En el capítulo anterior dejamos planteada una pregunta extraordinaria:
¿Por qué quiso Dios que existiéramos?
Todavía no hemos terminado de responderla.
De hecho, apenas estamos comenzando.
Pero cuando regresamos a Génesis encontramos un detalle que durante mucho tiempo pasó inadvertido para mí.
Antes de crear al hombre, Dios preparó el lugar donde habría de vivir.
Adán todavía no respiraba.
Eva todavía no había sido formada.
Ningún niño había nacido.
No existían ciudades.
No había casas.
No había caminos.
Y, sin embargo, el escenario donde vivirían ellos y su descendencia ya estaba siendo preparado.
La Biblia lo expresa con una frase sencilla:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Pero detrás de esas pocas palabras aparece algo extraordinario.
Un planeta entero.
Una casa extraordinaria llamada Tierra
Quizá la familiaridad nos ha robado la capacidad de asombrarnos.
Vivimos sobre la Tierra todos los días.
Caminamos sobre ella.
Respiramos su aire.
Bebemos su agua.
Comemos lo que produce.
Vemos salir el Sol.
Observamos las nubes.
Sentimos la lluvia.
Contemplamos los árboles, las montañas y los océanos.
Y como todo esto nos ha acompañado desde que nacimos, puede parecernos normal.
Pero normal no significa sencillo.
Nuestro planeta es extraordinario.
Tiene enormes océanos llenos de agua.
Montañas.
Valles.
Ríos.
Lagos.
Praderas.
Regiones tropicales.
Regiones heladas.
Y sobre toda esta diversidad existe una delgada atmósfera dentro de la cual respiramos y vivimos.
La Tierra recibe energía del Sol.
El agua de los océanos se evapora.
El vapor asciende.
Se forman nubes.
La lluvia cae.
Los ríos recorren la tierra.
Y el agua finalmente vuelve a los mares.
Siglos antes de que nosotros habláramos de estos procesos con terminología científica, la Escritura observaba:
«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo» (Eclesiastés 1:7, RVR1960).
El agua circula.
Pero no es el único ciclo.
Las plantas utilizan aquello que encuentran en su ambiente.
Los animales se alimentan de plantas y de otros organismos.
Los residuos vuelven al suelo.
La materia es reutilizada.
El oxígeno, el carbono, el agua y numerosos nutrientes circulan constantemente a través de sistemas extraordinariamente interconectados.
La Tierra no funciona como una despensa que fue llenada una vez y después quedó destinada a vaciarse.
Posee ciclos naturales capaces de renovar y reutilizar recursos continuamente.
Y eso me parece extraordinario.
Porque Dios no estaba preparando un hogar solamente para dos personas.
Estaba preparando un mundo en el que, según el relato bíblico, viviría la descendencia que vendría después de ellas.
La Escritura dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Así que el escenario tenía que ser mucho mayor que un pequeño jardín.
Había una Tierra por llenar.
Generaciones vendrían después.
Y el planeta tendría que continuar funcionando.
Día tras día.
Año tras año.
Generación tras generación.
Eso cambia un poco la manera en que contemplo nuestro hogar.
No solamente tenía que funcionar; también podía ser hermoso
Hay otro detalle que me conmueve todavía más.
Si el único propósito de la Tierra fuera mantener vivos a los seres humanos, muchas de las cosas que encontramos en ella parecerían innecesarias.
Pero nuestro planeta no solamente funciona.
Es hermoso.
Extraordinariamente hermoso.
Piense en un amanecer.
En la luz atravesando las nubes.
En una montaña cubierta de nieve.
En el sonido de la lluvia.
En un cielo completamente lleno de estrellas.
En el oleaje del mar.
En una cascada.
En un bosque.
En el color de las flores.
En las alas de una mariposa.
En los peces de un arrecife.
En la enorme variedad de aves.
En los colores de un atardecer.
Nada de eso se siente simplemente como una habitación con oxígeno.
La Tierra parece un hogar lleno de detalles.
El salmista quedó maravillado al contemplarlo:
«¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios» (Salmos 104:24, RVR1960).
Y el mismo salmo dedica largas líneas a observar cómo funciona aquel mundo.
Habla de las fuentes que corren entre los montes.
De los animales que beben de ellas.
De las aves que habitan junto a las aguas.
De la lluvia.
De la hierba.
De los árboles.
Del Sol.
De la Luna.
Del mar.
De los animales que viven dentro de él.
Es casi como si el escritor se detuviera a contemplar el planeta y dijera:
Mire todo esto.
Y entonces alabara al que lo hizo.
Pero Génesis contiene un detalle todavía más hermoso.
Cuando describe los árboles que Dios hizo aparecer en el huerto, no dice solamente que eran buenos para comer.
Dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Siempre me ha llamado la atención el orden.
«Delicioso a la vista».
Y después:
«bueno para comer».
Dios no solamente estaba proporcionando alimento.
Había belleza.
Algo podía ser contemplado.
Disfrutado.
Admirado.
Y comenzamos nuevamente a encontrarnos con una pregunta que acompañará toda esta investigación:
¿Qué nos dicen las obras de Dios acerca de Dios?
Todavía no respondamos.
Sigamos observando.
Porque nuestro planeta tiene otra característica impresionante.
Muchas de las condiciones necesarias para nuestra existencia funcionan simultáneamente.
Necesitamos agua líquida.
Necesitamos una atmósfera adecuada.
Necesitamos energía.
Necesitamos temperaturas compatibles con la vida.
Necesitamos nutrientes.
Necesitamos ciclos que continúen funcionando.
Necesitamos un suelo capaz de participar en el sostenimiento de la vegetación.
Necesitamos innumerables relaciones entre organismos.
No vivimos gracias a una sola condición favorable.
Vivimos dentro de un enorme sistema de condiciones que trabajan juntas.
Quite suficientes piezas y la casa deja de funcionar.
Pero aquí estamos.
Respirando.
Bebiendo.
Comiendo.
Cultivando.
Viviendo sobre una pequeña franja de tierra firme rodeada por enormes océanos y cubierta por una atmósfera extraordinariamente delgada.
Isaías escribió:
«Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó» (Isaías 45:18, RVR1960).
Me interesa particularmente esa última expresión:
«Para que fuese habitada la creó».
Según la perspectiva bíblica, la habitabilidad de nuestro planeta no aparece como un detalle posterior.
Formaba parte del propósito.
Como un Padre que prepara la casa antes de que lleguen sus hijos
Hay algo profundamente humano en todo esto que me ayuda a comprenderlo.
Cuando unos padres saben que viene un hijo, frecuentemente comienzan a preparar cosas antes de que el niño llegue.
Preparan una habitación.
Compran una cuna.
Buscan ropa.
Piensan dónde dormirá.
Qué necesitará.
Cómo protegerlo.
El niño todavía no ha llegado a casa.
No ha pedido ninguna de esas cosas.
Ni siquiera sabe que existen.
Pero alguien está pensando en él.
Antes de que llegue.
No quiero llevar la comparación más lejos de lo que permite la Escritura.
Pero mientras leo Génesis, no puedo evitar percibir algo semejante.
Antes de que Adán abriera los ojos, había luz.
Había agua.
Había tierra.
Había vegetación.
Había alimento.
Había ciclos funcionando.
Había un planeta preparado para sostener vida.
Había belleza.
Había un hogar.
Y solamente después aparece el hombre.
Eso me parece significativo.
Porque comenzamos esta parte de nuestra investigación preguntándonos por qué Dios quiso que existiéramos.
Todavía estamos lejos de tener una respuesta completa.
Pero estamos encontrando pequeñas pistas.
Y esta es una de ellas:
Antes de crear al hombre, preparó un lugar para él.
No improvisó después de que Adán apareció.
Según la narración de Génesis, primero preparó la casa.
Y entonces llegó el momento de traer al hombre a ella.
Como un buen padre que piensa en sus hijos antes de que ellos siquiera comprendan lo que necesitarán, Dios tenía un plan.
Todavía tenemos que descubrir cuál era.
No nos adelantemos.
Porque la siguiente frase que aparece en la historia nos llevará un poco más lejos:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
La casa estaba preparada.
Ahora llegaba el momento de crear a quien viviría en ella.
Y la manera en que Dios decidió hacerlo nos dará otra pieza extraordinaria acerca de cómo veía Dios al hombre desde el principio.
Para continuar esta investigación
Si desea detenerse a contemplar con mayor detalle la extraordinaria complejidad y belleza del mundo que habitamos, le recomiendo visitar en Cristopedia la sección Las maravillas de la creación, donde estudiamos con mayor profundidad diferentes características del universo, la Tierra y la vida.
También puede consultar mi libro:
Cristopedia: Ciencia y Creación — Las maravillas del planeta Tierra
Allí desarrollamos con mucho mayor detalle muchas de las características que hacen de nuestro planeta un lugar extraordinario para la vida.
En esta serie, sin embargo, continuaremos siguiendo otra pregunta.
No solamente cómo funciona la casa.
Sino:
¿Qué nos dice acerca del Padre que, según Génesis, la preparó antes de que llegaran sus hijos?
¿Qué aprendimos de Dios?
Antes de continuar, volvamos a nuestra pregunta principal:
¿Qué nos enseñan estos hechos acerca de Dios?
Todavía no hemos creado a Adán en nuestra reconstrucción de la historia.
Y, sin embargo, Dios ya había preparado su hogar.
Había luz.
Había agua.
Había alimento.
Había ciclos capaces de continuar funcionando generación tras generación.
Había un planeta preparado para ser habitado.
Pero había algo más.
Había belleza.
Génesis incluso se detiene a decir que Dios hizo árboles «deliciosos a la vista», además de buenos para comer.
Así que podemos añadir nuevas piezas al retrato de Dios que estamos construyendo:
Dios es previsor.
Dios piensa anticipadamente en las necesidades de sus hijos.
Dios es cuidadoso con lo que prepara.
Dios no solamente provee lo necesario; también parece disfrutar rodeando sus regalos de belleza.
Dios prepara antes de entregar.
Hay algo que particularmente me conmueve.
Adán todavía no podía agradecerle nada.
Todavía no podía obedecerlo.
Todavía no podía adorarlo.
Ni siquiera existía.
Y Dios ya estaba preparando cosas para él.
Eso me recuerda inevitablemente a un padre preparando la habitación de un hijo que todavía no ha llegado a casa: piensa dónde dormirá, qué necesitará y cómo será recibido. Esa misma imagen aparece naturalmente al observar el orden del relato de Génesis: primero la casa; después, el hombre.
Y quizá esta sea la frase que debemos guardar de este capítulo:
El Dios que estamos comenzando a conocer parece pensar en sus hijos antes de que sus hijos puedan pensar en Él.
Todavía falta mucho.
Todavía llegaremos al árbol.
A la prohibición.
A la serpiente.
A la desobediencia.
Y tendremos preguntas difíciles que hacerle a esta historia.
Pero cuando lleguemos allí, no olvidemos lo que estamos descubriendo ahora.
Antes de observar lo que Dios prohibió, estamos observando todo lo que preparó.
Antes de escuchar un «no», estamos descubriendo una enorme cantidad de «sí».
Y antes de que el hombre pusiera un solo pie sobre la Tierra…
Dios ya había preparado la casa para recibirlo.
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