Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti.”
Salmo 5:4, RVR1960
Hasta este momento hemos contemplado la justicia principalmente desde nuestra perspectiva. Hemos hablado de víctimas, culpables, tribunales, responsabilidad, juicio e impunidad.
Pero ahora necesitamos hacer algo diferente.
Necesitamos intentar contemplar la maldad desde la perspectiva de Dios.
Porque existe una enorme diferencia entre preguntarnos qué pensamos nosotros acerca del pecado y preguntarnos qué piensa Dios acerca de él.
Los seres humanos podemos acostumbrarnos a casi cualquier cosa.
Una conducta que en determinada generación produce vergüenza puede llegar a considerarse normal algunas décadas después. Las sociedades cambian sus valores, modifican sus leyes y transforman sus conceptos acerca de lo bueno y lo malo.
Pero Dios no determina la justicia mediante encuestas de opinión.
La maldad no se convierte en bondad porque suficientes personas decidan aprobarla.
Isaías pronunció una advertencia muy seria:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
Isaías 5:20, RVR1960
Este versículo establece un principio fundamental para nuestra serie:
El ser humano puede cambiar el nombre de las cosas, pero cambiarles el nombre no cambia su naturaleza delante de Dios.

Dios no se complace en la maldad
El salmista hizo una declaración sencilla pero extraordinariamente importante:
“Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad.”
Salmo 5:4, RVR1960
Dios no disfruta contemplando la destrucción producida por el pecado.
No se deleita en la violencia.
No disfruta la mentira.
No contempla con indiferencia la opresión.
No celebra cuando el fuerte destruye al débil.
No llama justicia a la injusticia.
Su oposición al mal no procede de un temperamento inestable ni de un enojo caprichoso.
Procede de su santidad.
La Biblia describe a Dios diciendo:
“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”
Isaías 6:3, RVR1960
La santidad significa, entre otras cosas, que Dios es absolutamente diferente de la corrupción moral que caracteriza al pecado. No existe maldad en Él.
“Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”
1 Juan 1:5, RVR1960
Por eso Dios no necesita decidir arbitrariamente cada mañana qué cosas considerará malas.
Su evaluación moral procede de quién es Él.
Dios aborrece la mentira.
La mentira puede parecernos pequeña cuando la comparamos con otros pecados.
Podemos llamarla exageración, conveniencia, estrategia o incluso “mentira piadosa”.
Pero la Escritura dice:
“Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento.”
Proverbios 12:22, RVR1960
¿Por qué toma Dios tan seriamente la mentira?
Porque la mentira destruye confianza, manipula la realidad, puede condenar al inocente, destruir reputaciones, romper matrimonios, dividir familias y permitir que una injusticia permanezca escondida.
Por eso Dios ama la verdad.
Dios aborrece la violencia.
El salmista escribió:
“Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.”
Salmo 11:5, RVR1960
Observe que el texto no habla solamente de cometer violencia.
Habla de amar la violencia.
Dios conoce aquello que existe en el corazón humano.
La violencia convierte a otra persona en objeto de nuestra ira, ambición o deseo de dominio. Y cuando una persona utiliza su fuerza para destruir a otra, Dios no permanece moralmente indiferente.
Dios toma seriamente la sangre inocente.
Proverbios presenta una lista especialmente reveladora:
“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.”
Proverbios 6:16-19, RVR1960
Esta lista nos permite observar aquello que Dios ve detrás de muchas tragedias humanas.
Orgullo.
Mentira.
Violencia.
Planes deliberados para hacer daño.
Falsedad.
División.
No estamos contemplando simplemente reglas religiosas.
Estamos contemplando conductas que destruyen personas, relaciones, familias y comunidades.
Dios aborrece la injusticia económica.
La Biblia incluso lleva la justicia hasta lugares que algunas personas considerarían demasiado cotidianos.
“Peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada.”
Proverbios 11:1, RVR1960
En los mercados antiguos, alterar las pesas permitía cobrar a una persona por una cantidad de producto que realmente no estaba recibiendo.
Era fraude.
Quizá parecía pequeño.
Pero Dios lo veía.
Esto nos enseña algo importante: para Dios la justicia no pertenece solamente a grandes tribunales o acontecimientos históricos.
También entra en el mercado.
En los negocios.
En los contratos.
En las deudas.
En los salarios.
En aquello que prometemos.
En la manera en que tratamos económicamente a los demás.
Dios ve la opresión.
El profeta Zacarías declaró:
“No oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano.”
Zacarías 7:10, RVR1960
Observe nuevamente quiénes aparecen.
La viuda.
El huérfano.
El extranjero.
El pobre.
Personas que en diferentes momentos de la historia podían encontrarse en posiciones particularmente vulnerables.
Dios no solamente observa lo que ocurre entre personas igualmente poderosas.
También observa qué hace el fuerte cuando tiene delante a alguien que no puede defenderse fácilmente.
Por eso el profeta Isaías escribió:
“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.”
Isaías 1:17, RVR1960
La justicia bíblica no consiste solamente en evitar hacer el mal.
También puede implicar defender a quien está siendo agraviado.
Dios ve cosas que nosotros hemos aprendido a ignorar
Aquí encontramos una de las diferencias más profundas entre nuestra percepción y la de Dios.
Nosotros podemos acostumbrarnos al pecado.
Podemos verlo tantas veces que deja de impresionarnos.
Podemos escuchar tantas mentiras que terminamos aceptándolas como parte normal de la vida.
Podemos vivir rodeados de corrupción hasta considerarla inevitable.
Podemos observar injusticias durante tanto tiempo que finalmente dejamos de reaccionar.
Pero nuestra capacidad para acostumbrarnos a algo no modifica el carácter de Dios.
Malaquías declara:
“Porque yo Jehová no cambio.”
Malaquías 3:6, RVR1960
Las generaciones cambian.
Las culturas cambian.
Las leyes humanas cambian.
Las opiniones cambian.
Dios permanece siendo Dios.
Dios también mira el corazón.
Existe además una dimensión de la maldad que ningún código penal humano podría controlar completamente.
Jesús enseñó:
“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.”
Marcos 7:21-22, RVR1960
Esta enseñanza lleva el problema mucho más profundamente.
Nosotros normalmente vemos el fruto cuando ya apareció.
Dios también ve la raíz.
Antes del homicidio puede existir odio.
Antes del fraude puede existir avaricia.
Antes de la traición puede existir engaño.
Antes de muchas injusticias puede existir orgullo, egoísmo o deseo de poder.
Por eso la solución de Dios para la maldad humana tendrá que ser mucho más profunda que simplemente imponer reglas externas.
El problema también se encuentra en el corazón.
Dios no solamente señala el mal: llama al hombre a abandonarlo
Hasta aquí alguien podría imaginar que estamos construyendo la imagen de un Dios que observa continuamente al ser humano buscando razones para castigarlo.
Pero eso tampoco representaría correctamente el mensaje bíblico.
El mismo Dios que denuncia la maldad llama al hombre a abandonarla.
Isaías escribió:
“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien.”
Isaías 1:16-17, RVR1960
Observe los verbos:
Dejad.
Aprended.
Dios no está diciendo que el mal sea irrelevante.
Está llamando al ser humano a cambiar.
Ezequiel expresa todavía más claramente el corazón de esta invitación:
“Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.”
Ezequiel 18:31-32, RVR1960
Esto nos permite entender mejor cómo mira Dios la maldad.
Dios rechaza el pecado, pero llama al pecador.
Dios denuncia la injusticia, pero ofrece arrepentimiento.
Dios no llama bueno a lo malo, pero tampoco se complace en la destrucción de quien lo practica.
Dice:
“Convertíos.”
Y después:
“Viviréis.”
Esa diferencia será fundamental para comprender todo lo que sigue.
Porque llegará un momento en que tendremos que preguntarnos qué ocurre cuando el ser humano insiste en hacer aquello que Dios llama malo y rechaza repetidamente la oportunidad de arrepentirse.
Pero antes necesitamos resolver una pregunta que ha inquietado a generaciones enteras:
Si Dios realmente ve toda esta maldad y no está de acuerdo con ella…
¿por qué algunas veces parece guardar silencio?
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