Durante muchos años Jesucristo fue para mí una imagen borrosa.
Sabía quién era. Conocía su nombre. Había escuchado acerca de su muerte y sabía aquella declaración que probablemente millones de personas hemos escuchado alguna vez:
«Cristo murió por nuestros pecados».
Pero recuerdo que dentro de mí surgía una pregunta muy sencilla:
¿Cuáles pecados?
¿Qué había ocurrido realmente para que fuera necesaria una cruz? ¿Por qué tenía que morir alguien? Y todavía más desconcertante: ¿por qué Dios estaría dispuesto a hacer algo así?
Yo conocía la declaración, pero no comprendía la historia que había detrás de ella. Jesucristo era para mí casi un icono religioso, una figura sobre una cruz, alguien importante para el cristianismo, pero todavía no conocía suficientemente a la persona detrás de aquella imagen.
Aquellas preguntas formaron parte del comienzo de mi conversión al cristianismo.
No sucedió todo de una vez. Dios fue guiando mis pasos. Una pregunta me llevó a otra. Una Escritura comenzó a iluminar otra. Y poco a poco comencé a comprender que la cruz no podía estudiarse aisladamente.
Para entender lo que ocurrió en el Calvario tenía que regresar muchísimo más atrás.
Tenía que regresar al principio.
Al huerto de Edén.
Durante mucho tiempo pensé en Génesis y en los Evangelios como historias muy separadas. Adán y Eva pertenecían al principio de la Biblia. Jesucristo pertenecía al Nuevo Testamento. Entre ambos había miles de años de historia.
Pero mientras estudiaba las Escrituras comencé a descubrir que no podía comprender plenamente uno sin el otro.
Pablo establece una conexión extraordinaria entre Adán y Cristo:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Y en otro lugar escribe:
«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida» (Romanos 5:18, RVR1960).
Adán y Cristo.
Una pérdida y una recuperación.
Una historia que comenzó en un huerto y que, muchísimo después, nos conduciría hasta una cruz.
Entonces comprendí algo que hoy considero fundamental:
Jamás podremos comenzar a comprender la magnitud de lo que Cristo hizo en la cruz si primero no comprendemos correctamente qué ocurrió con el hombre en el principio.
¿Qué tenía el hombre? ¿Quién era? ¿Qué relación tenía con Dios? ¿Para qué había sido creado? ¿Qué le había dado Dios? ¿Qué perdió? ¿Qué se rompió? ¿Y qué vino Cristo a rescatar?
De repente Génesis dejó de ser para mí simplemente la historia de dos personas que comieron algo que Dios les había prohibido.
Se convirtió en una pieza indispensable para comenzar a comprender la cruz.
Quiero dejar algo muy claro desde el principio. No pretendo conocer todo lo que ocurrió en el Edén.
La Biblia no responde cada pregunta que podemos formular. Hay cosas que revela claramente. Hay otras que solamente podemos intentar reconstruir comparando diferentes pasajes de las Escrituras. Y existen otras acerca de las cuales tendremos que reconocer humildemente:
No lo sabemos.
No quiero llenar esos espacios con imaginación y después presentarlos como doctrina. Quiero reunir las piezas que la propia Biblia nos proporciona.
Génesis.
Job.
Los Salmos.
Los profetas.
Los Evangelios.
Las cartas.
Apocalipsis.
Y permitir que unas Escrituras nos ayuden a comprender otras.
No creo entender todo lo que ocurrió. Pero después de años de estudiar estas cosas puedo decir algo:
Ahora entiendo lo suficiente para comenzar a comprender por qué la cruz fue necesaria y, sobre todo, para comenzar a vislumbrar el amor que llevó a Cristo hasta ella.
Y digo comenzar, porque todavía siento que estamos hablando de algo demasiado grande para abarcarlo completamente.
Hubo un momento en mi caminar con Dios en que comencé a sentir una necesidad muy profunda.
No quería solamente saber cosas acerca de Cristo.
Quería conocerlo.
Quería comprender su corazón. Quería entender por qué había hecho lo que hizo. Quería dejar de mirar aquella figura borrosa que durante años había existido en mi mente y comenzar a conocer a la persona.
Y encontré unas palabras del apóstol Pablo que comenzaron a convertirse en una oración para mí:
«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento…» (Efesios 3:17-19, RVR1960).
Aquello era exactamente lo que yo quería.
Conocer el amor de Cristo.
Su anchura.
Su longitud.
Su profundidad.
Su altura.
Comencé a pedírselo a Dios.
Quería conocer más a Cristo. Quería entender su amor. Quería comprender qué había ocurrido realmente en aquella cruz.
Y mientras oraba y estudiaba ocurrió algo que no esperaba.
Para llevarme a comprender mejor la cruz, Dios comenzó a llevarme hacia atrás.
Mucho más atrás.
Hasta Génesis.
Entonces comencé a mirar nuevamente a Adán y Eva, pero esta vez hice preguntas diferentes.
No quise comenzar preguntando:
¿Por qué desobedecieron?
Primero quise preguntar:
¿Quiénes eran antes de desobedecer?
¿Cómo era el mundo que Dios les había preparado? ¿Qué clase de relación existía entre Dios y ellos? ¿Por qué los había creado? ¿Por qué los hizo a su imagen y semejanza? ¿Por qué los bendijo? ¿Por qué les dio autoridad? ¿Por qué les concedió libertad? ¿Por qué quiso que tuvieran hijos? ¿Qué clase de futuro había colocado delante de ellos?
Solamente después podríamos preguntar:
¿Qué ocurrió?
Y después vendría otra pregunta todavía mayor:
¿Qué hizo Dios cuando sus hijos se apartaron de Él?
Entonces una declaración de Jesús comenzó a adquirir para mí una dimensión diferente:
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).
Observe cuidadosamente sus palabras:
«Lo que se había perdido».
Para comprender la misión de Cristo necesitamos descubrir qué se perdió.
Y para descubrir qué se perdió tenemos que conocer qué había antes de perderlo.
Por eso tenemos que regresar al Edén.
Hay otro versículo que conocía desde hacía mucho tiempo:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16, RVR1960).
Durante años puse mi atención principalmente en:
«ha dado a su Hijo».
Pero antes de esa declaración aparecen unas palabras que explican la razón:
«de tal manera amó».
La cruz fue una acción.
Pero detrás de aquella acción había algo.
Amor.
Y si queremos descubrir cómo es Dios, entonces no basta con contemplar los clavos. Tenemos que descubrir qué clase de amor hizo posibles aquellos clavos.
¿Qué clase de Dios busca a quienes lo rechazaron? ¿Qué clase de Dios continúa amando después de ser desobedecido? ¿Qué clase de Dios está dispuesto a pagar un precio para recuperar lo perdido? ¿Qué clase de Dios deja el cielo y entra en nuestra historia? ¿Qué clase de Dios termina sobre una cruz?
Estas son algunas de las preguntas que dieron origen a esta parte de mi investigación.
En la primera parte de ¿Existe Dios? Y si existe… ¿cómo es?, examinamos evidencias que apuntan hacia la existencia de Dios: la creación, el universo, el orden de la naturaleza, la conciencia y otras piezas que nos obligan a formular la pregunta acerca de un Creador.
Después dirigimos nuestra mirada hacia Jesucristo. Examinamos quién afirmó ser, qué hizo para respaldar sus afirmaciones y qué ocurre cuando ponemos a prueba sus palabras y sus promesas.
Ahora llegamos a una pregunta diferente.
Supongamos, como yo finalmente llegué a hacerlo, que Jesucristo verdaderamente nos muestra a Dios.
Entonces quiero saber:
¿Cómo es ese Dios?
No quiero responder solamente con una lista de atributos.
Quiero observar sus acciones.
Quiero regresar al Edén y observar cómo trató a sus primeros hijos.
Quiero seguir la historia cuando esos hijos se apartaron.
Quiero observar qué hizo Dios después.
Y finalmente quiero regresar al lugar donde comenzó mi propia pregunta:
la cruz.
Porque quizá entonces aquella imagen borrosa que alguna vez tuve de Cristo comience a adquirir rostro.
Quizá comprendamos mejor por qué vino.
Quizá comprendamos qué estaba recuperando.
Y quizá comencemos a entender aquellas palabras que durante tanto tiempo fueron para mí solamente una declaración religiosa:
«Cristo murió por nuestros pecados».
¿Qué pecados?
¿Qué perdimos?
¿Qué había que rescatar?
¿Por qué Dios decidió hacerlo?
¿Y por qué estuvo dispuesto a pagar semejante precio?
No voy a contestar esas preguntas todavía.
Quiero que las Escrituras nos conduzcan hasta las respuestas.
Pero puedo decir algo acerca de mi propia experiencia.
Parte de la respuesta a aquella oración que hice —conocer la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo (Efesios 3:14-21)— se encuentra detrás de los artículos que forman esta tercera parte de ¿Existe Dios? Y si existe… ¿cómo es?
Y para mí fue sorprendente descubrir dónde comenzaron a responderse muchas de aquellas preguntas.
No comenzó con los clavos.
No comenzó con la corona de espinas.
No comenzó frente a una cruz.
Comenzó mucho antes.
En un huerto.
Porque antes de poder comprender al Dios que vino a rescatar, necesitaba conocer al Dios que creó.
Antes de comprender lo que vino a recuperar, necesitaba comprender lo que habíamos perdido.
Antes de comprender el precio que estuvo dispuesto a pagar, necesitaba comprender el vínculo que había establecido con nosotros.
Y antes de intentar comprender al Dios que murió en una cruz, necesitaba descubrir algo que transformaría profundamente mi manera de mirarlo:
el Dios de la cruz es también el Dios del Edén.
Es la misma historia.
Y quizá, cuando finalmente logremos unir sus piezas, podamos comenzar a comprender aquello por lo que un día le pedí a Dios que abriera mis ojos:
«cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura» del amor de Cristo.
Así que todavía no vayamos a la cruz.
Llegaremos allí.
Primero necesitamos regresar al lugar donde comenzó nuestra historia.
Regresemos al Edén.
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Cuando pensamos en Dios, normalmente pensamos en poder.
Después de todo, si Dios existe y realmente es Dios, se supone que puede hacer lo que quiera.
La Biblia lo presenta como el Creador del universo:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Un Dios así no tendría que pedirle permiso a nadie.
Podría gobernar por la fuerza.
Podría obligarnos a obedecer.
Podría destruir al que se opusiera a su voluntad.
Con una sola palabra podría terminar con una rebelión. Con una sola orden podría imponer su voluntad sobre toda la humanidad.
De hecho, la Escritura declara:
«Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Salmos 135:6, RVR1960).
Hasta aquí, probablemente nada nos sorprende.
Es más o menos la imagen que muchos tenemos de Dios: un Ser todopoderoso sentado en su trono, gobernando el universo y teniendo autoridad absoluta sobre todo cuanto existe.
Pero entonces aparece Jesucristo.
Y algo comienza a desconcertarnos.
Porque si aceptamos la afirmación cristiana de que Jesucristo es Dios, nos encontramos frente a una escena difícil de explicar.
El Dios todopoderoso aparece caminando entre los hombres.
Y finalmente lo encontramos en una cruz.
La Escritura dice:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Y después dice:
«Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
Detengámonos un momento.
¿Dios en una cruz?
¿El Creador sometiéndose a sus propias criaturas?
¿El que podría imponer su voluntad permitiendo que los hombres hicieran aquello?
¿El que podría destruir a sus enemigos, muriendo en manos de ellos?
¿De qué se trata todo esto?
¿Por qué?
¿Qué ocurrió para que la historia entre Dios y el hombre llegara hasta ese punto?
¿Y qué nos dice semejante escena acerca de cómo es Dios?
No quiero responder esas preguntas todavía.
Precisamente para investigarlas existe esta tercera parte.
En la primera parte de esta obra comenzamos con la pregunta:
Observamos el universo, la naturaleza, la vida, las leyes que gobiernan la creación, la conciencia humana y otras evidencias que podían ayudarnos a considerar seriamente la existencia de un Creador.
La Biblia afirma:
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1, RVR1960).
Después dimos un segundo paso.
Dirigimos nuestra investigación hacia Jesucristo.
Estudiamos lo que afirmó acerca de sí mismo. Examinamos sus palabras, pero también los hechos que acompañaron aquellas palabras. Y finalmente nos preguntamos si existen razones para pensar que continúa haciendo aquello que prometió hacer.
Cada lector tendrá que llegar a su propia conclusión.
Yo ya llegué a la mía.
Creo que Jesucristo es Dios.
Y parto de esa conclusión para comenzar esta tercera investigación.
Porque Jesús hizo una declaración extraordinaria:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9, RVR1960).
Si eso es verdad, entonces Jesucristo nos ofrece algo que difícilmente podríamos obtener de otra manera.
Nos permite observar a Dios actuar.
Y eso es precisamente lo que quiero hacer en esta parte.
No quiero comenzar entregándole al lector una lista que diga: Dios es bueno, Dios es justo, Dios es misericordioso, Dios es amor.
Quiero ir más despacio.
Quiero mirar los hechos.
Quiero observar qué hizo Dios y permitir que sus propias acciones nos conduzcan hacia nuestras conclusiones.
Pero para hacerlo no comenzaremos en Belén.
Tenemos que regresar mucho más atrás.
Regresaremos hasta las primeras páginas de la historia bíblica.
Hasta Adán y Eva.
Hasta el huerto del Edén.
Allí comenzaremos nuestra investigación.
¿Cómo era la vida que Dios había preparado para el hombre?
¿Cómo se relacionaba con él?
¿Qué le dio?
¿Qué esperaba de él?
¿Qué ocurrió entre Dios y sus primeras criaturas humanas?
Y conforme avancemos, iremos siguiendo los hechos.
Sin apresurarnos.
Sin defender a Dios antes de examinar la evidencia.
Y sin ocultar las preguntas difíciles.
Porque tarde o temprano tendremos que regresar a aquella imagen con la que comenzamos.
Un Dios todopoderoso.
Un Dios que podría imponer su voluntad.
Un Dios que podría obligarnos a obedecer.
Un Dios que podría terminar con todo con una sola palabra.
Y, sin embargo…
una cruz.
¿Cómo encajan esas dos imágenes?
¿Qué ocurrió entre Génesis y el Calvario?
¿Y qué clase de Dios comienza a aparecer cuando observamos toda la historia?
No adelantemos la respuesta.
Regresemos al principio.
Abramos Génesis.
Y comencemos a investigar.
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Durante muchos años estuve enojado con Dios.
Y una de las razones de mi enojo se encontraba precisamente en las primeras páginas de la Biblia.
La historia de Adán y Eva nunca me había parecido justa.
Por lo menos, no como yo la entendía.
En mi mente, la historia había sucedido más o menos así:
Dios creó a Adán y Eva. Los puso en un hermoso huerto. En medio de aquel lugar dejó un árbol del cual les prohibió comer y, prácticamente unos cuantos días después de haberlos creado, permitió que apareciera una serpiente mucho más astuta que ellos para tentarlos.
Ellos eran inocentes.
No conocían el mal.
No tenían experiencia.
Nunca antes habían sido tentados.
Y entonces cometieron un error.
Comieron del fruto prohibido.
Y Dios los expulsó del huerto.
Eso era, en términos muy sencillos, lo que yo pensaba que había sucedido en Génesis.
Y francamente, me molestaba.
Mucho.
Porque mientras más pensaba en aquella versión de la historia, más preguntas tenía.
Si Dios sabía lo que iba a suceder, ¿por qué puso aquel árbol allí?
¿Por qué colocar algo prohibido en medio del lugar donde vivían?
¿Por qué permitir que fueran tentados?
Si Adán y Eva acababan de ser creados y eran completamente inocentes, ¿realmente estaban preparados para enfrentarse a semejante prueba?
¿No pudo Dios impedir que la serpiente entrara?
¿No pudo advertirles mejor?
¿No pudo darles más tiempo?
¿Y por qué una desobediencia aparentemente tan sencilla terminó teniendo consecuencias tan enormes?
Después de todo, habían comido de un árbol.
Eso era todo.
Al menos eso pensaba yo.
Y cuando leía:
«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:17, RVR1960),
una pregunta regresaba constantemente a mi mente:
¿Y para qué lo puso allí?
Quizá usted alguna vez se ha hecho la misma pregunta.
Yo sí.
Y no era la única.
También me preguntaba por qué Dios había permitido que Satanás se acercara a dos personas que, según mi manera de entender la historia, apenas estaban comenzando a vivir.
La Biblia describe a la serpiente de esta manera:
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1, RVR1960).
Y aquello complicaba todavía más las cosas para mí.
¿Una serpiente astuta frente a dos seres humanos inocentes y sin experiencia?
¿Era aquello una prueba justa?
Y luego venía lo que más me perturbaba.
Después de que comieron, Dios pronunció juicio y finalmente los sacó del huerto:
«Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado» (Génesis 3:23, RVR1960).
No podía evitar preguntarme:
¿No fue demasiado?
Para mí, la historia parecía muy sencilla.
Dios los había creado.
Había puesto el árbol allí.
Había permitido la tentación.
Ellos habían fallado.
Y después los había expulsado.
Y aquella manera de entender Génesis comenzó a afectar algo mucho más profundo que mi interpretación de un pasaje bíblico.
Comenzó a afectar la imagen que yo tenía de Dios.
Porque si aquella era realmente la historia, había cosas de Dios que yo simplemente no comprendía.
Y algunas, francamente, no me gustaban.
Durante mucho tiempo nunca se me ocurrió pensar que pudiera existir otra manera de mirar aquellos acontecimientos.
Para mí, Génesis era Génesis.
Adán y Eva habían sido creados, habían pecado casi inmediatamente y Dios los había echado del huerto.
Fin de la historia.
O eso creía.
Hasta que ocurrió algo que cambió profundamente mi manera de leer aquellas primeras páginas de la Biblia.
Comencé a estudiarlas con más detenimiento.
Y creo que el Espíritu Santo comenzó a mostrarme cosas que durante años habían estado delante de mis ojos y que yo nunca había considerado.
No apareció otro libro de Génesis.
No cambió el texto.
No apareció una Biblia diferente.
Las palabras siempre habían estado allí.
Lo que comenzó a cambiar fue la manera en que yo estaba mirando los hechos.
Y poco a poco surgió en mi mente una posibilidad que nunca había considerado:
¿Y si yo había juzgado a Dios sin conocer toda la historia?
Aquella pregunta me inquietó.
Porque una cosa es rechazar una historia después de examinarla cuidadosamente.
Y otra muy diferente es rechazarla basándonos en una versión que hemos construido en nuestra mente.
Así que decidí regresar al principio.
Sin prisa.
Y hacer algo que, para mi sorpresa, nunca había hecho realmente:
investigar la historia de Adán y Eva paso por paso.
¿Qué dice Génesis y qué no dice?
¿Cómo era la vida antes de la caída?
¿Qué clase de personas eran Adán y Eva?
¿Qué sabían?
¿Qué habían recibido?
¿Qué responsabilidad tenían?
¿Qué significaba aquel árbol?
¿Qué ocurrió durante la tentación?
¿Qué hicieron ellos?
¿Qué hizo Dios?
¿Y qué sucedió realmente después?
No responderé esas preguntas todavía.
Quiero que hagamos juntos el mismo recorrido que cambió mi manera de entender esta historia.
Porque algo sucedió conmigo mientras lo hacía.
Mi interpretación de Génesis comenzó a cambiar.
Y al cambiar mi interpretación de Génesis, comenzó a cambiar también mi imagen de Dios.
Por eso quiero pedirle algo antes de continuar.
No defienda a Dios.
Pero tampoco lo condene todavía.
No le estoy pidiendo que acepte mis conclusiones.
Solamente le pido que hagamos algo mucho más sencillo:
Regresemos al principio y examinemos los hechos.
La Biblia comienza diciendo:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Pues bien.
Ahí comenzaremos.
Porque antes de decidir qué clase de Dios encontramos en la historia de Adán y Eva, primero necesitamos descubrir qué ocurrió realmente en el Edén.
Y quizá, cuando terminemos, descubramos que la historia que creíamos conocer no era exactamente como la habíamos imaginado.
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Cuando decidí regresar al principio para investigar lo que realmente había ocurrido con Adán y Eva, cometí un error que probablemente muchas otras personas también han cometido.
Pensé que solamente tenía que estudiar Génesis.
Después de todo, allí comienza la historia.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Génesis nos habla de la creación del hombre, del huerto del Edén, de Adán, de Eva, de los árboles, de la serpiente, de la tentación y de la caída.
Así que parecía lógico pensar que si quería saber cómo había sido aquel mundo, todas las respuestas tendrían que encontrarse allí.
Pero conforme comencé a investigar las Escrituras descubrí algo que me sorprendió muchísimo:
La historia de la creación no termina cuando termina el relato de Génesis.
Sus piezas aparecen por toda la Biblia.
Poco a poco comencé a encontrar referencias que me obligaban a regresar una y otra vez al principio.
Estaban en Job.
En los Salmos.
En Proverbios.
En Isaías.
En Ezequiel.
En los Evangelios.
En las cartas de los apóstoles.
Y, sorprendentemente, también en Apocalipsis.
Era como si Génesis nos hubiera entregado la imagen principal, pero el resto de las Escrituras conservara piezas que nos permiten observarla con mayor detalle.
Uno de los ejemplos más impresionantes aparece en el libro de Job.
Cuando Dios responde a Job, lo conduce hacia la creación:
«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?» (Job 38:4-5, RVR1960).
Y después continúa hablando.
De la tierra.
Del mar.
De la luz.
De las tinieblas.
De la nieve.
De la lluvia.
De las estrellas.
De los animales.
De su alimentación.
De su reproducción.
De las características particulares con las que fueron creados.
Los capítulos 38 y 39 de Job presentan a un Creador que no aparece distante de su obra, sino profundamente relacionado con ella.
Y aquello me hizo pensar:
Si quiero conocer cómo era la creación, ¿por qué habría de ignorar lo que el Creador mismo dice acerca de ella en otros libros de la Biblia?
Los Salmos también regresan constantemente a la creación.
«Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca» (Salmos 33:6, RVR1960).
Y nuevamente:
«Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra» (Salmos 104:30, RVR1960).
De pronto ya no estaba leyendo solamente Génesis 1.
Estaba encontrando en otros lugares de las Escrituras información relacionada con la actividad de Dios en su creación.
Después llegué a Proverbios 8.
Allí encontramos a la Sabiduría describiendo poéticamente su presencia durante la obra creadora:
«Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo. Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres» (Proverbios 8:30-31, RVR1960).
Ese pasaje abrió para mí nuevas preguntas.
¿Qué estaba sucediendo en el ámbito celestial mientras la tierra era preparada?
¿Cómo veía Dios aquello que estaba creando?
¿Qué significaba la creación del hombre para Él?
No responderemos todavía.
Por ahora solamente estamos reuniendo las piezas.
Cuando llegué a los profetas encontré pasajes todavía más sorprendentes.
Isaías 14 contiene la conocida descripción de aquel que quiso subir, levantar su trono y ser semejante al Altísimo:
«Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono […] sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:13-14, RVR1960).
Ezequiel 28, dentro de su profecía contra el rey de Tiro, utiliza igualmente un lenguaje extraordinario:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).
Y unas líneas después:
«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28:15, RVR1960).
Estos son pasajes que tendremos que estudiar con muchísimo cuidado y dentro de su contexto.
Pero algo comenzó a quedar claro para mí:
Génesis no era el único libro que tenía algo que decir acerca del principio.
Había información distribuida por muchos lugares de las Escrituras.
Cuando llegamos al Nuevo Testamento ocurre lo mismo.
Jesús habló de la creación del hombre:
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?» (Mateo 19:4, RVR1960).
Pablo regresó a Adán para explicar realidades fundamentales de la condición humana:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…» (Romanos 5:12, RVR1960).
Y nuevamente estableció una relación entre Adán y Cristo:
«Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45, RVR1960).
Esto significa que si solamente leemos Génesis para intentar comprender a Adán y Eva, corremos el riesgo de dejar fuera explicaciones que aparecen posteriormente en las Escrituras.
Pero todavía faltaba una sorpresa.
Cuando comencé a estudiar Apocalipsis descubrí algo fascinante.
El último libro de la Biblia utiliza imágenes que inevitablemente nos hacen recordar el primero.
En Génesis aparece el árbol de la vida.
Y en Apocalipsis vuelve a aparecer:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Génesis nos presenta un mundo en el que posteriormente aparecen muerte, dolor y separación.
Apocalipsis termina hablándonos de una realidad en la que:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).
Y finalmente encontramos una declaración extraordinaria:
«Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5, RVR1960).
Aquello comenzó a darme una manera diferente de investigar.
Si la Biblia termina hablando de restauración, entonces vale la pena preguntarnos qué es aquello que se está restaurando.
Si algo será recuperado, debemos investigar qué se perdió.
Si algo volverá a existir, debemos preguntarnos cómo era originalmente.
Y de repente comprendí que para estudiar el Edén tendría que mantener abierta prácticamente toda la Biblia.
Existe un peligro evidente.
Si tomamos un versículo de Job, otro de Isaías, otro de Ezequiel, otro de los Salmos y otro de Apocalipsis, y los acomodamos como queramos, podemos terminar construyendo una historia que la Biblia nunca contó.
No quiero hacer eso.
Por eso, a partir de este momento tendremos que respetar cuidadosamente las reglas de interpretación bíblica.
Cada pasaje debe estudiarse dentro de su contexto.
Debemos distinguir entre narrativa, poesía, profecía, lenguaje simbólico, enseñanza doctrinal y visión apocalíptica.
No podemos obligar a un texto a decir algo solamente porque encaja con nuestra idea.
La Escritura misma nos exhorta:
«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado […] que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15, RVR1960).
Ese será nuestro compromiso.
No intentaremos hacer que la Biblia confirme lo que previamente hemos decidido creer.
Intentaremos descubrir lo que realmente dice.
Esto fue lo que cambió mi investigación.
Dejé de pensar que solamente estaba estudiando tres capítulos de Génesis.
Comencé a buscar las piezas.
Génesis nos dará unas.
Job nos dará otras.
Los Salmos añadirán otras.
Proverbios nos obligará a hacer nuevas preguntas.
Isaías y Ezequiel nos llevarán a acontecimientos que tendremos que examinar cuidadosamente.
Jesucristo nos hará regresar al principio.
Los apóstoles interpretarán algunas de sus consecuencias.
Y Apocalipsis nos permitirá mirar hacia aquello que la Biblia dice que finalmente será restaurado.
Pieza por pieza.
Pasaje por pasaje.
Sin apresurarnos.
Y quizá, cuando logremos colocar suficientes piezas sobre la mesa, comencemos a contemplar algo que yo nunca había imaginado:
el mundo en el que Adán y Eva vivieron antes del pecado.
¿Cómo era?
¿Cómo vivían?
¿Cómo era su relación con Dios?
¿Qué clase de seres humanos eran?
¿Qué ocurría alrededor de ellos?
¿Y cuánto de lo que creemos acerca de aquella historia realmente está escrito en la Biblia, y cuánto hemos añadido nosotros?
Eso es lo que quiero investigar.
Porque antes de juzgar lo que Dios hizo en el Edén, necesitamos hacer todo lo posible por reconstruir primero el escenario en el que sucedieron los hechos.
Y ahora sabemos algo que yo tardé muchos años en descubrir:
para hacerlo, necesitaremos toda la Biblia.
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En el capítulo anterior descubrimos algo que cambiará la manera en que realizaremos esta investigación.
Si queremos reconstruir el mundo en el que vivieron Adán y Eva, no podemos limitarnos a leer los primeros capítulos de Génesis.
Las piezas están distribuidas por toda la Biblia.
Así que comenzaremos a reunirlas.
Pero antes de estudiar al hombre, el huerto, los animales, el árbol de la vida o cualquiera de las demás cosas que formaban parte de aquel mundo, existe alguien a quien debemos observar primero.
Dios.
Porque cuando Génesis abre su relato, Dios ya está allí.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
La Biblia no comienza explicando de dónde vino Dios.
No relata su nacimiento.
No describe el momento en que comenzó a existir.
Simplemente abre la historia y Él ya está allí.
Antes del primer hombre.
Antes de la primera montaña.
Antes del primer océano.
Antes del Sol, la Luna y las estrellas.
Antes de que existiera aquello que nosotros llamamos historia.
Dios ya estaba allí.
Moisés lo expresó de una manera extraordinaria:
«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmos 90:2, RVR1960).
Deténgase un momento a pensar en semejante afirmación.
Nosotros nacemos dentro de un mundo que ya existe.
Cuando abrimos los ojos por primera vez, encontramos un planeta funcionando.
El Sol ya estaba allí.
Los océanos ya estaban allí.
Las estrellas ya estaban allí.
Las leyes de la naturaleza ya estaban funcionando.
Nosotros simplemente llegamos.
Pero según la Biblia, con Dios sucede exactamente lo contrario.
Él estaba antes que todo lo demás.
Y todo lo demás llegó después.
Esta es nuestra primera pieza.
Hay algo que puede perderse por la familiaridad con la que leemos Génesis.
La narración es extraordinariamente sencilla:
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (Génesis 1:3, RVR1960).
Lo hemos leído tantas veces que podemos pasar por encima de esas palabras sin detenernos a considerar lo que están afirmando.
Dios habla.
Y algo que no existía comienza a existir.
El salmista contempla la misma realidad y escribe:
«Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Salmos 33:9, RVR1960).
No encontramos ejércitos ayudándolo.
No encontramos maquinaria.
No encontramos materia prima que Él tenga que comprar.
No encontramos esfuerzo.
Encontramos voluntad.
Palabra.
Y después, existencia.
El profeta Isaías intentó comunicar la inmensidad de aquel Creador con una imagen impresionante:
«¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?» (Isaías 40:12, RVR1960).
No creo que Isaías estuviera intentando enseñarnos las dimensiones físicas de la mano de Dios.
Está intentando hacernos sentir pequeños.
Los océanos que nosotros no podemos cruzar sin barcos aparecen, en aquella imagen, contenidos en el hueco de su mano.
Los cielos que nosotros apenas comenzamos a explorar son medidos con su palmo.
Las montañas delante de las cuales un ser humano parece insignificante son pesadas como si estuvieran sobre una balanza.
Y entonces Isaías levanta nuestros ojos hacia el cielo:
«Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio» (Isaías 40:26, RVR1960).
Eso es grandeza.
Pero la Biblia no se detiene allí.
Porque el Dios que estamos intentando conocer no solamente posee poder.
También posee una inteligencia que resulta difícil siquiera imaginar.
El salmista declara:
«Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito» (Salmos 147:5, RVR1960).
Y cuando llegamos a Job, encontramos algo que será importantísimo para reconstruir el mundo de Génesis.
Dios comienza a hablar de su creación.
Y lo hace con un nivel de detalle extraordinario.
Pregunta por los fundamentos de la tierra.
Por los límites del mar.
Por la luz.
Por la lluvia.
Por las constelaciones.
Por los animales.
Por dónde viven.
Por cómo encuentran alimento.
Por cómo tienen sus crías.
Por características particulares de cada uno.
Por ejemplo:
«¿Cazarás tú la presa para el león? ¿Saciarás el hambre de los leoncillos, cuando están echados en las cuevas, o se están en sus guaridas para acechar?» (Job 38:39-40, RVR1960).
Y después pregunta:
«¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios, y andan errantes por falta de comida?» (Job 38:41, RVR1960).
Esto comenzó a cambiar mi manera de imaginar al Creador.
Porque no estaba contemplando solamente a un Dios suficientemente poderoso para crear un universo.
Estaba contemplando a un Dios que parecía conocer cómo funcionaba cada parte de aquello que había creado.
Desde las estrellas hasta un pequeño animal buscando alimento.
Y entonces encontré algo todavía más sorprendente.
La Biblia no presenta a este Creador como una fuerza impersonal.
No es simplemente energía.
No es solamente poder.
No es una inteligencia cósmica fría que diseñó un universo y después desapareció.
La Biblia nos habla de alguien que quiere.
Que decide.
Que habla.
Que observa.
Que se agrada.
Que se indigna.
Que se entristece.
Que ama.
Y que incluso se goza.
Cuando Dios terminó una parte fundamental de su obra creadora, Génesis dice:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
Dios observó su obra.
Y aquello que vio le agradó.
Pero Proverbios contiene una imagen todavía más extraordinaria.
En el capítulo 8 encontramos a la Sabiduría hablando de la creación:
«Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo» (Proverbios 8:27-28, RVR1960).
Y poco después encontramos estas palabras:
«Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo. Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres» (Proverbios 8:30-31, RVR1960).
Más adelante tendremos que regresar a este pasaje y estudiarlo cuidadosamente.
Pero por ahora quiero que observe algo.
En medio del lenguaje relacionado con la creación aparecen palabras que quizá no esperábamos encontrar:
delicia.
regocijo.
La creación bíblica no aparece solamente como un acto de poder.
Hay algo más.
Hay voluntad.
Hay propósito.
Hay satisfacción.
Hay gozo.
Y esto comienza a interesarme muchísimo.
Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios.
Hay otra pieza que necesitaremos colocar sobre la mesa.
La Biblia no presenta solamente a Dios como Creador.
Lo presenta como Rey.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).
Antes de que existiera Babilonia.
Antes de Egipto.
Antes de Roma.
Antes de que un hombre se sentara por primera vez sobre un trono terrenal, la Escritura ya presenta un Reino.
El Reino de Dios.
Y esto será muy importante para entender lo que posteriormente sucederá en Génesis.
Un reino implica autoridad.
Implica orden.
Implica gobierno.
Implica leyes.
Implica seres que viven bajo ese gobierno.
Y la Biblia describe un ámbito celestial que ya existía cuando fueron establecidos los fundamentos de la tierra.
En Job encontramos una declaración particularmente interesante:
«¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?» (Job 38:6-7, RVR1960).
Otra vez aparece la misma palabra:
regocijaban.
Algo estaba sucediendo mientras Dios creaba.
Había seres que contemplaban.
Había celebración.
Había un Reino.
Había un Rey.
Y estaba apareciendo una creación nueva.
No quiero ir más lejos todavía.
Recuerde que apenas estamos colocando las primeras piezas del rompecabezas.
Pero hay algo que ya comienza a sorprenderme.
El Dios que aparece delante de nosotros es inmenso.
Su poder es difícil de concebir.
Su inteligencia rebasa nuestra capacidad.
Su Reino precede a los reinos humanos.
Su autoridad alcanza toda la creación.
Y, sin embargo, cuando la Biblia describe la creación, no utiliza solamente palabras relacionadas con poder y autoridad.
También habla de deleite.
De regocijo.
De algo que Dios mira y considera «bueno en gran manera».
Y muy pronto, en medio de toda aquella inmensidad, sucederá algo extraordinario.
Dios dirigirá su atención hacia una criatura que todavía no existe.
Una criatura infinitamente más pequeña que Él.
El salmista, contemplando los cielos, hizo precisamente la pregunta que comenzaremos a hacernos nosotros:
«Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:3-4, RVR1960).
Esa es una pregunta extraordinaria.
Después de contemplar la grandeza del Creador, resulta difícil comprender por qué un Ser semejante tendría algún interés en nosotros.
Pero según Génesis, lo tuvo.
Y mucho.
Así que nuestra siguiente pieza del rompecabezas será precisamente esa.
¿Qué tenía Dios en mente cuando decidió crear al hombre?
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En el capítulo anterior contemplamos, hasta donde nuestras limitaciones humanas nos lo permiten, la grandeza del Dios que la Biblia presenta antes de la aparición del hombre.
Un Dios eterno.
Un Dios poderoso.
Un Dios cuyo Reino ya existía.
Un Dios rodeado de gloria, inteligencia, orden y vida.
Y entonces llegamos a una pregunta que durante mucho tiempo nunca se me había ocurrido hacer:
Piénselo por un momento.
Nosotros damos por sentado nuestra existencia porque ya estamos aquí.
Nacimos.
Abrimos los ojos.
Crecimos.
Y un día comenzamos a preguntarnos qué hacemos en este mundo.
Pero hubo un momento en que usted no existía.
Yo tampoco.
No había humanidad.
No había Adán.
No había Eva.
Y según la Biblia, Dios decidió que existiéramos.
¿Por qué?
¿Qué podía querer de nosotros un Dios que ya lo tenía todo?
Esto es importante dejarlo establecido desde el principio.
La Biblia nunca presenta a Dios como un ser solitario que creó al hombre porque necesitaba compañía.
Tampoco como alguien incompleto que necesitaba recibir de nosotros algo que le faltaba.
Pablo lo expresó claramente cuando habló en Atenas:
«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay […] ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:24-25, RVR1960).
Observe cuidadosamente las palabras:
«Como si necesitase de algo».
Dios no nos creó porque estuviera necesitado.
La dirección es exactamente la contraria.
Nosotros necesitamos de Él.
Él no necesita de nosotros.
Entonces la pregunta se vuelve todavía más interesante:
Si Dios no necesitaba al hombre, ¿por qué quiso crearlo?
Y aquí comenzamos a encontrar pequeñas piezas distribuidas por las Escrituras.
No quiero desarrollarlas completamente todavía.
Solamente quiero colocarlas sobre la mesa.
Porque juntas comienzan a sugerir algo extraordinariamente hermoso.
Cuando llegamos a las primeras páginas de Génesis encontramos a Dios diciendo:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
¿Por qué?
¿Por qué crear un ser a su imagen?
¿Por qué no simplemente crear otra estrella?
Otro planeta.
Otro animal.
¿Por qué crear a alguien capaz de conocerlo?
Capaz de hablar con Él.
Capaz de amar.
Capaz de relacionarse.
Capaz incluso de llamarlo Padre.
Mucho después, Jesucristo enseñaría a sus discípulos a dirigirse a Dios con estas palabras:
«Padre nuestro que estás en los cielos» (Mateo 6:9, RVR1960).
Y el apóstol Pablo escribiría:
«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).
Padre.
Hijos.
¿Por qué aparecen estas palabras una y otra vez cuando la Biblia describe la relación que Dios desea tener con el hombre?
Todavía no quiero responder completamente.
Pero sí quiero hacer una pregunta:
¿Será posible que nuestra existencia tenga mucho más que ver con el corazón de Dios de lo que alguna vez imaginamos?
Existe otra pieza que personalmente me conmueve.
Jesucristo dijo algo extraordinario a sus discípulos:
«Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:11, RVR1960).
Observe nuevamente la expresión.
«Mi gozo».
Y después:
«en vosotros».
No encuentro allí a un Dios quitándole algo al hombre.
Encuentro a alguien hablando de compartir algo que posee.
Su gozo.
Y Jesús dijo algo parecido cuando habló con el Padre:
«Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (Juan 17:13, RVR1960).
Otra vez aparece el gozo.
Su gozo compartido con otros.
Y esto me obliga a regresar a nuestra pregunta:
¿Por qué nos creó Dios?
¿Quería compartir con nosotros su vida?
¿Su gozo?
¿Su creación?
¿Su Reino?
¿Su amor?
¿Quería hijos con quienes pudiera compartir aquello que Él disfrutaba?
No adelantemos demasiado.
Pero existe un pasaje que no puedo dejar fuera de esta conversación.
Jesús dijo a sus discípulos:
«No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12:32, RVR1960).
Siempre me ha impresionado la manera en que está redactada esa declaración.
No dice simplemente que el Padre tiene un Reino.
Dice:
«le ha placido daros el reino».
Hay algo que le place dar.
Quizá esa sea una pieza que tendremos que recordar conforme avancemos.
Porque una cosa es crear porque necesitamos algo.
Y otra completamente diferente es crear porque tenemos algo que queremos compartir.
Esta pregunta acerca de por qué Dios nos creó no es solamente teológica para mí.
Es profundamente personal.
Hubo una época de mi vida en la que yo aborrecía vivir.
No podía comprender por qué tenía que existir.
La vida, con sus dolores, pérdidas, injusticias, decepciones y sufrimientos, no me parecía necesariamente un regalo.
Y por eso la pregunta:
«¿Por qué me dio Dios la vida?»
no era para mí una pregunta bonita.
Era casi un reclamo.
Yo no le había pedido existir.
Nadie me había preguntado si quería venir a este mundo.
Simplemente aparecí aquí.
Y después tuve que enfrentar todo lo que significa ser humano.
Quizá alguien que está leyendo estas palabras haya sentido alguna vez algo parecido.
Quizá usted ha mirado su propia historia y se ha preguntado:
¿Para qué nací?
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué Dios quiso que yo existiera?
¿Realmente existe alguna razón para todo esto?
Comprendo esas preguntas.
Porque yo también las hice.
Pero mientras estudiaba las Escrituras ocurrió algo que nunca esperaba.
Comencé a descubrir que quizá estaba juzgando el regalo de la vida solamente por la pequeña porción que había experimentado.
La Biblia comenzó a hablarme de cosas que yo no había considerado.
Jesús dijo:
«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).
Y Pablo escribió:
«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9, RVR1960).
¿Qué significa todo eso?
Todavía tenemos muchísimo que investigar.
No quiero resolverlo aquí.
Pero puedo decir algo acerca de mi propia historia.
Cuando comencé a comprender lo que la Biblia dice acerca del propósito de nuestra existencia y, particularmente, cuando comencé a experimentar a Dios y a comprender lo que, según sus promesas, todavía me espera, algo cambió profundamente dentro de mí.
La persona que alguna vez se preguntó por qué había tenido que nacer comenzó a decir algo completamente diferente:
Gracias, Dios, por haberme dado la oportunidad de vivir.
Para mí, ese cambio fue enorme.
Porque las circunstancias de mi pasado no cambiaron.
Lo vivido seguía siendo lo vivido.
Lo que comenzó a cambiar fue mi comprensión de para qué existo.
Y quizá por eso este tema me importa tanto.
No quiero que estudiemos a Adán y Eva solamente para saber qué ocurrió hace mucho tiempo.
Quiero descubrir por qué Dios quiso que ellos existieran.
Porque posiblemente allí encontremos también algunas pistas acerca de por qué quiso que nosotros existiéramos.
Hay todavía una declaración de Jesús que tendremos que guardar para nuestro recorrido.
Mientras oraba al Padre dijo:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
No explicaré todavía todas las implicaciones de esas palabras.
Solamente quiero dejarlas allí.
«Quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo».
¿Por qué?
¿Por qué un Dios que no necesita nada quiso crear seres humanos?
¿Por qué quiso hijos?
¿Por qué quiso compartir su Reino?
¿Por qué quiso compartir su gozo?
¿Por qué quiso que estuviéramos con Él?
¿Por qué quiso que usted existiera?
Todavía no tenemos todas las respuestas.
Apenas estamos reuniendo las piezas.
Pero por primera vez, cuando yo comencé a hacer estas preguntas, la existencia dejó de parecerme un accidente que tenía que soportar.
Comenzó a parecerme una invitación que necesitaba comprender.
Y para comprenderla tendremos que regresar nuevamente al principio.
Porque la siguiente pieza del rompecabezas es extraordinaria.
Dios no solamente decidió crear al hombre.
Antes de hacerlo pronunció unas palabras que nos obligarán a detenernos:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
¿Por qué a su imagen?
Eso será lo siguiente que tendremos que investigar.
Antes de continuar nuestra investigación, hagamos algo que repetiremos a lo largo de esta serie.
Detengámonos y preguntemos:
¿Qué hemos aprendido de Dios hasta aquí?
Todavía estamos al principio y quedan muchas piezas por colocar. Pero este capítulo ya nos ha permitido observar algo importante.
Dios no creó al hombre porque estuviera solo, incompleto o necesitara algo de nosotros.
La Escritura dice que Él no es servido:
«como si necesitase de algo» (Hechos 17:25, RVR1960).
Por tanto, nuestra existencia no nació de una necesidad de Dios.
Nació de su voluntad.
Y cuando observamos las palabras de Jesucristo comenzamos a encontrar algo muy hermoso en esa voluntad.
Encontramos a un Dios que quiere compartir.
Quiere compartir su gozo.
Quiere compartir su Reino.
Quiere relacionarse con nosotros como Padre.
Quiere que sus hijos estén con Él.
Jesús dijo:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
Así que podemos colocar algunas de las primeras palabras en el retrato que estamos construyendo:
Dios es generoso.
Dios es dador.
Dios desea compartir.
Dios encuentra placer en dar.
Dios quiere relacionarse con el ser humano.
Y quizá la conclusión más conmovedora de este capítulo sea también la más sencilla:
Dios quiso que existiéramos.
Usted no decidió venir a la existencia.
Yo tampoco.
Pero aquí estamos.
Y según la historia bíblica que estamos investigando, detrás de nuestra existencia no encontramos a un Dios necesitado buscando qué obtener de nosotros, sino a un Dios que ya poseía vida, gozo, gloria y Reino, y que decidió compartir.
Eso, por sí solo, comienza a cambiar la imagen de Dios.
Y en mi caso cambió también la manera de mirar mi propia existencia.
Alguna vez pregunté:
«¿Por qué me diste la vida?»
Hoy puedo decir:
«Gracias, Dios, por haber querido que yo existiera».
Apenas hemos colocado unas cuantas piezas sobre la mesa.
Sigamos investigando.
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