04. Adán y Eva fueron creados para gobernar

Dr. Elio M. Rivera

   Hasta este momento hemos visto a Adán y Eva como hijos.

  Hijos creados a imagen de Dios.

  Hijos bendecidos.

  Hijos colocados cerca de la presencia de su Padre.

  Hijos con un hogar, un propósito y un futuro.

  Pero ahora tenemos que añadir una pieza que cambia considerablemente nuestra manera de verlos.

  Dios no los creó solamente para existir.

  No los creó solamente para disfrutar del huerto.

  No los creó para pasar sus días contemplando árboles, escuchando pájaros y comiendo fruta.

 Adán y Eva, creados para gobernar

Los creó para gobernar.

  La primera vez que la Biblia anuncia la creación del hombre, inmediatamente conecta su existencia con una responsabilidad extraordinaria:

  «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Observe el orden.

  Primero:

  «a nuestra imagen».

  Y prácticamente en la misma frase:

  «y señoree».

  Imagen.

  Autoridad.

  Representación.

  Gobierno.

  No parece accidental.

  Dios estaba creando seres que reflejarían algo de Él y, al mismo tiempo, les estaba concediendo una responsabilidad dentro de su creación.

Adán y Eva, a la imagen y semejanza de Dios

Dios es Rey

  Para comprender lo que significa que el hombre fuera creado para gobernar, primero necesitamos recordar algo acerca de Dios.

  Dios es presentado en toda la Biblia como Rey.

  El salmista escribió:

  «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).

  Y también:

  «Porque Jehová el Altísimo es temible; Rey grande sobre toda la tierra» (Salmos 47:2, RVR1960).

  David declaró:

  «Tu reino es reino de todos los siglos, y tu señorío en todas las generaciones» (Salmos 145:13, RVR1960).

  Dios tiene Reino.

  Tiene trono.

  Tiene autoridad.

  Tiene dominio.

  Y entonces este Rey crea al hombre a su imagen y le dice:

  «señoree».

  Eso significa que Adán no iba a gobernar independientemente de Dios.

  No estaba recibiendo soberanía absoluta.

  No se convertía en propietario final de la Tierra.

  Seguía siendo criatura.

  Dios seguía siendo Rey.

  Pero el Rey estaba permitiendo que su hijo participara en su gobierno.

  Era autoridad delegada.

Un rey bajo el Rey

  Esto me parece extraordinario.

  Dios podía gobernar cada centímetro de la Tierra directamente.

  No necesitaba administradores humanos.

  No necesitaba que Adán organizara nada.

  No necesitaba ayuda.

  Y, sin embargo, decidió compartir responsabilidad.

  Dijo:

  «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  No dijo:

  «Yo haré absolutamente todo y ustedes solamente observen».

  Les dio una misión.

  Les entregó una esfera real de responsabilidad.

  Y aquí necesitamos comprender algo que tendrá una enorme importancia cuando lleguemos a la tentación y a la caída.

  Dios había delegado al hombre el gobierno de la Tierra.

  La Tierra seguía perteneciendo a Dios.

  Él seguía siendo el Rey soberano de toda la creación.

  Pero dentro del orden que Él mismo había establecido, Adán y Eva habían recibido la responsabilidad de gobernar este mundo bajo su autoridad.

  Dios no los colocó allí como simples espectadores mientras Él tomaba personalmente cada decisión relacionada con la administración de la Tierra.

  Los puso a gobernar.

  Eso significa que la autoridad entregada al hombre era verdadera.

  No era simbólica.

  No era decorativa.

  Tenía consecuencias.

  Pero entonces aparece una pregunta:

  ¿Cómo podía Adán gobernar un planeta si no era omnisciente?

  ¿Cómo podía saber qué hacer frente a cada nueva situación?

  ¿Cómo podría resolver problemas que nunca antes había enfrentado?

  La respuesta me parece extraordinariamente sencilla.

  No necesitaba saberlo todo porque conocía a quien lo sabía todo.

  Adán tenía acceso a Dios.

  Podemos imaginar el modelo de gobierno de esta manera.

  Adán encontraba una situación.

  La observaba.

  La evaluaba.

  Y si no sabía qué hacer, podía acudir a Dios.

  Podía hablar con su Padre.

  Podía recibir instrucción del Rey.

  Y después regresaría a aquello que estaba bajo su responsabilidad para ejecutar la voluntad que había conocido.

  Dios daba dirección.

  El hombre ejercía autoridad sobre la Tierra.

  Ése era el modelo.

  No independencia.

  Dependencia.

  No un hombre intentando descubrir por sí mismo cómo debía funcionar todo.

  Un hijo aprendiendo a gobernar junto a su Padre.

  Un rey bajo el Rey.

  Esto nos ayuda a comprender mejor por qué anteriormente vimos a Adán trabajando.

  Por qué tenía que cuidar.

  Por qué nombró animales.

  Por qué necesitaba inteligencia.

  Por qué debía aprender.

  Todo aquello no eran actividades inconexas.

  Formaban parte de su preparación para algo mayor:

  gobernar la Tierra bajo Dios.

Salmo 8 nos ayuda a comprender la grandeza de aquella posición

  Muchos siglos después, David contempló el cielo y quedó impresionado por la aparente pequeñez del ser humano.

  Escribió:

  «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:3-4, RVR1960).

  Esa pregunta es maravillosa.

  David mira la inmensidad.

  Después mira al hombre.

  Y pregunta:

  ¿por qué le das tanta importancia?

  Entonces responde:

  «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra» (Salmos 8:5, RVR1960).

  Y añade:

  «Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies» (Salmos 8:6, RVR1960).

  Observe las palabras.

  «coronaste».

  «gloria».

  «honra».

  «señorear».

  El lenguaje es impresionante.

  Adán no aparece como un ser insignificante abandonado en un jardín.

  Fue colocado en una posición de honor.

  La creación de Dios estaba siendo confiada, en cierta medida, a sus manos.

El hombre fue creado para representar a Dios en el reino de la tierra

  Aquí encontramos una relación profunda entre ser hecho a imagen de Dios y recibir autoridad.

  Una imagen representa.

  Hace visible algo.

  Y el hombre debía ejercer su gobierno de una manera que reflejara el carácter del Rey que le había concedido esa autoridad.

  Eso significa que el señorío humano nunca debió significar abuso.

  Nunca debió significar destrucción indiscriminada.

  Nunca debió significar hacer lo que quisiera simplemente porque podía.

  El modelo era Dios.

  Y ya hemos observado algunas características del gobierno divino.

  Dios crea.

  Dios ordena.

  Dios cuida.

  Dios provee.

  Dios hace fructificar.

  Dios embellece.

  Dios establece límites.

  Dios da propósito.

  Y entonces entrega al hombre una responsabilidad sobre aquello que Él mismo había creado.

  Por eso la primera aplicación práctica de la autoridad de Adán no aparece destruyendo la creación.

  La ciudad celestial en el jardín del Eden.

Aparece:

  «para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Cultivar.

  Guardar.

  Desarrollar.

  Proteger.

  Eso nos enseña mucho acerca del gobierno que Dios había imaginado.

«Sojuzgadla»

  Entonces aparece una palabra que puede sonar fuerte:

  «sojuzgadla».

  Génesis 1:28 dice:

  «llenad la tierra, y sojuzgadla» (RVR1960).

  La palabra implica ejercer dominio, poner bajo administración, llevar algo bajo una autoridad.

  Pero debemos leerla dentro del mundo anterior al pecado.

  No significa conquista violenta entre seres humanos.

  No existían guerras.

  No existían naciones enemigas.

  No existían ejércitos.

  Dios estaba hablando de la Tierra.

  Adán y Eva comenzaban en un lugar preparado, pero su misión era mayor.

  El proyecto no terminaba en el huerto.

  Debían llenar la Tierra.

  Y conforme creciera la humanidad, aquella Tierra tendría que ser administrada.

  Cultivada.

  Organizada.

  Desarrollada.

  Cuidada.

  Había potencial esperando ser utilizado.

El huerto era el comienzo, no el final

  Esto es importantísimo.

  Dios plantó un huerto.

  Pero dijo:

  «llenad la tierra».

  Por tanto, Adán y Eva no fueron creados para permanecer eternamente dentro de un pequeño espacio geográfico sin hacer nada más.

  El huerto parece haber sido su punto de partida.

  Su hogar.

  Su lugar de formación.

  El escenario inicial desde donde comenzaría una misión muchísimo más amplia.

  Con el tiempo vendrían descendientes.

  La población aumentaría.

  La humanidad se extendería.

  Y donde llegaran los hijos de Adán y Eva, llevarían consigo la responsabilidad recibida de Dios.

  Eso nos permite formular una posibilidad interesante:

  quizá el modelo del huerto debía extenderse.

  Orden.

  Belleza.

  Cultivo.

  Vida.

  Administración.

  Presencia de seres humanos que reflejaran el carácter de Dios.

  No necesariamente copiando físicamente cada árbol del Edén.

  Pero extendiendo sobre la Tierra el tipo de administración que habían aprendido de su Padre.

Esto requería enorme preparación

  Cuando comprendí esto, la imagen que tenía de Adán cambió.

  No podía ser simplemente un hombre ingenuo sin conocimientos.

  ¿Cómo gobernaría la Tierra?

  ¿Cómo administraría?

  ¿Cómo decidiría?

  ¿Cómo enseñaría a sus descendientes?

  ¿Cómo cuidaría recursos?

  ¿Cómo organizaría una humanidad creciente?

  Gobernar requiere inteligencia.

  Juicio.

  Observación.

  Capacidad para anticipar consecuencias.

  Capacidad para organizar.

  Capacidad para comunicar.

  Capacidad para tomar decisiones.

  Y sobre todo:

  conocer la voluntad del Rey.

  Porque la peor clase de gobernante es alguien que recibe autoridad y después olvida de quién la recibió.

  Adán no necesitaba convertirse en la fuente de toda sabiduría.

  Necesitaba permanecer conectado con ella.

  Mientras pudiera acudir a Dios, escuchar su dirección y después actuar conforme a ella, podía ejercer correctamente la autoridad que había recibido.

  Y esto será importantísimo más adelante.

  Porque cuando la serpiente diga:

  «seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:5, RVR1960),

  la propuesta tocará precisamente el corazón de este modelo.

  Hasta ese momento el hombre gobernaba consultando a Dios.

  La serpiente comenzaría a ofrecerle la posibilidad de determinar por sí mismo.

  Dejar de depender.

  Dejar de consultar.

  Convertirse él mismo en criterio.

  La tentación no estaría dirigida solamente hacia su apetito.

  Estaría dirigida hacia su manera de gobernar.

Adán no era dueño de la Tierra

  Aquí necesitamos establecer una diferencia fundamental.

  Dios le entregó autoridad al hombre.

  Pero no le entregó la propiedad absoluta.

  El salmista dice:

  «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmos 24:1, RVR1960).

  La Tierra seguía perteneciendo a Dios.

  Adán era administrador.

  Mayordomo.

  Representante.

  Un hijo al que el Padre había confiado una parte de su patrimonio.

  Eso coloca límites al poder humano.

  No puedo destruir aquello que me fue entregado para guardar.

  No puedo tratar como mío absoluto aquello que pertenece al Rey.

  No puedo utilizar la autoridad que recibí para contradecir a quien me la dio.

  El gobierno humano solamente funcionaría correctamente mientras permaneciera bajo el gobierno de Dios.

Dios quería gobernar la Tierra a través de sus hijos

  Aquí aparece una idea que me parece enorme.

  Dios estaba estableciendo en la Tierra un modelo de gobierno donde sus hijos participarían directamente.

  El Reino era suyo.

  La autoridad original era suya.

  Pero decidió ejercer una parte de esa administración mediante seres humanos.

  Eso significa que Dios otorgó a Adán y Eva una dignidad extraordinaria.

  No los trató como esclavos sin criterio.

  No los convirtió en robots.

  Los preparó para tomar decisiones reales dentro de una esfera de responsabilidad.

  Y cuando observamos el resto de la Biblia descubrimos algo fascinante.

  Este patrón de Dios trabajando con seres humanos aparece una y otra vez.

  Cuando Dios quiso preservar a una familia frente al diluvio, encontró a Noé y le dijo que construyera un arca.

  Cuando comenzó el proyecto de formar una nación mediante la cual serían benditas las familias de la Tierra, llamó a Abraham.

  Cuando llegó el momento de sacar a Israel de Egipto, llamó a Moisés.

  Dios podía haber aparecido directamente delante de Faraón y resolver todo sin participación humana.

  Sin embargo, dijo a Moisés:

  «Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo» (Éxodo 3:10, RVR1960).

  Cuando Israel necesitó liberación, levantó jueces.

  Cuando necesitó confrontar reyes, levantó profetas.

  Cuando su pueblo estaba amenazado en Persia, utilizó a Ester.

  Cuando llegó el momento de anunciar el Reino, Jesucristo llamó discípulos.

  Y después de su resurrección les entregó una comisión:

  «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15, RVR1960).

  Hay un pasaje todavía más impresionante.

  Dios declaró por medio de Ezequiel:

  «Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra…» (Ezequiel 22:30, RVR1960).

  Observe la expresión:

  «busqué… hombre».

  ¿Por qué buscar un hombre?

  ¿Acaso Dios no tenía poder?

  Por supuesto que sí.

  Pero desde el comienzo había decidido dignificar a los seres humanos permitiéndoles participar realmente en lo que Él hacía sobre la Tierra.

  Eso nos ayuda incluso a comprender la oración.

  Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

  Y, sin embargo, Jesús nos enseñó:

  «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7, RVR1960).

  Y Santiago escribió:

  «No tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2, RVR1960).

  ¿Por qué pedir si Dios ya sabe?

  Porque Dios no nos diseñó como espectadores.

  Nos hizo participantes.

  La oración no informa a un Dios ignorante.

  Nos coloca en relación con Él.

  Busca su voluntad.

  Solicita su intervención.

  Y nos permite participar en aquello que Él desea realizar.

  Por eso debemos expresar cuidadosamente el principio.

  No significa que Dios haya dejado de ser soberano o que sea absolutamente incapaz de actuar si ningún ser humano se lo solicita.

  La propia Escritura contiene intervenciones soberanas de Dios.

  Significa algo diferente y, en mi opinión, extraordinario:

  Dios estableció como patrón de su gobierno sobre la Tierra trabajar con hombres y mujeres, y toma seriamente la autoridad y responsabilidad que les concedió.

  Y aquí aparece el lado oscuro de este principio.

  Porque si el hombre podía cooperar con Dios, también podía utilizar su voluntad para cooperar con alguien más.

  Y eso nos llevará directamente al Edén.

Satanás también necesitaría al hombre

  Esta pieza será fundamental cuando estudiemos la tentación.

  Dios no entregó a Lucero el gobierno de la Tierra.

  No encontramos a Dios diciéndole:

  «señorea sobre la Tierra».

  Eso se lo dijo al hombre.

  Por tanto, si Lucero quería extender su rebelión al mundo que había sido confiado a Adán y Eva, tenía un problema.

  Necesitaba al hombre.

  Necesitaba conseguir la cooperación de aquellos a quienes Dios había entregado autoridad sobre la Tierra.

  Y esto nos ayuda a comprender por qué el enemigo actúa tantas veces en la Escritura mediante seres humanos.

  Necesita alguien que escuche.

  Alguien que crea.

  Alguien que acepte.

  Alguien que hable.

  Alguien que ejecute.

  Lo vemos incluso en el caso de Judas.

  Satanás quería entregar a Jesús.

  Pero necesitó a un hombre.

  Lucas dice:

  «Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote…» (Lucas 22:3, RVR1960).

  Y Judas fue después a hablar con quienes buscaban la manera de entregar a Jesús.

  Esto no elimina la responsabilidad humana.

  La confirma.

  El enemigo propone.

  Engaña.

  Tienta.

  Influye.

  Pero busca una voluntad humana que coopere.

  Eso es precisamente lo que encontraremos en Génesis 3.

  La serpiente no toma el fruto y lo introduce por la fuerza en la boca de Eva.

  Habla.

  Pregunta.

  Distorsiona.

  Promete.

  Seduce.

  Pero finalmente:

  Eva tiene que tomar.

  Y después:

  Adán tiene que decidir.

  Esto cambia enormemente la escena.

  Satanás no estaba intentando solamente conseguir que dos seres humanos rompieran una regla relacionada con una fruta.

  Estaba buscando acceso al gobierno de la Tierra mediante aquellos a quienes Dios había entregado ese gobierno.

  Lucero se había rebelado contra Dios.

  Pero ahora quería extender aquella rebelión.

  Y para hacerlo necesitaba algo que todavía no poseía:

  la cooperación del hombre.

El huerto era el comienzo, no el final

  La esfera de responsabilidad humana iba a crecer.

  Primero:

  el huerto.

  Después:

  la Tierra.

  Primero dos personas.

  Después generaciones.

  Primero una familia.

  Después una humanidad.

  Por eso la comisión de gobernar no podía terminar con Adán.

Hombre y mujer recibieron la comisión

  Hay otro detalle que considero indispensable.

  La comisión de gobernar no fue entregada solamente a Adán.

  Después de decir:

  «varón y hembra los creó»,

  la Escritura declara:

  «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:27-28, RVR1960).

  Observe:

  «los bendijo».

  «les dijo».

  Eva estaba incluida.

  Esto refuerza lo que vimos acerca de «ayuda idónea».

  Ella no fue creada para ser una sirvienta privada de Adán mientras él realizaba la gran misión.

  La misión era de ambos.

  Diferentes.

  Complementarios.

  Pero ambos dentro del proyecto de Dios.

Los hijos también formarían parte del gobierno

  Y aquí encontramos una consecuencia inevitable de:

  «Fructificad y multiplicaos».

  Adán y Eva no podrían administrar personalmente toda la Tierra si la humanidad llegaba a llenarla.

  Vendrían hijos.

  Y aquellos hijos tendrían que aprender.

  Después vendrían nietos.

  Y otros descendientes.

  El gobierno debía convertirse también en formación generacional.

  Adán tendría que transmitir lo que sabía.

  Eva también.

  Sus hijos tendrían que aprender quién era Dios.

  Qué había dicho.

  Qué les había confiado.

  Y cómo debían administrar aquello que estaba bajo su responsabilidad.

  Pero, sobre todo, tendrían que aprender el principio que sostenía todo aquel sistema:

  antes de ejercer autoridad, debían permanecer bajo autoridad.

  No bastaba saber gobernar.

  Debían conocer al Rey.

  No bastaba tener inteligencia.

  Debían conocer su voluntad.

  No bastaba poseer poder para decidir.

  Debían aprender cuándo y cómo utilizarlo.

  La relación con Dios no era entonces un añadido religioso a la vida de Adán.

  Era indispensable para cumplir correctamente su función.

  Esto significa que familia y gobierno no eran dos proyectos desconectados.

  La familia sería el medio por el cual la responsabilidad dada por Dios se extendería sobre la Tierra.

La Tierra debía llenarse de personas que reflejaran al Rey

  Ahora podemos unir dos órdenes que muchas veces estudiamos por separado:

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen»

  y:

  «llenad la tierra».

  ¿Qué ocurriría si seres creados a imagen de Dios llenaban la Tierra?

  La Tierra se llenaría de personas capaces de reflejar algo del carácter de su Creador.

  Personas capaces de gobernar.

  Crear.

  Cultivar.

  Organizar.

  Amar.

  Relacionarse.

  Y ejercer responsabilidad.

  Esto hace que el proyecto original parezca muchísimo mayor.

  Dios no quería simplemente llenar el planeta de población.

  Quería una humanidad que viviera bajo su Reino y representara su manera de gobernar.

  Una humanidad que, cuando necesitara dirección, acudiera al Rey.

  Una humanidad que escuchara a Dios y después ejerciera sobre la Tierra la autoridad que Él le había confiado.

  Una humanidad en la que la voluntad del cielo pudiera expresarse sobre la Tierra mediante hijos que conocieran a su Padre.

  Muchísimo tiempo después, Jesucristo enseñaría a sus discípulos a orar:

  «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:10, RVR1960).

  La voluntad del Rey.

  Realizada en la Tierra.

  Ése era precisamente el tipo de relación que el pecado estaba a punto de romper.

Y quizá allí entendemos mejor por qué el pecado sería tan grave

  Todavía no llegaremos a la caída.

  Pero quiero dejar una pieza preparada.

  Si Adán hubiera sido solamente un individuo privado, su decisión habría afectado principalmente su propia vida.

  Pero si Adán había recibido responsabilidad representativa y se encontraba al comienzo de una humanidad entera, entonces sus decisiones podían tener consecuencias muchísimo mayores.

  Un gobernante nunca decide solamente para sí mismo.

  Sus decisiones afectan aquello que está bajo su responsabilidad.

  Y ahora podemos comprender todavía mejor la gravedad de lo que posteriormente sucedería.

  Adán no solamente podía desobedecer una orden.

  Podía utilizar contra Dios la autoridad que había recibido de Dios.

  Ésa es una diferencia enorme.

  Y también nos ayuda a comprender el interés de Satanás en Adán y Eva.

  Si quería influir sobre la Tierra, no necesitaba comenzar conquistando montañas, ríos, animales o territorios.

  Necesitaba llegar a quienes tenían autoridad sobre ellos.

  Necesitaba convencer al gobernante.

  Necesitaba conseguir que el hombre dejara de escuchar a Dios y comenzara a escuchar otra voz.

  Por eso Génesis 3 será muchísimo más que la historia de una fruta.

  Será un conflicto de autoridad.

  Un conflicto de confianza.

  Un conflicto de gobierno.

  ¿A quién escuchará el hombre?

  ¿De quién recibirá dirección?

  ¿Continuará gobernando bajo Dios?

  ¿O utilizará la autoridad recibida para independizarse de quien se la concedió?

  Pero todavía no adelantemos la historia.

  Por ahora contemplemos a Adán y Eva como Dios los había diseñado.

  No derrotados.

  No expulsados.

  No escondidos.

  No bajo maldición.

  Sino:

  bendecidos, preparados y autorizados para gobernar.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo añade una característica muy importante al retrato que estamos construyendo.

  Dios comparte autoridad.

  No porque la necesite compartir.

  Sino porque decidió dignificar a sus hijos permitiéndoles participar en su gobierno.

  Eso nos muestra a un Dios que confía responsabilidades verdaderas.

  Un Dios que no desea hijos permanentemente inútiles.

  Un Dios que espera crecimiento.

  Un Dios que desarrolla capacidades.

  Un Dios que prepara a sus hijos para administrar aquello que coloca en sus manos.

  Y ahora podemos añadir algo más:

  Dios no solamente entrega autoridad; enseña a sus hijos a ejercerla en comunión con Él.

  El modelo nunca fue:

  «Yo soy Dios, así que haré todo mientras ustedes observan».

  Ni tampoco:

  «Les entrego la Tierra; ahora arréglenselas solos».

  El modelo era muchísimo más hermoso:

  «Yo soy su Padre y su Rey. Ustedes son mis hijos. Aprendan de mí, conozcan mi voluntad y gobiernen aquello que he puesto en sus manos».

  Podemos entonces añadir nuevas características:

  Dios es Rey.

  Dios gobierna con orden.

  Dios delega autoridad.

  Dios confía responsabilidades importantes.

  Dios trabaja con hombres y mujeres para realizar sus propósitos sobre la Tierra.

  Dios desea que sus hijos participen en su Reino.

  Pero quizá la pieza más sorprendente sea ésta:

  el propósito original del hombre no era simplemente vivir bajo el gobierno de Dios; era aprender a gobernar con Él y bajo Él.

  Eso explica la inteligencia.

  Explica el trabajo.

  Explica la responsabilidad.

  Explica el mandato de llenar la Tierra.

  Explica la oración.

  Explica por qué encontramos a Dios una y otra vez buscando hombres y mujeres dispuestos a colaborar con Él.

  Y también comenzará a explicar por qué el enemigo buscaría seres humanos dispuestos a colaborar con su rebelión.

  Pero, sobre todo, explica por qué la relación con Dios era tan importante.

  Un hijo podía gobernar correctamente solamente mientras permaneciera unido al corazón y a la voluntad de su Padre.

  Tal vez por eso el verdadero peligro del árbol nunca fue simplemente comer una fruta.

  El verdadero problema sería algo mucho más profundo:

  ¿seguiría el hombre gobernando bajo Dios, consultando al Rey y ejecutando su voluntad, o aceptaría la propuesta de gobernarse independientemente de Él?

  Y detrás de esa pregunta aparecería otra:

  ¿qué sucedería si el hombre utilizaba la autoridad que Dios le había entregado para ponerse de acuerdo con el enemigo de Dios?

  Todavía no respondamos.

  Estamos acercándonos a ese momento.

  Por ahora guardemos esta imagen:

  un Rey sobre todo;

  un Padre;

  dos hijos creados a su imagen;

  una Tierra delante de ellos;

  una autoridad verdaderamente delegada;

  y una comisión extraordinaria:

  «llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread».

  Adán y Eva no habían sido creados simplemente para habitar el mundo.

  Habían sido creados para gobernarlo bajo la autoridad de Dios.

  Y precisamente por la autoridad que habían recibido, la decisión que algún día tomaran acerca de a quién escucharían podría cambiar mucho más que sus propias vidas.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.