Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable.”
Nahúm 1:3, RVR1960
Existe una idea acerca de Dios que a primera vista puede parecer hermosa, pero que, cuando la examinamos cuidadosamente, produciría un problema moral enorme.
La idea es aproximadamente esta:
“Si Dios verdaderamente es amor, entonces nunca debería castigar a nadie.”
Suena compasivo.
Suena misericordioso.
Incluso puede parecer profundamente cristiano.
Pero pensemos cuidadosamente en sus consecuencias.
¿Qué sucedería si Dios contemplara toda la maldad cometida durante la historia humana y finalmente dijera:
“No importa. No habrá consecuencias para nadie porque yo soy amor”?
¿Sería eso realmente amor?
¿O estaríamos confundiendo amor con impunidad?
Imaginemos por un momento un universo sin consecuencias
Pensemos en algunos de los capítulos más dolorosos de la historia humana.
Personas asesinadas.
Familias destruidas.
Seres humanos explotados.
Pueblos oprimidos.
Inocentes encarcelados.
Personas engañadas y despojadas de aquello que les pertenecía.
Mentiras utilizadas para destruir reputaciones.
Poderosos aprovechándose de quienes no podían defenderse.
Personas que murieron esperando una justicia que nunca llegó.
Ahora imaginemos que Dios conoce perfectamente cada una de esas historias.
Conoce a la víctima.
Conoce al responsable.
Conoce lo que ocurrió.
Conoce incluso aquello que nadie más descubrió.
Y después de conocerlo todo, simplemente declara:
“No importa.”
Algo estaría terriblemente mal.
Porque un Dios que jamás respondiera ante la maldad no estaría demostrando justicia.
Estaría permitiendo impunidad eterna.

Dios no puede ignorar la maldad del hombre
¿Qué es la impunidad?
La impunidad ocurre cuando una persona realiza una acción culpable y finalmente no responde por ella.
El problema de la impunidad no consiste solamente en que el culpable escapa.
Existe alguien más involucrado:
la víctima.
Cada vez que una injusticia queda permanentemente sin respuesta, alguien queda sin justicia.
Por eso la Biblia presenta a Dios como alguien que toma en serio el clamor de quienes sufren injustamente.
“Porque el que demanda la sangre se acordó de ellos; no se olvidó del clamor de los afligidos.”
Salmo 9:12, RVR1960
Esta declaración contiene una verdad profundamente consoladora:
Dios no olvida.
Los hombres podemos olvidar una tragedia.
Los expedientes pueden cerrarse.
Las generaciones pueden pasar.
Los responsables pueden morir.
Pero el paso del tiempo no convierte una injusticia en justicia.
Una sociedad que nunca castigara nada terminaría destruyéndose
Pensemos en nuestra propia sociedad.
¿Qué sucedería si mañana se anunciara que ninguna persona volverá a recibir consecuencias por sus delitos?
No importaría robar.
No importaría defraudar.
No importaría secuestrar.
No importaría asesinar.
No importaría destruir la propiedad ajena.
No importaría explotar al débil.
Cada persona podría actuar según sus deseos sin temor a ninguna consecuencia.
Muy pronto la libertad de unos se convertiría en la destrucción de otros.
La razón es sencilla:
una sociedad necesita justicia porque la maldad de una persona puede destruir la vida de otra.
Por eso Pablo explicó que una de las funciones legítimas de la autoridad es responder ante quien practica el mal:
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo.”
Romanos 13:3, RVR1960
Y posteriormente añade:
“Porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.”
Romanos 13:4, RVR1960
Si incluso las sociedades humanas necesitan alguna forma de justicia para contener el mal, sería extraño imaginar que el Reino perfecto de Dios estuviera fundamentado en la ausencia absoluta de consecuencias.
Dios no puede declarar inocente al culpable simplemente porque lo ama
Aquí encontramos una declaración bíblica muy importante.
Cuando Dios reveló parte de su carácter a Moisés, dijo:
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado.”
Éxodo 34:6-7, RVR1960
Este pasaje es extraordinario para nuestra serie porque coloca dos realidades una al lado de la otra.
Dios es:
Misericordioso.
Piadoso.
Tardo para la ira.
Grande en misericordia.
Perdonador.
Pero el mismo texto declara:
“De ningún modo tendrá por inocente al malvado.”
¿Cómo pueden coexistir ambas cosas?
¿Cómo puede Dios perdonar y, al mismo tiempo, no convertir al culpable simplemente en alguien que nunca tuvo culpa?
Esta pregunta nos llevará finalmente hasta la Cruz.
Pero todavía necesitamos avanzar paso a paso.
Perdonar no significa decir que nunca ocurrió
Aquí necesitamos hacer una distinción muy importante.
El perdón bíblico no consiste en cambiar el pasado.
Si alguien pecó, pecó.
Si alguien mintió, mintió.
Si alguien produjo daño, el daño ocurrió.
La misericordia de Dios no necesita reconstruir la historia y declarar que aquello jamás sucedió.
Por eso David podía pedir:
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.”
Salmo 51:1, RVR1960
David no estaba diciendo:
“Yo no hice nada.”
Todo lo contrario.
Pocos versículos después reconoce:
“Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.”
Salmo 51:3, RVR1960
Aquí encontramos la diferencia.
La misericordia comienza reconociendo que existe algo que necesita ser perdonado.
Si no hubiera culpa, no necesitaríamos perdón.
Si nunca hubiera existido pecado, no necesitaríamos misericordia.
La gracia no significa que Dios perdió interés en la justicia
Esta distinción será importantísima cuando lleguemos al Nuevo Testamento.
La gracia de Dios no significa que Dios decidió dejar de ser justo.
Pablo formula una pregunta sorprendentemente parecida:
“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”
Romanos 6:1, RVR1960
Y responde inmediatamente:
“En ninguna manera.”
Romanos 6:2, RVR1960
La gracia no transforma el pecado en virtud.
La misericordia no convierte la maldad en bondad.
El perdón no significa que Dios comenzó a aprobar aquello que anteriormente condenaba.
Algo mucho más profundo tenía que ocurrir.
El problema visto desde los ojos de la víctima
Ahora hagamos algo que puede cambiar nuestra manera de pensar acerca del juicio.
En lugar de preguntar solamente:
“¿Por qué Dios castiga?”
Preguntemos:
“¿Qué le diría Dios a la víctima si nunca hiciera justicia?”
¿Qué le diría a quien fue asesinado injustamente?
¿Qué le diría a la familia destruida?
¿Qué le diría a quien fue explotado durante años?
¿Qué le diría al pobre a quien alguien poderoso despojó de lo poco que tenía?
¿Qué le diría a quien murió sin que ningún tribunal humano escuchara su caso?
La Biblia muestra que estas preguntas no son insignificantes delante de Dios.
El profeta Habacuc mismo clamó:
“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?”
Habacuc 1:2, RVR1960
La Biblia no esconde el clamor de quien espera justicia.
Lo coloca delante de Dios.
La paciencia de Dios puede parecernos impunidad
Aquí aparece un problema diferente.
Si Dios es justo, ¿por qué muchas personas hacen el mal y aparentemente no sucede nada?
El salmista Asaf tuvo precisamente esa dificultad.
Al observar la prosperidad de personas impías llegó a decir:
“Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.”
Salmo 73:3, RVR1960
Desde su perspectiva parecía que la maldad no tenía consecuencias.
Hasta que escribió:
“Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.”
Salmo 73:17, RVR1960
Aquí encontramos una distinción fundamental:
juicio retrasado no significa juicio cancelado.
El hecho de que Dios no actúe inmediatamente no significa que haya dejado de ser justo.
Entonces, ¿por qué espera?
Y aquí encontramos algo maravilloso.
La Biblia explica que, en muchas ocasiones, aquello que nosotros podemos interpretar como tardanza es una expresión de la paciencia de Dios.
Pedro escribió:
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
2 Pedro 3:9, RVR1960
Este versículo cambia nuestra perspectiva.
Dios podría juzgar inmediatamente.
Pero muchas veces espera.
¿Por qué?
Porque todavía existe una puerta abierta.
Todavía existe oportunidad.
Todavía existe un llamado.
Todavía existe posibilidad de arrepentimiento.
El retraso del juicio no necesariamente significa indiferencia.
Puede significar misericordia.
Pero la misericordia no debe confundirse con permiso
Aquí aparece uno de los peligros más grandes.
El ser humano puede interpretar la paciencia de Dios de manera equivocada.
Puede pensar:
“No pasó nada.”
“Dios no hizo nada.”
“Entonces seguramente no le importa.”
“Puedo continuar.”
La Biblia advierte precisamente contra ese razonamiento:
“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960
Este versículo describe extraordinariamente bien el problema.
Cuando la consecuencia no llega inmediatamente, podemos confundir paciencia con aprobación.
Pero son cosas completamente diferentes.
El silencio temporal de la justicia no significa la ausencia de justicia.
Dios quiere que el culpable se arrepienta
Y ahora podemos comprender mejor una característica extraordinaria del Juez celestial.
Dios no disfruta con la destrucción del pecador.
Él mismo declara:
“Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.”
Ezequiel 33:11, RVR1960
Observe cuidadosamente.
Dios no llama bueno al camino del impío.
Dice que debe volverse de su camino.
Pero tampoco declara que desea su destrucción.
Dice:
“Que viva.”
Aquí comenzamos a contemplar algo extraordinario.
El Dios que tiene autoridad para juzgar es también el Dios que llama al culpable antes de que llegue la sentencia.
“Vuélvete.”
“Arrepiéntete.”
“Regresa.”
“Vive.”
La justicia de Dios deja al hombre frente a una decisión
Ahora podemos comprender que existen dos errores opuestos.
El primero consiste en imaginar a un Dios cruel que solamente desea castigar.
La Escritura no lo presenta de esa manera.
El segundo consiste en imaginar a un Dios indiferente que nunca responderá ante la maldad porque “Dios es amor”.
La Escritura tampoco lo presenta así.
La imagen bíblica es mucho más profunda.
Dios es justo.
Dios es misericordioso.
Dios rechaza el mal.
Dios llama al pecador.
Dios advierte acerca del juicio.
Y Dios concede tiempo para arrepentirse.
Por eso Pablo escribió:
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960
Quizá entonces debamos mirar de manera diferente el tiempo que transcurre entre el pecado y el juicio.
Ese espacio no necesariamente significa que Dios olvidó.
Puede significar que Dios está esperando.
Esperando que el orgulloso se humille.
Que el mentiroso abandone su mentira.
Que quien está haciendo daño deje de hacerlo.
Que el pecador reconozca su pecado.
Que el hombre regrese a su Creador.
Pero esto abre una nueva pregunta para nuestra serie.
Si Dios verdaderamente rechaza la maldad, necesitamos conocer con mayor precisión cómo mira Dios aquello que nosotros llamamos pecado.
Porque quizá algunas cosas que la sociedad ha aprendido a tolerar, justificar o incluso celebrar continúan siendo completamente diferentes cuando son contempladas desde la santidad de Dios.
Y eso será precisamente lo que estudiaremos a continuación:
¿Cómo ve Dios la maldad?
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
