04. El trono eterno de Dios

Dr. Elio M Rivera

  Hemos comenzado a contemplar, hasta donde las Escrituras nos lo permiten, la realidad que Jesucristo conocía antes de venir a nuestro mundo.

  La Biblia nos ha hablado de la morada de Dios.

  De poder y alegría.

  De una ciudad.

  Del monte santo.

  De palacios.

  De gloria.

  Pero ahora debemos dirigir nuestra mirada hacia el centro mismo del Reino.

  Porque una ciudad puede hablarnos de belleza.

  Un palacio puede hablarnos de grandeza.

  Pero un trono nos habla de un Rey.

  Y cuando diferentes hombres de la Biblia recibieron visiones extraordinarias de la realidad celestial, una imagen apareció una y otra vez delante de ellos:

  Dios estaba sentado sobre un trono.

  Isaías lo vio.

  Daniel lo vio.

  Juan lo vio.

  Vivieron en épocas diferentes y recibieron revelaciones diferentes, pero todos encontraron algo que permanece:

  hay un trono en el cielo.

  Y ese trono no está vacío.

Un trono que permanece para siempre

  El salmista declaró:

«Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.»

Salmo 45:6, RVR1960

  La primera característica que encontramos es extraordinaria:

  es eterno.

  Los seres humanos hemos levantado innumerables tronos.

  Faraones gobernaron Egipto.

  Reyes gobernaron Babilonia.

  Emperadores gobernaron Roma.

  Dinastías enteras parecieron invencibles durante algún tiempo.

  Construyeron palacios.

  Levantaron monumentos.

  Conquistaron territorios.

  Acumularon riquezas.

  Y desaparecieron.

  Sus tronos quedaron vacíos.

  Sus imperios terminaron.

  Sus palacios se convirtieron en ruinas.

  Sus nombres pasaron a los libros de historia.

  Pero existe un trono que nunca ha quedado vacío.

«Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre…»

  Antes de que existiera nuestro mundo, Dios era Rey.

  Antes de que apareciera el primer gobierno humano, Dios reinaba.

  Antes de Egipto.

  Antes de Babilonia.

  Antes de Roma.

  Antes de todas nuestras naciones.

  El trono ya estaba ocupado.

  Y seguirá estándolo cuando todos los reinos humanos que hoy parecen poderosos hayan pasado.

  Pero observe la segunda parte del versículo:

«…cetro de justicia es el cetro de tu reino.»

  Eso nos revela algo fundamental acerca del Rey.

  Su poder no está separado de su justicia.

  Dios no gobierna simplemente porque posee más poder que todos los demás.

  Gobierna justamente.

  Y esto resulta particularmente importante para comprender nuestra historia.

  Cuando Adán pecó, Dios no podía sencillamente ignorar el pecado.

  El Rey del universo es también un Rey justo.

  El mismo Dios que ama es el Dios cuyo cetro es un cetro de justicia.

  Por eso nuestro rescate no podía consistir simplemente en fingir que nada había sucedido.

  La justicia debía ser satisfecha.

  Y siglos después, aquel que conocía perfectamente la justicia del Reino vendría a nuestro mundo para asumir sobre sí el costo de nuestra redención.

  Pero todavía no lleguemos a la cruz.

  Primero contemplemos al Rey.

Isaías vio al Rey

  Alrededor del año en que murió el rey Uzías, Isaías recibió una visión que lo marcaría profundamente.

  Escribió:

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.»

Isaías 6:1, RVR1960

  Un rey humano había muerto.

  Pero cuando Isaías levantó su mirada hacia la realidad celestial, descubrió que el verdadero Rey seguía sentado en su trono.

  Y no era un trono común.

  Era:

«alto y sublime».

  Sobre Él había serafines.

  Y aquellos seres celestiales clamaban unos a otros:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»

Isaías 6:3, RVR1960

  Observe algo maravilloso.

  Los seres que estaban cerca del trono no gritaban solamente:

  Poderoso.

  Poderoso.

  Poderoso.

  Aunque Dios es todopoderoso.

  Tampoco gritaban:

  Grande.

  Grande.

  Grande.

  Aunque su grandeza sobrepasa nuestra comprensión.

  Proclamaban:

«Santo, santo, santo».

  Porque en el centro del Reino no encontramos solamente poder.

  Encontramos santidad.

  El Dios que gobierna el universo no es un tirano celestial con poder ilimitado.

  Su carácter es santo.

  Su justicia es santa.

  Sus decisiones son santas.

  Su autoridad es santa.

  Y la escena era tan impresionante que los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz de quienes clamaban y la casa se llenó de humo.

  ¿Qué hizo Isaías cuando contempló aquello?

  No comenzó a describir emocionado la arquitectura.

  No preguntó cómo estaba construido el trono.

  Se vio a sí mismo.

  Y exclamó:

«¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.»

Isaías 6:5, RVR1960

  Eso es lo que produce la santidad cuando realmente la contemplamos.

  Nos muestra quién es Dios.

  Y al mismo tiempo nos permite ver quiénes somos nosotros.

  Isaías había visto al Rey.

Daniel contempló un tribunal celestial

  Mucho tiempo después, Daniel recibió otra visión.

  Pero esta vez la escena enfatiza algo diferente.

  Daniel escribió:

«Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días…»

Daniel 7:9, RVR1960

  Su descripción continúa:

«…su vestidura era blanca como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente.»

Daniel 7:9, RVR1960

  Y después:

«Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.»

Daniel 7:10, RVR1960

  La magnitud de la escena es difícil de imaginar.

  Fuego.

  Un trono.

  Innumerables seres.

  Libros abiertos.

  Y en medio de todo:

el Juez se sentó.

  Aquí descubrimos nuevamente que el trono no representa solamente poder.

  Representa justicia.

  Hay orden.

  Hay juicio.

  Hay autoridad.

  Nada parece improvisado.

  Nada está fuera de control.

  Ningún acontecimiento humano toma por sorpresa al Rey.

  Ningún imperio puede desplazarlo.

  Ninguna rebelión puede destronarlo.

  Y entonces Daniel observa algo extraordinario.

«Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…»

Daniel 7:13, RVR1960

  A ese Hijo del Hombre:

«…le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran…»

Daniel 7:14, RVR1960

  Y Daniel añade:

«…su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.»

  Ahora nuestra serie acerca de Jesucristo adquiere todavía mayor profundidad.

  El título Hijo del Hombre, que Jesús utilizaría repetidamente para referirse a sí mismo, aparece aquí asociado con dominio, gloria y un reino eterno.

  El Jesús que posteriormente veríamos caminando por Galilea no era simplemente un maestro religioso que había aparecido en una pequeña provincia del Imperio romano.

  Su historia era infinitamente mayor.

Juan vio una puerta abierta en el cielo

  Siglos después, el apóstol Juan recibió otra visión.

  Escribió:

«Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo…»

Apocalipsis 4:1, RVR1960

  Y entonces:

«Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.»

Apocalipsis 4:2, RVR1960

  Hay una palabra que fácilmente podemos pasar por alto:

«establecido».

  El trono no está tambaleándose.

  El cielo no está en crisis.

  Dios no está intentando conservar desesperadamente su autoridad.

  El trono está establecido.

  Juan contempla alrededor del trono un arco iris semejante en aspecto a la esmeralda.

  Ve relámpagos.

  Escucha truenos y voces.

  Contempla seres vivientes.

  Ve ancianos que se postran.

  Y nuevamente escucha la misma proclamación que había escuchado Isaías siglos antes:

«Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir.»

Apocalipsis 4:8, RVR1960

  Entonces ocurre algo que nos revela mucho acerca de aquel Reino.

  Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, colocan sus coronas delante de Él y dicen:

«Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder…»

Apocalipsis 4:11, RVR1960

  Incluso las coronas terminan delante de su trono.

  Porque en aquel Reino nadie compite con Dios por la gloria.

  Nadie intenta arrebatarle su posición.

  Todo reconoce quién es el verdadero Rey.

  Hay autoridad.

  Pero también hay orden.

  Hay poder.

  Pero también santidad.

  Hay majestad.

  Pero también justicia.

  Hay adoración.

  Porque aquel que está sentado sobre el trono es digno.

¿Qué nos revela el trono acerca de Dios?

  Ahora podemos reunir las escenas.

  Salmo 45 nos muestra un trono eterno y un cetro de justicia.

  Isaías contempla al Rey alto y sublime, rodeado de proclamaciones de santidad.

  Daniel contempla al Juez, los libros abiertos y una multitud innumerable delante de Él.

  Juan contempla un trono establecido, rodeado de gloria, adoración y orden.

  Las cuatro ventanas apuntan hacia una misma realidad.

  Dios reina.

  Pero lo verdaderamente extraordinario no es solamente que tenga poder para reinar.

  Es la clase de Rey que es.

  Es santo.

  Es justo.

  Es eterno.

  Es majestuoso.

  Es digno.

  Su autoridad no depende de elecciones.

  Su reino no depende de ejércitos humanos.

  Su trono no depende de circunstancias favorables.

  Nadie se lo entregó.

  Y nadie puede quitárselo.

  Pero ahora llegamos al punto que transforma completamente este artículo.

  Porque nosotros no estamos estudiando el trono simplemente para conocer mejor el cielo.

  Estamos intentando conocer el corazón de Dios.

  Y para hacerlo debemos recordar quién vino a nuestro mundo.

  Juan comienza su Evangelio diciendo acerca de Jesucristo:

«…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

Juan 1:1, RVR1960

  Y el Nuevo Testamento aplica precisamente las palabras del Salmo 45 al Hijo:

«Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.»

Hebreos 1:8, RVR1960

  Esto hace que lo que ocurrió después resulte difícil de comprender.

  El que tenía derecho a un trono…

  aceptó un pesebre.

  El que poseía autoridad…

  aceptó convertirse en siervo.

  El Santo…

  vino a vivir entre pecadores.

  El Juez…

  permitió que hombres lo llevaran delante de tribunales humanos.

  El Rey…

  permitió que se burlaran de Él llamándolo rey.

  El que era digno de una corona…

  permitió que colocaran sobre su cabeza una corona de espinas.

  Y aquel delante de quien los seres celestiales se postran…

  un día se arrodillaría delante de sus propios discípulos para lavarles los pies.

  Detengámonos allí.

  Porque quizá pocas escenas nos muestran con tanta claridad el corazón de Dios.

  Jesús sabía perfectamente quién era.

  Sabía de dónde había venido.

  Conocía la gloria.

  Conocía la autoridad.

  Conocía el Reino.

  Y precisamente por eso su humildad resulta todavía más impresionante.

  No servía porque fuera inferior.

  Servía porque amaba.

  No descendió porque hubiera perdido su Reino.

  Descendió para rescatarnos.

  No vino porque nosotros hubiéramos honrado al Rey.

  Vino a buscar a una humanidad que se había rebelado contra Él.

  El pecado había despreciado su autoridad.

  La humanidad había quebrantado su voluntad.

  Y aun así, el Rey decidió acercarse.

  No para destruir inmediatamente a los rebeldes.

  Sino para abrirles un camino de regreso.

Finalización

  Quizá al comenzar este artículo esperábamos descubrir cómo era el trono de Dios.

  Y la Biblia nos permitió contemplar algunos destellos extraordinarios.

  Un trono alto y sublime.

  Fuego.

  Relámpagos.

  Multitudes innumerables.

  Seres celestiales.

  Adoración.

  Gloria.

  Majestad.

  Pero al final descubrimos algo mucho más importante que la apariencia del trono.

  Descubrimos algo acerca de quien está sentado en él.

  El Rey es poderoso.

  Pero su poder es santo.

  El Rey tiene autoridad.

  Pero su cetro es de justicia.

  El Rey es majestuoso.

  Pero también es capaz de inclinarse para servir.

  El Rey es digno de adoración.

  Pero estuvo dispuesto a recibir desprecio para rescatar a quienes se habían alejado de Él.

  Y entonces comenzamos a comprender algo que quizá sea una de las grandes revelaciones de nuestro recorrido:

  La grandeza de Dios no se observa solamente en lo alto que está su trono.

  También se observa en lo bajo que estuvo dispuesto a descender por amor.

  Desde aquel trono eterno…

  hasta un pesebre.

  Desde la adoración celestial…

  hasta el rechazo de los hombres.

  Desde la majestad del Rey…

  hasta la condición de siervo.

  Y finalmente…

  hasta una cruz.

  Cuanto más conocemos quién era Jesucristo antes de venir, más extraordinario comienza a parecernos que haya venido.

  Pero todavía necesitamos detenernos en algo que Jesús mismo mencionó pocas horas antes de morir.

  No habló solamente del lugar donde había estado.

  Habló de algo que había poseído junto al Padre antes que el mundo fuese.

  Algo que dejó atrás cuando entró en nuestra condición humana.

  Su gloria.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.