Dr. Elio M. Rivera
Hasta este momento hemos observado a Dios preparar el escenario donde comenzaría la historia humana.
Pero ahora el relato se vuelve mucho más personal.
Ha llegado el momento de crear al hombre.
Y la manera en que Génesis describe ese momento es extraordinaria:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RVR1960).
Detengámonos allí.
Porque hay algo diferente en estas palabras.
Durante el relato de la creación hemos encontrado repetidamente una expresión:
«Dijo Dios…»
Dios habla.
Y sucede.
Pero cuando Génesis 2 acerca nuestra mirada a la creación del hombre, utiliza una palabra diferente:
«formó».
No quiero hacer que esa palabra diga más de lo que realmente dice.
Pero tampoco quiero pasar sobre ella demasiado rápido.
Porque la imagen que presenta es profundamente hermosa.
El hombre no aparece simplemente.
Dios lo forma.
Del polvo de la tierra
Y resulta sorprendente el material que Dios decidió utilizar.
Polvo.
No oro.
No plata.
No piedras preciosas.
No alguna sustancia celestial desconocida.
Polvo de la tierra.
La misma tierra sobre la cual el hombre viviría proporcionó, según Génesis, el material con el cual Dios formó su cuerpo.
Mucho tiempo después, el salmista escribiría:
«Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Salmos 103:14, RVR1960).
Nuestro origen material es humilde.
Pero lo que Dios hizo con aquel material es extraordinario.
Un cuerpo humano.
Huesos que le darían estructura.
Articulaciones que permitirían movimiento.
Músculos capaces de responder a su voluntad.
Un corazón.
Ojos.
Oídos.
Manos capaces de tocar.
Un cerebro de una complejidad asombrosa.
Un sistema nervioso.
Órganos diferentes, realizando funciones diferentes y trabajando juntos para formar un solo organismo.
Siglos después, David contemplaría su propia existencia y exclamaría:
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmos 139:14, RVR1960).
Hoy podemos observar el cuerpo humano con instrumentos que David nunca tuvo.
Podemos mirar células.
Podemos estudiar tejidos.
Podemos observar neuronas.
Podemos seguir el recorrido de la sangre.
Podemos estudiar cómo el ojo transforma la luz en información que el cerebro interpreta.
Podemos investigar cómo el oído transforma vibraciones en sonidos.
Podemos estudiar el sistema inmunológico, la memoria, el movimiento, la respiración y miles de procesos que ocurren dentro de nosotros sin que tengamos que dirigirlos conscientemente.
Y mientras más conocemos, más extraordinaria parece aquella sencilla palabra:
«formó».
Pero todavía faltaba algo.
Porque un cuerpo perfectamente formado no es lo mismo que un ser humano vivo.
Y entonces Génesis describe uno de los momentos más extraordinarios de toda la historia de la creación:
«Y sopló en su nariz aliento de vida».
Y después:
«fue el hombre un ser viviente».
El polvo recibió vida.
No sabemos cómo fue aquel instante.
La Biblia no nos permite describir aquello que no nos cuenta.
Pero sí podemos contemplar lo que el texto afirma.
Hubo un momento en que Adán no estaba vivo.
Y después…
vivió.
Respiró.
Su corazón comenzó a latir.
Sus ojos pudieron abrirse.
Sus oídos pudieron escuchar.
Su mente pudo comenzar a percibir aquello que lo rodeaba.
El primer ser humano estaba vivo.
Y había algo profundamente significativo en todo aquello:
Adán no había hecho absolutamente nada para conseguirlo.
No había trabajado.
No había obedecido.
No había ofrecido nada.
No había demostrado nada.
Ni siquiera había podido pedir existir.
Simplemente recibió.
Recibió cuerpo.
Recibió conciencia.
Recibió aliento.
Recibió existencia.
Recibió vida.
Muchos siglos después, Pablo diría acerca de Dios:
«Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25, RVR1960).
Y Job expresaría algo semejante:
«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4, RVR1960).
Comenzamos entonces a comprender que aquella escena de Génesis no es solamente una historia acerca de Adán.
Nos obliga también a pensar en nosotros.
Porque hay cosas que utilizamos todos los días y que nunca conseguimos por nosotros mismos.
Yo no diseñé mis ojos.
No construí mi cerebro.
No decidí cuántas cámaras tendría mi corazón.
No diseñé mis pulmones.
No organicé mi sistema nervioso.
No fabriqué mis huesos.
No construí mi primera célula.
Y tampoco recuerdo haber dado una orden para que mi corazón comenzara a latir.
Llegué a este mundo y ya estaba sucediendo.
La vida me había sido dada.
Y eso hace que vuelva a mirar aquella escena de Génesis con otros ojos.
Durante mucho tiempo, cuando pensaba en Adán y Eva, mi mente corría inmediatamente hacia el árbol prohibido.
Pensaba en la orden.
En la serpiente.
En la desobediencia.
En el juicio.
Pero estamos reconstruyendo la historia lentamente.
Y todavía no hemos llegado allí.
Antes de la prohibición hubo algo mucho más fundamental.
Hubo un regalo.
Antes de que Adán escuchara lo que no debía hacer, tuvo que recibir la capacidad misma de escuchar.
Antes de que pudiera decidir obedecer o desobedecer, tuvo que recibir una mente capaz de decidir.
Antes de caminar hacia cualquier árbol, tuvo que recibir piernas capaces de llevarlo.
Antes de extender la mano para tomar cualquier cosa, tuvo que recibir una mano.
Antes de pronunciar una palabra, tuvo que recibir aliento.
Antes de hacer absolutamente nada…
tuvo que recibir la vida.
Y quizá durante mucho tiempo comenzamos la historia demasiado adelante.
Tal vez para comprender correctamente lo que después sucederá en el Edén, primero necesitamos contemplar detenidamente todo lo que ocurrió antes.
¿Qué aprendimos de Dios?
Ahora sí podemos detenernos y añadir una nueva pieza al retrato que estamos construyendo.
¿Qué descubrimos acerca de Dios en esta escena?
Descubrimos al Dios que da vida.
Y eso es mucho más profundo de lo que parece.
La vida es el regalo que hace posibles todos los demás regalos.
Sin ella no existe experiencia.
No existe conocimiento.
No existe relación.
No existe descubrimiento.
No existe posibilidad de amar, aprender, escoger, disfrutar ni construir una historia.
Todo comienza allí.
Con estar vivo.
Jesucristo expresó esta realidad con unas palabras extraordinarias:
«Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (Juan 5:26, RVR1960).
La Biblia presenta a Dios no solamente como alguien que posee vida, sino como aquel de quien procede.
Por eso podemos añadir nuevas palabras a nuestro retrato:
Dios es la fuente de la vida.
Dios convierte lo que no vive en algo viviente.
Dios da existencia donde antes no la había.
Dios tiene poder para comunicar vida.
Pero encuentro todavía algo más profundo en esta escena.
Adán recibió el regalo fundamental de su existencia antes de haber tenido oportunidad de merecer absolutamente nada.
Esto comienza a mostrarnos un principio acerca de Dios que tendremos que observar conforme avancemos:
Dios tomó la iniciativa.
El primer movimiento no fue del hombre hacia Dios.
Fue de Dios hacia el hombre.
Adán no buscó primero a Dios.
No podía hacerlo.
Dios fue primero.
Y eso me parece una pieza extraordinariamente importante para guardar.
Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios observando sus acciones.
Y una de sus primeras acciones hacia el hombre fue ésta:
darle vida cuando el hombre todavía no podía darle absolutamente nada a cambio.
Guardemos esa pieza.
Porque todavía estamos contemplando solamente los primeros instantes de la historia humana.
Adán acaba de comenzar a vivir.
Y ahora tendremos que descubrir qué hizo Dios con aquel hombre al que acababa de darle vida.
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