delito.
Estamos hablando del inocente.
Isaías había dicho:
«Por cárcel y por juicio fue quitado» (Isaías 53:8).
Cristo sabía que llegaría el momento en que hombres culpables juzgarían al inocente.
Pensemos en la paradoja:
el Juez sería juzgado.
Seres humanos examinarían al Hijo de Dios buscando razones para condenarlo.
Testigos falsos hablarían.
Las acusaciones serían pronunciadas.
Y Él conocería perfectamente la verdad.
Isaías había dejado escrita la manera en que respondería:
«No abrió su boca».
Eso no significa que Jesús jamás pronunciara palabra durante sus procesos. Los Evangelios muestran que respondió en determinados momentos.
La profecía señala algo más profundo:
no intentaría librarse del sacrificio mediante una defensa desesperada de sí mismo.
No convertiría aquel juicio en una lucha para salvar su propia vida.
Había decidido continuar.
Imagine que usted pudiera demostrar su inocencia con una sola frase.
Tiene la prueba.
Puede detener el proceso.
Puede levantarse e irse.
Pero sabe que si se marcha, otra persona tendrá que ocupar su lugar y recibir la sentencia.
Entonces mira a esa persona.
Es culpable.
Usted es inocente.
Podría salvarse.
Pero decide permanecer.
Ahora comenzamos a acercarnos al corazón de lo que estamos contemplando.
Cristo no permaneció allí porque estuviera indefenso.
Permaneció porque había venido precisamente para llegar hasta ese momento.
Isaías utilizó una imagen extraordinaria:
«Como cordero fue llevado al matadero».
El cordero no aparece atacando a quienes lo conducen.
No está organizando su escape.
Es llevado.
Y precisamente esa imagen había estado durante siglos delante del pueblo de Israel en los sacrificios.
Ahora la profecía anunciaba que llegaría el Siervo sufriente.
Sería tratado injustamente.
Sería llevado al juicio.
Y no abandonaría el camino que había decidido recorrer.
Hasta ahora hemos visto cuánto estaba dispuesto Cristo a soportar de los demás.
Pero aquí descubrimos algo nuevo:
también sabía lo que Él mismo decidiría hacer cuando llegara el momento.
Sabía que podría ser acusado.
Sabía que las acusaciones serían injustas.
Sabía que hombres pecadores juzgarían al inocente.
Y sabía que no utilizaría su poder para abandonar la misión.
Piense solamente en esto:
Él podía defenderse.
Nosotros no podíamos salvarnos.
Y cuando llegó el momento de escoger entre librarse Él o continuar el camino que conduciría a nuestro rescate,
decidió continuar.
Siglos antes, Isaías ya había visto la escena:
«Como cordero fue llevado al matadero».
Cristo sabía que llegaría aquel juicio.
Sabía que sería injusto.
Sabía cómo respondería.
Y aun así vino.
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Escuche música con propósito
Hasta aquí hemos hablado de dolores que pueden destrozar el corazón: rechazo, traición, abandono y acusaciones injustas.
Pero las antiguas profecías anunciaban que llegaría un momento en que el sufrimiento dejaría de ser solamente emocional.
Tocarían su cuerpo.
Y lo impresionante es que Jesucristo sabía, antes de venir, lo que los seres humanos harían con Él.
Isaías había dejado escritas palabras difíciles de leer:
«Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos» (Isaías 50:6).
No se trataba de una descripción vaga del sufrimiento.
Hablaba del cuerpo.
Del rostro.
De golpes.
De humillación.
De saliva.
Un golpe busca producir dolor.
Pero escupir sobre una persona busca algo diferente:
humillarla.
Imagine que alguien se acerca a usted delante de otras personas y le escupe el rostro.
Probablemente el dolor no sería físico.
Lo que sentiríamos sería indignación.
Nuestro primer impulso sería limpiarnos inmediatamente, apartarnos o responder.
Ahora piense quién era aquel del que hablaba Isaías.
El Mesías sabía que llegaría un día en que seres humanos estarían lo suficientemente cerca de su rostro como para escupirlo.
Y no se retiró de la misión.
Esta expresión de Isaías resulta todavía más fuerte porque no dice solamente:
«hirieron mi cuerpo».
Dice:
«Di mi cuerpo».
Hay voluntariedad.
Él sabía lo que vendría y, sin embargo, se entregaría.
Podemos comprenderlo con un ejemplo muy sencillo.
Imagine que un médico le dice:
«La persona que usted ama puede salvarse, pero para conseguirlo usted tendrá que someterse voluntariamente a un procedimiento extremadamente doloroso».

Jesús sabía que sería golpeado, escupido y maltratado injustamente y como quiera vino
Usted pregunta:
«¿Qué tan doloroso?»
Y el médico se lo explica todo.
No le oculta nada.
Le describe cada herida.
Le explica cuánto sufrirá.
Le advierte cuánto durará.
Ahora la decisión es diferente.
Ya no puede decir:
«No sabía que sería así».
Si entra en aquella habitación, entra sabiendo el precio.
Eso es precisamente lo que hace tan impresionante lo que estamos estudiando.
En otra de sus grandes profecías mesiánicas, Isaías escribió:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5).
Observe la intensidad de las palabras:
herido.
molido.
El rescate del hombre tendría consecuencias físicas sobre el cuerpo del Mesías.
Pero el versículo añade algo que cambia completamente la escena:
«por nuestras rebeliones».
Sus heridas estarían relacionadas con nuestro rescate.
Imagine por un momento que delante de Cristo estuviera el camino completo que recorrería en la Tierra.
Jerusalén.
Y al final del camino, aquellos hombres.
Podía ver el puño antes de recibir el golpe.
Podía conocer la humillación antes de experimentar el escupitajo.
Podía saber que arrancarían su barba antes de sentir el dolor.
Podía conocer las heridas antes de que aparecieran sobre su cuerpo.
Y detrás de todo aquello podía ver también a quienes serían beneficiados por su sufrimiento.
Nosotros.
Si alguien sufre inesperadamente por salvar a otra persona, admiramos su valentía.
Pero si alguien conoce de antemano cada parte del sufrimiento que le espera, tiene la posibilidad de evitarlo y decide avanzar de todos modos, comenzamos a hablar de una clase extraordinaria de amor.
Cristo no llegó al sufrimiento por accidente.
Isaías lo había anunciado siglos antes.
Sabía que tocarían su cuerpo.
Sabía que golpearían su rostro.
Sabía que lo escupirían.
Sabía que sería herido.
Sabía por qué estaría permitiendo todo aquello:
«por nuestras rebeliones».
Y quizá aquí debamos detenernos unos segundos antes de continuar con la serie.
Porque todavía no hemos llegado a los clavos.
Todavía no hemos llegado a la cruz.
Y ya comenzamos a comprender cuánto sabía Cristo acerca del precio de nuestro rescate.
Pudo ver las heridas antes de tenerlas.
Pudo conocer el dolor antes de sentirlo.
Y aun así vino.
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Hay un punto en esta historia donde resulta imposible pensar que Jesucristo vino sin saber lo que le esperaba.
Siglos antes de Belén, el Salmo 22 había dejado escrita una frase estremecedora:
«Horadaron mis manos y mis pies» (Salmo 22:16).
Ya no estamos hablando solamente de rechazo, golpes o humillaciones.
Estamos hablando de sus manos y de sus pies.
Cristo sabía que el camino para rescatarnos terminaría con su cuerpo atravesado y expuesto al sufrimiento.
Y lo sabía antes de venir.
Supongamos que alguien le dice:
«Necesitamos que usted haga un viaje para rescatar a una persona que ama».
Usted responde inmediatamente:
«Voy».
Pero entonces le explican:
«Antes de decidir, necesita conocer el final del viaje. Cuando llegue, lo sujetarán. Extenderán sus brazos. Atravesarán sus manos y sus pies. Después tendrá que permanecer allí soportando el dolor».
Ahora la decisión adquiere otra dimensión.
Ya no está aceptando un peligro desconocido.
Está aceptando un sufrimiento conocido.
Podría decir:
«No puedo hacerlo».
Podría detener el viaje antes de comenzarlo.
Cristo conocía el final del camino.
Y comenzó el viaje.

Pero el Salmo 22 revela algo todavía más difícil.
Mientras aquel justo estuviera sufriendo, habría personas observándolo y burlándose:
«Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía» (Salmo 22:7-8).
Pensemos en lo que esto significa.
Una cosa es experimentar un dolor terrible rodeado de personas que intentan consolarnos.
Otra muy diferente es sufrir mientras quienes están alrededor se ríen de nuestro sufrimiento.
Imagine encontrarse gravemente herido al borde de una carretera.
Pasan personas junto a usted.
Podrían ayudarlo.
Pero en lugar de hacerlo, se detienen para burlarse.
El dolor físico continuaría siendo el mismo.
Pero ahora se añadiría algo más:
la crueldad de sentirse despreciado precisamente cuando más vulnerable se encuentra.
Cristo sabía que eso también ocurriría.
Y entre aquellas grandes profecías aparece un detalle que podría parecernos pequeño.
El Salmo 69 dice:
«Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre» (Salmo 69:21).
¿Por qué resulta tan impresionante un detalle aparentemente tan sencillo?
Precisamente porque es demasiado específico.
No solamente estaba anunciado que sufriría.
No solamente que sería traspasado.
No solamente que se burlarían de Él.
También estaba escrita su sed.
Piense en una persona que conoce con anticipación una operación dolorosa. El médico puede explicarle las grandes cosas: cuánto durará, dónde será la incisión, cuánto tiempo permanecerá hospitalizada.
Pero imagine que pudiera decirle también:
«En determinado momento tendrá una sed terrible. Pedirá algo de beber, y esto es lo que le darán».
Entonces comprenderíamos hasta qué grado conocía los detalles de lo que iba a suceder.
Aquí es donde esta serie adquiere toda su fuerza.
Nosotros estamos leyendo estas palabras después del Calvario.
Pero Cristo las conocía antes de Belén.
Antes de que sus pequeñas manos fueran envueltas por María, estaba escrito:
«Horadaron mis manos y mis pies».
Antes de que sus pies comenzaran a caminar por Galilea, estaba escrito que serían traspasados.
Antes de escuchar las burlas alrededor de la cruz, aquellas burlas habían sido descritas.
Antes de decir que tenía sed, el vinagre ya aparecía en las antiguas Escrituras.
Las manos que tocarían al enfermo.
Las manos que bendecirían a los niños.
Las manos que partirían el pan.
Las manos que se extenderían hacia el rechazado.
Cristo sabía cuál sería finalmente el trato que recibirían esas manos:
serían traspasadas.
Y aquí aparece nuevamente la pregunta que recorre toda nuestra serie:
¿Qué clase de amor conoce semejante final y decide comenzar el viaje de todos modos?
Él conocía los grandes sufrimientos.
Pero también conocía los pequeños detalles.
Los agujeros.
Las burlas.
La sed.
El vinagre.
Nada de aquello lo tomó por sorpresa.
Mucho antes del Calvario estaba escrito.
Mucho antes de Belén, Él lo sabía.
Y aun así vino.
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Escuche música con propósito
Tal vez hemos escuchado tantas veces la expresión «Cristo sufrió por nosotros» que corremos el peligro de pronunciarla sin detenernos a pensar qué significó realmente aquel sufrimiento para su cuerpo.
Isaías no describió algo ligero.
Utilizó palabras terribles:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5).
Y después añadió:
«Como cordero fue llevado al matadero» (Isaías 53:7).
Cristo sabía, antes de venir, que su misión no terminaría simplemente con algunos golpes.
Sabía que su cuerpo sería llevado hasta un grado extremo de sufrimiento.
La palabra merece que nos detengamos.
Isaías había anunciado también:
«Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres» (Isaías 52:14).
El hombre que finalmente llegaría al Calvario no tendría el aspecto con el que había comenzado aquella noche.
Los golpes producirían dolor e inflamación.
El traumatismo repetido produciría edema y deformación de los tejidos.
La flagelación romana produciría lesiones extensas y pérdida de sangre.
La corona de espinas añadiría múltiples heridas dolorosas en una región extraordinariamente sensible.
Después vendría la crucifixión.
No era una piel intacta.
No era un rostro sereno sin señales del trauma.
No era simplemente cansancio.
Su cuerpo había sido brutalmente traumatizado.

Jesus sabia que seria sacrificado como el cordero de Dios que quita el pecad del mundo y como quiera vino
El dolor no ocurre solamente donde vemos una herida.
Cada traumatismo activa terminaciones nerviosas y desencadena respuestas inflamatorias.
El tejido lesionado comienza a inflamarse.
Aumenta la sensibilidad.
Movimientos que normalmente serían tolerables pueden convertirse en intensamente dolorosos.
Ahora imagine que sobre ese cuerpo previamente golpeado y flagelado comienza una crucifixión.
Las heridas continúan doliendo.
La pérdida de sangre favorece debilidad, sed, taquicardia y deterioro circulatorio.
La deshidratación agrava el sufrimiento.
Cada movimiento necesario para intentar acomodar el cuerpo puede desencadenar nuevamente dolor.
Y todo esto ocurre simultáneamente.
Por eso «molido» no debería pasar delante de nuestros ojos como una palabra religiosa más.
El Salmo 22 había anunciado:
«Horadaron mis manos y mis pies» (Salmo 22:16).
La fijación de los miembros superiores durante una crucifixión podía producir un dolor intensísimo. Dependiendo del lugar exacto atravesado y de las estructuras afectadas, podían irritarse o lesionarse nervios importantes del miembro superior.
Entre ellos se encuentra el nervio mediano.
Una lesión o irritación nerviosa severa puede producir un dolor de características neuropáticas: quemante, eléctrico, penetrante, capaz de irradiarse por la extremidad.
No podemos afirmar qué nervio específico fue lesionado en Jesús porque los Evangelios no proporcionan ese detalle anatómico.
Pero médicamente podemos comprender que atravesar y mantener bajo tensión aquellas estructuras podía producir un sufrimiento nervioso extraordinario.
Además, la posición prolongada de los brazos, la tracción y la carga corporal podían someter hombros, músculos, ligamentos y articulaciones a una tensión extrema.
Algunos han propuesto luxaciones o subluxaciones durante la crucifixión. No podemos demostrar que ocurrieran en Jesús, pero sí podemos afirmar que aquella posición sometía todo el complejo de hombros y brazos a un enorme estrés mecánico.
La corona de espinas tampoco debe reducirse a un elemento simbólico de las pinturas.
Fue colocada sobre una región abundantemente inervada y vascularizada.
El cuero cabelludo y la frente reciben sensibilidad principalmente a través de ramas nerviosas, varias relacionadas con el sistema trigeminal.
La penetración repetida de espinas podía producir múltiples focos de dolor, inflamación y sangrado.
Imagine tener una sola espina clavada profundamente.
Nuestro impulso inmediato sería retirarla.
Ahora imagine múltiples puntos dolorosos alrededor de la cabeza, mientras además recibe golpes y no puede simplemente detener el proceso.
Eso también estaba incluido en el precio.
La sangre perdida durante todo este proceso tampoco era un detalle menor.
La flagelación podía producir una pérdida sanguínea importante. Sumada al trauma, el agotamiento y la falta de líquidos, podía contribuir al desarrollo de hipovolemia.
El corazón intenta compensar aumentando su frecuencia.
Aparece debilidad.
La sed se intensifica.
La capacidad de mantenerse en pie disminuye.
El organismo comienza a luchar por conservar la circulación hacia los órganos esenciales.
Por eso cuando pensamos en Cristo avanzando hacia el Calvario no debemos imaginar simplemente a un hombre con algunas heridas superficiales.
Estamos contemplando a un hombre sometido a traumatismo acumulativo, pérdida de sangre, inflamación, agotamiento y dolor extremo.
Ahora podemos comprender un poco mejor la fuerza de Isaías 52:14.
La inflamación facial, los traumatismos, las heridas, la sangre y el agotamiento podían modificar profundamente su apariencia.
Isaías había anunciado siglos antes que quienes lo contemplaran quedarían asombrados por su aspecto.
Aquel rostro había sido golpeado.
Aquella cabeza había recibido la corona.
Aquel cuerpo había recibido el flagelo.
Aquellas manos y aquellos pies serían traspasados.
Por eso cuando Isaías dice:
«molido por nuestros pecados»
no estamos delante de una expresión pequeña.
Estamos delante de un cuerpo consumido por un proceso de sufrimiento físico extremo.
Aquí está lo que hace que este artículo pertenezca a nuestra serie.
Isaías escribió todo esto siglos antes de Belén.
Cristo sabía que tomaría un cuerpo humano.
Sabía que ese cuerpo sentiría dolor.
Sabía que tendría un sistema nervioso capaz de transmitirlo.
Sabía que tendría piel que podría ser herida.
Sabía que tendría vasos sanguíneos de los cuales podría perder sangre.
Sabía que tendría músculos que podrían agotarse.
Sabía que tendría articulaciones sometidas a tensión.
Sabía que sentiría sed.
Sabía que experimentaría la realidad física del sufrimiento humano.
Y sabía hacia dónde sería llevado aquel cuerpo:
«Como cordero… al matadero».
Suponga que antes de entrar a una habitación le muestran exactamente lo que ocurrirá dentro.
Le explican el dolor.
Le muestran los instrumentos.
Le advierten sobre la pérdida de sangre.
Le explican que su cuerpo quedará profundamente traumatizado.
Y finalmente le dicen:
«Puede marcharse ahora mismo. Pero si entra, otra persona podrá vivir».
La puerta permanece abierta.
Usted todavía puede alejarse.
Entonces mira a la persona que necesita ser rescatada.
Y entra.
Eso nos permite acercarnos un poco más al corazón de Cristo.
Él no llegó al Calvario para descubrir cuánto dolería.
Sabía que sería herido.
Sabía que sería molido.
Sabía que su apariencia quedaría desfigurada por el sufrimiento.
Sabía que sería llevado como cordero al matadero.
Y sabía algo que hace todavía más difícil comprender su decisión:
el que necesitaba ser rescatado no era Él.
Éramos nosotros.
Por eso Isaías no termina simplemente diciendo que fue herido.
Nos dice por quién:
«Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados».
Antes de Belén conocía el precio.
Antes de tener un cuerpo humano sabía lo que los hombres harían con ese cuerpo.
Antes de sentir el primer dolor sabía hasta dónde llegaría.
Y aun así decidió tomar ese cuerpo.
Y aun así vino.
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Escuche música con propósito
Hasta este momento hemos contemplado lo que los hombres harían con el cuerpo de Jesucristo.
Lo rechazaron.
Lo traicionaron.
Lo golpearon.
Lo escupieron.
Lo flagelaron.
Traspasaron sus manos y sus pies.
Pero ahora llegamos a algo todavía más profundo.
Porque quizá lo peor de la cruz no fue lo que los hombres le hicieron a Jesús.
Llegó un momento en que Cristo comenzó a experimentar aquello para lo cual realmente había venido:
cargar nuestro pecado delante de Dios.

Isaías había anunciado:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Y después añadió:
«Mas Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento» (Isaías 53:10).
Más adelante vuelve a decir:
«Llevará las iniquidades de ellos» (Isaías 53:11).
Y finalmente:
«Habiendo él llevado el pecado de muchos» (Isaías 53:12).
Observe la insistencia.
El pecado aparece una y otra vez.
Pero no era su pecado.
Era el nuestro.
Aquí necesitamos acudir al Nuevo Testamento porque explica con una claridad extraordinaria lo que estaba sucediendo en la cruz:
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).
Cristo no se convirtió en pecador.
El mismo versículo establece primero:
«no conoció pecado».
Era inocente.
Era santo.
Pero sobre el inocente fue colocada nuestra culpa.
Podemos imaginar, de manera imperfecta, a un hombre completamente inocente entrando en un tribunal.
Sobre la mesa se encuentran miles de expedientes.
Asesinatos.
Mentiras.
Traiciones.
Crueldad.
Injusticias.
Abusos.
Todo aquello pertenece a otros.
Entonces el inocente dice:
«Pongan la deuda sobre mí».
No cometió aquellos delitos.
Pero acepta cargar con la sentencia.
Eso comienza apenas a acercarnos a lo que ocurrió en la cruz.
Pablo utiliza una expresión todavía más estremecedora:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13).
Y explica:
«Porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero».
Pablo estaba citando una antigua declaración de Deuteronomio:
«Porque maldito por Dios es el colgado» (Deuteronomio 21:23).
Cristo sabía esto antes de venir.
Sabía que llegaría un momento en que estaría colgado del madero cargando aquello que correspondía a nosotros.
El Santo ocupando el lugar del culpable.
El Bendito cargando la maldición.
El Justo llevando la condenación del injusto.
Los Evangelios registran que alrededor del mediodía:
«Hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena» (Mateo 27:45).
Y cerca de la hora novena Jesús clamó:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46).
Aquellas palabras tampoco aparecieron por primera vez en el Calvario.
Habían sido escritas siglos antes:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1).
Cristo sabía que llegaría aquella hora.
Durante toda su existencia, el Hijo había conocido una comunión perfecta con el Padre.
No estamos hablando de dos desconocidos.
No estamos hablando de un hombre que apenas comenzaba a conocer a Dios.
Estamos contemplando al Hijo.
Y ahora, desde la cruz, escuchamos:
«¿Por qué me has desamparado?»
Podemos comprender parcialmente el peso de esto mediante algo humano.
Imagine a un niño que durante toda su vida ha conocido solamente seguridad en los brazos de su padre.
Nunca ha sido abandonado.
Nunca ha dudado de su amor.
Nunca ha conocido una separación.
Y entonces, en el momento más terrible de su existencia, grita buscando a su padre.
Pero no encuentra el consuelo que siempre había conocido.
El ejemplo resulta pequeño frente a lo que estamos contemplando, pero nos permite sentir algo del horror de aquella escena.
Los hombres podían herir su cuerpo.
Pero ahora Cristo estaba cargando nuestro pecado.
Aquello que durante toda la historia había separado al hombre de Dios estaba siendo colocado sobre Él.
Isaías lo había anunciado:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».
Por eso no debemos reducir el Calvario a una ejecución romana.
Si solamente vemos madera, clavos, sangre y dolor, todavía no hemos comprendido completamente la cruz.
Estaba ocurriendo algo que ningún espectador podía ver con sus ojos:
el Cordero estaba cargando la culpa del mundo.
Nos cuesta soportar incluso la culpa de nuestros propios errores.
Hay personas que recuerdan algo que hicieron hace veinte años y todavía sienten vergüenza.
Ahora imagine cargar la culpa ajena.
No la de una persona.
Ni la de cien.
Piense en generaciones enteras.
Piense en toda la oscuridad que hemos estudiado en El Imperio de la muerte.
Toda aquella violencia.
Toda aquella crueldad.
Toda aquella mentira.
Toda aquella injusticia.
Toda aquella rebelión.
Y entonces regrese a Isaías:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».
No podemos comprender plenamente la magnitud espiritual de aquello.
Pero podemos comprender una cosa:
Cristo sabía que ese momento llegaría.
Antes de Belén conocía Isaías 53.
Conocía el Salmo 22.
Conocía la maldición relacionada con el madero.
Sabía que no solamente entregarían su cuerpo a una cruz.
Sabía que allí cargaría algo infinitamente más terrible:
nuestro pecado.
Sabía que llegaría aquella oscuridad.
Sabía que de sus labios saldría aquel grito:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
Y aquí quizá llegamos a uno de los puntos más profundos del corazón de Cristo.
Él sabía lo que significaba nuestra salvación.
Para que nosotros pudiéramos ser reconciliados, Él ocuparía nuestro lugar.
Para que nosotros pudiéramos recibir el perdón de Dios, Él cargaría nuestro pecado.
Para librarnos de la maldición, Él se haría maldición por nosotros.
Para abrirnos nuevamente el camino hacia Dios, Él atravesaría aquella hora de desamparo en la cruz.
Los clavos fueron terribles.
La flagelación fue terrible.
La corona fue terrible.
Pero sobre la cruz ocurrió algo todavía mayor.
El que no conoció pecado cargó el nuestro.
El Bendito se hizo maldición por nosotros.
El Hijo clamó: «¿Por qué me has desamparado?»
Y lo más difícil de comprender sigue siendo lo mismo:
Él sabía que aquella hora llegaría antes de venir.
Y aun así vino.
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Jesucristo sabía que sería rechazado.
Sabía que sería traicionado.
Sabía que su cuerpo sería herido.
Sabía que cargaría nuestro pecado.
Pero detrás de todo aquello había una realidad definitiva:
sabía que moriría.
No vino simplemente aceptando el riesgo de perder la vida.
Vino sabiendo que la perdería.
Siglos antes de Belén, Isaías lo había dejado escrito:
«Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes» (Isaías 53:8).
Y al final del mismo capítulo encontramos una declaración todavía más clara:
«Por cuanto derramó su vida hasta la muerte» (Isaías 53:12).

Isaías no estaba describiendo simplemente sufrimiento.
El Siervo moriría.
Llegaría un momento en que su corazón dejaría de latir.
Su respiración cesaría.
Su cuerpo quedaría sin vida.
Y sería retirado de entre los vivientes.
Cristo sabía que aquel sería el final de su camino terrenal.
Pensemos por un momento en algo sencillo.
Todos sabemos que algún día moriremos.
Pero normalmente no sabemos cuándo, dónde ni cómo.
Eso nos permite levantarnos cada mañana sin estar contemplando constantemente nuestra muerte.
Imagine que usted conociera exactamente el día, el lugar y las circunstancias en que morirá.
Imagine además saber que todavía puede evitarlo.
¿Cómo viviría mientras aquella fecha se aproxima?
Cristo conocía el destino hacia el cual caminaba.
Isaías utiliza una expresión extraordinaria:
«Derramó su vida hasta la muerte».
No presenta simplemente a alguien sorprendido por la muerte.
Hay entrega.
El Nuevo Testamento nos permite comprenderlo todavía mejor cuando Jesús declara:
«Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:17-18).
Esto cambia nuestra manera de contemplar el Calvario.
Jesús no fue solamente una víctima de las circunstancias.
Los hombres participaron voluntariamente en una terrible injusticia y fueron responsables de sus actos.
Pero Cristo había decidido entregar su vida.
Un grupo de personas se encuentra atrapado en una mina.
Existe una manera de abrirles una salida.
Pero el rescatista recibe una advertencia:
«Puedes entrar y abrir la compuerta. Ellos podrán salir. Pero cuando lo hagas, tú quedarás atrapado dentro».
Entonces pregunta:
«¿Voy a morir?»
La respuesta es:
«Sí».
Ahora ya conoce el precio.
Si entra, no podrá decir después que ignoraba las consecuencias.
Y entonces entra.
Las personas comienzan a salir.
Una tras otra atraviesan la puerta que él abrió.
Y él permanece dentro.
Cuando contemplamos una decisión semejante comprendemos que aquella persona consideró la vida de los demás suficientemente valiosa como para entregar la suya.
Isaías había dicho:
«Derramó su vida hasta la muerte».
Él sabía que para sacarnos de nuestra condición tendría que entrar hasta el lugar donde nosotros estábamos:
la muerte.
Y entró.
Su corazón finalmente dejó de latir.
Su cuerpo quedó suspendido sin vida.
Después sería descendido de la cruz.
Otros tendrían que cargarlo.
Lo envolverían.
Y lo colocarían en una tumba.
El Creador de la vida experimentaría realmente la muerte humana.
Quizá esta sea la pregunta que debemos hacernos.
Nosotros calculamos el valor de algo por lo que estamos dispuestos a pagar por ello.
Si alguien ofrece diez pesos por un objeto, sabemos aproximadamente cuánto lo valora.
Si ofrece todo lo que posee, comprendemos que para esa persona tiene un valor extraordinario.
Entonces miremos el precio que Cristo estuvo dispuesto a pagar.
No entregó solamente tiempo.
No entregó solamente comodidad.
No entregó solamente posesiones.
No entregó solamente sangre.
Entregó su vida.
Y eso nos dice algo acerca del corazón del Redentor.
Para Él nuestro rescate valía llegar hasta la muerte.
Mucho antes de Belén estaba escrito:
«Fue cortado de la tierra de los vivientes».
Mucho antes de la cruz estaba escrito:
«Derramó su vida hasta la muerte».
Jesucristo sabía que el camino no terminaría con una multitud aplaudiéndolo.
Terminaría con una cruz.
Terminaría con su cuerpo sin vida.
Terminaría con una tumba.
Podía conocer el final antes de comenzar.
Y comenzó de todos modos.
Sabía que moriría.
Sabía por quién moriría.
Sabía por qué moriría.
Y después de conocer el precio completo de nuestro rescate,
decidió venir.
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Después de contemplar todo lo que Jesucristo sabía antes de venir, queda una pregunta inevitable:
¿Por qué vino?
¿Por qué aceptar el rechazo?
¿Por qué soportar la traición?
¿Por qué permitir los golpes?
¿Por qué entregar su cuerpo?
¿Por qué cargar nuestro pecado?
¿Por qué llegar hasta la muerte?
Quizá una parte de la respuesta estaba también escrita siglos antes de Belén.
Cristo sabía lo que habría al otro lado de su sacrificio.
Veía hombres y mujeres regresando a Dios.
Veía pueblos.
Veía generaciones.
Veía naciones.
Israel ocupaba un lugar extraordinario dentro del plan de Dios. De aquel pueblo vendría el Mesías.
Pero Isaías había anunciado que su misión llegaría muchísimo más lejos.
Dios dice acerca de su Siervo:
«Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra» (Isaías 49:6).
Detengámonos en esas últimas palabras:
«Hasta lo postrero de la tierra».
Antes de que Jesús caminara por Galilea, ya estaba escrito que su salvación atravesaría fronteras.
Imagine arrojar una piedra en medio de un lago.
Primero aparece un pequeño círculo alrededor del lugar donde cayó.
Después otro.
Y otro.
Los círculos continúan extendiéndose hasta alcanzar lugares muy alejados del punto donde todo comenzó.
Algo semejante ocurriría con la obra de Cristo.
Todo comenzaría en una pequeña región del mundo.
Israel.
Pero no terminaría allí.
La noticia atravesaría mares.
Cruzaría desiertos.
Llegaría a otros continentes.
Entraría en culturas completamente diferentes.
Sería anunciada en idiomas que aquellos primeros discípulos ni siquiera conocían.
Generación tras generación, el círculo continuaría extendiéndose.
Después de describir el terrible sufrimiento del Siervo, Isaías escribió:
«Así asombrará él a muchas naciones» (Isaías 52:15).
Esto es extraordinario porque aparece precisamente antes del gran capítulo del Siervo sufriente.
Primero aparecen las naciones.
Después aparecen sus heridas.
Su rechazo.
Su sufrimiento.
Su muerte.
Como si detrás del sacrificio pudiéramos comenzar a distinguir aquello que Cristo estaba consiguiendo.
No estaba sufriendo sin propósito.
Había un rescate en marcha.

Jesús sabía que su sacrifico abriría el camino para que el hombre pudiera regresar a Dios.
Podemos utilizar un ejemplo sencillo.
Imagine a un bombero frente a un edificio completamente incendiado.
Sabe que entrar puede costarle la vida.
Pero entonces mira hacia una ventana y descubre que dentro no hay una sola persona.
Hay muchas.
Hombres.
Mujeres.
Familias enteras esperando una salida.
Ahora comprendemos mejor por qué entra.
Está viendo a quienes pueden ser rescatados.
Isaías nos permite contemplar algo semejante en una dimensión incomparablemente mayor.
Al otro lado del sufrimiento estaban las naciones.
Personas que todavía no habían nacido.
Pueblos que jamás habían escuchado el nombre de Israel.
Idiomas que todavía no habían recibido las Escrituras.
Generaciones que aparecerían siglos después.
Y la salvación llegaría hasta ellas.
Esta es quizá una de las partes más hermosas para quienes hoy leemos estas palabras.
Isaías escribió:
«Te di por luz de las naciones».
Nosotros vivimos muchos siglos después.
Estamos a miles de kilómetros de Jerusalén.
No hablamos cotidianamente hebreo ni arameo.
Pertenecemos a pueblos que aquellos antiguos israelitas probablemente nunca imaginaron.
Y, sin embargo, aquí estamos:
hablando de Jesucristo.
La noticia llegó.
Atravesó continentes.
Atravesó generaciones.
Atravesó idiomas.
Y nos alcanzó.
De alguna manera, cuando Isaías escribió que la salvación llegaría «hasta lo postrero de la tierra», estaba hablando también de personas como nosotros.
En este mismo momento, el nombre de Jesucristo está siendo pronunciado en innumerables lugares del mundo.
La Biblia está siendo leída en multitud de idiomas.
Personas de culturas completamente diferentes están descubriendo al mismo Salvador.
Algunos viven en grandes ciudades.
Otros en pequeñas comunidades.
Algunos están cerca de Jerusalén.
Otros viven al otro lado del planeta.
Pero todos forman parte de aquella extraordinaria expansión anunciada por Isaías:
«Mi salvación hasta lo postrero de la tierra».
Cristo sabía lo que había antes de la cruz.
Pero también sabía lo que habría después de ella.
Antes veía los golpes.
Después veía personas reconciliadas con Dios.
Antes veía los clavos.
Después veía familias transformadas.
Antes veía la muerte.
Después veía vida.
Antes veía Jerusalén.
Después veía las naciones.
Quizá por eso, después de recorrer toda esta serie, ya podemos completar nuestra frase:
Él lo sabía… y aun así vino.
Sabía cuánto costaría.
Pero también sabía lo que conseguiría.
Sabía que su sacrificio abriría un camino para que hombres y mujeres regresaran a Dios.
Sabía que la salvación saldría de Israel y alcanzaría pueblos distantes.
Sabía que atravesaría siglos.
Sabía que llegaría hasta lo postrero de la tierra.
Y siglos después, nosotros somos testigos de que aquella antigua profecía continúa cumpliendo su propósito.
La luz llegó a las naciones.
La salvación cruzó las fronteras.
Y también llegó hasta nosotros.
Tal vez eso nos permita contemplar finalmente el corazón que hemos estado buscando durante toda esta serie:
Cristo conocía perfectamente el precio de rescatarnos.
Y consideró que valía la pena pagarlo.
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Llegamos al final de nuestro recorrido.
Comenzamos con una pregunta relativamente sencilla:
¿Qué sabía Jesucristo antes de venir a la Tierra?
Pero mientras avanzamos, la pregunta comenzó a transformarse.
Porque descubrimos que las antiguas Escrituras habían dejado escrito, siglos antes de Belén, mucho de lo que encontraría y padecería el Mesías.
Sabía que encontraría una humanidad separada de Dios.
Sabía que éramos culpables.
Sabía que estábamos bajo sentencia de muerte.
Sabía que el hombre se había rebelado contra su Creador.
Sabía hasta dónde había llegado la corrupción del corazón humano.
Pero eso era solamente el principio.
También sabía cómo lo recibiríamos.
Sabía que sería despreciado.
Sabía que sería rechazado.
Sabía que uno de los hombres cercanos a Él lo traicionaría.
Sabía que otros lo abandonarían.
Sabía que aparecerían acusaciones injustas.
Sabía que sería humillado.
Sabía que lo golpearían.
Sabía que escupirían su rostro.
Sabía que su cuerpo sería herido y molido.
Sabía que sus manos y sus pies serían traspasados.
Sabía que se burlarían mientras sufría.
Sabía que tendría sed.
Sabía que sería llevado como cordero al matadero.
Sabía que cargaría nuestros pecados.
Sabía que se haría maldición por nosotros.
Sabía que llegaría aquella terrible hora en que clamaría:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
Y sabía que finalmente moriría.
Después de conocer todo esto, ya no basta preguntar:
¿Qué sabía?
Tenemos que hacer una pregunta mucho más importante:
Nos enseña, en primer lugar, que Dios no nos amó por desconocimiento.
A veces amamos a alguien porque todavía no conocemos completamente su historia.
Después descubrimos cosas que nos decepcionan y pensamos:
«Si hubiera sabido esto desde el principio…»
Dios jamás pudo decir eso acerca de nosotros.
Nos conocía completamente.
Conocía nuestras mejores acciones y nuestras peores decisiones.
Conocía aquello que mostraríamos públicamente y aquello que intentaríamos esconder.
Y aun después de conocerlo todo,
decidió rescatarnos.
Cristo tampoco vino porque supiera que sería bien recibido.
Todo lo contrario.
Sabía que sería rechazado.
Imagine saber que alguien va a cerrarle la puerta y decidir caminar hasta su casa de todos modos.
Imagine saber que alguien va a traicionarlo y aun así sentarlo a su mesa.
Imagine saber que alguien va a abandonarlo y aun así amarlo.
Imagine saber que alguien va a herirlo y aun así acercarse para salvarlo.
Eso fue precisamente lo que hizo Cristo.
Nuestro rechazo no consiguió detener su amor.
Hay una diferencia entre decir:
«Te amo»
y decir:
«Estoy dispuesto a pagar el precio necesario para rescatarte».
Cristo hizo ambas cosas.
Su amor no quedó reducido a palabras.
Tuvo un precio.
Y el precio fue aumentando delante de nuestros ojos a lo largo de esta serie.
Rechazo.
Traición.
Soledad.
Humillación.
La cruz.
Y finalmente:
su propia vida.
Cuando queremos conocer cuánto valor tiene algo para una persona, podemos observar cuánto está dispuesta a pagar por ello.
Entonces mire nuevamente la cruz.
Y pregúntese:
¿Cuánto valor tenía nuestro rescate para Dios?
Esta quizá sea una de las revelaciones más hermosas de toda nuestra historia.
Nosotros no organizamos el rescate.
Nosotros éramos quienes necesitábamos ser rescatados.
El hombre se había alejado.
Pero Dios comenzó el camino de regreso.
El hombre había quebrantado la relación.
Pero Dios buscó la reconciliación.
El hombre había acumulado la deuda.
Pero Cristo vino dispuesto a pagarla.
Nosotros estábamos bajo sentencia de muerte.
Y el Autor de la vida vino a buscarnos.
Cristo no solamente conocía la cruz.
Conocía el resultado.
Isaías había anunciado que sería «luz de las naciones» y que la salvación llegaría «hasta lo postrero de la tierra» (Isaías 49:6).
Al otro lado del sufrimiento había hombres y mujeres regresando a Dios.
Había familias.
Había pueblos.
Había generaciones.
Había naciones.
Había personas que todavía no habían nacido cuando Isaías escribió aquellas palabras.
Entre ellas,
nosotros.
Después de todo este recorrido creo que podemos responder.
Es un Dios que conoce completamente y aun así ama.
Un Dios que es rechazado y aun así busca.
Un Dios que es traicionado y aun así permanece fiel.
Un Dios que ve al culpable y decide ofrecerle perdón.
Un Dios que contempla al perdido y sale a buscarlo.
Un Dios que conoce el precio del rescate y decide pagarlo.
No estamos contemplando un amor ingenuo.
No estamos contemplando un amor que desconocía las consecuencias.
Estamos contemplando un amor que sabía perfectamente cuánto iba a costar.
Quizá estas sean las tres palabras que mejor resumen toda nuestra serie:
Él lo sabía.
Antes de Belén,
lo sabía.
Antes de tomar un cuerpo humano,
lo sabía.
Antes de comenzar el camino,
lo sabía.
Sabía quiénes éramos.
Sabía lo que habíamos hecho.
Sabía en qué nos habíamos convertido.
Sabía cómo lo recibiríamos.
Sabía lo que haríamos con Él.
Sabía cuánto sufriría.
Sabía cuánto costaría.
Sabía que moriría.
Y tenía una posibilidad que ninguno de nosotros habría podido reclamarle:
podía no venir.
Pero vino.
Y quizá allí encontramos finalmente la respuesta que buscábamos.
Si queremos saber cómo es Dios, no necesitamos solamente escuchar lo que dice acerca de sí mismo.
Podemos observar lo que estuvo dispuesto a hacer.
Conoció nuestra condición y vino.
Conoció nuestro rechazo y vino.
Conoció nuestra traición y vino.
Conoció los golpes y vino.
Conoció los clavos y vino.
Conoció la cruz y vino.
Conoció la muerte y vino.
Lo sabía todo.
Y aun así vino.
¿Por qué?
Porque detrás de todo aquel sufrimiento había algo que Él había decidido recuperar:
a nosotros.
Y tal vez no exista una manera más clara de conocer el corazón de Dios que contemplar a Jesucristo sabiendo perfectamente lo que le esperaba…
y verlo venir de todos modos.
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