Mientras intentamos reconstruir el mundo en el que vivieron Adán y Eva, tenemos que desprendernos de una imagen que durante siglos ha dominado nuestra imaginación.
Dos seres humanos desnudos.
Una selva.
Árboles por todas partes.
Animales caminando entre ellos.
Y quizá Adán y Eva durmiendo debajo de un árbol, sobre la tierra o refugiándose en alguna cueva.
Pero ¿dice eso la Biblia?
No.
Génesis nunca dice que Adán viviera en una cueva.
Nunca dice que durmiera debajo de un árbol.
Nunca describe el Edén como una selva tropical desorganizada.
Al contrario.
Dice algo completamente diferente:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Dios plantó.
Hubo diseño.
Hubo selección.
Hubo planificación.
Hubo belleza.
Hubo horticultura.
Hubo un sistema de riego.
Hubo árboles escogidos por su belleza y utilidad.
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Un huerto no es una selva.
Una selva crece.
Un huerto se diseña.
Alguien decide dónde estarán los árboles.
Alguien organiza el espacio.
Alguien piensa en el agua.
Alguien piensa en los frutos.
Alguien piensa en la belleza.
Y en este caso, el jardinero era Dios.
Pero aun eso puede quedarse muy corto.
Porque quizá estamos contemplando el jardín sin mirar la casa del dueño.
Era el huerto de Dios

El Huerto, era el jardín de la casa de Dios
Ezequiel utiliza una expresión extraordinaria:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).
Era:
«el huerto de Dios».
Esto siempre me ha hecho pensar.
Normalmente un jardín está relacionado con la propiedad de su dueño.
Los grandes palacios de la historia han tenido jardines.
Las residencias reales han tenido parques, fuentes, árboles, caminos y lugares destinados al descanso y al disfrute.
¿Por qué?
Porque un jardín no existe únicamente para producir alimentos.
También puede ser una extensión de la casa.
Un lugar para caminar.
Conversar.
Contemplar.
Descansar.
Encontrarse.
Y entonces Génesis nos proporciona una escena que adquiere un significado completamente diferente:
«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).

Dios paseando por el huerto del Eden.
Dios estaba allí.
Adán conocía su voz.
Eva conocía su presencia.
Aquellos primeros seres humanos no conocieron a Dios únicamente como una voz distante procedente del cielo.
Vivían en un lugar donde la presencia de Dios formaba parte de su realidad.
Y eso cambia completamente nuestra comprensión del paraíso.
Pero ¿dónde vivía Dios?

Representación artística de los palacios de Dios.
Aquí es donde tenemos que utilizar toda la Biblia.
Génesis no se detiene a describirnos la residencia de Dios.
Pero eso no significa que el resto de las Escrituras guarde silencio.
La Biblia describe repetidamente a Dios como Rey.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).
Isaías recibió una visión:
«Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo» (Isaías 6:1, RVR1960).
Daniel vio:
«un Anciano de días»
sentado sobre un trono, rodeado por una escena de extraordinaria majestad (Daniel 7:9-10).
Juan también contempló el trono de Dios:
«Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado» (Apocalipsis 4:2, RVR1960).
Después describe piedras preciosas.
Un arco iris semejante a la esmeralda.
Voces.
Truenos.
Millones de criaturas sirviendo y adorando.
La imagen bíblica de Dios nunca es la de un monarca improvisado viviendo en un universo desorganizado.
Hay Reino.
Hay trono.
Hay gloria.
Hay orden.
Hay belleza.
Hay morada.
Y hay una ciudad.
Una ciudad cuyo arquitecto es Dios
Hebreos contiene una declaración extraordinaria.
Hablando de Abraham dice:
«Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10, RVR1960).
Detengámonos allí.
Arquitecto.
Constructor.
Dios.
Pensemos por un momento en lo que eso significa.
Los seres humanos hemos producido obras arquitectónicas capaces de dejarnos sin palabras.
Palacios.
Catedrales.
Puentes.
Jardines.
Ciudades enteras.
Y nosotros somos criaturas.
Entonces intento imaginar:
¿qué puede diseñar Dios?
El mismo Dios que diseñó una flor.
El mismo que produjo la complejidad del ojo.
El mismo que hizo montañas, océanos y estrellas.
El mismo cuya imaginación llenó la Tierra de colores, formas, aromas, sonidos y criaturas.
Ahora la Biblia lo llama:
«arquitecto y constructor»
de una ciudad.
¿Qué clase de ciudad puede diseñar semejante Arquitecto?
No necesitamos imaginar demasiado.
Porque Apocalipsis nos permite contemplarla.
Dios sí nos permitió mirar la ciudad
Juan escribe:
«Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios» (Apocalipsis 21:10, RVR1960).
Y entonces comienza a describirla.
«Teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal» (Apocalipsis 21:11, RVR1960).
Había un muro.
Había doce puertas.
Había fundamentos.
Había enormes dimensiones.
Había piedras preciosas.
Juan dice:
«El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio» (Apocalipsis 21:18, RVR1960).
Después describe los fundamentos adornados con piedras preciosas.
Jaspe.
Zafiro.
Ágata.
Esmeralda.
Ónice.
Cornalina.
Crisólito.
Berilo.
Topacio.
Crisopraso.
Jacinto.
Amatista.
Y añade:
«Las doce puertas eran doce perlas […] y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio» (Apocalipsis 21:21, RVR1960).
Así que no estamos hablando de un Dios indiferente a la arquitectura o a la belleza.
Todo lo contrario.
Cuando Dios permite que Juan contemple su ciudad, encuentra una belleza difícil de describir con palabras humanas.
Y dentro de aquella ciudad encontramos algo conocido
Después ocurre algo extraordinario.
Juan entra en el siguiente capítulo y escribe:
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).
Un río.
Y después:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Ahí está nuevamente.
El árbol de la vida.
El mismo elemento que encontramos en Génesis:
«también el árbol de vida en medio del huerto» (Génesis 2:9, RVR1960).
Y ahora descubrimos algo que considero fundamental para nuestra reconstrucción.
En Apocalipsis, el árbol de la vida está relacionado con la ciudad de Dios.
No aparece en una selva distante.
Está junto al río que procede del trono.
Está:
«en medio de la calle de la ciudad».
Entonces, cuando vuelvo a Génesis y encuentro el árbol de la vida dentro del huerto de Dios, ya no puedo imaginar aquel escenario de la misma manera.
¿Pudo el huerto estar relacionado con aquella ciudad?
Génesis no dice directamente:
«El huerto estaba dentro de la ciudad de Dios».
Eso debemos reconocerlo.
Pero la revelación bíblica nos proporciona piezas que permiten reconstruir un escenario mucho más amplio.
Tenemos:
el huerto de Dios;
la presencia de Dios;
el árbol de la vida;
un río;
el santo monte de Dios;
querubines;
oro;
piedras preciosas;
y seres humanos creados para gobernar.
Después, cuando la Biblia nos muestra la realidad gloriosa del Reino de Dios, volvemos a encontrar:
una ciudad;
el trono de Dios;
un río;
el árbol de la vida;
oro;
piedras preciosas;
seres celestiales;
y seres humanos reinando con Dios.
¿Podemos demostrar con un solo versículo que Adán podía caminar desde el huerto hasta una calle de aquella ciudad?
No.
Pero tampoco podemos ignorar la acumulación de información indirecta.
Y personalmente considero que las piezas apuntan hacia una conclusión fascinante:
Adán y Eva no fueron colocados en una selva primitiva alejados de la civilización de Dios. Vivían extraordinariamente cerca de la presencia, la morada y el gobierno de su Padre.
Quizá el huerto era el gran jardín de la ciudad
Permítame utilizar una comparación.
No como doctrina.
Solamente para visualizar la idea.
Nueva York es una enorme ciudad.
Edificios.
Calles.
Residencias.
Comercio.
Actividad.
Y en medio de ella existe un enorme espacio verde:
Central Park.
Un pulmón dentro de la ciudad.
Árboles.
Agua.
Senderos.
Jardines.
Espacios para caminar y disfrutar.
¿Pudo el huerto de Dios cumplir algo semejante dentro de aquella realidad original?
No puedo demostrar la distribución arquitectónica.
Pero ahora la imagen me resulta mucho más coherente.
Un magnífico jardín relacionado con la morada del Rey.
Un lugar donde el Padre podía encontrarse con sus hijos.
Un lugar de belleza.
De vida.
De trabajo.
De disfrute.
De comunión.
Y alrededor, no necesariamente una selva interminable, sino el Reino de un Dios cuya capacidad arquitectónica y creativa supera todo lo que nosotros podemos concebir.

El huerto pudo haber sido el central Park de la ciudad de Dios
¿Y dónde vivían Adán y Eva?
Génesis no describe sus habitaciones.
Pero tampoco dice que no las tuvieran.
Esto es importante.
Durante siglos hemos llenado el silencio bíblico con una imagen primitiva.
Pero esa imagen también es una interpretación.
¿Por qué imaginar a Adán y Eva durmiendo sobre la tierra?
¿Por qué suponer que vivían en una cueva?
¿Por qué asumir que no existían moradas?
Especialmente cuando Jesucristo describe la casa de su Padre diciendo:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay» (Juan 14:2, RVR1960).
Y aquí aparece nuevamente el proyecto original.
Dios no había creado solamente a Adán y Eva.
Había ordenado:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Venía una familia enorme.
Generaciones.
Hijos.
Nietos.
Bisnietos.
Una humanidad que llenaría la Tierra.
¿Para qué tantas moradas en la casa del Padre?
La pregunta, por lo menos, merece hacerse.
Un Padre estaba formando una familia.
Y Jesucristo posteriormente describe precisamente una casa con:
«muchas moradas».
No afirmo que podamos identificar arquitectónicamente las moradas de Juan 14 con las habitaciones de Adán y Eva.
Pero el principio encaja extraordinariamente bien:
Dios prepara hogar para sus hijos.
Pablo contempló algo indescriptible
Pablo también recibió una experiencia extraordinaria.
Escribió acerca de un hombre que fue:
«arrebatado hasta el tercer cielo» (2 Corintios 12:2, RVR1960).
Después dice:
«fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:4, RVR1960).
Hay realidades que nuestras palabras simplemente no pueden describir adecuadamente.
Y Pablo escribió en otro lugar:
«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9, RVR1960).
El Dios que preparó el primer hogar del hombre es también el Dios que prepara aquello que todavía nos espera.
Y su capacidad para preparar excede nuestra imaginación.
«Estarás conmigo en el paraíso»
Entonces llegamos nuevamente a Jesucristo.
Mientras estaba muriendo en la cruz, el hombre crucificado a su lado le dijo:
«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42, RVR1960).
Y Jesús respondió:
«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960).
La palabra griega parádeisos está históricamente relacionada con la idea de un parque o jardín cercado, y la Septuaginta utiliza esa palabra para el jardín de Edén.
Pero para mí lo más hermoso de las palabras de Cristo no es:
«paraíso».
Es:
«conmigo».
Porque quizá allí encontramos la definición más profunda de todo lo que estamos estudiando.
¿Qué hacía del Edén un paraíso?
¿Los árboles?
Sí.
¿El río?
Sí.
¿La belleza?
Sí.
¿La abundancia?
Sí.
¿El árbol de la vida?
Por supuesto.
¿Una ciudad diseñada por Dios?
Extraordinario.
Pero había algo superior a todo eso:
Dios estaba allí.
El Padre podía estar cerca de sus hijos
Ahora la escena de Génesis 3:8 adquiere para mí una dimensión completamente diferente:
«oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto».
Imagine lo que significaba.
El Rey del universo no era para Adán un concepto teológico.
Era su Padre.
Su Creador.
Aquel que lo había formado.
Aquel que le había dado vida.
Aquel que le había preparado hogar.
Aquel que le había dado autoridad.
Aquel cuya voz podía reconocer.
El huerto podía ser el lugar donde el Padre dejaba el escenario de su gobierno para encontrarse con sus hijos.
Y Adán, después de sus responsabilidades, podía posiblemente retirarse a la morada que Dios hubiera preparado para él.
No puedo decir cómo era.
Pero tampoco necesito imaginarlo viviendo como un animal.
Era hijo.
Y su Padre era el Arquitecto.
¿Qué puede construir semejante Arquitecto?
Esta pregunta me sigue impresionando.
Mire una flor.
Mire una mariposa.
Mire un caballo.
Mire el océano.
Mire Saturno.
Mire una galaxia.
Y después recuerde:
el mismo Ser que diseñó todo eso es el arquitecto de la ciudad.
¿Qué clase de arquitectura puede producir una mente así?
¿Qué clase de jardines?
¿Qué clase de plazas?
¿Qué clase de viviendas?
¿Qué clase de belleza?
Juan intentó describir lo que vio y tuvo que hablar de oro semejante a vidrio, piedras preciosas, perlas, cristal, luz y gloria.
Y aun así probablemente estaba intentando describir realidades extraordinarias utilizando las limitadas palabras disponibles para un ser humano.
Por eso ya no puedo imaginar el mundo de Adán como un escenario rudimentario.
No encuentro fundamento bíblico para hacerlo.
Encuentro exactamente lo contrario:
orden, diseño, belleza, riqueza, arquitectura, gobierno, naturaleza, vida y presencia de Dios.
¿Qué aprendimos de Dios?
Pero no perdamos de vista nuestro propósito.
Esta serie no intenta principalmente descubrir cómo eran las casas del Edén.
Estamos intentando descubrir:
Y ahora tenemos nuevas piezas.
Dios no solamente crea.
Diseña.
Dios no solamente proporciona.
Embellece.
Dios no solamente gobierna.
Comparte su Reino.
Dios no solamente tiene una casa.
Prepara moradas para sus hijos.
Dios no solamente hizo al hombre y lo dejó viviendo lejos.
Quiso tenerlo cerca.
Y eso quizá sea lo más importante de todo este capítulo.
Podemos discutir cómo era la ciudad.
Podemos intentar imaginar sus edificios.
Podemos maravillarnos ante su oro.
Podemos estudiar sus piedras preciosas.
Podemos preguntarnos dónde estaban las moradas.
Pero todo eso era secundario frente al mayor privilegio que poseían Adán y Eva:
vivían cerca de su Padre.
Por eso las palabras que Jesucristo pronunció miles de años después me parecen cada vez más significativas:
«para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3, RVR1960).
Y después oró:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
Al principio:
Dios con sus hijos.
Al final:
Dios nuevamente con sus hijos.
Y en medio de ambas escenas…
está Cristo.
Todavía no llegaremos a la explicación.
Todavía falta demasiado por descubrir.
Pero ahora podemos comprender un poco mejor qué hacía del Edén un paraíso.
No era solamente el jardín.
No era solamente la ciudad.
No era solamente la vida sin enfermedad ni muerte.
No era solamente la abundancia.
Era la casa del Padre.
Y los hijos estaban en casa.
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