«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.»
Mateo 1:19, RVR1960
Mientras María comenzaba a experimentar en su propio cuerpo las consecuencias de haber dicho «hágase conmigo conforme a tu palabra», había otro ser humano cuya vida estaba a punto de quebrarse.
José.
Él tenía planes.
Estaba desposado con María.
Esperaba recibirla como esposa.
Esperaba comenzar con ella un hogar.
Y seguramente imaginaba una vida que, hasta ese momento, parecía seguir un camino normal.
Entonces descubrió que María estaba embarazada.
Y él sabía una cosa con absoluta certeza:
el niño no era suyo.
Nosotros conocemos inmediatamente la explicación porque Mateo nos la proporciona:
«Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
Pero debemos separar por un momento lo que nosotros sabemos de lo que José sabía.
Nosotros leemos:
«del Espíritu Santo».
José inicialmente solamente podía ver:
María está embarazada y yo no soy el padre.
Para comprender su dolor necesitamos recordar que José y María no estaban simplemente «saliendo juntos» como entenderíamos actualmente un noviazgo.
Estaban desposados.
El desposorio judío constituía un compromiso matrimonial formal. Todavía no habían comenzado plenamente la vida conyugal —Mateo especifica «antes que se juntasen»—, pero el vínculo era tan serio que Mateo ya llama a José «su marido».
Era una etapa de preparación para la vida matrimonial.
La pareja todavía no vivía plenamente como marido y mujer, pero el futuro ya había sido comprometido.
José se encontraba, por tanto, esperando el momento de recibir a María y comenzar con ella su hogar.
La Biblia no describe cómo era la casa que preparaba, cuánto había trabajado en ella ni qué objetos había dispuesto para comenzar su matrimonio. No necesitamos inventarlos.
Pero podemos comprender lo esencial.
José estaba preparando una vida.
Como cualquier hombre que espera casarse, seguramente había pensado en el futuro.
En recibir a María.
En trabajar.
En sostener su casa.
En formar una familia.
En compartir los años con la mujer con quien se había comprometido.
Y de pronto apareció un embarazo que parecía decirle que aquella vida no comenzaría.
El hogar que esperaba formar parecía quebrarse antes de comenzar.

El dolor de José no fue pequeño
Mateo resume la crisis en unas pocas palabras:
«Quiso dejarla secretamente».
Pero detrás de aquella decisión tuvo que existir un proceso.
José tuvo que pensar.
Mateo mismo lo confirma cuando posteriormente dice:
«Y pensando él en esto…» (Mateo 1:20).
Estaba pensando.
Tratando de comprender.
Tratando de decidir.
Tratando de encontrar qué debía hacer.
No sabemos cuánto duró aquel período.
No conocemos las conversaciones que tuvo con María.
No sabemos si lloró.
No sabemos si dejó de dormir.
No conocemos las preguntas que pasaron por su mente.
Pero no necesitamos inventar sus emociones para comprender la gravedad de la situación.
Su decisión demuestra que el golpe fue real:
José decidió terminar el matrimonio que esperaba.
Aquella joven con quien había imaginado su futuro estaba embarazada.
Y él no era el padre.
Aquí descubrimos algo extraordinario acerca de José.
Todavía no sabe que el embarazo procede del Espíritu Santo.
Todavía no ha recibido el sueño.
Todavía cree que existe una explicación humana para lo sucedido.
Y, sin embargo:
«No quería infamarla».
Esto dice muchísimo acerca de él.
José estaba enfrentando lo que probablemente interpretaba como una profunda traición personal.
Pero aun herido, no quiso destruir a María.
Podía pensar que ella le había causado un dolor enorme y aun así preocuparse por no exponerla.
Antes de que conozcamos la fe de José encontramos su misericordia.
No utiliza su dolor para vengarse.
No intenta recuperar su honor destruyendo públicamente el de María.
No encontramos gritos.
No encontramos humillación.
Mateo solamente dice:
«No quería infamarla».
Hay hombres cuyo verdadero carácter aparece cuando todo sucede como esperaban.
Y hay hombres cuyo carácter aparece cuando creen que alguien acaba de romperles el corazón.
José pertenece a los segundos.
Nazaret no era una ciudad como Roma, Jerusalén o Alejandría.
Era una pequeña población de Galilea. Las estimaciones modernas de su población en tiempos de Jesús varían, pero estamos hablando de una comunidad de apenas unos cientos de habitantes, no de una gran ciudad donde una familia pudiera fácilmente permanecer anónima.
Y los Evangelios muestran que la comunidad conocía a la familia.
Cuando Jesús regresó posteriormente a Nazaret, sus habitantes dijeron:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3).
Conocían a Jesús.
Conocían a María.
Conocían a sus hermanos.
Conocían a sus hermanas.
Era una familia identificable dentro de una comunidad pequeña.
Por eso resulta difícil imaginar que las circunstancias extraordinarias que rodearon el comienzo de aquella familia fueran completamente irrelevantes para todos los demás.
No podemos afirmar quién supo qué cosa ni reconstruir conversaciones que los Evangelios no conservaron.
Pero tampoco necesitamos imaginar a María y José viviendo en el anonimato de una enorme metrópoli.
Vivían en Nazaret.
La gente se conocía.
Y un embarazo ocurrido durante el desposorio era algo difícil de ocultar indefinidamente.
José había llegado a una decisión.
Dejaría a María.
Lo haría discretamente.
Intentaría protegerla todo lo posible.
Entonces ocurrió algo que cambió completamente su interpretación de los acontecimientos:
«Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
José descubrió que había sufrido por una conclusión equivocada.
María no lo había traicionado.
No existía otro hombre.
No había adulterio.
Había un milagro.
Dios estaba entrando en la historia humana.
Y aquella mujer que José había pensado dejar había estado diciéndole la verdad.
Podemos imaginar el alivio, aunque Mateo no describe sus emociones.
Pero la revelación solucionaba solamente una parte del problema.
Ahora José sabía.
Eso no significaba que todos los demás supieran.
Aquí está una de las partes más fuertes de su historia.
El ángel apareció a José.
No apareció públicamente en la plaza de Nazaret.
Dios no reunió a la población para anunciar:
«María es inocente».
No proporcionó a José un documento que pudiera enseñar cada vez que alguien hiciera una pregunta.
No obligó a los demás a creer.
José recibió una revelación que ahora tendría que vivir delante de personas que no la habían recibido.
Y entonces Dios le pidió:
«No temas recibir a María tu mujer».
Esas palabras implicaban mucho más que regresar con ella.
Significaban:
ponte a su lado.
Recíbela.
Forma el hogar.
Acepta al niño.
Y vive conforme a lo que Dios te ha revelado, aunque los demás solamente puedan contemplar las circunstancias externas.
Antes del sueño, José había encontrado una salida.
Podía separarse.
Podía dejar a María discretamente.
Podía apartarse de aquella situación.
Pero después de escuchar a Dios, esa salida desapareció para un hombre que quería obedecer.
Ahora tenía que recibirla.
Y recibirla significaba vincular públicamente su nombre con el de ella.
Si alguien creía que María había concebido de otro hombre, José podía aparecer ante ellos como el hombre que había recibido a una mujer que lo había engañado.
Otros podían concluir que José mismo era el padre y que la pareja había anticipado las relaciones conyugales.
No sabemos qué explicación sostuvo cada persona.
Pero cualquiera que rechazara la explicación sobrenatural tendría que buscar alguna explicación humana para aquel embarazo.
Y José decidió quedarse.
Eso significa que su obediencia podía tener un precio muy particular:
su propio nombre.
Ese tipo de carga puede ser particularmente dolorosa.
José sabía que María era inocente.
Sabía que él no había sido engañado.
Sabía que el niño procedía de una intervención extraordinaria de Dios.
Pero no podía entrar en la mente de cada vecino.
No podía controlar cada conversación.
No podía impedir cada mirada.
No podía obligar a todos a creer una historia que, humanamente hablando, parecía imposible.
Podía explicar.
Pero no podía obligar a creer.
Y quizá aquí encontramos una de las formas más silenciosas de sufrimiento:
saber que algo es verdad y tener que continuar viviendo mientras otros pueden interpretar tu vida equivocadamente.
José escogió hacerlo.
Mateo describe su respuesta con extraordinaria sencillez:
«Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
La recibió.
Ahora esa frase adquiere otro peso.
José recibió a María sabiendo que podía haber preguntas.
La recibió sabiendo que el embarazo continuaría avanzando.
La recibió sabiendo que dentro de poco sería imposible esconderlo.
La recibió sin poder garantizar lo que los demás pensarían.
La recibió porque Dios había hablado.
José tuvo que escoger entre vivir conforme a las apariencias o vivir conforme a la revelación que había recibido.
Y escogió creerle a Dios.
Pero José hizo todavía algo más.
El ángel le había dicho:
«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
Y Mateo registra posteriormente:
«Y le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25).
José obedeció.
No escondió al niño.
No mantuvo distancia.
No dijo:
«Yo creo la explicación, pero no quiero que esto afecte mi vida».
Le puso nombre.
Al hacerlo asumía el lugar que Dios le había asignado dentro de aquella familia.
El niño no era biológicamente suyo.
Pero José lo recibió dentro de su hogar.
Lo protegería.
Trabajaría para sostenerlo.
Posteriormente se levantaría de noche para salvarlo de Herodes.
Abandonaría su tierra.
Lo llevaría a Egipto.
Regresaría con Él.
Y lo criaría en Nazaret.
Pero antes de todo aquello hubo una primera forma de protección.
José protegió a la madre de Jesús quedándose a su lado.
La historia revela progresivamente el carácter de José.
Cuando pensaba que María lo había defraudado:
misericordia.
«No quería infamarla».
Cuando Dios le reveló lo sucedido:
fe.
Creyó algo humanamente extraordinario.
Cuando despertó y tuvo que decidir qué hacer:
obediencia y valor.
«Recibió a su mujer».
José no necesitó que toda Nazaret creyera antes que él.
No condicionó su obediencia a recuperar primero su reputación.
No le dijo a Dios:
«Lo haré cuando expliques públicamente lo sucedido».
Simplemente obedeció.
El juicio de Dios acerca de María terminó siendo más importante para José que el juicio que los hombres pudieran hacer acerca de él.
Décadas después, los Evangelios conservaron detalles sorprendentemente íntimos de aquellos acontecimientos.
Sabemos que María concibió antes de que ella y José se juntaran.
Sabemos que José quiso dejarla.
Sabemos que decidió hacerlo secretamente porque no quería infamarla.
Sabemos que estuvo pensando en aquello.
Sabemos que recibió una revelación.
Sabemos que cambió su decisión.
Y sabemos que finalmente recibió a María.
Lucas incluso comienza su Evangelio explicando que había investigado cuidadosamente los acontecimientos y que existía información transmitida por quienes habían sido testigos desde el principio (Lucas 1:1-4). Mateo, por su parte, conserva específicamente la experiencia de José.
No podemos demostrar cómo circuló cada detalle ni quién proporcionó cada información.
Pero queda claro que la historia de los orígenes de Jesús no desapareció.
Fue recordada.
Fue transmitida.
Y finalmente quedó escrita.
Esto hace todavía más difícil imaginar que, dentro de la pequeña comunidad donde aquella familia era conocida, absolutamente nadie hubiera tenido preguntas acerca de las circunstancias de su comienzo.
Hay una pregunta que pocas veces hacemos cuando leemos este relato:
¿Cómo llegó a conocerse todo esto?
Mateo conoce detalles que no podían observarse simplemente desde la calle.
Sabe que José había decidido dejar a María.
Sabe que quería hacerlo secretamente.
Sabe que mientras estaba pensando en aquella decisión tuvo un sueño.
Y conoce incluso el mensaje que recibió:
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
Nadie podía mirar a José desde afuera y saber lo que había soñado.
Alguien tuvo que contar aquella experiencia.
El Evangelio no nos dice cómo llegó esa información hasta Mateo, por lo que no podemos reconstruir la cadena exacta. Pero resulta razonable pensar que José mismo comunicó lo ocurrido a personas cercanas y que su testimonio quedó preservado dentro de la memoria de la familia y de los primeros creyentes.
Esto nos permite contemplar algo profundamente humano.
En algún momento José tuvo que abrir aquella parte de su vida.
Tuvo que reconocer que hubo un momento en que creyó que todo había terminado.
Que quiso dejar a María.
Que estuvo pensando qué hacer.
Que necesitó que Dios interviniera para mostrarle que aquello que parecía una traición era en realidad un milagro.
El hombre del cual los Evangelios no conservan una sola palabra pronunciada directamente dejó, sin embargo, una historia que alguien escuchó.
Tal vez María la conoció de sus propios labios.
Tal vez posteriormente la escucharon otros miembros de la familia.
No lo sabemos.
Pero alguien supo lo que había ocurrido dentro de aquella crisis porque José no guardó para siempre su experiencia en silencio.
Y eso significa que la historia del nacimiento de Jesús no fue transmitida solamente como una colección de acontecimientos extraordinarios.
También conservó las heridas de quienes estuvieron allí.
María recordó la anunciación.
La familia conoció las circunstancias extraordinarias del embarazo.
Y de José quedó preservado algo que ningún vecino habría podido descubrir por sí mismo:
hubo una noche en la que estuvo a punto de abandonar el futuro que había imaginado, y Dios habló con él antes de que lo hiciera.
Quizá por eso su historia continúa siendo tan humana.
José no aparece como un hombre que jamás tuvo dudas, dolor o conflicto.
Aparece como un hombre que tuvo que tomar una decisión terrible con la información que poseía; y cuando Dios le mostró que estaba equivocado, tuvo la humildad suficiente para cambiar completamente su decisión.
Y años después, cuando aquella historia comenzó a ser contada, también permitió que se conociera el momento en que su corazón había estado quebrantado.
De alguna manera, alguien escuchó su historia.
Y gracias a que aquella experiencia fue preservada, dos mil años después todavía podemos mirar detrás de la figura silenciosa de José y descubrir que antes de convertirse en protector del niño Jesús, también fue un hombre herido que tuvo que aprender a confiar en Dios cuando su propia vida dejó de tener sentido.
Hay algo profundamente conmovedor en José.
Él no había pedido aquella situación.
No había provocado el embarazo.
No había escogido las circunstancias extraordinarias mediante las cuales vendría el Mesías.
Sin embargo, cuando Dios le explicó lo sucedido, aceptó entrar en la historia.
Eso podía significar cargar con preguntas que no había provocado.
Con sospechas que no merecía.
Con interpretaciones equivocadas.
Incluso con la posible reputación de un hombre engañado que, a pesar de todo, había decidido quedarse.
Y José se quedó.
No porque fuera débil.
No porque desconociera lo sucedido.
Precisamente al contrario:
se quedó porque sabía la verdad.
Los demás podían interpretar su decisión como quisieran.
José sabía que María no lo había traicionado.
Sabía que el niño no procedía de otro hombre.
Sabía que Dios estaba haciendo algo extraordinario.
Y eso fue suficiente.
María había dicho:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Con aquella respuesta colocó su cuerpo, su futuro y su reputación en las manos de Dios.
Después José despertó y:
«Recibió a su mujer».
Con aquella acción colocó también su reputación en las manos de Dios.
María podía ser señalada como una mujer que había concebido fuera de la relación esperada.
José podía ser considerado el hombre engañado que decidió recibirla, o formar parte él mismo de las sospechas alrededor del embarazo.
Pero ambos conocían una verdad que los demás podían ignorar:
el niño era santo.
Y aquí aparece una de las ironías más hermosas y dolorosas del comienzo de la vida de Jesús.
María estuvo dispuesta a cargar con el señalamiento por recibirlo.
José estuvo dispuesto a cargar con el señalamiento por no abandonarlos.
Y en medio de aquellos dos nombres potencialmente cuestionados estaba creciendo el único Nombre capaz de salvar a quienes pudieran señalarlos.
«Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
José pudo haber protegido su nombre alejándose.
En cambio, decidió proteger a María y recibir a Jesús.
Prefirió obedecer a Dios antes que vivir para defender su reputación.
Y antes de cargar al niño en sus brazos, antes de huir con Él hacia Egipto y antes de trabajar para sostenerlo durante su infancia, José ya había comenzado a pagar el precio de recibirlo:
había puesto su propio nombre al lado del suyo.
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Dr. Elio M Rivera
«Porque ni aun sus hermanos creían en él.»
Juan 7:5, RVR1960
Cuando pensamos en el sufrimiento que Jesús encontraría al venir al mundo, nuestra mente suele adelantarse inmediatamente hacia Jerusalén.
Pensamos en Judas.
En los sacerdotes.
En los falsos testigos.
En Pilato.
En los soldados.
En el látigo.
En los clavos.
En la cruz.
Pero mucho antes del Calvario existió otra forma de dolor, mucho más cercana y silenciosa.
La incomprensión de su propia familia.
El Hijo de Dios no solamente vino a un mundo que terminaría rechazándolo.
Vivió durante años dentro de una familia cuyos propios miembros no siempre comprendieron quién era.
Juan dejó una declaración sorprendentemente directa:
«Porque ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).
No eran desconocidos.
No eran fariseos.
No eran sacerdotes de Jerusalén.
Eran sus hermanos.

Los Evangelios identifican a varios hermanos de Jesús.
Cuando regresó a Nazaret, sus vecinos preguntaron:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3).
Aquellos hombres habían crecido cerca de Él.
Habían compartido una casa.
Una madre.
Una familia.
Una población.
Una historia.
Conocían a Jesús de una manera completamente diferente de como posteriormente lo conocerían Pedro, Juan o las multitudes.
Antes de que alguien lo llamara Maestro, ellos lo conocían simplemente como Jesús.
Antes de los sermones, estaba la casa.
Antes de las multitudes, estaba la familia.
Antes de Capernaum y Jerusalén, estaba Nazaret.
Y aquí surge una pregunta extraordinaria:
¿Cómo fue crecer al lado de Jesús?
No lo sabemos.
Los Evangelios guardan un enorme silencio acerca de aquellos años y debemos respetarlo.
No podemos inventar discusiones entre los hermanos.
No podemos afirmar que sintieran celos durante su infancia.
No podemos imaginar escenas en las cuales María comparara a unos hijos con otro.
Nada de eso está escrito.
Pero existe una realidad que necesariamente hacía a Jesús diferente.
Jesús no pecaba.
Años después Pedro escribiría:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Hebreos diría que fue:
«Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Esto significa que sus hermanos crecieron junto a alguien verdaderamente humano, pero cuyo carácter era completamente distinto del nuestro.
¿Cómo percibieron aquello?
No lo sabemos.
¿Cómo interpretaron su manera de responder?
No lo sabemos.
¿Produjo alguna vez incomodidad, comparación o incomprensión?
La Biblia no lo dice.
Pero sabemos algo que finalmente sí ocurrió:
llegó un momento en que sus propios hermanos no creían en Él.
Había además algo extraordinario dentro de aquella familia.
Jesús no tenía el mismo origen que sus hermanos.
Ellos habían nacido posteriormente dentro de la familia formada por José y María.
Jesús había sido concebido antes de que José y María se juntaran, y los Evangelios declaran que su concepción había ocurrido por obra del Espíritu Santo.
María lo sabía.
José lo sabía.
Pero los hermanos de Jesús no estuvieron presentes cuando Gabriel apareció a María.
No estuvieron allí cuando el ángel habló con José.
Si conocieron aquellos acontecimientos, tuvieron que conocerlos porque alguien se los contó.
Y eso significa que también ellos tuvieron que enfrentarse, en algún momento, a una afirmación extraordinaria acerca de aquel con quien habían crecido:
Jesús no era simplemente nuestro hermano mayor.
Su nacimiento había sido diferente.
Su identidad era diferente.
Su misión era diferente.
¿Cómo procesaron aquella historia?
¿La creyeron cuando eran pequeños?
¿Comenzaron posteriormente a cuestionarla?
¿Les resultaba difícil reconciliar al hermano que conocían desde casa con las afirmaciones extraordinarias que comenzaron a escucharse acerca de Él?
No podemos responder.
Pero Juan nos permite conocer el resultado en una etapa de sus vidas:
«Ni aun sus hermanos creían en él».
Tal vez una de las cosas más sorprendentes de la historia de Jesús sea que vivir cerca de Él no produjo automáticamente fe.
Nazaret lo conocía.
Su familia lo conocía.
Sus hermanos habían vivido cerca de Él.
Y, sin embargo, conocerlo desde la cotidianidad no significó necesariamente comprender quién era.
Jesús mismo pronunció unas palabras particularmente dolorosas cuando fue rechazado en su propia tierra:
«No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa» (Marcos 6:4).
Observe hasta dónde lleva Jesús la expresión:
«en su casa».
El rechazo no siempre procede de los desconocidos.
Algunas de las heridas más profundas de la experiencia humana pueden venir precisamente de aquellos de quienes esperaríamos comprensión.
Jesús conoció también esa realidad.
El Verbo se había hecho carne.
Había entrado verdaderamente en nuestra condición humana.
Y eso significó entrar también en relaciones humanas donde podía existir incomprensión.
Juan 7 nos permite observar directamente una de esas escenas.
Se acercaba la fiesta de los tabernáculos y sus hermanos le dijeron:
«Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo» (Juan 7:3-4).
A primera vista podría parecer simplemente un consejo.
Pero Juan inmediatamente explica lo que existía detrás de aquellas palabras:
«Porque ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).
Aquella frase cambia completamente la escena.
Jesús estaba escuchando palabras acerca de su misión provenientes de hombres que habían crecido con Él, pero que todavía no creían en Él.
Ellos podían hablar acerca de lo que Jesús debía hacer.
Podían sugerirle cómo debía manifestarse.
Podían opinar acerca de su ministerio.
Pero todavía no comprendían realmente quién estaba delante de ellos.
Qué extraño debió ser aquello.
Las multitudes comenzaban a preguntarse quién era Jesús.
Sus discípulos habían dejado cosas para seguirlo.
Habían ocurrido señales extraordinarias.
Y dentro de su propia familia permanecía la incredulidad.
Muchos siglos antes, otro José había conocido algo semejante.
José, hijo de Jacob, recibió sueños que sus hermanos no comprendieron.
Y aquellos sueños, lejos de acercarlos inicialmente, contribuyeron al conflicto.
Sus hermanos terminaron rechazándolo.
La comparación tiene límites y no debemos convertirla en una equivalencia.
Los Evangelios no dicen que los hermanos de Jesús hicieran con Él lo que los hijos de Jacob hicieron con José.
Pero existe un punto humano que ambos relatos permiten contemplar:
ser escogido por Dios no significa necesariamente ser comprendido por la propia familia.
José sabía lo que había recibido de Dios mientras sus hermanos interpretaban su vida de otra manera.
Jesús sabía perfectamente de dónde había venido y para qué había venido, mientras sus propios hermanos todavía no creían en Él.
La incomprensión familiar no comenzó en el Calvario.
Formaba parte del mundo al cual había decidido entrar.
Los Evangelios no registran una frase que diga:
«Jesús se sintió herido porque sus hermanos no creían en Él».
Por tanto, no debemos poner esas palabras en el texto.
Pero tampoco debemos convertir la humanidad de Jesús en una apariencia.
Jesús podía sentir.
Lloró.
Tuvo compasión.
Experimentó tristeza.
Conoció angustia.
Amó profundamente.
Y Hebreos insiste en que participó verdaderamente de nuestra condición humana.
Por eso no necesitamos imaginar a un Jesús emocionalmente impermeable al rechazo.
Que fuera sin pecado no significa que fuera incapaz de sentir dolor.
Más bien significa algo mucho más extraordinario:
el dolor nunca consiguió convertirlo en pecador.
Aquí encontramos algo extraordinario acerca de su carácter.
Sus hermanos podían no creer.
Jesús continuaba amando.
Podían no comprenderlo.
Jesús continuaba obedeciendo al Padre.
Podían tener una opinión equivocada acerca de Él.
Jesús sabía quién era.
Su identidad no dependía de que su familia la reconociera.
Su misión no dependía de recibir primero la aprobación de quienes habían crecido con Él.
Y esto resulta todavía más sorprendente cuando recordamos nuestra propia condición humana.
El rechazo puede producir resentimiento.
La incomprensión puede producir amargura.
Ser cuestionado constantemente puede hacernos defensivos.
Una herida familiar puede acompañar a una persona durante décadas y afectar posteriormente otras relaciones.
Pero no encontramos eso en Jesús.
La herida podía llegar hasta Él, pero el pecado nunca salió de Él como respuesta.
No encontramos venganza.
No encontramos resentimiento.
No encontramos deseo de humillar posteriormente a quienes no habían creído.
No encontramos a Jesús utilizando su poder para demostrarles que estaban equivocados.
La incredulidad de sus hermanos no consiguió convertir su corazón en un corazón amargo.
Y entonces sucede algo precioso.
Uno de aquellos hermanos se llamaba Jacobo.
Juan había escrito:
«Ni aun sus hermanos creían en él».
Jesús murió.
Fue sepultado.
Y resucitó.
Después Pablo conservó un detalle extraordinario acerca de las apariciones del Resucitado:
«Después apareció a Jacobo» (1 Corintios 15:7).
No sabemos qué palabras intercambiaron.
La Biblia no describe el encuentro.
Pero imagine solamente la dimensión humana del momento.
Jesús resucitado fue a encontrarse con Jacobo.
Aquel que había vivido con Él.
Aquel que pertenecía al grupo de hermanos de quienes Juan había dicho que no creían.
Ahora tendría delante de sí al hermano que había muerto y estaba vivo.
Jesús podía haber recordado la incredulidad.
Podía haberlo excluido.
Podía haber dicho:
«Cuando yo necesitaba que creyeras, no creíste».
Pero no encontramos nada semejante.
Encontramos simplemente:
«Apareció a Jacobo».
La incredulidad de Jacobo no había destruido el amor de Jesús hacia él.
Después de la ascensión encontramos otra escena que habría parecido imposible años antes.
Los discípulos están reunidos en Jerusalén esperando la promesa del Espíritu Santo.
Hechos registra quiénes estaban allí:
«Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hechos 1:14).
Sus hermanos estaban allí.
Los que anteriormente no creían ahora estaban entre los creyentes.
Los que habían vivido con Él como hermano ahora lo reconocían como Señor.
Y Jacobo llegaría a ocupar un lugar importante entre los creyentes de Jerusalén.
Posteriormente comenzaría su propia epístola con palabras que adquieren una fuerza extraordinaria cuando recordamos su historia:
«Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo…» (Santiago 1:1).
No escribió:
«Santiago, hermano de Jesús».
Escribió:
«Siervo… del Señor Jesucristo».
Algo había cambiado completamente.
Esta es finalmente la pregunta de toda nuestra serie.
Cristo sabía a qué mundo venía.
Y vino.
Encontró una familia que tuvo que enfrentar preguntas alrededor de su nacimiento.
Encontró una pequeña población donde sería conocido simplemente como el carpintero y el hijo de María.
Encontró personas que no comprendieron su identidad.
Y llegó incluso a experimentar algo particularmente humano:
sus propios hermanos no creían en Él.
El rechazo que culminaría en Jerusalén había tenido manifestaciones mucho más cercanas.
No todo el sufrimiento de Cristo produjo sangre.
Algunas heridas no necesitaron látigos.
Algunas pudieron venir de escuchar palabras pronunciadas por personas que habían compartido su propia casa.
Pero aquí descubrimos nuevamente quién era aquel que había venido.
La incomprensión no produjo amargura.
La incredulidad no produjo venganza.
El rechazo no destruyó su capacidad de amar.
Jesús no permitió que aquello que otros hicieron con Él determinara lo que Él haría con ellos.
Sus hermanos no creyeron en Él.
Él continuó amándolos.
No lo comprendieron.
Él no los desechó.
Y después de levantarse de los muertos, en lugar de cerrarles la puerta por haber dudado, fue al encuentro de uno de ellos.
«Después apareció a Jacobo».
Así era el Dios que había venido a nosotros.
El mundo podía herirlo sin conseguir hacerlo cruel.
Podía rechazarlo sin conseguir enseñarle a rechazar.
Podía negarlo sin conseguir cambiar su identidad.
Podía no comprenderlo sin conseguir alterar su misión.
Jesús había entrado en un mundo quebrantado, pero no permitió que el quebranto del mundo entrara en su corazón para hacerlo semejante a nosotros en nuestro pecado.
Vino a hacerse semejante a nosotros en nuestra humanidad.
Pero vino para mostrarnos cómo es Dios.
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Dr. Elio M Rivera
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
Mateo 1:20, RVR1960
Hemos abierto un paréntesis necesario.
Antes de continuar hacia Belén, seguimos por un momento las consecuencias que aquel embarazo tendría dentro de la familia. Vimos a María aceptar algo cuyo costo todavía no podía medir. Vimos a José descubrir un embarazo que no podía comprender, pensar en separarse y finalmente decidir recibir a María después de que Dios le revelara la verdad. Incluso miramos hacia adelante y descubrimos que, años después, los propios hermanos de Jesús llegarían a atravesar un período en el que «ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).
Todo aquello nos permitió contemplar lo difícil que podía resultar recibir a Jesús incluso para quienes estaban más cerca de Él.
Pero ahora debemos regresar.
Regresar antes de sus hermanos.
Antes de Nazaret.
Antes de Belén.
Antes incluso de que José decidiera recibir a María.
Tenemos que regresar al momento en que solamente existía una joven que había recibido un anuncio extraordinario, un hombre que todavía intentaba comprender lo sucedido y una explicación que parecía humanamente imposible.
Porque detrás de todas aquellas preguntas familiares había una pregunta mucho mayor:

El bebe de María había sido engendrado por el Espíritu Santo
¿Qué estaba ocurriendo realmente dentro del vientre de María?
Gabriel se lo había explicado a ella:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
Y cuando José estuvo a punto de retirarse porque no comprendía lo sucedido, el ángel se lo explicó también a él:
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
Dos personas recibieron la explicación desde perspectivas diferentes.
María necesitaba saber cómo ocurriría.
José necesitaba saber qué había ocurrido.
Y a ambos Dios les proporcionó esencialmente la misma respuesta:
aquel embarazo tenía su origen en una intervención del Espíritu Santo.
Cuando contemplamos un nacimiento, normalmente pensamos que allí comenzó una vida.
Pero con Jesucristo existe una diferencia fundamental.
Jesús no comenzó a existir cuando nació en Belén.
Tampoco comenzó a existir cuando fue concebido en el vientre de María.
La serie anterior nos llevó precisamente hasta esa verdad.
Antes de Abraham, Él era.
Antes de David, Él era.
Antes de Adán, Él era.
Antes de que existiera el mundo, Él estaba con el Padre.
Juan lo expresaría de una manera extraordinaria:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).
Por eso, cuando llegamos al vientre de María, no estamos contemplando el comienzo de la existencia del Hijo de Dios.
Estamos contemplando el comienzo de su vida humana.
El que ya existía estaba entrando en una condición que antes no había tenido.
El eterno estaba haciéndose hombre.
María entendió inmediatamente que existía un problema humano con el anuncio de Gabriel.
El ángel le había dicho:
«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).
María respondió:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).
La pregunta es extraordinariamente importante.
María sabía cómo comienza normalmente un embarazo.
Y sabía que aquello no había ocurrido en ella.
Gabriel no le respondió que tendría primero relaciones con José.
No le dijo que esperara hasta después del matrimonio.
Le respondió:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
La iniciativa no procedería de un hombre.
Procedería de Dios.
Eso es lo que posteriormente José también tendría que comprender.
Mateo lo declara con enorme claridad:
«Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
Y nuevamente:
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
La concepción virginal no aparece como un detalle secundario de la historia.
Mateo y Lucas la colocan directamente en el origen de la vida humana de Jesús.
Aquí aparece algo que fácilmente podemos pasar por alto.
Dios podía haber enviado a Cristo al mundo de muchas maneras imaginables.
Jesús podría haber aparecido repentinamente como un hombre adulto.
Podría haber descendido visiblemente del cielo delante de Jerusalén.
Podría haber llegado rodeado de ángeles y manifestando inmediatamente su gloria.
Pero no ocurrió así.
Entró en nuestra humanidad desde dentro.
Fue concebido.
Permaneció en el vientre de una mujer.
Su cuerpo humano comenzó a desarrollarse.
Pasaría por las etapas propias de la gestación humana.
Nacería.
Necesitaría ser alimentado.
Sería cargado.
Dormiría.
Crecería.
Aprendería a caminar.
Aprendería dentro de una familia humana.
El Creador no contempló nuestra existencia únicamente desde afuera.
Entró en ella.
Y comenzó donde nosotros comenzamos: en el vientre de una madre.
Esto es fundamental.
Jesús no utilizó simplemente un cuerpo humano como quien utiliza una vestidura.
No parecía hombre.
Se hizo hombre.
Juan escribiría:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
Hebreos explicaría:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
Carne.
Sangre.
Un cuerpo verdadero.
Una humanidad verdadera.
El niño que comenzaba a desarrollarse dentro de María no era una aparición.
No era un espíritu fingiendo tener cuerpo.
Era realmente humano.
Esto tendría consecuencias enormes.
Porque aquel cuerpo podría sentir hambre.
Podría sentir cansancio.
Podría experimentar dolor.
Podría sangrar.
Y finalmente podría morir.
La encarnación hizo posible que el Hijo eterno entrara verdaderamente en nuestra condición humana.
Sin embargo, Gabriel añadió unas palabras que no debemos pasar por alto:
«Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
Santo Ser.
No solamente niño.
No solamente descendiente de David.
No solamente hijo de María.
Santo.
La humanidad que Cristo asumía era verdadera, pero Él no venía como otro pecador que necesitara ser rescatado.
La Escritura posteriormente sería enfática acerca de esto.
Jesús fue:
«Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Pedro escribiría:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Y Pablo afirmaría:
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21).
Aquí debemos ser cuidadosos.
La Biblia no explica la concepción virginal mediante un mecanismo genético de transmisión del pecado, ni afirma que la naturaleza pecaminosa se transmita exclusivamente a través del padre.
Lo que sí declara claramente es algo suficiente y extraordinario:
Jesús nació verdaderamente humano y verdaderamente santo.
Era uno de nosotros en humanidad.
Pero no era uno de nosotros en pecado.
¿Por qué era tan importante que entrara realmente en nuestra humanidad?
Porque había venido a rescatarnos desde nuestra propia condición.
Hebreos dice:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (Hebreos 2:17).
Pablo establece además una relación extraordinaria entre Adán y Cristo.
«Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Corintios 15:21).
Y posteriormente:
«Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45).
El rescate del hombre requería que Cristo entrara verdaderamente en nuestra humanidad.
No vino simplemente a hablarnos desde el cielo.
No vino únicamente a enviarnos instrucciones.
Vino a ponerse en nuestro lugar.
Para morir como hombre tenía que hacerse hombre.
Para derramar sangre tenía que poseer sangre.
Para experimentar nuestra condición tenía que participar de carne y sangre.
Para representarnos tenía que entrar verdaderamente en nuestra humanidad.
Y eso estaba comenzando dentro de María.
Aquí aparece la otra parte del misterio.
La humanidad necesitaba redención precisamente porque estaba bajo pecado.
Pablo lo resume:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).
Si Cristo hubiera sido simplemente otro hombre pecador, tendría el mismo problema que aquellos a quienes venía a rescatar.
Un culpable no podía cargar eficazmente con la culpa de todos.
Un pecador necesitaría primero salvación para sí mismo.
Pero el ángel había anunciado antes de su nacimiento:
«Santo Ser».
Y posteriormente toda su vida confirmaría aquella declaración.
Cristo podría acercarse al pecador sin participar de su pecado.
Podría tocar al inmundo sin convertirse moralmente en inmundo.
Podría vivir entre nosotros sin reproducir nuestra rebelión.
Podría ser tentado sin ceder.
Podría ser rechazado sin convertirse en un hombre amargado.
Podría ser odiado sin aprender a odiar.
Podría ser herido sin transformarse en verdugo.
Podría finalmente llevar nuestros pecados sin haber cometido los suyos.
El que venía a salvarnos no necesitaba ser salvado.
Hay además algo profundamente hermoso en la manera como comenzó todo.
El hombre no produjo al Salvador.
Roma no lo envió.
Israel no consiguió fabricarlo mediante esfuerzo religioso.
María misma no produjo el milagro.
José no intervino para hacerlo posible.
La iniciativa fue de Dios.
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti…»
«Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
La salvación comenzó exactamente como continuaría:
con Dios tomando la iniciativa para alcanzar al hombre.
Nosotros no conseguimos subir hasta Él.
Él descendió hasta nosotros.
No encontramos la manera de producir un Salvador.
Dios lo proporcionó.
Pero quizá una de las dimensiones más conmovedoras de este acontecimiento sea comprender lo que el Hijo aceptó voluntariamente.
El que había creado el cuerpo humano aceptó poseer uno.
El que había diseñado el vientre materno aceptó habitar en uno.
El que sostenía la vida de María permitió que, humanamente, su propia vida fuera sostenida dentro de ella.
El que había creado los nutrientes de la tierra recibiría nutrientes a través del cuerpo de su madre.
El que no necesitaba absolutamente nada para existir entró voluntariamente en una condición de dependencia humana.
No perdió su identidad divina.
Pero asumió verdaderamente nuestra humanidad.
El Creador aceptó ser cuidado por su criatura.
Y todavía no había nacido.
Aquí nuestra historia está preparada para avanzar.
Gabriel había hablado.
María había creído.
José finalmente recibiría la explicación.
El misterio había comenzado.
Pero Belén todavía estaba adelante.
Entre la anunciación y el pesebre existía algo que fácilmente comprimimos en unas cuantas páginas:
meses.
Jesús no apareció inmediatamente en Belén después de la anunciación.
Hubo una gestación.
Hubo espera.
Hubo desarrollo.
Hubo una madre llevando dentro de su cuerpo al Hijo que existía antes que ella.
Durante aquellos meses nadie veía todavía el rostro de Jesús.
No había multitudes.
No había discípulos.
No había milagros.
No había sermones.
No había pesebre.
Solamente una joven llevaba dentro de sí un misterio que el mundo todavía no podía contemplar.
El Dios que había decidido venir a nosotros no tuvo prisa por evitar ninguna etapa de nuestra humanidad.
Aceptó el proceso.
Aceptó la espera.
Aceptó el vientre.
Aceptó la dependencia.
Aceptó comenzar nuestra experiencia humana desde el lugar donde nosotros comenzamos.
Porque la encarnación no consistió simplemente en que Dios visitara al hombre.
Consistió en que el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre.
Y mientras el mundo continuaba con su vida sin saber lo que estaba ocurriendo, dentro del vientre de María avanzaba silenciosamente uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia:
el Verbo se estaba haciendo carne.
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Dr. Elio M Rivera
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.»
Juan 1:1-3,14, RVR1960
En el capítulo anterior contemplamos lo que estaba ocurriendo dentro del vientre de María.
Pero ahora necesitamos cambiar por un momento nuestra perspectiva.
Porque si observamos únicamente a María, podemos pensar que estamos contemplando el comienzo de un niño.
Juan nos obliga a mirar mucho más atrás.
Antes del vientre.
Antes de Nazaret.
Antes de Belén.
Antes de Abraham.
Antes de Adán.
Antes de los ángeles.
Antes de la primera partícula de materia.
«En el principio era el Verbo».
El que comenzaba a desarrollar un cuerpo humano dentro de María ya existía.
Más todavía:
«El Verbo era Dios».
Y todavía más:
«Todas las cosas por él fueron hechas».
Por eso la encarnación contiene una paradoja que casi sobrepasa nuestra capacidad de comprenderla:
el que había creado al ser humano estaba convirtiéndose en ser humano.
No comenzó su existencia en María.
El eterno entró en la existencia humana.
Para comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo debemos recordar el mundo al cual Cristo había decidido entrar.
Adán había pecado.
La muerte había entrado.
Pablo lo explicaría posteriormente:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…» (Romanos 5:12).
La humanidad estaba atrapada en una condición terrible.
El hombre pecaba.
El pecado producía muerte.
La muerte física terminaba alcanzando a todos.
Y detrás de la muerte física permanecía todavía el problema mucho mayor de la separación eterna de Dios.
El hombre no podía simplemente escapar.
No podía regresar al Edén.
No podía borrar su propia culpa.
No podía hacerse santo mediante sus propios esfuerzos.
No podía derrotar a la muerte porque él mismo estaba condenado a morir.
Era el mundo que hemos llamado el Imperio de la muerte.
Y desde nuestra perspectiva humana parecía no existir salida.
Pero había algo que el hombre todavía no podía imaginar.
Dios mismo entraría en el imperio.
Lo que sigue no pretende describir un acontecimiento que la Biblia haya narrado.
Es una reconstrucción literaria.
La Escritura no nos cuenta una conversación entre el Hijo y el Espíritu Santo inmediatamente antes de la encarnación. Tampoco nos dice cómo reaccionaron los ángeles ni qué comprendió Satanás en aquel instante.
Pero imaginemos la escena únicamente para intentar dimensionar una verdad que la Biblia sí declara:
«Aquel Verbo fue hecho carne».

«Aquel Verbo fue hecho carne».
Imaginemos el reino invisible.
La rebelión humana llevaba generaciones produciendo sus consecuencias.
Habían aparecido cementerios.
Guerras.
Enfermedad.
Lágrimas.
Cuerpos envejeciendo.
Madres enterrando hijos.
Hijos enterrando padres.
Reyes que también terminaban dentro de una tumba.
Ricos y pobres.
Fuertes y débiles.
Todos terminaban encontrándose con el mismo enemigo.
La muerte.
Podemos imaginar al reino de las tinieblas contemplando una humanidad incapaz de liberarse.
El hombre había pecado voluntariamente.
La sentencia existía.
La muerte continuaba avanzando.
Generación después de generación descendía a la tumba.
Parecía una prisión sin salida.
Entonces ocurrió algo que ningún ser humano habría podido diseñar.
El Hijo eterno se levantó para entrar personalmente en nuestra historia.
No necesitamos imaginar que dejó de ser Dios.
No dejó su divinidad.
No dejó de ser quien eternamente era.
Pero sí podemos contemplar lo que Pablo describiría siglos después:
«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7).
Imaginemos, entonces, utilizando el lenguaje de un palacio celestial, al Rey dejando atrás la manifestación visible de aquella gloria que le correspondía.
La corona permanece como símbolo de quién es.
El trono no deja de pertenecerle.
Su divinidad no desaparece.
Pero el Rey decide descender.
Podemos imaginarlo contemplando por última vez aquella gloria antes de entrar en una experiencia completamente nueva.
Y entonces, en nuestra reconstrucción literaria, vuelve su mirada hacia el Espíritu Santo.
—El tiempo ha llegado.
Nada más.
No conocemos una conversación semejante.
Pero conocemos la realidad que aquellas palabras imaginarias representan:
«Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» (Gálatas 4:4).
Y en la tierra, una joven llamada María continúa con su vida.
No hay ejércitos esperando.
No hay sacerdotes reunidos.
Roma no ha recibido ninguna notificación.
César no sabe nada.
Herodes no sabe nada.
Satanás no recibe un anuncio explicándole el plan.
Nazaret continúa siendo Nazaret.
Y entonces sucede.
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
En un instante que ningún ojo humano pudo contemplar, comienza el milagro.
El Creador entra en la humanidad que había creado.
El que hizo el cuerpo humano comienza a poseer un cuerpo humano.
El que diseñó la célula entra en una existencia humana que comienza microscópicamente.
El que creó el vientre materno acepta habitar dentro de uno.
El que sostiene el universo acepta ser llevado dentro del cuerpo de una joven.
El inmenso entra en lo pequeño.
El eterno entra en el tiempo.
El invisible se prepara para hacerse visible.
El Creador entra en su creación.
El Verbo se hace carne.
La Biblia no nos dice cómo reaccionaron los ángeles en el instante de la concepción.
Pero sabemos que estaban profundamente relacionados con los acontecimientos de la encarnación.
Gabriel había llevado el anuncio a María.
Un ángel explicaría el misterio a José.
Los ángeles anunciarían el nacimiento a los pastores.
Y una multitud de las huestes celestiales terminaría proclamando:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14).
Por eso podemos hacernos una pregunta sin pretender responderla como si fuera revelación:
¿Qué significó para los ángeles contemplar que su Creador entraba en la condición humana?
Ellos lo habían conocido en gloria.
Habían contemplado su autoridad.
Habían servido delante de Dios.
Y ahora el Hijo estaba entrando en una criatura que no solamente era inferior a los ángeles en poder, sino que pertenecía a una raza rebelde.
No venía para rescatar ángeles.
Hebreos lo expresa de manera sorprendente:
«Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham» (Hebreos 2:16).
Venía por nosotros.
Los rebeldes.
Los culpables.
Los que habíamos destruido tantas cosas que Él había declarado buenas.
Y el Creador decidió hacerse uno de nosotros para rescatarnos.
Aquí podemos contemplar otra dimensión extraordinaria.
Satanás conocía la muerte.
La había visto avanzar desde Adán.
Había contemplado generaciones desaparecer.
Pero el plan de Dios contenía algo que la sabiduría de este mundo no había comprendido plenamente.
Pablo escribiría:
«La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria» (1 Corintios 2:8).
El reino de las tinieblas podía contemplar a un niño vulnerable.
Después contemplaría a un hombre perseguido.
Finalmente contemplaría a Jesús clavado en una cruz.
Y quizá aquello parecería la victoria definitiva.
El Hijo de Dios había entrado en el territorio donde todos los hombres terminaban derrotados.
La muerte.
Pero allí estaba precisamente el secreto.
Jesús no había venido para evitar la muerte.
Había venido para entrar en ella.
Hebreos explica:
«Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15).
¡Qué estrategia tan extraordinaria!
El hombre estaba atrapado porque moría.
Y Dios decidió vencer a la muerte muriendo.
El enemigo podía conducir al hombre hasta la tumba.
Entonces el Hijo de Dios entraría voluntariamente en una tumba.
Pero había algo que la muerte nunca había enfrentado:
la Vida misma.
Ahora comprendemos por qué Juan 1:14 es mucho más que una hermosa descripción navideña.
«Aquel Verbo fue hecho carne».
Sin encarnación no habría cuerpo que pudiera ser clavado.
Sin encarnación no habría sangre que pudiera derramarse.
Sin encarnación no habría muerte.
Sin muerte no habría sepultura.
Y sin entrar en el territorio de la muerte no habría victoria sobre ella mediante la resurrección.
Belén y el Calvario están conectados.
El vientre y la tumba forman parte de la misma misión.
El cuerpo que comenzaba a desarrollarse dentro de María era el cuerpo que un día sería entregado.
El corazón humano que comenzaría a latir sería un día detenido por la muerte.
La sangre que comenzaría a circular sería un día derramada.
Las pequeñas manos que se formarían dentro del vientre serían un día atravesadas.
Los pies que comenzarían a desarrollarse caminarían por Galilea y finalmente serían llevados hasta el Calvario.
El Verbo se hizo carne porque había decidido entregar esa carne por nosotros.
Tal vez ésta sea una de las revelaciones más profundas acerca del carácter de Dios.
Podía enviar ángeles.
Y los envió.
Podía enviar profetas.
Y los envió.
Podía enviar mensajes.
Y los envió.
Podía entregar leyes.
Y las entregó.
Pero finalmente hizo algo incomparablemente mayor.
Vino Él.
Juan no escribió:
«El Verbo envió instrucciones».
Escribió:
«El Verbo fue hecho carne».
El rescate no sería ejecutado a distancia.
El Rey entraría personalmente en el territorio ocupado.
El Pastor entraría a buscar las ovejas.
El Creador entraría en su creación.
La Vida entraría en el imperio de la muerte.
Quizá ésta sea una de las paradojas más hermosas de toda la historia.
Algo que transformaría la eternidad humana comenzó en silencio.
No temblaron públicamente los palacios.
Roma continuó gobernando.
Los comerciantes continuaron vendiendo.
Los soldados continuaron marchando.
Los sacerdotes continuaron con sus actividades.
La gente continuó despertándose, trabajando, comiendo y durmiendo.
Nadie vio ejércitos celestiales atravesar las calles.
Nadie escuchó una trompeta anunciando que el Creador había entrado en su creación.
Solamente María llevaba dentro de sí el secreto.
Pero desde aquel momento el Imperio de la muerte tenía un invasor.
Todavía faltaban meses para Belén.
Décadas para el Calvario.
Tres días para que la tumba descubriera, finalmente, lo que había entrado en nuestro mundo.
La muerte pensaría que había recibido otra víctima.
Pero aquel que había entrado en ella no era simplemente otro hijo de Adán.
Era el Señor de la vida.
Y todo había comenzado cuando ocurrió aquello que ningún hombre podía hacer por sí mismo:
el eterno entró en el tiempo.
El Creador entró en la creación.
La Vida entró en el territorio de la muerte.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
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«En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.»
Lucas 1:39-40, RVR1960
En el capítulo anterior intentamos detenernos ante uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la historia:
«El Verbo fue hecho carne».
El eterno había entrado en el tiempo.
El Creador había entrado en su creación.
La Vida había entrado en el territorio de la muerte.
Pero después de aquel acontecimiento ocurrió algo que también merece nuestra atención.
Jesús esperó.
No apareció inmediatamente en Belén.
No descendió del cielo convertido repentinamente en un hombre adulto.
No utilizó su poder para evitar el proceso mediante el cual comienza normalmente una vida humana.
El Hijo eterno había aceptado hacerse verdaderamente hombre.
Y eso significaba aceptar también la gestación humana.
Durante aproximadamente nueve meses, María llevaría dentro de su cuerpo al que había creado el cuerpo de María.
El Creador del ser humano había aceptado poseer verdaderamente uno.

Como médico, resulta difícil contemplar la encarnación sin detenerse ante la extraordinaria realidad biológica que implica.
El cuerpo humano no aparece terminado de un momento a otro.
Se desarrolla.
Comienza una nueva vida humana en el vientre materno y, a partir de allí, ocurre una extraordinaria sucesión de procesos coordinados.
Las células se multiplican.
Se diferencian.
Comienzan a organizarse tejidos.
Se establece el plan corporal.
El sistema nervioso inicia su desarrollo.
Comienza a formarse el corazón.
Aparecen estructuras que posteriormente serán brazos y piernas.
Se desarrollan ojos, oídos y rasgos faciales.
Los órganos continúan formándose y madurando.
El pequeño cuerpo aumenta progresivamente de tamaño.
Y aquello que resulta extraordinario en cualquier embarazo adquiere aquí una dimensión difícil de expresar:
el que había diseñado todos aquellos procesos estaba aceptando pasar por ellos.
Juan había dicho:
«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).
Eso incluía el cuerpo humano.
El que había diseñado el corazón aceptó que un corazón humano comenzara a latir dentro de su propio cuerpo.
El que había diseñado el sistema nervioso aceptó poseer uno.
El que había creado la sangre aceptó que sangre humana circulara por sus vasos.
El que había creado manos aceptó que sus propias manos humanas comenzaran a formarse.
El que había creado ojos aceptó desarrollar ojos humanos con los que posteriormente contemplaría el mundo que Él mismo había hecho.
El Creador estaba viviendo desde dentro el proceso que había establecido para sus criaturas.
Esto vuelve a recordarnos algo fundamental.
La encarnación no fue un disfraz.
Jesús no apareció pareciendo hombre mientras permanecía ajeno a nuestra experiencia corporal.
Hebreos dice:
«Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
Carne y sangre verdaderas.
La humanidad de Jesús no comenzó en el pesebre.
Comenzó en el vientre.
Antes de ser un recién nacido, fue un niño en gestación.
Antes de ser cargado en los brazos de María, fue llevado dentro de su cuerpo.
Antes de recibir alimento de sus manos, dependió biológicamente de ella durante el embarazo.
El Hijo eterno aceptó una humanidad completa, no una representación teatral de ella.
Aquí encontramos una de las paradojas más hermosas de la encarnación.
Hebreos dice acerca del Hijo que sustenta:
«Todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1:3).
Y, sin embargo, en su humanidad, aquel que sostenía todas las cosas estaba siendo llevado dentro del vientre de una mujer.
María caminaba, y lo llevaba.
María descansaba, y lo llevaba.
María comía, y aquel cuerpo en desarrollo recibía de ella lo necesario para crecer.
María viajaba, y Él viajaba dentro de ella.
Esto no disminuía su identidad.
Mostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
El Todopoderoso había aceptado la vulnerabilidad de nuestra condición humana.
No porque alguien pudiera obligarlo.
Porque había decidido venir.
Lucas cuenta que, poco después del anuncio de Gabriel, María salió hacia la región montañosa para visitar a Elisabet.
«En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña…» (Lucas 1:39).
Podemos leer aquella frase rápidamente.
Pero ahora sabemos algo que transforma completamente la escena.
María no viajaba sola.
Dentro de ella comenzaba la vida humana de Jesús.
La joven caminaba por los caminos de Judea llevando dentro de su cuerpo al Creador de aquellos caminos, de aquellas montañas y de ella misma.
Probablemente nadie que la encontrara durante el trayecto podía imaginarlo.
A los ojos de cualquier viajero era simplemente una joven de Galilea.
Pero llevaba dentro de sí al Hijo de Dios.
El acontecimiento más extraordinario estaba ocurriendo oculto dentro de una de las escenas más ordinarias.
Cuando María llegó a casa de Zacarías y saludó a Elisabet, ocurrió algo extraordinario.
Lucas dice:
«Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lucas 1:41).
Entonces Elisabet exclamó:
«Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lucas 1:42-43).
Observe cuidadosamente la escena.
Jesús todavía no había nacido.
No había pronunciado una palabra.
No había realizado ningún milagro públicamente.
No había llamado discípulos.
No había predicado un sermón.
Y Elisabet, llena del Espíritu Santo, habla de María como:
«la madre de mi Señor».
La identidad del niño no comenzaría en Belén.
Ya estaba allí.
Oculto.
Invisible para los ojos humanos.
Pero allí.
Esto resulta profundamente importante.
Nuestra cultura suele relacionar la importancia de una persona con lo que puede hacer.
Pero Jesús todavía no podía realizar ninguna actividad externa visible como hombre.
No podía caminar.
No podía hablar.
No podía trabajar con sus manos.
No podía predicar.
Y, sin embargo, su identidad estaba intacta.
Elisabet no dijo:
«Algún día será mi Señor».
Dijo:
«La madre de mi Señor».
Su pequeñez física no disminuía quién era.
Su dependencia no cancelaba su identidad.
Su invisibilidad no significaba inexistencia.
El Rey estaba presente aunque nadie pudiera verlo.
Aquí surge una pregunta inevitable.
¿Por qué esperar?
¿Por qué nueve meses?
¿Por qué gestación?
¿Por qué no aparecer inmediatamente?
La Biblia no nos proporciona una explicación específica para cada una de estas preguntas.
Pero sí nos permite observar el hecho.
Dios escogió no saltarse el proceso humano.
Cristo aceptó el tiempo.
Aceptó el crecimiento.
Aceptó la espera.
Aceptó la dependencia.
Aceptó comenzar pequeño.
Esto nos revela algo acerca de la profundidad de la encarnación.
No vino solamente a experimentar los momentos extraordinarios de nuestra existencia.
Entró en ella desde su comienzo.
Mientras todo esto ocurría, Roma continuaba funcionando.
Herodes continuaba gobernando.
Los comerciantes abrían sus negocios.
Los agricultores trabajaban.
Los sacerdotes servían.
Los soldados vigilaban.
Las familias comían y dormían.
El mundo no se había detenido.
Probablemente millones de personas no tenían la menor idea de que algo había cambiado.
Y, sin embargo, dentro del vientre de una joven de Galilea, la historia humana había tomado una dirección completamente nueva.
El Salvador estaba aquí.
Todavía nadie podía verlo.
Pero estaba aquí.
Esto también forma parte de la manera de actuar de Dios.
Algunas de sus obras más extraordinarias pueden comenzar sin espectáculo.
Sin aplausos.
Sin que las autoridades se enteren.
Sin que las multitudes las reconozcan.
El acontecimiento que un día dividiría la historia estaba desarrollándose silenciosamente dentro de una madre.
No debemos olvidar a María.
La encarnación tenía consecuencias físicas para ella.
Su cuerpo estaba cambiando.
El embarazo avanzaba.
Lo que Gabriel había anunciado comenzaba a hacerse cada vez más visible.
Aquello que inicialmente solamente ella sabía ya no podía permanecer indefinidamente oculto.
Cada cambio de su cuerpo anunciaba silenciosamente que algo había ocurrido.
Y al mismo tiempo María tenía que continuar viviendo.
Caminar.
Descansar.
Comer.
Viajar.
Relacionarse con otras personas.
Esperar.
La mujer que había dicho:
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra»,
ahora tenía que vivir día tras día las consecuencias de aquel sí.
Pero dentro de ella también crecía la confirmación física de la promesa.
Cada semana que avanzaba decía:
Dios está cumpliendo lo que dijo.
Durante su encuentro con Elisabet, María pronunció palabras extraordinarias:
«Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:46-47).
Y posteriormente:
«Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; santo es su nombre» (Lucas 1:49).
María sabía que aquello no era producto de su grandeza.
El Poderoso había hecho grandes cosas.
Su respuesta no fue exaltarse a sí misma.
Fue engrandecer al Señor.
Y entonces comenzó a colocar lo que estaba ocurriendo dentro de una historia mucho mayor.
Habló de Abraham.
Habló de misericordia.
Habló de las promesas.
«Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre» (Lucas 1:54-55).
María comenzaba a comprender que el niño que llevaba dentro no pertenecía solamente a su historia personal.
Pertenecía a la historia de la redención.
Y aquí la escena adquiere una dimensión todavía más profunda.
Aquel cuerpo no se estaba formando simplemente para que Jesús pudiera vivir.
Se estaba formando también para que pudiera entregarse.
Hebreos recoge estas palabras:
«Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo» (Hebreos 10:5).
Un cuerpo.
Eso era precisamente lo que estaba desarrollándose dentro de María.
Un cuerpo que sería abrazado por ella.
Un cuerpo que crecería en Nazaret.
Un cuerpo que sentiría cansancio después de caminar.
Un cuerpo que tocaría enfermos.
Unas manos que levantarían al caído.
Unos brazos que recibirían niños.
Unos ojos que llorarían frente a la tumba de un amigo.
Una boca que anunciaría buenas nuevas.
Un corazón humano capaz de experimentar profundamente nuestra realidad.
Pero también:
un cuerpo que sería azotado.
Una cabeza que recibiría una corona de espinas.
Manos y pies que serían atravesados.
Sangre que sería derramada.
Un cuerpo que finalmente sería colocado dentro de una tumba.
La encarnación estaba preparando físicamente al Hijo para entrar hasta las últimas consecuencias en nuestra condición.
María podía contar los meses que faltaban para el nacimiento.
Nosotros, conociendo toda la historia, podemos contemplar algo más.
Cada día de desarrollo acercaba a Jesús a Belén.
Pero Belén no era el destino final.
Cada día también lo acercaba al propósito por el cual había venido.
El niño que crecía dentro de María era el mismo que años después diría:
«El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).
Había venido para morir.
Pero antes de poder morir como hombre, había aceptado vivir completamente como hombre.
Y antes de vivir como hombre adulto, aceptó ser niño.
Antes de ser niño, aceptó ser un bebé.
Y antes de nacer, aceptó permanecer durante meses dentro del vientre de una mujer.
No evitó ninguna de aquellas etapas.
Tal vez éste sea uno de los contrastes más hermosos de toda la encarnación.
El Hijo poseía poder.
Pero no utilizó ese poder para apresurar su propia humanidad.
Esperó.
Mientras su cuerpo crecía, esperó.
Mientras María caminaba, esperó.
Mientras el mundo seguía sin reconocerlo, esperó.
El Rey estaba presente, pero todavía no reclamaba un trono.
El Maestro estaba presente, pero todavía no pronunciaba sermones.
El Creador estaba presente, pero todavía no utilizaba aquellas pequeñas manos humanas.
El Salvador estaba presente, pero todavía no había llegado la hora de la cruz.
Dios había entrado en nuestro tiempo y aceptó vivir dentro de sus tiempos.
Los meses continuaron avanzando.
El cuerpo de María cambió.
El niño creció.
Aquello que comenzó invisible terminó siendo imposible de ocultar.
Y mientras se acercaba el momento del nacimiento, algo más estaba ocurriendo lejos de aquella casa.
Un emperador tomaría una decisión.
Roma ordenaría un censo.
José tendría que viajar.
María iría con él.
Y sin saberlo, el gobernante más poderoso del mundo contribuiría a llevar a aquella familia exactamente hacia la población que el profeta había señalado siglos antes:
Belén.
Pero todavía faltaba una cosa.
Antes de que el niño naciera, Dios ya había determinado cómo sería llamado.
No sería José quien escogería el nombre.
No sería María quien lo inventaría.
El nombre había venido del cielo.
Porque antes de que alguien pudiera contemplar su rostro, Dios ya había anunciado para qué había venido:
JESÚS.
«Y llamarás su nombre JESÚS…»
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Dr. Elio M Rivera
«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Mateo 1:21, RVR1960
Los meses avanzaban.
María todavía no conocía el rostro de su hijo. No sabía cómo serían sus ojos, el sonido de su llanto ni cómo se sentiría tenerlo finalmente entre sus brazos.
Pero conocía su nombre.
No tuvo que escogerlo.
Gabriel había sido preciso:
«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).
Tiempo después, José recibió exactamente la misma instrucción:
«Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Mateo 1:21).
Antes de que María y José pudieran discutir cómo llamarían al niño, Dios ya lo había nombrado.
Y en aquel nombre había un mensaje.

Su nombre fue decidido antes de su nacimiento, Jesús
Jesús era la forma griega del nombre hebreo Yeshua o Yehoshua, relacionado con una declaración profundamente arraigada en la historia de Israel:
el Señor salva.
No era un nombre desconocido entre los judíos. Otros hombres podían llevarlo.
Lo extraordinario no estaba simplemente en las letras del nombre, sino en la explicación que el ángel añadió:
«Porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
En otros hombres, aquel nombre podía expresar una esperanza acerca de Dios.
En este niño, el nombre describía lo que Él mismo haría.
El ángel no dijo:
«Porque Dios algún día salvará».
Dijo:
«Porque él salvará».
El niño recibiría un nombre relacionado con la salvación porque Él sería quien la realizaría.
La explicación del ángel contiene además un diagnóstico.
«Salvará a su pueblo…»
¿De qué?
La respuesta que muchos contemporáneos habrían deseado escuchar podía ser:
De Roma.
De Herodes.
De la opresión extranjera.
De los impuestos.
De los enemigos de Israel.
Pero el ángel señaló otro enemigo:
«De sus pecados».
Aquí Dios identifica el problema humano de una manera diferente a como solemos identificarlo nosotros.
Nos resulta relativamente sencillo reconocer lo que está mal alrededor de nosotros.
Gobiernos injustos.
Abuso.
Conflictos.
Pero el anuncio acerca de Jesús dirige la mirada hacia un lugar mucho más incómodo:
nosotros mismos.
El problema no estaba solamente en el sistema.
No estaba solamente en Roma.
No estaba solamente en los gobernantes.
Había algo roto dentro del propio ser humano.
Jesús lo expresaría años después:
«Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…» (Marcos 7:21).
El ser humano necesitaba mucho más que mejores circunstancias.
Necesitaba ser salvado.
La palabra salvar no era extraña para Israel.
Su historia estaba llena de libertadores.
Dios había utilizado a Moisés para sacar al pueblo de Egipto.
Josué los había conducido hacia la tierra prometida.
Durante el período de los jueces, Dios había levantado hombres y mujeres para librarlos de sus opresores.
David había enfrentado enemigos que amenazaban a Israel.
Una y otra vez, la salvación había significado que Dios intervenía cuando su pueblo no podía liberarse por sí mismo.
Pero aquellas liberaciones tenían límites.
Egipto podía quedar atrás y el pecado continuar dentro del corazón.
Un enemigo podía ser derrotado y posteriormente aparecer otro.
Una generación podía disfrutar paz y la siguiente volver a rebelarse.
Los libertadores podían cambiar las circunstancias.
Ninguno podía liberar al hombre de su propio pecado.
Ahora Dios estaba anunciando una salvación diferente.
Esto también comenzaba a revelar qué clase de Mesías sería Jesús.
Si su misión hubiera sido exclusivamente política, habría necesitado ejércitos.
Si hubiera venido únicamente para recuperar territorio, habría necesitado soldados.
Si su propósito hubiera sido sustituir a César, habría necesitado un trono político.
Pero si había venido a salvar del pecado, el problema era universal.
El pecado no pertenecía solamente a Roma.
También estaba en Jerusalén.
No pertenecía solamente a los gentiles.
También estaba en Israel.
No estaba solamente en los opresores.
También estaba en los oprimidos.
El problema atravesaba fronteras, idiomas, clases sociales y generaciones.
Por eso aquel niño terminaría siendo mucho más que un libertador nacional.
Su nombre apuntaba hacia una necesidad que compartía toda la humanidad.
Hay algo hermoso en el orden de los acontecimientos.
Primero vino el nombre.
Después vendría la demostración de su significado.
Pasarían años antes de que las personas comprendieran plenamente por qué se llamaba Jesús.
El niño crecería.
Después aparecería públicamente.
Comenzaría a enseñar.
Perdonaría pecados.
Buscaría a personas despreciadas.
Se sentaría con publicanos y pecadores.
Y entonces algunas de sus propias palabras comenzarían a explicar aquel nombre recibido antes de nacer:
«Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (Lucas 5:31-32).
Jesús veía al pecador de una manera sorprendente.
No solamente como culpable.
También como alguien que necesitaba ser rescatado.
No vino a negar la gravedad del pecado.
Vino precisamente porque era tan grave que el hombre no podía solucionarlo solo.
Esto nos permite descubrir algo nuevo acerca del carácter de Jesús.
Si había venido para salvar pecadores, entonces los pecadores no serían simplemente personas de quienes debía alejarse.
Serían las personas a quienes había venido a buscar.
Años después, cuando otros criticaran que se acercaba a ellos, Jesús respondería con historias.
Una oveja perdida.
Una moneda perdida.
Un hijo perdido.
En cada caso había algo que alguien consideraba suficientemente valioso como para buscarlo.
Y finalmente Jesús resumiría su misión:
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).
Aquella frase nos ayuda a comprender mejor el nombre recibido antes de su nacimiento.
Jesús no solamente vino a combatir el pecado. Vino a rescatar al pecador.
Existe una diferencia enorme.
Podía condenar el pecado sin despreciar al ser humano atrapado en él.
Podía decir la verdad sin dejar de amar.
Podía acercarse al culpable sin llamar bueno a lo malo.
Podía ofrecer perdón sin fingir que no había existido culpa.
Todo eso estaba contenido, de alguna manera, en la misión anunciada antes de su nacimiento:
«Él salvará».
María sería probablemente una de las primeras personas que pronunciaría su nombre constantemente.
Después José.
Luego sus hermanos.
Sus vecinos.
Sus amigos.
Con el tiempo lo pronunciarían pescadores de Galilea.
Enfermos que buscaban ayuda.
Ciegos que gritaban desde el camino.
Mujeres que lo seguían.
Niños que se acercaban.
Fariseos que lo cuestionaban.
Soldados que lo arrestarían.
Pilato lo escucharía.
Sus acusadores lo pronunciarían.
Y después de su resurrección aquel nombre comenzaría a cruzar fronteras.
Pedro lo pronunciaría en Jerusalén.
Pablo lo llevaría entre los gentiles.
Y aquel nombre dado a un niño todavía no nacido terminaría pronunciándose en idiomas que María y José jamás habían escuchado.
Eso resulta extraordinario.
El nombre entregado privadamente a dos personas terminaría recorriendo el mundo.
Cuando finalmente nació el niño, Mateo registra algo muy sencillo:
«Y le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25).
No necesitó otra instrucción.
José había guardado la palabra recibida.
Meses antes Dios había dicho:
«Llamarás su nombre JESÚS».
Y cuando llegó el momento:
José lo llamó Jesús.
Con aquel acto terminaba una espera y comenzaba otra historia.
El nombre que hasta entonces solamente había sido una promesa ahora pertenecía a un niño que podía ser cargado entre los brazos.
Todavía faltaba mucho para que las multitudes comprendieran a Jesús.
Algunos lo llamarían profeta.
Otros maestro.
Otros hijo de David.
Otros se preguntarían quién era.
Sus enemigos utilizarían otros nombres.
Sus discípulos tardarían en comprenderlo.
Pero antes de todas aquellas opiniones, Dios había hablado.
JESÚS.
Y había explicado el nombre:
«Porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Antes de que los hombres comenzaran a discutir quién era, Dios había declarado para qué estaba allí.
Ahora solamente faltaba que aquel niño naciera.
Pero había un problema.
María estaba en Nazaret.
Y siglos antes el profeta había señalado otro lugar:
Entonces una orden comenzó a moverse desde el centro del imperio.
César Augusto quería contar a sus súbditos.
No sabía nada de María.
No sabía nada de José.
No sabía nada de Miqueas.
Y mucho menos imaginaba que una decisión tomada desde el poder terminaría llevando a una joven embarazada exactamente hacia el lugar señalado por la profecía.
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