Por el Dr. Elio M Rivera
La noche en que un rey no pudo dormir
Babilonia dormía.
Tras sus enormes murallas, las calles habían quedado en silencio. Las antorchas ardían junto a los templos, los soldados vigilaban las puertas y las aguas del Éufrates atravesaban lentamente la ciudad más poderosa de su tiempo.
En el centro de aquel imperio se levantaba el palacio de Nabucodonosor.
Desde allí gobernaba naciones, dirigía ejércitos y decidía el destino de pueblos enteros. Había derrotado a los egipcios, sometido ciudades y extendido el dominio de Babilonia sobre gran parte del antiguo Cercano Oriente. Jerusalén había caído ante sus tropas y numerosos jóvenes judíos habían sido llevados cautivos para servir en su corte.

El rey Nabucodonosor
A los ojos de los hombres, Nabucodonosor parecía tener el mundo en sus manos.
Pero aquella noche, mientras descansaba en su palacio, ocurrió algo que ningún ejército podía evitar.

El sueño de Nabucodonosor
El rey soñó.
No fue uno de esos sueños confusos que desaparecen al despertar. Fue una visión tan intensa, tan inquietante y tan extraordinaria que lo arrancó del sueño y dejó su espíritu profundamente turbado.
Había visto algo enorme.
Una figura aterradora.
Una sucesión de metales.
Una piedra.
Una destrucción repentina.
Y después, un reino que lo llenaba todo.
Nabucodonosor abrió los ojos, pero la inquietud permaneció.
Comprendió que aquel sueño no era común. Tenía la sensación de que encerraba un mensaje relacionado con su reino, con el futuro y quizá con el destino del mundo.
Intentó reconstruirlo en su mente.
Las imágenes se mezclaban.
Los detalles parecían escapar.
Sin embargo, el temor que habían producido seguía allí.
Antes de que amaneciera, mandó llamar a los magos, astrólogos, encantadores y sabios de Babilonia. Aquellos hombres afirmaban conocer los secretos de los dioses, interpretar señales celestiales y descubrir el significado de los sueños.
Ahora tendrían que demostrarlo.
Cuando se reunieron delante del trono, el rey les comunicó que había tenido un sueño que lo había perturbado profundamente.
Los sabios respondieron de la manera acostumbrada:
—Rey, para siempre vive. Dinos el sueño, y te mostraremos su interpretación.
Pero Nabucodonosor no se conformaría con una explicación elaborada a partir de los detalles que él les proporcionara.
Les exigió algo imposible.
Ellos debían decirle cuál había sido el sueño y después explicar su significado.
De esa manera, el rey sabría que no estaban inventando una interpretación para agradarlo.
Los sabios quedaron paralizados.
Podían estudiar las estrellas.
Podían consultar sus tablas.
Podían recitar antiguas fórmulas religiosas.
Pero no podían entrar en la mente del rey.
Le suplicaron que les revelara el sueño. Nabucodonosor se negó. Su paciencia comenzó a agotarse y la tensión llenó el salón del trono.
Finalmente, los sabios tuvieron que reconocer su impotencia:
“No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey”.
Aquella confesión era devastadora.
Los hombres considerados más sabios del imperio admitían que no podían responder la pregunta que el rey les había hecho.
Entonces Nabucodonosor tomó una decisión terrible.
Ordenó que todos los sabios de Babilonia fueran ejecutados.
La sentencia comenzó a recorrer el palacio. Los soldados salieron en busca de los consejeros reales, de los intérpretes y de todos aquellos que formaban parte del grupo de sabios del reino.
Entre los hombres condenados se encontraba un joven cautivo judío llamado Daniel.
Daniel no estaba presente cuando los sabios comparecieron ante el rey. Probablemente se enteró de la sentencia cuando Arioc, capitán de la guardia real, llegó para buscarlo.
Pero, en lugar de dejarse dominar por el miedo, Daniel hizo una pregunta:
¿Por qué había promulgado el rey una orden tan severa?
Cuando conoció lo ocurrido, pidió tiempo.
Después regresó con sus compañeros Ananías, Misael y Azarías. Los cuatro jóvenes entendían que ninguna inteligencia humana podía revelar aquel misterio.
No necesitaban más cálculos.
No necesitaban consultar las estrellas.
Necesitaban que el Dios del cielo hablara.
Aquella noche, mientras la ciudad más poderosa del mundo dormía, cuatro cautivos judíos oraron.
Pidieron misericordia.
Pidieron que Dios les revelara el secreto.
Y Dios respondió.
En una visión nocturna, Daniel contempló lo que Nabucodonosor había visto. No solo conoció el sueño, sino también su significado.
Daniel comprendió entonces que aquella enorme estatua no representaba únicamente al rey de Babilonia.
Representaba siglos de historia.
La cabeza de oro era el comienzo.
Después surgiría otro reino.
Y después otro.
Y después uno más.
Imperios que todavía no existían ocuparían el escenario mundial. Reyes que aún no habían nacido conquistarían naciones. Ejércitos que nadie podía imaginar derribarían las fronteras del mundo antiguo.
Todo estaba allí.
Babilonia.
Medo-Persia.
Roma.
Más de cinco siglos de historia resumidos en una sola visión.
Al día siguiente, Daniel fue llevado ante el hombre más poderoso de la Tierra.
Nabucodonosor lo observó desde su trono y le hizo la pregunta que nadie había podido responder:
—¿Podrás tú hacerme conocer el sueño que vi y su interpretación?
Daniel pudo haber aprovechado aquel momento para exaltarse. Pudo haber afirmado que poseía una sabiduría superior a la de todos los sabios de Babilonia.
Pero no lo hizo.
Miró al rey y declaró:
“El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey. Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días”.
Entonces comenzó a describir el sueño.
Una estatua gigantesca.
Una cabeza de oro.
Un pecho y brazos de plata.
Un vientre y muslos de bronce.
Piernas de hierro.
Pies formados por hierro mezclado con barro.
Y una piedra no cortada por manos humanas que golpeaba la estatua, destruía todos sus reinos y se convertía en un gran monte que llenaba la tierra.
El rey escuchaba en silencio.
Era exactamente lo que había visto.
Pero lo más sorprendente todavía estaba por venir.
Daniel no solo había revelado el sueño.
Estaba a punto de explicar el curso de la historia mundial antes de que ocurriera.
Los hombres verían cuatro imperios levantarse y caer.
Cada uno pensaría que permanecería para siempre.
Cada uno sería sustituido por el siguiente.
Pero al final surgiría un reino diferente de todos los demás.
Un reino que no sería destruido.
Un reino que no pasaría a otro pueblo.
Un reino eterno.
Aquella noche, Nabucodonosor había creído que su sueño hablaba solamente de él.
En realidad, Dios le había mostrado el futuro del mundo.
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