12. Su nombre estaba decidido antes de nacer: JESÚS

Dr. Elio M Rivera

«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Mateo 1:21, RVR1960

 Los meses avanzaban.

 María todavía no conocía el rostro de su hijo. No sabía cómo serían sus ojos, el sonido de su llanto ni cómo se sentiría tenerlo finalmente entre sus brazos.

 Pero conocía su nombre.

 No tuvo que escogerlo.

 Gabriel había sido preciso:

 «Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).

 Tiempo después, José recibió exactamente la misma instrucción:

 «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Mateo 1:21).

 Antes de que María y José pudieran discutir cómo llamarían al niño, Dios ya lo había nombrado.

 Y en aquel nombre había un mensaje.

Su nombre fue decidido antes de su nacimiento, Jesús

¿Por qué Jesús?

 Jesús era la forma griega del nombre hebreo Yeshua o Yehoshua, relacionado con una declaración profundamente arraigada en la historia de Israel:

 el Señor salva.

 No era un nombre desconocido entre los judíos. Otros hombres podían llevarlo.

 Lo extraordinario no estaba simplemente en las letras del nombre, sino en la explicación que el ángel añadió:

 «Porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

 En otros hombres, aquel nombre podía expresar una esperanza acerca de Dios.

 En este niño, el nombre describía lo que Él mismo haría.

 El ángel no dijo:

 «Porque Dios algún día salvará».

 Dijo:

 «Porque él salvará».

 El niño recibiría un nombre relacionado con la salvación porque Él sería quien la realizaría.

Dios identificó nuestro verdadero problema

 La explicación del ángel contiene además un diagnóstico.

 «Salvará a su pueblo…»

 ¿De qué?

 La respuesta que muchos contemporáneos habrían deseado escuchar podía ser:

 De Roma.

 De Herodes.

 De la opresión extranjera.

 De los impuestos.

 De los enemigos de Israel.

 Pero el ángel señaló otro enemigo:

 «De sus pecados».

 Aquí Dios identifica el problema humano de una manera diferente a como solemos identificarlo nosotros.

 Nos resulta relativamente sencillo reconocer lo que está mal alrededor de nosotros.

 Gobiernos injustos.

 Violencia.

 Pobreza.

 Abuso.

 Enfermedad.

 Conflictos.

 Pero el anuncio acerca de Jesús dirige la mirada hacia un lugar mucho más incómodo:

 nosotros mismos.

 El problema no estaba solamente en el sistema.

 No estaba solamente en Roma.

 No estaba solamente en los gobernantes.

 Había algo roto dentro del propio ser humano.

 Jesús lo expresaría años después:

 «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…» (Marcos 7:21).

 El ser humano necesitaba mucho más que mejores circunstancias.

 Necesitaba ser salvado.

Israel conocía hombres que habían salvado al pueblo

 La palabra salvar no era extraña para Israel.

 Su historia estaba llena de libertadores.

 Dios había utilizado a Moisés para sacar al pueblo de Egipto.

 Josué los había conducido hacia la tierra prometida.

 Durante el período de los jueces, Dios había levantado hombres y mujeres para librarlos de sus opresores.

 David había enfrentado enemigos que amenazaban a Israel.

 Una y otra vez, la salvación había significado que Dios intervenía cuando su pueblo no podía liberarse por sí mismo.

 Pero aquellas liberaciones tenían límites.

 Egipto podía quedar atrás y el pecado continuar dentro del corazón.

 Un enemigo podía ser derrotado y posteriormente aparecer otro.

 Una generación podía disfrutar paz y la siguiente volver a rebelarse.

 Los libertadores podían cambiar las circunstancias.

 Ninguno podía liberar al hombre de su propio pecado.

 Ahora Dios estaba anunciando una salvación diferente.

No solamente un libertador de Israel

 Esto también comenzaba a revelar qué clase de Mesías sería Jesús.

 Si su misión hubiera sido exclusivamente política, habría necesitado ejércitos.

 Si hubiera venido únicamente para recuperar territorio, habría necesitado soldados.

 Si su propósito hubiera sido sustituir a César, habría necesitado un trono político.

 Pero si había venido a salvar del pecado, el problema era universal.

 El pecado no pertenecía solamente a Roma.

 También estaba en Jerusalén.

 No pertenecía solamente a los gentiles.

 También estaba en Israel.

 No estaba solamente en los opresores.

 También estaba en los oprimidos.

 El problema atravesaba fronteras, idiomas, clases sociales y generaciones.

 Por eso aquel niño terminaría siendo mucho más que un libertador nacional.

 Su nombre apuntaba hacia una necesidad que compartía toda la humanidad.

El nombre llegó antes que la obra

 Hay algo hermoso en el orden de los acontecimientos.

 Primero vino el nombre.

 Después vendría la demostración de su significado.

 Pasarían años antes de que las personas comprendieran plenamente por qué se llamaba Jesús.

 El niño crecería.

 Después aparecería públicamente.

 Comenzaría a enseñar.

 Perdonaría pecados.

 Buscaría a personas despreciadas.

 Se sentaría con publicanos y pecadores.

 Y entonces algunas de sus propias palabras comenzarían a explicar aquel nombre recibido antes de nacer:

 «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (Lucas 5:31-32).

 Jesús veía al pecador de una manera sorprendente.

 No solamente como culpable.

 También como alguien que necesitaba ser rescatado.

 No vino a negar la gravedad del pecado.

 Vino precisamente porque era tan grave que el hombre no podía solucionarlo solo.

Un nombre que explicaba cómo miraría a las personas

 Esto nos permite descubrir algo nuevo acerca del carácter de Jesús.

 Si había venido para salvar pecadores, entonces los pecadores no serían simplemente personas de quienes debía alejarse.

 Serían las personas a quienes había venido a buscar.

 Años después, cuando otros criticaran que se acercaba a ellos, Jesús respondería con historias.

 Una oveja perdida.

 Una moneda perdida.

 Un hijo perdido.

 En cada caso había algo que alguien consideraba suficientemente valioso como para buscarlo.

 Y finalmente Jesús resumiría su misión:

 «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

 Aquella frase nos ayuda a comprender mejor el nombre recibido antes de su nacimiento.

 Jesús no solamente vino a combatir el pecado. Vino a rescatar al pecador.

 Existe una diferencia enorme.

 Podía condenar el pecado sin despreciar al ser humano atrapado en él.

 Podía decir la verdad sin dejar de amar.

 Podía acercarse al culpable sin llamar bueno a lo malo.

 Podía ofrecer perdón sin fingir que no había existido culpa.

 Todo eso estaba contenido, de alguna manera, en la misión anunciada antes de su nacimiento:

 «Él salvará».

Su nombre sería pronunciado por toda clase de personas

 María sería probablemente una de las primeras personas que pronunciaría su nombre constantemente.

 Después José.

 Luego sus hermanos.

 Sus vecinos.

 Sus amigos.

 Con el tiempo lo pronunciarían pescadores de Galilea.

 Enfermos que buscaban ayuda.

 Ciegos que gritaban desde el camino.

 Mujeres que lo seguían.

 Niños que se acercaban.

 Fariseos que lo cuestionaban.

 Soldados que lo arrestarían.

 Pilato lo escucharía.

 Sus acusadores lo pronunciarían.

 Y después de su resurrección aquel nombre comenzaría a cruzar fronteras.

 Pedro lo pronunciaría en Jerusalén.

 Felipe en Samaria.

 Pablo lo llevaría entre los gentiles.

 Y aquel nombre dado a un niño todavía no nacido terminaría pronunciándose en idiomas que María y José jamás habían escuchado.

 Eso resulta extraordinario.

 El nombre entregado privadamente a dos personas terminaría recorriendo el mundo.

José hizo exactamente lo que Dios le había pedido

 Cuando finalmente nació el niño, Mateo registra algo muy sencillo:

 «Y le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25).

 No necesitó otra instrucción.

 José había guardado la palabra recibida.

 Meses antes Dios había dicho:

 «Llamarás su nombre JESÚS».

 Y cuando llegó el momento:

 José lo llamó Jesús.

 Con aquel acto terminaba una espera y comenzaba otra historia.

 El nombre que hasta entonces solamente había sido una promesa ahora pertenecía a un niño que podía ser cargado entre los brazos.

Antes de que el mundo supiera quién era, Dios ya había dicho para qué venía

 Todavía faltaba mucho para que las multitudes comprendieran a Jesús.

 Algunos lo llamarían profeta.

 Otros maestro.

 Otros hijo de David.

 Otros se preguntarían quién era.

 Sus enemigos utilizarían otros nombres.

 Sus discípulos tardarían en comprenderlo.

 Pero antes de todas aquellas opiniones, Dios había hablado.

 JESÚS.

 Y había explicado el nombre:

 «Porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

 Antes de que los hombres comenzaran a discutir quién era, Dios había declarado para qué estaba allí.

 Ahora solamente faltaba que aquel niño naciera.

 Pero había un problema.

 María estaba en Nazaret.

 Y siglos antes el profeta había señalado otro lugar:

 Belén.

 Entonces una orden comenzó a moverse desde el centro del imperio.

 César Augusto quería contar a sus súbditos.

 No sabía nada de María.

 No sabía nada de José.

 No sabía nada de Miqueas.

 Y mucho menos imaginaba que una decisión tomada desde el poder terminaría llevando a una joven embarazada exactamente hacia el lugar señalado por la profecía.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.