14. Dios creó a Eva: alguien que correspondía a Adán

Dr. Elio M. Rivera

  Había llegado el momento.

  Adán había contemplado la creación.

  Había observado y nombrado a los animales que Dios había llevado delante de él.

  Y al terminar aquella experiencia, la Escritura había dejado una declaración significativa:

«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Pero Dios ya sabía que aquello ocurriría.

  Antes había dicho:

«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).

  Ahora Dios iba a hacerlo.

  Y la manera que escogió para crear a Eva me parece profundamente significativa.

Dios no volvió al polvo

  Cuando Dios creó a Adán, la Escritura dice que lo formó:

«del polvo de la tierra» (Génesis 2:7, RVR1960).

  Dios podía haber hecho exactamente lo mismo con Eva.

  Podía haber tomado nuevamente polvo de la tierra y formar de manera independiente otro ser humano.

  Pero no lo hizo así.

  La Biblia describe algo completamente diferente:

«Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Génesis 2:21-22, RVR1960).

  Detengámonos.

  Dios tomó algo del propio Adán.

  La RVR1960 dice:

«una de sus costillas».

  De allí formó a la mujer.

  No quiero convertir en doctrina aquello que el texto no afirma expresamente, pero la imagen siempre me ha parecido hermosa.

  La costilla está al lado del hombre, cerca de su corazón.

  No fue tomada de sus pies para sugerir que debía ser pisoteada.

  No fue presentada como una criatura inferior destinada a ser utilizada.

  Fue tomada de su costado.

  Cerca de él.

  Y aunque la idea de «cerca del corazón» es una reflexión simbólica nuestra y no una explicación que Génesis dé directamente, expresa bellamente algo que el resto del relato sí deja claro:

la mujer pertenecía al lado del hombre, no debajo de su dignidad humana.

Era parte de él

  Lo que ocurre después confirma que Adán comprendió inmediatamente que aquella criatura era completamente diferente de todas las que había visto anteriormente.

  Cuando Dios presentó a Eva delante de él, Adán exclamó:

«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Génesis 2:23, RVR1960).

  Observe la reacción.

  Después de haber contemplado tantas criaturas, por fin había aparecido alguien a quien podía reconocer como:

«hueso de mis huesos».

«carne de mi carne».

  No era otro animal.

  No era otra especie.

  No era simplemente una criatura más dentro del mundo que debía administrar.

  Era humana como él.

  Correspondía a él.

  Podía mirarla y reconocer en ella su misma humanidad.

  Esto ayuda a comprender mejor las palabras anteriores de Dios:

«le haré ayuda idónea para él».

  Ahora la ayuda idónea estaba delante de Adán.

  Y Adán comprendió que finalmente había alguien con quien podía compartir la experiencia humana.

Eva también llevaba la imagen de Dios

  Hay algo que debemos establecer con toda claridad.

  La imagen de Dios no pertenecía exclusivamente al varón.

  Génesis 1 ya lo había dicho:

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).

  Eva también pertenecía a aquella humanidad creada a imagen de Dios.

  Esto significa que su dignidad no procedía simplemente de ser esposa de Adán.

  Su valor procedía primero de Dios.

  Ella también podía pensar.

  Escoger.

  Hablar.

  Amar.

  Relacionarse con Dios.

  Ejercer responsabilidad.

  Y participar del propósito para el cual la humanidad había sido creada.

  Diferente de Adán.

  Pero no menos humana.

  Diferente en su diseño.

  Pero portadora también de la imagen del Creador.

Dios mismo la llevó a Adán

  Hay una pequeña frase que me parece preciosa:

«y la trajo al hombre» (Génesis 2:22, RVR1960).

  Dios había llevado anteriormente los animales delante de Adán.

  Pero ninguno correspondía a él.

  Ahora Dios vuelve a traer a alguien delante del hombre.

  Esta vez era diferente.

  Era la respuesta a aquello que Dios mismo había declarado:

«No es bueno que el hombre esté solo».

  Dios no solamente creó a Eva.

  La presentó a Adán.

  Y de aquella unión surgiría la primera relación matrimonial de la historia bíblica.

  Por eso inmediatamente después de la exclamación de Adán, Génesis establece:

«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).

  Una sola carne.

  No amo y propiedad.

  No dueño y objeto.

  No alguien importante y alguien secundario.

  Una relación tan profunda que la Escritura la describe mediante la expresión:

«una sola carne».

Eva también necesitaba conocer a Dios

  Hay otro asunto importante para nuestra investigación.

  Eva había sido creada después de que Dios diera a Adán el mandamiento acerca del árbol.

  El orden de Génesis 2 es claro.

  Primero Dios dijo a Adán:

«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Después fue creada Eva.

  Sin embargo, cuando llegamos a Génesis 3 descubrimos que Eva conocía la instrucción.

  Cuando la serpiente la interrogó, ella respondió:

«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él…» (Génesis 3:2-3, RVR1960).

  Por tanto, Eva no llegó a la tentación ignorando que existía un límite.

  Conocía el mandamiento.

  Ahora bien, debemos tener cuidado.

  La Biblia no nos dice exactamente cómo recibió Eva esa información.

  No sabemos si Dios se la comunicó directamente después de crearla, si Adán se la transmitió o si ocurrió de alguna otra manera.

  No debemos inventar lo que el texto no revela.

  Lo que sí podemos afirmar es que, cuando llegó el momento de la prueba, Eva sabía que Dios había establecido una instrucción respecto al árbol.

  Y eso será tremendamente importante cuando estudiemos la caída.

Ahora había dos

  Algo había cambiado profundamente en el mundo de Adán.

  Ya no estaba solo.

  Ahora podía hablar con alguien que podía responderle.

  Podía compartir pensamientos.

  Podía compartir responsabilidades.

  Podía amar y ser amado dentro de una relación humana.

  Podía formar una familia.

  Y juntos podrían participar en aquello que Dios estaba preparando para ellos.

  Esto será particularmente importante cuando regresemos a Génesis 1.

  Porque el gran mandato relacionado con llenar y sojuzgar la tierra no aparece dirigido solamente al hombre.

  La Escritura dice:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Los bendijo.

  Les dijo.

  Ahora comprendemos mejor por qué.

  El propósito que Dios tenía para la humanidad requería que Adán dejara de estar solo.

  La historia humana no continuaría solamente a través de él.

  Ahora estaban:

Adán y Eva.

  Varón y mujer.

  Dos personas.

  Una misma humanidad.

  Ambos creados por Dios.

  Ambos portadores de su imagen.

  Y ambos a punto de recibir juntos una extraordinaria responsabilidad.

¿Qué aprendimos de Dios?

  La creación de Eva añade una pieza particularmente hermosa al retrato que estamos construyendo.

  Aquí encontramos a un Dios que responde a una necesidad creando relación.

  Pero también encontramos algo más.

  Dios no resolvió la soledad de Adán entregándole simplemente compañía.

  Le dio alguien con dignidad propia.

  Alguien capaz de estar a su lado.

  Alguien que también llevaba la imagen de Dios.

  Alguien con quien pudiera construir una vida.

  Esto nos permite añadir nuevas características:

Dios dignifica a la mujer.

Dios diseñó al hombre y a la mujer para la comunión, no para el abuso.

Dios puede crear unidad sin eliminar las diferencias.

Dios hace posible la ayuda mutua.

Dios convierte dos vidas diferentes en una relación capaz de compartir propósito.

  Y aquí aparece algo acerca de Dios que me parece todavía más profundo.

  Cuando Dios vio que Adán necesitaba a alguien, no creó un ser cuya única función fuera servirle.

  Creó otra persona.

  Alguien que también tendría voluntad.

  Pensamientos.

  Dignidad.

  Responsabilidad delante de Dios.

  Eso significa que para amar a Eva, Adán tendría que aprender algo fundamental:

amar a alguien que no era él.

  Alguien diferente.

  Alguien cuya existencia no giraba simplemente alrededor de satisfacer todos sus deseos.

  Alguien que debía ser conocida, escuchada, respetada y amada.

  Quizá allí encontramos una nueva característica del Dios que estamos descubriendo:

Dios no solamente creó seres capaces de recibir amor; los creó capaces de aprender a darlo.

  Hasta ahora Adán había recibido muchísimo.

  Ahora tenía delante de él a alguien a quien también podría entregarse.

  Y por primera vez en la historia humana había un nosotros.

  Pero Dios todavía tenía algo extraordinario que decirles a ambos.

  Porque ahora que estaban juntos, los bendeciría y les revelaría la dimensión de la tarea para la cual había creado a la humanidad:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla».

  El proyecto de Dios para sus hijos estaba a punto de hacerse mucho más grande.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.