En el capítulo anterior dejamos planteada una pregunta extraordinaria:
¿Por qué quiso Dios que existiéramos?
Todavía no hemos terminado de responderla.
De hecho, apenas estamos comenzando.
Pero cuando regresamos a Génesis encontramos un detalle que durante mucho tiempo pasó inadvertido para mí.
Antes de crear al hombre, Dios preparó el lugar donde habría de vivir.
Adán todavía no respiraba.
Eva todavía no había sido formada.
Ningún niño había nacido.
No existían ciudades.
No había casas.
No había caminos.
Y, sin embargo, el escenario donde vivirían ellos y su descendencia ya estaba siendo preparado.
La Biblia lo expresa con una frase sencilla:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Pero detrás de esas pocas palabras aparece algo extraordinario.
Un planeta entero.
Una casa extraordinaria llamada Tierra
Quizá la familiaridad nos ha robado la capacidad de asombrarnos.
Vivimos sobre la Tierra todos los días.
Caminamos sobre ella.
Respiramos su aire.
Bebemos su agua.
Comemos lo que produce.
Vemos salir el Sol.
Observamos las nubes.
Sentimos la lluvia.
Contemplamos los árboles, las montañas y los océanos.
Y como todo esto nos ha acompañado desde que nacimos, puede parecernos normal.
Pero normal no significa sencillo.
Nuestro planeta es extraordinario.
Tiene enormes océanos llenos de agua.
Montañas.
Valles.
Ríos.
Lagos.
Praderas.
Regiones tropicales.
Regiones heladas.
Y sobre toda esta diversidad existe una delgada atmósfera dentro de la cual respiramos y vivimos.
La Tierra recibe energía del Sol.
El agua de los océanos se evapora.
El vapor asciende.
Se forman nubes.
La lluvia cae.
Los ríos recorren la tierra.
Y el agua finalmente vuelve a los mares.
Siglos antes de que nosotros habláramos de estos procesos con terminología científica, la Escritura observaba:
«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo» (Eclesiastés 1:7, RVR1960).
El agua circula.
Pero no es el único ciclo.
Las plantas utilizan aquello que encuentran en su ambiente.
Los animales se alimentan de plantas y de otros organismos.
Los residuos vuelven al suelo.
La materia es reutilizada.
El oxígeno, el carbono, el agua y numerosos nutrientes circulan constantemente a través de sistemas extraordinariamente interconectados.
La Tierra no funciona como una despensa que fue llenada una vez y después quedó destinada a vaciarse.
Posee ciclos naturales capaces de renovar y reutilizar recursos continuamente.
Y eso me parece extraordinario.
Porque Dios no estaba preparando un hogar solamente para dos personas.
Estaba preparando un mundo en el que, según el relato bíblico, viviría la descendencia que vendría después de ellas.
La Escritura dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Así que el escenario tenía que ser mucho mayor que un pequeño jardín.
Había una Tierra por llenar.
Generaciones vendrían después.
Y el planeta tendría que continuar funcionando.
Día tras día.
Año tras año.
Generación tras generación.
Eso cambia un poco la manera en que contemplo nuestro hogar.
No solamente tenía que funcionar; también podía ser hermoso
Hay otro detalle que me conmueve todavía más.
Si el único propósito de la Tierra fuera mantener vivos a los seres humanos, muchas de las cosas que encontramos en ella parecerían innecesarias.
Pero nuestro planeta no solamente funciona.
Es hermoso.
Extraordinariamente hermoso.
Piense en un amanecer.
En la luz atravesando las nubes.
En una montaña cubierta de nieve.
En el sonido de la lluvia.
En un cielo completamente lleno de estrellas.
En el oleaje del mar.
En una cascada.
En un bosque.
En el color de las flores.
En las alas de una mariposa.
En los peces de un arrecife.
En la enorme variedad de aves.
En los colores de un atardecer.
Nada de eso se siente simplemente como una habitación con oxígeno.
La Tierra parece un hogar lleno de detalles.
El salmista quedó maravillado al contemplarlo:
«¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios» (Salmos 104:24, RVR1960).
Y el mismo salmo dedica largas líneas a observar cómo funciona aquel mundo.
Habla de las fuentes que corren entre los montes.
De los animales que beben de ellas.
De las aves que habitan junto a las aguas.
De la lluvia.
De la hierba.
De los árboles.
Del Sol.
De la Luna.
Del mar.
De los animales que viven dentro de él.
Es casi como si el escritor se detuviera a contemplar el planeta y dijera:
Mire todo esto.
Y entonces alabara al que lo hizo.
Pero Génesis contiene un detalle todavía más hermoso.
Cuando describe los árboles que Dios hizo aparecer en el huerto, no dice solamente que eran buenos para comer.
Dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Siempre me ha llamado la atención el orden.
«Delicioso a la vista».
Y después:
«bueno para comer».
Dios no solamente estaba proporcionando alimento.
Había belleza.
Algo podía ser contemplado.
Disfrutado.
Admirado.
Y comenzamos nuevamente a encontrarnos con una pregunta que acompañará toda esta investigación:
¿Qué nos dicen las obras de Dios acerca de Dios?
Todavía no respondamos.
Sigamos observando.
Porque nuestro planeta tiene otra característica impresionante.
Muchas de las condiciones necesarias para nuestra existencia funcionan simultáneamente.
Necesitamos agua líquida.
Necesitamos una atmósfera adecuada.
Necesitamos energía.
Necesitamos temperaturas compatibles con la vida.
Necesitamos nutrientes.
Necesitamos ciclos que continúen funcionando.
Necesitamos un suelo capaz de participar en el sostenimiento de la vegetación.
Necesitamos innumerables relaciones entre organismos.
No vivimos gracias a una sola condición favorable.
Vivimos dentro de un enorme sistema de condiciones que trabajan juntas.
Quite suficientes piezas y la casa deja de funcionar.
Pero aquí estamos.
Respirando.
Bebiendo.
Comiendo.
Cultivando.
Viviendo sobre una pequeña franja de tierra firme rodeada por enormes océanos y cubierta por una atmósfera extraordinariamente delgada.
Isaías escribió:
«Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó» (Isaías 45:18, RVR1960).
Me interesa particularmente esa última expresión:
«Para que fuese habitada la creó».
Según la perspectiva bíblica, la habitabilidad de nuestro planeta no aparece como un detalle posterior.
Formaba parte del propósito.
Como un Padre que prepara la casa antes de que lleguen sus hijos
Hay algo profundamente humano en todo esto que me ayuda a comprenderlo.
Cuando unos padres saben que viene un hijo, frecuentemente comienzan a preparar cosas antes de que el niño llegue.
Preparan una habitación.
Compran una cuna.
Buscan ropa.
Piensan dónde dormirá.
Qué necesitará.
Cómo protegerlo.
El niño todavía no ha llegado a casa.
No ha pedido ninguna de esas cosas.
Ni siquiera sabe que existen.
Pero alguien está pensando en él.
Antes de que llegue.
No quiero llevar la comparación más lejos de lo que permite la Escritura.
Pero mientras leo Génesis, no puedo evitar percibir algo semejante.
Antes de que Adán abriera los ojos, había luz.
Había agua.
Había tierra.
Había vegetación.
Había alimento.
Había ciclos funcionando.
Había un planeta preparado para sostener vida.
Había belleza.
Había un hogar.
Y solamente después aparece el hombre.
Eso me parece significativo.
Porque comenzamos esta parte de nuestra investigación preguntándonos por qué Dios quiso que existiéramos.
Todavía estamos lejos de tener una respuesta completa.
Pero estamos encontrando pequeñas pistas.
Y esta es una de ellas:
Antes de crear al hombre, preparó un lugar para él.
No improvisó después de que Adán apareció.
Según la narración de Génesis, primero preparó la casa.
Y entonces llegó el momento de traer al hombre a ella.
Como un buen padre que piensa en sus hijos antes de que ellos siquiera comprendan lo que necesitarán, Dios tenía un plan.
Todavía tenemos que descubrir cuál era.
No nos adelantemos.
Porque la siguiente frase que aparece en la historia nos llevará un poco más lejos:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
La casa estaba preparada.
Ahora llegaba el momento de crear a quien viviría en ella.
Y la manera en que Dios decidió hacerlo nos dará otra pieza extraordinaria acerca de cómo veía Dios al hombre desde el principio.
Para continuar esta investigación
Si desea detenerse a contemplar con mayor detalle la extraordinaria complejidad y belleza del mundo que habitamos, le recomiendo visitar en Cristopedia la sección Las maravillas de la creación, donde estudiamos con mayor profundidad diferentes características del universo, la Tierra y la vida.
También puede consultar mi libro:
Cristopedia: Ciencia y Creación — Las maravillas del planeta Tierra
Allí desarrollamos con mucho mayor detalle muchas de las características que hacen de nuestro planeta un lugar extraordinario para la vida.
En esta serie, sin embargo, continuaremos siguiendo otra pregunta.
No solamente cómo funciona la casa.
Sino:
¿Qué nos dice acerca del Padre que, según Génesis, la preparó antes de que llegaran sus hijos?
Antes de continuar, volvamos a nuestra pregunta principal:
¿Qué nos enseñan estos hechos acerca de Dios?
Todavía no hemos creado a Adán en nuestra reconstrucción de la historia.
Y, sin embargo, Dios ya había preparado su hogar.
Había luz.
Había agua.
Había alimento.
Había ciclos capaces de continuar funcionando generación tras generación.
Había un planeta preparado para ser habitado.
Pero había algo más.
Había belleza.
Génesis incluso se detiene a decir que Dios hizo árboles «deliciosos a la vista», además de buenos para comer.
Así que podemos añadir nuevas piezas al retrato de Dios que estamos construyendo:
Dios es previsor.
Dios piensa anticipadamente en las necesidades de sus hijos.
Dios es cuidadoso con lo que prepara.
Dios no solamente provee lo necesario; también parece disfrutar rodeando sus regalos de belleza.
Dios prepara antes de entregar.
Hay algo que particularmente me conmueve.
Adán todavía no podía agradecerle nada.
Todavía no podía obedecerlo.
Todavía no podía adorarlo.
Ni siquiera existía.
Y Dios ya estaba preparando cosas para él.
Eso me recuerda inevitablemente a un padre preparando la habitación de un hijo que todavía no ha llegado a casa: piensa dónde dormirá, qué necesitará y cómo será recibido. Esa misma imagen aparece naturalmente al observar el orden del relato de Génesis: primero la casa; después, el hombre.
Y quizá esta sea la frase que debemos guardar de este capítulo:
El Dios que estamos comenzando a conocer parece pensar en sus hijos antes de que sus hijos puedan pensar en Él.
Todavía falta mucho.
Todavía llegaremos al árbol.
A la prohibición.
A la serpiente.
A la desobediencia.
Y tendremos preguntas difíciles que hacerle a esta historia.
Pero cuando lleguemos allí, no olvidemos lo que estamos descubriendo ahora.
Antes de observar lo que Dios prohibió, estamos observando todo lo que preparó.
Antes de escuchar un «no», estamos descubriendo una enorme cantidad de «sí».
Y antes de que el hombre pusiera un solo pie sobre la Tierra…
Dios ya había preparado la casa para recibirlo.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
En el capítulo anterior dejamos la casa preparada.
La Tierra estaba allí.
Había luz.
Agua.
Tierra fértil.
Vegetación.
Alimento.
Belleza.
Un planeta extraordinario, lleno de sistemas capaces de sostener la vida generación tras generación.
Pero faltaba alguien.
Aquel para quien, según la narración bíblica, todo aquello había sido preparado.
Y entonces llegamos a uno de los momentos más extraordinarios del relato de la creación.
Hasta este punto Génesis había repetido una expresión:
«Dijo Dios…»
Dios habla y aparece la luz.
Dios habla y aparecen las aguas.
Dios habla y surge la vegetación.
Dios habla y aparecen las criaturas vivientes.
Pero cuando llega el momento de crear al hombre, la manera de expresarlo cambia.
Dios dice:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
Detengámonos allí.
Porque si estamos tratando de descubrir cómo es Dios observando lo que hace, estas palabras merecen toda nuestra atención.
Dios pudo haber creado otra criatura.
Pero decidió hacer algo diferente.
Una criatura a su imagen.
Una criatura conforme a su semejanza.
¿Por qué?
Hay una expresión que aparece repetidamente en el relato de Génesis.
Cuando Dios crea los seres vivos, establece que se reproduzcan:
«según su género».
La Escritura dice:
«Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género» (Génesis 1:12, RVR1960).
Después, hablando de los animales:
«E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie» (Génesis 1:25, RVR1960).
Lo vemos a nuestro alrededor.
Un elefante tiene elefantitos.
Y cuando nacen, se parecen a sus padres.
Tienen trompa.
Orejas.
Patas.
La naturaleza propia de un elefante.
Un perro tiene perritos.
Y los pequeños perros manifiestan las características propias de su especie.
Un caballo produce caballos.
Un ave produce aves.
Y entonces llegamos al hombre.
Pero aquí encontramos algo completamente diferente.
No dice simplemente:
«Hagamos otro animal según su género».
Dice:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Eso me parece extraordinario.
Porque inmediatamente surge una pregunta:
¿Qué estaba intentando hacer Dios?
No adelantemos todavía todas las respuestas.
Pero el lenguaje utilizado por Génesis nos obliga a reconocer que el ser humano ocupa un lugar particular dentro del relato.
Existe un detalle posterior en Génesis que puede ayudarnos a comprender el lenguaje.
Mucho tiempo después de la creación de Adán, la Biblia utiliza nuevamente las palabras semejanza e imagen.
Pero esta vez no habla de Dios creando a Adán.
Habla de Adán teniendo un hijo.
Observe:
«Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Génesis 5:3, RVR1960).
¿Lo notó?
Es difícil pasar por alto el paralelismo.
Primero:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26).
Y después:
«Adán […] engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 5:3).
Imagen.
Semejanza.
Y ahora esas palabras aparecen en el contexto de un padre y su hijo.
Eso comenzó a hacerme mirar Génesis de una manera diferente.
Porque la Biblia posteriormente utiliza una expresión todavía más sorprendente.
Lucas presenta la genealogía de Jesucristo y retrocede generación tras generación.
Hasta llegar al principio.
Y termina así:
«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Adán:
«hijo de Dios».
No significa que Adán fuera Dios.
Tampoco significa que fuera una pequeña deidad.
La criatura nunca deja de ser criatura y el Creador nunca deja de ser Creador.
Pero sí encontramos algo que tendremos que investigar con mucha atención.
Dios estaba creando un ser que llevaría su imagen.
Su semejanza.
Y la Escritura posteriormente llamaría a aquel hombre:
«hijo de Dios».
Ahora la imagen del capítulo anterior comienza a adquirir todavía más significado.
Primero preparó la casa.
Después llegaron los hijos.
Aquí tenemos que tener cuidado.
Cuando Génesis dice que Dios hizo al hombre a su imagen, evidentemente no está diciendo que Dios tenga nuestro tamaño, nuestro peso o nuestras características físicas.
Jesús dijo:
«Dios es Espíritu» (Juan 4:24, RVR1960).
Así que tenemos que buscar el parecido en otro lugar.
Y aquí comienza una investigación fascinante.
¿Qué hay en nosotros que refleja algo de Él?
Podemos pensar.
Podemos razonar.
Podemos crear.
Podemos hablar.
Podemos escoger.
Podemos amar.
Podemos relacionarnos.
Podemos distinguir entre lo bueno y lo malo.
Podemos apreciar la belleza.
Podemos sentir compasión.
Podemos ejercer autoridad.
Podemos establecer relaciones profundas.
Podemos comunicar ideas que existen primero dentro de nuestra mente y después convertirlas en palabras, música, edificios, pinturas, libros y proyectos.
Y sobre todo, podemos conocer a Dios.
No somos Dios.
Pero, según Génesis, fuimos creados de una manera que nos permitiera reflejar algo de Él.
Como un hijo que lleva rasgos de su padre.
Y esto comienza a ayudarnos a comprender algo que dijimos anteriormente.
Dios no necesitaba crear al hombre.
No había una carencia en Él que nosotros vinimos a llenar.
Pero aparentemente quiso hacer algo extraordinario:
quiso compartir.
Compartir existencia.
Compartir relación.
Compartir responsabilidad.
Compartir su creación.
Y crear seres capaces de reflejar algo de su propia vida.
Pablo, muchos siglos después, utilizaría un lenguaje extraordinario al hablar del propósito de Dios para sus hijos:
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29, RVR1960).
Otra vez:
imagen.
Y esta vez aparece Jesucristo.
Eso significa que nuestra investigación acaba de adquirir una dimensión mucho mayor.
Comenzamos en Génesis con un hombre creado a imagen de Dios.
Y en el Nuevo Testamento encontramos a Dios trabajando nuevamente para llevar a sus hijos hacia la imagen de su Hijo.
No desarrollaremos todavía todo lo que eso significa.
Tendremos tiempo para hacerlo.
Pero hay algo que sí comienza a aparecer delante de nosotros.
Quizá Dios nunca quiso simplemente llenar un planeta de seres humanos.
Tal vez quería hijos que manifestaran su vida.
Personas en quienes pudiera verse algo de Él.
Jesús utilizaría siglos después una expresión que me parece preciosa:
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16, RVR1960).
Observe nuevamente la relación:
hijos que hacen visible algo de su Padre.
Eso es precisamente lo que hace una imagen.
Hace visible algo que de otra manera no estamos viendo directamente.
Y entonces comienzo a comprender por qué estas palabras de Génesis son tan importantes.
Dios estaba a punto de colocar sobre la Tierra una criatura que tendría una relación única con Él.
No una máquina.
No un esclavo programado para obedecer.
No simplemente otro animal.
Un ser hecho:
«a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Todavía nos falta muchísimo por descubrir acerca de lo que significaba aquello.
Pero quiero detenerme por un momento en algo personal.
Porque si esto es verdad, cambia también la manera en que usted y yo podemos mirarnos.
Tal vez alguien le ha hecho sentir que no vale nada.
Tal vez usted mismo ha llegado a pensarlo.
Quizá mira sus errores.
Su pasado.
Sus limitaciones.
Su apariencia.
Sus fracasos.
Y ha terminado preguntándose si realmente tiene algún valor.
Pero antes de que existieran las opiniones de los demás acerca de usted, la Biblia ya había establecido algo acerca del ser humano:
Dios decidió hacerlo a su imagen y semejanza.
Todavía no hemos llegado al pecado.
No hemos llegado a la serpiente.
No hemos llegado al árbol prohibido.
No hemos llegado a la expulsión del Edén.
Por ahora quiero que contemplemos al hombre como apareció primero en el propósito de Dios.
Un planeta preparado.
Un Padre.
Y una criatura creada para llevar su imagen.
Pero todavía falta algo.
Porque después de decir:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza»,
Dios añadió inmediatamente:
«y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Dios no solamente le estaba dando al hombre un hogar.
Estaba a punto de entregarle autoridad sobre una parte de su creación.
Y eso nos conducirá a la siguiente pregunta:
¿Qué clase de lugar quiso darle Dios al hombre dentro de su Reino?
Al llegar al final de este capítulo, nuestra pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué nos revela todo esto acerca de Dios?
Estamos descubriendo que el Dios de la Biblia no parece interesado únicamente en demostrar su grandeza o establecer la distancia que existe entre Él y nosotros. Por el contrario, desde el principio aparece haciendo algo sorprendente: acercando al ser humano hacia Él.
Pudo mantener una distancia absoluta entre el Creador y la criatura. Sin embargo, decidió que hubiera en nosotros algo que reflejara quién es Él.
Eso comienza a mostrarnos a un Dios cercano.
Un Dios que desea ser conocido.
Un Dios que considera valioso que sus hijos puedan comprenderlo, relacionarse con Él y aprender su manera de ser.
También comenzamos a descubrir algo acerca de la manera en que Dios ve al ser humano.
Dios no parece contemplarlo como algo insignificante.
El salmista quedó impresionado precisamente por esta aparente contradicción:
«¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:4, RVR1960).
Esa pregunta comienza a tener cada vez más sentido.
¿Por qué un Dios tan grande concedería semejante importancia a una criatura tan pequeña?
Estamos comenzando a descubrirlo.
Y podemos añadir algunas nuevas características al retrato que poco a poco estamos formando:
Dios es cercano.
Dios desea relacionarse.
Dios concede dignidad.
Dios da valor.
Dios desea ser conocido.
Dios quiere que su carácter pueda reflejarse en sus hijos.
Hay algo especialmente hermoso en esta última idea.
Si Dios quería que el hombre reflejara algo de Él, entonces conocer a Dios no debía consistir solamente en saber que existe.
Había algo más profundo.
El hombre tendría que conocer cómo piensa Dios, qué ama, qué considera bueno, cómo trata a otros, cómo ejerce su autoridad y qué clase de carácter posee.
Y esto nos coloca exactamente en el centro de nuestra investigación.
Porque eso es lo que nosotros también estamos intentando descubrir.
No queremos saber solamente si Dios existe.
Queremos conocer:
¿Cómo es?
Y ahora encontramos una pista extraordinaria: desde el principio, Dios quiso que hubiera seres capaces no solamente de conocer su existencia, sino de reflejar algo de su manera de ser.
Quizá por eso esta investigación sea mucho más personal de lo que imaginamos.
Porque mientras intentamos descubrir cómo es Dios, quizá también comenzaremos a descubrir qué clase de personas quiso Dios que llegáramos a ser.
Guardemos esta nueva pieza.
El retrato apenas comienza a tomar forma.
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Escuche música con propósito
Hay un detalle de la creación del hombre que durante mucho tiempo no consideré importante.
Hoy me parece extraordinario.
Dios no solamente preparó un mundo para que el hombre pudiera sobrevivir en él.
También creó al hombre con la capacidad de disfrutarlo.
Piénselo.
Dios pudo habernos creado sin sentido del gusto.
Nuestro cuerpo podría haber recibido nutrientes sin que comer produjera absolutamente ningún placer.
Pero no lo hizo así.
Creó frutas con diferentes sabores.
Dulces.
Ácidas.
Jugosas.
Aromáticas.
Y después colocó en nosotros la capacidad de experimentar esos sabores.
Génesis contiene un pequeño detalle que comienza a parecernos cada vez más importante:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Observe que el texto no dice solamente:
«bueno para comer».
Dice primero:
«delicioso a la vista».
¿Por qué?
¿Por qué tenía que ser hermoso?
El valor nutritivo de una fruta no depende de que un paisaje sea hermoso.
El oxígeno no necesita un atardecer.
Podríamos sobrevivir en un mundo gris.
Pero no vivimos en un mundo gris.
Vivimos en un planeta lleno de colores.
Y tenemos ojos capaces de verlos.
Hay flores.
Y podemos contemplarlas.
Hay aromas.
Y podemos percibirlos.
Hay sabores.
Y podemos disfrutarlos.
Hay sonidos.
Y podemos escucharlos.
Hay texturas.
Y podemos sentirlas.
Hay una brisa que podemos sentir sobre el rostro.
Agua que podemos sentir sobre nuestra piel.
Alimentos que no solamente nos mantienen vivos, sino que pueden producir placer al comerlos.
Y hay algo todavía más extraordinario.
Dios nos dio emociones.
No somos máquinas biológicas que reciben información del ambiente y responden automáticamente.
Podemos experimentar alegría.
Asombro.
Afecto.
Gratitud.
Paz.
Entusiasmo.
Podemos reír.
Podemos abrazar.
Podemos disfrutar la compañía de otra persona.
Podemos mirar algo hermoso y quedarnos contemplándolo simplemente porque nos produce placer.
Podemos escuchar música y sentir algo en nuestro interior.
Podemos amar y experimentar la alegría de ser amados.
¿Por qué?
Si el único objetivo de Dios hubiera sido mantener funcionando al ser humano, muchas de estas capacidades parecerían innecesarias.
Pero quizá el propósito nunca fue solamente mantenernos funcionando.
Quizá Dios quería que disfrutáramos aquello que había decidido compartir con nosotros.
El libro de Eclesiastés contiene una declaración sencilla:
«Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios» (Eclesiastés 5:19, RVR1960).
Observe algo extraordinario.
No habla solamente del regalo.
Habla también de la facultad para disfrutarlo.
Eso me parece profundamente significativo.
Porque una cosa es recibir algo.
Y otra es tener la capacidad de disfrutar aquello que recibimos.
La Biblia incluso presenta a Dios como alguien que da cosas para nuestro disfrute. Pablo habla del:
«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).
No quiero apresurarme a sacar conclusiones.
Seguimos reuniendo piezas.
Pero esta pieza merece permanecer sobre la mesa.
El Dios de Génesis no solamente creó al hombre.
No solamente preparó un planeta donde pudiera vivir.
También hizo al hombre de tal manera que pudiera experimentar aquello que había preparado para él.
Le dio sentidos.
Le dio emociones.
Le dio capacidad de relacionarse.
Le dio capacidad de asombrarse.
Le dio capacidad de experimentar placer.
Le dio capacidad de disfrutar.
Y esto comienza a cambiar la imagen que alguna vez tuve de Dios.
Porque durante mucho tiempo imaginé a Dios principalmente como alguien que decía:
«No hagas esto».
«No toques aquello».
«No puedes hacer lo otro».
Pero todavía no hemos llegado al árbol prohibido.
Y antes de llegar allí tenemos que ser justos con la historia.
Antes de estudiar aquello que Dios prohibió, tenemos que detenernos a contemplar todo aquello que primero permitió disfrutar.
Eso cambia considerablemente el escenario.
Había un mundo.
Había belleza.
Había alimento.
Había colores.
Había sonidos.
Había aromas.
Había relaciones.
Y había un ser humano construido con la extraordinaria capacidad de experimentarlo.
El salmista escribió:
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras» (Salmos 139:14, RVR1960).
Quizá una de esas obras maravillosas somos nosotros mismos.
Nuestros ojos.
Nuestros oídos.
Nuestro gusto.
Nuestro olfato.
Nuestro tacto.
Nuestra mente.
Nuestras emociones.
Nuestra capacidad de amar.
Nuestra capacidad de disfrutar.
Y mientras colocamos esta nueva pieza en nuestro rompecabezas, quiero dejar una pregunta abierta:
¿Qué nos dice acerca de Dios el hecho de que no solamente creara cosas buenas, sino que también nos hiciera capaces de disfrutarlas?
No respondamos todavía.
Sigamos observando.
Porque todavía no hemos terminado de descubrir qué había preparado Dios para aquellos primeros seres humanos.
Después de observar todo esto, podemos detenernos nuevamente y hacer la pregunta que guía nuestra investigación:
¿Qué nos revela esto acerca de Dios?
Hay una diferencia enorme entre mantener vivo a alguien y permitirle disfrutar de estar vivo.
Y esa diferencia comienza a mostrarnos algo del corazón del Creador.
La Escritura no nos presenta solamente a un Dios interesado en que sus criaturas funcionen. Encontramos a un Dios que incorporó a la experiencia humana la capacidad de sentir placer, alegría, asombro, afecto y satisfacción.
Eclesiastés incluso llama «don de Dios» a la capacidad de disfrutar (Eclesiastés 5:19, RVR1960).
Eso nos permite añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:
Dios es bondadoso.
Dios es generoso.
Dios se interesa por nuestro gozo.
Dios no solamente da; también nos permite disfrutar lo que da.
Dios parece complacerse en el bienestar de sus hijos.
Esta última idea merece que nos detengamos un momento.
A veces podemos imaginar a Dios como si disfrutara más de nuestras privaciones que de nuestra felicidad; como si todo aquello que produce placer tuviera que despertar inmediatamente su desaprobación.
Pero cuando miramos el diseño original del ser humano, encontramos algo difícil de reconciliar con esa imagen.
Fue Dios quien nos hizo capaces de disfrutar.
La capacidad de experimentar alegría no apareció a espaldas del Creador.
La capacidad de maravillarnos tampoco.
El placer de amar y ser amados no fue un accidente.
La capacidad de sentir satisfacción, afecto y bienestar forma parte de la manera en que fuimos hechos.
Y la Escritura llega a decir:
«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).
Eso comienza a modificar una imagen de Dios que muchos hemos tenido alguna vez.
Quizá antes de preguntarnos qué cosas Dios no quiere que hagamos, tendremos que comprender qué clase de vida quería Dios para el ser humano desde el principio.
Porque estamos descubriendo que el Dios de las primeras páginas de la Biblia no parece disfrutar privando al hombre.
Parece disfrutar dándole.
Y podemos guardar una nueva pieza para nuestro retrato:
Dios no solamente quiso darnos vida. Quiso que pudiéramos disfrutar el regalo de estar vivos.
Todavía falta mucho por descubrir.
Pero la imagen de Dios comienza, poco a poco, a hacerse más clara.
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Escuche música con propósito
Hasta este momento hemos observado a Dios preparar el escenario donde comenzaría la historia humana.
Pero ahora el relato se vuelve mucho más personal.
Ha llegado el momento de crear al hombre.
Y la manera en que Génesis describe ese momento es extraordinaria:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RVR1960).
Detengámonos allí.
Porque hay algo diferente en estas palabras.
Durante el relato de la creación hemos encontrado repetidamente una expresión:
«Dijo Dios…»
Dios habla.
Y sucede.
Pero cuando Génesis 2 acerca nuestra mirada a la creación del hombre, utiliza una palabra diferente:
«formó».
No quiero hacer que esa palabra diga más de lo que realmente dice.
Pero tampoco quiero pasar sobre ella demasiado rápido.
Porque la imagen que presenta es profundamente hermosa.
El hombre no aparece simplemente.
Dios lo forma.
Y resulta sorprendente el material que Dios decidió utilizar.
Polvo.
No oro.
No plata.
No piedras preciosas.
No alguna sustancia celestial desconocida.
Polvo de la tierra.
La misma tierra sobre la cual el hombre viviría proporcionó, según Génesis, el material con el cual Dios formó su cuerpo.
Mucho tiempo después, el salmista escribiría:
«Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Salmos 103:14, RVR1960).
Nuestro origen material es humilde.
Pero lo que Dios hizo con aquel material es extraordinario.
Un cuerpo humano.
Huesos que le darían estructura.
Articulaciones que permitirían movimiento.
Músculos capaces de responder a su voluntad.
Un corazón.
Ojos.
Oídos.
Manos capaces de tocar.
Un cerebro de una complejidad asombrosa.
Un sistema nervioso.
Órganos diferentes, realizando funciones diferentes y trabajando juntos para formar un solo organismo.
Siglos después, David contemplaría su propia existencia y exclamaría:
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmos 139:14, RVR1960).
Hoy podemos observar el cuerpo humano con instrumentos que David nunca tuvo.
Podemos mirar células.
Podemos estudiar tejidos.
Podemos observar neuronas.
Podemos seguir el recorrido de la sangre.
Podemos estudiar cómo el ojo transforma la luz en información que el cerebro interpreta.
Podemos investigar cómo el oído transforma vibraciones en sonidos.
Podemos estudiar el sistema inmunológico, la memoria, el movimiento, la respiración y miles de procesos que ocurren dentro de nosotros sin que tengamos que dirigirlos conscientemente.
Y mientras más conocemos, más extraordinaria parece aquella sencilla palabra:
«formó».
Pero todavía faltaba algo.
Porque un cuerpo perfectamente formado no es lo mismo que un ser humano vivo.
Y entonces Génesis describe uno de los momentos más extraordinarios de toda la historia de la creación:
«Y sopló en su nariz aliento de vida».
Y después:
«fue el hombre un ser viviente».
El polvo recibió vida.
No sabemos cómo fue aquel instante.
La Biblia no nos permite describir aquello que no nos cuenta.
Pero sí podemos contemplar lo que el texto afirma.
Hubo un momento en que Adán no estaba vivo.
Y después…
vivió.
Respiró.
Su corazón comenzó a latir.
Sus ojos pudieron abrirse.
Sus oídos pudieron escuchar.
Su mente pudo comenzar a percibir aquello que lo rodeaba.
El primer ser humano estaba vivo.
Y había algo profundamente significativo en todo aquello:
Adán no había hecho absolutamente nada para conseguirlo.
No había trabajado.
No había obedecido.
No había ofrecido nada.
No había demostrado nada.
Ni siquiera había podido pedir existir.
Simplemente recibió.
Recibió cuerpo.
Recibió conciencia.
Recibió aliento.
Recibió existencia.
Recibió vida.
Muchos siglos después, Pablo diría acerca de Dios:
«Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25, RVR1960).
Y Job expresaría algo semejante:
«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4, RVR1960).
Comenzamos entonces a comprender que aquella escena de Génesis no es solamente una historia acerca de Adán.
Nos obliga también a pensar en nosotros.
Porque hay cosas que utilizamos todos los días y que nunca conseguimos por nosotros mismos.
Yo no diseñé mis ojos.
No construí mi cerebro.
No decidí cuántas cámaras tendría mi corazón.
No diseñé mis pulmones.
No organicé mi sistema nervioso.
No fabriqué mis huesos.
No construí mi primera célula.
Y tampoco recuerdo haber dado una orden para que mi corazón comenzara a latir.
Llegué a este mundo y ya estaba sucediendo.
La vida me había sido dada.
Y eso hace que vuelva a mirar aquella escena de Génesis con otros ojos.
Durante mucho tiempo, cuando pensaba en Adán y Eva, mi mente corría inmediatamente hacia el árbol prohibido.
Pensaba en la orden.
En la serpiente.
En la desobediencia.
En el juicio.
Pero estamos reconstruyendo la historia lentamente.
Y todavía no hemos llegado allí.
Antes de la prohibición hubo algo mucho más fundamental.
Hubo un regalo.
Antes de que Adán escuchara lo que no debía hacer, tuvo que recibir la capacidad misma de escuchar.
Antes de que pudiera decidir obedecer o desobedecer, tuvo que recibir una mente capaz de decidir.
Antes de caminar hacia cualquier árbol, tuvo que recibir piernas capaces de llevarlo.
Antes de extender la mano para tomar cualquier cosa, tuvo que recibir una mano.
Antes de pronunciar una palabra, tuvo que recibir aliento.
Antes de hacer absolutamente nada…
tuvo que recibir la vida.
Y quizá durante mucho tiempo comenzamos la historia demasiado adelante.
Tal vez para comprender correctamente lo que después sucederá en el Edén, primero necesitamos contemplar detenidamente todo lo que ocurrió antes.
Ahora sí podemos detenernos y añadir una nueva pieza al retrato que estamos construyendo.
¿Qué descubrimos acerca de Dios en esta escena?
Descubrimos al Dios que da vida.
Y eso es mucho más profundo de lo que parece.
La vida es el regalo que hace posibles todos los demás regalos.
Sin ella no existe experiencia.
No existe conocimiento.
No existe relación.
No existe descubrimiento.
No existe posibilidad de amar, aprender, escoger, disfrutar ni construir una historia.
Todo comienza allí.
Con estar vivo.
Jesucristo expresó esta realidad con unas palabras extraordinarias:
«Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (Juan 5:26, RVR1960).
La Biblia presenta a Dios no solamente como alguien que posee vida, sino como aquel de quien procede.
Por eso podemos añadir nuevas palabras a nuestro retrato:
Dios es la fuente de la vida.
Dios convierte lo que no vive en algo viviente.
Dios da existencia donde antes no la había.
Dios tiene poder para comunicar vida.
Pero encuentro todavía algo más profundo en esta escena.
Adán recibió el regalo fundamental de su existencia antes de haber tenido oportunidad de merecer absolutamente nada.
Esto comienza a mostrarnos un principio acerca de Dios que tendremos que observar conforme avancemos:
Dios tomó la iniciativa.
El primer movimiento no fue del hombre hacia Dios.
Fue de Dios hacia el hombre.
Adán no buscó primero a Dios.
No podía hacerlo.
Dios fue primero.
Y eso me parece una pieza extraordinariamente importante para guardar.
Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios observando sus acciones.
Y una de sus primeras acciones hacia el hombre fue ésta:
darle vida cuando el hombre todavía no podía darle absolutamente nada a cambio.
Guardemos esa pieza.
Porque todavía estamos contemplando solamente los primeros instantes de la historia humana.
Adán acaba de comenzar a vivir.
Y ahora tendremos que descubrir qué hizo Dios con aquel hombre al que acababa de darle vida.
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Adán estaba vivo.
Por primera vez, según el relato bíblico, un ser humano respiraba, observaba, escuchaba y contemplaba el mundo que Dios había preparado.
Pero la historia no termina allí.
Dios no le dio vida para después abandonarlo a su suerte.
Génesis nos muestra inmediatamente otra acción de Dios:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Observe nuevamente el orden.
Dios prepara.
Después coloca allí al hombre.
Y aquel lugar recibe un nombre que atravesará toda la historia bíblica:
Edén.
Para muchas personas, la palabra Edén inmediatamente produce la imagen de un jardín.
Y ciertamente había un huerto.
Pero conforme avancemos descubriremos que reconstruir el escenario original será mucho más interesante que simplemente imaginar árboles y vegetación.
Como establecimos desde el comienzo de esta investigación, no utilizaremos solamente Génesis.
La Biblia es un enorme rompecabezas y tendremos que buscar las piezas que otros libros nos proporcionan.
Algunas de las más sorprendentes aparecen precisamente en los últimos capítulos de la Biblia.
Apocalipsis vuelve a mostrarnos elementos que encontramos al principio.
El árbol de la vida.
Un río de agua de vida.
Y todo ello aparece relacionado con una extraordinaria ciudad (Apocalipsis 21–22).
Más adelante dedicaremos el espacio necesario para estudiar estas conexiones y preguntarnos hasta qué punto la restauración final nos permite comprender aquello que existió al principio.
Allí examinaremos con detenimiento una posibilidad extraordinaria: el huerto de Edén dentro del escenario de una hermosa ciudad preparada por Dios.
Pero no nos adelantemos.
Llegaremos allí en su momento.
Por ahora sigamos a Adán.
Génesis nos proporciona inmediatamente un detalle acerca de aquel lugar:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Ya hemos hablado de la belleza y de la capacidad que Dios dio al hombre para disfrutarla, así que no necesitamos detenernos nuevamente en ello.
Lo que me interesa observar ahora es otra cosa:
Adán llegó a un lugar donde ya había provisión.
No tuvo que comenzar su existencia preocupado por encontrar alimento.
No tuvo que preguntarse dónde conseguiría su próxima comida.
No tuvo que producir primero para poder sobrevivir.
Cuando llegó, ya había algo esperando por él.
Y poco después Dios le dijo:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Esta declaración es muy importante para mí.
Porque durante mucho tiempo, cuando pensaba en la historia de Adán y Eva, mi atención se dirigía inmediatamente hacia aquello que Dios había prohibido.
El árbol.
La orden.
La desobediencia.
La expulsión.
Y al comenzar la historia allí, Dios podía parecerme principalmente alguien que había colocado una prohibición delante del hombre.
Pero cuando respetamos el orden de la narración, descubrimos algo diferente.
Antes de escuchar:
«no comerás»,
Adán escuchó:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
No quiero desarrollar todavía el significado de aquella prohibición.
Llegaremos a ella y la examinaremos con todo el cuidado que merece.
Pero cuando lo hagamos tendremos que recordar el escenario completo.
Porque el árbol prohibido no estaba solo en medio de un terreno vacío.
Estaba rodeado de provisión.
Y antes de estudiar aquello que Dios reservó, tendremos que reconocer aquello que había puesto a disposición del hombre.
Entonces encontramos otro detalle que cambia considerablemente una idea común acerca del Edén.
Cuando pensamos en el paraíso, fácilmente podemos imaginar una existencia en la que nadie tiene que trabajar.
Descansar.
Comer.
Caminar.
Disfrutar.
Y hacer absolutamente nada.
Pero esa no es la imagen que presenta Génesis.
La Escritura dice:
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Esto es extraordinariamente importante.
Adán tenía trabajo.
Y todavía no había ocurrido el pecado.
Todavía no había sucedido la caída.
Por lo tanto, el trabajo no nació como consecuencia del pecado.
Trabajar formaba parte de la vida humana original.
Lo que posteriormente cambiaría serían las condiciones.
Después del pecado aparecerían los espinos y los cardos, el dolor y el esfuerzo agotador asociado con obtener el alimento de una tierra afectada por la maldición (Génesis 3:17-19).
Pero eso vendrá después.
En este momento de la historia no encontramos a un hombre condenado a trabajar.
Encontramos a un hombre al que se le ha dado algo que hacer.
Y esa diferencia es enorme.
Dios no creó a Adán simplemente para ocupar espacio dentro del Edén.
Le dio una función.
Una responsabilidad.
Una tarea.
Algo que podía desarrollar.
Algo que podía cuidar.
Algo en lo que podía participar.
La expresión bíblica es sencilla:
«para que lo labrara y lo guardase».
Había algo que cultivar.
Y había algo que proteger y cuidar.
Eso significa que desde el comienzo la vida humana tenía propósito.
Adán no tendría que levantarse preguntándose:
¿Para qué existo?
Había algo delante de él.
Una creación sobre la cual Dios le había concedido responsabilidad.
Y esto comienza a explicar un poco mejor aquellas palabras que ya encontramos anteriormente:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Ahora comenzamos a ver aquel señorío en acción.
Pero resulta interesante observar la primera manera en que aparece.
No comienza destruyendo.
No comienza explotando.
No comienza tomando todo para sí.
Comienza:
labrando y guardando.
Cultivando.
Cuidando.
Administrando algo que pertenecía a Dios.
Eso nos proporciona una pista muy importante acerca de la clase de autoridad que Dios estaba poniendo en manos del hombre.
Hay algo aquí que personalmente me parece hermoso.
Dios no necesitaba la ayuda de Adán para mantener su creación.
El mismo Dios que había creado la Tierra era perfectamente capaz de continuar ocupándose de ella.
Entonces, ¿por qué darle trabajo al hombre?
¿Por qué confiarle una responsabilidad?
¿Por qué permitirle participar?
Creo que estas preguntas comienzan a llevarnos hacia algo importante.
Existe una enorme diferencia entre darle todo a un hijo y permitirle participar en aquello que hacemos.
Un hijo necesita recibir.
Pero también necesita crecer.
Descubrir capacidades.
Aprender.
Tomar decisiones.
Asumir responsabilidades.
Hacer algo significativo.
Experimentar la satisfacción de una tarea realizada.
Eclesiastés dice:
«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).
Observe esa última expresión:
«goce el bien de toda su labor».
Hay una clase de satisfacción que solamente puede experimentarse cuando hemos participado en algo.
Cuando hemos construido.
Cuando hemos cuidado.
Cuando hemos trabajado.
Cuando vemos un resultado y sabemos que nuestras manos participaron en él.
Quizá por eso el propósito original del hombre incluía responsabilidad.
Dios no había creado un espectador.
Había creado a alguien que participaría en el mundo que le había entregado.
Y esto comienza a decirnos algo acerca de la relación que Dios quería establecer con él.
No solamente recibiría cosas de Dios.
Dios comenzaría a confiarle cosas.
Eso representa un nuevo paso en nuestra investigación.
Detengámonos nuevamente frente al retrato que estamos construyendo.
En este capítulo aparece una característica que merece nuestra atención:
Dios confía.
Dios poseía toda la capacidad para hacer por sí mismo aquello que encomendó al hombre y, sin embargo, decidió darle una responsabilidad.
Eso nos muestra que su propósito para el ser humano no era mantenerlo eternamente en una condición de inutilidad o dependencia infantil.
Quería que desarrollara capacidades.
Que asumiera responsabilidades.
Que aprendiera a cuidar aquello que había sido puesto en sus manos.
Que participara.
Podemos entonces añadir nuevas características al retrato:
Dios da propósito.
Dios confía responsabilidades.
Dios permite participar.
Dios espera que aquello que confía sea cuidado.
Dios parece interesado en el desarrollo de sus hijos.
Y esto nos permite comprender algo todavía más profundo.
Confiar algo a alguien es también una manera de honrarlo.
Cuando confiamos una responsabilidad importante a una persona estamos diciendo, de alguna manera:
«Creo que puedes hacerlo».
Adán acababa de comenzar su existencia y Dios ya le estaba concediendo una responsabilidad dentro de su creación.
No era solamente alguien que recibiría.
También sería alguien a quien se le podía confiar.
La imagen de Dios continúa creciendo.
Estamos encontrando a un Dios que no parece querer hijos incapaces de hacer nada sin Él moviendo cada una de sus manos.
Les concede espacio para actuar.
Les entrega responsabilidades reales.
Les permite desarrollar aquello que ha puesto dentro de ellos.
Y quizá esta sea la pieza que debemos llevarnos de este capítulo:
Dios no solamente quiso darle al hombre un lugar donde vivir. Quiso darle un lugar dentro de lo que Él estaba haciendo.
Adán tenía ahora una responsabilidad.
Pero estaba a punto de recibir una oportunidad todavía más sorprendente de participar con su Creador.
Porque Dios llevaría delante de él a los animales…
y permitiría que Adán decidiera cómo llamarlos.
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