Dr. Elio M. Rivera
Hasta este momento, cada vez que Dios había contemplado su creación, una expresión se había repetido:
«Y vio Dios que era bueno».
La luz era buena.
La tierra producía.
Los mares estaban llenos de vida.
Los cielos tenían aves.
La tierra tenía animales.
Finalmente, después de la creación del hombre y la mujer, Dios contemplaría el conjunto y declararía:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
Pero antes de llegar allí aparece una declaración inesperada.
Por primera vez en el relato escuchamos a Dios decir:
«No es bueno».
¿Y qué era aquello que no era bueno?
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Eso merece toda nuestra atención.
Adán estaba en un mundo sin pecado.
Tenía relación con Dios.
Tenía alimento.
Tenía una responsabilidad.
Tenía animales.
Tenía un lugar extraordinario donde vivir.
Y, sin embargo, Dios observó algo que faltaba.
«No es bueno que el hombre esté solo».
No fue Adán quien primero apareció reclamando una esposa.
Fue Dios quien observó al hombre y declaró que aquella condición no era buena.
Esto nos revela algo profundamente hermoso acerca de Dios.
Dios presta atención a las necesidades humanas.
Incluso a aquellas que nosotros todavía no hemos expresado.
«Le haré ayuda idónea para él»
Aquí encontramos una expresión que ha sido malentendida muchas veces:
«ayuda idónea».
En nuestro idioma, la palabra «ayuda» puede sonar como si describiera a alguien de menor importancia.
Un asistente.
Un subordinado.
Alguien colocado allí simplemente para hacer lo que otra persona le ordene.
Pero no debemos colocar sobre el texto bíblico ideas que el texto no contiene.
La palabra «ayuda» no convierte a Eva en una criatura inferior.
De hecho, el Antiguo Testamento utiliza repetidamente la idea de ayuda para referirse al propio Dios.
El salmista dice:
«Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra» (Salmos 124:8, RVR1960).
Y también:
«Oh Israel, confía en Jehová; él es tu ayuda y tu escudo» (Salmos 115:9, RVR1960).
Evidentemente, llamar a Dios nuestra «ayuda» no significa que Dios sea inferior a nosotros.
Por tanto, tampoco podemos tomar automáticamente la palabra aplicada a Eva y convertirla en una declaración de inferioridad.
La expresión completa es:
«ayuda idónea para él».
Es decir, alguien correspondiente a él.
Adecuada para él.
Alguien que pudiera estar frente a él como su contraparte humana.
Esto encaja perfectamente con lo que acaba de ocurrir.
Adán había contemplado a los animales.
Había observado una enorme diversidad de criaturas.
Pero el relato termina diciendo:
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
Entre todas aquellas criaturas no había nadie que correspondiera al hombre.
Entonces Dios hizo algo completamente diferente.
Eva no fue otro animal para que Adán dominara
Esto es muy importante.
Dios había dado al hombre autoridad sobre los animales.
Génesis 1 dice:
«y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra» (Génesis 1:26, RVR1960).
Pero cuando Dios crea a la mujer, no la coloca dentro de aquella lista.
Eva no aparece como otro ser sobre el cual Adán debía ejercer el mismo tipo de dominio que ejercería sobre los animales.
Ella pertenece a otra categoría.
Génesis ya había establecido:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).
Ambos participan de esa dignidad.
Ambos son humanos.
Ambos forman parte de aquella humanidad creada a imagen de Dios.
Y cuando Dios pronuncia la bendición y entrega el mandato de llenar la tierra y sojuzgarla, el texto dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Los bendijo.
Les dijo.
El proyecto no era solamente para Adán.
Eva participaría en él.
Por eso «ayuda idónea» no significa:
«alguien que Adán podía pisotear».
No significa:
«alguien de quien podía aprovecharse».
No significa:
«alguien cuya existencia tenía menos valor».
Significa que Dios estaba proporcionando a Adán aquello que no había encontrado en ninguna otra criatura:
una persona correspondiente a él con quien pudiera compartir la vida y el propósito que Dios les daría.
Ser diferentes no significa valer diferente
Aquí encontramos un principio que necesitamos recuperar.
El hombre y la mujer no tenían que ser idénticos para poseer la misma dignidad delante de Dios.
Diferencia no significa inferioridad.
Ser distintos no significa que uno tenga derecho a despreciar al otro.
De hecho, la expresión «ayuda idónea» apunta precisamente hacia una correspondencia.
Algo faltaba cuando Adán estaba solo.
Y aquello que faltaba no sería solucionado creando simplemente otro Adán exactamente igual.
Dios hizo a la mujer.
Diferente.
Pero correspondiente.
Capaz de relacionarse con él de una manera que ninguna otra criatura podía hacerlo.
Capaz de hablar con él.
Pensar.
Decidir.
Amar.
Compartir.
Formar con él una familia.
Y participar junto con él en aquello que Dios había determinado para la humanidad.
Esto nos ayuda a mirar las diferencias entre hombre y mujer desde una perspectiva distinta.
Las diferencias no necesariamente existen para separarnos.
Pueden permitirnos complementarnos.
Donde uno necesita ayuda, el otro puede aportarla.
Donde uno posee una perspectiva, el otro puede enriquecerla.
No para competir acerca de quién vale más.
Sino para realizar juntos algo que ninguno estaba destinado a realizar solo.
Dios vio la necesidad antes que Adán
Pero hay otra parte de esta historia que me conmueve profundamente.
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo»
antes de que encontremos a Adán diciendo:
«Estoy solo».
Eso significa que Dios estaba observando algo en la vida de Adán que el texto todavía no nos muestra a Adán expresando.
Dios conocía al hombre que había formado.
Sabía para qué lo había creado.
Sabía cómo funcionaba.
Sabía lo que podía disfrutar.
Sabía lo que podía hacer.
Y sabía también lo que necesitaba.
Eso cambia nuevamente la imagen de Dios.
Porque algunas veces pensamos que Dios solamente presta atención a las grandes cuestiones espirituales.
La obediencia.
El pecado.
La adoración.
La eternidad.
Pero aquí encontramos a Dios interesado en algo profundamente humano:
la compañía.
Adán no necesitaba solamente un lugar.
Necesitaba alguien con quien compartirlo.
No necesitaba solamente trabajo.
Necesitaba alguien con quien compartir la vida.
No necesitaba solamente criaturas alrededor.
Necesitaba una persona que pudiera conocerlo y ser conocida por él.
Y Dios consideró aquella necesidad suficientemente importante para decir:
«No es bueno».
El Dios que creó la relación humana
Esto nos lleva hacia algo todavía mayor.
La relación humana no aparece en Génesis como una invención posterior de la sociedad.
Forma parte del propósito de Dios desde el principio.
La Biblia dirá posteriormente:
«Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero» (Eclesiastés 4:9-10, RVR1960).
Fuimos creados con capacidad de relacionarnos porque la vida humana no fue diseñada para desarrollarse completamente en aislamiento.
Necesitamos hablar.
Escuchar.
Compartir.
Ayudar.
Ser ayudados.
Dar.
Recibir.
Conocer.
Ser conocidos.
Y esto también nos ayuda a comprender que necesitar a otra persona no necesariamente constituye una debilidad.
Adán no estaba defectuoso.
No había pecado.
Y aun así Dios dijo que no era bueno que estuviera solo.
Eso significa que la necesidad de relación puede formar parte del propio diseño humano.
Fuimos creados para Dios.
Pero también fuimos creados para relacionarnos unos con otros.
Una «ayuda» a la que también habría que amar
Mucho después, cuando la Biblia hable de la relación entre esposo y esposa, jamás dará al hombre permiso para utilizar a la mujer en beneficio propio.
Todo lo contrario.
Pablo escribirá:
«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25, RVR1960).
Ese modelo destruye cualquier interpretación que convierta el liderazgo en licencia para abusar.
El modelo presentado al esposo cristiano no es:
«aprovéchate de ella».
Es:
«entrégate por ella».
Cristo no utilizó a la Iglesia para su comodidad.
Se entregó por ella.
Por tanto, cualquier idea de autoridad que permita humillar, pisotear, abusar, despreciar o utilizar a la mujer contradice el modelo que posteriormente encontramos en Cristo.
Pedro incluso ordenaría a los esposos:
«dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida» (1 Pedro 3:7, RVR1960).
Observe esa palabra:
«coherederas».
No propiedad.
No objeto.
No instrumento.
Coheredera.
Eso nos permite regresar al Edén con una mirada diferente.
Eva no estaba a punto de aparecer para convertirse en una herramienta al servicio de Adán.
Dios estaba a punto de proporcionar al hombre una persona con quien pudiera compartir algo que solo no podía experimentar plenamente:
la comunión humana.
¿Qué aprendimos de Dios?
Esta vez nuestro retrato adquiere una dimensión particularmente tierna.
Encontramos a un Dios que observa las necesidades que no siempre sabemos expresar.
Un Dios que no considera debilidad nuestra necesidad de relacionarnos.
Un Dios que concede dignidad tanto al hombre como a la mujer.
Un Dios que crea diferencias sin convertirlas automáticamente en categorías de superioridad e inferioridad.
Un Dios que diseñó la ayuda mutua.
Un Dios que espera que aquello que es diferente sea honrado, no pisoteado.
Podemos entonces añadir nuevas características:
Dios es considerado.
Dios conoce nuestras necesidades.
Dios valora la compañía y la comunión.
Dios dignifica tanto al hombre como a la mujer.
Dios diseñó las diferencias para que pudieran servir a la relación, no para justificar el abuso.
Pero quizá hay una característica todavía más profunda.
Dios vio que algo no era bueno…
y decidió hacer algo al respecto.
Eso nos muestra que el Dios que estamos conociendo no es indiferente a la condición de sus hijos.
Observa.
Conoce.
Y actúa.
Adán todavía no había visto a Eva.
No conocía su rostro.
No había escuchado su voz.
Ni siquiera sabía cómo Dios resolvería aquello que faltaba.
Pero Dios ya lo sabía.
Y quizá esta sea la pieza que debemos guardar:
Antes de que Adán pudiera conocer completamente su necesidad, Dios ya había pensado en la respuesta.
Ahora sí estamos preparados para contemplar uno de los momentos más hermosos de Génesis.
Porque Dios estaba a punto de formar a Eva.
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