Hasta este momento hemos recorrido un camino fascinante. Hemos observado el universo, la extraordinaria organización de la creación, las condiciones que hacen posible la vida, la conciencia humana y otros indicios que durante siglos han llevado al ser humano a formular una de las preguntas más grandes de todas: ¿existe Dios?
Pero ahora nuestra investigación da un giro sorprendente.
Porque hace aproximadamente dos mil años apareció en un pequeño rincón del Imperio romano un hombre llamado Jesús de Nazaret. Nació en un ambiente humilde, creció en una pequeña población de Galilea y durante años vivió prácticamente en el anonimato. No fue emperador, general, sacerdote principal ni miembro de las grandes élites intelectuales de su época.
Sin embargo, alrededor de los treinta años comenzó a recorrer pueblos y ciudades enseñando públicamente. Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Jesús comenzó a realizar afirmaciones acerca de sí mismo que ningún hombre común podría hacer.
Habló de haber existido antes que Abraham. Se presentó como el “YO SOY”. Afirmó ser uno con el Padre. Se atribuyó autoridad para perdonar pecados. Se llamó a sí mismo la resurrección y la vida. Invitó a los sedientos a venir a Él y beber. Declaró que nadie podía llegar al Padre sino por Él. Permitió que lo llamaran Señor y Dios y, todavía más sorprendente, aceptó la adoración de seres humanos.
Semejantes afirmaciones deberían haber provocado solamente rechazo y desprecio. Podríamos esperar que aquel hombre hubiera desaparecido rápidamente de la historia como un personaje desequilibrado o como uno más de tantos pretendientes religiosos que han surgido a través de los siglos.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Quienes convivieron con Él no simplemente conservaron sus enseñanzas. Muchos llegaron a estar convencidos de que aquel hombre era realmente quien decía ser. Sus discípulos proclamaron posteriormente que lo habían visto vivo después de su muerte, estuvieron dispuestos a sufrir por esa convicción y comenzaron un movimiento que, desde aquel pequeño territorio del mundo antiguo, terminaría extendiéndose por numerosas naciones.
Dos mil años después, Jesús de Nazaret continúa siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.
Esto nos coloca frente a una posibilidad que merece ser investigada seriamente.
Hasta ahora hemos preguntado: ¿existen evidencias que indiquen que Dios existe? Pero a partir de este momento formularemos una pregunta todavía más extraordinaria:
Si Dios existe, ¿es posible que haya entrado personalmente en nuestra historia?
Y concretamente:
¿Quién fue realmente Jesús de Nazaret?
¿Fue simplemente un extraordinario maestro religioso? ¿Un profeta? ¿Un hombre cuyas palabras fueron posteriormente exageradas por sus seguidores? ¿Estaba equivocado acerca de su propia identidad? ¿O existe evidencia suficiente para considerar seriamente la afirmación más extraordinaria de todas?
¿Es Jesús realmente Dios?
No comenzaremos suponiendo la respuesta. Vamos a examinar el caso paso a paso.
Primero escucharemos lo que Jesús dijo acerca de sí mismo. Después veremos lo que hizo, cómo reaccionaron quienes estuvieron frente a Él, qué dijeron sus discípulos y qué evidencia histórica existe alrededor de su vida, muerte y resurrección.
Nuestra primera parada será, por tanto, inevitable:
Antes de decidir quién era Jesús, debemos permitirle hablar.
¿Qué afirmó realmente Jesús acerca de sí mismo?
Eso es precisamente lo que examinaremos en los próximos artículos.
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Para nosotros resulta relativamente fácil escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”. Han transcurrido casi dos mil años de cristianismo y estas palabras forman parte del lenguaje habitual de millones de personas.
Pero para comprender verdaderamente lo que ocurrió con Jesús de Nazaret tenemos que hacer un esfuerzo: debemos olvidar por unos momentos esos dos mil años de historia y trasladarnos mentalmente a la Judea y Galilea del siglo I.
Imaginemos que todavía no existe el cristianismo.
No existen iglesias cristianas. No existe el Nuevo Testamento reunido como lo conocemos. No existen catedrales, cruces en los templos ni millones de personas llamando a Jesús “Señor”.
Existe, en cambio, un pueblo profundamente marcado por las Escrituras de Israel y por la convicción de que el Dios de Israel ocupa una posición absolutamente incomparable.
Una de las declaraciones fundamentales de su fe decía:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
Dentro de ese mundo aparece Jesús de Nazaret.
Un hombre.
La gente podía verlo caminar. Podía escucharlo hablar. Lo habían visto comer, dormir y cansarse. Había crecido en Nazaret. Algunos conocían a su familia.
Y entonces aquel hombre comenzó a decir cosas acerca de sí mismo que resultaban extraordinariamente difíciles de asimilar.
Jesús enseñaba acerca de Dios, pero no se limitaba a hablar de Dios.
Una y otra vez comenzó a colocarse a sí mismo en lugares que obligaban a quienes lo escuchaban a preguntarse: ¿Quién cree este hombre que es?
Perdonó pecados.
Afirmó tener una relación única con el Padre.
Dijo que había existido antes que Abraham.
Se presentó como la resurrección y la vida.
Afirmó que el destino eterno del ser humano estaba relacionado con su respuesta hacia Él.
Declaró que un día vendría con autoridad celestial.
Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.
Esto necesita ser entendido dentro de su contexto histórico.
No debemos simplificar diciendo que cualquier persona que se proclamara “Mesías” habría sido automáticamente acusada de blasfemia. El judaísmo de aquella época conocía expectativas mesiánicas diversas. Incluso expresiones como “hijo de Dios” podían utilizarse en determinados contextos sin significar necesariamente que alguien fuese Dios.
El problema con Jesús era mucho mayor.
Era la acumulación de sus afirmaciones, sus acciones y la autoridad que reclamaba.
Los Evangelios incluso conservan la reacción de sus adversarios:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Observe cuidadosamente la acusación.
“Tú, siendo hombre…”
Ahí se encuentra precisamente el escándalo.
Ellos estaban viendo frente a ellos a un hombre de carne y hueso y, sin embargo, interpretaban algunas de sus palabras como una pretensión de ocupar una posición que pertenecía a Dios.
La reacción no vino solamente de sus enemigos.
Marcos conserva un detalle extraordinariamente humano y, precisamente por eso, muy significativo:
“Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.”
Marcos 3:21, RVR1960
El texto dice “los suyos”; otras traducciones lo explicitan como sus parientes o familiares. Unos versículos después, Marcos menciona a su madre y a sus hermanos buscándolo (Marcos 3:31-35). Por ello, es mejor expresarlo cuidadosamente: personas de su entorno familiar llegaron a pensar que estaba “fuera de sí”.
Pensemos en lo que esto significa.
Hoy millones de personas se arrodillan ante Jesús.
Pero cuando comenzó su ministerio, hubo personas cercanas a Él que aparentemente pensaron que aquello había llegado demasiado lejos.
Otros reaccionaron todavía peor. Los escribas procedentes de Jerusalén no negaban que estaban ocurriendo acontecimientos extraordinarios; llegaron a atribuir su poder a Beelzebú:
“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú…”
Marcos 3:22, RVR1960
Las reacciones comenzaban a polarizarse.
Para algunos estaba fuera de sí. Para otros actuaba por poder demoníaco. Para otros era un profeta. Para otros era el Mesías. Y algunos comenzaron a creer que era verdaderamente el Hijo de Dios.
En determinadas ocasiones la reacción llegó a la violencia.
Jesús declaró:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
La siguiente reacción resulta reveladora: “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle” (Juan 10:31). Cuando Jesús les pregunta por qué quieren hacerlo, responden que no es por una buena obra, sino por blasfemia, “porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.
No necesitamos imaginar cómo interpretaron aquella declaración.
El propio relato nos lo dice.
En otra ocasión Jesús pronunció unas palabras todavía más desconcertantes:
“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960
Y nuevamente la reacción fue inmediata:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960
Algo estaba sucediendo alrededor de Jesús que hacía imposible permanecer indiferente.
El conflicto continuó creciendo.
Juan explica que después de una controversia relacionada con el sábado:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Una vez más aparece la misma cuestión.
¿Quién era este hombre?
El problema no consistía simplemente en que Jesús enseñara acerca de Dios. Israel había tenido profetas durante siglos.
Los profetas podían decir:
“Así dice Jehová.”
Pero Jesús hablaba con una autoridad personal sorprendente:
“Pero yo os digo…”
Y no solamente enseñaba con autoridad. Perdonaba pecados, redefinía la relación de las personas con Él, reclamaba una relación singular con el Padre y hablaba de una existencia que trascendía la vida humana ordinaria.
La tensión llega a uno de sus puntos culminantes durante el interrogatorio ante el sumo sacerdote.
Este le pregunta:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Jesús responde:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:61-62, RVR1960
Jesús está combinando imágenes extraordinarias de las Escrituras, particularmente Daniel 7 y el Salmo 110.
La reacción del sumo sacerdote fue inmediata:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960
Desde la perspectiva de quienes lo juzgaban, aquello había cruzado una línea.
Los estudios históricos señalan que existían distintas maneras de entender jurídicamente la blasfemia en el judaísmo antiguo. Sin embargo, también contamos con fuentes judías de la época que muestran que atribuirse igualdad o prerrogativas propias de Dios podía ser considerado blasfemo. Por eso la acusación presentada en los Evangelios encaja dentro de un contexto judío antiguo reconocible.
Aquí aparece quizá la parte más desconcertante de toda la historia.
No todos pensaron que Jesús estaba loco.
No todos pensaron que era un blasfemo.
No todos quisieron matarlo.
Hubo personas que lo escucharon, convivieron con Él, viajaron con Él, comieron con Él y observaron su comportamiento durante años…
y le creyeron.
Ese es el hecho que hace que nuestra investigación sea todavía más interesante.
Porque si un hombre aparece afirmando poseer prerrogativas divinas, tenemos varias posibilidades que investigar. Puede estar engañando deliberadamente. Puede estar equivocado respecto de sí mismo. Sus seguidores pueden haber deformado posteriormente lo que realmente dijo. O quizá exista otra explicación mucho más extraordinaria.
No debemos decidirlo todavía.
Pero tampoco podemos ignorar la pregunta.
Intentemos mirar nuevamente a Jesús sin dos mil años de familiaridad cristiana.
Imagine encontrarse en Galilea.
Delante de usted hay un hombre de Nazaret.
Lo ve caminar.
Lo escucha hablar.
Y aquel hombre comienza a decir cosas que parecen colocar su identidad en una categoría completamente diferente.
Algunos dicen:
“Está fuera de sí.”
Otros:
“Blasfema.”
Otros toman piedras.
Otros conspiran para matarlo.
Pero otros abandonan sus ocupaciones, comienzan a seguirlo y terminan convencidos de que aquel hombre es realmente quien afirma ser.
Entonces ya no basta con preguntar qué enseñaba Jesús.
Tenemos que hacer una pregunta mucho más incómoda:
¿Quién era Él?
Y existe una manera extraordinariamente sencilla de comenzar nuestra investigación.
En lugar de empezar preguntando qué dice el cristianismo acerca de Jesús, comenzaremos preguntando:
¿Qué dijo Jesús acerca de sí mismo?
Eso es precisamente lo que examinaremos a continuación.
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Después de escuchar a Jesús decir “Antes que Abraham fuese, yo soy”, podríamos preguntarnos si estamos interpretando correctamente sus palabras. ¿Realmente estaba haciendo una afirmación relacionada con su divinidad? ¿O estamos leyendo en ellas algo que sus contemporáneos nunca entendieron?
Existe otro episodio que resulta especialmente importante para nuestra investigación porque, en esta ocasión, no necesitamos imaginar cómo interpretaron sus palabras quienes estaban allí.
Ellos mismos nos lo dicen.
Jesús pronunció una breve declaración:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Son solamente unas cuantas palabras.
Pero la reacción fue inmediata:
“Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.”
Juan 10:31, RVR1960
Otra vez las piedras.
No es la primera vez que ocurre. En Juan 8:58-59, después de que Jesús declarara “Antes que Abraham fuese, yo soy”, también intentaron apedrearlo.
Algo en las afirmaciones de Jesús estaba provocando una reacción extraordinariamente violenta.
Pero esta vez Jesús les pregunta directamente por qué quieren hacerlo:
“Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?”
Juan 10:32, RVR1960
Y entonces llega una de las respuestas más importantes para nuestra investigación:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Detengámonos aquí.
Porque esta frase nos permite escuchar directamente cómo interpretaron algunos de sus contemporáneos las palabras de Jesús:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Dos mil años después estamos acostumbrados a escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”.
Pero volvamos nuevamente al siglo I.
Quienes rodeaban a Jesús eran judíos.
Desde pequeños habían aprendido una de las declaraciones fundamentales de la fe de Israel:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
No estaban frente a una cultura acostumbrada a convertir fácilmente a los hombres en dioses.
Estaban dentro del mundo religioso de Israel.
Y frente a ellos se encontraba un hombre.
Podían verlo.
Sabían que procedía de Nazaret.
Conocían a su familia.
Y aquel hombre acababa de decir:
“Yo y el Padre uno somos.”
No sorprende que algunos reaccionaran violentamente.
Pero para comprender por qué aquella declaración resultaba tan poderosa debemos leer lo que Jesús había dicho inmediatamente antes.
Jesús estaba hablando de sus ovejas, es decir, de quienes escuchan su voz y lo siguen.
Entonces declara:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Juan 10:27, RVR1960
Hasta aquí alguien podría pensar simplemente en un maestro hablando de sus discípulos.
Pero la siguiente declaración cambia completamente la dimensión de sus palabras:
“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás…”
Juan 10:28, RVR1960
Observe cuidadosamente:
Jesús no dice solamente:
“Dios les dará vida eterna.”
Dice:
“YO les doy vida eterna.”
Estamos nuevamente frente a una afirmación extraordinaria.
¿Qué hombre puede prometer a otro ser humano que jamás perecerá?
¿Qué maestro religioso puede decir que tiene autoridad para dar vida eterna?
Un profeta podía anunciar la salvación de Dios.
Un maestro podía explicar las Escrituras.
Pero Jesús coloca la vida eterna de sus seguidores directamente en sus propias manos.
Jesús continúa:
“…ni nadie las arrebatará de mi mano.”
Juan 10:28, RVR1960
Esta frase puede parecernos sencilla hasta que leemos la siguiente:
“Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
Juan 10:29, RVR1960
Observe la construcción.
Primero Jesús dice:
“Nadie las arrebatará de MI mano.”
Después dice:
“Nadie las puede arrebatar de la mano de MI PADRE.”
Y entonces concluye:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora la declaración adquiere una profundidad mucho mayor.
Jesús no pronunció esas palabras en el vacío.
Está hablando de dar vida eterna, de proteger eternamente a sus ovejas y de una seguridad que se encuentra simultáneamente en su mano y en la mano del Padre.
Entonces declara:
“Yo y el Padre uno somos.”
No.
Y esta distinción es muy importante.
Jesús dice:
“Yo Y el Padre…”
Hay una distinción entre ambos.
Jesús habla con el Padre, es enviado por el Padre y afirma que el Padre lo ama.
Por tanto, cuando dice “uno somos”, no está diciendo: “Yo soy el Padre”.
Además, el texto griego utiliza hen para “uno”, una forma neutra. La expresión apunta a una unidad profunda, pero no significa que Jesús y el Padre sean la misma persona.
Esto será importante posteriormente cuando estudiemos la doctrina cristiana de la Trinidad.
Por ahora debemos permanecer dentro de nuestra investigación histórica y preguntar algo más sencillo:
¿Qué estaba reclamando Jesús para sí mismo?
Y el contexto nos proporciona elementos impresionantes:
Da vida eterna.
Garantiza que sus ovejas jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de su mano.
Nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Aquí debemos ser cuidadosos.
El hecho de que los adversarios de Jesús interpreten sus palabras de determinada manera no demuestra por sí solo que su interpretación sea correcta. En otros lugares del Evangelio encontramos personas que malinterpretan a Jesús.
Pero en este episodio ocurre algo particularmente interesante.
Jesús no responde:
“Me entendieron mal. Yo nunca pretendí atribuirme nada divino.”
En cambio, continúa la discusión.
Después de citar el Salmo 82, Jesús pregunta:
“¿Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”
Juan 10:36, RVR1960
Y entonces vuelve a señalar sus obras:
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras…”
Juan 10:37-38, RVR1960
¿Para qué?
Jesús mismo da la respuesta:
“…para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.”
Juan 10:38, RVR1960
Y nuevamente ocurre algo revelador:
“Procuraron otra vez prenderle…”
Juan 10:39, RVR1960
La tensión no desapareció.
Esta acusación ya había aparecido anteriormente en el Evangelio de Juan.
Después de que Jesús sanara a un hombre en sábado, Juan explica:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Observe la semejanza:
Juan 5:18: “haciéndose igual a Dios”.
Juan 10:33: “tú, siendo hombre, te haces Dios”.
Ya no estamos frente a una frase aislada.
Existe un patrón dentro del Evangelio.
Todo este capítulo gira alrededor de una imagen:
el pastor y sus ovejas.
Jesús declara:
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
Juan 10:11, RVR1960
Para nosotros la imagen del “Buen Pastor” resulta tierna y familiar.
Pero un lector conocedor del Antiguo Testamento podía recordar inmediatamente textos extraordinarios.
David había escrito:
“Jehová es mi pastor; nada me faltará.”
Salmo 23:1, RVR1960
Y por medio de Ezequiel, Dios había declarado:
“Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor.”
Ezequiel 34:15, RVR1960
En Ezequiel 34, Dios denuncia a los malos pastores de Israel y anuncia que Él mismo buscará y cuidará a sus ovejas.
Y siglos después aparece Jesús diciendo:
“Yo soy el buen pastor.”
Después:
“Mis ovejas oyen mi voz.”
Después:
“Yo les doy vida eterna.”
Después:
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Leído dentro del mundo bíblico de Israel, el conjunto resulta extraordinario.
Intentemos nuevamente realizar nuestro ejercicio.
No conocemos todavía el cristianismo.
Estamos caminando por Jerusalén hace aproximadamente dos mil años.
Escuchamos hablar a un hombre llamado Jesús de Nazaret.
Y aquel hombre declara:
Yo soy el buen pastor.
Mis ovejas oyen mi voz.
Yo les doy vida eterna.
Jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de mi mano.
Yo y el Padre uno somos.
Algunos de quienes están junto a nosotros comienzan a recoger piedras.
Jesús pregunta por qué quieren matarlo.
Y ellos responden:
“Porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Ahora podemos comenzar a sentir algo del impacto que aquellas palabras debieron producir.
El problema fundamental estaba expresado perfectamente en aquellas pocas palabras:
“Tú, siendo hombre…”
Ellos veían un hombre.
Pero escuchaban afirmaciones que consideraban incompatibles con la condición de un simple hombre.
Y esto nos devuelve nuevamente a nuestra investigación.
Todavía no necesitamos llegar a una conclusión.
Estamos acumulando evidencia.
En el artículo anterior escuchamos a Jesús declarar:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Ahora lo escuchamos afirmar:
“Yo les doy vida eterna.”
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
“Yo y el Padre uno somos.”
Y escuchamos a sus propios adversarios responder:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
La pregunta comienza a volverse inevitable.
Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué hablaba de esta manera?
¿Sus enemigos simplemente lo malinterpretaron?
¿Sus seguidores exageraron posteriormente sus palabras?
¿Jesús estaba equivocado acerca de sí mismo?
¿O realmente estaba revelando algo acerca de su identidad que sus contemporáneos apenas podían concebir?
No decidamos todavía.
Sigamos escuchando a Jesús.
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Escuche música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Hay palabras de Jesús que, después de dos mil años de cristianismo, hemos escuchado tantas veces que pueden dejar de sorprendernos. Pero imaginemos por un momento que estamos escuchándolas por primera vez, en el siglo I, dentro de una sociedad profundamente judía.
Delante de nosotros se encuentra un hombre de aproximadamente treinta años.
Podemos verlo. Podemos escucharlo. Sabemos que procede de Nazaret. Conocemos a su madre. Algunas personas incluso conocen a sus hermanos.
Y de pronto aquel hombre comienza a hablar de Abraham, quien había vivido muchos siglos antes.
Sus interlocutores le preguntan:
“Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?”
Juan 8:57, RVR1960
Era una pregunta perfectamente lógica.
Pero la respuesta de Jesús fue cualquier cosa menos ordinaria:
“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960
Observe cuidadosamente lo que Jesús no dijo.
No dijo simplemente: “Antes que Abraham existiera, yo existía.”
La construcción es sorprendente:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Abraham llegó a existir.
Jesús simplemente dice:
YO SOY.
Para comprender el impacto debemos regresar al libro de Éxodo.
Cuando Moisés pregunta a Dios qué nombre deberá dar a los israelitas cuando pregunten quién lo ha enviado, Dios responde:
“YO SOY EL QUE SOY.”
“Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.”
Éxodo 3:14, RVR1960
El texto hebreo utiliza Ehyeh (אהיה), mientras que Juan escribe en griego egō eimi (ἐγώ εἰμι), “yo soy”. Por eso debemos ser precisos: Jesús no está pronunciando literalmente las cuatro letras del nombre YHWH.
Pero la conexión conceptual resulta extraordinariamente importante, especialmente cuando Juan presenta repetidamente a Jesús utilizando la expresión “Yo soy”.
Y el propio relato nos permite comprobar que sus palabras no fueron recibidas como una observación inocente.
El siguiente versículo dice:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo.”
Juan 8:59, RVR1960
¿Por qué piedras?
Porque quienes estaban frente a Jesús comprendieron que acababan de escuchar una afirmación extraordinaria acerca de su identidad.
Aquello no era una conversación teológica tranquila.
Querían apedrearlo.
Incluso antes de discutir la expresión “YO SOY”, existe una afirmación imposible de pasar por alto.
Jesús estaba afirmando preexistencia.
Abraham había vivido muchos siglos antes del nacimiento de Jesús en Belén. Sin embargo, Jesús habla de sí mismo como alguien cuya existencia precede a Abraham.
Esto aparece nuevamente en la oración de Jesús poco antes de su muerte:
“Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Aquí la afirmación se vuelve todavía más sorprendente.
Jesús ya no habla solamente de existir antes que Abraham.
Habla de una gloria compartida con el Padre antes de que existiera el mundo.
Y unos versículos después declara:
“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Juan 17:24, RVR1960
La afirmación ya no puede limitarse a: “Jesús cree que existía antes que Abraham”.
Su horizonte se extiende antes de la creación del mundo.
Aquí comienza una de las características más fascinantes del Evangelio de Juan.
Jesús utiliza repetidamente la expresión “Yo soy”.
Algunas veces añade una descripción:
“Yo soy el pan de vida.”
Juan 6:35
“Yo soy la luz del mundo.”
Juan 8:12
“Yo soy la puerta.”
Juan 10:9
“Yo soy el buen pastor.”
Juan 10:11
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Juan 14:6
“Yo soy la vid verdadera.”
Juan 15:1
Cada una merece estudiarse individualmente.
Pero existen otros momentos todavía más intrigantes en los que aparece egō eimi de manera absoluta o particularmente enfática.
Jesús dice:
“Porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.”
Juan 8:24, RVR1960
Más adelante:
“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy…”
Juan 8:28, RVR1960
Y finalmente:
“Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy.”
Juan 13:19, RVR1960
La repetición difícilmente pasa inadvertida.
La noche en que Jesús fue arrestado ocurrió algo particularmente extraño.
Judas llega acompañado de soldados y otras personas para detenerlo.
Jesús pregunta:
“¿A quién buscáis?”
Ellos responden:
“A Jesús nazareno.”
Entonces Jesús contesta:
“Yo soy.”
Juan 18:4-5, RVR1960
Y Juan añade inmediatamente:
“Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra.”
Juan 18:6, RVR1960
La escena resulta impresionante.
Llegaron para arrestar a Jesús.
Él pronuncia:
“YO SOY.”
Y quienes vienen a detenerlo retroceden y caen al suelo.
No debemos construir toda la doctrina de la divinidad de Cristo únicamente sobre este episodio; “yo soy” también puede funcionar en griego como una identificación normal: “soy yo”. Pero dentro de la estructura del Evangelio de Juan, después de todos los usos anteriores de egō eimi, resulta difícil no percibir la enorme carga literaria y teológica de la escena.
En Isaías encontramos declaraciones de Dios que presentan sorprendentes paralelos:
“Para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí.”
Isaías 43:10, RVR1960
Y nuevamente:
“Aun antes que hubiera día, yo era…”
Isaías 43:13, RVR1960
Dios se presenta como aquel cuya existencia no depende de ninguna criatura.
Esto nos ayuda a comprender por qué las palabras de Jesús resultaban tan extraordinarias dentro del monoteísmo judío.
Posteriormente los primeros cristianos describieron a Jesús de una manera que encaja sorprendentemente con estas declaraciones.
Juan comienza su Evangelio:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y posteriormente declara:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3, RVR1960
Pablo expresará una idea semejante acerca de Cristo:
“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
Colosenses 1:17, RVR1960
Aquí aparece precisamente la idea que queremos investigar: Cristo no solamente es presentado como anterior a Abraham, sino anterior a todas las cosas creadas; y además, todas las cosas subsisten en Él.
Hebreos lleva la afirmación todavía más lejos al hablar del Hijo como aquel por quien Dios hizo el universo y quien:
“…sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…”
Hebreos 1:3, RVR1960
Sin embargo, debemos distinguir cuidadosamente las evidencias. Juan 8:58 registra lo que Jesús dice de sí mismo; Colosenses y Hebreos muestran cómo posteriormente sus primeros seguidores entendieron su identidad. Esta distinción hará nuestra investigación mucho más sólida.
Quizá este sea el ejercicio más importante.
Olvidemos por unos segundos que conocemos el final de la historia.
Estamos en Jerusalén.
Frente a nosotros hay un hombre de Nazaret de aproximadamente treinta años.
Y aquel hombre nos dice:
Antes de Abraham… YO SOY.
Después afirma haber poseído gloria junto al Padre antes que el mundo existiera.
Declara:
Yo soy la luz.
Yo soy la vida.
Yo soy la resurrección.
Yo soy el camino.
Yo soy el buen pastor.
Si no creéis que YO SOY, en vuestros pecados moriréis.
Ahora podemos comprender mejor las reacciones.
Algunos pensaron que estaba fuera de sí.
Otros lo acusaron de blasfemia.
Otros quisieron matarlo.
¡Era para no dormir aquella noche!
Porque solamente quedaban posibilidades extraordinarias.
O aquel hombre estaba realizando afirmaciones inconcebibles acerca de sí mismo…
o verdaderamente era quien decía ser.
Y nosotros apenas hemos comenzado a examinar el caso.
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Si alguien preguntara cuál fue el título que Jesús utilizó con mayor frecuencia para referirse a sí mismo en los Evangelios, probablemente muchas personas responderían: “Hijo de Dios”.
Sin embargo, existe otro título que aparece repetidamente en labios de Jesús y que puede resultar todavía más intrigante:
“El Hijo del Hombre.”
A primera vista parece una expresión sencilla. Incluso podríamos pensar que Jesús solamente estaba diciendo: “Soy un ser humano.”
Y ciertamente el título puede subrayar su verdadera humanidad.
Pero existe un problema.
Cuando examinamos cómo Jesús utiliza esta expresión, especialmente en algunos de los momentos más importantes de su vida, descubrimos que “Hijo del Hombre” puede llevarnos directamente a una de las visiones más extraordinarias del Antiguo Testamento.
Una visión en la que aparece un personaje que viene con las nubes del cielo, se presenta delante del Anciano de días y recibe dominio, gloria y un reino que jamás será destruido.
Estamos hablando de Daniel capítulo 7.
Y Jesús aplicó esta figura a sí mismo.
El profeta Daniel describe una visión nocturna:
“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…”
Daniel 7:13, RVR1960
Detengámonos.
Daniel no está simplemente observando a un hombre caminando sobre la tierra.
Este personaje aparece:
“con las nubes del cielo”.
Después sucede algo todavía más extraordinario:
“…que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.”
Daniel 7:13, RVR1960
El Anciano de días aparece anteriormente en la visión sentado sobre un trono, rodeado de una escena celestial de majestad y juicio.
Entonces este personaje semejante a un hijo de hombre es llevado ante Él.
¿Y qué recibe?
“Y le fue dado dominio, gloria y reino…”
Daniel 7:14, RVR1960
Pero no termina ahí:
“…para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran…”
Daniel 7:14, RVR1960
Y finalmente:
“…su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.”
Daniel 7:14, RVR1960
Leamos nuevamente las características de este personaje:
Viene con las nubes del cielo.
Se presenta delante del Anciano de días.
Recibe dominio.
Recibe gloria.
Recibe un reino.
Pueblos, naciones y lenguas le sirven.
Su dominio es eterno.
Su reino jamás será destruido.
Estamos muy lejos de una simple manera de decir:
“Soy humano.”
Este detalle merece especial atención.
Para nosotros las nubes pueden ser solamente un elemento del paisaje.
Pero dentro del lenguaje del Antiguo Testamento, venir sobre las nubes está asociado repetidamente con Dios.
Por ejemplo:
“He aquí que Jehová monta sobre una ligera nube…”
Isaías 19:1, RVR1960
El salmista dice acerca de Dios:
“El que pone las nubes por su carroza…”
Salmo 104:3, RVR1960
Y Deuteronomio declara:
“No hay como el Dios de Jesurún, quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda…”
Deuteronomio 33:26, RVR1960
Por eso, la imagen de Daniel resulta tan sorprendente.
Un personaje “como un hijo de hombre” aparece asociado con las nubes del cielo y recibe una autoridad universal y eterna.
Ahora guardemos esta imagen en nuestra mente.
Porque siglos después Jesús se encuentra frente al sumo sacerdote.
Estamos ahora en Jerusalén.
Jesús ha sido arrestado.
Sus enemigos buscan evidencia para condenarlo.
Finalmente, el sumo sacerdote le hace una pregunta directa:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Marcos 14:61, RVR1960
Este es uno de los momentos decisivos de nuestra investigación.
Jesús está frente a quienes tienen autoridad para acusarlo.
No está hablando metafóricamente ante una multitud.
Está siendo interrogado.
Y responde:
“Yo soy…”
Marcos 14:62, RVR1960
Pero Jesús no se detiene allí.
Añade:
“…y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:62, RVR1960
Para nosotros quizá sea simplemente una frase religiosa.
Pero quienes conocían las Escrituras podían reconocer inmediatamente las imágenes.
Jesús está reuniendo dos grandes pasajes del Antiguo Testamento.
La primera imagen procede del Salmo 110:
“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra…”
Salmo 110:1, RVR1960
Jesús habla de estar:
“sentado a la diestra del poder de Dios”.
La diestra representa una posición de extraordinario honor y autoridad.
Pero inmediatamente añade una segunda imagen:
“viniendo con las nubes del cielo”.
Y ahora regresamos exactamente a Daniel:
“He aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…”
Daniel 7:13, RVR1960
Jesús está tomando Salmo 110 y Daniel 7 y aplicándolos a sí mismo.
En otras palabras:
El Hijo del Hombre de Daniel soy yo.
¿Cómo reaccionó el sumo sacerdote?
¿Dijo:
“Muy bien, Jesús acaba simplemente de decir que es humano”?
No.
Marcos registra:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”
Marcos 14:63, RVR1960
Y continúa:
“Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece?”
Marcos 14:64, RVR1960
La respuesta fue:
“Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte.”
Marcos 14:64, RVR1960
Detengámonos nuevamente.
Jesús se identifica con el Hijo del Hombre.
Habla de sentarse a la diestra del Poder.
Declara que vendrá con las nubes del cielo.
Y el sumo sacerdote rasga sus vestiduras y exclama:
“Habéis oído la blasfemia.”
Evidentemente, para quienes lo estaban juzgando, Jesús acababa de realizar una afirmación muchísimo más seria que:
“Yo soy un ser humano.”
Hay algo todavía más impresionante en esta escena.
Pensemos en la situación.
Jesús está detenido.
Está siendo interrogado.
Humanamente hablando, ellos tienen poder sobre Él.
Ellos están juzgando a Jesús.
Pero la respuesta de Jesús prácticamente invierte la escena.
Les dice:
“Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios…”
El hombre que está siendo juzgado anuncia que un día aparecerá investido de autoridad celestial.
El acusado habla como quien finalmente tendrá autoridad sobre sus acusadores.
Eso cambia completamente la escena.
Y no era la primera vez.
En Mateo encontramos estas palabras:
“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
Mateo 25:31, RVR1960
Después:
“Y serán reunidas delante de él todas las naciones…”
Mateo 25:32, RVR1960
Observe nuevamente:
Viene en gloria.
Los ángeles lo acompañan.
Se sienta en un trono.
Todas las naciones comparecen delante de Él.
Él ejecuta juicio.
No estamos frente a la descripción de un simple maestro religioso.
Existe todavía otra utilización sorprendente del título.
Cuando unos hombres llevan un paralítico ante Jesús, Él primero le dice:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5, RVR1960
Los escribas reaccionan inmediatamente:
“¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
Jesús entonces sana al paralítico para demostrar algo:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…”
Marcos 2:10, RVR1960
Otra vez aparece el título.
El Hijo del Hombre.
Y ahora ese Hijo del Hombre reclama autoridad para perdonar pecados.
En otra controversia Jesús declara:
“Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.”
Marcos 2:28, RVR1960
El sábado no era una institución cualquiera.
Formaba parte de la Ley dada por Dios a Israel.
Y Jesús declara que:
“El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.”
Una vez más, el título aparece acompañado de una afirmación extraordinaria de autoridad.
Aquí debemos evitar cometer un error.
Jesús no utilizó “Hijo del Hombre” solamente para hablar de gloria, autoridad y juicio.
También lo utilizó para anunciar su sufrimiento y su muerte.
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
Marcos 10:45, RVR1960
Esto hace que el título sea todavía más extraordinario.
El mismo Hijo del Hombre que:
recibe un reino eterno,
viene con las nubes,
perdona pecados,
es Señor del sábado,
juzgará a las naciones
es también aquel que:
sirve, sufre y entrega su vida.
Gloria y humillación aparecen reunidas en la misma persona.
Intentemos escucharlo como si nunca hubiéramos oído hablar de Jesús.
Un hombre de Nazaret aparece delante de nosotros.
Y comienza a llamarse:
“El Hijo del Hombre.”
Después afirma:
El Hijo del Hombre puede perdonar pecados.
El Hijo del Hombre es Señor del sábado.
El Hijo del Hombre vendrá en gloria.
El Hijo del Hombre se sentará en su trono.
Todas las naciones comparecerán delante de Él.
Y finalmente, frente al sumo sacerdote, declara:
“Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
El sumo sacerdote rasga entonces sus vestiduras.
“Habéis oído la blasfemia.”
Ahora podemos comprender por qué la expresión “Hijo del Hombre” no debe ser pasada por alto.
Nuestra investigación comienza a acumular afirmaciones extraordinarias.
Primero escuchamos:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Y ahora descubrimos que Jesús se identifica con aquel Hijo del Hombre de Daniel que viene con las nubes del cielo y recibe dominio, gloria y un reino eterno.
Todavía no estamos pidiendo al lector que crea.
Estamos haciendo algo anterior a la fe:
estamos escuchando.
Queremos saber qué afirmó realmente Jesús acerca de sí mismo.
Y cuanto más avanzamos, más difícil resulta sostener que Jesús se presentó simplemente como un buen maestro que vino a enseñarnos a ser mejores personas.
Sus palabras son demasiado grandes para eso.
La pregunta vuelve a aparecer:
¿Quién era este hombre?
¿Estaba equivocado acerca de sí mismo?
¿Fueron posteriormente exageradas sus afirmaciones?
¿O aquel hombre de Nazaret tenía realmente derecho a hablar de esta manera?
Todavía no respondamos.
Porque Jesús está a punto de hacer algo todavía más desconcertante:
atribuirse autoridad para hacer aquello que sus propios adversarios afirmaban que solamente Dios podía hacer: perdonar pecados.
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Hasta este momento hemos escuchado afirmaciones extraordinarias de Jesús. Lo hemos oído decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Lo hemos escuchado declarar: “Yo y el Padre uno somos”. También hemos descubierto que utilizó para sí mismo el título “Hijo del Hombre”, identificándose con la figura de Daniel 7 que recibe dominio, gloria y un reino eterno.
Pero ahora sucede algo diferente.
Jesús ya no solamente dice algo acerca de su identidad.
Ahora hace algo que provoca inmediatamente una pregunta entre los expertos religiosos presentes:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
La pregunta es extraordinariamente importante para nuestra investigación.
Porque Jesús está a punto de realizar una acción mediante la cual obliga nuevamente a quienes lo rodean a preguntarse:
¿Quién es realmente este hombre?
El acontecimiento ocurrió en Capernaum.
Jesús había regresado a la ciudad y rápidamente comenzó a correr la noticia de que estaba en una casa. Marcos describe una multitud tan grande que ya no había espacio disponible.
“E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.”
Marcos 2:2, RVR1960
Entonces llegaron cuatro hombres cargando a un paralítico.
Querían llevarlo hasta Jesús.
Pero era imposible entrar.
La casa estaba completamente llena.
En lugar de darse por vencidos, aquellos hombres subieron al techo, hicieron una abertura y comenzaron a bajar la camilla sobre la que estaba acostado su amigo.
Imagine por un momento la escena.
Jesús está enseñando.
La casa está abarrotada.
De pronto comienza a abrirse el techo sobre las cabezas de quienes se encuentran allí.
Y lentamente aparece un hombre paralítico descendiendo frente a Jesús.
Todos saben lo que necesita.
Necesita caminar.
Probablemente todos esperan lo mismo:
“Jesús, sánalo”.
Pero Jesús hace algo completamente inesperado.
“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5, RVR1960
¿Sus pecados?
El hombre había venido buscando una sanidad física.
Y Jesús comienza hablando de algo que nadie podía ver:
su pecado.
¿Quién puede perdonar pecados?
Entre las personas que estaban dentro de aquella casa había escribas.
Ellos conocían las Escrituras.
Y cuando escucharon las palabras de Jesús comenzaron inmediatamente a razonar:
“¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
Aquí necesitamos detenernos.
Porque, dentro de la teología bíblica de Israel, la pregunta tenía fundamento.
El pecado es, en última instancia, una ofensa contra Dios.
David, después de su terrible pecado, había orado:
“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…”
Salmo 51:4, RVR1960
Y las Escrituras presentaban repetidamente a Dios como aquel que perdona la maldad.
El profeta Isaías registra estas palabras de Jehová:
“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.”
Isaías 43:25, RVR1960
Miqueas pregunta:
“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad?”
Miqueas 7:18, RVR1960
Y el Salmo 103 declara:
“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias.”
Salmo 103:3, RVR1960
Por eso los escribas comprendieron inmediatamente la gravedad de lo que acababan de escuchar.
Jesús no había dicho:
“Voy a pedirle a Dios que perdone tus pecados.”
Tampoco había pronunciado simplemente un anuncio sacerdotal relacionado con un sacrificio realizado en el templo.
Jesús miró directamente al hombre y declaró:
“Tus pecados te son perdonados.”
La pregunta surgió inmediatamente:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Jesús sabía exactamente lo que estaban pensando
Lo que sucede después hace que el episodio sea todavía más interesante.
Los escribas no habían expresado necesariamente sus pensamientos en voz alta.
Marcos dice que estaban “cavilando en sus corazones”.
Entonces añade:
“Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?”
Marcos 2:8, RVR1960
Jesús conocía la objeción.
Y en lugar de retirar sus palabras, plantea una pregunta:
“¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?”
Marcos 2:9, RVR1960
La pregunta es brillante.
Decir “tus pecados te son perdonados” es fácil en un sentido: nadie puede mirar dentro del cielo para comprobar inmediatamente si ocurrió.
Pero decirle a un paralítico:
“Levántate y anda”
es diferente.
Eso puede comprobarse en ese mismo instante.
El hombre caminará…
o permanecerá acostado.
Jesús entonces utiliza lo visible para demostrar su autoridad sobre lo invisible.
El milagro se convierte en evidencia
Jesús declara:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…”
Marcos 2:10, RVR1960
Observe cuidadosamente esas palabras:
“Para que sepáis…”
Jesús está a punto de proporcionar una evidencia.
No sana simplemente porque siente compasión por aquel hombre, aunque evidentemente la compasión forma parte de su ministerio.
En esta ocasión el milagro tiene además una función específica:
demostrar autoridad.
¿Autoridad para qué?
Para perdonar pecados.
Entonces Jesús mira al paralítico y dice:
“A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.”
Marcos 2:11, RVR1960
Toda la casa debe haber quedado en silencio.
Ahora ya no había argumentos.
Había que esperar.
¿Se levantaría?
Marcos responde:
“Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos…”
Marcos 2:12, RVR1960
El hombre que había entrado cargado por cuatro personas salió caminando y cargando aquello que antes lo había cargado a él.
Y Marcos registra la reacción:
“…de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
Marcos 2:12, RVR1960
Aquí encontramos un detalle fundamental para nuestra investigación.
Los escribas plantearon una objeción teológicamente seria:
Solamente Dios puede perdonar pecados.
Jesús pudo haber respondido:
“No me entendieron. Yo no estoy afirmando poseer semejante autoridad”.
Pero no lo hizo.
En lugar de retirar la declaración, realizó un milagro precisamente para demostrar que tenía esa autoridad.
El razonamiento del relato es extraordinariamente sencillo:
Jesús declara perdonados los pecados de un hombre.
Los escribas piensan:
“Sólo Dios puede hacer eso.”
Jesús conoce su objeción.
Entonces dice, en esencia:
“Voy a demostrarles que el Hijo del Hombre tiene autoridad para hacerlo.”
Y sana al paralítico delante de ellos.
No estamos diciendo todavía que este episodio, aislado de todo lo demás, resuelva completamente la cuestión de la divinidad de Cristo.
Pero cuando lo colocamos junto a las demás afirmaciones que estamos estudiando, el cuadro comienza a hacerse cada vez más impresionante.
Un profeta podía anunciar el perdón; Jesús habla con autoridad propia
Esta distinción merece atención.
Los profetas del Antiguo Testamento podían anunciar que Dios perdonaría.
Natán, por ejemplo, después de que David confesara su pecado, le dijo:
“También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.”
2 Samuel 12:13, RVR1960
Pero observe la diferencia.
Natán señala hacia Dios:
“Jehová ha remitido tu pecado.”
En Capernaum, Jesús se coloca frente al paralítico y declara:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Y cuando cuestionan su derecho para hacerlo, Jesús no dirige la atención hacia otra autoridad que esté actuando independientemente de Él.
Declara:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Estamos nuevamente frente a aquel título que acabamos de estudiar:
El Hijo del Hombre.
El personaje de Daniel 7 que recibe dominio y un reino eterno aparece ahora en labios de Jesús relacionado con una autoridad que sus propios adversarios reconocían como perteneciente a Dios.
¿Y si el hombre hubiera permanecido paralítico?
Hay una manera sencilla de comprender la fuerza del episodio.
Imagine que Jesús hubiera dicho:
“Para que sepan que tengo autoridad para perdonar pecados: levántate y anda.”
Y el hombre no hubiera podido levantarse.
La afirmación de Jesús habría quedado públicamente desacreditada.
El milagro era verificable.
Había personas presentes.
El hombre había llegado paralítico.
Y Jesús vinculó deliberadamente la sanidad física con su afirmación de poseer autoridad para perdonar.
Según el relato de Marcos, el hombre:
“se levantó en seguida”.
Eso explica el asombro de quienes estaban allí.
No solamente habían escuchado una enseñanza.
Habían presenciado una afirmación extraordinaria acompañada por un acto extraordinario.
Recordemos nuestro propósito.
No comenzamos esta serie diciendo al lector:
“Tiene que creer que Jesús es Dios.”
Estamos intentando reconstruir el caso paso a paso.
Estamos escuchando a Jesús dentro de su propio mundo.
Hasta ahora hemos encontrado:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Juan 8:58.
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Después descubrimos que Jesús se identifica con el Hijo del Hombre de Daniel, que viene con las nubes y recibe dominio eterno.
Y ahora encontramos algo diferente.
Jesús mira a un hombre y declara:
“Tus pecados te son perdonados.”
Los expertos religiosos presentes inmediatamente piensan:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Y Jesús responde realizando un milagro para demostrar que:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Una afirmación podría ser malinterpretada.
Dos podrían ser discutidas.
Pero conforme avanzamos, comienza a aparecer un patrón.
Jesús habla de haber existido antes de Abraham.
Afirma una extraordinaria unidad con el Padre.
Se identifica con el Hijo del Hombre celestial de Daniel.
Y ahora reclama autoridad para perdonar pecados.
Por eso debemos continuar haciendo la misma pregunta:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
Porque si Jesús era solamente un maestro religioso, sus palabras comienzan a resultar difíciles de explicar.
Pero nuestra investigación apenas continúa.
Todavía quedan declaraciones aún más sorprendentes.
Biblia Reina-Valera 1960: 2 Samuel 12:13; Salmo 51:4; Salmo 103:1-3; Isaías 43:25; Miqueas 7:18-19; Daniel 7:13-14; Marcos 2:1-12; Lucas 5:17-26.
France, R. T. The Gospel of Mark. The New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Edwards, James R. The Gospel according to Mark. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Keener, Craig S. The IVP Bible Background Commentary: New Testament. InterVarsity Press.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
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Hay declaraciones de Jesús que, si realmente intentamos escucharlas como las habría escuchado una persona del siglo I, resultan difíciles de imaginar en labios de cualquier ser humano.
Esta es una de ellas.
Jesús dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960
Después de casi dos mil años de cristianismo podemos leer estas palabras sin detenernos demasiado. Aparecen en predicaciones, libros, canciones y conversaciones cristianas. Nos resultan familiares.
Pero intentemos escucharlas nuevamente como si nunca antes hubiéramos oído hablar de Jesús.
Delante de nosotros hay un hombre de Nazaret.
Y aquel hombre no dice:
“Yo conozco el camino hacia Dios.”
Tampoco:
“Yo puedo enseñarles el camino.”
Ni siquiera:
“Dios me ha mostrado el camino.”
Jesús declara algo muchísimo más extraordinario:
“YO SOY el camino.”
Después añade:
“YO SOY la verdad.”
Y finalmente:
“YO SOY la vida.”
Pero todavía falta la parte más radical:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Si queremos investigar seriamente quién creía Jesús que era, difícilmente podemos pasar por alto estas palabras.
El contexto hace que la declaración sea todavía más significativa.
Jesús no pronunció estas palabras durante un discurso multitudinario. Se encontraba con sus discípulos durante las últimas horas antes de su arresto.
Les había anunciado que se marcharía.
Los discípulos estaban confundidos.
Jesús intenta consolarlos:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.”
Juan 14:1, RVR1960
Detengámonos aquí antes de continuar.
Incluso esta frase resulta extraordinaria.
Jesús coloca paralelamente:
“Creéis en Dios…”
y:
“…creed también en mí.”
No les está pidiendo simplemente que recuerden sus enseñanzas después de su muerte.
Está reclamando para sí mismo la confianza de sus discípulos.
Después les habla de la casa de su Padre y declara:
“Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.”
Juan 14:2, RVR1960
Y añade:
“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo…”
Juan 14:3, RVR1960
Entonces Jesús les dice:
“Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.”
Juan 14:4, RVR1960
Tomás, con esa sinceridad que lo caracteriza, responde:
“Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”
Juan 14:5, RVR1960
La pregunta de Tomás prepara una de las respuestas más importantes de Jesús.
Tomás quiere conocer un camino.
Jesús le presenta una persona.
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
En otras palabras, el camino hacia Dios no es presentado simplemente como una serie de instrucciones.
El camino es Jesús mismo.
Esta afirmación merece ser examinada lentamente.
A lo largo de la historia, los maestros religiosos normalmente han señalado hacia algo que está fuera de ellos mismos.
Un profeta señala hacia Dios.
Un rabino enseña la Ley.
Un maestro explica cómo debe vivir una persona.
Pero Jesús hace algo diferente.
No dice simplemente:
“Síganme porque conozco el camino.”
Dice:
“Yo soy el camino.”
Esto significa que, según Jesús, la reconciliación entre el ser humano y el Padre está inseparablemente relacionada con su propia persona.
Y después elimina cualquier posible ambigüedad:
“…nadie viene al Padre, sino por mí.”
La afirmación es universal.
Jesús no dice:
“Algunas personas pueden llegar al Padre por medio de mí”.
Dice:
“Nadie.”
No dice:
“Soy uno de los caminos”.
Dice:
“Yo soy el camino.”
Para un simple ser humano, semejante afirmación sería extraordinariamente difícil de justificar.
Imagine escuchar aquello hace dos mil años
Intentemos nuevamente colocarnos dentro de la escena.
Un hombre de aproximadamente treinta años nos dice:
Si quieres llegar a Dios, tienes que venir por medio de mí.
No está hablando solamente a personas de una aldea.
No está limitando la declaración a una generación.
La expresión es absoluta:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Si Jesús fuera solamente un maestro religioso, esta sería una afirmación desproporcionada.
Porque significaría que un hombre está colocando su propia persona entre Dios y toda la humanidad.
Precisamente por eso Juan 14:6 resulta tan importante para nuestra investigación.
Jesús no se limita a proporcionar información acerca de Dios.
Se coloca a sí mismo en el centro de la relación del ser humano con Dios.
La segunda afirmación resulta igualmente sorprendente.
Jesús no dice:
“Yo enseño la verdad.”
Eso sería perfectamente comprensible en labios de un maestro.
Tampoco dice:
“Conozco la verdad.”
Dice:
“Yo soy… la verdad.”
En el Antiguo Testamento, la verdad está profundamente relacionada con el carácter de Dios.
Moisés declara:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él…”
Deuteronomio 32:4, RVR1960
El salmista ora:
“Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación…”
Salmo 25:5, RVR1960
Y ahora Jesús no solamente afirma enseñar esa verdad.
Se identifica personalmente con ella.
Esta idea aparece repetidamente en Juan.
Al comienzo del Evangelio leemos:
“…la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.”
Juan 1:17, RVR1960
Y frente a Pilato, Jesús declarará:
“Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad.”
Juan 18:37, RVR1960
La verdad, en las palabras de Jesús, no es simplemente una teoría que debemos comprender.
Está relacionada con quién es Él.
Pero quizá la tercera expresión sea todavía más sorprendente:
“Yo soy la vida.”
Aquí necesitamos recordar nuevamente el mundo bíblico de Jesús.
¿Quién es la fuente de la vida en las Escrituras?
Dios.
El salmista declara:
“Porque contigo está el manantial de la vida…”
Salmo 36:9, RVR1960
Nehemías dice acerca de Dios:
“Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos… y tú vivificas todas estas cosas…”
Nehemías 9:6, RVR1960
La vida procede de Dios.
Sin embargo, Jesús había realizado ya una declaración extraordinaria:
“Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”
Juan 5:21, RVR1960
Observe cuidadosamente.
El Padre da vida.
Y:
“El Hijo a los que quiere da vida.”
Posteriormente, frente a la tumba de Lázaro, Jesús no dirá solamente que cree en la resurrección.
Declarará:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960
Y ahora, en Juan 14, vuelve a decir:
“Yo soy… la vida.”
Estamos comenzando a encontrar nuevamente un patrón.
No solamente ofrece vida: afirma poseerla en sí mismo
Existe otra declaración de Jesús que lleva esta idea todavía más lejos:
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.”
Juan 5:26, RVR1960
La expresión “vida en sí mismo” merece nuestra atención.
Nosotros tenemos vida, pero no somos la fuente independiente de nuestra propia existencia.
Nuestra vida es recibida.
Dependemos constantemente de condiciones externas para continuar viviendo.
Jesús, sin embargo, habla de una relación extraordinaria con el Padre y declara que el Hijo tiene “vida en sí mismo”.
Cuando esto se combina con:
“Yo soy la vida”
y:
“Yo soy la resurrección y la vida”
la afirmación adquiere dimensiones enormes.
Ahora llegamos a la conclusión de la declaración.
Y quizá sea la parte que más dificultades produce en nuestra cultura contemporánea.
Jesús presenta una afirmación absolutamente exclusiva:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Debemos permitir que las palabras signifiquen lo que dicen.
Jesús está afirmando que Él es el acceso al Padre.
No está diciendo simplemente que su enseñanza es útil para acercarnos a Dios.
No se presenta como una posibilidad entre muchas.
Se coloca personalmente en medio de la relación entre Dios y la humanidad.
Eso plantea un problema enorme si Jesús era solamente un hombre.
Imagine a cualquier otro maestro de la historia diciendo:
“Ningún ser humano puede llegar a Dios excepto por medio de mí.”
Inmediatamente preguntaríamos:
¿Quién cree este hombre que es?
Y esa es precisamente la pregunta que estamos haciendo acerca de Jesús.
Lo verdaderamente sorprendente es que Juan 14:6 no constituye el final de esta conversación.
Jesús continúa:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
Juan 14:7, RVR1960
Entonces Felipe hace una petición perfectamente comprensible:
“Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.”
Juan 14:8, RVR1960
Y Jesús responde con otra declaración extraordinaria:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
Observe la progresión.
Creed en Dios; creed también en mí.
Yo soy el camino.
Yo soy la verdad.
Yo soy la vida.
Nadie viene al Padre sino por mí.
Si me conocéis, conoceréis al Padre.
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
Es difícil reducir todo esto a las palabras de un maestro que simplemente quería enseñar buenos principios morales.
Recordemos nuevamente nuestra investigación.
No comenzamos afirmando la respuesta.
Estamos preguntando:
¿Quién creía Jesús que era?
Y estamos permitiendo que sus propias palabras construyan el caso.
Hasta ahora hemos escuchado:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
“Yo y el Padre uno somos.”
Lo hemos visto identificarse con el Hijo del Hombre de Daniel.
Lo hemos visto reclamar autoridad para perdonar pecados.
Y ahora escuchamos:
“Yo soy el camino.”
“Yo soy la verdad.”
“Yo soy la vida.”
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Poco a poco resulta cada vez más difícil presentar a Jesús simplemente como un buen maestro religioso.
Un buen maestro puede mostrar un camino.
Jesús afirma ser el camino.
Un profeta puede anunciar la verdad.
Jesús afirma ser la verdad.
Un hombre puede hablar acerca de la vida.
Jesús afirma ser la vida.
Y un maestro religioso puede intentar acercar a las personas hacia Dios.
Jesús declara:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Hace aproximadamente dos mil años, un hombre de Nazaret pronunció estas palabras.
La cuestión no es si nos parecen hermosas.
La cuestión es mucho más seria:
¿Tenía derecho a decirlas?
Porque si no era quien afirmaba ser, sus palabras resultan difíciles de explicar.
Pero si realmente era quien decía ser, entonces Juan 14:6 deja de ser simplemente una frase religiosa.
Se convierte en una de las declaraciones más trascendentales pronunciadas por un ser humano:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Y todavía Jesús hará una afirmación más sorprendente en aquella misma conversación:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Biblia Reina-Valera 1960: Deuteronomio 32:4; Salmo 25:5; Salmo 36:9; Nehemías 9:6; Juan 1:1-4, 14-18; Juan 5:19-29; Juan 8:12; Juan 10:27-30; Juan 11:25-26; Juan 14:1-11; Juan 17:1-5; Juan 18:37.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Hay momentos en los Evangelios en los que las palabras de Jesús resultan tan extraordinarias que necesitamos detenernos y preguntarnos cómo habrían sonado antes de dos mil años de cristianismo.
Este es uno de esos momentos.
Jesús está reunido con sus discípulos pocas horas antes de ser arrestado. Durante aproximadamente tres años aquellos jóvenes han caminado con Él, han escuchado sus enseñanzas y han presenciado acontecimientos extraordinarios.
Entonces Felipe le hace una petición:
“Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.”
Juan 14:8, RVR1960
La petición parece completamente razonable.
Felipe quiere conocer mejor a Dios.
Pero la respuesta de Jesús es sorprendente:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
Intentemos escuchar esas palabras por primera vez.
Delante de Felipe hay un hombre.
Un hombre que come, duerme, camina, siente cansancio y puede ser tocado.
Y aquel hombre le dice:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
¿Qué clase de hombre puede decir algo así?
Para comprender la magnitud de la petición de Felipe debemos recordar algo fundamental acerca del mundo bíblico.
El deseo de conocer y contemplar a Dios aparece repetidamente en las Escrituras.
Moisés había pedido:
“Te ruego que me muestres tu gloria.”
Éxodo 33:18, RVR1960
La respuesta de Dios dejó clara la enorme distancia existente entre la criatura y su Creador:
“No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.”
Éxodo 33:20, RVR1960
Siglos después, Isaías tuvo una visión de la majestad divina y exclamó:
“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Isaías 6:5, RVR1960
Para un judío conocedor de las Escrituras, hablar de ver a Dios no era un asunto ligero.
Dios era invisible, santo y trascendente.
Juan mismo había escrito al comienzo de su Evangelio:
“A Dios nadie le vio jamás…”
Juan 1:18, RVR1960
Y ahora Felipe mira a Jesús y le dice:
“Muéstranos el Padre.”
Podríamos esperar que Jesús levantara los ojos hacia el cielo.
Podríamos esperar que respondiera:
“Felipe, algún día Dios se revelará a ustedes”.
O quizá:
“Yo puedo enseñarles cómo es el Padre”.
Pero Jesús hace algo completamente diferente.
Dirige la atención de Felipe hacia Él mismo.
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?”
Esta parte de la respuesta puede pasar inadvertida.
Felipe había pedido:
“Muéstranos al Padre.”
Pero Jesús responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Observe el cambio.
Felipe pregunta por el Padre.
Jesús responde preguntando por qué todavía no lo ha conocido a Él.
Después explica:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
La conexión entre conocer a Jesús y conocer al Padre es extraordinariamente estrecha.
Esto ya había comenzado unos versículos antes.
Jesús había declarado:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
Juan 14:7, RVR1960
¿Cómo podían afirmar haber visto al Padre?
Felipe no lo comprende.
Por eso pregunta.
Y Jesús responde:
Porque me han visto a mí.
Aquí debemos hacer una precisión importante.
Jesús no está diciendo que Él y el Padre sean la misma persona.
Todo el Evangelio de Juan distingue claramente entre ambos.
El Padre envía al Hijo.
El Hijo habla con el Padre.
El Padre ama al Hijo.
Jesús ora al Padre.
Y precisamente en este mismo pasaje Jesús continúa hablando del Padre como alguien personalmente distinguible de Él.
Por tanto, cuando declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
no significa:
“Yo soy el Padre.”
La afirmación es diferente y, en cierto sentido, todavía más profunda.
Jesús está afirmando que Él revela de manera perfecta al Padre.
Quien contempla quién es Jesús, su carácter, sus obras, su compasión, su santidad y su autoridad, está contemplando la revelación visible del Dios invisible.
Por eso Jesús continúa:
“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?”
Juan 14:10, RVR1960
Nuevamente encontramos una relación que difícilmente podría describirse como la relación normal entre un profeta y Dios.
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí”
Recordemos una declaración que estudiamos anteriormente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora Jesús utiliza otro lenguaje:
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí.”
Y vuelve a repetirlo:
“Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí…”
Juan 14:11, RVR1960
Observe la insistencia.
Jesús no está describiendo simplemente una relación de obediencia.
Existe una profunda unidad entre el Padre y el Hijo.
Y Jesús afirma que esa relación puede observarse incluso en sus palabras y obras.
“Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”
Juan 14:10, RVR1960
Por eso añade:
“…de otra manera, creedme por las mismas obras.”
Juan 14:11, RVR1960
Una vez más encontramos el mismo patrón que hemos observado en otros episodios.
Jesús realiza afirmaciones extraordinarias acerca de su identidad y después señala hacia sus obras como evidencia que debe ser considerada.
Aquí aparece uno de los grandes temas del Evangelio de Juan.
El Evangelio comienza con una afirmación impresionante:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Después declara:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
Y finalmente:
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Juan 1:18, RVR1960
Ahora podemos comprender mejor la respuesta a Felipe.
Felipe pregunta:
“Muéstranos el Padre.”
Jesús prácticamente le responde:
Felipe, eso es precisamente lo que has estado contemplando durante todo este tiempo.
No porque Jesús sea el Padre, sino porque el Hijo hace visible al Dios que ningún ser humano puede contemplar directamente.
Esta idea será expresada posteriormente de una manera extraordinariamente clara.
Pablo describe a Cristo como:
“…la imagen del Dios invisible…”
Colosenses 1:15, RVR1960
Y Hebreos declara que el Hijo es:
“…el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”
Hebreos 1:3, RVR1960
Debemos distinguir nuevamente las evidencias: Colosenses y Hebreos muestran cómo los primeros cristianos comprendieron posteriormente la identidad de Jesús. Pero resulta extraordinario observar cómo esas afirmaciones corresponden con las palabras atribuidas al propio Jesús:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Pensemos en lo que Jesús estaba diciendo
Supongamos que un gran profeta hubiera dicho:
“Si quieren conocer a Dios, escuchen el mensaje que Él me ha dado”.
Eso sería perfectamente comprensible.
Pero imagine que Moisés hubiera dicho:
“El que me ha visto a mí, ha visto a Dios.”
O que Isaías hubiera declarado:
“Si me conocen a mí, conocen a Dios.”
La afirmación habría resultado extraordinaria.
Los profetas señalaban hacia Dios.
Jesús repetidamente señala hacia su propia persona.
Esto es precisamente lo que hace que nuestra investigación resulte cada vez más interesante.
Jesús no solamente anuncia un mensaje acerca de Dios.
Afirma ser la revelación personal del Padre.
Esta no era la primera ocasión.
Anteriormente Jesús había declarado:
“El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.”
Juan 12:44-45, RVR1960
Nuevamente:
“El que me ve…”
“…ve al que me envió.”
Y todavía encontramos otra declaración:
“El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece.”
Juan 15:23, RVR1960
Observe cómo Jesús relaciona continuamente la respuesta hacia Él con la respuesta hacia Dios.
Ver a Jesús → ver al Padre.
Conocer a Jesús → conocer al Padre.
Creer en Jesús → creer en quien lo envió.
Rechazar a Jesús → rechazar al Padre.
Una vez más debemos preguntar:
¿Quién puede hablar de esta manera?
Existe algo todavía más impactante cuando reunimos las declaraciones que aparecen en unos cuantos versículos de Juan 14.
Jesús dice:
“Creéis en Dios, creed también en mí.”
Juan 14:1
Después:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
Juan 14:6
Después:
“…nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6
Después:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais…”
Juan 14:7
Y finalmente:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Todo esto ocurre prácticamente dentro de la misma conversación.
Por eso resulta difícil explicar estas palabras diciendo simplemente:
“Jesús fue un gran maestro que enseñó a las personas acerca de Dios.”
Según Juan, Jesús está haciendo algo muchísimo mayor.
Está colocando su propia identidad en el centro de nuestra comprensión de Dios.
Volvamos nuevamente a nuestro ejercicio.
Olvidemos por unos momentos las iglesias.
Olvidemos las catedrales.
Olvidemos los libros de teología.
Olvidemos que millones de personas alrededor del mundo llaman a Jesús “Señor”.
Estamos hace aproximadamente dos mil años dentro de una habitación en Jerusalén.
Frente a nosotros hay un hombre procedente de Nazaret.
Felipe le pregunta:
“Señor, muéstranos el Padre.”
Y aquel hombre responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Después mira a quienes lo rodean y declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Si cualquier hombre común pronunciara semejantes palabras, probablemente nos alejaríamos profundamente preocupados por su estado mental.
Pero sus discípulos no terminaron alejándose de Jesús considerándolo simplemente un desequilibrado.
Ocurrió algo mucho más extraño.
Después de su muerte, aquellos hombres llegaron a proclamar públicamente que Jesús era Señor, y los primeros escritos cristianos terminaron describiéndolo como la imagen del Dios invisible y el resplandor de la gloria de Dios.
Eso no demuestra todavía que sus afirmaciones fueran verdaderas.
Pero plantea una pregunta histórica y teológica que no podemos ignorar:
¿Qué vieron aquellos hombres en Jesús para llegar a semejante conclusión?
Nuestra investigación continúa acumulando evidencia.
Jesús ha dicho:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre que viene con las nubes del cielo.
Reclamó autoridad para perdonar pecados.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Y ahora afirma:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Una frase aislada podría discutirse.
Otra podría interpretarse de diferentes maneras.
Pero nosotros ya no estamos examinando una frase aislada.
Estamos observando un patrón.
Una y otra vez Jesús habla de sí mismo de una manera extraordinaria.
Por eso nuestra pregunta inicial comienza a adquirir todavía mayor fuerza:
¿Quién creía Jesús que era?
Y todavía nos espera una escena quizá más directa.
Después de la resurrección, uno de sus propios discípulos estará frente a Él y pronunciará unas palabras imposibles de confundir:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
La pregunta entonces será inevitable:
¿Qué hizo Jesús cuando un hombre lo llamó directamente Dios?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 33:18-23; Isaías 6:1-5; Juan 1:1-18; Juan 10:27-30; Juan 12:44-45; Juan 14:1-11; Juan 15:23; Juan 17:1-5; Juan 20:26-29; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:1-3.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Hasta ahora hemos escuchado a Jesús realizar afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo. Ha hablado de existir antes que Abraham, ha declarado su unidad con el Padre, se ha identificado con el Hijo del Hombre de Daniel, ha reclamado autoridad para perdonar pecados y ha dicho que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre.
Pero ahora nuestra investigación llega a una escena diferente.
Esta vez no será Jesús quien pronuncie inicialmente la afirmación.
Será uno de sus propios discípulos.
Un hombre que había dudado.
Un hombre que había exigido evidencia.
Tomás estará frente a Jesús y pronunciará una de las confesiones más directas acerca de su identidad que encontramos en los Evangelios:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
Y quizá lo más extraordinario no sea solamente lo que Tomás dijo.
Es también lo que Jesús no hizo.
No lo reprendió.
No rechazó sus palabras.
No dijo:
“Tomás, no me llames Dios”.
Por el contrario, Jesús respondió:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29, RVR1960
Para comprender la magnitud de esta escena debemos detenernos primero en una palabra que aparece constantemente en nuestras Biblias:
SEÑOR.
Porque detrás de esa palabra existe una historia extraordinaria.
Para comprender qué podía significar llamar “Señor” a Jesús necesitamos regresar al Antiguo Testamento.
El Dios de Israel reveló a Moisés su nombre:
“YO SOY EL QUE SOY.”
Éxodo 3:14, RVR1960
Y posteriormente:
“Jehová, el Dios de vuestros padres… este es mi nombre para siempre…”
Éxodo 3:15, RVR1960
En el texto hebreo aparece el nombre divino representado por cuatro consonantes:
יהוה
Transliteradas normalmente:
YHWH
A estas cuatro letras se les conoce como el Tetragrámaton, palabra que significa literalmente “cuatro letras”.
Este era el nombre propio del Dios de Israel.
Con el transcurso del tiempo, dentro de la tradición judía se desarrolló un profundo respeto por este nombre. Para evitar pronunciarlo de manera irreverente, al leer las Escrituras en voz alta se comenzó a sustituir su pronunciación por otra palabra:
Adonai.
¿Qué significa Adonai?
La palabra hebrea אָדוֹן — adon significa básicamente señor, amo o dueño.
Puede utilizarse para referirse a una persona que posee autoridad.
Pero la forma Adonai llegó a utilizarse de manera característica como una forma reverente de dirigirse al Dios de Israel.
Por eso, cuando un lector judío encontraba en el texto:
YHWH
no necesariamente pronunciaba el nombre.
Leía:
Adonai — “Señor”.
Así, una cosa es lo que estaba escrito:
YHWH
y otra lo que tradicionalmente podía pronunciarse al leerlo:
Adonai.
Esta distinción es importantísima.
Adonai no era simplemente otro nombre escrito en lugar de YHWH en todos esos textos. Funcionaba como sustitución reverencial al pronunciar el nombre divino.
Por eso, para un judío familiarizado con las Escrituras, llamar a Dios Adonai tenía una enorme carga religiosa.
¿Y de dónde aparece Kýrios?
Ahora sucede algo fundamental para comprender el Nuevo Testamento.
Durante los siglos anteriores a Jesús, las Escrituras hebreas comenzaron a traducirse al griego. La colección de traducciones griegas del Antiguo Testamento es conocida generalmente como la Septuaginta.
¿Y qué palabra griega encontramos ampliamente utilizada para traducir títulos como Adonai y, en la tradición textual que recibió la Iglesia, para representar el nombre divino YHWH?
Κύριος — Kýrios.
Su significado básico es:
Señor.
Por tanto, podemos visualizar la relación de esta manera:
YHWH → leído reverentemente como ADONAI → representado ampliamente en griego como KÝRIOS → traducido al español como SEÑOR.
Esto será extraordinariamente importante.
Porque los primeros cristianos escribieron el Nuevo Testamento en griego.
Y una de las palabras que comenzaron a utilizar constantemente para Jesús fue precisamente:
KÝRIOS — SEÑOR.
Aquí sería muy fácil exagerar el argumento.
No debemos hacerlo.
Kýrios no significa automáticamente “Dios” cada vez que aparece.
La palabra podía utilizarse en el lenguaje cotidiano como una expresión de respeto equivalente, dependiendo del contexto, a:
señor, amo, dueño.
Por ejemplo, alguien podía dirigirse respetuosamente a otra persona utilizando kýrios sin estar afirmando que aquella persona era Dios.
De manera semejante, la palabra hebrea adon podía utilizarse para señores humanos.
Por tanto, no sería correcto afirmar:
“Cada vez que alguien llamó Señor a Jesús estaba necesariamente llamándolo YHWH.”
Eso iría más allá de la evidencia.
La pregunta correcta es:
¿En qué contexto llaman Kýrios a Jesús?
Y aquí comienza lo verdaderamente extraordinario.
Porque existen lugares en el Nuevo Testamento donde textos del Antiguo Testamento que hablan de YHWH son aplicados directamente a Jesús.
Entonces Kýrios deja de ser simplemente una fórmula de cortesía.
Un ejemplo extraordinario: preparar el camino de YHWH
Marcos comienza su Evangelio hablando de Juan el Bautista:
“Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas.”
Marcos 1:3, RVR1960
La palabra griega utilizada es:
Kýrios.
Pero Marcos está citando al profeta Isaías.
Regresemos al texto original:
“Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.”
Isaías 40:3, RVR1960
¿Para quién debía prepararse el camino en Isaías?
Para Jehová — YHWH.
¿Para quién prepara Juan el Bautista el camino en el Evangelio?
Para Jesús.
Eso resulta extraordinariamente significativo.
Un texto que originalmente habla de preparar el camino para YHWH es utilizado por el Evangelio para describir la llegada de Jesús.
Otro ejemplo: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor”
El profeta Joel había escrito:
“Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo…”
Joel 2:32, RVR1960
Pablo cita este mismo texto en Romanos:
“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Romanos 10:13, RVR1960
Pero observe el contexto inmediato:
“Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…”
Romanos 10:9, RVR1960
Aquí la relación resulta mucho más profunda que simplemente llamar respetuosamente “señor” a un maestro.
Pablo está utilizando lenguaje escritural acerca del Señor dentro de una confesión centrada en Jesucristo como Kýrios.
Con todo este trasfondo regresemos ahora a aquella habitación.
Jesús ha sido crucificado.
Los discípulos afirman haberlo visto vivo.
Pero Tomás no estaba presente.
Cuando le cuentan:
“Al Señor hemos visto.”
Juan 20:25, RVR1960
Tomás se niega a creer solamente por el testimonio de los demás.
Responde:
“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25, RVR1960
Tomás quiere evidencia.
Ocho días después los discípulos están nuevamente reunidos.
Tomás está con ellos.
Entonces Jesús aparece.
Y se dirige directamente al hombre que había dudado:
“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”
Juan 20:27, RVR1960
Tomás está ahora frente al Jesús crucificado y vivo.
Y responde:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
En griego:
Ho Kýrios mou kai ho Theós mou.
Es decir:
“El Señor mío y el Dios mío.”
Aquí ya no necesitamos preguntarnos si Kýrios significa simplemente “señor” como tratamiento respetuoso.
Porque Tomás añade inmediatamente:
Theós mou — “Dios mío”.
La confesión es directa.
Personal.
Y está dirigida a Jesús.
La expresión “mi Dios” tampoco era trivial para un judío.
Aparece repetidamente en las Escrituras como una manera de dirigirse al Dios de Israel.
David había declarado:
“Jehová, roca mía y castillo mío… Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré…”
Salmo 18:2, RVR1960
El Salmo 35 dice:
“Dios mío y Señor mío.”
Salmo 35:23, RVR1960
Y ahora Tomás está frente a Jesús diciendo:
“Señor mío, y Dios mío.”
Esta es una de las confesiones cristológicas más explícitas de todo el Evangelio de Juan.
Ahora llegamos a un detalle fundamental.
En las Escrituras existen ejemplos donde seres humanos o seres celestiales rechazan inmediatamente honores que pertenecen a Dios.
Cuando Cornelio se postró delante de Pedro, el apóstol reaccionó:
“Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
Hechos 10:26, RVR1960
Cuando Juan intentó postrarse delante del ángel en Apocalipsis, este respondió:
“Mira, no lo hagas… Adora a Dios.”
Apocalipsis 22:9, RVR1960
Existe una línea que las criaturas no deben cruzar.
Por eso resulta tan importante observar la reacción de Jesús ante Tomás.
Tomás declara:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
¿Y Jesús responde:
“No, Tomás. Solamente soy un profeta”?
No.
¿Dice:
“No me llames Dios”?
No.
¿Corrige la confesión?
No.
Jesús responde:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29, RVR1960
Jesús interpreta las palabras de Tomás como una expresión de fe.
No como blasfemia.
No como un error que necesita corrección.
Como fe.
Esto resulta todavía más impresionante cuando observamos cómo está construido el Evangelio.
Juan comienza diciendo:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y hacia el final encontramos a Tomás frente a Jesús declarando:
“Señor mío, y Dios mío.”
Es como si el Evangelio comenzara y terminara su gran presentación de Jesús con la misma afirmación.
Al principio:
“El Verbo era Dios.”
Al final:
“Dios mío.”
Y apenas unos versículos después Juan explica por qué escribió su Evangelio:
“Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
Juan 20:31, RVR1960
La confesión de Tomás no aparece accidentalmente allí.
Forma parte del clímax de todo el relato.
Después de la resurrección encontramos repetidamente una confesión central entre los primeros cristianos:
Jesús es Señor.
Pablo escribe:
“…nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.”
1 Corintios 12:3, RVR1960
Y en Romanos:
“…si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…”
Romanos 10:9, RVR1960
Pero quizá el ejemplo más impresionante aparece en Filipenses.
Pablo dice que llegará el momento en que:
“…en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra…”
Filipenses 2:10, RVR1960
Y:
“…toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”
Filipenses 2:11, RVR1960
¿Por qué esto resulta tan importante?
Porque Pablo está utilizando lenguaje procedente de Isaías 45.
Allí YHWH declara:
“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.”
Isaías 45:22, RVR1960
Después:
“Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua.”
Isaías 45:23, RVR1960
En Isaías:
toda rodilla se dobla ante YHWH.
En Filipenses:
toda rodilla se dobla en el nombre de Jesús y toda lengua confiesa que Jesucristo es Kýrios.
Aquí difícilmente podemos reducir Kýrios a un simple:
“señor, maestro”.
Los primeros cristianos están incluyendo a Jesús dentro del lenguaje mediante el cual las Escrituras hablaban del Dios de Israel.
Intentemos sentir el peso de todo esto.
Somos judíos.
Desde nuestra infancia hemos escuchado:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
Cuando encontramos YHWH en las Escrituras, existe una tradición reverente de decir:
Adonai.
Cuando esas Escrituras son leídas en griego encontramos ampliamente:
Kýrios.
Y ahora aparece Jesús.
Sus seguidores comienzan a llamarlo:
Kýrios.
Textos que hablaban de YHWH comienzan a ser aplicados a Jesús.
Se prepara para Jesús el camino que Isaías decía preparar para YHWH.
La salvación vinculada en Joel a invocar el nombre de YHWH aparece en Pablo dentro de la proclamación de Jesús como Señor.
La rodilla que Isaías decía que se doblaría ante YHWH aparece doblándose ante Jesús.
Y finalmente uno de los hombres que caminó con Él se encuentra frente al Resucitado y declara:
“¡SEÑOR MÍO, Y DIOS MÍO!”
Jesús no lo corrige.
Jesús acepta la confesión.
Y responde:
“Creíste.”
Este punto es fundamental para nuestra investigación.
Si solamente tuviéramos Juan 20:28, ya tendríamos un texto extraordinario.
Pero no lo tenemos aislado.
Tenemos un patrón que continúa creciendo.
Jesús ha dicho:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Ha declarado:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se ha identificado con el Hijo del Hombre de Daniel.
Ha reclamado autoridad para perdonar pecados.
Ha declarado:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Ha dicho:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Y ahora un discípulo se encuentra frente a Él y declara:
“Señor mío, y Dios mío.”
Y Jesús acepta su confesión.
Entonces nuestra pregunta se vuelve cada vez más difícil de evitar:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
Porque estamos llegando a un punto donde la explicación:
“Jesús solamente fue un buen maestro religioso”
comienza a resultar insuficiente para explicar los propios textos.
Pero todavía nos falta una evidencia particularmente impactante.
En las Escrituras, hombres fieles y ángeles se niegan a recibir la adoración que corresponde a Dios.
Sin embargo, los Evangelios presentan repetidamente personas postrándose y adorando a Jesús.
La siguiente pregunta será inevitable:
¿Qué hizo Jesús cuando las personas lo adoraron?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 3:13-15; Deuteronomio 6:4; Salmo 18:2; Salmo 35:23; Isaías 40:3; Isaías 45:22-23; Joel 2:32; Marcos 1:1-3; Juan 1:1-18; Juan 20:24-31; Hechos 10:25-26; Romanos 10:9-13; 1 Corintios 12:3; Filipenses 2:5-11; Apocalipsis 19:10; Apocalipsis 22:8-9.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Tov, Emanuel. Textual Criticism of the Hebrew Bible. Fortress Press. Para el estudio de la transmisión del texto hebreo y el Tetragrámaton.
Jobes, Karen H. y Moisés Silva. Invitation to the Septuagint. Baker Academic. Para el estudio de la Septuaginta y la transmisión griega de las Escrituras hebreas.
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Escuche música con propósito
Estamos llegando a uno de los momentos más delicados de nuestra investigación acerca de la identidad de Jesús.
Hasta ahora hemos escuchado sus palabras. Jesús declaró existir antes que Abraham, habló de una extraordinaria unidad con el Padre, se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel, reclamó autoridad para perdonar pecados, afirmó ser el camino, la verdad y la vida, y declaró que quien lo había visto a Él había visto al Padre.
Después encontramos algo todavía más directo.
Tomás estuvo frente al Jesús resucitado y exclamó:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
Jesús no lo corrigió.
Pero ahora debemos examinar algo diferente.
¿Qué sucedió cuando seres humanos se postraron delante de Jesús y lo adoraron?
La pregunta resulta especialmente importante porque, dentro de las Escrituras, la adoración pertenece a Dios. Cuando hombres piadosos o ángeles reciben equivocadamente esta clase de homenaje, encontramos ocasiones en las que lo rechazan inmediatamente.
Sin embargo, en los Evangelios encontramos repetidamente personas postrándose delante de Jesús.
Y Jesús no las detiene.
¿Por qué?
Para comprender la importancia de estos episodios necesitamos regresar nuevamente al mundo religioso de Jesús.
Israel no era un pueblo al que se le permitiera adorar libremente a diferentes seres divinos.
Uno de los mandamientos fundamentales decía:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.”
Éxodo 20:3, RVR1960
Y continuaba:
“No te inclinarás a ellas, ni las honrarás…”
Éxodo 20:5, RVR1960
Deuteronomio declara:
“A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás…”
Deuteronomio 6:13, RVR1960
Pero existe algo todavía más importante para nuestro estudio.
Jesús mismo confirmó este principio.
Durante las tentaciones, Satanás le dijo:
“Todo esto te daré, si postrado me adorares.”
Mateo 4:9, RVR1960
Jesús respondió:
“Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”
Mateo 4:10, RVR1960
Esta declaración resulta fundamental.
Jesús sabía perfectamente que la adoración pertenece a Dios.
No estamos frente a alguien que desconocía las Escrituras o que no comprendía el significado de la adoración.
Jesús mismo había declarado:
“Al Señor tu Dios adorarás.”
Guardemos esas palabras.
Porque posteriormente veremos personas adorando al propio Jesús.
Pedro se negó a recibir un honor indebido
Existe una comparación particularmente útil en el libro de Hechos.
Cuando el centurión Cornelio recibió a Pedro:
“Cornelio salió a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró.”
Hechos 10:25, RVR1960
¿Cómo reaccionó Pedro?
Inmediatamente:
“Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
Hechos 10:26, RVR1960
Observe la reacción.
Pedro no permitió que continuara.
“Levántate.”
¿Y cuál fue su explicación?
“Yo mismo también soy hombre.”
Pedro conocía su lugar.
Era apóstol.
Había caminado con Jesús.
Había realizado milagros.
Pero seguía siendo una criatura.
Y cuando alguien se postró ante él de manera inapropiada, inmediatamente lo levantó.
Los ángeles también rechazan la adoración
Encontramos algo todavía más impresionante en Apocalipsis.
Juan queda tan sobrecogido por lo que está contemplando que cae delante de un ángel:
“Yo me postré a sus pies para adorarle.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960
La reacción del ángel es inmediata:
“Y él me dijo: Mira, no lo hagas…”
Y después:
“Adora a Dios.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960
La situación vuelve a ocurrir al final del libro.
Juan dice:
“Me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.”
Apocalipsis 22:8, RVR1960
Y nuevamente el ángel responde:
“Mira, no lo hagas…”
Y concluye:
“Adora a Dios.”
Apocalipsis 22:9, RVR1960
El principio resulta clarísimo.
Pedro:
“Levántate.”
El ángel:
“No lo hagas.”
¿Por qué?
“Adora a Dios.”
Ahora estamos preparados para regresar a Jesús.
Una de las escenas más impresionantes ocurrió en el mar de Galilea.
Los discípulos se encontraban en una barca durante una tormenta.
Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua.
Pedro incluso salió de la barca e intentó caminar hacia Él. Cuando comenzó a hundirse, Jesús lo rescató.
Entonces ambos subieron a la embarcación.
Mateo dice:
“Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.”
Mateo 14:32, RVR1960
La reacción de los discípulos resulta extraordinaria:
“Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Mateo 14:33, RVR1960
Detengámonos.
Los discípulos acaban de contemplar a Jesús caminando sobre el mar.
Lo han visto dominar el viento.
Entonces:
“le adoraron”.
Y dijeron:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
¿Y qué hizo Jesús?
No encontramos:
“Levántense, yo también soy solamente un hombre.”
Tampoco:
“No lo hagan. Adoren solamente a Dios.”
Jesús recibe aquella acción.
Incluso el escenario tiene un trasfondo sorprendente
Para nosotros caminar sobre el agua puede ser simplemente un milagro espectacular.
Pero el Antiguo Testamento utiliza imágenes semejantes al describir el poder de Dios.
Job declara acerca de Dios:
“Él solo extendió los cielos, y anda sobre las ondas del mar.”
Job 9:8, RVR1960
El Salmo 77 describe poéticamente:
“En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas…”
Salmo 77:19, RVR1960
Ahora Mateo presenta a Jesús caminando sobre las aguas, calmando el viento y recibiendo la respuesta:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Y los discípulos:
“le adoraron”.
Juan conserva otro episodio particularmente importante.
Jesús había sanado a un hombre que había nacido ciego.
Después de una larga controversia con las autoridades religiosas, aquel hombre fue expulsado.
Jesús lo encontró y le preguntó:
“¿Crees tú en el Hijo de Dios?”
Juan 9:35, RVR1960
El hombre respondió:
“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”
Juan 9:36, RVR1960
Jesús contestó:
“Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.”
Juan 9:37, RVR1960
Entonces ocurre algo extraordinario:
“Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.”
Juan 9:38, RVR1960
La secuencia es muy clara.
Jesús revela su identidad.
El hombre responde:
“Creo, Señor.”
Y después:
“le adoró”.
Nuevamente no aparece ninguna corrección.
Jesús no le dice:
“Puedes creer en mí, pero no debes adorarme”.
La adoración es recibida.
Quizá las escenas más impresionantes aparecen después de la resurrección.
Mateo relata que unas mujeres encontraron a Jesús resucitado.
“Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve!”
Mateo 28:9, RVR1960
¿Qué hicieron ellas?
“Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.”
Mateo 28:9, RVR1960
Observe la descripción física.
No estamos simplemente ante una emoción interior.
Las mujeres:
se acercaron,
abrazaron sus pies
y:
“le adoraron”.
Jesús no las detuvo.
Pero todavía falta otra escena.
Poco después, los discípulos se encuentran con Jesús en Galilea.
Mateo escribe:
“Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
Mateo 28:17, RVR1960
Otra vez:
“Le adoraron.”
Y precisamente después de recibir esa adoración, Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Mateo 28:18, RVR1960
La combinación resulta extraordinaria.
Lo ven.
Lo adoran.
Y Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
No alguna autoridad.
Toda potestad.
Aquí necesitamos introducir una precisión para que nuestro argumento sea sólido.
La palabra griega utilizada en muchos de estos pasajes es proskynéō (προσκυνέω).
Puede significar postrarse, rendir homenaje o adorar, dependiendo del contexto.
Por tanto, sería incorrecto afirmar que cada aparición de proskynéō en la literatura griega significa necesariamente adoración divina.
Una persona podía postrarse ante un rey o una autoridad sin considerarla Dios.
La pregunta nuevamente es:
¿Cuál es el contexto?
Y en el caso de Jesús encontramos una acumulación extraordinaria de elementos.
Jesús mismo había dicho:
“Al Señor tu Dios adorarás.”
Pedro rechaza que alguien se postre ante él de manera indebida.
Los ángeles rechazan adoración y dicen:
“Adora a Dios.”
Pero Jesús repetidamente recibe proskynéō.
Además, algunos de estos episodios aparecen acompañados por confesiones acerca de su identidad:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
“Creo, Señor.”
Y después de la resurrección, la adoración aparece junto a la declaración:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Por eso no debemos construir el argumento sobre una sola palabra griega.
Es el conjunto de la evidencia lo que resulta significativo.
La comparación resulta difícil de ignorar.
Cornelio ante Pedro:
Se postra.
Pedro lo levanta.
“Yo mismo también soy hombre.”
Juan ante el ángel:
Se postra para adorarlo.
El ángel lo detiene.
“No lo hagas… Adora a Dios.”
Los discípulos ante Jesús:
Se postran.
Lo adoran.
Jesús lo recibe.
El hombre que había sido ciego:
“Creo, Señor.”
Lo adora.
Jesús lo recibe.
Las mujeres ante Jesús resucitado:
Abrazan sus pies.
Lo adoran.
Jesús lo recibe.
Los discípulos en Galilea:
Lo ven.
Lo adoran.
Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
La diferencia merece una explicación.
Llegamos entonces a nuestra pregunta central.
Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué permitió acciones que otros siervos de Dios rechazaron?
Recordemos además que Jesús conocía perfectamente el mandamiento:
“Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”
Él mismo lo había citado.
Por tanto, difícilmente podemos explicar estos episodios suponiendo que Jesús simplemente desconocía que la adoración pertenecía a Dios.
Las posibilidades comienzan a reducirse.
O los Evangelios están presentando equivocadamente lo sucedido.
O las acciones descritas no significaban adoración divina en esos contextos.
O Jesús estaba aceptando conscientemente una respuesta hacia su persona que, dentro del marco bíblico, adquiere una dimensión extraordinariamente elevada.
Y cuando colocamos estos episodios junto con todo lo que ya hemos estudiado, la tercera posibilidad merece ser tomada muy seriamente.
Recordemos cómo comenzó nuestra investigación.
Nos preguntamos:
Si Dios existe, ¿es posible que haya entrado personalmente en la historia?
Entonces apareció ante nosotros Jesús de Nazaret.
Y decidimos no comenzar aceptando una doctrina.
Decidimos simplemente escucharlo y observarlo.
¿Qué hemos encontrado?
Jesús declaró:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel que viene con las nubes y recibe dominio eterno.
Perdonó pecados y, cuando cuestionaron su autoridad, realizó un milagro para demostrar que:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Después declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
A Felipe le dijo:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Tomás estuvo frente a Él y exclamó:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Jesús aceptó aquella confesión.
Y ahora encontramos algo más:
las personas lo adoraron.
No una sola vez.
En diferentes momentos.
Antes y después de la resurrección.
Y Jesús no respondió como Pedro:
“Levántate, yo también soy hombre.”
Ni como el ángel:
“Mira, no lo hagas… Adora a Dios.”
Jesús recibió aquella respuesta.
Hace aproximadamente dos mil años apareció en Galilea un hombre.
Sus contemporáneos podían tocarlo.
Podían escucharlo.
Podían verlo comer y dormir.
Sabían de dónde procedía.
Y sin embargo, alrededor de aquel hombre comenzaron a ocurrir cosas extraordinarias.
Habló como ningún maestro ordinario.
Reclamó autoridad que sus propios adversarios relacionaban con Dios.
Aceptó que lo llamaran Señor y Dios.
Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.
Si Jesús fuera solamente un hombre, todo esto resulta profundamente desconcertante.
Pero existe otra posibilidad.
Quizá la pregunta no sea:
¿Por qué Jesús permitió que lo adoraran si era solamente un hombre?
Quizá debamos preguntarnos:
¿Y si precisamente la razón por la que no rechazó la adoración es que no era solamente un hombre?
No necesitamos apresurarnos.
Todavía debemos examinar más evidencia.
Pero después de todo lo que hemos visto, una conclusión comienza a resultar difícil de evitar:
Jesús de Nazaret ciertamente no habló ni actuó como alguien que se considerara simplemente un maestro religioso más.
La verdadera pregunta continúa frente a nosotros:
¿Era realmente quien afirmaba ser?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 20:1-6; Deuteronomio 6:13; Job 9:8; Salmo 77:16-20; Mateo 4:8-10; Mateo 14:22-33; Mateo 28:8-10, 16-20; Juan 5:18-23; Juan 9:35-38; Juan 20:24-29; Hechos 10:25-26; Apocalipsis 19:9-10; Apocalipsis 22:8-9.
France, R. T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Eerdmans, 2007.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Liddell, H. G., Scott, R. y Jones, H. S. A Greek-English Lexicon. Entrada προσκυνέω (proskynéō), para el rango semántico de postrarse, rendir homenaje y adorar.
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Hay afirmaciones de Jesús que sorprenden por su autoridad. Otras impresionan por la manera en que habla acerca de Dios, del perdón, de la vida eterna o de su propia identidad.
Pero existe otra clase de declaración que produce una sensación distinta.
Jesús anunció anticipadamente que moriría… y que después resucitaría.
No una vez.
Varias veces.
Y esto cambia completamente la naturaleza de nuestra investigación.
Porque una cosa es que alguien diga:
“Algún día voy a morir.”
Todos los seres humanos podemos decirlo.
Pero otra cosa muy diferente es anunciar con anticipación:
que será rechazado, que será entregado, que será condenado, que morirá violentamente y que después volverá a vivir.
Eso ya no es una afirmación común.
Y si realmente fue pronunciada antes de los acontecimientos que describe, entonces estamos frente a algo que merece ser examinado con enorme atención.
En determinado momento de su ministerio, Jesús comenzó a hablar de manera cada vez más directa acerca de lo que le esperaba.
Marcos registra:
“Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días.”
Marcos 8:31, RVR1960
Observe los elementos.
Jesús afirma que:
padecerá,
será rechazado,
será muerto,
y:
resucitará después de tres días.
No habla de una posibilidad remota.
No dice:
“Quizá algún día me maten”.
Presenta los acontecimientos como algo que ocurrirá.
La reacción de Pedro demuestra que no era algo que los discípulos esperaban
El siguiente versículo es muy importante.
Marcos dice:
“Esto les decía claramente.”
Marcos 8:32, RVR1960
No era una parábola difícil de comprender.
Jesús estaba hablando claramente.
¿Y cómo reaccionó Pedro?
“Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.”
Marcos 8:32, RVR1960
Mateo conserva incluso las palabras de Pedro:
“Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.”
Mateo 16:22, RVR1960
Esto resulta muy significativo.
Los discípulos no parecen haber inventado posteriormente estas predicciones porque esperaran naturalmente un Mesías crucificado.
Todo lo contrario.
La idea los desconcertaba.
Pedro incluso intenta convencer a Jesús de que aquello no ocurrirá.
Pero Jesús continúa anunciándolo.
Después, mientras atravesaban Galilea, Jesús repitió la predicción:
“El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.”
Marcos 9:31, RVR1960
La reacción de los discípulos vuelve a ser reveladora:
“Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle.”
Marcos 9:32, RVR1960
Intentemos imaginar esa conversación.
El hombre al que están siguiendo les dice:
Van a matarme.
Y después añade:
Voy a resucitar.
Los discípulos no saben qué hacer con aquello.
Marcos dice que:
no lo entendían
y:
tenían miedo de preguntarle.
Es difícil imaginar una reacción más humana.
Mientras se dirigían hacia Jerusalén, Jesús volvió a reunir a sus discípulos.
Esta vez la predicción se vuelve todavía más específica:
“He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará.”
Marcos 10:33-34, RVR1960
Detengámonos.
Ahora Jesús anuncia:
el lugar: Jerusalén,
quiénes intervendrán: principales sacerdotes y escribas,
que será condenado,
que será entregado a los gentiles,
que será burlado,
que será azotado,
que será escupido,
que será muerto,
y nuevamente:
“al tercer día resucitará.”
La predicción ya no es genérica.
Tiene una secuencia.
Y resulta difícil leerla sabiendo lo que posteriormente ocurrió sin sentir cierta inquietud.
Era para que a cualquiera se le erizara la piel.
El Evangelio de Juan conserva otra declaración temprana.
Después de la purificación del templo, algunos le piden una señal a Jesús.
Él responde:
“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”
Juan 2:19, RVR1960
Sus interlocutores piensan que está hablando del edificio.
Por eso responden:
“En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?”
Juan 2:20, RVR1960
Pero Juan explica:
“Mas él hablaba del templo de su cuerpo.”
Juan 2:21, RVR1960
Y añade algo importantísimo:
“Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto…”
Juan 2:22, RVR1960
Nuevamente aparece la misma idea.
Jesús habla anticipadamente de su muerte y de volver a levantarse.
La señal de Jonás
En otra ocasión algunos escribas y fariseos pidieron una señal.
Jesús respondió:
“Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.”
Mateo 12:40, RVR1960
Aquí Jesús utiliza la historia de Jonás como una figura relacionada con su propia muerte y posterior vindicación.
La idea vuelve a aparecer:
descenso, muerte, retorno.
Existe un detalle que suele pasar inadvertido.
Después de la muerte de Jesús, los principales sacerdotes y fariseos acudieron a Pilato.
Le dijeron:
“Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.”
Mateo 27:63, RVR1960
Observe cuidadosamente.
Según Mateo, sus propios adversarios recordaban que Jesús había anunciado su resurrección.
Por eso pidieron que la tumba fuera asegurada:
“Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día…”
Mateo 27:64, RVR1960
Esto añade una dimensión particularmente interesante.
La predicción de la resurrección no aparece solamente en boca de los discípulos después del acontecimiento.
Dentro del propio relato evangélico, incluso los enemigos de Jesús recuerdan que Él había dicho:
“Después de tres días resucitaré.”
Pero la afirmación se vuelve todavía más impresionante.
Jesús no presenta su muerte simplemente como algo que otros harán contra su voluntad.
En Juan declara:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Y continúa:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
Después añade:
“Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18, RVR1960
Esta declaración es extraordinaria.
Un hombre puede decidir arriesgar su vida.
Puede incluso entregar voluntariamente su vida por otra persona.
Pero Jesús añade algo que ningún hombre común puede garantizar:
“Tengo poder para volverla a tomar.”
En otras palabras:
Voy a morir voluntariamente y después volveré a vivir.
Eso cambia completamente el carácter de sus palabras.
Aquí debemos detenernos y pensar.
Muchos personajes de la historia han anticipado su muerte.
Algunos sabían que estaban siendo perseguidos.
Otros comprendieron que sus decisiones podían conducirlos a la ejecución.
Pero anunciar anticipadamente:
cómo ocurrirá la muerte,
quiénes participarán,
que será violenta,
y que después se volverá a vivir
es otra cosa.
Porque hay algo que ningún hombre puede controlar una vez muerto:
lo que sucede después de su muerte.
Un hombre puede organizar su funeral.
Puede escribir instrucciones.
Puede dejar un testamento.
Pero no puede simplemente decidir:
“Tres días después volveré a vivir.”
Y hacerlo.
Por eso estas predicciones forman parte central de nuestra investigación.
Alguien podría objetar:
“¿Y si los discípulos pusieron estas predicciones en labios de Jesús después de la resurrección?”
Es una pregunta válida y debe ser considerada.
No debemos evitarla.
Los Evangelios fueron escritos después de la muerte de Jesús, por lo que un investigador histórico tiene derecho a preguntar si algunas formulaciones pudieron haber sido recordadas y expresadas a la luz de acontecimientos posteriores.
Sin embargo, existen razones para tomar seriamente la tradición de que Jesús anticipó su muerte.
Primero, los Evangelios sinópticos presentan repetidamente estas predicciones en diferentes contextos.
Segundo, las reacciones negativas de los discípulos —Pedro reprendiendo a Jesús, los demás sin comprender y sintiendo temor— no parecen diseñadas para hacerlos quedar bien.
Tercero, la expectativa de un Mesías sufriente y ejecutado no era precisamente la idea que los discípulos estaban ansiosos por escuchar.
Y cuarto, la muerte de Jesús en Jerusalén por decisión de las autoridades era suficientemente previsible como para que Él pudiera reconocer el peligro creciente.
La parte verdaderamente extraordinaria de las predicciones es, por supuesto:
“y resucitará.”
Por eso la cuestión histórica no termina preguntando si Jesús habló de su muerte.
La gran pregunta será:
¿Qué ocurrió realmente después de que murió?
Hay un detalle casi paradójico.
Aunque Jesús había anunciado repetidamente su resurrección, cuando finalmente murió, los Evangelios no presentan a los discípulos esperando alegremente junto a la tumba el tercer día.
Ocurre exactamente lo contrario.
Están derrotados.
Atemorizados.
Confundidos.
Las mujeres van al sepulcro llevando especias.
No parecen ir para recibir a un resucitado.
Van hacia una tumba.
Lucas describe incluso la reacción inicial de los apóstoles cuando las mujeres les anuncian que Jesús vive:
“Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.”
Lucas 24:11, RVR1960
Esto es sorprendente.
Jesús les había dicho que resucitaría.
Pero cuando escucharon que había ocurrido:
no lo creyeron.
Esto muestra hasta qué punto la idea seguía siendo difícil de asimilar.
Volvamos nuevamente al siglo I.
Estamos caminando con Jesús hacia Jerusalén.
Todavía está vivo.
Todavía no existe una cruz vacía.
Todavía no existe el domingo de resurrección.
Y Él nos dice:
Voy a ser entregado.
Me condenarán.
Me entregarán a los gentiles.
Me azotarán.
Me matarán.
Y después añade:
“Al tercer día resucitaré.”
¿Qué habríamos pensado?
Probablemente algo parecido a los discípulos:
No comprendemos.
Quizá incluso hubiéramos tenido miedo de preguntar.
Porque ya no estamos frente a un hombre que solamente habla acerca de Dios.
Estamos frente a alguien que afirma conocer anticipadamente su propia muerte y, todavía más extraordinario, su victoria sobre ella.
Y aquí sucede algo fascinante.
Jesús prácticamente coloca su propia identidad bajo una prueba histórica.
Porque si hubiera muerto y permanecido en la tumba, las palabras:
“Al tercer día resucitaré”
habrían quedado desmentidas.
No habría argumento teológico capaz de corregirlo.
Un cadáver en una tumba habría sido suficiente.
Pero los primeros cristianos afirmaron exactamente lo contrario.
Proclamaron que la tumba quedó vacía.
Declararon que Jesús se les apareció vivo.
Y colocaron la resurrección en el centro mismo de su mensaje.
Pablo llegará a escribir:
“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”
1 Corintios 15:14, RVR1960
Eso significa que el cristianismo primitivo no intentó protegerse de una posible refutación.
Puso prácticamente todo sobre la mesa.
Si Jesús no resucitó, el mensaje se derrumba.
Pero si resucitó…
entonces todo lo que hemos estado escuchando de sus labios adquiere una dimensión completamente diferente.
Recordemos nuevamente nuestro recorrido.
Jesús declaró:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre celestial de Daniel.
Perdonó pecados.
Se declaró:
“el camino, y la verdad, y la vida”.
Dijo:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Aceptó la confesión:
“Señor mío, y Dios mío.”
Recibió adoración.
Y ahora descubrimos que anunció:
Voy a morir.
Voy a ser sepultado.
Y voy a volver a vivir.
Esto es realmente escalofriante si lo pensamos detenidamente.
Porque quizá toda nuestra investigación pueda reducirse finalmente a una pregunta histórica muy concreta:
¿Resucitó Jesús o no resucitó?
Si no resucitó, entonces tenemos que explicar por qué sus seguidores llegaron a creer que sí.
Pero si realmente resucitó, entonces ya no estamos frente a un simple maestro religioso que realizó afirmaciones extraordinarias.
Estaríamos frente a alguien que predijo su propia victoria sobre la muerte y después hizo exactamente lo que había anunciado.
Y en ese momento la pregunta:
“¿Es Jesús Dios?”
dejaría de ser solamente una discusión teológica.
Se convertiría en una cuestión histórica de enorme trascendencia.
Biblia Reina-Valera 1960: Mateo 12:38-40; Mateo 16:21-23; Mateo 17:22-23; Mateo 20:17-19; Mateo 27:62-66; Marcos 8:27-33; Marcos 9:30-32; Marcos 10:32-34; Lucas 9:22; Lucas 18:31-34; Lucas 24:1-12; Juan 2:18-22; Juan 10:17-18; Juan 20:1-29; 1 Corintios 15:1-20.
France, R. T. The Gospel of Mark. The New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.
Wright, N. T. The Resurrection of the Son of God. Fortress Press, 2003.
Licona, Michael R. The Resurrection of Jesus: A New Historiographical Approach. IVP Academic, 2010.
Craig, William Lane. Assessing the New Testament Evidence for the Historicity of the Resurrection of Jesus. Edwin Mellen Press, 1989.
Habermas, Gary R. y Michael R. Licona. The Case for the Resurrection of Jesus. Kregel, 2004.
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Hasta ahora hemos escuchado a Jesús realizar afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo.
Declaró existir antes que Abraham.
Afirmó una profunda unidad con el Padre.
Se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel.
Perdonó pecados.
Dijo ser el camino, la verdad y la vida.
Aceptó que Tomás lo llamara “Señor mío, y Dios mío”.
Recibió adoración.
Y anunció anticipadamente que moriría y resucitaría.
Pero ahora debemos considerar un hecho que hace que todas esas afirmaciones adquieran un peso todavía mayor:
Jesús estuvo dispuesto a morir sin retractarse de quién decía ser ni de la misión que afirmaba haber recibido.
Y no estamos hablando de una muerte tranquila.
Estamos hablando de crucifixión.
Una de las formas de ejecución más humillantes, dolorosas y aterradoras utilizadas en el mundo romano.
Según los Evangelios, Jesús no fue sorprendido por completo por los acontecimientos finales.
Había advertido repetidamente a sus discípulos que se dirigía hacia la muerte.
“He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán…”
Marcos 10:33-34, RVR1960
Observe la descripción.
Jesús sabía que se dirigía hacia:
arresto,
condenación,
humillación,
azotes,
maltrato
y:
muerte.
Sin embargo, continuó hacia Jerusalén.
Lucas describe el momento con una expresión notable:
“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.”
Lucas 9:51, RVR1960
Jesús sabía que el conflicto estaba creciendo.
Sabía que existían planes contra Él.
Sabía que Jerusalén podía significar su muerte.
Y aun así:
fue.
Había ocasiones en las que quisieron matarlo antes
La hostilidad no apareció repentinamente durante la última semana.
Los Evangelios describen un conflicto creciente.
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle…”
Juan 5:18, RVR1960
En otra ocasión:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960
Después de la resurrección de Lázaro, Juan registra:
“Así que, desde aquel día acordaron matarle.”
Juan 11:53, RVR1960
Jesús podía ver hacia dónde se dirigían las cosas.
La amenaza era real.
Podía retirarse definitivamente.
Podía desaparecer.
Podía modificar su mensaje.
Podía evitar Jerusalén.
Pero no lo hizo.
Cuando hoy vemos una cruz, generalmente pensamos en un símbolo religioso.
Pero para una persona del siglo I la imagen era completamente diferente.
La cruz era un instrumento romano de ejecución.
Estaba diseñada no solamente para matar, sino también para humillar, intimidar y exhibir públicamente al condenado.
Antes de la crucifixión, Jesús fue azotado.
Marcos registra sencillamente:
“…después de azotar a Jesús, le entregó para que fuese crucificado.”
Marcos 15:15, RVR1960
Después los soldados se burlaron de Él.
“Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!”
Marcos 15:17-18, RVR1960
Y continúa:
“Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias.”
Marcos 15:19, RVR1960
Después:
“Y le sacaron para crucificarle.”
Marcos 15:20, RVR1960
La crucifixión era pública.
Era lenta.
Era degradante.
El condenado quedaba expuesto ante los demás mientras su cuerpo sufría un deterioro extremo.
No era una muerte que alguien pudiera enfrentar ligeramente.
Jesús tuvo oportunidades de evitar el desenlace
Existe otro aspecto importante.
Jesús no fue condenado simplemente porque alguien descubrió accidentalmente algo que Él había hecho.
Durante su interrogatorio tuvo oportunidades de guardar silencio, negar algunas de sus afirmaciones o reformular su identidad.
Cuando el sumo sacerdote le preguntó:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Marcos 14:61, RVR1960
Jesús respondió:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:62, RVR1960
Ya hemos estudiado la enorme carga de esta declaración.
¿Y cuál fue la reacción?
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960
Jesús sabía perfectamente la gravedad de sus palabras.
Sin embargo, no se retractó.
No respondió:
“Me entendieron mal”.
No dijo:
“Solamente quise decir que soy un maestro”.
No negó aquello que acababa de afirmar.
Continuó hacia la condenación.
Aquí debemos ser extremadamente cuidadosos.
No.
El simple hecho de que una persona muera por una creencia no demuestra que la creencia sea verdadera.
A lo largo de la historia seres humanos han muerto por ideas religiosas, políticas y filosóficas que probablemente eran falsas.
Una persona puede estar sinceramente equivocada.
Por tanto, el argumento no debe formularse así:
“Jesús murió por lo que creía, entonces necesariamente era Dios.”
Eso sería demasiado.
Pero el caso de Jesús plantea una pregunta diferente.
Si Jesús inventó conscientemente sus afirmaciones acerca de sí mismo, entonces Él sabría que eran falsas.
No sería simplemente una persona engañada por otros.
Sería el autor de la supuesta mentira.
Y entonces debemos preguntar:
¿Por qué permanecer fiel a una mentira que Él mismo habría fabricado cuando abandonarla podía significar escapar de una muerte brutal?
Ahí está la fuerza del argumento.
Imaginemos a una persona que recibe información falsa y sinceramente cree que es verdadera.
Puede estar dispuesta a sufrir por ella.
Puede incluso morir convencida de que tiene razón.
Pero supongamos ahora que esa misma persona inventó personalmente la historia.
Sabe exactamente que es falsa.
Sabe que jamás ocurrió.
Y entonces comienzan:
las amenazas,
los golpes,
la tortura,
y finalmente la perspectiva de una ejecución dolorosa.
En algún momento esperaríamos que dijera:
“No es verdad. Yo lo inventé.”
Especialmente si la mentira no le está proporcionando riqueza, seguridad o poder.
En el caso de Jesús ocurre exactamente lo contrario.
Sus afirmaciones le producen creciente oposición.
Pierde seguidores.
Es acusado.
Es arrestado.
Es golpeado.
Es humillado.
Y finalmente es crucificado.
Sin embargo, no encontramos una retractación.
El Evangelio de Juan presenta la muerte de Jesús como algo que Él asume voluntariamente dentro de su misión.
Jesús declara:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Después dice:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
Y añade:
“Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18, RVR1960
Según el relato, Jesús no se entiende simplemente como una víctima atrapada accidentalmente por las circunstancias.
Ve su muerte como parte de su misión.
Esto aparece también en Marcos:
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
Marcos 10:45, RVR1960
Observe las palabras:
“para dar su vida”.
Para Jesús, su muerte tenía significado.
Formaba parte de aquello para lo cual había venido.
Existe algo que hace este argumento todavía más humano y convincente.
Los Evangelios no presentan a Jesús caminando hacia la crucifixión como alguien insensible al dolor.
En Getsemaní vemos exactamente lo contrario.
Jesús dice:
“Mi alma está muy triste, hasta la muerte…”
Mateo 26:38, RVR1960
Después ora:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
Mateo 26:39, RVR1960
Esto es importantísimo.
Jesús no deseaba el sufrimiento por el sufrimiento mismo.
Sabía lo que se acercaba.
Experimentó angustia.
No era una representación teatral.
Y aun así decidió continuar:
“No sea como yo quiero, sino como tú.”
Su disposición a morir no parece surgir de indiferencia hacia la vida.
Surge de una convicción profunda acerca de su misión.
Cuando llegaron a arrestarlo, Jesús incluso dejó claro que no se consideraba completamente indefenso.
Cuando uno de sus discípulos intentó defenderlo con una espada, Jesús respondió:
“Vuelve tu espada a su lugar…”
Mateo 26:52, RVR1960
Y añadió:
“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?”
Mateo 26:53, RVR1960
Después explica:
“¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”
Mateo 26:54, RVR1960
Dentro del relato evangélico, Jesús no va hacia la cruz porque perdió completamente el control.
Va porque considera que aquello forma parte de su misión.
La burla continuó durante la crucifixión.
Mateo registra que algunos decían:
“Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.”
Mateo 27:40, RVR1960
Y los líderes religiosos se burlaban:
“Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.”
Mateo 27:43, RVR1960
Observe el punto.
Incluso mientras Jesús está crucificado, su identidad está en el centro de la burla.
“Ha dicho: Soy Hijo de Dios.”
Si todo hubiera sido una fabricación, aquel habría sido el momento de abandonarla.
Pero no encontramos ninguna retractación.
Esta pregunta también merece consideración.
Si alguien sostiene que Jesús deliberadamente engañó a las personas acerca de su identidad, debemos preguntar:
¿qué estaba intentando obtener?
¿Riqueza?
No parece haberla acumulado.
¿Una posición política?
No terminó en un palacio.
¿Seguridad?
Terminó arrestado.
¿Prestigio entre las autoridades?
Fue condenado.
¿Una vida cómoda?
Fue crucificado.
La hipótesis de un engaño consciente debe explicar por qué un hombre construiría semejantes afirmaciones, perseveraría en ellas mientras aumentaba el peligro y finalmente soportaría una ejecución brutal sin retractarse.
Esto no prueba por sí solo que Jesús sea Dios.
Pero hace que la explicación:
“Jesús simplemente era un mentiroso que sabía que todo era falso”
sea mucho más difícil de sostener.
Existe una conclusión que podemos formular con bastante prudencia.
Si los relatos evangélicos conservan correctamente el núcleo de estas afirmaciones y de la conducta de Jesús, entonces su disposición a enfrentar la muerte proporciona evidencia importante de que Jesús parece haber sido profundamente sincero acerca de su misión y de su identidad.
Eso no resuelve todavía toda la cuestión.
Una persona sincera puede estar equivocada.
Por eso todavía debemos preguntar:
¿Estaba Jesús equivocado?
Pero la alternativa del fraude consciente comienza a tener dificultades.
Jesús no solamente enseñó sus afirmaciones cuando las multitudes lo seguían.
Las sostuvo cuando comenzó la oposición.
Las sostuvo cuando aparecieron amenazas.
Las sostuvo durante su interrogatorio.
Y no las abandonó cuando el precio llegó a ser:
la cruz.
Regresemos nuevamente a nuestra investigación como si estuviéramos allí.
Sabemos que quieren arrestarnos.
Sabemos que puede haber azotes.
Sabemos que Roma crucifica.
Sabemos que los enemigos están conspirando.
Si toda nuestra historia fuera una mentira inventada personalmente, ¿cuánto tardaríamos en decir:
“Está bien, lo inventé”?
¿Después del primer golpe?
¿Después del azote?
¿Cuando viéramos la cruz?
¿Cuando llegaran los clavos?
Sin embargo, Jesús continúa.
Y eso obliga a tomar en serio una posibilidad:
Él realmente creía ser quien decía ser.
Entonces nuestra investigación se vuelve todavía más inquietante.
Porque si Jesús no parece comportarse como un engañador consciente, quedan otras posibilidades.
Podría haber estado profundamente equivocado acerca de sí mismo.
O podría haber estado diciendo la verdad.
Y entonces aparece una evidencia que puede ayudarnos a decidir entre ambas:
Jesús no solamente dijo que moriría.
También dijo que:
resucitaría.
Por eso la cruz no constituye el final de nuestra investigación.
Nos conduce directamente hacia la pregunta decisiva:
¿Qué ocurrió con Jesús después de su muerte?
Biblia Reina-Valera 1960: Mateo 16:21-23; Mateo 20:17-19; Mateo 26:36-54; Mateo 27:27-50; Marcos 8:31-33; Marcos 10:32-45; Marcos 14:53-65; Marcos 15:15-39; Lucas 9:51; Juan 5:18; Juan 8:58-59; Juan 10:17-18; Juan 11:45-53; Juan 18:1-11.
Hengel, Martin. Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross. Fortress Press. Estudio clásico sobre la crucifixión romana y su carácter humillante y brutal.
Cook, John Granger. Crucifixion in the Mediterranean World. Mohr Siebeck, 2014. Amplio estudio histórico sobre la práctica de la crucifixión en el mundo antiguo.
Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.
Evans, Craig A. Jesus and His World: The Archaeological Evidence. Westminster John Knox Press, 2012.
Wright, N. T. Jesus and the Victory of God. Fortress Press, 1996.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Hasta este punto hemos examinado lo que Jesús dijo acerca de sí mismo. Lo escuchamos afirmar su unidad con el Padre, reclamar autoridad para perdonar pecados, presentarse como el camino, la verdad y la vida, aceptar que Tomás lo llamara “Señor mío, y Dios mío”, recibir adoración y anunciar anticipadamente que moriría y resucitaría.
Pero después de la crucifixión ocurrió algo que merece una investigación completamente aparte.
Jesús murió.
Fue sepultado.
Y sus discípulos, que habían quedado desmoralizados y atemorizados, comenzaron poco después a proclamar públicamente una afirmación extraordinaria:
Jesús había resucitado de entre los muertos.
No dijeron simplemente que su recuerdo continuaba vivo.
No afirmaron solamente que sus enseñanzas permanecerían.
Declararon que el mismo Jesús que había sido crucificado estaba nuevamente vivo y que ellos lo habían visto.
Y comenzaron a anunciarlo precisamente en Jerusalén, el lugar donde Jesús había sido ejecutado.
La transformación resulta difícil de ignorar.
La noche del arresto de Jesús, los discípulos no aparecen como hombres particularmente valientes.
Marcos dice:
“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Marcos 14:50, RVR1960
Pedro, uno de los más cercanos a Jesús, negó conocerlo.
Después de la crucifixión, Juan describe a los discípulos reunidos:
“…estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos…”
Juan 20:19, RVR1960
Ese detalle es importante.
Tenían miedo.
Su Maestro acababa de morir mediante crucifixión.
Humanamente hablando, el movimiento podía haber terminado allí.
Pero algo ocurrió.
Poco después encontramos a Pedro, el mismo hombre que había negado conocer a Jesús, proclamando públicamente:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32, RVR1960
Y nuevamente:
“Y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.”
Hechos 3:15, RVR1960
Observe la expresión que se repite:
“Somos testigos.”
Los apóstoles no presentan inicialmente la resurrección como una teoría filosófica.
La presentan como algo que afirman haber presenciado.
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”
La proclamación comenzó a producir oposición.
Pedro y Juan fueron arrestados y llevados delante de las autoridades.
Se les ordenó:
“…que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18, RVR1960
Aquello les ofrecía una salida.
Podían simplemente guardar silencio.
Pero respondieron:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20, RVR1960
La frase resulta extraordinariamente importante.
No dicen:
“Esto es lo que alguien nos contó”.
Declaran:
“Lo que hemos visto y oído.”
Posteriormente fueron nuevamente arrestados.
El sumo sacerdote les recordó:
“¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre?”
Hechos 5:28, RVR1960
Pedro y los demás respondieron:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Hechos 5:29, RVR1960
Y continuaron proclamando:
“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero.”
Hechos 5:30, RVR1960
La amenaza no consiguió silenciarlos.
Las autoridades finalmente mandaron azotar a los apóstoles.
Hechos dice:
“…después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad.”
Hechos 5:40, RVR1960
¿Qué hicieron después?
¿Decidieron que aquello había llegado demasiado lejos?
¿Reconocieron que todo había sido un error?
No.
“Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Hechos 5:42, RVR1960
Aquí nuevamente debemos hacer una distinción importante.
Sufrir por una creencia no demuestra automáticamente que esa creencia sea verdadera.
Personas sinceramente equivocadas pueden sufrir e incluso morir por ideas falsas.
Pero en el caso de los primeros discípulos existe una diferencia particularmente interesante.
Ellos no estaban muriendo solamente por algo que alguien más les había enseñado.
Su proclamación central era:
“Nosotros lo vimos vivo después de su muerte.”
Si aquello hubiese sido una conspiración inventada por ellos mismos, entonces ellos sabrían que era falsa.
Ahí está la relevancia del argumento.
Imagine a alguien que escucha una historia falsa y sinceramente la cree.
Esa persona podría estar dispuesta a sufrir por ella porque piensa que es verdadera.
Pero imagine algo diferente.
Un grupo de personas decide inventar deliberadamente una historia:
“Jesús resucitó y nosotros lo vimos.”
Ellos saben que nunca sucedió.
Ellos saben dónde está el cuerpo.
Ellos saben que las apariciones nunca ocurrieron.
Y entonces comienzan:
las amenazas,
los arrestos,
los golpes,
la persecución
y eventualmente, en algunos casos, la muerte.
En algún momento esperaríamos que alguien dijera:
“Está bien. Lo inventamos.”
Sin embargo, las fuentes cristianas primitivas muestran exactamente lo contrario.
La proclamación continúa.
“Jesús resucitó.”
Esto también es importante históricamente.
La resurrección no aparece como una doctrina añadida siglos después.
La encontramos en las primeras capas de la proclamación cristiana.
Pablo escribió a los corintios:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día…”
1 Corintios 15:3-4, RVR1960
Después enumera apariciones:
“…y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez…”
1 Corintios 15:5-6, RVR1960
También menciona a Jacobo, a los apóstoles y finalmente a sí mismo.
Muchos estudiosos consideran que esta fórmula transmitida por Pablo contiene una tradición cristiana anterior a la redacción de 1 Corintios y muy próxima a los acontecimientos originales.
Eso significa que la proclamación de una resurrección corporal de Jesús no necesitó generaciones para desarrollarse.
Aparece muy temprano.
Aquí también debemos ser rigurosos.
A veces se afirma que “los doce apóstoles murieron todos como mártires” y se presentan detalles precisos sobre cómo murió cada uno.
Históricamente, no contamos con el mismo nivel de evidencia para cada discípulo.
Algunas tradiciones son antiguas y fuertes.
Otras aparecen mucho después.
Por tanto, sería incorrecto construir nuestro argumento diciendo que podemos demostrar históricamente con igual certeza el martirio de cada uno de los apóstoles.
Pero sí tenemos evidencia temprana de persecución y de algunas muertes.
Hechos registra la ejecución de Jacobo, hermano de Juan:
“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2, RVR1960
Pedro fue encarcelado y estuvo en serio peligro de ejecución (Hechos 12).
Además, fuentes cristianas muy tempranas fuera del Nuevo Testamento relacionan a Pedro y Pablo con sufrimiento y muerte.
Clemente de Roma, escribiendo hacia finales del siglo I, menciona los sufrimientos de Pedro y Pablo como ejemplos conocidos por sus lectores.
Por eso podemos decir con prudencia:
los primeros testigos de la resurrección estuvieron dispuestos a sufrir seriamente por su proclamación, y existen buenas razones históricas para pensar que algunos de sus principales dirigentes murieron manteniendo esa fe.
Eso es suficientemente significativo sin necesidad de exagerar la evidencia.
Hay otro personaje que merece nuestra atención.
Jacobo, hermano de Jesús.
Los Evangelios indican que durante el ministerio de Jesús sus hermanos no aparecen inicialmente como creyentes.
Juan declara:
“Porque ni aun sus hermanos creían en él.”
Juan 7:5, RVR1960
Sin embargo, después de la muerte de Jesús encontramos a Jacobo convertido en uno de los dirigentes de la iglesia de Jerusalén.
¿Qué ocurrió?
Pablo incluye una afirmación interesante en su lista de apariciones:
“Después apareció a Jacobo…”
1 Corintios 15:7, RVR1960
Y posteriormente el historiador judío Flavio Josefo, escribiendo en el siglo I, relata la muerte de Jacobo, a quien identifica como “hermano de Jesús, llamado el Cristo”.
El cambio resulta interesante.
Un familiar que inicialmente no cree termina convertido en dirigente del movimiento que proclama a Jesús como Mesías.
La explicación cristiana primitiva es sencilla:
Jacobo afirmó haber visto a Jesús resucitado.
Quizá todavía más sorprendente es el caso de Pablo.
Pablo no era uno de los discípulos originales.
Al contrario.
Perseguía a los cristianos.
Él mismo escribe:
“Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles… porque perseguí a la iglesia de Dios.”
1 Corintios 15:9, RVR1960
¿Qué transformó a un perseguidor del movimiento en uno de sus principales defensores?
Pablo afirma que tuvo un encuentro con Jesús resucitado.
Después pasó años sufriendo por esa convicción.
En 2 Corintios describe:
“De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.”
“Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado…”
2 Corintios 11:24-25, RVR1960
La transformación de Pablo exige una explicación.
No prueba por sí sola que Jesús resucitara.
Pero añade otra pieza a un conjunto de acontecimientos extraordinarios.
Volvamos nuevamente a Pedro.
Antes de la crucifixión:
niega a Jesús.
Después:
proclama la resurrección públicamente.
Antes:
huye.
Después:
acepta ser arrestado y golpeado.
Antes:
teme ser identificado como discípulo.
Después:
dice delante de las autoridades:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
¿Qué ocurrió entre ambos momentos?
Los propios discípulos dieron una explicación:
Vimos a Jesús vivo.
Ese es el dato que tenemos que investigar.
Esta hipótesis merece ser examinada.
Supongamos por un momento que Jesús murió y permaneció muerto.
Los discípulos lo saben.
Entonces deciden inventar la historia de que resucitó.
Ahora preguntémonos:
¿Qué ganaban?
No obtuvieron inicialmente riqueza.
No recibieron poder político.
No fueron recibidos con honores por las autoridades.
Obtuvieron:
oposición,
amenazas,
arrestos,
golpes
y persecución.
Y sin embargo siguieron diciendo:
“Lo vimos.”
Una vez más, esto no demuestra matemáticamente que la resurrección ocurrió.
Pero hace que la hipótesis de una conspiración deliberada resulte mucho menos sencilla de sostener.
Los mentirosos pueden morir por muchas razones.
Pero resulta mucho más difícil explicar por qué un grupo de hombres soportaría persecución por una historia que ellos mismos sabrían que habían inventado, especialmente cuando podían abandonarla simplemente admitiendo el engaño.
En el artículo anterior vimos que Jesús estuvo dispuesto a morir sin retractarse de quién decía ser.
Eso constituye evidencia relevante acerca de su sinceridad.
Ahora encontramos algo distinto.
Los discípulos estuvieron dispuestos a sufrir por una afirmación relacionada con un acontecimiento que decían haber presenciado:
Jesús estaba vivo después de su crucifixión.
Por eso ambos argumentos deben mantenerse separados.
Jesús murió sosteniendo su misión y su identidad.
Los discípulos sufrieron proclamando:
“Nosotros lo vimos resucitado.”
Juntos, estos hechos hacen que nuestra investigación se vuelva todavía más seria.
Ya no podemos detenernos simplemente en:
Jesús murió.
Porque algo ocurrió inmediatamente después que dio origen a un movimiento inesperado.
Un grupo derrotado comenzó a proclamar victoria.
Hombres escondidos comenzaron a predicar públicamente.
Un hermano incrédulo llegó a convertirse en dirigente de la iglesia.
Un perseguidor se transformó en apóstol.
Y el mensaje central que todos compartían era:
Jesús resucitó.
Eso no significa que debamos aceptar automáticamente su conclusión.
Significa que tenemos que investigar la evidencia.
¿Estaba realmente vacía la tumba?
¿Quién afirmó haber visto a Jesús?
¿Pudieron ser alucinaciones?
¿Fue robado el cuerpo?
¿Sobrevivió Jesús a la crucifixión?
¿Existe alguna explicación alternativa capaz de reunir todos los datos?
Esas preguntas son demasiado importantes para resolverlas en unas cuantas páginas.
Precisamente por eso hemos preparado en Cristopedia una investigación completa dedicada a este acontecimiento:
La resurrección de Jesucristo: ¿verdad o mito?
En esa serie examinamos el caso paso a paso.
Estudiamos la muerte de Jesús, la crucifixión, la tumba, la piedra, la guardia, las posibles explicaciones para la desaparición del cuerpo, los testimonios de quienes afirmaron haberlo visto vivo y la transformación posterior de sus seguidores.
No se trata simplemente de decir:
“La Biblia afirma que Jesús resucitó, por lo tanto debemos creerlo.”
La pregunta es mucho más interesante:
¿Qué explicación encaja mejor con la evidencia disponible?
Si desea continuar esta investigación, le invitamos a leer en Cristopedia la serie:
La resurrección de Jesucristo: ¿verdad o mito?
Porque si Jesús murió y permaneció muerto, nuestras conclusiones acerca de Él tendrán que ajustarse a ese hecho.
Pero si realmente ocurrió aquello que sus primeros seguidores proclamaron hasta estar dispuestos a sufrir por ello…
entonces todo cambia.
Porque el hombre que había dicho:
“Yo soy la resurrección y la vida”
también había anunciado:
Y sus discípulos terminaron recorriendo el mundo proclamando:
“Lo vimos vivo.”
La pregunta ya no puede evitarse:
¿Qué ocurrió realmente aquella mañana en Jerusalén?
Biblia Reina-Valera 1960: Marcos 14:50; Juan 7:5; Juan 20:19; Hechos 2:22-36; Hechos 3:13-15; Hechos 4:1-22; Hechos 5:17-42; Hechos 12:1-5; 1 Corintios 15:1-11; 2 Corintios 11:23-28.
1 Clemente 5-6. Fuente cristiana de finales del siglo I que menciona los sufrimientos de Pedro y Pablo.
Josefo, Flavio. Antigüedades judías 20.200. Referencia a Jacobo, “hermano de Jesús, llamado el Cristo”, y su muerte.
Wright, N. T. The Resurrection of the Son of God. Fortress Press, 2003.
Licona, Michael R. The Resurrection of Jesus: A New Historiographical Approach. IVP Academic, 2010.
Habermas, Gary R. y Michael R. Licona. The Case for the Resurrection of Jesus. Kregel, 2004.
Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Hemos llegado al final de esta primera parte de nuestra investigación acerca de una de las preguntas más importantes que podemos formular sobre Jesús de Nazaret:
¿Quién decía Jesús que era?
Durante estos artículos hemos intentado hacer algo muy sencillo: escuchar sus palabras dentro del mundo en que fueron pronunciadas y observar las consecuencias que tuvieron.
Lo escuchamos declarar:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Lo escuchamos decir:
“Yo y el Padre uno somos.”
Lo vimos identificarse con el Hijo del Hombre de Daniel.
Lo vimos perdonar pecados.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Afirmó:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Tomás estuvo frente a Él y exclamó:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Y Jesús no rechazó aquella confesión.
También permitió que las personas se postraran y lo adoraran.
Anunció que moriría.
Dijo que resucitaría.
Y finalmente estuvo dispuesto a enfrentar una muerte brutal sin retractarse de su misión ni de las extraordinarias afirmaciones que había realizado acerca de sí mismo.
Después de su muerte, ocurrió algo igualmente desconcertante.
Sus discípulos comenzaron a proclamar:
“Jesús resucitó. Nosotros lo vimos.”
Y estuvieron dispuestos a sufrir por esa convicción.
Pero antes de continuar con nuestra investigación existe una última pregunta que vale la pena hacer:
¿Qué ganaron con todo aquello?
Cuando intentamos determinar si alguien está diciendo la verdad, una de las preguntas naturales es:
¿Qué obtiene esa persona si consigue que otros le crean?
No es una prueba absoluta. Una persona puede tener motivos complejos, y la sinceridad por sí sola no demuestra que sus afirmaciones sean verdaderas.
Pero los motivos importan.
Porque muchas veces revelan aquello que una persona busca.
Poder.
Prestigio.
Influencia.
Reconocimiento.
Seguridad.
Placer.
Posición política.
¿Qué encontramos cuando aplicamos esas preguntas a Jesús y a sus primeros seguidores?
¿Jesús buscaba riqueza?
Difícilmente.
Jesús llegó a decir:
“Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.”
Mateo 8:20, RVR1960
No encontramos a Jesús construyéndose un palacio.
No acumuló grandes propiedades.
No terminó su ministerio convertido en uno de los hombres económicamente poderosos de Judea.
Cuando llegó el momento de pagar el tributo del templo, Mateo incluso conserva el curioso episodio de la moneda obtenida para realizar el pago (Mateo 17:24-27).
Y cuando murió, los soldados se repartieron sus vestidos.
El hombre que había dicho:
“Yo y el Padre uno somos”
terminó prácticamente sin posesiones delante de una cruz.
¿Buscaba poder político?
Esta posibilidad resulta especialmente interesante.
Jesús vivió en una nación sometida a Roma.
Existía una enorme sensibilidad política y mesiánica.
Y según Juan, en determinado momento una multitud quiso convertirlo en rey.
“Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.”
Juan 6:15, RVR1960
Detengámonos.
Si Jesús estuviera construyendo deliberadamente un movimiento para obtener poder político, aquel habría sido un momento extraordinario.
Querían hacerlo rey.
¿Y qué hizo?
Se retiró.
Más tarde diría frente a Pilato:
“Mi reino no es de este mundo…”
Juan 18:36, RVR1960
No encontramos a Jesús intentando ocupar el palacio de Herodes.
No organizó un ejército.
No dirigió una insurrección contra Roma.
No terminó sentado sobre un trono político.
Terminó frente a Pilato.
Y después, en una cruz.
¿Buscaba fama y aceptación?
Jesús ciertamente llegó a ser conocido.
Grandes multitudes lo siguieron durante diferentes momentos de su ministerio.
Pero existe una diferencia entre ser famoso y vivir buscando la fama.
En ocasiones Jesús hizo precisamente aquello que alguien obsesionado con su popularidad difícilmente haría.
Pronunció enseñanzas que provocaron que muchos dejaran de seguirlo.
Juan registra:
“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.”
Juan 6:66, RVR1960
¿Qué hizo Jesús?
¿Cambió inmediatamente su mensaje para recuperar audiencia?
No.
Se volvió hacia los doce y preguntó:
“¿Queréis acaso iros también vosotros?”
Juan 6:67, RVR1960
No parece la estrategia de alguien dispuesto a decir cualquier cosa con tal de conservar seguidores.
Después de la muerte de Jesús, sus discípulos comenzaron a proclamar que había resucitado.
Entonces podríamos formular la misma pregunta:
¿Qué obtuvieron?
¿Palacios?
No.
¿Cargos dentro del gobierno romano?
No.
¿Posiciones dentro del Sanedrín?
No.
¿Una vida tranquila?
Todo lo contrario.
Hechos registra que fueron amenazados:
“…que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18, RVR1960
Después fueron encarcelados.
Posteriormente:
“…después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús…”
Hechos 5:40, RVR1960
Jacobo, hermano de Juan, fue ejecutado:
“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2, RVR1960
Y aun así el mensaje continuó.
“Jesús resucitó.”
Pedro tampoco describe una vida de privilegios
Hay una escena sencilla pero reveladora.
Un hombre necesitado estaba junto a la puerta del templo.
Pedro le dijo:
“No tengo plata ni oro…”
Hechos 3:6, RVR1960
Esta frase por sí sola no reconstruye toda la situación económica de Pedro, pero difícilmente corresponde a la imagen de un hombre que hubiera inventado una nueva religión para enriquecerse.
Los primeros capítulos de Hechos no presentan a los apóstoles viviendo como una nueva aristocracia.
Los presentan predicando, siendo interrogados, amenazados, encarcelados y golpeados.
El caso de Pablo resulta todavía más extraño.
Antes de convertirse en seguidor de Jesús estaba relacionado con el mundo fariseo y perseguía al movimiento cristiano.
Después comenzó a proclamar precisamente aquello que anteriormente combatía.
¿Y qué obtuvo?
Él mismo proporciona una lista:
“En trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces.”
2 Corintios 11:23, RVR1960
Continúa:
“De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.”
“Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado…”
2 Corintios 11:24-25, RVR1960
Y todavía menciona naufragios, peligros, hambre, sed, frío y desnudez.
Si aquello era una estrategia para obtener comodidad, resultó extraordinariamente mala.
Aquí entramos en una cuestión profundamente humana.
Los motivos hablan acerca de aquello que habita en el corazón.
No podemos observar directamente el corazón de un hombre que vivió hace dos mil años.
Pero podemos observar decisiones.
Podemos examinar qué oportunidades aceptó.
Qué oportunidades rechazó.
Qué estuvo dispuesto a perder.
Y qué continuó afirmando cuando mantenerlo comenzó a resultar doloroso.
Jesús rechazó una oportunidad de ser convertido en rey.
No acumuló riquezas.
No construyó un palacio.
No organizó un ejército.
No modificó su mensaje simplemente porque algunas personas lo abandonaran.
Y cuando sus afirmaciones contribuyeron al conflicto que terminó llevándolo a la muerte, no se retractó.
Los discípulos tampoco parecen haber encontrado una vida de privilegios después de comenzar a proclamar la resurrección.
Encontraron oposición.
Amenazas.
Cárcel.
Azotes.
Persecución.
Y algunos, según evidencia temprana, finalmente la muerte.
Esta precisión es fundamental.
La ausencia de motivos económicos o políticos no demuestra que todas las afirmaciones de Jesús sean verdaderas.
Tampoco el sufrimiento de los discípulos demuestra automáticamente que Jesús haya resucitado.
Una persona puede ser sincera y estar equivocada.
Un mártir demuestra la profundidad de su convicción, no necesariamente la verdad de aquello que cree.
Pero nuestro argumento es más limitado y, precisamente por eso, más fuerte.
Estamos preguntando si la hipótesis de un fraude deliberado explica bien los datos.
Si Jesús sabía que todo era una mentira inventada por Él, debemos explicar por qué perseveró cuando aquella mentira dejó de ofrecer beneficios y comenzó a conducirlo hacia la cruz.
Y si los discípulos sabían que habían inventado la resurrección, debemos explicar por qué continuaron proclamándola cuando comenzaron las amenazas, los arrestos y los golpes.
No es imposible que seres humanos actúen irracionalmente.
Pero la explicación:
“Todo fue una mentira consciente inventada para obtener beneficios”
empieza a tropezar con una pregunta incómoda:
¿Cuáles beneficios?
Hagamos el balance.
Si todo hubiera sido una gran conspiración para obtener ventajas personales, esperaríamos encontrar alguna ventaja.
Riqueza: no aparece como resultado característico.
Poder político: no.
Palacios: no.
Posiciones gubernamentales: no.
Aceptación de las autoridades religiosas: precisamente lo contrario.
Seguridad personal: no.
Una vida cómoda: no.
¿Qué encontramos?
Una cruz.
Amenazas.
Azotes.
Cárceles.
Persecución.
Y aun así:
Jesús sostuvo quién decía ser.
Y después:
los discípulos sostuvieron que lo habían visto resucitado.
Algo estaba ocurriendo.
Y aquí llegamos al punto exacto donde esta primera parte debe terminar.
Durante estos artículos hemos acumulado suficientes elementos para afirmar algo importante:
Jesús parece haber tomado extraordinariamente en serio las afirmaciones que realizó acerca de sí mismo.
No parecen haber sido simplemente un recurso para obtener dinero, comodidad o poder político.
Y sus primeros seguidores parecen haber estado profundamente convencidos de que después de su crucifixión lo habían visto vivo.
Pero todavía queda una enorme distancia entre dos palabras:
sinceridad
y:
verdad.
Una persona puede ser absolutamente sincera…
y estar equivocada.
Por eso no podemos detener nuestra investigación aquí.
Hasta ahora hemos preguntado:
¿Quién decía Jesús que era?
Y la respuesta que emerge de los textos es extraordinaria.
Jesús realizó afirmaciones acerca de sí mismo que van muchísimo más allá de las de un maestro religioso común.
Pero ahora llega una pregunta todavía más importante:
¿Demostró Jesús que sus afirmaciones eran verdaderas?
Ese será nuestro siguiente paso.
Ahora cambiaremos de pregunta.
Ya no preguntaremos solamente:
¿Qué dijo Jesús?
Preguntaremos:
¿Qué evidencia presentó?
Si afirmó venir de Dios, ¿hay razones para creerlo?
Si reclamó autoridad divina, ¿hizo algo que respaldara semejante autoridad?
¿Qué hacemos con sus milagros?
¿Qué hacemos con su conocimiento extraordinario?
¿Qué hacemos con las profecías relacionadas con su persona?
¿Qué hacemos con su carácter?
¿Qué hacemos con la enorme impresión que produjo sobre quienes convivieron con Él?
Y sobre todo:
¿qué hacemos con la resurrección?
Porque si Jesús realizó afirmaciones extraordinarias pero no pudo respaldarlas, nuestra investigación debe reconocerlo.
Pero si encontramos evidencias extraordinarias detrás de afirmaciones extraordinarias, entonces tendremos que estar dispuestos a seguirlas hasta donde conduzcan.
Hemos terminado de preguntar:
“¿Quién decía Jesús que era?”
Ahora comenzaremos una pregunta todavía más difícil:
“¿Demostró Jesús ser quien decía ser?”
Y si la respuesta fuera afirmativa, entonces ya no estaríamos simplemente estudiando a uno de los personajes más importantes de la historia.
Estaríamos frente a una posibilidad mucho más inquietante y maravillosa:
que hace aproximadamente dos mil años Dios realmente haya entrado en nuestra historia.
Biblia Reina-Valera 1960: Mateo 8:18-20; Mateo 16:21-23; Mateo 26:36-46; Marcos 8:31-38; Marcos 10:32-45; Juan 6:15, 60-69; Juan 10:17-18; Juan 18:33-38; Hechos 3:1-10; Hechos 4:1-22; Hechos 5:17-42; Hechos 12:1-5; 1 Corintios 15:1-11; 2 Corintios 11:23-28.
Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.
Wright, N. T. Jesus and the Victory of God. Fortress Press, 1996.
Bauckham, Richard. Jesus and the Eyewitnesses: The Gospels as Eyewitness Testimony. Eerdmans.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Hengel, Martin. Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross. Fortress Press.
Cook, John Granger. Crucifixion in the Mediterranean World. Mohr Siebeck, 2014.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Mire hacia el cielo durante el día.
Allí está el Sol.
Ahora mire el cielo durante la noche.
Quizá vea la Luna, algunas estrellas y, en ciertas épocas, incluso alguno de los planetas.
Aunque parecen objetos separados, muchos de los cuerpos que vemos en nuestro cielo forman parte de un mismo gran sistema.
Lo llamamos Sistema Solar.

Nuestro Sistema Solar es como un enorme vecindario en el espacio. En el centro se encuentra el Sol y alrededor de él viajan los planetas, sus lunas, asteroides y muchos otros cuerpos más pequeños.
Y nosotros vivimos allí.
La Tierra es solamente uno de los mundos que forman parte de esta extraordinaria familia.
En el centro del Sistema Solar se encuentra una estrella enorme:
el Sol.
El Sol es muchísimo más grande que la Tierra. Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros.
La Tierra, en comparación, mide aproximadamente 12,742 kilómetros de diámetro.
Imagine una pelota gigantesca y, cerca de ella, una bolita mucho más pequeña.
Algo semejante ocurre cuando comparamos el Sol con nuestro planeta.
Pero el Sol no solamente es grande.
También contiene la mayor parte de la masa de todo el Sistema Solar.
Por eso su gravedad ejerce una enorme influencia sobre los objetos que se encuentran alrededor.
Algunas veces, cuando vemos dibujos del Sistema Solar, parece que los planetas simplemente están colocados alrededor del Sol.
Pero están haciendo algo extraordinario.
Están viajando.
Cada planeta se mueve alrededor del Sol siguiendo un recorrido llamado órbita.
Mercurio viaja alrededor del Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Y mientras usted está leyendo estas palabras, nuestro planeta continúa avanzando silenciosamente por su propia órbita.
No escuchamos motores.
No sentimos vibraciones.
Pero estamos viajando.

Nuestro Sistema Solar posee ocho planetas.
Si comenzamos desde el más cercano al Sol encontramos:
Mercurio.
Venus.
Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Cada uno es diferente.
Mercurio es pequeño y está muy cerca del Sol.
Venus está cubierto por una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee enormes océanos de agua líquida y es nuestro hogar.
Marte tiene un característico color rojizo.
Júpiter es gigantesco.
Saturno posee un espectacular sistema de anillos.
Urano gira de una manera muy peculiar, prácticamente inclinado de lado.
Y Neptuno se encuentra muchísimo más lejos del Sol y posee vientos extraordinariamente intensos.
Ocho planetas.
Ocho mundos muy distintos.
Pero todos forman parte del mismo sistema.
La Tierra tiene una Luna.
Pero no somos los únicos.
Otros planetas poseen también lunas que viajan alrededor de ellos.
Júpiter y Saturno poseen numerosas lunas.
Algunas son pequeñas.
Otras son enormes.
Incluso existen lunas con características extraordinarias que estudiaremos más adelante.
Así que mientras los planetas viajan alrededor del Sol, muchas lunas están viajando alrededor de los planetas.
Imagine todo ese movimiento ocurriendo simultáneamente.
Entre Marte y Júpiter encontramos una región donde existen numerosos asteroides.
Más allá de Neptuno existen también muchos cuerpos helados.
Tenemos planetas enanos como Plutón.
También existen cometas que pueden recorrer órbitas enormes y que, cuando se acercan al Sol, pueden desarrollar espectaculares colas visibles desde la Tierra.
Nuestro Sistema Solar no está compuesto solamente por ocho planetas.
Es un sistema lleno de diferentes clases de cuerpos.
Aquí las distancias comienzan a ser difíciles de imaginar.
La Tierra se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
150 millones de kilómetros del Sol.
Eso ya parece enorme.
Pero Neptuno se encuentra muchísimo más lejos: su distancia media al Sol es de unos 4,500 millones de kilómetros.
Y aun así, existen cuerpos que viajan mucho más lejos.
El Sistema Solar es tan grande que las distancias normales que utilizamos en nuestra vida cotidiana dejan de parecernos útiles.
Una carretera de cien kilómetros nos parece larga.
Pero en el Sistema Solar hablamos de millones y miles de millones de kilómetros.
Aquí aparece algo especialmente interesante.
El Sol ejerce gravedad.
Los planetas se mueven.
Las lunas acompañan a muchos planetas.
Los asteroides siguen sus propios recorridos.
Los cometas viajan por enormes órbitas.
No estamos observando objetos colocados al azar como piedras sobre una mesa.
Estamos contemplando un sistema en movimiento.
Cada cuerpo posee una posición.
Cada uno sigue un recorrido.
Y la gravedad participa constantemente en ese extraordinario movimiento.
Ahora piense en algo.
Dentro de este inmenso Sistema Solar existe una pequeña esfera azul.
Es la Tierra.
Sobre esa esfera existen océanos.
Ríos.
Animales.
Personas.
Y usted.
Estamos viviendo sobre un planeta que viaja alrededor de una estrella acompañado por otros siete planetas y una enorme cantidad de cuerpos menores.
Cuando pensamos solamente en nuestra casa o nuestra ciudad, el mundo puede parecernos muy grande.
Pero cuando contemplamos el Sistema Solar descubrimos que nuestra casa forma parte de algo muchísimo mayor.
Hace miles de años, David contempló el cielo y escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no tenía telescopios espaciales.
No podía enviar naves hacia otros planetas.
No conocía las distancias que hoy podemos calcular.
Simplemente levantaba los ojos y contemplaba.
Nosotros podemos hacer algo más.
Podemos contemplar…
y también medir.
Podemos conocer el tamaño del Sol.
Podemos calcular las órbitas.
Podemos enviar naves a otros planetas.
Podemos fotografiar Júpiter.
Podemos observar los anillos de Saturno.
Podemos estudiar Marte.
Y mientras más conocemos nuestro vecindario espacial, más extraordinario parece.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Esa invitación sigue siendo extraordinaria.
Levante los ojos.
Mire.
Pregunte.
Estudie.
Descubra.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar el universo no significa alejarnos del Creador.
Puede convertirse precisamente en una manera de admirar con mayor profundidad la obra de sus manos.
Hasta ahora solamente hemos abierto la puerta.
Sabemos que existe una estrella en el centro.
Ocho planetas viajan alrededor de ella.
Numerosas lunas acompañan a esos mundos.
También existen asteroides, planetas enanos, cometas y otros cuerpos.
Pero todavía no hemos visitado ninguno.
En los próximos artículos comenzaremos nuestro viaje.
Nos acercaremos primero a esa enorme estrella que domina nuestro vecindario.
Descubriremos su tamaño.
Su energía.
Su gravedad.
Y comprenderemos por qué prácticamente todo nuestro Sistema Solar depende profundamente de ella.
Nuestro próximo destino será:
Y quizá, cuando terminemos este viaje, comprendamos un poco mejor las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Porque nuestro Sistema Solar no es solamente nuestro vecindario en el espacio.
Es otra extraordinaria parte de la creación que podemos estudiar para conocer mejor la grandeza de su Creador.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Cada mañana ocurre algo tan común que casi dejamos de sorprendernos.
El cielo comienza a iluminarse.
La oscuridad desaparece.
Sentimos calor sobre nuestra piel.
Las plantas reciben luz.
Los animales comienzan sus actividades.
Y todo esto sucede gracias a una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra:
el Sol.

El solo, nuestra estrella
El Sol es una estrella como muchas de las que vemos durante la noche. Sin embargo, para nosotros es extraordinariamente especial porque es la estrella de nuestro Sistema Solar.
Su luz y su energía llegan hasta nuestro planeta, pero además su enorme gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas viajando alrededor de él.
Sin el Sol, nuestro Sistema Solar sería completamente diferente.

Cuando observamos el Sol desde la Tierra parece relativamente pequeño.
Podemos cubrirlo con la punta de un dedo si extendemos el brazo.
Pero eso ocurre únicamente porque está muy lejos.
En realidad, el Sol es gigantesco.
Su diámetro es de aproximadamente:
1.39 millones de kilómetros.
El diámetro de la Tierra es de unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro del Sol es aproximadamente 109 veces mayor que el de nuestro planeta.
Pero existe una comparación todavía más sorprendente.
Si pudiéramos vaciar el Sol y colocar Tierras dentro de él, cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra por volumen.
Imagine nuestro planeta.
Con todos sus océanos.
Todos sus continentes.
Todas sus montañas.
Y ahora imagine más de un millón de mundos de ese tamaño ocupando el volumen de una sola estrella.
Así de enorme es el Sol.

El Sol no solamente es el objeto más grande de nuestro Sistema Solar.
También concentra aproximadamente el 99.8 % de toda la masa del Sistema Solar.
Esto resulta muy importante.
Cuanta más masa posee un objeto, mayor puede ser su influencia gravitacional.
Por eso el Sol ejerce una poderosa atracción sobre los planetas y muchos otros cuerpos que forman nuestro vecindario espacial.
Mercurio está ligado gravitacionalmente al Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno también.
Incluso mientras usted lee estas palabras, la gravedad del Sol está actuando sobre nuestro planeta.

Esta es una pregunta magnífica.
El Sol atrae a la Tierra mediante la gravedad.
Entonces, ¿por qué nuestro planeta no termina cayendo sobre él?
Porque la Tierra también se está moviendo a gran velocidad.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora, aunque la velocidad cambia un poco a lo largo de su órbita.
La combinación entre su movimiento y la atracción gravitacional del Sol mantiene a la Tierra siguiendo su órbita.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una caída continua alrededor del Sol.
La Tierra avanza.
La gravedad la atrae.
Y el resultado es una órbita.
Lo mismo sucede con los demás planetas.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
En la región que vemos como su “superficie”, llamada fotosfera, la temperatura es de aproximadamente 5,500 grados Celsius.
Eso ya parece increíblemente caliente.
Pero en el centro del Sol las temperaturas alcanzan aproximadamente 15 millones de grados Celsius.
Allí ocurre el proceso que permite al Sol producir enormes cantidades de energía.
En el núcleo del Sol ocurre la fusión nuclear.
Explicado de manera sencilla, núcleos de hidrógeno terminan formando helio mediante una serie de reacciones.
Durante este proceso se libera una enorme cantidad de energía.
Esa energía comienza un largo recorrido desde el interior del Sol hasta finalmente escapar al espacio en forma de radiación.
Una pequeñísima parte llega hasta nosotros.
Y esa pequeña parte resulta fundamental para la vida en la Tierra.
El Sol se encuentra tan lejos que su luz no llega instantáneamente hasta nosotros.
Aunque la luz viaja aproximadamente a 300,000 kilómetros por segundo, necesita alrededor de:
8 minutos y 20 segundos
para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.
Esto significa algo curioso.
Cuando usted contempla el Sol —siempre con la protección adecuada y nunca mirándolo directamente— no lo está viendo exactamente como es en ese instante.
Está recibiendo luz que salió de él aproximadamente ocho minutos antes.
La energía solar participa directa o indirectamente en una enorme cantidad de procesos terrestres.
El Sol calienta los océanos.
Calienta los continentes.
Contribuye a producir diferencias de temperatura que participan en el movimiento del aire.
Su energía impulsa la evaporación del agua.
Las plantas utilizan la luz solar para realizar la fotosíntesis.
Y esa fotosíntesis sostiene directa o indirectamente una enorme parte de las cadenas alimentarias de nuestro planeta.
Cuando vemos crecer un bosque, caer la lluvia o sentimos el viento, estamos observando procesos en los que la energía procedente del Sol desempeña un papel fundamental.
Nuestro planeta se encuentra, en promedio, aproximadamente a 150 millones de kilómetros del Sol.
Esa distancia permite que recibamos una cantidad de energía compatible con las condiciones que encontramos en nuestro planeta.
La Tierra no permanece siempre exactamente a la misma distancia porque su órbita no es un círculo perfecto. Sin embargo, estas variaciones son relativamente pequeñas.
Más adelante estudiaremos con mayor detalle la posición y las órbitas de los planetas.
Por ahora basta comprender algo sencillo:
nuestra vida depende profundamente de la energía de una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros de nosotros.
El Sol es indispensable, pero eso no significa que toda la energía procedente de él sea inofensiva.
Produce radiación y fenómenos capaces de afectar nuestro planeta.
Por eso resulta tan importante la protección que proporciona la atmósfera terrestre y, junto con ella, la magnetosfera frente a determinadas partículas cargadas procedentes del Sol.
Incluso aquí encontramos una interesante relación entre diferentes partes de nuestro entorno.
Tenemos una estrella que proporciona energía.
Tenemos una Tierra situada a una distancia adecuada.
Y tenemos sistemas terrestres que ayudan a proteger la vida.
No vivimos dependiendo de una sola condición, sino de muchas funcionando simultáneamente.
Cuando los científicos observan cuidadosamente el Sol descubren que no es una esfera tranquila e inmóvil.
En su superficie pueden aparecer manchas solares.
También ocurren enormes explosiones conocidas como llamaradas solares.
Y el Sol expulsa continuamente partículas cargadas formando lo que llamamos viento solar.
En ocasiones, la interacción de partículas solares con el entorno magnético de la Tierra contribuye a producir uno de los espectáculos más hermosos de nuestro cielo:
las auroras.
Así que incluso un resplandor de colores observado cerca de las regiones polares puede tener su origen en acontecimientos ocurridos en nuestra estrella.
Ahora podemos comprender por qué el Sol ocupa un lugar tan importante en esta serie.
No es simplemente una lámpara gigantesca que ilumina los planetas.
Es el cuerpo dominante del Sistema Solar.
Su gravedad ayuda a mantener organizado nuestro sistema planetario.
Su energía calienta la Tierra.
Su luz hace posible la fotosíntesis.
Y alrededor de él viajan ocho planetas y una enorme variedad de cuerpos menores.
El Sistema Solar recibe precisamente su nombre de esta estrella:
el Sol.
La Biblia habla desde sus primeras páginas de la importancia de las lumbreras que observamos en nuestro cielo:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche…”
Génesis 1:16
El propósito de este pasaje no es enseñarnos física solar.
No explica la fusión nuclear, la gravedad o la temperatura del núcleo.
Estas son preguntas que podemos investigar mediante la ciencia.
Pero las Escrituras presentan algo que resulta fundamental para nuestra perspectiva: el Sol forma parte de la creación de Dios.
No es Dios.
Es una obra extraordinaria de Dios.
El salmista escribió:
“En ellos puso tabernáculo para el sol;
Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.”
Salmo 19:4-5
David contemplaba el Sol atravesando el cielo.
Hoy sabemos mucho más acerca de aquella estrella de lo que podía conocer un observador de la antigüedad.
Conocemos aproximadamente su tamaño.
Su distancia.
Su temperatura.
Su composición.
Podemos estudiar su luz.
Podemos observar su superficie con instrumentos especializados.
Incluso hemos enviado sondas para estudiarlo de cerca.
Y ese conocimiento no tiene por qué disminuir nuestro asombro.
Puede aumentarlo.
Piense nuevamente en la escena completa.
En el centro se encuentra una estrella gigantesca.
Alrededor de ella viajan los planetas.
Alrededor de algunos planetas viajan lunas.
Entre ellos encontramos asteroides y otros cuerpos.
Todo se mueve.
Y la gravedad mantiene relacionados a los integrantes de este enorme vecindario.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar ese orden puede convertirse en una oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
El Sol nos proporciona luz cada mañana, pero cuando comenzamos a comprender lo que realmente es, descubrimos algo todavía más extraordinario:
Esa pequeña esfera brillante que vemos en nuestro cielo es una estrella gigantesca cuya energía y gravedad desempeñan un papel fundamental en el extraordinario Sistema Solar que Dios nos ha permitido llamar hogar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Imagine por un momento nuestro Sistema Solar.
Mercurio viaja alrededor del Sol. Venus también. La Tierra completa su recorrido una vez cada año. Más lejos encontramos a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Todos están moviéndose.
Pero surge una pregunta que hasta un niño podría hacerse:

¿Por qué los planetas no salen disparados y se pierden en el espacio?
Y también podríamos preguntar lo contrario:
Si el Sol los atrae, ¿por qué no terminan cayendo sobre él?
La respuesta se encuentra en una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza:
la gravedad.
No podemos ver la gravedad.
Pero podemos observar lo que hace.
Si dejamos caer una pelota, cae al suelo.
Si saltamos, volvemos a bajar.
La Luna permanece en órbita alrededor de la Tierra.
Y los planetas permanecen ligados gravitacionalmente al Sol.
La gravedad es una interacción entre cuerpos que poseen masa. En una explicación sencilla, cuanto mayor es la masa de un cuerpo, mayor puede ser su atracción gravitacional; además, esa atracción disminuye conforme aumenta la distancia.
Y aquí aparece algo extraordinario.
El Sol es, por mucho, el cuerpo más masivo de nuestro Sistema Solar.

El Sol contiene aproximadamente el 99.8 por ciento de la masa del Sistema Solar.
Eso significa que si pudiéramos reunir todo lo que existe en nuestro Sistema Solar —el Sol, los ocho planetas, sus lunas, asteroides, cometas y otros cuerpos— prácticamente toda la masa estaría concentrada en el Sol.
Por eso su influencia gravitacional es enorme.
Su gravedad participa en mantener ligados al sistema desde los grandes planetas hasta numerosos cuerpos mucho más pequeños.
Pero todavía queda nuestra pregunta:
¿por qué no caen los planetas sobre él?
Hagamos un experimento con la imaginación.
Si usted sostiene una pelota y simplemente la suelta, caerá al suelo.
Ahora láncela hacia adelante.
Mientras cae, también avanzará.
Si pudiera lanzarla muchísimo más rápido y la Tierra no tuviera montañas, edificios ni atmósfera que la frenaran, podría imaginar una situación extraordinaria: mientras la pelota cae, la superficie curva de la Tierra también se aleja debajo de ella.
Con suficiente velocidad, la pelota podría continuar cayendo alrededor de la Tierra.
Eso es, de manera simplificada, una órbita.
Los astronautas y los satélites que orbitan nuestro planeta no están fuera del alcance de la gravedad terrestre.
Al contrario.
La gravedad es precisamente una parte esencial de lo que mantiene su trayectoria orbital.

Algo semejante sucede con nuestro planeta.
El Sol atrae gravitacionalmente a la Tierra.
Pero la Tierra posee también una enorme velocidad lateral.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora.
Si desapareciera la atracción gravitacional del Sol, la Tierra ya no continuaría recorriendo su órbita actual: su movimiento tendería a seguir una trayectoria recta. La gravedad solar curva continuamente ese movimiento.
Por eso podemos expresar la idea de una manera que a los niños suele sorprenderles:
La Tierra está cayendo continuamente hacia el Sol, pero se mueve hacia adelante tan rápidamente que continúa cayendo alrededor de él.
NASA utiliza precisamente la combinación de movimiento hacia adelante y atracción gravitacional para explicar de forma sencilla por qué los planetas no chocan con el Sol.
Imaginemos algo imposible: que pudiéramos detener repentinamente el movimiento orbital de la Tierra.
La situación cambiaría por completo.
Ya no tendríamos ese movimiento lateral que permite nuestra órbita actual, mientras que la atracción gravitacional del Sol continuaría actuando.
La Tierra comenzaría a caer hacia el Sol.
Afortunadamente, eso no está ocurriendo.
Nuestro planeta está en movimiento.
Ahora imaginemos lo contrario.
Supongamos que la influencia gravitacional del Sol desapareciera instantáneamente.
La Tierra ya no seguiría curvándose alrededor de él.
Tendería a continuar su movimiento siguiendo una trayectoria aproximadamente recta en la dirección en que viajaba en ese momento. Esta es la idea de inercia que ayuda a explicar el movimiento orbital.
Así podemos comprender las dos partes:
movimiento + gravedad = órbita.
Es una simplificación, pero permite comprender la idea fundamental.
Los planetas no se encuentran todos a la misma distancia del Sol.
Mercurio está mucho más cerca.
Neptuno está muchísimo más lejos.
Y sus velocidades orbitales tampoco son iguales.
Los planetas cercanos al Sol generalmente se desplazan más rápidamente por sus órbitas que los planetas situados a grandes distancias.
Mercurio completa una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente 88 días terrestres.
La Tierra necesita aproximadamente 365 días.
Neptuno tarda alrededor de 165 años terrestres.
¡Imagine esperar 165 años para celebrar un solo cumpleaños si viviéramos utilizando el año de Neptuno!
Cuando dibujamos el Sistema Solar para un niño, normalmente hacemos círculos alrededor del Sol.
Es útil para aprender.
Pero las órbitas reales de los planetas son elipses.
Una elipse se parece a un círculo que ha sido ligeramente estirado, aunque algunas órbitas planetarias son muy cercanas a un círculo.
Johannes Kepler describió matemáticamente estas órbitas, y posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad podía explicar el movimiento planetario que Kepler había descrito.
Hace siglos, Isaac Newton comprendió algo maravilloso.
La fuerza que hace caer un objeto hacia la Tierra y la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes en sus órbitas podían entenderse mediante la misma ley de gravitación.
No necesitábamos una clase de física para las manzanas y otra completamente diferente para los planetas.
La naturaleza podía describirse mediante leyes que funcionaban tanto aquí como en el cielo.
Newton expresó matemáticamente que la fuerza gravitacional depende de las masas de los cuerpos y disminuye con el cuadrado de la distancia que los separa.
Aquello cambió profundamente nuestra comprensión del universo.
Cuando hacemos dibujos escolares, normalmente colocamos el Sol exactamente en el centro y los planetas girando alrededor.
Es una buena aproximación para comenzar.
Pero la realidad es todavía más interesante.
El Sol y los planetas se atraen mutuamente.
Por eso, técnicamente, los cuerpos orbitan alrededor de un centro común de masa, llamado baricentro. Debido a la enorme masa del Sol comparada con la de los planetas, el movimiento solar es mucho menor, pero existe.
Esto nos recuerda algo importante:
el Sistema Solar no es una fotografía inmóvil. Es un sistema dinámico en movimiento.

Ahora alejémonos imaginariamente del Sistema Solar y contemplemos todo junto.
El Sol.
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Lunas.
Asteroides.
Planetas enanos.
Cometas.
Todos moviéndose.
Algunos recorridos necesitan días.
Otros años.
Otros muchísimo más tiempo.
Pero la gravedad relaciona continuamente a los cuerpos del Sistema Solar.
Es como contemplar un gigantesco baile cósmico en el que cada participante continúa su recorrido.
Hoy podemos describir las órbitas mediante matemáticas.
Podemos calcular dónde estará un planeta en determinado momento.
Podemos enviar una nave espacial y hacer que llegue hasta otro mundo.
Incluso podemos utilizar la gravedad de un planeta para modificar la trayectoria y velocidad de una nave.
Todo esto demuestra cuánto hemos aprendido acerca de las leyes que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes.
La ciencia responde extraordinariamente bien preguntas como:
¿Qué fuerza interviene?
¿Cómo cambia el movimiento?
¿Cómo podemos calcular una órbita?
Y para el creyente aparece además otra pregunta:
¿Qué nos provoca descubrir un universo que podemos estudiar mediante leyes tan precisas?
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Isaías no estaba enseñando la ley de gravitación universal.
No hablaba de velocidad orbital, elipses o baricentros.
Su propósito era diferente.
Invitaba al ser humano a mirar hacia arriba y reconocer la grandeza del Creador.
Hoy podemos aceptar esa invitación llevando incluso un telescopio y una calculadora.
Podemos mirar.
Podemos medir.
Podemos estudiar.
Y podemos maravillarnos.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Desde una perspectiva cristiana, la gravedad no compite con Dios.
Descubrir cómo funciona una órbita no elimina al Creador.
Nos permite comprender un poco mejor el funcionamiento de su creación.
Cuando un niño pregunta por qué la Tierra no cae sobre el Sol, podemos explicarle la gravedad y el movimiento.
Y después podemos enseñarle algo todavía más hermoso:
Dios nos ha dado una mente capaz de observar su creación, hacer preguntas y descubrir algunas de las leyes mediante las cuales funciona.
Ahora mismo usted probablemente siente que está quieto.
Quizá está sentado.
Tal vez está acostado.
Pero la Tierra continúa viajando alrededor del Sol.
No escuchamos ese movimiento.
No vemos pasar kilómetros debajo de nuestros pies.
Sin embargo, nuestro planeta continúa recorriendo silenciosamente su órbita.
La gravedad solar sigue actuando.
La Tierra sigue avanzando.
Y el extraordinario viaje continúa.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que contemplemos el Sol, podemos recordar que no solamente nos proporciona luz y energía.
Su enorme masa produce una influencia gravitacional que desempeña un papel central en mantener unido nuestro vecindario planetario.
Una estrella, ocho planetas y una multitud de cuerpos recorriendo el espacio bajo leyes que podemos estudiar, comprender y admirar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya conocimos al Sol, la enorme estrella que ocupa el centro de nuestro Sistema Solar.
Ahora comenzaremos a alejarnos poco a poco de él.
Y el primer mundo que encontramos es un pequeño planeta gris cubierto de cráteres:
Mercurio.

El planeta mercurio
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el planeta más pequeño de nuestro Sistema Solar. Es solamente un poco más grande que nuestra Luna.
A primera vista puede parecer un mundo sencillo.
Rocas.
Cráteres.
Un cielo oscuro.
Nada de océanos.
Nada de bosques.
Nada de grandes nubes.
Sin embargo, cuando comenzamos a estudiarlo descubrimos un planeta lleno de sorpresas.
Mercurio tiene aproximadamente 4,880 kilómetros de diámetro.
Para compararlo, la Tierra tiene alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Mercurio tiene menos de la mitad del diámetro de nuestro planeta.
Nuestra Luna tiene unos 3,475 kilómetros de diámetro, así que Mercurio es solamente un poco mayor que ella.
Imagine tres pelotas.
Una grande representa la Tierra.
Una bastante más pequeña representa Mercurio.
Y otra ligeramente menor representa nuestra Luna.
Así comenzamos a comprender su tamaño.
Aunque es un planeta, existen incluso lunas del Sistema Solar más grandes que Mercurio; Ganímedes, que gira alrededor de Júpiter, es un ejemplo.

La distancia media entre Mercurio y el Sol es de aproximadamente:
Eso parece muchísimo.
Pero recuerde que la Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Mercurio está, por tanto, muchísimo más cerca de nuestra estrella que nosotros.
Desde Mercurio, la luz del Sol tarda aproximadamente tres minutos en llegar.
En la Tierra esperamos alrededor de ocho minutos y veinte segundos.
Mercurio vive mucho más cerca de aquel enorme horno natural que llamamos Sol.
Y eso produce condiciones extraordinarias.
Imagine estar sobre la superficie de Mercurio durante el día.
El Sol aparecería mucho más intenso que desde la Tierra.
En algunas regiones, la temperatura superficial durante el día puede alcanzar aproximadamente:
430 grados Celsius.
Eso equivale a unos 800 grados Fahrenheit.
Es muchísimo más caliente que un horno doméstico.
Una persona no podría sobrevivir allí.
Pero ahora viene algo sorprendente.
Quizá pensaríamos:
“Si Mercurio está tan cerca del Sol, seguramente siempre es extremadamente caliente”.
Pero no.
Durante la noche, algunas regiones de su superficie pueden descender hasta aproximadamente:
−180 grados Celsius.
¿Cómo puede existir semejante diferencia?
Porque Mercurio no posee una atmósfera gruesa como la Tierra capaz de almacenar y distribuir el calor de manera importante. Posee solamente una envoltura extremadamente tenue de partículas denominada exosfera.
Durante el día la superficie recibe directamente la intensa energía solar.
Durante la noche pierde rápidamente gran parte de ese calor hacia el espacio.
Así encontramos uno de los contrastes más extraordinarios entre los planetas:
calor extremo durante el día y frío extremo durante la noche.
Aquí aparece una sorpresa que puede confundirnos.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol.
Sin embargo, no es el planeta más caliente.
Ese título pertenece a Venus.
¿Por qué?
Porque Venus posee una atmósfera extremadamente densa que retiene muchísimo calor mediante un poderoso efecto invernadero.
Mercurio, en cambio, prácticamente carece de una atmósfera capaz de hacer algo semejante.
Esto nos enseña algo que veremos muchas veces durante nuestro recorrido por el Sistema Solar:
la distancia al Sol no es la única característica que determina las condiciones de un planeta.
La atmósfera también importa.
La composición importa.
La rotación importa.
Una cosa se conecta con otra.

Si pudiéramos caminar sobre Mercurio, probablemente algo nos resultaría familiar.
Su superficie recuerda mucho a la Luna.
Está cubierta de:
cráteres,
acantilados,
y enormes cuencas formadas por impactos.
Mercurio no posee una atmósfera gruesa que pueda destruir muchos de los objetos pequeños que llegan desde el espacio, por lo que su superficie conserva una gran cantidad de cráteres.
Cada uno cuenta una historia.
En algún momento, un objeto viajaba por el espacio.
Se encontró con Mercurio.
Impactó.
Y dejó una cicatriz en la superficie.
Uno de los lugares más impresionantes de Mercurio es la cuenca Caloris.
Tiene aproximadamente:
1,525 kilómetros de diámetro.
Imagine un cráter tan enorme que podría cubrir una región completa de un país.
Alrededor de esta gigantesca cuenca existen montañas producidas por el enorme impacto que la formó.
Caloris nos recuerda que los mundos del Sistema Solar también llevan escrita en su superficie una historia de impactos y cambios.
Además de cráteres, encontramos grandes escarpes.
Son como paredes o acantilados que recorren largas distancias.
Se piensa que muchos de ellos están relacionados con la contracción del interior del planeta.
Imagine una fruta que se seca y cuya superficie comienza a arrugarse.
No es exactamente lo mismo, pero la comparación nos ayuda.
Mercurio se enfrió internamente y su superficie desarrolló enormes estructuras que todavía podemos observar.
Mercurio posee otra característica extraordinaria.
Viaja alrededor del Sol mucho más rápido que la Tierra.
Nuestro planeta necesita aproximadamente 365 días para completar una vuelta alrededor del Sol.
Mercurio solamente necesita alrededor de:
88 días terrestres.
Eso significa que si utilizáramos el año de Mercurio para contar nuestras edades, celebraríamos cumpleaños con enorme frecuencia.
Una persona de diez años terrestres habría vivido más de cuarenta años mercurianos.
Mercurio es el planeta que completa su órbita alrededor del Sol más rápidamente.
Aquí aparece otro contraste.
Mercurio viaja rápidamente alrededor del Sol…
pero gira lentamente sobre sí mismo.
Una rotación completa con respecto a las estrellas tarda aproximadamente 59 días terrestres.
Y debido a la relación especial entre esa rotación y su movimiento alrededor del Sol, un ciclo completo desde un mediodía hasta el siguiente —un día solar— dura aproximadamente 176 días terrestres.
Piense en eso.
En la Tierra:
un día dura aproximadamente 24 horas.
En Mercurio:
un día solar dura aproximadamente 176 días terrestres.
El Sol permanecería durante muchísimo tiempo sobre el horizonte.
Después llegaría una noche igualmente prolongada.
Eso ayuda a comprender por qué la superficie puede calentarse y enfriarse de manera tan extrema.

La Tierra posee una Luna.
Marte tiene dos pequeñas lunas.
Júpiter y Saturno poseen muchas.
Pero Mercurio:
no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee anillos.
Es simplemente un pequeño mundo rocoso viajando muy cerca del Sol.
Aquí encontramos algo que sorprendió a los científicos.
A pesar de su pequeño tamaño, Mercurio posee un campo magnético global.
Eso indica que su interior todavía guarda secretos importantes.
Mercurio posee un núcleo metálico extraordinariamente grande en relación con el tamaño total del planeta, y el estudio de su campo magnético ha ayudado a los científicos a comprender mejor su interior. La misión MESSENGER produjo importantes mediciones de este campo y de la composición del planeta.
Esta puede ser una de las mayores sorpresas.
Mercurio está muy cerca del Sol.
Su superficie puede alcanzar temperaturas de cientos de grados.
Y sin embargo…
existe hielo de agua en Mercurio.
¿Cómo es posible?
Cerca de sus polos existen cráteres tan profundos que algunas regiones de su interior nunca reciben directamente la luz del Sol.
Allí las temperaturas permanecen extremadamente bajas.
La misión MESSENGER confirmó que depósitos presentes en las regiones polares están compuestos principalmente por hielo de agua.
En algunos cráteres polares las temperaturas pueden permanecer por debajo de aproximadamente −173 grados Celsius.
Así que un mismo planeta puede poseer regiones abrasadoras…
y lugares suficientemente fríos como para conservar hielo.
Cuando la nave MESSENGER fotografió detalladamente la superficie, encontró miles de extrañas depresiones brillantes conocidas como hollows, o huecos.
Algunos alcanzan aproximadamente 1.6 kilómetros de ancho y decenas de metros de profundidad.
Parecen formarse cuando determinados materiales de la superficie se pierden o volatilizan.
Todavía son objeto de investigación.
Esto nos recuerda algo importante:
aunque hemos enviado naves hasta Mercurio…
todavía no lo sabemos todo.
Mercurio es difícil de estudiar desde la Tierra porque siempre aparece relativamente cerca del Sol en nuestro cielo.
Por eso las naves espaciales han sido fundamentales.
La primera en visitar Mercurio fue Mariner 10, lanzada por NASA en 1973.
Muchos años después llegó MESSENGER.
Esta nave se convirtió en la primera en orbitar Mercurio y permaneció estudiándolo durante más de cuatro años. Investigó su superficie, composición, historia geológica, campo magnético y depósitos de hielo polar.
Cada fotografía permitió conocer un mundo que durante miles de años solamente aparecía como un pequeño punto luminoso en el cielo.
Ahora reunamos lo aprendido.
Mercurio es:
el planeta más cercano al Sol,
el planeta más pequeño,
un mundo cubierto de cráteres,
un lugar donde el día puede superar los 400 °C,
un mundo donde la noche puede descender por debajo de −170 °C,
un planeta sin lunas,
un cuerpo que completa su año en solamente 88 días,
y, sorprendentemente, un lugar donde existe hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados.
Aquello que parecía simplemente una pequeña esfera gris resulta ser un mundo extraordinario.
¿Por qué es importante estudiar Mercurio?
Porque comenzamos a descubrir que los planetas no son copias unos de otros.
Cada mundo posee características distintas.
Tamaño.
Distancia al Sol.
Atmósfera.
Temperatura.
Rotación.
Superficie.
Composición.
Mercurio nos enseña desde el comienzo de nuestro recorrido que cambiar unas pocas características puede producir un mundo completamente diferente.
Y pronto veremos esto todavía con mayor claridad cuando lleguemos a Venus.
El salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante miles de años las personas podían ver Mercurio en el cielo, aunque no podían conocer sus cráteres, temperaturas o depósitos de hielo.
Hoy podemos observarlo mediante telescopios.
Podemos enviar naves.
Podemos medir.
Podemos fotografiar.
Podemos descubrir.
Y desde una perspectiva cristiana, ese conocimiento puede convertirse en una invitación a maravillarnos ante la inmensidad y diversidad de la creación.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Mercurio es solamente el primero de los planetas que visitaremos.
Ya encontramos un pequeño mundo que corre alrededor del Sol, soporta temperaturas extremas, posee una superficie cubierta de cicatrices y conserva hielo escondido en lugares donde nunca llega directamente la luz.
Y todavía nos quedan siete planetas.
Nuestro recorrido apenas comienza.
Desde la perspectiva bíblica, cada nuevo descubrimiento puede recordarnos que la creación es muchísimo más grande y diversa de lo que alcanzamos a contemplar desde nuestra pequeña región de la Tierra.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que vea el cielo cerca del amanecer o del atardecer y sepa que Mercurio se encuentra allí, recuerde:
Ese pequeño punto luminoso es en realidad un mundo de casi cinco mil kilómetros de diámetro, cubierto de cráteres, sometido a temperaturas extremas y viajando alrededor del Sol en solamente 88 días.
El primer pequeño mundo de nuestro viaje por el extraordinario Sistema Solar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Cuando observamos Venus desde la Tierra, puede parecer uno de los objetos más hermosos del cielo.
Brilla intensamente.
A veces aparece poco después de la puesta del Sol.
Otras veces podemos verlo antes del amanecer.
Durante siglos, muchas personas lo han llamado “lucero de la mañana” o “lucero de la tarde”.
Pero detrás de aquel hermoso brillo se esconde uno de los lugares más extremos de todo nuestro Sistema Solar.
Venus está cubierto por una enorme capa de nubes.
Debajo de ellas existe un mundo rocoso, caliente y sometido a una presión extraordinaria.
Es un planeta que nos enseña algo muy importante:
dos mundos pueden tener tamaños parecidos y, sin embargo, poseer condiciones completamente diferentes.

Venus es el segundo planeta desde el Sol.
Mercurio está primero.
Después viene Venus.
Y luego encontramos la Tierra.
La distancia media entre Venus y el Sol es de aproximadamente 108 millones de kilómetros.
La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros.
Eso significa que Venus recibe más energía solar que nuestro planeta.
Pero esa no es la única razón por la que Venus es tan caliente.
La verdadera sorpresa se encuentra en su atmósfera.

Venus tiene aproximadamente 12,104 kilómetros de diámetro.
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Son tamaños bastante parecidos.
Por eso Venus ha sido llamado muchas veces el “gemelo” de la Tierra.
Ambos son planetas rocosos.
Ambos tienen tamaños semejantes.
Ambos poseen una superficie sólida.
Pero cuando observamos sus condiciones…
las semejanzas comienzan a desaparecer.

Desde el espacio no podemos ver directamente la superficie de Venus con nuestros ojos.
¿Por qué?
Porque el planeta está completamente cubierto por una atmósfera muy espesa y por nubes permanentes.
Estas nubes contienen principalmente pequeñas gotas de ácido sulfúrico.
Debajo de ellas existe una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono.
Imagine una enorme manta gaseosa rodeando completamente un planeta.
Eso es aproximadamente lo que ocurre en Venus.
Pero esta “manta” tiene consecuencias enormes.
Aquí aparece una de las mayores sorpresas.
Mercurio está más cerca del Sol.
Sin embargo, Venus es más caliente que Mercurio.
Su temperatura media superficial es de aproximadamente:
464 °C.
Eso equivale a unos 867 °F.
Es suficientemente caliente como para derretir algunos metales.
Y lo sorprendente es que esa temperatura extrema no ocurre solamente durante el día.
Gran parte de la superficie permanece extraordinariamente caliente tanto de día como de noche.
La respuesta principal se encuentra en su atmósfera.
El dióxido de carbono puede absorber y volver a emitir parte de la radiación infrarroja que intenta escapar desde la superficie.
En Venus este efecto es extraordinariamente intenso.
La energía solar entra.
La superficie se calienta.
El planeta emite energía nuevamente.
Pero la atmósfera extremadamente densa dificulta que esa energía escape con facilidad.
El resultado es un efecto invernadero extremo que mantiene la superficie a temperaturas extraordinariamente elevadas.
Así comprendemos algo importante:
no basta con conocer la distancia de un planeta al Sol.
También debemos conocer su atmósfera.
Venus no solamente es caliente.
Su presión atmosférica en la superficie es aproximadamente 92 veces mayor que la presión que sentimos al nivel del mar en la Tierra.
¿Cómo podemos imaginar algo semejante?
NASA compara esa presión con la que experimentaríamos aproximadamente 900 metros bajo el océano terrestre.
Piense en toda esa agua presionando desde arriba.
Ahora imagine experimentar una presión semejante…
sin estar debajo del agua.
Eso ocurre en la superficie de Venus.
Respire profundamente.
El aire que acaba de respirar contiene principalmente nitrógeno y oxígeno.
Venus es completamente diferente.
Su atmósfera está formada en gran parte por dióxido de carbono y contiene solamente cantidades muy pequeñas de otros gases.
No podríamos respirar allí.
Y aunque lleváramos oxígeno, tendríamos todavía otros problemas:
la temperatura,
la presión,
y las condiciones químicas de su atmósfera.
Venus es un magnífico ejemplo de lo importante que resulta una atmósfera para determinar las condiciones de un planeta.
Durante mucho tiempo, los seres humanos no podían saber con claridad cómo era la superficie.
Las nubes impedían observarla directamente.
Pero el radar puede atravesar esas nubes mucho mejor que la luz visible.
Gracias a observaciones desde naves espaciales, hoy sabemos que Venus posee:
grandes llanuras,
regiones elevadas,
cráteres,
y numerosos volcanes y estructuras volcánicas.
Es un mundo rocoso.
Pero su paisaje ha sido profundamente influido por la actividad geológica.

Venus posee una enorme cantidad de estructuras volcánicas.
Algunas regiones parecen estar cubiertas por extensas llanuras formadas por antiguos flujos de lava.
Los científicos continúan estudiando si existe actividad volcánica actualmente.
Radar e imágenes de distintas misiones han permitido identificar numerosas características que sugieren que Venus ha sido geológicamente muy activo.
Así que debajo de aquellas nubes doradas no encontramos un planeta tranquilo.
Encontramos un mundo transformado por enormes fuerzas internas.
Aquí aparece otra rareza.
Venus gira muy lentamente.
Necesita aproximadamente 243 días terrestres para completar una rotación sobre su eje.
Pero tarda aproximadamente 225 días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Eso significa que:
un día de rotación de Venus dura más que su año.
Parece extraño.
Pero hay todavía otra sorpresa.
La mayoría de los planetas giran sobre su eje en una dirección determinada.
Venus gira en sentido contrario a la mayoría de ellos.
Si pudiéramos permanecer sobre su superficie y ver el Sol a través de las nubes, el movimiento aparente del Sol sería diferente del que observamos en la Tierra.
Es otra característica que hace de Venus un mundo muy peculiar.
La Tierra tiene una Luna.
Marte tiene dos.
Los planetas gigantes poseen muchas.
Venus, en cambio, no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee un sistema de anillos.
Viaja alrededor del Sol acompañado únicamente por los demás cuerpos del Sistema Solar.
Enviar una nave a Venus es relativamente sencillo comparado con hacer que sobreviva sobre su superficie.
Allí encontramos:
temperaturas de alrededor de 464 °C
y
presiones cercanas a 92 veces las de la Tierra.
Los equipos electrónicos no soportan esas condiciones durante mucho tiempo.
A pesar de ello, distintas misiones consiguieron llegar.
La antigua Unión Soviética desarrolló el programa Venera.
Varias de aquellas sondas lograron atravesar la atmósfera y algunas consiguieron funcionar brevemente sobre la superficie.
NASA señala que diez sondas del programa Venera alcanzaron la superficie, aunque las condiciones extremas limitaron enormemente su duración.
Imagínelo.
Una máquina construida en la Tierra viajó millones de kilómetros…
descendió a través de las nubes de otro planeta…
y finalmente se posó sobre un terreno donde la temperatura podía destruirla rápidamente.
Incluso logramos obtener fotografías desde allí.
Las imágenes enviadas por las sondas Venera muestran un paisaje rocoso bajo una iluminación amarillenta.
Ningún ser humano ha caminado allí.
Solamente nuestras máquinas han conseguido contemplar ese mundo desde la superficie.
Esto nos recuerda lo extraordinario de la exploración espacial.
Nuestros ojos no pueden llegar físicamente hasta Venus.
Pero podemos construir instrumentos que viajan en nuestro lugar.
Una razón muy importante es que Venus y la Tierra tienen tamaños similares.
Sin embargo, sus condiciones actuales son radicalmente diferentes.
Estudiar Venus ayuda a los científicos a comprender mejor cómo la atmósfera, la geología y la energía solar interactúan para producir condiciones planetarias distintas.
Esto convierte a Venus en una especie de laboratorio natural.
Tenemos dos planetas rocosos de tamaño parecido…
pero uno posee océanos de agua líquida, temperaturas moderadas y una atmósfera que permite nuestra existencia.
El otro posee calor extremo, presión aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono.
Aquí aparece nuevamente una idea que hemos encontrado muchas veces.
Un planeta no depende solamente de una característica.
Importa su distancia al Sol.
Importa su atmósfera.
Importa su masa.
Importa su rotación.
Importa su composición.
Importa su historia geológica.
Cuando varias de estas características cambian, el resultado puede ser un mundo completamente diferente.
Venus es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.
Piense en dos casas construidas con dimensiones semejantes.
Desde lejos pueden parecer casi iguales.
Pero imagine que una posee:
aire respirable,
agua,
temperatura agradable,
y condiciones para vivir.
Mientras la otra está llena de gases irrespirables, sometida a enorme presión y calentada hasta cientos de grados.
La forma exterior no basta para determinar si una casa es habitable.
Algo semejante ocurre con los planetas.
Ser parecido en tamaño a la Tierra no significa ser parecido a la Tierra en las condiciones que permiten nuestra vida.
Después de visitar Mercurio vimos un mundo sin una atmósfera importante, con diferencias extremas de temperatura.
Ahora llegamos a Venus y encontramos prácticamente el extremo contrario:
una atmósfera enorme.
Una presión extraordinaria.
Y un planeta todavía más caliente.
Entonces miramos nuevamente la Tierra.
Tenemos una atmósfera.
Pero no como la de Venus.
Tenemos un efecto invernadero natural.
Pero no con la intensidad venusina.
Tenemos agua líquida.
Podemos respirar.
Vivimos bajo una presión compatible con nuestro organismo.
Poco a poco comenzamos a descubrir que nuestro planeta posee una combinación muy particular de condiciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Este versículo no pretende describir Venus.
Tampoco explica dióxido de carbono, presión atmosférica o efectos invernadero.
Pero contiene una idea especialmente significativa para esta serie:
la Tierra fue preparada para ser habitada.
Cuando comparamos nuestro planeta con Venus, esas palabras adquieren una profundidad especial.
La ciencia nos permite conocer Venus.
Podemos medir su atmósfera.
Calcular su temperatura.
Estudiar sus volcanes.
Medir su presión.
Observarlo mediante radar.
Enviar naves hacia él.
Y cada descubrimiento nos ayuda a comprender mejor cómo funcionan los planetas.
Desde una perspectiva cristiana, también puede ayudarnos a apreciar de una manera nueva la extraordinaria provisión que encontramos en nuestro propio hogar.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Venus forma parte de esos cielos que contemplamos.
Desde aquí parece solamente un punto extraordinariamente brillante.
Pero ahora sabemos lo que existe detrás de aquella luz.
Un planeta casi del tamaño de la Tierra.
Cubierto completamente por nubes.
Con una atmósfera aplastante.
Una superficie volcánica.
Y temperaturas suficientemente elevadas para hacer imposible nuestra vida.
Aquella pequeña luz del cielo acaba de convertirse en un mundo.
Ya hemos visitado dos planetas.
Mercurio nos mostró lo que ocurre en un pequeño mundo casi sin atmósfera y muy cercano al Sol.
Venus nos muestra algo completamente diferente:
un planeta donde una atmósfera extremadamente densa ha transformado profundamente las condiciones de la superficie.
Y ahora llegamos al tercer planeta.
Una pequeña esfera azul.
Con océanos.
Nubes.
Vida.
Nuestro hogar.
La Tierra.
Y después de haber conocido Mercurio y Venus, quizá podamos mirarla con ojos diferentes.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Venus nos recuerda que no todos los planetas rocosos son iguales.
Y cuanto más conocemos a nuestros vecinos…
más extraordinario comienza a parecernos el mundo que Dios nos ha permitido habitar.
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Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar ya nos ha llevado a dos mundos extraordinarios.
Mercurio nos mostró un pequeño planeta casi sin atmósfera, cubierto de cráteres y sometido a enormes cambios de temperatura.
Después visitamos Venus.
Allí encontramos casi lo contrario: una atmósfera extremadamente densa, una presión enorme y temperaturas suficientemente altas para hacer imposible nuestra vida.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Y llegamos al tercer planeta:

Esta vez no estamos observando un mundo extraño desde una nave espacial.
Estamos contemplando nuestro hogar.
Y después de haber conocido un poco a Mercurio y Venus, algunas cosas que siempre nos parecieron normales comienzan a resultar extraordinarias.
La Tierra tiene aproximadamente:
12,742 kilómetros de diámetro.
No es el planeta más grande del Sistema Solar.
Júpiter es muchísimo mayor.
Tampoco es el más pequeño.
Mercurio es considerablemente menor.
La Tierra ocupa una posición intermedia entre los mundos rocosos.
Pero cuando observamos nuestro planeta desde el espacio existe algo que inmediatamente llama la atención:
es azul.
Eso ocurre porque alrededor del 71 % de su superficie está cubierta por agua.
Océanos inmensos.
Mares.
Lagos.
Ríos.
Hielo.
El agua forma parte de prácticamente todos los ambientes de nuestro planeta.

La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente:
Mercurio está mucho más cerca.
Venus también está más cerca.
Marte, nuestro siguiente vecino, se encuentra más lejos.
Esta distancia tiene consecuencias muy importantes porque determina parte de la cantidad de energía solar que recibe nuestro planeta.
Si estuviéramos considerablemente más cerca del Sol, recibiríamos más energía.
Si estuviéramos considerablemente más lejos, recibiríamos menos.
Pero la distancia no trabaja sola.
Aquí aparece nuevamente una idea que veremos muchas veces:
un planeta funciona como un sistema.
Respire profundamente.
Acaba de utilizar una de las características más importantes de nuestro planeta.
La Tierra posee una atmósfera compuesta principalmente por nitrógeno y oxígeno.
El nitrógeno representa aproximadamente el 78 %.
El oxígeno constituye alrededor del 21 %.
También existen pequeñas cantidades de otros gases.
Esta atmósfera permite algo que para nosotros resulta tan normal que casi nunca pensamos en ello:
respirar.
Pero hace mucho más.
Participa en la regulación de la temperatura.
Transporta vapor de agua.
Permite la formación de nubes.
Produce vientos.
Participa en el clima.
Y ayuda a proteger la superficie frente a determinadas formas de radiación procedentes del Sol y del espacio.
Aquí podemos hacer una comparación interesante.
Mercurio posee solamente una envoltura extremadamente tenue.
Venus posee una atmósfera enormemente densa.
La Tierra tiene una atmósfera muy diferente de ambas.
En Mercurio, el calor puede escapar rápidamente durante la larga noche.
En Venus, una atmósfera dominada por dióxido de carbono produce un efecto invernadero extremo.
En la Tierra existe un efecto invernadero natural que ayuda a mantener temperaturas compatibles con el agua líquida y con la vida que conocemos.
Esto nos permite comprender algo muy sencillo:
tener atmósfera no es suficiente.
También importa qué atmósfera tiene un planeta.

Hasta ahora, quizá la característica más evidente de nuestro hogar sea el agua.
La Tierra posee océanos líquidos sobre su superficie.
Esto requiere condiciones adecuadas de temperatura y presión.
Demasiado frío y el agua se congela.
Demasiado calor y aumenta considerablemente su evaporación.
Pero en nuestro planeta encontramos agua en sus tres estados:
sólido, líquido y gaseoso.
Hielo en las montañas y regiones polares.
Agua líquida en océanos, lagos y ríos.
Y vapor de agua en la atmósfera.
Además, el agua está circulando continuamente.
Se evapora.
Forma nubes.
Cae como lluvia o nieve.
Alimenta ríos.
Regresa al océano.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
La Tierra completa aproximadamente una rotación cada 24 horas.
Ese movimiento produce la sucesión que conocemos desde que nacimos:
día y noche.
Una parte del planeta queda iluminada por el Sol.
Después la rotación la lleva hacia la oscuridad.
Durante el día la superficie recibe energía.
Durante la noche comienza a perder parte de ella.
Nuestros cuerpos responden también a este ritmo.
Dormimos.
Despertamos.
Trabajamos.
Descansamos.
Muchos animales y plantas también organizan sus actividades alrededor del ciclo de luz y oscuridad.

El eje terrestre, la maravilla que permite las estaciones del año
Nuestro planeta tampoco gira completamente derecho.
Su eje está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Mientras la Tierra viaja alrededor del Sol, esa inclinación modifica la manera en que diferentes regiones reciben la luz solar.
Así aparecen nuestras estaciones:
primavera, verano, otoño e invierno.
No se producen principalmente porque durante el verano estemos mucho más cerca del Sol.
La inclinación del eje es la razón principal.
Una característica aparentemente pequeña termina influyendo en el clima, la agricultura, la duración de los días y numerosos ciclos naturales.
La Tierra posee una compañera:
la Luna.
Está, en promedio, aproximadamente a 384,400 kilómetros de nosotros.
Su gravedad participa en las mareas de nuestros océanos.
Además, la Luna contribuye a limitar grandes variaciones de la inclinación del eje terrestre durante largos períodos.
Otra vez encontramos una conexión.
La Luna influye en el eje.
El eje influye en las estaciones.
Las estaciones modifican la cantidad de energía solar que reciben distintas regiones.
Y esa energía participa en el clima.
Una cosa se relaciona con otra.
La Tierra posee suficiente masa para producir una importante atracción gravitacional.
Gracias a ella permanecemos sobre la superficie.
Los océanos permanecen ligados al planeta.
La atmósfera también permanece gravitacionalmente unida a la Tierra.
La lluvia cae.
Los ríos descienden.
Nuestros músculos y huesos funcionan permanentemente bajo esta gravedad.
Aquella fuerza invisible participa continuamente en nuestra vida.
La Tierra tiene también un campo magnético global.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una enorme región invisible alrededor de nuestro planeta.
Este campo interactúa con las partículas cargadas procedentes del Sol y ayuda a desviar muchas de ellas.
Cuando algunas partículas solares interactúan con la atmósfera cerca de las regiones polares, podemos contemplar las extraordinarias:
Luces verdes, rojas y violetas moviéndose sobre el cielo nocturno.
Un hermoso espectáculo producido por la interacción entre nuestro planeta y su estrella.
La Tierra no es un océano completo.
Aproximadamente el 29 % de su superficie corresponde a tierra firme.
Allí encontramos:
montañas,
praderas,
ríos,
lagos,
suelos fértiles,
y una enorme diversidad de ambientes.
Los continentes modifican los vientos.
Las montañas influyen en la lluvia.
Los ríos transportan agua.
Los suelos permiten el crecimiento de plantas.
Y las plantas sostienen innumerables formas de vida.
Aquí encontramos la característica que resulta más importante para nosotros.
Mire alrededor.
Aves.
Insectos.
Animales.
Personas.
En los océanos existe vida.
En los bosques existe vida.
En los desiertos existe vida.
En las montañas existe vida.
Incluso encontramos organismos viviendo en ambientes que para nosotros resultarían extremos.
La Tierra posee una extraordinaria diversidad de seres vivos ocupando prácticamente todos los ambientes donde las condiciones lo permiten.
Sería demasiado sencillo decir:
“La Tierra tiene vida porque tiene agua.”
El agua es indispensable.
Pero necesita determinadas temperaturas.
Las temperaturas dependen, entre otras cosas, de la energía solar y de la atmósfera.
La atmósfera está relacionada con la gravedad del planeta.
La rotación participa en la distribución del calor.
La inclinación produce estaciones.
La Luna influye sobre las mareas y sobre la estabilidad del eje.
El campo magnético interactúa con el viento solar.
Los océanos almacenan y transportan calor.
Los continentes participan en el clima y en el ciclo del agua.
De pronto comprendemos algo:
la Tierra no depende de una sola característica favorable.
Depende de muchas condiciones funcionando simultáneamente.
Ahora coloquemos mentalmente juntos los tres primeros planetas.
Pequeño.
Casi sin atmósfera.
Temperaturas extremadamente variables.
Una superficie llena de cráteres.
Casi del tamaño de la Tierra.
Atmósfera extremadamente densa.
Presión enorme.
Temperaturas de alrededor de 464 °C.

Océanos líquidos.
Atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno.
Temperaturas compatibles con los organismos que conocemos.
Un ciclo continuo del agua.
Continentes.
Luna.
Campo magnético.
Y una enorme diversidad de vida.
Tres mundos rocosos.
Relativamente próximos entre sí.
Y sin embargo…
completamente diferentes.
Podríamos pasar muchos artículos hablando solamente de la Tierra.
De hecho, hemos dedicado una serie completa a estudiar sus montañas, océanos, atmósfera, agua, gravedad, rotación, inclinación, Luna y otras características.
Por eso aquí no repetiremos todo aquel recorrido.
Nuestro propósito es simplemente mirar a la Tierra desde fuera, como uno de los planetas del Sistema Solar.
Y compararla con sus vecinos.
Cuando hacemos eso, nuestro hogar comienza a parecer todavía más extraordinario.
El profeta Isaías escribió unas palabras especialmente apropiadas cuando contemplamos nuestro planeta:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Isaías no estaba describiendo la composición de nuestra atmósfera.
No estaba calculando 150 millones de kilómetros hasta el Sol.
No hablaba de campos magnéticos ni de inclinación axial.
Su propósito era otro.
Pero para el creyente resulta hermoso leer:
“para que fuese habitada la creó”.
Hoy podemos estudiar científicamente numerosas características que participan precisamente en hacer habitable nuestro planeta.
Tenemos satélites que observan la Tierra.
Medimos las temperaturas.
Estudiamos los océanos.
Observamos las nubes.
Seguimos huracanes.
Medimos el campo magnético.
Estudiamos la atmósfera.
Conocemos la composición de las rocas.
Podemos mirar nuestro planeta desde el espacio.
Y existe algo especialmente emocionante en aquellas fotografías.
Allí está toda nuestra historia humana.
Cada ciudad.
Cada hogar.
Cada montaña que hemos escalado.
Cada océano que hemos cruzado.
Cada persona que conocemos.
Todo sobre una pequeña esfera azul flotando en la inmensidad.
El salmista escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David contemplaba el cielo desde la Tierra.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de hacer algo que él jamás pudo hacer:
mirar la Tierra desde el cielo.
Y aquella imagen ha permitido a generaciones enteras contemplar nuestro hogar de una manera nueva.
Una esfera azul.
Cubierta por una atmósfera finísima.
Rodeada por la oscuridad del espacio.
Llena de vida.
Hasta ahora hemos visitado:
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Ahora continuaremos alejándonos del Sol.
Dejaremos atrás nuestro hogar.
Cruzaremos el espacio entre las órbitas.
Y llegaremos a otro pequeño mundo rocoso.
Un planeta cubierto de polvo rojizo.
Con enormes volcanes.
Gigantescos cañones.
Casquetes polares.
Y robots construidos en la Tierra recorriendo su superficie.
Nuestro siguiente destino será:
Pero antes de marcharnos, mire nuevamente nuestro planeta.
Océanos.
Continentes.
Nubes.
Atmósfera.
Agua.
Vida.
Y recuerde las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría;
La tierra está llena de tus beneficios.”
Salmo 104:24
Después de conocer a nuestros primeros vecinos planetarios, quizá podamos comprender un poco mejor algo que normalmente damos por sentado:
vivimos en un hogar verdaderamente extraordinario.
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Escucha música con propósito
Ya hemos visitado Mercurio, Venus y nuestro propio planeta, la Tierra.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Después de cruzar millones de kilómetros de espacio llegamos al cuarto planeta del Sistema Solar.
Desde la Tierra puede verse como un pequeño punto rojizo en el cielo nocturno.
Por eso, desde tiempos antiguos, llamó poderosamente la atención de quienes contemplaban las estrellas.
Su nombre es:
Marte.

El planeta Marte
Hoy sabemos que aquel pequeño punto rojo es en realidad un mundo completo, con enormes montañas, volcanes gigantescos, profundos cañones, extensas llanuras, tormentas de polvo y casquetes de hielo en sus polos.
Y, además, es el único planeta cuya superficie hemos recorrido directamente con vehículos robóticos.
Marte es conocido como:
“el planeta rojo”.
Pero ¿por qué tiene ese color?
La respuesta está principalmente en los minerales de hierro presentes en sus rocas y suelo.
Esos minerales reaccionaron con oxígeno y formaron óxidos de hierro.
Es algo parecido a lo que ocurre cuando un objeto de hierro en la Tierra desarrolla herrumbre.
El polvo rico en óxidos de hierro cubre grandes regiones de Marte y le proporciona su característico color rojizo.
Incluso desde millones de kilómetros de distancia podemos distinguirlo.
El diámetro de Marte es de aproximadamente:
6,779 kilómetros.
El de la Tierra es de aproximadamente:
12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro de Marte es un poco más de la mitad del terrestre.
También posee mucha menos masa que nuestro planeta.
Como consecuencia, su gravedad superficial es solamente alrededor del 38 % de la gravedad terrestre.
Imagine que en la Tierra una persona pesa 50 kilogramos.
Su masa seguiría siendo la misma en Marte, pero si utilizáramos coloquialmente una báscula calibrada como las terrestres, marcaría un peso equivalente a aproximadamente 19 kilogramos.
Allí sería mucho más fácil dar grandes saltos.
Aquí encontramos algo curioso.
Aunque Marte es muy diferente de la Tierra, la duración de su día es bastante parecida.
Un día marciano dura aproximadamente:
24 horas y 39 minutos.
Los científicos suelen llamar sol a un día marciano.
Así que cuando una misión lleva, por ejemplo, cien soles trabajando sobre Marte, significa que ha permanecido aproximadamente cien días marcianos sobre el planeta.
Marte está más lejos del Sol que la Tierra.
Su distancia media es de aproximadamente:
228 millones de kilómetros.
Por eso necesita recorrer una órbita mucho mayor.
Mientras la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol en unos 365 días, Marte necesita aproximadamente:
687 días terrestres.
Un año marciano dura casi dos años terrestres.
Si celebráramos nuestros cumpleaños utilizando años marcianos, tendríamos que esperar mucho más entre uno y otro.
Marte posee un eje inclinado aproximadamente 25 grados, bastante parecido a la inclinación de la Tierra.
Como consecuencia, también experimenta estaciones.
Tiene primavera.
Verano.
Otoño.
Invierno.
Sin embargo, como su año es mucho más largo que el nuestro, sus estaciones también duran más.
Aquí encontramos una hermosa oportunidad para comparar dos planetas.
La Tierra y Marte poseen inclinaciones semejantes.
Ambos tienen estaciones.
Ambos tienen casquetes polares.
Y sus días tienen duraciones relativamente parecidas.
Pero sus condiciones superficiales son profundamente diferentes.
Marte posee atmósfera.
Pero es muchísimo más tenue que la terrestre.
Está compuesta principalmente por dióxido de carbono, con pequeñas cantidades de nitrógeno, argón y otros gases.
La presión atmosférica sobre su superficie es, en promedio, menos del uno por ciento de la presión que experimentamos al nivel del mar en la Tierra.
Por eso una persona no podría simplemente salir de una nave y comenzar a caminar por Marte.
Necesitaría protección y un suministro de oxígeno.
No existe aire respirable para nosotros.
Cuando vemos fotografías de Marte, algunas regiones pueden parecernos desiertos terrestres.
Pero no debemos dejarnos engañar.
Marte es frío.
Su temperatura media superficial es aproximadamente de:
−63 °C.
Las temperaturas cambian mucho dependiendo del lugar, la hora y la estación.
En determinadas condiciones cerca del ecuador durante el día pueden subir considerablemente, mientras que durante noches frías y en regiones polares pueden descender muy por debajo de −100 °C.
Un paisaje que parece un desierto cálido puede ser, en realidad, extraordinariamente frío.
Ahora llegamos a una de las maravillas de Marte.
Sobre su superficie se encuentra:

El volcán olimpo
El Monte Olimpo es el volcán más grande conocido del Sistema Solar.
Se eleva aproximadamente 22 kilómetros sobre el nivel de referencia marciano, dependiendo de cómo se realice la medición.
El monte Everest alcanza unos 8.8 kilómetros sobre el nivel del mar.
Olympus Mons es, por tanto, muchísimo más alto.
Pero su tamaño resulta todavía más difícil de imaginar cuando consideramos su anchura.
Su enorme estructura volcánica se extiende por cientos de kilómetros.
Si pudiéramos colocarnos cerca de él, probablemente no lo veríamos como una montaña puntiaguda completa porque sería demasiado grande para abarcarla desde nuestra posición.
Parecería más bien que el terreno se eleva lentamente hasta perderse en el horizonte.
En la Tierra, las grandes placas de la corteza se mueven.
Por eso un punto donde asciende magma puede ir formando diferentes volcanes conforme la placa se desplaza.
Marte no posee actualmente una tectónica de placas global como la terrestre.
Esto permitió que enormes cantidades de material volcánico se acumularan repetidamente en determinadas regiones.
El resultado fueron volcanes gigantescos.
Olympus Mons es el ejemplo más espectacular.
Si sus volcanes son enormes, sus cañones tampoco se quedan atrás.
Marte posee un gigantesco sistema de cañones llamado:

El valle Marineris
Se extiende aproximadamente 4,000 kilómetros.
En algunos lugares alcanza alrededor de 200 kilómetros de anchura y profundidades de varios kilómetros.
Es tan enorme que, si pudiéramos trasladarlo a la Tierra, atravesaría una parte considerable de un continente.
Nuestro famoso Gran Cañón de Arizona es impresionante.
Pero Valles Marineris pertenece a otra escala.
No principalmente.
Aunque existen evidencias de que el agua modificó distintas regiones de Marte, Valles Marineris parece haber comenzado principalmente mediante enormes fracturas y hundimientos de la corteza marciana, relacionados con la gigantesca región volcánica de Tharsis.
Posteriormente, deslizamientos de tierra, erosión y otros procesos modificaron sus paredes y su interior.
Es un buen ejemplo de por qué debemos estudiar cuidadosamente un paisaje antes de decidir cómo se formó.
Algo puede parecer un enorme cañón fluvial…
sin haberse formado de la misma manera que un cañón terrestre.
Si observamos Marte con suficiente detalle podemos distinguir regiones claras cerca de sus polos.
Son sus casquetes polares.
Contienen principalmente hielo de agua permanente, acompañado por dióxido de carbono congelado que aumenta y disminuye según las estaciones.
Durante el invierno marciano, parte del dióxido de carbono de la atmósfera puede congelarse sobre las regiones polares.
Cuando llega una estación más cálida, una parte vuelve a convertirse directamente en gas.
Los polos de Marte cambian con las estaciones.
Hoy sabemos que Marte posee hielo de agua.
Existe en sus regiones polares y también bajo partes de su superficie.
Además, numerosas estructuras del terreno muestran que en algún momento el agua líquida modificó regiones del planeta.
Se han identificado antiguos canales, deltas y minerales que normalmente se forman en presencia de agua.
Esto no significa que Marte esté actualmente cubierto por ríos y lagos.
No lo está.
Pero significa que el agua forma parte importante de la historia geológica del planeta.
Marte posee otro fenómeno espectacular:
las tormentas de polvo.
El polvo marciano es extremadamente fino.
Los vientos pueden levantarlo y transportarlo por grandes distancias.
Algunas tormentas son pequeñas y regionales.
Pero en determinadas ocasiones pueden crecer hasta afectar prácticamente todo el planeta.
Imagine contemplar desde el espacio cómo un mundo entero comienza a quedar oculto detrás de una gigantesca nube de polvo.
Eso puede ocurrir en Marte.
En la Tierra estamos acostumbrados a un cielo azul.
En Marte, el abundante polvo suspendido en la atmósfera produce normalmente un cielo de tonos rojizos o amarillentos durante el día.
Pero cerca del amanecer y del atardecer puede suceder algo sorprendente.
Alrededor del Sol pueden aparecer tonalidades azuladas.
Es casi lo contrario de lo que solemos observar en la Tierra, donde nuestro cielo es azul y los atardeceres frecuentemente adquieren tonos rojizos.
Marte no viaja completamente solo.
Tiene dos pequeñas lunas:
Fobos y Deimos.
Sus nombres significan aproximadamente “miedo” y “terror” en griego.
Son muchísimo más pequeñas que nuestra Luna y poseen formas irregulares.
Fobos es la mayor y orbita extraordinariamente cerca de Marte.
Deimos es más pequeña y se encuentra más lejos.
Desde la superficie marciana no parecerían una enorme Luna como la que contemplamos desde la Tierra.
Serían pequeños compañeros cruzando el cielo.

Existe algo especialmente emocionante acerca de Marte.
No solamente lo hemos observado desde lejos.
Hemos aterrizado allí.
Hemos colocado instrumentos sobre su superficie.
Y hemos enviado vehículos capaces de desplazarse por ella.
Los seres humanos todavía no hemos caminado sobre Marte.
Pero nuestros robots sí.
Spirit.
Opportunity.
Curiosity.
Perseverance.
Y otros exploradores han permitido estudiar directamente rocas, suelo, atmósfera y paisajes marcianos.
Incluso hemos hecho volar una pequeña aeronave en otro planeta.
El helicóptero Ingenuity realizó el primer vuelo controlado y motorizado en otro mundo.
La historia de esas máquinas es tan extraordinaria que merece nuestro siguiente artículo completo.
Algunas imágenes de Marte pueden resultar engañosas.
Vemos montañas.
Valles.
Rocas.
Dunas.
Hielo.
Y podemos pensar:
“Parece la Tierra”.
Pero mire las diferencias.
Su atmósfera es extremadamente tenue.
No podemos respirar.
La presión es muy baja.
Hace mucho frío.
No existen océanos líquidos sobre su superficie actual.
La radiación representa un problema importante.
Y las tormentas pueden llenar la atmósfera de polvo.
Marte nos recuerda nuevamente que parecerse a la Tierra en algunas características no significa ofrecer las mismas condiciones para la vida humana.
Ya podemos comparar:
Venus, Tierra y Marte.
Venus posee una atmósfera extremadamente densa y temperaturas cercanas a 464 °C.
La Tierra posee océanos líquidos, una atmósfera adecuada para nuestra respiración y una enorme diversidad de vida.
Marte posee una atmósfera muy tenue y una temperatura media cercana a −63 °C.
Tres planetas rocosos.
Tres vecinos.
Tres ambientes extraordinariamente diferentes.
Una vez más comprendemos que las condiciones de un planeta dependen de muchos factores actuando simultáneamente.
David escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David nunca vio una fotografía de Marte.
No conoció Olympus Mons.
Nunca contempló Valles Marineris.
No sabía que existían casquetes polares en aquel pequeño punto rojizo del cielo.
Nosotros tenemos el privilegio de conocer cosas que durante miles de años estuvieron fuera del alcance de los seres humanos.
Y ese conocimiento puede producir humildad.
Nuestro planeta no es todo lo que existe.
Vivimos dentro de una creación inmensamente mayor.
La Biblia no fue escrita para enseñarnos geología marciana.
No explica volcanes de Marte, presión atmosférica o temperaturas planetarias.
Para conocer estas cosas utilizamos la observación, las matemáticas, los telescopios y las naves espaciales.
Pero para el creyente no existe necesidad de enfrentar ciencia y fe.
Podemos estudiar cómo funciona Marte…
y al mismo tiempo maravillarnos ante la inmensidad de la creación.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante generaciones, Marte fue simplemente una luz rojiza en el cielo.
Hoy conocemos montañas que se elevan más de veinte kilómetros.
Cañones que recorren miles de kilómetros.
Casquetes de hielo.
Tormentas gigantescas.
Dos pequeñas lunas.
Antiguas señales de actividad del agua.
Y vehículos construidos por seres humanos recorriendo lentamente su superficie.
Cada descubrimiento transforma aquel pequeño punto luminoso en algo mucho más extraordinario.
Y todavía quedan muchas preguntas por responder.
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Marte nos invita precisamente a hacer eso:
mirar,
preguntar,
investigar,
aprender,
y maravillarnos.
Porque incluso un mundo frío y aparentemente desolado puede enseñarnos cuánto nos falta por descubrir acerca del extraordinario Sistema Solar del que formamos parte.
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Escucha música con propósito
Nuestro viaje comenzó cerca del Sol.
Visitamos Mercurio, un pequeño mundo cubierto de cráteres.
Después llegamos a Venus, oculto bajo una atmósfera extraordinariamente densa.
Pasamos por la Tierra, nuestro hogar.
Y finalmente recorrimos Marte, con sus volcanes, cañones y desiertos rojizos.
Pero ahora todo cambia.
Dejamos atrás los pequeños planetas rocosos y llegamos al quinto planeta desde el Sol:
Júpiter es el planeta más grande de todo el Sistema Solar. Su tamaño es tan extraordinario que, si pudiéramos imaginarlo como una enorme esfera hueca, dentro de su volumen cabrían aproximadamente mil Tierras.

El planeta Jupiter
Estamos entrando en un mundo completamente diferente.
El diámetro ecuatorial de Júpiter es de aproximadamente:
La Tierra mide alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Júpiter es aproximadamente once veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine colocar once Tierras una junto a otra.
Aproximadamente esa distancia necesitaríamos para atravesar Júpiter de un lado al otro por su ecuador.
Pero el tamaño se vuelve todavía más impresionante cuando pensamos en volumen.
Más de mil planetas del tamaño de la Tierra podrían ocupar aproximadamente el volumen de Júpiter.
Nuestro planeta, que para nosotros parece gigantesco, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a este coloso.

Júpiter no solamente es grande.
También posee una enorme masa.
De hecho, tiene más masa que todos los demás planetas del Sistema Solar juntos.
Eso significa que su influencia gravitacional es extraordinaria.
A su alrededor viajan numerosas lunas.
También posee anillos débiles y una compleja región magnética.
Júpiter es tan importante gravitacionalmente que constituye casi un pequeño sistema dentro del propio Sistema Solar.
Más adelante estudiaremos sus lunas con mayor detalle.
Quizá alguien imagine:
“Si Júpiter es tan grande, entonces debe ser como una Tierra enorme”.
Pero no.
Júpiter pertenece a una clase de planetas que llamamos gigantes gaseosos.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio, los mismos elementos que dominan la composición del Sol.
No tiene una superficie sólida como aquella sobre la que caminamos en la Tierra.
Cuando observamos Júpiter, estamos viendo principalmente las partes superiores de una atmósfera extraordinariamente profunda.
No de la manera en que aterrizamos sobre Marte.
Una nave que descendiera hacia Júpiter atravesaría capas de gas cada vez más densas.
La presión aumentaría.
La temperatura cambiaría.
Y el material se comprimiría cada vez más.
No encontraríamos simplemente un suelo rocoso donde colocar unas ruedas.
Júpiter es un mundo muy diferente a los primeros cuatro planetas que visitamos.
Esto nos recuerda nuevamente algo importante:
los planetas no son copias unos de otros.

Cuando vemos una fotografía de Júpiter encontramos inmediatamente algo característico:
sus bandas.
Franjas blancas.
Marrones.
Naranjas.
Rojizas.
Todas rodeando el planeta.
Estas franjas son enormes sistemas de nubes y corrientes atmosféricas. Las zonas más oscuras suelen llamarse cinturones y las más claras zonas.
No son pinturas sobre una superficie sólida.
Estamos observando una atmósfera en continuo movimiento.

Las bandas de Júpiter están relacionadas con poderosas corrientes de aire.
Algunas se mueven hacia el este.
Otras hacia el oeste.
Esas corrientes forman enormes chorros atmosféricos que rodean el planeta.
Donde diferentes corrientes se encuentran pueden aparecer turbulencias, remolinos y gigantescas tormentas.
Por eso, cuando observamos Júpiter de cerca, descubrimos una atmósfera que parece casi una enorme pintura en movimiento.
Ahora encontramos una característica que parece difícil de creer.
Júpiter es el planeta más grande…
pero también posee el día más corto de todos los planetas.
Completa una rotación en aproximadamente:
En la Tierra necesitamos unas 24 horas.
Júpiter gira completamente sobre sí mismo antes de que haya transcurrido medio día terrestre.
Imagine un planeta once veces más ancho que la Tierra girando en menos de diez horas.
Es una velocidad extraordinaria.
Júpiter no es una esfera perfectamente redonda.
Su rápida rotación hace que se ensanche alrededor del ecuador y se comprima ligeramente cerca de los polos.
Podemos imaginar una pelota muy blanda girando rápidamente.
El centro tendería a sobresalir un poco.
Algo parecido ocurre con Júpiter.
Incluso su forma nos recuerda que estamos contemplando un planeta en movimiento.
Aunque Júpiter gira rápidamente sobre sí mismo, viaja mucho más lentamente alrededor del Sol que la Tierra.
Se encuentra a una distancia media de aproximadamente:
Eso es más de cinco veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
Júpiter necesita aproximadamente 11.86 años terrestres para completar una vuelta alrededor de nuestra estrella.
Así que un niño que acabara de celebrar su cumpleaños número doce en la Tierra habría vivido aproximadamente un solo año joviano.
Júpiter está muchísimo más lejos del Sol que nosotros.
En las regiones superiores de sus nubes, la temperatura media ronda aproximadamente:
−110 °C.
Pero esa cifra no describe todo el planeta.
Mientras descendemos hacia regiones más profundas, la presión y la temperatura aumentan considerablemente.
Júpiter es un mundo de extremos.
Las famosas nubes de Júpiter contienen diferentes sustancias.
En sus regiones superiores encontramos principalmente nubes relacionadas con amoníaco, además de agua y otros compuestos en distintas profundidades.
Las diferencias químicas, de temperatura, altura y dinámica atmosférica ayudan a producir los distintos colores que observamos.
Lo que desde lejos parece una sencilla franja marrón puede ser en realidad parte de un enorme sistema atmosférico que se extiende miles de kilómetros.

Existe una característica de Júpiter tan famosa que merece su propio artículo:
Es una enorme tormenta que ha sido observada durante siglos.
Actualmente tiene aproximadamente 1.3 veces el diámetro de la Tierra, aunque históricamente llegó a ser considerablemente mayor.
Piense en eso.
Una sola tormenta suficientemente grande para contener aproximadamente a nuestro planeta.
En el siguiente artículo la estudiaremos con calma, porque detrás de esa mancha rojiza existe una de las historias meteorológicas más fascinantes del Sistema Solar.
La Gran Mancha Roja es la más famosa.
Pero no está sola.
Las fotografías de Júpiter muestran numerosos remolinos.
Óvalos blancos.
Tormentas oscuras.
Regiones turbulentas.
Pequeños ciclones.
Aunque “pequeño” puede resultar una palabra engañosa cuando hablamos de Júpiter.
Muchas estructuras atmosféricas que parecen diminutas en una fotografía podrían cubrir regiones enormes de la Tierra.
Júpiter también posee un campo magnético extraordinariamente poderoso.
Alrededor del planeta existe una gigantesca región dominada por ese campo llamada magnetosfera.
Partículas cargadas quedan atrapadas dentro de ella y producen cinturones de radiación muy intensos, capaces de representar un serio desafío para las naves espaciales.
Esto significa que explorar Júpiter no consiste solamente en sobrevivir a grandes distancias.
Las máquinas también deben soportar un ambiente de radiación extremo.
Al igual que la Tierra, Júpiter posee auroras cerca de sus polos.
Pero las jovianas pueden ser extraordinariamente poderosas.
Partículas cargadas interactúan con su campo magnético y con su atmósfera, produciendo regiones luminosas alrededor de los polos.
Desde determinadas longitudes de onda, estas auroras aparecen como enormes anillos de luz.
Así encontramos otra semejanza con nuestro planeta…
pero llevada a una escala gigantesca.
Cuando pensamos en anillos imaginamos inmediatamente a Saturno.
Pero Júpiter también posee un sistema de anillos.
Son mucho más débiles y difíciles de observar.
Están formados principalmente por pequeñas partículas de polvo.
No poseen el espectacular aspecto de los anillos de Saturno, pero nos recuerdan que Júpiter es más complejo de lo que parece a primera vista.

Júpiter está rodeado por una gran cantidad de lunas.
Entre ellas encontramos cuatro especialmente famosas, descubiertas por Galileo Galilei en 1610:
Ío.
Europa.
Ganímedes.
Calisto.
Las llamamos lunas galileanas.
Cada una es un mundo extraordinario.
Ío posee una intensa actividad volcánica.
Europa tiene una superficie helada y fuertes evidencias de un océano de agua líquida debajo.
Ganímedes es la luna más grande de todo el Sistema Solar, incluso mayor que Mercurio.
Júpiter posee actualmente más de cien lunas reconocidas oficialmente, aunque el número puede cambiar conforme se descubren y confirman nuevos objetos.
Imagine la escena.
Un planeta gigantesco.
Numerosas lunas orbitándolo.
Un sistema de anillos.
Un poderoso campo magnético.
Tormentas enormes.
Todo viajando alrededor del Sol.
Por eso, estudiar Júpiter puede sentirse como estudiar un pequeño sistema planetario dentro del Sistema Solar.

Diferentes naves han visitado Júpiter.
Pioneer.
Voyager.
Galileo.
Cassini pasó cerca durante su viaje hacia Saturno.
New Horizons también utilizó Júpiter durante su recorrido hacia Plutón.
Y desde 2016, la nave Juno ha estudiado Júpiter desde una órbita especialmente diseñada para investigar su interior, atmósfera, gravedad y campo magnético.
Gracias a estas misiones hemos podido acercarnos a las nubes y observar detalles que desde la Tierra serían imposibles.
La misión Juno ha revelado que las famosas bandas atmosféricas no son simplemente una capa superficial.
Las corrientes asociadas con ellas penetran aproximadamente 3,000 kilómetros hacia el interior del planeta.
Eso significa que aquello que vemos desde fuera forma parte de estructuras atmosféricas muchísimo más profundas.
Una vez más, las apariencias esconden un mundo mucho más complejo.
Piense ahora en todo lo que está ocurriendo.
Júpiter gira en menos de diez horas.
Sus bandas atmosféricas se desplazan en direcciones diferentes.
Tormentas gigantescas giran dentro de ellas.
Decenas de lunas recorren sus órbitas.
Partículas cargadas circulan dentro de su enorme magnetosfera.
Y mientras todo eso ocurre, el planeta completo continúa viajando alrededor del Sol.
No estamos observando una gran esfera inmóvil.
Estamos contemplando uno de los sistemas más dinámicos del Sistema Solar.
Coloque mentalmente ambos planetas juntos.
La Tierra parece grande para nosotros.
Tiene océanos.
Miles de millones de seres humanos.
Pero junto a Júpiter parece una pequeña esfera azul.
Júpiter podría contener aproximadamente mil Tierras por volumen.
Y entonces podemos comprender un poco mejor la pregunta del salmista:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
La creación modifica nuestra percepción de tamaño.
Nos recuerda que somos pequeños.
Pero también que poseemos una mente capaz de estudiar cosas muchísimo mayores que nosotros.
Las Escrituras no nos dicen cuántas bandas posee Júpiter.
No hablan de hidrógeno metálico.
No mencionan su rápida rotación.
No describen la Gran Mancha Roja.
Estas preguntas pertenecen a la astronomía, la física y la ciencia planetaria.
Pero la Biblia sí invita repetidamente al ser humano a contemplar el cielo.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Hoy podemos contemplar aquello con herramientas que los antiguos jamás imaginaron.
Espectrómetros.
Radiotelescopios.
Naves espaciales.
Y cámaras viajando alrededor de otro planeta.
…más pequeñas parecen algunas cosas que nos preocupan.
Júpiter es tan grande que una tormenta del tamaño de la Tierra puede parecer solamente una pequeña mancha sobre sus nubes.
Sus sistemas meteorológicos se extienden miles de kilómetros.
Sus lunas forman una familia enorme.
Su campo magnético domina una región gigantesca del espacio.
Y aun así, Júpiter es solamente un planeta.
Uno de ocho.
Alrededor de una estrella.
Dentro de una galaxia inmensa.
Esta escala puede producir asombro.
Y para el creyente puede convertirse también en adoración.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Cuando levantamos ahora los ojos hacia Júpiter, sabemos algo que Isaías no podía observar directamente.
Aquel punto luminoso contiene un mundo gigantesco.
Un planeta once veces más ancho que la Tierra.
Con nubes que forman enormes bandas.
Tormentas que pueden durar generaciones.
Lunas viajando alrededor.
Y un día que termina en menos de diez horas.
Conocer esos datos no disminuye el asombro.
Lo aumenta.
Nuestro primer encuentro con Júpiter nos ha mostrado al gigante.
Pero dejamos deliberadamente una de sus maravillas para el siguiente artículo.
Una enorme tormenta rojiza.
Visible desde hace siglos.
Más grande que nuestro planeta.
Una estructura que ha cambiado de tamaño, forma y comportamiento mientras los científicos la observan.
Nuestro siguiente destino será:
Y quizá entonces comprenderemos todavía mejor por qué este gigante es uno de los mundos más impresionantes de todo nuestro Sistema Solar.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
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Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Júpiter, el planeta más grande, con sus enormes bandas de nubes y tormentas gigantescas.
Ahora viajamos todavía más lejos del Sol.
Y encontramos uno de los mundos más hermosos que podemos contemplar con un telescopio:

El planeta Saturno
Desde lejos parece una enorme esfera amarillenta rodeada por delicados anillos.
Pero aquellos anillos no son simplemente un adorno.
Son un gigantesco sistema formado por incontables partículas de hielo y roca que viajan alrededor del planeta.
Saturno es el sexto planeta desde el Sol y el segundo más grande de nuestro Sistema Solar, solamente superado por Júpiter.

Saturno tiene un diámetro ecuatorial aproximado de:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que Saturno es aproximadamente nueve veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine una pelota pequeña que representa la Tierra.
Ahora coloque junto a ella otra esfera nueve veces más ancha.
Comenzamos así a comprender el tamaño de este gigante.
Saturno es tan grande que, por volumen, dentro de él cabrían más de setecientas Tierras.
Nuestro planeta, que para nosotros parece enorme, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a Saturno.
Al igual que Júpiter, Saturno pertenece al grupo de los gigantes gaseosos.
Está formado principalmente por:
hidrógeno
y
helio.
Estos son también los dos elementos principales presentes en el Sol.
Saturno no posee una superficie sólida como la Tierra o Marte.
Si una nave descendiera hacia él, penetraría en gases que se volverían progresivamente más densos. Más abajo encontraría presiones y temperaturas tan extremas que la nave terminaría siendo destruida.
Así que no podríamos simplemente aterrizar sobre Saturno, bajar una escalera y comenzar a caminar.
Aquí encontramos una característica muy curiosa.
Aunque Saturno es gigantesco, su densidad promedio es extraordinariamente baja para un planeta.
De hecho, su densidad media es menor que la del agua.
Esto ha producido una comparación famosa.
Si pudiéramos encontrar un océano suficientemente gigantesco —algo obviamente imposible— Saturno sería menos denso que el agua y tendería a flotar.
No significa que Saturno sea ligero en términos absolutos.
Su masa es enorme.
Significa que toda esa enorme cantidad de materia está distribuida dentro de un volumen gigantesco.
Saturno se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
Eso equivale a unas 9.5 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
La luz solar necesita alrededor de:
para viajar desde el Sol hasta Saturno.
Recuerde que la luz solamente tarda unos ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.
Cuando llegamos a Saturno estamos entrando verdaderamente en las regiones exteriores de nuestro Sistema Solar.
La enorme distancia de Saturno significa también que su recorrido alrededor del Sol es muchísimo mayor que el nuestro.
Saturno necesita aproximadamente:
para completar una sola órbita.
Imagine a un niño que nace en la Tierra.
Para cuando Saturno complete su primera vuelta alrededor del Sol, aquella persona estaría acercándose a los treinta años.
Ese sería solamente:
un año saturniano.
Aquí aparece un contraste fascinante.
El año de Saturno es extremadamente largo…
pero su día es muy corto.
Saturno completa aproximadamente una rotación en:
Eso significa que en el tiempo que nosotros vivimos un solo día terrestre, Saturno puede girar más de dos veces.
Un planeta nueve veces más ancho que la Tierra girando en menos de once horas.
Es difícil imaginar semejante movimiento.
Debido a su rápida rotación, Saturno no es una esfera perfecta.
Se encuentra ligeramente ensanchado alrededor del ecuador y aplanado cerca de los polos.
Podríamos compararlo, de manera muy sencilla, con una pelota blanda que gira muy rápidamente.
El movimiento contribuye a modificar su forma.
Incluso mirando la silueta del planeta podemos encontrar señales de que Saturno está girando continuamente.
Podríamos hablar durante mucho tiempo del planeta.
Pero Saturno posee algo que lo hace inmediatamente reconocible:
Júpiter también tiene anillos.
Urano tiene anillos.
Neptuno también.
Pero ninguno posee un sistema tan brillante y espectacular como el de Saturno.
Cuando Galileo Galilei observó Saturno mediante un telescopio en 1610 no logró comprender claramente qué estaba viendo. La tecnología de su época no permitía resolver bien los anillos; durante las décadas siguientes, observaciones mejores ayudaron a entender la verdadera naturaleza de aquella extraña apariencia.

Cuando vemos una fotografía podemos imaginar que alrededor de Saturno existe una enorme lámina sólida.
No es así.
Los anillos están formados por incontables fragmentos separados.
Principalmente hielo de agua.
También existe roca, polvo y otros materiales mezclados con las partículas heladas.
Algunas partículas son diminutas, incluso comparables con granos de polvo o arena.
Otras pueden tener el tamaño de una casa.
Y existen estructuras mucho mayores dentro del complejo sistema.
Cada fragmento está viajando alrededor de Saturno.
Los anillos son movimiento.
Imagine colocar una enorme cantidad de partículas de hielo alrededor de un planeta.
Cada una obedece a la gravedad.
Cada una posee una velocidad.
Cada una recorre su propia órbita.
Las partículas situadas más cerca de Saturno se mueven de manera diferente a las que están más lejos.
Y cuando observamos todas juntas desde lejos…
parecen formar anillos continuos.
Es algo parecido a observar desde lejos una carretera llena de automóviles.
Desde mucha distancia podría parecer una franja continua.
Pero al acercarnos descubriríamos miles de objetos individuales.

Esta es quizá una de las características más difíciles de imaginar.
El sistema principal de anillos se extiende a enormes distancias alrededor de Saturno.
NASA señala que el sistema de anillos puede alcanzar aproximadamente 282,000 kilómetros desde el planeta, mientras que gran parte de los anillos principales tiene un espesor vertical típico cercano a solamente 10 metros.
Piense en la comparación.
Cientos de miles de kilómetros de extensión…
pero en muchas regiones apenas unos pocos metros de grosor.
Es como una gigantesca hoja extraordinariamente fina alrededor de un planeta.
Cuando lo observamos desde lejos parece un único sistema.
Pero al acercarnos aparecen diferentes regiones.
Los principales anillos brillantes reciben letras:
A.
B.
C.
Además existen otros más débiles:
D, E, F y G.
Algunos son muy brillantes.
Otros apenas pueden observarse.
Algunos contienen muchísima materia.
Otros son tenues y dispersos.
El sistema es mucho más complejo de lo que puede apreciar un pequeño telescopio.
Entre dos de los anillos principales existe una región especialmente conocida:

Cassini y su encuentro con Saturno
Se encuentra entre los anillos A y B y tiene aproximadamente 4,700 kilómetros de anchura.
Pero tampoco está completamente vacía.
Contiene partículas.
Simplemente posee una concentración mucho menor que las regiones brillantes situadas a ambos lados.
La gravedad de algunas lunas influye sobre las partículas y ayuda a producir estructuras y separaciones dentro de los anillos. Por ejemplo, la luna Mimas participa mediante resonancias gravitacionales en la estructura de la División de Cassini.
Saturno posee pequeñas lunas que interactúan directamente con los anillos.
Algunas reciben el nombre de lunas pastoras.
¿Por qué?
Porque su gravedad ayuda a mantener y modificar determinadas regiones de partículas, casi como un pastor que mantiene organizado un rebaño.
Pandora y Prometeo, por ejemplo, interactúan con el estrecho anillo F.
Otras pequeñas lunas producen ondas y estructuras dentro de los propios anillos.
Aquí vemos nuevamente algo que aparece una y otra vez en nuestro viaje:
gravedad + movimiento = estructura.
Cuando Cassini estudió los anillos con enorme detalle encontró estructuras conocidas como propellers, o hélices.
No son hélices verdaderas.
Se producen cuando pequeños cuerpos dentro de los anillos alteran gravitacionalmente las partículas que pasan cerca de ellos.
Aparecen patrones que pueden extenderse miles de kilómetros.
Un pequeño objeto puede modificar una región enorme de partículas a su alrededor.
Una vez más, la gravedad está trabajando silenciosamente.
Podríamos imaginar los anillos como una superficie perfectamente plana.
Pero Cassini descubrió que no siempre lo son.
Durante el equinoccio de Saturno, cuando la luz solar incidía casi de lado sobre los anillos, algunas estructuras proyectaron largas sombras.
Eso permitió descubrir acumulaciones y perturbaciones que se elevaban kilómetros por encima del plano principal de los anillos.
Imagine eso.
Un sistema que desde lejos parece una línea perfecta…
pero de cerca posee ondas, grumos, lunas pequeñas y estructuras gigantescas.
Gran parte de su brillo se debe al hielo.
El hielo de agua refleja muy bien la luz solar.
Por eso Saturno puede ofrecer esa apariencia blanca, plateada y dorada que vemos en numerosas fotografías.
Las pequeñas diferencias de color entre distintas regiones pueden revelar diferentes cantidades de otros materiales mezclados con el hielo.
Lo que para nuestros ojos simplemente parece hermoso también contiene información química.
Esta pregunta todavía no posee una respuesta completamente definitiva.
Una posibilidad es que gran parte del material provenga de antiguas lunas, cometas u otros cuerpos que fueron fragmentados por impactos o por las poderosas fuerzas gravitacionales cerca de Saturno.
Existen diferentes modelos acerca de cuándo y cómo se originaron.
Y aquí es importante recordar algo:
cuando los científicos todavía están investigando una pregunta, debemos decirlo.
No necesitamos presentar como certeza aquello que continúa siendo objeto de estudio.
Eso también forma parte de hacer buena ciencia.
Cassini descubrió que el sistema es todavía más dinámico.
Algunas lunas reciben partículas procedentes de los anillos.
Y algunas lunas aportan material a ellos.
Un ejemplo extraordinario es Encélado.
Esta pequeña luna expulsa al espacio vapor de agua y partículas de hielo desde fracturas cerca de su polo sur.
Parte de ese material contribuye a alimentar el enorme y tenue anillo E de Saturno.
Así que algunas partes de los anillos están relacionadas directamente con actividad que ocurre sobre una luna.
Saturno tiene su eje inclinado aproximadamente 26.7 grados.
Y los anillos se encuentran aproximadamente en el plano de su ecuador.
A medida que Saturno recorre su larga órbita, cambia el ángulo desde el cual nosotros observamos los anillos.
Algunas veces aparecen ampliamente abiertos.
Otras veces los vemos casi completamente de canto.
Cuando esto ocurre pueden parecer tan delgados que casi desaparecen para ciertos telescopios.
Los anillos no desaparecieron.
Cambió nuestra perspectiva.
La inclinación de su eje significa que Saturno experimenta estaciones, al igual que la Tierra.
Pero recuerde:
un año de Saturno dura casi treinta años terrestres.
Por eso cada estación puede durar aproximadamente siete años terrestres.
Imagine pasar siete años en primavera.
Después siete años en verano.
Después otros siete aproximadamente en otoño.
Y finalmente un larguísimo invierno.
Saturno posee otra característica que parece sacada de una película.
Cerca de su polo norte existe una enorme corriente atmosférica con forma aproximada de:
Seis lados.
Una figura geométrica gigantesca dentro de la atmósfera de un planeta.
La misión Cassini obtuvo imágenes detalladas de esta corriente y permitió estudiarla durante años.
No es una estructura sólida.
Es un patrón atmosférico.
Otra demostración de lo extraño y diverso que puede ser el clima de otros mundos.
Aunque sus colores suelen parecer más suaves que los de Júpiter, Saturno también posee tormentas poderosas.
Cassini observó una gigantesca tormenta en el hemisferio norte durante 2010 y 2011 que llegó a extenderse alrededor del planeta durante meses.
Así que debajo de aquella tranquila apariencia dorada existe una atmósfera activa.
Nubes.
Vientos.
Tormentas.
Todo en movimiento.
Saturno está acompañado por una extraordinaria cantidad de lunas.
Algunas son diminutas.
Otras son mundos enormes.
Dos destacan especialmente:
Titán
y
Encélado.
Titán posee una atmósfera espesa y lagos y mares de hidrocarburos sobre su superficie.
Encélado posee un océano global de agua líquida debajo de una corteza de hielo y expulsa parte de ese material hacia el espacio.
Por eso no intentaremos estudiar aquí toda la familia de Saturno.
Las lunas merecen su propio capítulo.
Gran parte de lo que hoy sabemos acerca de Saturno se debe a una misión extraordinaria:
Fue un proyecto conjunto de NASA, la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Italiana.
Cassini llegó al sistema de Saturno en 2004 y pasó trece años estudiando el planeta, sus anillos y sus lunas.
Tomó cientos de miles de imágenes.
Atravesó diferentes regiones del sistema.
Estudió los anillos desde ángulos nunca vistos.
Y transformó nuestra comprensión de Saturno.
Al final de su misión, los ingenieros hicieron algo extraordinariamente atrevido.
Cassini realizó 22 inmersiones a través de la región situada entre Saturno y sus anillos interiores.
Aquello permitió realizar mediciones extremadamente precisas de la gravedad, el campo magnético, la atmósfera y la masa de los anillos.
Después, el 15 de septiembre de 2017, Cassini entró deliberadamente en la atmósfera de Saturno y terminó su misión.
La nave desapareció.
Pero los datos que reunió continúan siendo estudiados.
Saturno puede observarse a simple vista desde la Tierra.
Para nuestros ojos parece simplemente un punto luminoso.
Pero coloque un telescopio delante de sus ojos…
y aparece algo extraordinario.
Una esfera.
Anillos.
Lunas.
Después enviamos naves.
Y descubrimos millones de partículas.
Huecos.
Ondas.
Pequeñas lunas.
Tormentas.
Un hexágono.
Océanos ocultos dentro de algunos satélites.
Cada vez que miramos más cerca encontramos más complejidad.
Hay algo especial en Saturno.
No solamente queremos comprenderlo.
También es hermoso.
Sus anillos producen una de las imágenes más elegantes de todo el Sistema Solar.
Y esto nos recuerda que estudiar científicamente algo hermoso no destruye su belleza.
Podemos saber que los anillos están hechos principalmente de hielo.
Podemos calcular sus órbitas.
Podemos medir su espesor.
Podemos estudiar las fuerzas que forman sus divisiones.
Y todavía podemos mirar Saturno y decir:
¡qué extraordinario!
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no podía observar los anillos de Saturno como nosotros.
A simple vista veía solamente otro punto luminoso.
Nosotros tenemos telescopios.
Cámaras.
Espectrómetros.
Naves espaciales.
Podemos acercarnos a aquel pequeño punto y descubrir un mundo gigantesco rodeado por miles de estructuras de hielo.
Para el creyente, cada nueva escala de observación puede convertirse en una nueva razón para maravillarse.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Saturno constituye una magnífica invitación a hacerlo.
Levante los ojos.
Allí existe un planeta aproximadamente nueve veces más ancho que la Tierra.
A unos 1,400 millones de kilómetros del Sol.
Girando en menos de once horas.
Rodeado por un sistema de anillos compuesto principalmente por hielo.
Acompañado por una gran familia de lunas.
Y todo ello continúa moviéndose mientras nosotros realizamos nuestras actividades cotidianas.
Ahora resumamos nuestro encuentro.
Saturno es:
el segundo planeta más grande del Sistema Solar,
un gigante compuesto principalmente de hidrógeno y helio,
un mundo sin una superficie sólida verdadera,
un planeta que gira en unas 10.7 horas,
un mundo cuyo año dura casi treinta años terrestres,
y el dueño del sistema de anillos más espectacular que conocemos entre los planetas.
Pero quizá lo más sorprendente sea esto:
desde lejos sus anillos parecen sencillos.
Cuando nos acercamos descubrimos miles de millones de partículas, divisiones, pequeñas lunas, ondas y estructuras moldeadas continuamente por la gravedad.
Algo que parecía solamente hermoso resulta también extraordinariamente complejo.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje por Saturno todavía no termina.
Porque alrededor de este gigante viajan mundos que merecen ser conocidos por sí mismos.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Saturno y su extraordinaria familia de anillos y lunas.
Ahora nos alejamos muchísimo más del Sol.
Y llegamos al séptimo planeta:

El planeta Urano
A primera vista parece una tranquila esfera azul verdosa.
No muestra las enormes bandas de Júpiter.
No posee los espectaculares anillos brillantes de Saturno.
Pero Urano guarda una característica que lo convierte en uno de los planetas más extraños de nuestro Sistema Solar:
gira prácticamente acostado sobre un costado.
Su eje de rotación está inclinado aproximadamente 98 grados respecto de su órbita. En lugar de girar como una pelota casi vertical, parece rodar alrededor del Sol.
Ponga una pelota sobre una mesa.
Imagine una línea atravesándola de arriba hacia abajo.
Esa línea representa su eje.
La Tierra también gira alrededor de un eje.
Nuestro planeta está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Urano es completamente diferente.
Su inclinación es tan grande que uno de sus polos puede quedar orientado casi directamente hacia el Sol durante parte de su larguísimo recorrido orbital.
Es como si alguien hubiera tomado el planeta…
lo hubiera inclinado hasta acostarlo…
y después lo hubiera puesto a girar.
Esta es una pregunta que todavía no podemos responder con completa seguridad.
Una explicación propuesta es que, durante la historia temprana del planeta, Urano pudo experimentar una interacción o un gran impacto que modificó profundamente su orientación.
También existen modelos más recientes que estudian otras posibilidades gravitacionales.
Pero debemos decirlo claramente:
todavía no conocemos con certeza toda la historia de cómo Urano terminó girando de esa manera.
Y eso también forma parte de la ciencia.
No todo está resuelto.
Todavía existen preguntas esperando mejores respuestas.

Aunque parece pequeño cuando lo observamos desde la Tierra, Urano es enorme.
Su diámetro ecuatorial es de aproximadamente:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Urano es aproximadamente cuatro veces más ancho que nuestro planeta.
Por volumen podrían caber alrededor de 63 Tierras dentro de Urano.
Imagine nuestro planeta entero.
Ciudades.
Y después imagine decenas de mundos de ese tamaño ocupando aproximadamente el volumen de una sola esfera.
Urano pertenece verdaderamente al reino de los gigantes.
Júpiter y Saturno son conocidos como gigantes gaseosos.
Urano, junto con Neptuno, suele clasificarse como un:
Eso no significa que sea simplemente una gigantesca bola de hielo congelado.
El nombre se refiere a que su interior contiene una proporción importante de materiales como agua, amoníaco y metano, además de hidrógeno y helio, sometidos a presiones y temperaturas extraordinarias.
Así que incluso entre los planetas gigantes encontramos diferencias importantes.
No como aterrizamos en la Tierra, la Luna o Marte.
Urano no posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual una nave pudiera simplemente colocar sus patas.
Si descendiera, atravesaría primero su atmósfera.
Los gases serían cada vez más densos.
La presión aumentaría enormemente.
Y finalmente encontraríamos materiales sometidos a condiciones extremas.
Una nave convencional no podría continuar indefinidamente.
Urano es un mundo para atravesar con instrumentos, no para caminar sobre una superficie ordinaria.
Una de las características más hermosas del planeta es su color.
Urano suele verse azul verdoso o cian.
¿De dónde viene ese color?
Su atmósfera contiene principalmente hidrógeno y helio, pero también posee una pequeña cantidad de metano.
El metano absorbe parte de la luz roja procedente del Sol y deja que otras longitudes de onda se reflejen con mayor facilidad.
El resultado contribuye al característico tono azulado del planeta.
Una pequeña cantidad de una sustancia puede cambiar completamente la apariencia de un mundo gigantesco.
Las primeras fotografías de Voyager 2 mostraron a Urano como una esfera relativamente uniforme.
Parecía casi sin rasgos.
Durante años pudo dar la impresión de ser uno de los planetas más tranquilos.
Pero telescopios modernos como Hubble y James Webb han mostrado nubes, tormentas y cambios relacionados con las estaciones.
Así que aquella esfera azul aparentemente sencilla…
también posee meteorología.
Nubes.
Vientos.
Cambios estacionales.
Otra vez descubrimos que cuanto más nos acercamos, más compleja resulta la creación.
La atmósfera de Urano puede alcanzar velocidades de viento de cientos de kilómetros por hora.
Aunque el planeta recibe relativamente poca energía solar debido a su enorme distancia, su atmósfera continúa mostrando movimientos y estructuras dinámicas.
Este es uno de los aspectos fascinantes de los planetas gigantes:
no necesitamos una superficie sólida para tener “clima”.
Los gases mismos pueden formar enormes sistemas meteorológicos.
Urano se encuentra muy lejos del Sol.
Su distancia media es de aproximadamente:
Eso es cerca de 19 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
A semejante distancia recibe muchísimo menos energía solar que nuestro planeta.
En algunas regiones superiores de su atmósfera se han registrado temperaturas cercanas a:
lo que convierte a Urano en uno de los mundos planetarios más fríos del Sistema Solar.
Imagine un frío tan intenso que nuestras experiencias invernales más severas parecerían cálidas en comparación.

La luz viaja a una velocidad extraordinaria.
Aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.
Desde el Sol hasta la Tierra necesita alrededor de ocho minutos.
Pero para alcanzar Urano necesita aproximadamente:
dependiendo de la posición del planeta en su órbita.
Cuando la luz solar alcanza las nubes de Urano, ha viajado miles de millones de kilómetros por el espacio.
Aunque Urano es gigantesco, gira rápidamente.
Completa una rotación aproximadamente cada:
Así que su día es bastante más corto que el terrestre.
Imagine despertar por la mañana…
y antes de que hayan pasado nuestras veinticuatro horas, Urano ya habría completado una vuelta entera sobre sí mismo.
Aquí encontramos el contraste.
Un día dura solamente unas 17 horas.
Pero una vuelta completa alrededor del Sol necesita aproximadamente:
Piense en eso.
Una persona podría nacer…
crecer…
formar una familia…
envejecer…
y Urano quizá todavía no habría completado una segunda vuelta alrededor del Sol durante toda su vida.
Ahora combine dos características:
Urano tarda aproximadamente 84 años terrestres en dar una vuelta alrededor del Sol.
Y está prácticamente acostado de lado.
El resultado son estaciones extraordinarias.
Cada estación puede durar alrededor de:
Durante determinadas partes de su órbita, una región polar puede quedar orientada hacia el Sol durante años, mientras la otra permanece alejada de él.
Compare eso con nuestras estaciones.
Unos meses de primavera.
Unos meses de verano.
Unos meses de otoño.
Unos meses de invierno.
En Urano hablamos de décadas.
Imagine que llega la primavera cuando un niño nace.
Y esa primavera continúa…
cuando aprende a caminar.
cuando comienza la escuela.
cuando llega a la adolescencia.
y todavía sigue cuando alcanza la edad adulta.
Solo entonces comenzaría aproximadamente la siguiente estación.
Las escalas temporales de otros planetas pueden ser tan sorprendentes como sus tamaños.

Cuando pensamos en anillos recordamos inmediatamente a Saturno.
Pero Saturno no es el único.
Urano posee un sistema de anillos oscuros y relativamente tenues.
No son tan brillantes ni tan espectaculares como los saturnianos, pero forman parte importante del planeta. Voyager 2 descubrió dos anillos adicionales durante su encuentro de 1986, y observaciones posteriores han permitido estudiar mejor todo el sistema.
Gracias a instrumentos modernos, incluso los anillos más débiles pueden aparecer alrededor de la esfera azul del planeta.
Recuerde que Urano está prácticamente acostado.
Sus anillos están alineados aproximadamente con su ecuador.
Por eso todo el sistema parece inclinado:
el planeta,
su eje,
sus anillos,
y las órbitas de muchas de sus principales lunas.
Visualmente es uno de los sistemas planetarios más peculiares que conocemos.
Urano posee numerosas lunas.
Entre las más grandes encontramos:
Titania.
Oberón.
Umbriel.
Ariel.
Miranda.
Son mundos helados y rocosos con cráteres, fracturas y paisajes extraordinarios.
Oberón, por ejemplo, está fuertemente cubierto de cráteres y posee una composición aproximada de hielo y roca.
Miranda muestra algunos de los terrenos más extraños observados en una luna.
Sin embargo, no nos detendremos demasiado aquí.
Nuestro objetivo es conocer al planeta.
La rareza de Urano no termina con su inclinación.
También posee un campo magnético.
Pero ese campo está inclinado y desplazado respecto del centro del planeta de una manera mucho más marcada que el de la Tierra.
Cuando Voyager 2 pasó por Urano descubrió un campo magnético sorprendente y una magnetosfera compleja.
Esto significa que incluso las regiones invisibles alrededor del planeta poseen una geometría extraordinaria.

Aquí aparece algo que quizá sorprenda.
Hemos enviado numerosas misiones a Marte.
Varias naves han visitado Júpiter.
Cassini pasó años alrededor de Saturno.
Pero Urano solamente ha sido visitado de cerca por una nave espacial:
Su máximo acercamiento ocurrió el 24 de enero de 1986. Fue el primer objeto construido por seres humanos en visitar Urano y, hasta ahora, sigue siendo el único que lo ha estudiado directamente durante un sobrevuelo.
Voyager 2 pasó a unos 81,800 kilómetros de las cimas visibles de las nubes de Urano.
Durante el encuentro envió miles de imágenes y grandes cantidades de información sobre el planeta, sus anillos, lunas, atmósfera y campo magnético.
También descubrió diez lunas nuevas y dos anillos nuevos.
Piense en lo extraordinario.
Una máquina pasó por allí hace décadas…
y todavía seguimos analizando lo que aprendió.
Aunque ninguna otra nave ha regresado todavía, no hemos dejado de estudiar Urano.
El telescopio espacial Hubble observa sus nubes y estaciones.
El telescopio espacial James Webb ha obtenido imágenes extraordinarias de sus anillos, nubes y regiones polares.
Cada nueva generación de instrumentos consigue extraer más información de aquel lejano punto azul.
Urano nos enseña algo hermoso acerca de estudiar el Sistema Solar.
Cuando comenzamos, quizá pensamos que un planeta simplemente:
gira,
recorre una órbita,
y tiene forma redonda.
Pero después encontramos un planeta casi acostado.
Con estaciones que duran décadas.
Con anillos oscuros.
Con una atmósfera azulada.
Y con un campo magnético sorprendentemente inclinado.
La realidad suele resultar mucho más interesante que nuestra primera imaginación.
Porque cada planeta posee una combinación particular de características.
Júpiter tiene sus enormes bandas y la Gran Mancha Roja.
Saturno posee sus extraordinarios anillos.
Urano presenta una inclinación extrema y una composición interior diferente.
Neptuno, que visitaremos después, posee otra personalidad completamente distinta.
No estamos viajando entre copias.
Estamos visitando mundos individuales.
La Biblia declara:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
El salmista no estaba describiendo científicamente a Urano.
No conocía su metano.
Sus anillos.
Su inclinación.
Su período orbital.
Estas cosas las hemos descubierto mediante observación científica.
Pero para el creyente, la diversidad que encontramos en los cielos puede convertirse en una nueva razón para admirar al Creador.
A veces podemos cometer un error.
Pensamos que para que algo resulte maravilloso debe parecerse a la Tierra.
Pero Urano no tiene océanos azules como los nuestros.
No tiene continentes verdes.
No posee aire que podamos respirar.
No fue hecho para que nosotros pudiéramos caminar sobre él.
Y sin embargo resulta extraordinario.
Su importancia científica está precisamente en mostrarnos otra manera en que puede existir un planeta.
Si pudiéramos observar Urano a simple vista bajo condiciones excepcionales, apenas parecería un punto diminuto.
Pero sabemos lo que realmente existe allí.
Una esfera de unos 51,000 kilómetros de diámetro.
Casi cuatro veces más ancha que la Tierra.
Situada a miles de millones de kilómetros del Sol.
Girando prácticamente sobre un costado.
Rodeada por anillos.
Acompañada por lunas.
Y completando una vuelta alrededor del Sol cada 84 años.
Una vez más, el tamaño aparente nos engaña.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Hoy podemos hacer precisamente eso.
Levantar nuestros ojos.
Preguntar.
Construir telescopios.
Enviar naves.
Medir.
Comparar.
Y continuar descubriendo.
Para una perspectiva cristiana, la ciencia no disminuye el asombro.
Puede ampliarlo.
Urano sigue siendo uno de los grandes mundos poco explorados del Sistema Solar.
Una sola nave lo ha visitado de cerca.
Eso significa que quedan enormes preguntas acerca de su interior, atmósfera, magnetosfera, lunas y origen de su extraordinaria inclinación.
Quizá futuras generaciones enviarán una nave capaz de permanecer allí durante años.
Quizá algún niño que lea hoy acerca de Urano participe mañana en una misión semejante.
La exploración todavía continúa.
Resumamos lo que acabamos de encontrar.
Urano es:
el séptimo planeta desde el Sol,
un gigante de hielo aproximadamente cuatro veces más ancho que la Tierra,
un mundo azul verdoso debido en parte al metano de su atmósfera,
un planeta que gira aproximadamente cada 17 horas,
un mundo cuyo año dura alrededor de 84 años terrestres,
un planeta con anillos y numerosas lunas,
y, sobre todo, un mundo cuyo eje está inclinado aproximadamente 98 grados.
Urano parece rodar alrededor del Sol.
Y esa sola característica produce algunas de las estaciones más extrañas entre los planetas.
David escribió:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje todavía tiene otro gran planeta esperándonos.
Muchísimo más lejos.
Azul.
Frío.
Y azotado por algunos de los vientos más extraordinarios conocidos en el Sistema Solar.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.

El planeta Neptuno
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.

Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.

Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.

Triton, una de las lunas de Neptuno
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.

A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
NASA Science — Neptune Facts. Datos sobre tamaño, distancia, atmósfera, rotación, órbita, lunas, anillos y características generales de Neptuno.
NASA — Ice Giant Resources. Información sobre los vientos extremos de Neptuno y sus velocidades superiores a 2,000 km/h.
NASA — Voyager at Neptune. Imágenes y observaciones de la atmósfera, nubes y tormentas obtenidas durante el encuentro de 1989.
NASA Science — Voyager 2. Historia de la única nave que ha visitado Urano y Neptuno.
NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
NASA/ESA/CSA — James Webb Space Telescope. Observaciones recientes del sistema de anillos y de varias lunas de Neptuno.
Por el Dr. Elio M Rivera
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.
Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.
Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.
A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
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NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
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