0.Inroduccion: Cuando Dios puso una fecha al regreso de Israel

Por el Dr. Elio M Rivera

El reloj de Dios ya estaba corriendo

Imagine por un momento que una nación desaparece de la historia.

Su capital es incendiada.

Sus murallas son derribadas.

Su templo, considerado el lugar más sagrado de todo un pueblo, queda reducido a cenizas.

Miles de hombres, mujeres y niños son obligados a abandonar su hogar. Encadenados, recorren cientos de kilómetros hacia una tierra extraña donde deberán aprender un nuevo idioma, adaptarse a una cultura diferente y servir a un rey extranjero.

Detrás de ellos queda una ciudad destruida.

Delante de ellos solo existe incertidumbre.

Para cualquier observador de aquella época, el futuro de Israel parecía haber terminado.

Las promesas hechas a Abraham parecían desvanecerse.

La ciudad de David estaba en ruinas.

El templo de Salomón había desaparecido.

El trono de los reyes de Judá había quedado vacío.

Todo indicaba que la historia del pueblo de Dios había llegado a su fin.

Pero había un detalle que casi nadie conocía.

El reloj profético de Dios nunca se detiene

Mientras las primeras caravanas de cautivos avanzaban lentamente hacia Babilonia, el reloj de Dios ya estaba corriendo.

Aquellos hombres y mujeres probablemente pensaban que jamás volverían a ver su tierra. Sus hijos crecerían en el exilio y sus nietos quizás olvidarían el idioma de sus antepasados. Humanamente, no existía ninguna razón para esperar un regreso.

Sin embargo, muchos años antes de que Jerusalén fuera destruida, Dios ya había anunciado que el cautiverio tendría un límite.

No dijo que duraría “mucho tiempo”.

No habló de “varias generaciones”.

Tampoco utilizó un lenguaje simbólico o ambiguo.

Dio un número.

Setenta años.

Ni sesenta.

Ni sesenta y nueve.

Ni setenta y cinco.

Setenta años.

Aquella cifra quedó escrita cuando Babilonia todavía no había destruido Jerusalén y cuando el pueblo aún vivía en su propia tierra. Dios no solo anunció que habría un exilio; también reveló cuánto tiempo duraría.

Lo más extraordinario es que esa profecía podía comprobarse.

No dependía de interpretaciones subjetivas.

No estaba expresada mediante símbolos difíciles de entender.

Era un período concreto que podía contarse en un calendario.

Y, décadas más tarde, el propio profeta Daniel abrió el libro de Jeremías, leyó aquella antigua profecía y comprendió que el tiempo señalado por Dios estaba llegando a su fin.

Poco después, Ciro, rey de Persia, firmó el decreto que permitió el regreso de los judíos a Jerusalén.

¿Fue una simple coincidencia?

¿Acertó Jeremías por casualidad?

¿O estamos, una vez más, ante una evidencia de que el Dios de la Biblia no solo gobierna los acontecimientos de la historia, sino también el tiempo en que estos deben cumplirse?

En este capítulo seguiremos paso a paso la cuenta regresiva que Dios estableció para el exilio de Israel. Descubriremos cuándo comenzó ese reloj, cómo Daniel reconoció que el plazo estaba por cumplirse y por qué esta profecía constituye una de las demostraciones cronológicas más impresionantes de toda la Biblia.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.