Dr. Elio M. Rivera
Cuando pensamos en Satanás, generalmente pensamos inmediatamente en el mal.
Pensamos en el tentador.
En el adversario.
En la serpiente de Génesis.
En aquel a quien Jesús llamó «padre de mentira».
Y debido a que estamos acostumbrados a encontrarlo de esa manera en la Biblia, podemos cometer un error importante: imaginar que siempre fue así.
Pero entonces surge una pregunta que para muchas personas resulta profundamente inquietante:
Si Dios creó todas las cosas, ¿significa eso que Dios también creó al diablo?
Y si Dios creó al diablo siendo malo, ¿no convertiría eso a Dios, de alguna manera, en el responsable del origen del mal?
La pregunta es legítima.
Y no debemos tener miedo de hacerla.
Porque si queremos conocer verdaderamente cómo es Dios, no podemos evitar las preguntas difíciles.
Tenemos que enfrentarlas.
Y ésta es una de ellas.
¿Creó Dios un ser maligno?
La respuesta que encuentro en la Escritura es no.
Dios creó una criatura.
La criatura se convirtió en rebelde.
Dios creó un ser con capacidades extraordinarias.
Ese ser utilizó esas capacidades contra su Creador.
Dios no creó al diablo como diablo.
Creó a un ser que posteriormente se corrompió.
Antes de continuar, necesitamos hacer una aclaración
Existen dos pasajes que históricamente han sido utilizados por muchos cristianos para intentar reconstruir lo que ocurrió con Satanás antes de aparecer como adversario de Dios: Ezequiel 28 e Isaías 14.
Debemos utilizarlos cuidadosamente.
Ezequiel 28 habla directamente acerca del rey de Tiro, e Isaías 14 contiene una profecía contra el rey de Babilonia.
Eso está en el texto y no debemos ignorarlo.
Sin embargo, muchos intérpretes cristianos han considerado que determinadas expresiones utilizadas en estos pasajes parecen ir más allá de la descripción ordinaria de aquellos gobernantes y pueden estar mostrando, detrás de ellos, el patrón y la realidad de una rebelión espiritual mucho mayor.
Ésa es la línea interpretativa que seguiremos aquí.
No presentaré como una declaración explícita de Génesis aquello que Génesis no dice. Pero sí reuniremos las piezas que la Escritura proporciona para intentar comprender cómo un ser creado bueno terminó convirtiéndose en el adversario que posteriormente encontramos enfrentándose a Dios y tentando al hombre.
Dios no creó un diablo
Ezequiel contiene una declaración extraordinaria:
«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28:15).
Detengámonos allí.
Desde el día que fuiste creado.
Eso significa que estamos hablando de una criatura.
No de otro dios.
No de un ser eterno rivalizando con Dios desde siempre.
No de una segunda fuerza eterna del universo.
Fue creado.
Esto es fundamental porque algunas personas imaginan el bien y el mal como si fueran dos poderes eternos luchando entre sí.
Dios de un lado.
Satanás del otro.
Como si fueran dos fuerzas semejantes.
No es la imagen bíblica.
Satanás no es el equivalente maligno de Dios.
No es omnipotente.
No es omnisciente.
No es omnipresente.
No es eterno en el mismo sentido que Dios.
Es una criatura.
Y entre el Creador y una criatura existe una diferencia infinita.
Pero el texto dice algo todavía más importante:
«Perfecto eras en todos tus caminos».
Si aplicamos este pasaje a la realidad espiritual que estamos estudiando, entonces encontramos una afirmación decisiva:
La maldad no formaba parte de su diseño original.
No salió defectuoso de las manos de Dios.
No fue creado odiando.
No fue creado mintiendo.
No fue creado rebelándose.
No fue creado deseando destruir.
Hubo un tiempo en que aquello que posteriormente conoceríamos como Satanás todavía no era Satanás.
Y esto responde una de las acusaciones más serias que pueden hacerse contra Dios.
Dios no fabricó un monstruo para después soltarlo sobre la humanidad.
La criatura que posteriormente se convirtió en enemiga de Dios tuvo un origen diferente.
¿Quién era antes de su rebelión?
Ezequiel continúa utilizando un lenguaje impresionante:
«Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura» (Ezequiel 28:12).
Sabiduría.
Herm osura.
Excelencia.
No estamos contemplando a una criatura insignificante.
El texto continúa:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura…» (Ezequiel 28:13).
Y posteriormente:
«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas» (Ezequiel 28:14).
Si, como sostiene la interpretación que estamos siguiendo, estas palabras permiten mirar detrás del rey de Tiro hacia la realidad espiritual de Satanás, entonces el cuadro resulta extraordinario.
No comenzó lejos de Dios.
Comenzó cerca.
No comenzó en oscuridad.
Conoció gloria.
No comenzó sin conocimiento.
Era «lleno de sabiduría».
No comenzó marginado.
Ocupó una posición privilegiada.
No comenzó excluido de la presencia divina.
El lenguaje lo coloca en el «santo monte de Dios».
Esto cambia mucho nuestra comprensión de la historia.
Porque significa que su rebelión no puede explicarse diciendo:
«Tal vez nunca conoció algo mejor».
Lo conoció.
Tampoco podemos decir:
«Quizá se rebeló porque Dios nunca le dio nada».
El pasaje describe exactamente lo contrario.
Había recibido muchísimo.
¿Por qué llamarlo Lucero?
Aquí necesitamos ser cuidadosos también.
Isaías 14:12 dice en la Reina-Valera 1960:
«¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!»
La palabra que nuestra traducción vierte como «Lucero» forma parte de una expresión poética relacionada con el astro brillante de la mañana.
Con el paso de los siglos, «Lucifer» llegó a utilizarse en la tradición cristiana como nombre para Satanás antes de su caída.
Por eso en este libro utilizaré en ocasiones «Lucero» para referirme al ser que, según esta interpretación, todavía no se había convertido en el adversario que posteriormente conocemos como Satanás.
Pero debemos entender la diferencia.
«Satanás» describe al adversario.
«Diablo» se relaciona con el acusador o calumniador.
Estamos hablando de aquello en lo que terminó convirtiéndose.
Nuestro interés ahora es comprender quién era antes.
¿Entonces qué salió mal?
Aquí llegamos al verdadero misterio.
Si había sido creado bueno…
Si poseía sabiduría…
Si poseía hermosura…
Si conocía la presencia de Dios…
Si había recibido una posición extraordinaria…
Entonces:
¿Por qué rebelarse?
Ezequiel nos proporciona una pista:
«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor» (Ezequiel 28:17).
Observe algo extraordinario.
Su hermosura no era mala.
Su sabiduría no era mala.
Su posición no era mala.
Su esplendor no era malo.
Todo aquello podía ser recibido con gratitud.
El problema comenzó cuando una criatura empezó a mirar los dones que había recibido y dejó de mirar al Dador.
Lo recibido comenzó a convertirse en motivo de exaltación personal.
Y esto nos enseña algo acerca de la naturaleza del orgullo.
El orgullo no siempre comienza diciendo:
«Soy malo».
Muchas veces comienza diciendo:
«Mira lo que soy».
«Mira lo que tengo».
«Mira lo que puedo hacer».
Y lentamente desaparece una pregunta fundamental:
«¿De quién recibí todo esto?»
La belleza dejó de conducirlo hacia la gratitud.
Comenzó a conducirlo hacia sí mismo.
La sabiduría dejó de ser administrada bajo Dios.
Comenzó a corromperse.
La posición dejó de ser considerada un privilegio.
Comenzó a parecer insuficiente.
Y cuando aquello que Dios le había dado dejó de ser suficiente, comenzó a desear aquello que Dios no le había dado.
El problema no era tener mucho; era querer el lugar de Dios
Isaías describe el proceso mediante una serie impresionante de declaraciones:
«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13).
Y continúa:

«…sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14).
Observe la repetición.
Subiré.
Levantaré.
Me sentaré.
Subiré.
Seré.
El centro ha cambiado.
Ya no es Dios.
Ahora es el yo.
Y aquí encontramos algo que posteriormente será fundamental para comprender Génesis 3.
La rebelión contra Dios no comienza necesariamente levantando un ejército.
Puede comenzar mucho antes.
Comienza cuando una criatura decide que ya no quiere recibir su lugar de Dios.
Quiere determinarlo ella misma.
Lucero tenía una posición.
Quería otra.
Tenía gloria.
Quería más.
Tenía autoridad.
Quería el trono.
Era criatura.
Quería ocupar el lugar del Creador.
¿Por qué Dios le dio tanta capacidad si podía utilizarla mal?
Ésta es otra pregunta que alguien podría hacerse.
Si Dios sabía que aquella criatura tenía capacidad para rebelarse, ¿por qué darle inteligencia, voluntad, autoridad y libertad?
Pero pensemos en la alternativa.
¿Qué tendría que haber hecho Dios para garantizar que ninguna criatura pudiera rebelarse jamás?
Crear seres sin posibilidad de elección.
Seres incapaces de decir no.
Seres programados para responder siempre exactamente como su Creador determinara.
Podrían ejecutar órdenes.
Pero ¿podrían amar?
Podrían obedecer mecánicamente.
Pero ¿podrían escoger la obediencia?
Ésta es una cuestión que volveremos a encontrar cuando lleguemos a Adán y Eva.
Dios hizo algo extraordinario.
Creó seres capaces de responderle.
Y esa capacidad incluía necesariamente una posibilidad peligrosa:
también podían rechazarlo.
La existencia de esa posibilidad no significa que Dios quisiera la rebelión.
Significa que la relación no estaba basada en coerción.
El regalo se convirtió en instrumento de rebelión
Aquí encontramos una de las partes más dolorosas de esta historia.
Lucero no tuvo que conseguir de otra fuente las herramientas para rebelarse.
Utilizó contra Dios aquello mismo que había recibido de Dios.
Su inteligencia.
Su capacidad de pensar.
Su voluntad.
Su influencia.
Su posición.
Su belleza.
Sus capacidades.
Aquello que había sido dado para un propósito bueno terminó siendo utilizado contra quien se lo había dado.
Y si lo pensamos detenidamente, éste continúa siendo uno de los grandes dramas de la libertad.
Dios nos da capacidad para hablar y podemos utilizarla para bendecir o destruir.
Nos da inteligencia y podemos utilizarla para servir o manipular.
Nos da autoridad y podemos utilizarla para proteger o dominar.
Nos da recursos y podemos utilizarlos para ayudar o explotar.
Nos da voluntad y podemos utilizarla para acercarnos a Él o para alejarnos.
El problema no está necesariamente en el regalo.
Está en lo que una voluntad libre decide hacer con él.
Dios no creó aquello en lo que Lucero terminó convirtiéndose
Esta distinción es fundamental para todo lo que estudiaremos después.
Podríamos expresarlo de una manera sencilla:
Dios creó la criatura.
No creó su rebelión.
Dios le dio inteligencia.
No le ordenó corromperla.
Dios le dio hermosura.
No le ordenó enorgullecerse de ella.
Dios le dio posición.
No le ordenó codiciar el trono.
Dios le dio voluntad.
No le ordenó utilizarla contra Él.
Y precisamente por eso Ezequiel puede describir dos momentos:
«Perfecto eras…»
y después:
«…hasta que se halló en ti maldad».
Entre esas dos frases se encuentra una decisión.
Y probablemente muchas decisiones.
Porque las grandes rebeliones rara vez comienzan siendo grandes.
Primero aparece un pensamiento.
Después se tolera.
Luego se alimenta.
Después comienza a modificar la manera en que interpretamos aquello que nos rodea.
Y finalmente lo que comenzó dentro termina manifestándose fuera.
En el caso de Lucero, el orgullo terminaría convirtiéndose en rebelión.
Y la rebelión ya no permanecería solamente dentro de él.
Intentaría extenderla.
Esto responde una pregunta, pero abre otra todavía más difícil
Ahora podemos responder al menos parcialmente la pregunta con la que comenzamos.
¿Creó Dios al diablo?
No en el sentido de crear deliberadamente un ser maligno.
Según la interpretación bíblica que estamos siguiendo, Dios creó un ser bueno, extraordinariamente dotado y verdaderamente libre.
Ese ser se corrompió.
Pero inmediatamente aparece una pregunta todavía más difícil.
Dios sabía lo que estaba sucediendo.
Dios conocía los pensamientos que comenzaban a crecer en aquella criatura.
Dios tenía poder suficiente para detenerlo.
Podía haberlo eliminado en el primer instante de rebelión.
Podía haber impedido que hablara con otros.
Podía haber terminado con todo antes de que aquella rebelión alcanzara dimensiones mayores.
Y, sin embargo, la historia continuó.
¿Por qué?
¿Por qué un Dios todopoderoso permitiría que una criatura utilizara contra Él la libertad que Él mismo le había concedido?
¿Por qué no terminó con Lucero antes de que pudiera convertirse en Satanás?
Y si sabía que aquella rebelión terminaría alcanzando a sus hijos en la Tierra…
¿Por qué no la detuvo?
Ésa ya no es solamente una pregunta acerca de Satanás.
Es una pregunta acerca de Dios.
Y será la pregunta que tendremos que responder a continuación.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
Al comenzar este capítulo hicimos una pregunta difícil:
Si Dios creó todas las cosas, ¿creó también al diablo?
Después de examinar la historia, comenzamos a encontrar una respuesta. Pero, sobre todo, comenzamos a descubrir algo acerca del carácter de Dios.
Aprendo que Dios es bueno.
Dios no creó deliberadamente un ser maligno. Según la interpretación bíblica que hemos seguido, Lucero salió de sus manos como una criatura buena y posteriormente se corrompió.
Esto concuerda con la descripción de la creación de Dios:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960

Aprendo que Dios no es el autor del mal.
La rebelión apareció en la criatura, no en el Creador. Dios no necesitó colocar maldad dentro de Lucero para que Lucero pudiera rebelarse.
La Escritura declara acerca de Dios:
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
1 Juan 1:5, RVR1960
Aprendo que Dios es generoso.
Lucero no comenzó desprovisto de dones. Había recibido sabiduría, hermosura, posición y capacidades extraordinarias. Antes de preguntarnos qué le faltaba, debemos recordar cuánto había recibido.
La Biblia dice:
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto.»
Santiago 1:17, RVR1960
Aprendo que Dios es el Dador.
Lucero podía contemplar su belleza, inteligencia y posición hasta olvidar una verdad fundamental: ninguna de esas cosas se había originado en él.
Todo había sido recibido.
Pablo hace una pregunta que resume perfectamente este principio:
«¿Qué tienes que no hayas recibido?»
1 Corintios 4:7, RVR1960
Aprendo que Dios no teme dar capacidades extraordinarias a sus criaturas.
Dios pudo haber creado seres sin inteligencia suficiente para cuestionar, sin voluntad suficiente para decidir y sin libertad suficiente para rechazarlo.
Pero no lo hizo.
Dios da dones y espera que sean administrados para el bien.
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.»
1 Pedro 4:10, RVR1960
Aprendo que Dios desea una relación verdadera, no una obediencia mecánica.
Ésta es quizá una de las revelaciones más profundas de este capítulo.
Dios quiso criaturas capaces de responderle.
Capaces de confiar.
Capaces de obedecer.
Capaces de amar.
Jesús expresó el corazón de esa relación:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.»
Mateo 22:37, RVR1960
Aprendo que Dios concede una libertad real.
La libertad de Lucero era tan verdadera que pudo utilizarla incluso contra Aquel que se la había concedido.
Dios presenta repetidamente en la Escritura decisiones reales delante de sus criaturas:
«Escogeos hoy a quién sirváis.»
Josué 24:15, RVR1960
Aprendo que Dios no produce la rebelión simplemente porque permita una elección.
Dar libertad no significa producir cada decisión que alguien toma con ella.
La Escritura coloca la responsabilidad moral de la tentación y del pecado en la criatura, no en Dios:
«Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.»
Santiago 1:13, RVR1960
Aprendo que Dios es digno de gratitud.
La tragedia de Lucero comenzó cuando dejó de mirar al Dador y comenzó a contemplar los dones como si fueran razón para exaltarse a sí mismo.
La respuesta correcta a lo recibido de Dios no es orgullo, sino gratitud.
«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.»
1 Tesalonicenses 5:18, RVR1960
Aprendo que Dios sigue siendo Dios aunque una criatura rechace su autoridad.
Lucero podía mirar su propia gloria.
Podía exaltarse.
Podía desear más.
Podía incluso querer el lugar de Dios.
Pero jamás podía dejar de ser criatura.
Dios, en cambio, no recibió su existencia de nadie.
«Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»
Salmos 90:2, RVR1960
Y entonces podemos mirar nuevamente toda la historia y hacer una distinción que será fundamental para todo lo que sigue.
Dios creó a Lucero.
Lucero produjo su rebelión.
Dios le dio inteligencia.
Lucero decidió cómo utilizarla.
Dios le dio hermosura.
Lucero permitió que se convirtiera en motivo de orgullo.
Dios le dio posición.
Lucero comenzó a desear el trono.
Dios le dio libertad.
Lucero decidió utilizarla contra su Creador.
Esto nos permite responder la pregunta con la que comenzamos:
Dios no creó al diablo como diablo.
Creó una criatura buena.
La criatura se corrompió.
Y esa diferencia nos revela algo extraordinariamente importante acerca de Dios:
Dios da vida, pero no produce la rebelión.
Dios da inteligencia, pero no produce el orgullo.
Dios da capacidades, pero no produce su corrupción.
Dios da libertad, pero no obliga a utilizarla contra Él.
Dios da cosas buenas porque Él es bueno.
Y quizá lo más sorprendente sea esto:
Dios concedió a sus criaturas una libertad suficientemente real para que pudieran incluso rechazarlo, porque no buscaba simplemente seres que ejecutaran órdenes.
Quería seres capaces de amarlo.
Eso no explica todavía por qué permitió que la rebelión avanzara tanto.
Pero sí comienza a mostrarnos qué clase de Dios estaba siendo acusado por el rebelde.
Un Dios bueno.
Un Dios generoso.
Un Dios que da.
Un Dios que permite una respuesta verdadera.
Y un Dios que no puede ser acusado justamente de haber creado la maldad que una criatura libre decidió producir.
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