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Cristopedia: Ciencia y creación — Las estrellas y los cometas, del Dr. Elio M. Rivera, es una invitación a levantar los ojos al cielo y descubrir que detrás de cada estrella, cada rayo de luz y cada cometa existe un universo mucho más extraordinario de lo que podemos percibir a simple vista.

A lo largo de sus páginas, el lector encontrará explicaciones científicas claras, datos sorprendentes, ejemplos fáciles de comprender y preciosas imágenes que permiten acercarse visualmente a las maravillas del espacio. Descubrirá qué es realmente una estrella, de qué está hecha, cómo produce cantidades extraordinarias de energía, qué nos revela su luz, por qué existen estrellas de diferentes colores y tamaños y qué tan inmensas son las distancias que las separan de nosotros.

El viaje continúa con los cometas, esos extraordinarios visitantes del sistema solar. El lector conocerá cómo están formados, por qué desarrollan colas que pueden extenderse millones de kilómetros y las fascinantes historias de algunos de los cometas más famosos, como Halley, Hale-Bopp, Hyakutake, NEOWISE y McNaught, además de sorprendentes misiones espaciales que permitieron estudiarlos de cerca.

Pero este libro ofrece algo más que astronomía.

Cada descubrimiento científico se convierte en una oportunidad para detenernos, contemplar y maravillarnos. Porque cuanto más conocemos la extraordinaria estructura, orden y belleza de lo creado, más profunda puede hacerse una pregunta: ¿qué nos revela la creación acerca de su Creador?

Así, el lector no solamente encontrará estrellas y cometas. Encontrará una invitación a buscar al Creador detrás de la creación y a contemplar su grandeza, sabiduría y corazón a través de la extraordinaria obra de sus manos.

Ciencia y fe recorren juntas estas páginas, no como enemigas, sino como dos caminos que pueden llevarnos a mirar el universo con mayor profundidad. Como expresa el propósito de Cristopedia, conocer cómo funciona una estrella no disminuye el asombro; puede aumentarlo.

Un libro para aprender, contemplar y maravillarse; para mirar las estrellas con nuevos ojos y descubrir que, mientras más conocemos la creación, más razones encontramos para levantar la mirada hacia el Creador.

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Dr. Elio M Rivera

Dr. Elio M. Rivera

  Antes de continuar con la historia hay un detalle acerca de Adán que necesitamos observar.

  Durante mucho tiempo, cuando pensaba en el primer hombre, nunca me había detenido a considerar qué clase de capacidades intelectuales tendría.

  Pero Génesis nos proporciona una pista extraordinaria.

  Adán recibió una tarea que, cuando la pensamos detenidamente, no parece sencilla:

poner nombre a los animales que Dios llevó delante de él.

  La Escritura dice:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Y continúa:

«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Lea nuevamente esas palabras.

«Para que viese cómo las había de llamar».

  Dios no parece estar dictándole los nombres.

  No le entregó, al menos según el relato, una lista previamente preparada.

  Los animales fueron llevados delante de Adán…

  y Adán decidió cómo llamarlos.

  Eso requiere que nos detengamos.

¿Qué clase de inteligencia tenía Adán?

  A veces podemos imaginar al primer hombre como un ser humano extremadamente rudimentario, casi incapaz de comprender el mundo que acababa de conocer.

  Pero esa no es la impresión que produce Génesis.

  Desde el comienzo encontramos a un hombre capaz de recibir instrucciones, comprenderlas, comunicarse, observar su ambiente, realizar una labor y ahora asignar nombres a una enorme variedad de criaturas.

  Poner nombre a un animal puede parecer sencillo.

  Poner nombre a muchos comienza a ser otra cosa.

  Porque un nombre tiene que permitir distinguir a una criatura de otra.

  Adán tenía delante de él una enorme diversidad.

  La Biblia habla de:

«toda bestia del campo»,

«toda ave de los cielos»

  y:

«todo ganado del campo».

  No sabemos el número exacto de criaturas que fueron llevadas delante de él, y no sería correcto inventarlo.

  Tampoco debemos afirmar que Génesis 2 dice que Adán nombró peces, insectos, árboles o plantas, porque el pasaje no lo dice.

  Pero las categorías que sí menciona representan por sí mismas una enorme diversidad de animales.

  Grandes.

  Pequeños.

  Rápidos.

  Lentos.

  Con diferentes formas.

  Diferentes comportamientos.

  Diferentes características.

  Diferentes maneras de desplazarse.

  Y Adán tenía que distinguirlos.

  Eso implica mucho más que inventar palabras.

  Tenía que observar.

  Tenía que reconocer diferencias.

  Tenía que identificar características.

  Tenía que recordar los nombres que ya había asignado para no confundirlos con los siguientes.

  Tenía que utilizar lenguaje.

  Tenía que relacionar un nombre con una criatura determinada.

  Y conforme aumentaba el número de animales, aumentaba también la cantidad de información que tenía que manejar.

  Un nombre.

  Otro nombre.

  Y otro.

  Y otro.

  Cada nueva criatura añadía información que debía conservar.

  Esto supone una capacidad de memoria extraordinaria.

  Y probablemente también alguna forma de organización mental.

  No podemos afirmar que Adán utilizara una clasificación zoológica semejante a la moderna; la Biblia no dice eso.

  Pero sí podemos afirmar algo mucho más sencillo:

tenía que distinguir unas criaturas de otras para poder nombrarlas.

  Y distinguir requiere reconocer características.

  Un ave no era igual que otra.

  Una bestia no era igual que otra.

  Un animal podía compartir características con otros y, al mismo tiempo, poseer rasgos que permitieran distinguirlo.

  Adán estaba observando diversidad y asignándole lenguaje.

  Eso requiere inteligencia.

Un hombre que acababa de ser creado

  Y aquí aparece algo todavía más sorprendente.

  Adán no había ido a la escuela.

  No había estudiado zoología.

  No tenía libros.

  No tenía maestros humanos.

  No había recibido décadas de educación.

  No podía consultar una enciclopedia.

  No tenía fotografías.

  No tenía una computadora.

  No podía escribir el nombre de un animal en un buscador para averiguar qué era.

  De hecho, no había generaciones anteriores de seres humanos de quienes aprender.

  Él era el primero.

  Y, sin embargo, la primera imagen que la Biblia nos proporciona del intelecto humano no es la de una mente vacía e incapaz.

  Es la de una mente funcionando.

  Observando.

  Comprendiendo.

  Recordando.

  Utilizando lenguaje.

  Tomando decisiones.

  Asignando nombres.

  Eso me parece extraordinario.

  Porque significa que, según la narración bíblica, Adán no fue creado intelectualmente como un bebé dentro del cuerpo de un adulto.

  El relato lo presenta desde el comienzo con capacidades suficientes para comprender las instrucciones de Dios y realizar las tareas que le fueron confiadas.

  Su mente estaba preparada para funcionar.

  Su lenguaje estaba preparado para comunicarse.

  Su memoria estaba preparada para almacenar información.

  Su inteligencia estaba preparada para observar el mundo que lo rodeaba.

  Y ahora Dios iba a permitirle utilizar todas esas capacidades.

Dios quiso ver qué nombres escogería Adán

  Hay una expresión en Génesis que particularmente me llama la atención:

«las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Piense en eso.

  Dios era el Creador de aquellos animales.

  Él los conocía perfectamente.

  No necesitaba que Adán le explicara qué había creado.

  Sin embargo, en lugar de hacerlo todo por él, Dios dejó una parte de aquella experiencia abierta a la decisión del hombre.

  «Para que viese cómo las había de llamar».

  Adán podía pensar.

  Podía decidir.

  Podía escoger.

  Y después encontramos una frase todavía más impresionante:

«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre».

  Dios permitió que las decisiones de Adán tuvieran significado.

  Eso nos muestra a un hombre utilizando la inteligencia que había recibido y a un Dios permitiéndole ejercerla.

  Y quizá aquí estamos viendo una de las primeras manifestaciones prácticas de aquello que ya habíamos leído:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  El hombre no había sido creado solamente para contemplar pasivamente la creación.

  Podía estudiarla.

  Comprenderla.

  Organizar mentalmente la información que recibía.

  Utilizar lenguaje para describirla.

  Y ejercer sobre ella la responsabilidad que Dios le había concedido.

Una tarea que debió requerir tiempo

  Hay otra pregunta inevitable:

¿Cuánto tiempo tomó todo aquello?

  La Biblia no lo dice.

  Y por eso nosotros tampoco debemos inventarlo.

  No sabemos cuánto duró el proceso.

  Pero sí podemos reconocer algo evidente: observar y nombrar una gran diversidad de criaturas constituye una tarea real.

  No debemos imaginar necesariamente toda la escena ocurriendo apresuradamente en unos cuantos minutos.

  El texto simplemente nos dice que Dios llevó las criaturas delante de Adán y que Adán las nombró.

  El tiempo exacto no nos ha sido revelado.

  Pero la tarea misma nos permite observar algo que será importante más adelante:

  Adán estaba teniendo experiencias antes de la creación de Eva.

  Estaba trabajando.

  Estaba aprendiendo.

  Estaba observando.

  Estaba ejerciendo autoridad.

  Estaba utilizando su inteligencia.

  Estaba conociendo el mundo donde viviría.

  Y mientras hacía todo aquello estaba ocurriendo algo más que quizá Adán todavía no comprendía completamente.

Entre todas aquellas criaturas no había nadie como él

  Después de describir aquella enorme tarea, Génesis termina con una frase que cambia el sentido de toda la escena:

«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).

  ¿Por qué aparece esa declaración precisamente allí?

  Adán había visto animales.

  Muchos animales.

  Había observado sus diferencias.

  Había reconocido sus características.

  Había distinguido unos de otros.

  Pero entre toda aquella diversidad había algo que no encontró:

alguien correspondiente a él.

  La Biblia no nos dice exactamente qué pensaba Adán mientras realizaba la tarea.

  No debemos poner palabras en su boca.

  Pero sí nos revela el resultado:

«para Adán no se halló ayuda idónea para él».

  Y aquí aparece algo fascinante.

  Dios ya sabía esto.

  Antes de presentar los animales delante de Adán había dicho:

«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).

  Dios conocía la necesidad.

  Pero en lugar de resolverla inmediatamente, permitió que ocurriera todo este proceso.

  Eso me hace preguntarme si aquella experiencia no tenía también un propósito para Adán.

  Dios sabía que no había entre los animales una compañía correspondiente al hombre.

  Pero ahora Adán podía observarlo por sí mismo.

  Podía descubrir su propia singularidad.

  Podía reconocer que, entre aquella enorme diversidad de criaturas, faltaba alguien como él.

  Y solamente después de ese descubrimiento la historia continúa.

  Esto prepara de una manera extraordinaria lo que sucederá a continuación.

  Porque cuando Eva finalmente aparezca delante de Adán, él no estará contemplando simplemente otra criatura.

  Después de haber visto tanta diversidad y no encontrar a nadie correspondiente a él, por fin podrá reconocer algo completamente diferente.

  Pero eso merece su propio capítulo.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Esta escena añade nuevas características al retrato que estamos construyendo.

  Encontramos a un Dios que no parece sentirse amenazado por la inteligencia de sus hijos.

  Por el contrario, les permite utilizarla.

  Dios pudo decidir cada nombre y simplemente comunicárselo a Adán.

  Pero no lo hizo.

  Le concedió espacio para observar, pensar y decidir.

  Eso nos permite añadir nuevas piezas:

Dios estimula la inteligencia.

Dios permite descubrir.

Dios concede libertad para tomar decisiones reales.

Dios permite que las capacidades que ha dado sean desarrolladas y utilizadas.

Dios enseña no solamente hablando, sino también permitiendo experiencias.

  Y encontramos algo todavía más profundo.

  Dios conocía una necesidad de Adán antes de que el relato mostrara a Adán enfrentándose a ella.

  No solamente sabía lo que el hombre podía hacer.

  Sabía también lo que le faltaba.

  Y en lugar de apresurar la respuesta, parece permitir un proceso mediante el cual aquella realidad pudiera hacerse evidente.

  Eso añade otra característica:

Dios conoce profundamente a sus hijos.

  Conoce sus capacidades.

  Conoce sus límites.

  Conoce aquello para lo que fueron hechos.

  Y conoce también aquello que necesitan, incluso antes de que ellos puedan expresarlo.

  Pero quizá la pieza más importante de este capítulo sea esta:

Dios no creó una mente humana para mantenerla apagada. La creó para pensar, observar, aprender, decidir y descubrir.

  Adán acababa de utilizar aquella extraordinaria inteligencia frente a una inmensa diversidad de criaturas.

  Y al terminar la tarea había descubierto algo que ninguna de ellas podía resolver.

  Entre todas…

  no había nadie como él.

  Dios ya lo sabía.

  Y lo que estaba a punto de hacer nos mostrará una nueva faceta de su corazón.

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Dr. Elio M. Rivera

  Ahora llegamos a uno de los puntos que durante años más me molestaron de la historia de Adán y Eva.

  El árbol.

  Si Dios no quería que Adán comiera de él, ¿por qué estaba allí?

  ¿Por qué colocarlo dentro del huerto?

  ¿Por qué permitir siquiera la posibilidad de desobedecer?

  Durante mucho tiempo yo veía aquel árbol casi como un problema creado innecesariamente por Dios.

  Si el árbol no hubiera estado allí, pensaba, Adán no habría podido comer de él.

  Si no hubiera podido comer de él, no habría ocurrido la desobediencia.

  Y si no hubiera ocurrido la desobediencia, todo lo que vino después podría haberse evitado.

  Parecía muy sencillo.

  Quite el árbol y quite el problema.

  Pero había algo que yo no estaba considerando.

  Si quitamos completamente la posibilidad de escoger en sentido contrario, también hemos quitado algo extraordinariamente importante:

la libertad.

«De todo árbol del huerto podrás comer»

  Antes de concentrarnos en la prohibición, volvamos a leer exactamente lo que Dios dijo.

«Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Hay dos elementos en estas palabras.

  Hay una enorme libertad:

«De todo árbol del huerto podrás comer».

  Y existe un límite:

«mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás».

  Libertad.

  Y límite.

  Ambas cosas aparecen juntas.

  Dios no le dijo a Adán que no podía tocar nada.

  Tampoco le dio una libertad sin ninguna frontera.

  Le permitió escoger dentro de una enorme abundancia, pero estableció una decisión que pertenecía al terreno moral.

  Había algo que podía hacer.

  Y había algo que no debía hacer.

  Eso significa que Adán podía obedecer.

  Pero también significa que podía desobedecer.

  Y allí comienza a aparecer algo extraordinariamente importante.

¿Puede existir libertad si solamente existe una opción?

  Imagine por un momento un mundo en el que Adán hubiera sido creado incapaz de desobedecer.

  Podría caminar.

  Podría hablar.

  Podría trabajar.

  Podría pensar.

  Pero cuando se tratara de su relación con Dios, solamente habría una respuesta posible.

  Sí.

  No porque hubiera escogido decir sí.

  Sino porque sería incapaz de decir otra cosa.

  ¿Podríamos llamar libertad a eso?

  Imagine que alguien le dijera:

  «Puedes escoger libremente entre estas dos puertas».

  Pero una de las puertas fuera solamente una pintura sobre la pared.

  En realidad no habría dos posibilidades.

  Habría una.

  La existencia del árbol plantea precisamente esta cuestión.

  Había una alternativa real.

  Adán podía permanecer dentro de aquello que Dios había establecido.

  Pero también podía apartarse.

  No quiero afirmar más de lo que la Escritura afirma. Génesis no dice textualmente: «Dios plantó el árbol para crear el libre albedrío».

  Pero sí muestra algo indiscutible:

Dios permitió que existiera una elección real.

  Y eso cambia profundamente la manera en que comienzo a mirar aquel árbol.

Dios no quería una obediencia programada

  Hay algo profundamente importante en la diferencia entre obedecer porque queremos hacerlo y obedecer porque somos incapaces de hacer otra cosa.

  Una máquina puede ser programada.

  Presionamos un botón y responde.

  Le damos una instrucción y la ejecuta.

  Pero no nos ama.

  No nos escoge.

  No permanece con nosotros porque haya decidido hacerlo.

  Simplemente funciona de acuerdo con su programación.

  La relación que encontramos entre Dios y el ser humano en la Biblia es completamente diferente.

  Dios habla.

  Invita.

  Ordena.

  Advierte.

  Llama.

  Pero también permite decisiones.

  Siglos después, cuando Moisés habló al pueblo de Israel, dijo:

«A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida» (Deuteronomio 30:19, RVR1960).

  Observe la expresión:

«escoge».

  Josué haría algo semejante:

«escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15, RVR1960).

  Y Jesucristo, muchos siglos después, diría:

«Si alguno quiere venir en pos de mí…» (Mateo 16:24, RVR1960).

  Otra vez aparece la posibilidad:

«si alguno quiere».

  Y al final de la Biblia encontramos nuevamente una invitación:

«Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17, RVR1960).

  Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una característica que no podemos ignorar.

  Dios llama al ser humano.

  Pero el ser humano tiene que responder.

El amor necesita libertad

  Aquí comenzamos a tocar algo todavía más profundo.

  Dios no solamente quería obediencia.

  Quería relación.

  Y una relación verdadera requiere libertad.

  Puedo obligar a alguien a permanecer físicamente a mi lado.

  Pero no puedo obligarlo a amarme.

  Puedo controlar ciertas acciones externas.

  Pero el amor, para ser amor, tiene que surgir de una voluntad que puede entregarse.

  Un «te amo» tiene significado precisamente porque también existe la posibilidad de no decirlo.

  Permanecer con alguien tiene valor porque podríamos marcharnos.

  La fidelidad tiene significado porque existe la posibilidad de ser infiel.

  La obediencia voluntaria tiene significado porque existe la posibilidad de desobedecer.

  Por eso comienzo a mirar aquel árbol de una manera completamente diferente.

  Tal vez durante años pregunté:

«¿Por qué Dios permitió que pudieran alejarse de Él?»

  cuando también debía preguntar:

«¿Cómo podrían haber escogido permanecer con Él si jamás hubieran tenido la posibilidad de apartarse?»

  Eso cambia la pregunta.

  Dios podía haber creado seres programados para responder siempre de la manera que Él quisiera.

  Pero la historia bíblica no presenta eso.

  Presenta criaturas capaces de tomar decisiones reales.

  Y la libertad verdadera tiene algo que puede resultar aterrador:

incluye la posibilidad de utilizarla mal.

Dios explicó el límite antes de que Adán pudiera cruzarlo

  Hay otro detalle que durante mucho tiempo no valoré suficientemente.

  Dios no escondió la información.

  No colocó el árbol allí y esperó silenciosamente para ver si Adán cometía un error.

  Le habló.

  Le explicó cuál era el límite.

  Y también le advirtió acerca de la consecuencia:

«porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).

  Esto es importante para la imagen de Dios que estamos construyendo.

  Dios no solamente permitió una decisión.

  Proporcionó información antes de que Adán la tomara.

  Le dijo lo que podía hacer.

  Le dijo lo que no debía hacer.

  Y le dijo que aquella decisión tendría consecuencias.

  Eso es muy diferente de tender una trampa.

  Una trampa funciona precisamente porque la persona no sabe dónde está el peligro.

  Aquí ocurre lo contrario.

  Dios señala el peligro.

  Lo identifica.

  Y advierte.

  Adán tendría libertad.

  Pero no tendría que escoger a ciegas.

Libertad no significa ausencia de consecuencias

  Esto nos lleva a otra verdad importante.

  A veces confundimos libertad con la posibilidad de hacer cualquier cosa sin que ocurra nada.

  Pero esas son dos cosas completamente diferentes.

  Podemos ser libres para tomar una decisión y no ser libres para escoger las consecuencias que esa decisión producirá.

  Dios no le dijo a Adán:

  «Si quieres comer, come; todo dará exactamente lo mismo».

  Le dijo que existía una consecuencia.

  Eso significa que Dios respetó suficientemente la capacidad de Adán para tomar decisiones como para hablarle seriamente acerca de ellas.

  No lo trató como alguien incapaz de comprender.

  Le habló como a un ser moralmente responsable.

  Le permitió escoger.

  Pero también le explicó que sus decisiones tenían peso.

  Y esto comenzará a ser fundamental cuando lleguemos a la caída.

  Porque entonces tendremos que distinguir entre dos preguntas completamente diferentes:

¿Podían hacerlo?

  Sí.

¿Significaba eso que hacerlo no tendría consecuencias?

  No.

  La libertad no elimina la realidad.

  Nos permite decidir cómo responder ante ella.

El árbol sigue planteándonos la misma pregunta

  Aquí la historia comienza a acercarse inesperadamente a nosotros.

  Porque quizá el árbol de la ciencia del bien y del mal estuvo físicamente en el Edén, pero la decisión que representaba no quedó encerrada allí.

  Metafóricamente hablando, todos seguimos llevando aquel árbol delante de nuestra voluntad.

  No tenemos delante de nosotros el árbol físico de Génesis.

  Pero sí tenemos decisiones.

  Tenemos voluntad.

  Podemos escuchar a Dios.

  Podemos rechazarlo.

  Podemos confiar.

  Podemos desconfiar.

  Podemos acercarnos.

  Podemos alejarnos.

  Podemos decir sí.

  Podemos decir no.

  Jesucristo expresó esta realidad de una manera extraordinariamente personal:

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20, RVR1960).

  Observe lo que Jesús hace.

  Llama.

  Y después espera que alguien:

«abra la puerta».

  No derriba la puerta.

  No obliga a abrirla.

  Llama.

  Eso dice muchísimo acerca del Dios que estamos intentando conocer.

  La pregunta del Edén continúa siendo, en esencia, una pregunta humana:

¿Qué haremos con nuestra libertad?

  Dios puede mostrarnos un camino.

  Puede advertirnos.

  Puede llamarnos.

  Puede mostrarnos las consecuencias.

  Puede invitarnos a estar con Él.

  Pero finalmente habrá algo que nosotros tendremos que decidir.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Llegamos a una de las piezas más importantes que hemos encontrado hasta ahora.

  ¿Qué clase de Dios concede a sus criaturas la posibilidad real de rechazarlo?

  Un Dios que respeta profundamente la voluntad de sus hijos.

  Eso tiene un costo enorme.

  Porque conceder libertad significa aceptar que alguien puede utilizarla incluso para apartarse de nosotros.

  Y, sin embargo, Dios permitió esa posibilidad.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:

Dios respeta la libertad.

Dios no fuerza el amor.

Dios informa antes de pedir una decisión.

Dios advierte acerca de las consecuencias.

Dios trata al ser humano como alguien capaz de tomar decisiones con significado.

  Y quizá aquí encontramos una de las expresiones más profundas del amor.

  Amar a alguien no consiste en poseerlo.

  No consiste en quitarle toda posibilidad de marcharse.

  No consiste en controlar cada una de sus decisiones para garantizar que siempre haga lo que nosotros queremos.

  El amor verdadero abre la mano.

  Permite escoger.

  Y corre el riesgo de ser rechazado.

  Quizá por eso aquel árbol, que durante tanto tiempo me pareció una evidencia contra Dios, comenzó a mostrarme algo completamente diferente acerca de Él.

  Dios estaba dispuesto a ser escogido, no impuesto.

  Eso no significa que todas las decisiones fueran igualmente buenas.

  No significa que apartarse de Él no tendría consecuencias.

  Significa algo mucho más profundo:

  Dios quería que el hombre pudiera permanecer con Él porque quisiera permanecer con Él.

  Y esa decisión continúa delante de nosotros.

  No estamos en el Edén.

  No tenemos físicamente delante de nosotros aquel árbol.

  Pero seguimos teniendo voluntad.

  Seguimos tomando decisiones.

  Y seguimos enfrentando, de muchas maneras, la misma pregunta:

¿Quiero vivir con Dios o quiero vivir independientemente de Él?

  Por eso, al terminar este capítulo, añadiría una palabra fundamental al retrato de Dios:

Dios respeta.

  Respeta tanto la capacidad de decisión que dio al ser humano que permite incluso una respuesta que puede quebrantar su corazón.

  Todavía no sabemos qué escogerá Adán.

  No lleguemos allí todavía.

  Por ahora dejémoslo frente al árbol.

  Tiene abundancia.

  Tiene una advertencia.

  Tiene un límite.

  Y tiene algo sin lo cual el amor jamás podría ser escogido:

libertad.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hasta este momento, cada vez que Dios había contemplado su creación, una expresión se había repetido:

«Y vio Dios que era bueno».

  La luz era buena.

  La tierra producía.

  Los mares estaban llenos de vida.

  Los cielos tenían aves.

  La tierra tenía animales.

  Finalmente, después de la creación del hombre y la mujer, Dios contemplaría el conjunto y declararía:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).

  Pero antes de llegar allí aparece una declaración inesperada.

  Por primera vez en el relato escuchamos a Dios decir:

«No es bueno».

  ¿Y qué era aquello que no era bueno?

  Dios dijo:

«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).

  Eso merece toda nuestra atención.

  Adán estaba en un mundo sin pecado.

  Tenía relación con Dios.

  Tenía alimento.

  Tenía una responsabilidad.

  Tenía animales.

  Tenía un lugar extraordinario donde vivir.

  Y, sin embargo, Dios observó algo que faltaba.

«No es bueno que el hombre esté solo».

  No fue Adán quien primero apareció reclamando una esposa.

  Fue Dios quien observó al hombre y declaró que aquella condición no era buena.

  Esto nos revela algo profundamente hermoso acerca de Dios.

  Dios presta atención a las necesidades humanas.

  Incluso a aquellas que nosotros todavía no hemos expresado.

«Le haré ayuda idónea para él»

  Aquí encontramos una expresión que ha sido malentendida muchas veces:

«ayuda idónea».

  En nuestro idioma, la palabra «ayuda» puede sonar como si describiera a alguien de menor importancia.

  Un asistente.

  Un subordinado.

  Alguien colocado allí simplemente para hacer lo que otra persona le ordene.

  Pero no debemos colocar sobre el texto bíblico ideas que el texto no contiene.

  La palabra «ayuda» no convierte a Eva en una criatura inferior.

  De hecho, el Antiguo Testamento utiliza repetidamente la idea de ayuda para referirse al propio Dios.

  El salmista dice:

«Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra» (Salmos 124:8, RVR1960).

  Y también:

«Oh Israel, confía en Jehová; él es tu ayuda y tu escudo» (Salmos 115:9, RVR1960).

  Evidentemente, llamar a Dios nuestra «ayuda» no significa que Dios sea inferior a nosotros.

  Por tanto, tampoco podemos tomar automáticamente la palabra aplicada a Eva y convertirla en una declaración de inferioridad.

  La expresión completa es:

«ayuda idónea para él».

  Es decir, alguien correspondiente a él.

  Adecuada para él.

  Alguien que pudiera estar frente a él como su contraparte humana.

  Esto encaja perfectamente con lo que acaba de ocurrir.

  Adán había contemplado a los animales.

  Había observado una enorme diversidad de criaturas.

  Pero el relato termina diciendo:

«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Entre todas aquellas criaturas no había nadie que correspondiera al hombre.

  Entonces Dios hizo algo completamente diferente.

Eva no fue otro animal para que Adán dominara

  Esto es muy importante.

  Dios había dado al hombre autoridad sobre los animales.

  Génesis 1 dice:

«y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Pero cuando Dios crea a la mujer, no la coloca dentro de aquella lista.

  Eva no aparece como otro ser sobre el cual Adán debía ejercer el mismo tipo de dominio que ejercería sobre los animales.

  Ella pertenece a otra categoría.

  Génesis ya había establecido:

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).

  Ambos participan de esa dignidad.

  Ambos son humanos.

  Ambos forman parte de aquella humanidad creada a imagen de Dios.

  Y cuando Dios pronuncia la bendición y entrega el mandato de llenar la tierra y sojuzgarla, el texto dice:

«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Los bendijo.

  Les dijo.

  El proyecto no era solamente para Adán.

  Eva participaría en él.

  Por eso «ayuda idónea» no significa:

«alguien que Adán podía pisotear».

  No significa:

«alguien de quien podía aprovecharse».

  No significa:

«alguien cuya existencia tenía menos valor».

  Significa que Dios estaba proporcionando a Adán aquello que no había encontrado en ninguna otra criatura:

una persona correspondiente a él con quien pudiera compartir la vida y el propósito que Dios les daría.

Ser diferentes no significa valer diferente

  Aquí encontramos un principio que necesitamos recuperar.

  El hombre y la mujer no tenían que ser idénticos para poseer la misma dignidad delante de Dios.

  Diferencia no significa inferioridad.

  Ser distintos no significa que uno tenga derecho a despreciar al otro.

  De hecho, la expresión «ayuda idónea» apunta precisamente hacia una correspondencia.

  Algo faltaba cuando Adán estaba solo.

  Y aquello que faltaba no sería solucionado creando simplemente otro Adán exactamente igual.

  Dios hizo a la mujer.

  Diferente.

  Pero correspondiente.

  Capaz de relacionarse con él de una manera que ninguna otra criatura podía hacerlo.

  Capaz de hablar con él.

  Pensar.

  Decidir.

  Amar.

  Compartir.

  Formar con él una familia.

  Y participar junto con él en aquello que Dios había determinado para la humanidad.

  Esto nos ayuda a mirar las diferencias entre hombre y mujer desde una perspectiva distinta.

  Las diferencias no necesariamente existen para separarnos.

  Pueden permitirnos complementarnos.

  Donde uno necesita ayuda, el otro puede aportarla.

  Donde uno posee una perspectiva, el otro puede enriquecerla.

  No para competir acerca de quién vale más.

  Sino para realizar juntos algo que ninguno estaba destinado a realizar solo.

Dios vio la necesidad antes que Adán

  Pero hay otra parte de esta historia que me conmueve profundamente.

  Dios dijo:

«No es bueno que el hombre esté solo»

  antes de que encontremos a Adán diciendo:

«Estoy solo».

  Eso significa que Dios estaba observando algo en la vida de Adán que el texto todavía no nos muestra a Adán expresando.

  Dios conocía al hombre que había formado.

  Sabía para qué lo había creado.

  Sabía cómo funcionaba.

  Sabía lo que podía disfrutar.

  Sabía lo que podía hacer.

  Y sabía también lo que necesitaba.

  Eso cambia nuevamente la imagen de Dios.

  Porque algunas veces pensamos que Dios solamente presta atención a las grandes cuestiones espirituales.

  La obediencia.

  El pecado.

  La adoración.

  La eternidad.

  Pero aquí encontramos a Dios interesado en algo profundamente humano:

la compañía.

  Adán no necesitaba solamente un lugar.

  Necesitaba alguien con quien compartirlo.

  No necesitaba solamente trabajo.

  Necesitaba alguien con quien compartir la vida.

  No necesitaba solamente criaturas alrededor.

  Necesitaba una persona que pudiera conocerlo y ser conocida por él.

  Y Dios consideró aquella necesidad suficientemente importante para decir:

«No es bueno».

El Dios que creó la relación humana

  Esto nos lleva hacia algo todavía mayor.

  La relación humana no aparece en Génesis como una invención posterior de la sociedad.

  Forma parte del propósito de Dios desde el principio.

  La Biblia dirá posteriormente:

«Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero» (Eclesiastés 4:9-10, RVR1960).

  Fuimos creados con capacidad de relacionarnos porque la vida humana no fue diseñada para desarrollarse completamente en aislamiento.

  Necesitamos hablar.

  Escuchar.

  Compartir.

  Ayudar.

  Ser ayudados.

  Dar.

  Recibir.

  Conocer.

  Ser conocidos.

  Y esto también nos ayuda a comprender que necesitar a otra persona no necesariamente constituye una debilidad.

  Adán no estaba defectuoso.

  No había pecado.

  Y aun así Dios dijo que no era bueno que estuviera solo.

  Eso significa que la necesidad de relación puede formar parte del propio diseño humano.

  Fuimos creados para Dios.

  Pero también fuimos creados para relacionarnos unos con otros.

Una «ayuda» a la que también habría que amar

  Mucho después, cuando la Biblia hable de la relación entre esposo y esposa, jamás dará al hombre permiso para utilizar a la mujer en beneficio propio.

  Todo lo contrario.

  Pablo escribirá:

«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25, RVR1960).

  Ese modelo destruye cualquier interpretación que convierta el liderazgo en licencia para abusar.

  El modelo presentado al esposo cristiano no es:

«aprovéchate de ella».

  Es:

«entrégate por ella».

  Cristo no utilizó a la Iglesia para su comodidad.

  Se entregó por ella.

  Por tanto, cualquier idea de autoridad que permita humillar, pisotear, abusar, despreciar o utilizar a la mujer contradice el modelo que posteriormente encontramos en Cristo.

  Pedro incluso ordenaría a los esposos:

«dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida» (1 Pedro 3:7, RVR1960).

  Observe esa palabra:

«coherederas».

  No propiedad.

  No objeto.

  No instrumento.

  Coheredera.

  Eso nos permite regresar al Edén con una mirada diferente.

  Eva no estaba a punto de aparecer para convertirse en una herramienta al servicio de Adán.

  Dios estaba a punto de proporcionar al hombre una persona con quien pudiera compartir algo que solo no podía experimentar plenamente:

la comunión humana.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Esta vez nuestro retrato adquiere una dimensión particularmente tierna.

  Encontramos a un Dios que observa las necesidades que no siempre sabemos expresar.

  Un Dios que no considera debilidad nuestra necesidad de relacionarnos.

  Un Dios que concede dignidad tanto al hombre como a la mujer.

  Un Dios que crea diferencias sin convertirlas automáticamente en categorías de superioridad e inferioridad.

  Un Dios que diseñó la ayuda mutua.

  Un Dios que espera que aquello que es diferente sea honrado, no pisoteado.

  Podemos entonces añadir nuevas características:

Dios es considerado.

Dios conoce nuestras necesidades.

Dios valora la compañía y la comunión.

Dios dignifica tanto al hombre como a la mujer.

Dios diseñó las diferencias para que pudieran servir a la relación, no para justificar el abuso.

  Pero quizá hay una característica todavía más profunda.

  Dios vio que algo no era bueno…

  y decidió hacer algo al respecto.

  Eso nos muestra que el Dios que estamos conociendo no es indiferente a la condición de sus hijos.

  Observa.

  Conoce.

  Y actúa.

  Adán todavía no había visto a Eva.

  No conocía su rostro.

  No había escuchado su voz.

  Ni siquiera sabía cómo Dios resolvería aquello que faltaba.

  Pero Dios ya lo sabía.

  Y quizá esta sea la pieza que debemos guardar:

Antes de que Adán pudiera conocer completamente su necesidad, Dios ya había pensado en la respuesta.

  Ahora sí estamos preparados para contemplar uno de los momentos más hermosos de Génesis.

  Porque Dios estaba a punto de formar a Eva.

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Dr. Elio M. Rivera

  Había llegado el momento.

  Adán había contemplado la creación.

  Había observado y nombrado a los animales que Dios había llevado delante de él.

  Y al terminar aquella experiencia, la Escritura había dejado una declaración significativa:

«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Pero Dios ya sabía que aquello ocurriría.

  Antes había dicho:

«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).

  Ahora Dios iba a hacerlo.

  Y la manera que escogió para crear a Eva me parece profundamente significativa.

Dios no volvió al polvo

  Cuando Dios creó a Adán, la Escritura dice que lo formó:

«del polvo de la tierra» (Génesis 2:7, RVR1960).

  Dios podía haber hecho exactamente lo mismo con Eva.

  Podía haber tomado nuevamente polvo de la tierra y formar de manera independiente otro ser humano.

  Pero no lo hizo así.

  La Biblia describe algo completamente diferente:

«Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Génesis 2:21-22, RVR1960).

  Detengámonos.

  Dios tomó algo del propio Adán.

  La RVR1960 dice:

«una de sus costillas».

  De allí formó a la mujer.

  No quiero convertir en doctrina aquello que el texto no afirma expresamente, pero la imagen siempre me ha parecido hermosa.

  La costilla está al lado del hombre, cerca de su corazón.

  No fue tomada de sus pies para sugerir que debía ser pisoteada.

  No fue presentada como una criatura inferior destinada a ser utilizada.

  Fue tomada de su costado.

  Cerca de él.

  Y aunque la idea de «cerca del corazón» es una reflexión simbólica nuestra y no una explicación que Génesis dé directamente, expresa bellamente algo que el resto del relato sí deja claro:

la mujer pertenecía al lado del hombre, no debajo de su dignidad humana.

Era parte de él

  Lo que ocurre después confirma que Adán comprendió inmediatamente que aquella criatura era completamente diferente de todas las que había visto anteriormente.

  Cuando Dios presentó a Eva delante de él, Adán exclamó:

«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Génesis 2:23, RVR1960).

  Observe la reacción.

  Después de haber contemplado tantas criaturas, por fin había aparecido alguien a quien podía reconocer como:

«hueso de mis huesos».

«carne de mi carne».

  No era otro animal.

  No era otra especie.

  No era simplemente una criatura más dentro del mundo que debía administrar.

  Era humana como él.

  Correspondía a él.

  Podía mirarla y reconocer en ella su misma humanidad.

  Esto ayuda a comprender mejor las palabras anteriores de Dios:

«le haré ayuda idónea para él».

  Ahora la ayuda idónea estaba delante de Adán.

  Y Adán comprendió que finalmente había alguien con quien podía compartir la experiencia humana.

Eva también llevaba la imagen de Dios

  Hay algo que debemos establecer con toda claridad.

  La imagen de Dios no pertenecía exclusivamente al varón.

  Génesis 1 ya lo había dicho:

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).

  Eva también pertenecía a aquella humanidad creada a imagen de Dios.

  Esto significa que su dignidad no procedía simplemente de ser esposa de Adán.

  Su valor procedía primero de Dios.

  Ella también podía pensar.

  Escoger.

  Hablar.

  Amar.

  Relacionarse con Dios.

  Ejercer responsabilidad.

  Y participar del propósito para el cual la humanidad había sido creada.

  Diferente de Adán.

  Pero no menos humana.

  Diferente en su diseño.

  Pero portadora también de la imagen del Creador.

Dios mismo la llevó a Adán

  Hay una pequeña frase que me parece preciosa:

«y la trajo al hombre» (Génesis 2:22, RVR1960).

  Dios había llevado anteriormente los animales delante de Adán.

  Pero ninguno correspondía a él.

  Ahora Dios vuelve a traer a alguien delante del hombre.

  Esta vez era diferente.

  Era la respuesta a aquello que Dios mismo había declarado:

«No es bueno que el hombre esté solo».

  Dios no solamente creó a Eva.

  La presentó a Adán.

  Y de aquella unión surgiría la primera relación matrimonial de la historia bíblica.

  Por eso inmediatamente después de la exclamación de Adán, Génesis establece:

«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).

  Una sola carne.

  No amo y propiedad.

  No dueño y objeto.

  No alguien importante y alguien secundario.

  Una relación tan profunda que la Escritura la describe mediante la expresión:

«una sola carne».

Eva también necesitaba conocer a Dios

  Hay otro asunto importante para nuestra investigación.

  Eva había sido creada después de que Dios diera a Adán el mandamiento acerca del árbol.

  El orden de Génesis 2 es claro.

  Primero Dios dijo a Adán:

«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Después fue creada Eva.

  Sin embargo, cuando llegamos a Génesis 3 descubrimos que Eva conocía la instrucción.

  Cuando la serpiente la interrogó, ella respondió:

«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él…» (Génesis 3:2-3, RVR1960).

  Por tanto, Eva no llegó a la tentación ignorando que existía un límite.

  Conocía el mandamiento.

  Ahora bien, debemos tener cuidado.

  La Biblia no nos dice exactamente cómo recibió Eva esa información.

  No sabemos si Dios se la comunicó directamente después de crearla, si Adán se la transmitió o si ocurrió de alguna otra manera.

  No debemos inventar lo que el texto no revela.

  Lo que sí podemos afirmar es que, cuando llegó el momento de la prueba, Eva sabía que Dios había establecido una instrucción respecto al árbol.

  Y eso será tremendamente importante cuando estudiemos la caída.

Ahora había dos

  Algo había cambiado profundamente en el mundo de Adán.

  Ya no estaba solo.

  Ahora podía hablar con alguien que podía responderle.

  Podía compartir pensamientos.

  Podía compartir responsabilidades.

  Podía amar y ser amado dentro de una relación humana.

  Podía formar una familia.

  Y juntos podrían participar en aquello que Dios estaba preparando para ellos.

  Esto será particularmente importante cuando regresemos a Génesis 1.

  Porque el gran mandato relacionado con llenar y sojuzgar la tierra no aparece dirigido solamente al hombre.

  La Escritura dice:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Los bendijo.

  Les dijo.

  Ahora comprendemos mejor por qué.

  El propósito que Dios tenía para la humanidad requería que Adán dejara de estar solo.

  La historia humana no continuaría solamente a través de él.

  Ahora estaban:

Adán y Eva.

  Varón y mujer.

  Dos personas.

  Una misma humanidad.

  Ambos creados por Dios.

  Ambos portadores de su imagen.

  Y ambos a punto de recibir juntos una extraordinaria responsabilidad.

¿Qué aprendimos de Dios?

  La creación de Eva añade una pieza particularmente hermosa al retrato que estamos construyendo.

  Aquí encontramos a un Dios que responde a una necesidad creando relación.

  Pero también encontramos algo más.

  Dios no resolvió la soledad de Adán entregándole simplemente compañía.

  Le dio alguien con dignidad propia.

  Alguien capaz de estar a su lado.

  Alguien que también llevaba la imagen de Dios.

  Alguien con quien pudiera construir una vida.

  Esto nos permite añadir nuevas características:

Dios dignifica a la mujer.

Dios diseñó al hombre y a la mujer para la comunión, no para el abuso.

Dios puede crear unidad sin eliminar las diferencias.

Dios hace posible la ayuda mutua.

Dios convierte dos vidas diferentes en una relación capaz de compartir propósito.

  Y aquí aparece algo acerca de Dios que me parece todavía más profundo.

  Cuando Dios vio que Adán necesitaba a alguien, no creó un ser cuya única función fuera servirle.

  Creó otra persona.

  Alguien que también tendría voluntad.

  Pensamientos.

  Dignidad.

  Responsabilidad delante de Dios.

  Eso significa que para amar a Eva, Adán tendría que aprender algo fundamental:

amar a alguien que no era él.

  Alguien diferente.

  Alguien cuya existencia no giraba simplemente alrededor de satisfacer todos sus deseos.

  Alguien que debía ser conocida, escuchada, respetada y amada.

  Quizá allí encontramos una nueva característica del Dios que estamos descubriendo:

Dios no solamente creó seres capaces de recibir amor; los creó capaces de aprender a darlo.

  Hasta ahora Adán había recibido muchísimo.

  Ahora tenía delante de él a alguien a quien también podría entregarse.

  Y por primera vez en la historia humana había un nosotros.

  Pero Dios todavía tenía algo extraordinario que decirles a ambos.

  Porque ahora que estaban juntos, los bendeciría y les revelaría la dimensión de la tarea para la cual había creado a la humanidad:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla».

  El proyecto de Dios para sus hijos estaba a punto de hacerse mucho más grande.

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Dr. Elio M. Rivera

  Adán ya no estaba solo.

  Eva estaba a su lado.

  Por primera vez había sobre la Tierra un hombre y una mujer.

  Y entonces llegamos a unas palabras que durante mucho tiempo había leído demasiado rápido.

  Antes de decirles que se multiplicaran.

  Antes de decirles que llenaran la Tierra.

  Antes de entregarles la responsabilidad de sojuzgarla.

  Antes de hablarles de aquello que tendrían que hacer…

  Dios los bendijo.

  La Escritura dice:

«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Detengámonos allí.

  Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios observando sus acciones.

  Y una de las primeras acciones de Dios hacia aquella primera pareja fue:

bendecirlos.

  Antes de estudiar lo que Dios esperaba de ellos, necesitamos comprender qué significa esto.

¿Qué significa que Dios bendiga?

  En nuestro lenguaje cotidiano utilizamos la palabra bendición con tanta frecuencia que podemos perder la profundidad de su significado bíblico.

  Decimos:

  «Dios te bendiga».

  «Qué bendición».

  «Recibí una bendición».

  Pero ¿qué significa realmente que Dios bendiga?

  En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que aparece en Génesis 1:28 procede del verbo barak, utilizado ampliamente para hablar de bendecir.

  Cuando Dios bendice, no estamos simplemente ante una expresión amable.

  La bendición de Dios está relacionada con su favor y con el bien que Él concede.

  Esto es especialmente importante porque cuando un ser humano bendice a Dios, evidentemente no le está proporcionando algo que Dios necesite. Lo alaba, lo reconoce, habla bien de Él.

  Pero cuando Dios bendice al ser humano, la dirección es diferente.

  El Creador sí tiene capacidad para hacer bien a la criatura.

  Puede favorecer.

  Puede proveer.

  Puede conceder.

  Puede hacer fructificar.

  Puede acompañar.

  Puede otorgar aquello que permitirá que sus propósitos se desarrollen.

  Por eso, a lo largo de la Biblia, la bendición de Dios frecuentemente aparece acompañada de resultados concretos.

  Cuando Dios bendijo a Abraham, le dijo:

«Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición» (Génesis 12:2, RVR1960).

  Cuando la Escritura resume posteriormente la vida de Abraham, dice:

«Y Abraham era viejo, y bien avanzado en años; y Jehová había bendecido a Abraham en todo» (Génesis 24:1, RVR1960).

  La bendición bíblica, entonces, no es solamente una palabra bonita pronunciada sobre alguien.

  Cuando procede de Dios, expresa su disposición favorable hacia esa persona y el bien que Él puede obrar en su vida.

  Y eso hace que Génesis 1:28 adquiera una profundidad extraordinaria.

Las primeras palabras sobre aquella pareja fueron de bendición

  Piénselo.

  Adán y Eva acababan de comenzar su historia juntos.

  Todavía no habían construido nada.

  No habían formado una familia.

  No habían llenado la Tierra.

  No habían realizado grandes obras.

  Y Dios ya los estaba bendiciendo.

  La bendición aparece antes de sus logros.

  Eso me parece profundamente significativo.

  Dios no comenzó su relación con aquella pareja diciéndoles:

  «Vamos a ver si se ganan mi favor».

  No encontramos a Adán y Eva intentando convencer a Dios para que quisiera hacerles bien.

  La iniciativa nuevamente procede de Él.

«Y los bendijo Dios».

  Dios quería el bien para ellos.

  Y eso comienza a mostrarnos otra faceta de su carácter.

  Porque algunas personas hemos crecido con una imagen de Dios muy diferente.

  Podemos imaginarlo observándonos desde el cielo, esperando que cometamos un error.

  Un Dios difícil de complacer.

  Un Dios al que hay que convencer para que nos dé algo bueno.

  Un Dios cuya primera disposición hacia nosotros es restringir, castigar o quitar.

  Pero nuevamente tenemos que regresar al principio.

  Antes de la caída.

  Antes del pecado.

  Antes de todo aquello que posteriormente distorsionaría la relación entre Dios y el hombre.

  ¿Qué encontramos?

«Y los bendijo Dios».

  Esto también forma parte de la historia.

  Y si estamos tratando de descubrir cómo es Dios, no tenemos derecho a ignorarlo.

Bendecir no significa conceder todos nuestros caprichos

  Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.

  Decir que Dios desea bendecir a sus hijos no significa convertirlo en alguien obligado a concedernos todo lo que deseemos.

  La bendición bíblica no significa que Dios tenga que decir sí a cada petición.

  Tampoco significa ausencia de límites.

  Ya hemos visto que en el Edén existía un límite.

  Y, sin embargo, el mismo Dios que estableció aquel límite bendijo al hombre y a la mujer.

  Esto nos enseña algo importante:

la bendición y los límites no son enemigos.

  Un padre puede amar profundamente a sus hijos y precisamente por ese amor decirles que hay cosas que no deben hacer.

  Puede querer su felicidad y al mismo tiempo advertirles de aquello que puede destruirlos.

  Puede dar abundantemente y reservar aquello que sabe que no les conviene.

  Por eso, para comprender la bendición de Dios, tendremos que aprender a definir el bien no solamente desde lo que nosotros deseamos en determinado momento, sino desde aquello que Dios sabe que realmente conduce al bien.

  Eso será importantísimo cuando lleguemos nuevamente al árbol.

  Porque tendremos que preguntarnos si aquel límite era contrario a la bendición…

  o si formaba parte de ella.

La Biblia presenta a Dios como alguien que se complace en hacer bien

  Cuando continuamos recorriendo las Escrituras encontramos algo que me parece precioso.

  La bendición del Edén no fue una anomalía.

  Aparece una y otra vez una disposición de Dios hacia el bien de aquellos que le pertenecen.

  El salmista escribió:

«Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad» (Salmos 84:11, RVR1960).

  Jeremías registra unas palabras todavía más sorprendentes:

«Y me alegraré con ellos haciéndoles bien» (Jeremías 32:41, RVR1960).

  Esta declaración siempre me ha parecido extraordinaria.

  No dice solamente:

«les haré bien».

  Dice:

«me alegraré con ellos haciéndoles bien».

  Hay algo en el corazón de Dios que encuentra agrado en hacer bien.

  Siglos después, Jesucristo utilizaría la relación entre un padre y sus hijos para enseñarnos algo semejante:

«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» (Mateo 7:11, RVR1960).

  Jesús quería que comprendiéramos algo acerca del Padre.

  Dios no tiene que ser convencido para ser bueno.

  La bondad pertenece a su carácter.

«Jehová te bendiga»

  Hay una bendición que Dios mismo ordenó pronunciar sobre su pueblo y que nos permite observar algo de lo que la bendición bíblica implica.

  Dios dijo a Moisés:

«Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles: Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz» (Números 6:23-26, RVR1960).

  Observe lo que aparece relacionado con la bendición.

  Protección.

  Favor.

  Misericordia.

  Presencia.

  Paz.

  Y después Dios añade:

«Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré» (Números 6:27, RVR1960).

  No se trata simplemente de tener cosas.

  La bendición bíblica es mucho más profunda.

  Incluye vivir bajo el favor de Dios.

  Experimentar su cuidado.

  Recibir aquello que procede de su bondad.

  Y caminar dentro del propósito para el cual fuimos creados.

Dios bendijo a ambos

  Hay otro detalle que no quiero pasar por alto.

  El texto no dice:

«Y bendijo Dios a Adán».

  Dice:

«Y los bendijo Dios».

  A Adán.

  Y a Eva.

  La mujer que acababa de ser creada participa de la bendición.

  Dios no coloca toda su atención sobre el hombre mientras Eva permanece como una figura secundaria.

  La bendición cae sobre ambos.

  Y las palabras que siguen serán dirigidas a ambos.

  Esto confirma algo que venimos descubriendo.

  Eva no había sido creada simplemente para facilitar la vida de Adán.

  Ella también estaba dentro del propósito de Dios.

  Ella también recibió su bendición.

  Ella también participaría en aquello que Dios estaba a punto de encomendarles.

  Antes de ser padres…

  antes de llenar la Tierra…

  antes de ejercer la responsabilidad que recibirían…

  los dos fueron bendecidos.

Antes de la tarea vino la bendición

  Esto quizá sea lo que más me conmueve de todo el pasaje.

  El orden.

  La Biblia pudo haber dicho:

  «Fructifiquen, multiplíquense, llenen la Tierra, sojúzguenla, hagan todo lo que les estoy mandando y después veremos si los bendigo».

  Pero no fue así.

  Primero:

«los bendijo Dios».

  Después:

«y les dijo…»

  Y entonces vendría la misión.

  Primero recibieron.

  Después serían enviados a hacer.

  Primero la bendición.

  Después la responsabilidad.

  Eso comienza a mostrarnos que el proyecto de Dios para el hombre no estaba basado solamente en exigencias.

  Dios no estaba enviándolos a realizar su propósito abandonados a sus propias fuerzas.

  El Dios que les daría una tarea era también el Dios que había pronunciado su bendición sobre ellos.

  Y eso cambia la manera en que podemos leer lo que sigue.

  Cuando Dios les diga:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla»,

  no estará hablando un amo que solamente exige producción.

  Estará hablando el Dios que acaba de bendecirlos.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Esta pieza añade algo particularmente hermoso al retrato que estamos construyendo.

  Estamos descubriendo que Dios tiene una disposición favorable hacia sus hijos.

  No encontramos a un Dios al que el hombre tenga que arrancarle reluctantemente cada cosa buena.

  Encontramos a un Dios que toma la iniciativa para bendecir.

  Y la Escritura llegará incluso a decir que se alegra haciendo bien.

  Podemos entonces añadir nuevas características:

Dios desea el bien.

Dios se complace en hacer bien.

Dios bendice antes de encomendar.

Dios acompaña sus propósitos con su favor.

Dios bendice al hombre y a la mujer.

  Pero hay algo todavía más profundo que quiero guardar de este capítulo.

  La bendición nos muestra que la voluntad de Dios no debe imaginarse automáticamente como enemiga de nuestra felicidad.

  Aquel que establecía el propósito para Adán y Eva era el mismo que quería su bien.

  Eso será crucial cuando lleguemos a los acontecimientos más difíciles del Edén.

  Porque más adelante alguien presentará ante Eva una imagen completamente diferente de Dios.

  La serpiente intentará sembrar una sospecha:

  que quizá Dios estaba reteniendo algo bueno.

  Que quizá sus palabras no eran confiables.

  Que quizá detrás del límite había egoísmo.

  Cuando lleguemos allí tendremos que recordar todo lo que hemos descubierto antes de escuchar a la serpiente.

  El Dios que puso el límite era el Dios que había preparado.

  El Dios que había dado.

  El Dios que había cuidado.

  Y ahora descubrimos algo más:

era el Dios que los había bendecido.

  Esta pieza será fundamental.

  Porque para decidir si podemos confiar en alguien no debemos escuchar solamente lo que otro dice acerca de él.

  También debemos observar cómo nos ha tratado.

  Y hasta este momento de la historia, antes de que aparezca una sola acusación contra Dios, sus acciones ya han comenzado a hablar.

  Ahora sí estamos preparados para escuchar las palabras que siguieron inmediatamente a aquella bendición.

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