Por el Dr. Elio M Rivera
Hay momentos en los Evangelios en los que las palabras de Jesús resultan tan extraordinarias que necesitamos detenernos y preguntarnos cómo habrían sonado antes de dos mil años de cristianismo.
Este es uno de esos momentos.
Jesús está reunido con sus discípulos pocas horas antes de ser arrestado. Durante aproximadamente tres años aquellos jóvenes han caminado con Él, han escuchado sus enseñanzas y han presenciado acontecimientos extraordinarios.
Entonces Felipe le hace una petición:
“Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.”
Juan 14:8, RVR1960
La petición parece completamente razonable.
Felipe quiere conocer mejor a Dios.
Pero la respuesta de Jesús es sorprendente:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
Intentemos escuchar esas palabras por primera vez.
Delante de Felipe hay un hombre.
Un hombre que come, duerme, camina, siente cansancio y puede ser tocado.
Y aquel hombre le dice:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
¿Qué clase de hombre puede decir algo así?
Felipe quería ver a Dios
Para comprender la magnitud de la petición de Felipe debemos recordar algo fundamental acerca del mundo bíblico.
El deseo de conocer y contemplar a Dios aparece repetidamente en las Escrituras.
Moisés había pedido:
“Te ruego que me muestres tu gloria.”
Éxodo 33:18, RVR1960
La respuesta de Dios dejó clara la enorme distancia existente entre la criatura y su Creador:
“No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.”
Éxodo 33:20, RVR1960
Siglos después, Isaías tuvo una visión de la majestad divina y exclamó:
“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Isaías 6:5, RVR1960
Para un judío conocedor de las Escrituras, hablar de ver a Dios no era un asunto ligero.
Dios era invisible, santo y trascendente.
Juan mismo había escrito al comienzo de su Evangelio:
“A Dios nadie le vio jamás…”
Juan 1:18, RVR1960
Y ahora Felipe mira a Jesús y le dice:
“Muéstranos el Padre.”
Podríamos esperar que Jesús levantara los ojos hacia el cielo.
Podríamos esperar que respondiera:
“Felipe, algún día Dios se revelará a ustedes”.
O quizá:
“Yo puedo enseñarles cómo es el Padre”.
Pero Jesús hace algo completamente diferente.
Dirige la atención de Felipe hacia Él mismo.
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?”
Esta parte de la respuesta puede pasar inadvertida.
Felipe había pedido:
“Muéstranos al Padre.”
Pero Jesús responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Observe el cambio.
Felipe pregunta por el Padre.
Jesús responde preguntando por qué todavía no lo ha conocido a Él.
Después explica:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
La conexión entre conocer a Jesús y conocer al Padre es extraordinariamente estrecha.
Esto ya había comenzado unos versículos antes.
Jesús había declarado:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
Juan 14:7, RVR1960
¿Cómo podían afirmar haber visto al Padre?
Felipe no lo comprende.
Por eso pregunta.
Y Jesús responde:
Porque me han visto a mí.
¿Jesús estaba diciendo que Él era el Padre?
Aquí debemos hacer una precisión importante.
Jesús no está diciendo que Él y el Padre sean la misma persona.
Todo el Evangelio de Juan distingue claramente entre ambos.
El Padre envía al Hijo.
El Hijo habla con el Padre.
El Padre ama al Hijo.
Jesús ora al Padre.
Y precisamente en este mismo pasaje Jesús continúa hablando del Padre como alguien personalmente distinguible de Él.
Por tanto, cuando declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
no significa:
“Yo soy el Padre.”
La afirmación es diferente y, en cierto sentido, todavía más profunda.
Jesús está afirmando que Él revela de manera perfecta al Padre.
Quien contempla quién es Jesús, su carácter, sus obras, su compasión, su santidad y su autoridad, está contemplando la revelación visible del Dios invisible.
Por eso Jesús continúa:
“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?”
Juan 14:10, RVR1960
Nuevamente encontramos una relación que difícilmente podría describirse como la relación normal entre un profeta y Dios.
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí”
Recordemos una declaración que estudiamos anteriormente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora Jesús utiliza otro lenguaje:
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí.”
Y vuelve a repetirlo:
“Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí…”
Juan 14:11, RVR1960
Observe la insistencia.
Jesús no está describiendo simplemente una relación de obediencia.
Existe una profunda unidad entre el Padre y el Hijo.
Y Jesús afirma que esa relación puede observarse incluso en sus palabras y obras.
“Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”
Juan 14:10, RVR1960
Por eso añade:
“…de otra manera, creedme por las mismas obras.”
Juan 14:11, RVR1960
Una vez más encontramos el mismo patrón que hemos observado en otros episodios.
Jesús realiza afirmaciones extraordinarias acerca de su identidad y después señala hacia sus obras como evidencia que debe ser considerada.
El Dios invisible se hace visible
Aquí aparece uno de los grandes temas del Evangelio de Juan.
El Evangelio comienza con una afirmación impresionante:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Después declara:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
Y finalmente:
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Juan 1:18, RVR1960
Ahora podemos comprender mejor la respuesta a Felipe.
Felipe pregunta:
“Muéstranos el Padre.”
Jesús prácticamente le responde:
Felipe, eso es precisamente lo que has estado contemplando durante todo este tiempo.
No porque Jesús sea el Padre, sino porque el Hijo hace visible al Dios que ningún ser humano puede contemplar directamente.
Esta idea será expresada posteriormente de una manera extraordinariamente clara.
Pablo describe a Cristo como:
“…la imagen del Dios invisible…”
Colosenses 1:15, RVR1960
Y Hebreos declara que el Hijo es:
“…el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”
Hebreos 1:3, RVR1960
Debemos distinguir nuevamente las evidencias: Colosenses y Hebreos muestran cómo los primeros cristianos comprendieron posteriormente la identidad de Jesús. Pero resulta extraordinario observar cómo esas afirmaciones corresponden con las palabras atribuidas al propio Jesús:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Pensemos en lo que Jesús estaba diciendo
Supongamos que un gran profeta hubiera dicho:
“Si quieren conocer a Dios, escuchen el mensaje que Él me ha dado”.
Eso sería perfectamente comprensible.
Pero imagine que Moisés hubiera dicho:
“El que me ha visto a mí, ha visto a Dios.”
O que Isaías hubiera declarado:
“Si me conocen a mí, conocen a Dios.”
La afirmación habría resultado extraordinaria.
Los profetas señalaban hacia Dios.
Jesús repetidamente señala hacia su propia persona.
Esto es precisamente lo que hace que nuestra investigación resulte cada vez más interesante.
Jesús no solamente anuncia un mensaje acerca de Dios.
Afirma ser la revelación personal del Padre.
Jesús ya había dicho algo semejante
Esta no era la primera ocasión.
Anteriormente Jesús había declarado:
“El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.”
Juan 12:44-45, RVR1960
Nuevamente:
“El que me ve…”
“…ve al que me envió.”
Y todavía encontramos otra declaración:
“El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece.”
Juan 15:23, RVR1960
Observe cómo Jesús relaciona continuamente la respuesta hacia Él con la respuesta hacia Dios.
Ver a Jesús → ver al Padre.
Conocer a Jesús → conocer al Padre.
Creer en Jesús → creer en quien lo envió.
Rechazar a Jesús → rechazar al Padre.
Una vez más debemos preguntar:
¿Quién puede hablar de esta manera?
Ahora escuchemos toda la conversación
Existe algo todavía más impactante cuando reunimos las declaraciones que aparecen en unos cuantos versículos de Juan 14.
Jesús dice:
“Creéis en Dios, creed también en mí.”
Juan 14:1
Después:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
Juan 14:6
Después:
“…nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6
Después:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais…”
Juan 14:7
Y finalmente:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Todo esto ocurre prácticamente dentro de la misma conversación.
Por eso resulta difícil explicar estas palabras diciendo simplemente:
“Jesús fue un gran maestro que enseñó a las personas acerca de Dios.”
Según Juan, Jesús está haciendo algo muchísimo mayor.
Está colocando su propia identidad en el centro de nuestra comprensión de Dios.
Intente escucharlo sin dos mil años de cristianismo
Volvamos nuevamente a nuestro ejercicio.
Olvidemos por unos momentos las iglesias.
Olvidemos las catedrales.
Olvidemos los libros de teología.
Olvidemos que millones de personas alrededor del mundo llaman a Jesús “Señor”.
Estamos hace aproximadamente dos mil años dentro de una habitación en Jerusalén.
Frente a nosotros hay un hombre procedente de Nazaret.
Felipe le pregunta:
“Señor, muéstranos el Padre.”
Y aquel hombre responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Después mira a quienes lo rodean y declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Si cualquier hombre común pronunciara semejantes palabras, probablemente nos alejaríamos profundamente preocupados por su estado mental.
Pero sus discípulos no terminaron alejándose de Jesús considerándolo simplemente un desequilibrado.
Ocurrió algo mucho más extraño.
Después de su muerte, aquellos hombres llegaron a proclamar públicamente que Jesús era Señor, y los primeros escritos cristianos terminaron describiéndolo como la imagen del Dios invisible y el resplandor de la gloria de Dios.
Eso no demuestra todavía que sus afirmaciones fueran verdaderas.
Pero plantea una pregunta histórica y teológica que no podemos ignorar:
¿Qué vieron aquellos hombres en Jesús para llegar a semejante conclusión?
La pregunta comienza a volverse inevitable
Nuestra investigación continúa acumulando evidencia.
Jesús ha dicho:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre que viene con las nubes del cielo.
Reclamó autoridad para perdonar pecados.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Y ahora afirma:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Una frase aislada podría discutirse.
Otra podría interpretarse de diferentes maneras.
Pero nosotros ya no estamos examinando una frase aislada.
Estamos observando un patrón.
Una y otra vez Jesús habla de sí mismo de una manera extraordinaria.
Por eso nuestra pregunta inicial comienza a adquirir todavía mayor fuerza:
¿Quién creía Jesús que era?
Y todavía nos espera una escena quizá más directa.
Después de la resurrección, uno de sus propios discípulos estará frente a Él y pronunciará unas palabras imposibles de confundir:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
La pregunta entonces será inevitable:
¿Qué hizo Jesús cuando un hombre lo llamó directamente Dios?
Referencias
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 33:18-23; Isaías 6:1-5; Juan 1:1-18; Juan 10:27-30; Juan 12:44-45; Juan 14:1-11; Juan 15:23; Juan 17:1-5; Juan 20:26-29; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:1-3.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
