04. Antes de que existiera el hombre… Dios ya estaba allí

Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior descubrimos algo que cambiará la manera en que realizaremos esta investigación.

  Si queremos reconstruir el mundo en el que vivieron Adán y Eva, no podemos limitarnos a leer los primeros capítulos de Génesis.

  Las piezas están distribuidas por toda la Biblia.

  Así que comenzaremos a reunirlas.

  Pero antes de estudiar al hombre, el huerto, los animales, el árbol de la vida o cualquiera de las demás cosas que formaban parte de aquel mundo, existe alguien a quien debemos observar primero.

  Dios.

  Porque cuando Génesis abre su relato, Dios ya está allí.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).

  La Biblia no comienza explicando de dónde vino Dios.

  No relata su nacimiento.

  No describe el momento en que comenzó a existir.

  Simplemente abre la historia y Él ya está allí.

  Antes del primer hombre.

  Antes de la primera montaña.

  Antes del primer océano.

  Antes del Sol, la Luna y las estrellas.

  Antes de que existiera aquello que nosotros llamamos historia.

  Dios ya estaba allí.

  Moisés lo expresó de una manera extraordinaria:

«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmos 90:2, RVR1960).

  Deténgase un momento a pensar en semejante afirmación.

  Nosotros nacemos dentro de un mundo que ya existe.

  Cuando abrimos los ojos por primera vez, encontramos un planeta funcionando.

  El Sol ya estaba allí.

  Los océanos ya estaban allí.

  Las estrellas ya estaban allí.

  Las leyes de la naturaleza ya estaban funcionando.

  Nosotros simplemente llegamos.

  Pero según la Biblia, con Dios sucede exactamente lo contrario.

  Él estaba antes que todo lo demás.

  Y todo lo demás llegó después.

  Esta es nuestra primera pieza.

Intentemos contemplar al Dios que Génesis presenta

  Hay algo que puede perderse por la familiaridad con la que leemos Génesis.

  La narración es extraordinariamente sencilla:

«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (Génesis 1:3, RVR1960).

  Lo hemos leído tantas veces que podemos pasar por encima de esas palabras sin detenernos a considerar lo que están afirmando.

  Dios habla.

  Y algo que no existía comienza a existir.

  El salmista contempla la misma realidad y escribe:

«Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Salmos 33:9, RVR1960).

  No encontramos ejércitos ayudándolo.

  No encontramos maquinaria.

  No encontramos materia prima que Él tenga que comprar.

  No encontramos esfuerzo.

  Encontramos voluntad.

  Palabra.

  Y después, existencia.

  El profeta Isaías intentó comunicar la inmensidad de aquel Creador con una imagen impresionante:

«¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?» (Isaías 40:12, RVR1960).

  No creo que Isaías estuviera intentando enseñarnos las dimensiones físicas de la mano de Dios.

  Está intentando hacernos sentir pequeños.

  Los océanos que nosotros no podemos cruzar sin barcos aparecen, en aquella imagen, contenidos en el hueco de su mano.

  Los cielos que nosotros apenas comenzamos a explorar son medidos con su palmo.

  Las montañas delante de las cuales un ser humano parece insignificante son pesadas como si estuvieran sobre una balanza.

  Y entonces Isaías levanta nuestros ojos hacia el cielo:

«Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio» (Isaías 40:26, RVR1960).

  Eso es grandeza.

  Pero la Biblia no se detiene allí.

  Porque el Dios que estamos intentando conocer no solamente posee poder.

  También posee una inteligencia que resulta difícil siquiera imaginar.

  El salmista declara:

«Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito» (Salmos 147:5, RVR1960).

  Y cuando llegamos a Job, encontramos algo que será importantísimo para reconstruir el mundo de Génesis.

  Dios comienza a hablar de su creación.

  Y lo hace con un nivel de detalle extraordinario.

  Pregunta por los fundamentos de la tierra.

  Por los límites del mar.

  Por la luz.

  Por la lluvia.

  Por las constelaciones.

  Por los animales.

  Por dónde viven.

  Por cómo encuentran alimento.

  Por cómo tienen sus crías.

  Por características particulares de cada uno.

  Por ejemplo:

«¿Cazarás tú la presa para el león? ¿Saciarás el hambre de los leoncillos, cuando están echados en las cuevas, o se están en sus guaridas para acechar?» (Job 38:39-40, RVR1960).

  Y después pregunta:

«¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios, y andan errantes por falta de comida?» (Job 38:41, RVR1960).

  Esto comenzó a cambiar mi manera de imaginar al Creador.

  Porque no estaba contemplando solamente a un Dios suficientemente poderoso para crear un universo.

  Estaba contemplando a un Dios que parecía conocer cómo funcionaba cada parte de aquello que había creado.

  Desde las estrellas hasta un pequeño animal buscando alimento.

  Y entonces encontré algo todavía más sorprendente.

  La Biblia no presenta a este Creador como una fuerza impersonal.

  No es simplemente energía.

  No es solamente poder.

  No es una inteligencia cósmica fría que diseñó un universo y después desapareció.

  La Biblia nos habla de alguien que quiere.

  Que decide.

  Que habla.

  Que observa.

  Que se agrada.

  Que se indigna.

  Que se entristece.

  Que ama.

  Y que incluso se goza.

  Cuando Dios terminó una parte fundamental de su obra creadora, Génesis dice:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).

  Dios observó su obra.

  Y aquello que vio le agradó.

  Pero Proverbios contiene una imagen todavía más extraordinaria.

  En el capítulo 8 encontramos a la Sabiduría hablando de la creación:

«Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo» (Proverbios 8:27-28, RVR1960).

  Y poco después encontramos estas palabras:

«Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo. Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres» (Proverbios 8:30-31, RVR1960).

  Más adelante tendremos que regresar a este pasaje y estudiarlo cuidadosamente.

  Pero por ahora quiero que observe algo.

  En medio del lenguaje relacionado con la creación aparecen palabras que quizá no esperábamos encontrar:

delicia.

regocijo.

  La creación bíblica no aparece solamente como un acto de poder.

  Hay algo más.

  Hay voluntad.

  Hay propósito.

  Hay satisfacción.

  Hay gozo.

  Y esto comienza a interesarme muchísimo.

  Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios.

Un Rey antes de que existieran los reyes

  Hay otra pieza que necesitaremos colocar sobre la mesa.

  La Biblia no presenta solamente a Dios como Creador.

  Lo presenta como Rey.

«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).

  Antes de que existiera Babilonia.

  Antes de Egipto.

  Antes de Roma.

  Antes de que un hombre se sentara por primera vez sobre un trono terrenal, la Escritura ya presenta un Reino.

  El Reino de Dios.

  Y esto será muy importante para entender lo que posteriormente sucederá en Génesis.

  Un reino implica autoridad.

  Implica orden.

  Implica gobierno.

  Implica leyes.

  Implica seres que viven bajo ese gobierno.

  Y la Biblia describe un ámbito celestial que ya existía cuando fueron establecidos los fundamentos de la tierra.

  En Job encontramos una declaración particularmente interesante:

«¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios (Job 38:6-7, RVR1960).

  Otra vez aparece la misma palabra:

regocijaban.

  Algo estaba sucediendo mientras Dios creaba.

  Había seres que contemplaban.

  Había celebración.

  Había un Reino.

  Había un Rey.

  Y estaba apareciendo una creación nueva.

  No quiero ir más lejos todavía.

  Recuerde que apenas estamos colocando las primeras piezas del rompecabezas.

  Pero hay algo que ya comienza a sorprenderme.

  El Dios que aparece delante de nosotros es inmenso.

  Su poder es difícil de concebir.

  Su inteligencia rebasa nuestra capacidad.

  Su Reino precede a los reinos humanos.

  Su autoridad alcanza toda la creación.

  Y, sin embargo, cuando la Biblia describe la creación, no utiliza solamente palabras relacionadas con poder y autoridad.

  También habla de deleite.

  De regocijo.

  De algo que Dios mira y considera «bueno en gran manera».

  Y muy pronto, en medio de toda aquella inmensidad, sucederá algo extraordinario.

  Dios dirigirá su atención hacia una criatura que todavía no existe.

  Una criatura infinitamente más pequeña que Él.

  El salmista, contemplando los cielos, hizo precisamente la pregunta que comenzaremos a hacernos nosotros:

«Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:3-4, RVR1960).

  Esa es una pregunta extraordinaria.

  Después de contemplar la grandeza del Creador, resulta difícil comprender por qué un Ser semejante tendría algún interés en nosotros.

  Pero según Génesis, lo tuvo.

  Y mucho.

  Así que nuestra siguiente pieza del rompecabezas será precisamente esa.

  ¿Qué tenía Dios en mente cuando decidió crear al hombre?

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.