Hasta este momento hemos recorrido un camino fascinante. Hemos observado el universo, la extraordinaria organización de la creación, las condiciones que hacen posible la vida, la conciencia humana y otros indicios que durante siglos han llevado al ser humano a formular una de las preguntas más grandes de todas: ¿existe Dios?
Pero ahora nuestra investigación da un giro sorprendente.
Porque hace aproximadamente dos mil años apareció en un pequeño rincón del Imperio romano un hombre llamado Jesús de Nazaret. Nació en un ambiente humilde, creció en una pequeña población de Galilea y durante años vivió prácticamente en el anonimato. No fue emperador, general, sacerdote principal ni miembro de las grandes élites intelectuales de su época.
Sin embargo, alrededor de los treinta años comenzó a recorrer pueblos y ciudades enseñando públicamente. Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Jesús comenzó a realizar afirmaciones acerca de sí mismo que ningún hombre común podría hacer.
Habló de haber existido antes que Abraham. Se presentó como el “YO SOY”. Afirmó ser uno con el Padre. Se atribuyó autoridad para perdonar pecados. Se llamó a sí mismo la resurrección y la vida. Invitó a los sedientos a venir a Él y beber. Declaró que nadie podía llegar al Padre sino por Él. Permitió que lo llamaran Señor y Dios y, todavía más sorprendente, aceptó la adoración de seres humanos.
Semejantes afirmaciones deberían haber provocado solamente rechazo y desprecio. Podríamos esperar que aquel hombre hubiera desaparecido rápidamente de la historia como un personaje desequilibrado o como uno más de tantos pretendientes religiosos que han surgido a través de los siglos.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Quienes convivieron con Él no simplemente conservaron sus enseñanzas. Muchos llegaron a estar convencidos de que aquel hombre era realmente quien decía ser. Sus discípulos proclamaron posteriormente que lo habían visto vivo después de su muerte, estuvieron dispuestos a sufrir por esa convicción y comenzaron un movimiento que, desde aquel pequeño territorio del mundo antiguo, terminaría extendiéndose por numerosas naciones.
Dos mil años después, Jesús de Nazaret continúa siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.
Esto nos coloca frente a una posibilidad que merece ser investigada seriamente.
Hasta ahora hemos preguntado: ¿existen evidencias que indiquen que Dios existe? Pero a partir de este momento formularemos una pregunta todavía más extraordinaria:
Si Dios existe, ¿es posible que haya entrado personalmente en nuestra historia?
Y concretamente:
¿Quién fue realmente Jesús de Nazaret?
¿Fue simplemente un extraordinario maestro religioso? ¿Un profeta? ¿Un hombre cuyas palabras fueron posteriormente exageradas por sus seguidores? ¿Estaba equivocado acerca de su propia identidad? ¿O existe evidencia suficiente para considerar seriamente la afirmación más extraordinaria de todas?
¿Es Jesús realmente Dios?
No comenzaremos suponiendo la respuesta. Vamos a examinar el caso paso a paso.
Primero escucharemos lo que Jesús dijo acerca de sí mismo. Después veremos lo que hizo, cómo reaccionaron quienes estuvieron frente a Él, qué dijeron sus discípulos y qué evidencia histórica existe alrededor de su vida, muerte y resurrección.
Nuestra primera parada será, por tanto, inevitable:
Antes de decidir quién era Jesús, debemos permitirle hablar.
¿Qué afirmó realmente Jesús acerca de sí mismo?
Eso es precisamente lo que examinaremos en los próximos artículos.
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Escuche música con propósito
Para nosotros resulta relativamente fácil escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”. Han transcurrido casi dos mil años de cristianismo y estas palabras forman parte del lenguaje habitual de millones de personas.
Pero para comprender verdaderamente lo que ocurrió con Jesús de Nazaret tenemos que hacer un esfuerzo: debemos olvidar por unos momentos esos dos mil años de historia y trasladarnos mentalmente a la Judea y Galilea del siglo I.
Imaginemos que todavía no existe el cristianismo.
No existen iglesias cristianas. No existe el Nuevo Testamento reunido como lo conocemos. No existen catedrales, cruces en los templos ni millones de personas llamando a Jesús “Señor”.
Existe, en cambio, un pueblo profundamente marcado por las Escrituras de Israel y por la convicción de que el Dios de Israel ocupa una posición absolutamente incomparable.
Una de las declaraciones fundamentales de su fe decía:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
Dentro de ese mundo aparece Jesús de Nazaret.
Un hombre.
La gente podía verlo caminar. Podía escucharlo hablar. Lo habían visto comer, dormir y cansarse. Había crecido en Nazaret. Algunos conocían a su familia.
Y entonces aquel hombre comenzó a decir cosas acerca de sí mismo que resultaban extraordinariamente difíciles de asimilar.
Jesús enseñaba acerca de Dios, pero no se limitaba a hablar de Dios.
Una y otra vez comenzó a colocarse a sí mismo en lugares que obligaban a quienes lo escuchaban a preguntarse: ¿Quién cree este hombre que es?
Perdonó pecados.
Afirmó tener una relación única con el Padre.
Dijo que había existido antes que Abraham.
Se presentó como la resurrección y la vida.
Afirmó que el destino eterno del ser humano estaba relacionado con su respuesta hacia Él.
Declaró que un día vendría con autoridad celestial.
Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.
Esto necesita ser entendido dentro de su contexto histórico.
No debemos simplificar diciendo que cualquier persona que se proclamara “Mesías” habría sido automáticamente acusada de blasfemia. El judaísmo de aquella época conocía expectativas mesiánicas diversas. Incluso expresiones como “hijo de Dios” podían utilizarse en determinados contextos sin significar necesariamente que alguien fuese Dios.
El problema con Jesús era mucho mayor.
Era la acumulación de sus afirmaciones, sus acciones y la autoridad que reclamaba.
Los Evangelios incluso conservan la reacción de sus adversarios:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Observe cuidadosamente la acusación.
“Tú, siendo hombre…”
Ahí se encuentra precisamente el escándalo.
Ellos estaban viendo frente a ellos a un hombre de carne y hueso y, sin embargo, interpretaban algunas de sus palabras como una pretensión de ocupar una posición que pertenecía a Dios.
La reacción no vino solamente de sus enemigos.
Marcos conserva un detalle extraordinariamente humano y, precisamente por eso, muy significativo:
“Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.”
Marcos 3:21, RVR1960
El texto dice “los suyos”; otras traducciones lo explicitan como sus parientes o familiares. Unos versículos después, Marcos menciona a su madre y a sus hermanos buscándolo (Marcos 3:31-35). Por ello, es mejor expresarlo cuidadosamente: personas de su entorno familiar llegaron a pensar que estaba “fuera de sí”.
Pensemos en lo que esto significa.
Hoy millones de personas se arrodillan ante Jesús.
Pero cuando comenzó su ministerio, hubo personas cercanas a Él que aparentemente pensaron que aquello había llegado demasiado lejos.
Otros reaccionaron todavía peor. Los escribas procedentes de Jerusalén no negaban que estaban ocurriendo acontecimientos extraordinarios; llegaron a atribuir su poder a Beelzebú:
“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú…”
Marcos 3:22, RVR1960
Las reacciones comenzaban a polarizarse.
Para algunos estaba fuera de sí. Para otros actuaba por poder demoníaco. Para otros era un profeta. Para otros era el Mesías. Y algunos comenzaron a creer que era verdaderamente el Hijo de Dios.
En determinadas ocasiones la reacción llegó a la violencia.
Jesús declaró:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
La siguiente reacción resulta reveladora: “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle” (Juan 10:31). Cuando Jesús les pregunta por qué quieren hacerlo, responden que no es por una buena obra, sino por blasfemia, “porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.
No necesitamos imaginar cómo interpretaron aquella declaración.
El propio relato nos lo dice.
En otra ocasión Jesús pronunció unas palabras todavía más desconcertantes:
“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960
Y nuevamente la reacción fue inmediata:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960
Algo estaba sucediendo alrededor de Jesús que hacía imposible permanecer indiferente.
El conflicto continuó creciendo.
Juan explica que después de una controversia relacionada con el sábado:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Una vez más aparece la misma cuestión.
¿Quién era este hombre?
El problema no consistía simplemente en que Jesús enseñara acerca de Dios. Israel había tenido profetas durante siglos.
Los profetas podían decir:
“Así dice Jehová.”
Pero Jesús hablaba con una autoridad personal sorprendente:
“Pero yo os digo…”
Y no solamente enseñaba con autoridad. Perdonaba pecados, redefinía la relación de las personas con Él, reclamaba una relación singular con el Padre y hablaba de una existencia que trascendía la vida humana ordinaria.
La tensión llega a uno de sus puntos culminantes durante el interrogatorio ante el sumo sacerdote.
Este le pregunta:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Jesús responde:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:61-62, RVR1960
Jesús está combinando imágenes extraordinarias de las Escrituras, particularmente Daniel 7 y el Salmo 110.
La reacción del sumo sacerdote fue inmediata:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960
Desde la perspectiva de quienes lo juzgaban, aquello había cruzado una línea.
Los estudios históricos señalan que existían distintas maneras de entender jurídicamente la blasfemia en el judaísmo antiguo. Sin embargo, también contamos con fuentes judías de la época que muestran que atribuirse igualdad o prerrogativas propias de Dios podía ser considerado blasfemo. Por eso la acusación presentada en los Evangelios encaja dentro de un contexto judío antiguo reconocible.
Aquí aparece quizá la parte más desconcertante de toda la historia.
No todos pensaron que Jesús estaba loco.
No todos pensaron que era un blasfemo.
No todos quisieron matarlo.
Hubo personas que lo escucharon, convivieron con Él, viajaron con Él, comieron con Él y observaron su comportamiento durante años…
y le creyeron.
Ese es el hecho que hace que nuestra investigación sea todavía más interesante.
Porque si un hombre aparece afirmando poseer prerrogativas divinas, tenemos varias posibilidades que investigar. Puede estar engañando deliberadamente. Puede estar equivocado respecto de sí mismo. Sus seguidores pueden haber deformado posteriormente lo que realmente dijo. O quizá exista otra explicación mucho más extraordinaria.
No debemos decidirlo todavía.
Pero tampoco podemos ignorar la pregunta.
Intentemos mirar nuevamente a Jesús sin dos mil años de familiaridad cristiana.
Imagine encontrarse en Galilea.
Delante de usted hay un hombre de Nazaret.
Lo ve caminar.
Lo escucha hablar.
Y aquel hombre comienza a decir cosas que parecen colocar su identidad en una categoría completamente diferente.
Algunos dicen:
“Está fuera de sí.”
Otros:
“Blasfema.”
Otros toman piedras.
Otros conspiran para matarlo.
Pero otros abandonan sus ocupaciones, comienzan a seguirlo y terminan convencidos de que aquel hombre es realmente quien afirma ser.
Entonces ya no basta con preguntar qué enseñaba Jesús.
Tenemos que hacer una pregunta mucho más incómoda:
¿Quién era Él?
Y existe una manera extraordinariamente sencilla de comenzar nuestra investigación.
En lugar de empezar preguntando qué dice el cristianismo acerca de Jesús, comenzaremos preguntando:
¿Qué dijo Jesús acerca de sí mismo?
Eso es precisamente lo que examinaremos a continuación.
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Escuche música con propósito
Después de escuchar a Jesús decir “Antes que Abraham fuese, yo soy”, podríamos preguntarnos si estamos interpretando correctamente sus palabras. ¿Realmente estaba haciendo una afirmación relacionada con su divinidad? ¿O estamos leyendo en ellas algo que sus contemporáneos nunca entendieron?
Existe otro episodio que resulta especialmente importante para nuestra investigación porque, en esta ocasión, no necesitamos imaginar cómo interpretaron sus palabras quienes estaban allí.
Ellos mismos nos lo dicen.
Jesús pronunció una breve declaración:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Son solamente unas cuantas palabras.
Pero la reacción fue inmediata:
“Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.”
Juan 10:31, RVR1960
Otra vez las piedras.
No es la primera vez que ocurre. En Juan 8:58-59, después de que Jesús declarara “Antes que Abraham fuese, yo soy”, también intentaron apedrearlo.
Algo en las afirmaciones de Jesús estaba provocando una reacción extraordinariamente violenta.
Pero esta vez Jesús les pregunta directamente por qué quieren hacerlo:
“Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?”
Juan 10:32, RVR1960
Y entonces llega una de las respuestas más importantes para nuestra investigación:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Detengámonos aquí.
Porque esta frase nos permite escuchar directamente cómo interpretaron algunos de sus contemporáneos las palabras de Jesús:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Dos mil años después estamos acostumbrados a escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”.
Pero volvamos nuevamente al siglo I.
Quienes rodeaban a Jesús eran judíos.
Desde pequeños habían aprendido una de las declaraciones fundamentales de la fe de Israel:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
No estaban frente a una cultura acostumbrada a convertir fácilmente a los hombres en dioses.
Estaban dentro del mundo religioso de Israel.
Y frente a ellos se encontraba un hombre.
Podían verlo.
Sabían que procedía de Nazaret.
Conocían a su familia.
Y aquel hombre acababa de decir:
“Yo y el Padre uno somos.”
No sorprende que algunos reaccionaran violentamente.
Pero para comprender por qué aquella declaración resultaba tan poderosa debemos leer lo que Jesús había dicho inmediatamente antes.
Jesús estaba hablando de sus ovejas, es decir, de quienes escuchan su voz y lo siguen.
Entonces declara:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Juan 10:27, RVR1960
Hasta aquí alguien podría pensar simplemente en un maestro hablando de sus discípulos.
Pero la siguiente declaración cambia completamente la dimensión de sus palabras:
“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás…”
Juan 10:28, RVR1960
Observe cuidadosamente:
Jesús no dice solamente:
“Dios les dará vida eterna.”
Dice:
“YO les doy vida eterna.”
Estamos nuevamente frente a una afirmación extraordinaria.
¿Qué hombre puede prometer a otro ser humano que jamás perecerá?
¿Qué maestro religioso puede decir que tiene autoridad para dar vida eterna?
Un profeta podía anunciar la salvación de Dios.
Un maestro podía explicar las Escrituras.
Pero Jesús coloca la vida eterna de sus seguidores directamente en sus propias manos.
Jesús continúa:
“…ni nadie las arrebatará de mi mano.”
Juan 10:28, RVR1960
Esta frase puede parecernos sencilla hasta que leemos la siguiente:
“Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
Juan 10:29, RVR1960
Observe la construcción.
Primero Jesús dice:
“Nadie las arrebatará de MI mano.”
Después dice:
“Nadie las puede arrebatar de la mano de MI PADRE.”
Y entonces concluye:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora la declaración adquiere una profundidad mucho mayor.
Jesús no pronunció esas palabras en el vacío.
Está hablando de dar vida eterna, de proteger eternamente a sus ovejas y de una seguridad que se encuentra simultáneamente en su mano y en la mano del Padre.
Entonces declara:
“Yo y el Padre uno somos.”
No.
Y esta distinción es muy importante.
Jesús dice:
“Yo Y el Padre…”
Hay una distinción entre ambos.
Jesús habla con el Padre, es enviado por el Padre y afirma que el Padre lo ama.
Por tanto, cuando dice “uno somos”, no está diciendo: “Yo soy el Padre”.
Además, el texto griego utiliza hen para “uno”, una forma neutra. La expresión apunta a una unidad profunda, pero no significa que Jesús y el Padre sean la misma persona.
Esto será importante posteriormente cuando estudiemos la doctrina cristiana de la Trinidad.
Por ahora debemos permanecer dentro de nuestra investigación histórica y preguntar algo más sencillo:
¿Qué estaba reclamando Jesús para sí mismo?
Y el contexto nos proporciona elementos impresionantes:
Da vida eterna.
Garantiza que sus ovejas jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de su mano.
Nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Aquí debemos ser cuidadosos.
El hecho de que los adversarios de Jesús interpreten sus palabras de determinada manera no demuestra por sí solo que su interpretación sea correcta. En otros lugares del Evangelio encontramos personas que malinterpretan a Jesús.
Pero en este episodio ocurre algo particularmente interesante.
Jesús no responde:
“Me entendieron mal. Yo nunca pretendí atribuirme nada divino.”
En cambio, continúa la discusión.
Después de citar el Salmo 82, Jesús pregunta:
“¿Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”
Juan 10:36, RVR1960
Y entonces vuelve a señalar sus obras:
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras…”
Juan 10:37-38, RVR1960
¿Para qué?
Jesús mismo da la respuesta:
“…para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.”
Juan 10:38, RVR1960
Y nuevamente ocurre algo revelador:
“Procuraron otra vez prenderle…”
Juan 10:39, RVR1960
La tensión no desapareció.
Esta acusación ya había aparecido anteriormente en el Evangelio de Juan.
Después de que Jesús sanara a un hombre en sábado, Juan explica:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Observe la semejanza:
Juan 5:18: “haciéndose igual a Dios”.
Juan 10:33: “tú, siendo hombre, te haces Dios”.
Ya no estamos frente a una frase aislada.
Existe un patrón dentro del Evangelio.
Todo este capítulo gira alrededor de una imagen:
el pastor y sus ovejas.
Jesús declara:
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
Juan 10:11, RVR1960
Para nosotros la imagen del “Buen Pastor” resulta tierna y familiar.
Pero un lector conocedor del Antiguo Testamento podía recordar inmediatamente textos extraordinarios.
David había escrito:
“Jehová es mi pastor; nada me faltará.”
Salmo 23:1, RVR1960
Y por medio de Ezequiel, Dios había declarado:
“Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor.”
Ezequiel 34:15, RVR1960
En Ezequiel 34, Dios denuncia a los malos pastores de Israel y anuncia que Él mismo buscará y cuidará a sus ovejas.
Y siglos después aparece Jesús diciendo:
“Yo soy el buen pastor.”
Después:
“Mis ovejas oyen mi voz.”
Después:
“Yo les doy vida eterna.”
Después:
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Leído dentro del mundo bíblico de Israel, el conjunto resulta extraordinario.
Intentemos nuevamente realizar nuestro ejercicio.
No conocemos todavía el cristianismo.
Estamos caminando por Jerusalén hace aproximadamente dos mil años.
Escuchamos hablar a un hombre llamado Jesús de Nazaret.
Y aquel hombre declara:
Yo soy el buen pastor.
Mis ovejas oyen mi voz.
Yo les doy vida eterna.
Jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de mi mano.
Yo y el Padre uno somos.
Algunos de quienes están junto a nosotros comienzan a recoger piedras.
Jesús pregunta por qué quieren matarlo.
Y ellos responden:
“Porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Ahora podemos comenzar a sentir algo del impacto que aquellas palabras debieron producir.
El problema fundamental estaba expresado perfectamente en aquellas pocas palabras:
“Tú, siendo hombre…”
Ellos veían un hombre.
Pero escuchaban afirmaciones que consideraban incompatibles con la condición de un simple hombre.
Y esto nos devuelve nuevamente a nuestra investigación.
Todavía no necesitamos llegar a una conclusión.
Estamos acumulando evidencia.
En el artículo anterior escuchamos a Jesús declarar:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Ahora lo escuchamos afirmar:
“Yo les doy vida eterna.”
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
“Yo y el Padre uno somos.”
Y escuchamos a sus propios adversarios responder:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
La pregunta comienza a volverse inevitable.
Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué hablaba de esta manera?
¿Sus enemigos simplemente lo malinterpretaron?
¿Sus seguidores exageraron posteriormente sus palabras?
¿Jesús estaba equivocado acerca de sí mismo?
¿O realmente estaba revelando algo acerca de su identidad que sus contemporáneos apenas podían concebir?
No decidamos todavía.
Sigamos escuchando a Jesús.
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Escuche música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Hay palabras de Jesús que, después de dos mil años de cristianismo, hemos escuchado tantas veces que pueden dejar de sorprendernos. Pero imaginemos por un momento que estamos escuchándolas por primera vez, en el siglo I, dentro de una sociedad profundamente judía.
Delante de nosotros se encuentra un hombre de aproximadamente treinta años.
Podemos verlo. Podemos escucharlo. Sabemos que procede de Nazaret. Conocemos a su madre. Algunas personas incluso conocen a sus hermanos.
Y de pronto aquel hombre comienza a hablar de Abraham, quien había vivido muchos siglos antes.
Sus interlocutores le preguntan:
“Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?”
Juan 8:57, RVR1960
Era una pregunta perfectamente lógica.
Pero la respuesta de Jesús fue cualquier cosa menos ordinaria:
“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960
Observe cuidadosamente lo que Jesús no dijo.
No dijo simplemente: “Antes que Abraham existiera, yo existía.”
La construcción es sorprendente:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Abraham llegó a existir.
Jesús simplemente dice:
YO SOY.
Para comprender el impacto debemos regresar al libro de Éxodo.
Cuando Moisés pregunta a Dios qué nombre deberá dar a los israelitas cuando pregunten quién lo ha enviado, Dios responde:
“YO SOY EL QUE SOY.”
“Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.”
Éxodo 3:14, RVR1960
El texto hebreo utiliza Ehyeh (אהיה), mientras que Juan escribe en griego egō eimi (ἐγώ εἰμι), “yo soy”. Por eso debemos ser precisos: Jesús no está pronunciando literalmente las cuatro letras del nombre YHWH.
Pero la conexión conceptual resulta extraordinariamente importante, especialmente cuando Juan presenta repetidamente a Jesús utilizando la expresión “Yo soy”.
Y el propio relato nos permite comprobar que sus palabras no fueron recibidas como una observación inocente.
El siguiente versículo dice:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo.”
Juan 8:59, RVR1960
¿Por qué piedras?
Porque quienes estaban frente a Jesús comprendieron que acababan de escuchar una afirmación extraordinaria acerca de su identidad.
Aquello no era una conversación teológica tranquila.
Querían apedrearlo.
Incluso antes de discutir la expresión “YO SOY”, existe una afirmación imposible de pasar por alto.
Jesús estaba afirmando preexistencia.
Abraham había vivido muchos siglos antes del nacimiento de Jesús en Belén. Sin embargo, Jesús habla de sí mismo como alguien cuya existencia precede a Abraham.
Esto aparece nuevamente en la oración de Jesús poco antes de su muerte:
“Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Aquí la afirmación se vuelve todavía más sorprendente.
Jesús ya no habla solamente de existir antes que Abraham.
Habla de una gloria compartida con el Padre antes de que existiera el mundo.
Y unos versículos después declara:
“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Juan 17:24, RVR1960
La afirmación ya no puede limitarse a: “Jesús cree que existía antes que Abraham”.
Su horizonte se extiende antes de la creación del mundo.
Aquí comienza una de las características más fascinantes del Evangelio de Juan.
Jesús utiliza repetidamente la expresión “Yo soy”.
Algunas veces añade una descripción:
“Yo soy el pan de vida.”
Juan 6:35
“Yo soy la luz del mundo.”
Juan 8:12
“Yo soy la puerta.”
Juan 10:9
“Yo soy el buen pastor.”
Juan 10:11
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Juan 14:6
“Yo soy la vid verdadera.”
Juan 15:1
Cada una merece estudiarse individualmente.
Pero existen otros momentos todavía más intrigantes en los que aparece egō eimi de manera absoluta o particularmente enfática.
Jesús dice:
“Porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.”
Juan 8:24, RVR1960
Más adelante:
“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy…”
Juan 8:28, RVR1960
Y finalmente:
“Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy.”
Juan 13:19, RVR1960
La repetición difícilmente pasa inadvertida.
La noche en que Jesús fue arrestado ocurrió algo particularmente extraño.
Judas llega acompañado de soldados y otras personas para detenerlo.
Jesús pregunta:
“¿A quién buscáis?”
Ellos responden:
“A Jesús nazareno.”
Entonces Jesús contesta:
“Yo soy.”
Juan 18:4-5, RVR1960
Y Juan añade inmediatamente:
“Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra.”
Juan 18:6, RVR1960
La escena resulta impresionante.
Llegaron para arrestar a Jesús.
Él pronuncia:
“YO SOY.”
Y quienes vienen a detenerlo retroceden y caen al suelo.
No debemos construir toda la doctrina de la divinidad de Cristo únicamente sobre este episodio; “yo soy” también puede funcionar en griego como una identificación normal: “soy yo”. Pero dentro de la estructura del Evangelio de Juan, después de todos los usos anteriores de egō eimi, resulta difícil no percibir la enorme carga literaria y teológica de la escena.
En Isaías encontramos declaraciones de Dios que presentan sorprendentes paralelos:
“Para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí.”
Isaías 43:10, RVR1960
Y nuevamente:
“Aun antes que hubiera día, yo era…”
Isaías 43:13, RVR1960
Dios se presenta como aquel cuya existencia no depende de ninguna criatura.
Esto nos ayuda a comprender por qué las palabras de Jesús resultaban tan extraordinarias dentro del monoteísmo judío.
Posteriormente los primeros cristianos describieron a Jesús de una manera que encaja sorprendentemente con estas declaraciones.
Juan comienza su Evangelio:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y posteriormente declara:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3, RVR1960
Pablo expresará una idea semejante acerca de Cristo:
“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
Colosenses 1:17, RVR1960
Aquí aparece precisamente la idea que queremos investigar: Cristo no solamente es presentado como anterior a Abraham, sino anterior a todas las cosas creadas; y además, todas las cosas subsisten en Él.
Hebreos lleva la afirmación todavía más lejos al hablar del Hijo como aquel por quien Dios hizo el universo y quien:
“…sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…”
Hebreos 1:3, RVR1960
Sin embargo, debemos distinguir cuidadosamente las evidencias. Juan 8:58 registra lo que Jesús dice de sí mismo; Colosenses y Hebreos muestran cómo posteriormente sus primeros seguidores entendieron su identidad. Esta distinción hará nuestra investigación mucho más sólida.
Quizá este sea el ejercicio más importante.
Olvidemos por unos segundos que conocemos el final de la historia.
Estamos en Jerusalén.
Frente a nosotros hay un hombre de Nazaret de aproximadamente treinta años.
Y aquel hombre nos dice:
Antes de Abraham… YO SOY.
Después afirma haber poseído gloria junto al Padre antes que el mundo existiera.
Declara:
Yo soy la luz.
Yo soy la vida.
Yo soy la resurrección.
Yo soy el camino.
Yo soy el buen pastor.
Si no creéis que YO SOY, en vuestros pecados moriréis.
Ahora podemos comprender mejor las reacciones.
Algunos pensaron que estaba fuera de sí.
Otros lo acusaron de blasfemia.
Otros quisieron matarlo.
¡Era para no dormir aquella noche!
Porque solamente quedaban posibilidades extraordinarias.
O aquel hombre estaba realizando afirmaciones inconcebibles acerca de sí mismo…
o verdaderamente era quien decía ser.
Y nosotros apenas hemos comenzado a examinar el caso.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
Si alguien preguntara cuál fue el título que Jesús utilizó con mayor frecuencia para referirse a sí mismo en los Evangelios, probablemente muchas personas responderían: “Hijo de Dios”.
Sin embargo, existe otro título que aparece repetidamente en labios de Jesús y que puede resultar todavía más intrigante:
“El Hijo del Hombre.”
A primera vista parece una expresión sencilla. Incluso podríamos pensar que Jesús solamente estaba diciendo: “Soy un ser humano.”
Y ciertamente el título puede subrayar su verdadera humanidad.
Pero existe un problema.
Cuando examinamos cómo Jesús utiliza esta expresión, especialmente en algunos de los momentos más importantes de su vida, descubrimos que “Hijo del Hombre” puede llevarnos directamente a una de las visiones más extraordinarias del Antiguo Testamento.
Una visión en la que aparece un personaje que viene con las nubes del cielo, se presenta delante del Anciano de días y recibe dominio, gloria y un reino que jamás será destruido.
Estamos hablando de Daniel capítulo 7.
Y Jesús aplicó esta figura a sí mismo.
El profeta Daniel describe una visión nocturna:
“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…”
Daniel 7:13, RVR1960
Detengámonos.
Daniel no está simplemente observando a un hombre caminando sobre la tierra.
Este personaje aparece:
“con las nubes del cielo”.
Después sucede algo todavía más extraordinario:
“…que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.”
Daniel 7:13, RVR1960
El Anciano de días aparece anteriormente en la visión sentado sobre un trono, rodeado de una escena celestial de majestad y juicio.
Entonces este personaje semejante a un hijo de hombre es llevado ante Él.
¿Y qué recibe?
“Y le fue dado dominio, gloria y reino…”
Daniel 7:14, RVR1960
Pero no termina ahí:
“…para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran…”
Daniel 7:14, RVR1960
Y finalmente:
“…su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.”
Daniel 7:14, RVR1960
Leamos nuevamente las características de este personaje:
Viene con las nubes del cielo.
Se presenta delante del Anciano de días.
Recibe dominio.
Recibe gloria.
Recibe un reino.
Pueblos, naciones y lenguas le sirven.
Su dominio es eterno.
Su reino jamás será destruido.
Estamos muy lejos de una simple manera de decir:
“Soy humano.”
Este detalle merece especial atención.
Para nosotros las nubes pueden ser solamente un elemento del paisaje.
Pero dentro del lenguaje del Antiguo Testamento, venir sobre las nubes está asociado repetidamente con Dios.
Por ejemplo:
“He aquí que Jehová monta sobre una ligera nube…”
Isaías 19:1, RVR1960
El salmista dice acerca de Dios:
“El que pone las nubes por su carroza…”
Salmo 104:3, RVR1960
Y Deuteronomio declara:
“No hay como el Dios de Jesurún, quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda…”
Deuteronomio 33:26, RVR1960
Por eso, la imagen de Daniel resulta tan sorprendente.
Un personaje “como un hijo de hombre” aparece asociado con las nubes del cielo y recibe una autoridad universal y eterna.
Ahora guardemos esta imagen en nuestra mente.
Porque siglos después Jesús se encuentra frente al sumo sacerdote.
Estamos ahora en Jerusalén.
Jesús ha sido arrestado.
Sus enemigos buscan evidencia para condenarlo.
Finalmente, el sumo sacerdote le hace una pregunta directa:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Marcos 14:61, RVR1960
Este es uno de los momentos decisivos de nuestra investigación.
Jesús está frente a quienes tienen autoridad para acusarlo.
No está hablando metafóricamente ante una multitud.
Está siendo interrogado.
Y responde:
“Yo soy…”
Marcos 14:62, RVR1960
Pero Jesús no se detiene allí.
Añade:
“…y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:62, RVR1960
Para nosotros quizá sea simplemente una frase religiosa.
Pero quienes conocían las Escrituras podían reconocer inmediatamente las imágenes.
Jesús está reuniendo dos grandes pasajes del Antiguo Testamento.
La primera imagen procede del Salmo 110:
“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra…”
Salmo 110:1, RVR1960
Jesús habla de estar:
“sentado a la diestra del poder de Dios”.
La diestra representa una posición de extraordinario honor y autoridad.
Pero inmediatamente añade una segunda imagen:
“viniendo con las nubes del cielo”.
Y ahora regresamos exactamente a Daniel:
“He aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre…”
Daniel 7:13, RVR1960
Jesús está tomando Salmo 110 y Daniel 7 y aplicándolos a sí mismo.
En otras palabras:
El Hijo del Hombre de Daniel soy yo.
¿Cómo reaccionó el sumo sacerdote?
¿Dijo:
“Muy bien, Jesús acaba simplemente de decir que es humano”?
No.
Marcos registra:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”
Marcos 14:63, RVR1960
Y continúa:
“Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece?”
Marcos 14:64, RVR1960
La respuesta fue:
“Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte.”
Marcos 14:64, RVR1960
Detengámonos nuevamente.
Jesús se identifica con el Hijo del Hombre.
Habla de sentarse a la diestra del Poder.
Declara que vendrá con las nubes del cielo.
Y el sumo sacerdote rasga sus vestiduras y exclama:
“Habéis oído la blasfemia.”
Evidentemente, para quienes lo estaban juzgando, Jesús acababa de realizar una afirmación muchísimo más seria que:
“Yo soy un ser humano.”
Hay algo todavía más impresionante en esta escena.
Pensemos en la situación.
Jesús está detenido.
Está siendo interrogado.
Humanamente hablando, ellos tienen poder sobre Él.
Ellos están juzgando a Jesús.
Pero la respuesta de Jesús prácticamente invierte la escena.
Les dice:
“Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios…”
El hombre que está siendo juzgado anuncia que un día aparecerá investido de autoridad celestial.
El acusado habla como quien finalmente tendrá autoridad sobre sus acusadores.
Eso cambia completamente la escena.
Y no era la primera vez.
En Mateo encontramos estas palabras:
“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
Mateo 25:31, RVR1960
Después:
“Y serán reunidas delante de él todas las naciones…”
Mateo 25:32, RVR1960
Observe nuevamente:
Viene en gloria.
Los ángeles lo acompañan.
Se sienta en un trono.
Todas las naciones comparecen delante de Él.
Él ejecuta juicio.
No estamos frente a la descripción de un simple maestro religioso.
Existe todavía otra utilización sorprendente del título.
Cuando unos hombres llevan un paralítico ante Jesús, Él primero le dice:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5, RVR1960
Los escribas reaccionan inmediatamente:
“¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
Jesús entonces sana al paralítico para demostrar algo:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…”
Marcos 2:10, RVR1960
Otra vez aparece el título.
El Hijo del Hombre.
Y ahora ese Hijo del Hombre reclama autoridad para perdonar pecados.
En otra controversia Jesús declara:
“Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.”
Marcos 2:28, RVR1960
El sábado no era una institución cualquiera.
Formaba parte de la Ley dada por Dios a Israel.
Y Jesús declara que:
“El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.”
Una vez más, el título aparece acompañado de una afirmación extraordinaria de autoridad.
Aquí debemos evitar cometer un error.
Jesús no utilizó “Hijo del Hombre” solamente para hablar de gloria, autoridad y juicio.
También lo utilizó para anunciar su sufrimiento y su muerte.
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
Marcos 10:45, RVR1960
Esto hace que el título sea todavía más extraordinario.
El mismo Hijo del Hombre que:
recibe un reino eterno,
viene con las nubes,
perdona pecados,
es Señor del sábado,
juzgará a las naciones
es también aquel que:
sirve, sufre y entrega su vida.
Gloria y humillación aparecen reunidas en la misma persona.
Intentemos escucharlo como si nunca hubiéramos oído hablar de Jesús.
Un hombre de Nazaret aparece delante de nosotros.
Y comienza a llamarse:
“El Hijo del Hombre.”
Después afirma:
El Hijo del Hombre puede perdonar pecados.
El Hijo del Hombre es Señor del sábado.
El Hijo del Hombre vendrá en gloria.
El Hijo del Hombre se sentará en su trono.
Todas las naciones comparecerán delante de Él.
Y finalmente, frente al sumo sacerdote, declara:
“Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
El sumo sacerdote rasga entonces sus vestiduras.
“Habéis oído la blasfemia.”
Ahora podemos comprender por qué la expresión “Hijo del Hombre” no debe ser pasada por alto.
Nuestra investigación comienza a acumular afirmaciones extraordinarias.
Primero escuchamos:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Y ahora descubrimos que Jesús se identifica con aquel Hijo del Hombre de Daniel que viene con las nubes del cielo y recibe dominio, gloria y un reino eterno.
Todavía no estamos pidiendo al lector que crea.
Estamos haciendo algo anterior a la fe:
estamos escuchando.
Queremos saber qué afirmó realmente Jesús acerca de sí mismo.
Y cuanto más avanzamos, más difícil resulta sostener que Jesús se presentó simplemente como un buen maestro que vino a enseñarnos a ser mejores personas.
Sus palabras son demasiado grandes para eso.
La pregunta vuelve a aparecer:
¿Quién era este hombre?
¿Estaba equivocado acerca de sí mismo?
¿Fueron posteriormente exageradas sus afirmaciones?
¿O aquel hombre de Nazaret tenía realmente derecho a hablar de esta manera?
Todavía no respondamos.
Porque Jesús está a punto de hacer algo todavía más desconcertante:
atribuirse autoridad para hacer aquello que sus propios adversarios afirmaban que solamente Dios podía hacer: perdonar pecados.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Hasta este momento hemos escuchado afirmaciones extraordinarias de Jesús. Lo hemos oído decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Lo hemos escuchado declarar: “Yo y el Padre uno somos”. También hemos descubierto que utilizó para sí mismo el título “Hijo del Hombre”, identificándose con la figura de Daniel 7 que recibe dominio, gloria y un reino eterno.
Pero ahora sucede algo diferente.
Jesús ya no solamente dice algo acerca de su identidad.
Ahora hace algo que provoca inmediatamente una pregunta entre los expertos religiosos presentes:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
La pregunta es extraordinariamente importante para nuestra investigación.
Porque Jesús está a punto de realizar una acción mediante la cual obliga nuevamente a quienes lo rodean a preguntarse:
¿Quién es realmente este hombre?
El acontecimiento ocurrió en Capernaum.
Jesús había regresado a la ciudad y rápidamente comenzó a correr la noticia de que estaba en una casa. Marcos describe una multitud tan grande que ya no había espacio disponible.
“E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.”
Marcos 2:2, RVR1960
Entonces llegaron cuatro hombres cargando a un paralítico.
Querían llevarlo hasta Jesús.
Pero era imposible entrar.
La casa estaba completamente llena.
En lugar de darse por vencidos, aquellos hombres subieron al techo, hicieron una abertura y comenzaron a bajar la camilla sobre la que estaba acostado su amigo.
Imagine por un momento la escena.
Jesús está enseñando.
La casa está abarrotada.
De pronto comienza a abrirse el techo sobre las cabezas de quienes se encuentran allí.
Y lentamente aparece un hombre paralítico descendiendo frente a Jesús.
Todos saben lo que necesita.
Necesita caminar.
Probablemente todos esperan lo mismo:
“Jesús, sánalo”.
Pero Jesús hace algo completamente inesperado.
“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5, RVR1960
¿Sus pecados?
El hombre había venido buscando una sanidad física.
Y Jesús comienza hablando de algo que nadie podía ver:
su pecado.
¿Quién puede perdonar pecados?
Entre las personas que estaban dentro de aquella casa había escribas.
Ellos conocían las Escrituras.
Y cuando escucharon las palabras de Jesús comenzaron inmediatamente a razonar:
“¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
Aquí necesitamos detenernos.
Porque, dentro de la teología bíblica de Israel, la pregunta tenía fundamento.
El pecado es, en última instancia, una ofensa contra Dios.
David, después de su terrible pecado, había orado:
“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…”
Salmo 51:4, RVR1960
Y las Escrituras presentaban repetidamente a Dios como aquel que perdona la maldad.
El profeta Isaías registra estas palabras de Jehová:
“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.”
Isaías 43:25, RVR1960
Miqueas pregunta:
“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad?”
Miqueas 7:18, RVR1960
Y el Salmo 103 declara:
“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias.”
Salmo 103:3, RVR1960
Por eso los escribas comprendieron inmediatamente la gravedad de lo que acababan de escuchar.
Jesús no había dicho:
“Voy a pedirle a Dios que perdone tus pecados.”
Tampoco había pronunciado simplemente un anuncio sacerdotal relacionado con un sacrificio realizado en el templo.
Jesús miró directamente al hombre y declaró:
“Tus pecados te son perdonados.”
La pregunta surgió inmediatamente:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Jesús sabía exactamente lo que estaban pensando
Lo que sucede después hace que el episodio sea todavía más interesante.
Los escribas no habían expresado necesariamente sus pensamientos en voz alta.
Marcos dice que estaban “cavilando en sus corazones”.
Entonces añade:
“Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?”
Marcos 2:8, RVR1960
Jesús conocía la objeción.
Y en lugar de retirar sus palabras, plantea una pregunta:
“¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?”
Marcos 2:9, RVR1960
La pregunta es brillante.
Decir “tus pecados te son perdonados” es fácil en un sentido: nadie puede mirar dentro del cielo para comprobar inmediatamente si ocurrió.
Pero decirle a un paralítico:
“Levántate y anda”
es diferente.
Eso puede comprobarse en ese mismo instante.
El hombre caminará…
o permanecerá acostado.
Jesús entonces utiliza lo visible para demostrar su autoridad sobre lo invisible.
El milagro se convierte en evidencia
Jesús declara:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…”
Marcos 2:10, RVR1960
Observe cuidadosamente esas palabras:
“Para que sepáis…”
Jesús está a punto de proporcionar una evidencia.
No sana simplemente porque siente compasión por aquel hombre, aunque evidentemente la compasión forma parte de su ministerio.
En esta ocasión el milagro tiene además una función específica:
demostrar autoridad.
¿Autoridad para qué?
Para perdonar pecados.
Entonces Jesús mira al paralítico y dice:
“A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.”
Marcos 2:11, RVR1960
Toda la casa debe haber quedado en silencio.
Ahora ya no había argumentos.
Había que esperar.
¿Se levantaría?
Marcos responde:
“Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos…”
Marcos 2:12, RVR1960
El hombre que había entrado cargado por cuatro personas salió caminando y cargando aquello que antes lo había cargado a él.
Y Marcos registra la reacción:
“…de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
Marcos 2:12, RVR1960
Aquí encontramos un detalle fundamental para nuestra investigación.
Los escribas plantearon una objeción teológicamente seria:
Solamente Dios puede perdonar pecados.
Jesús pudo haber respondido:
“No me entendieron. Yo no estoy afirmando poseer semejante autoridad”.
Pero no lo hizo.
En lugar de retirar la declaración, realizó un milagro precisamente para demostrar que tenía esa autoridad.
El razonamiento del relato es extraordinariamente sencillo:
Jesús declara perdonados los pecados de un hombre.
Los escribas piensan:
“Sólo Dios puede hacer eso.”
Jesús conoce su objeción.
Entonces dice, en esencia:
“Voy a demostrarles que el Hijo del Hombre tiene autoridad para hacerlo.”
Y sana al paralítico delante de ellos.
No estamos diciendo todavía que este episodio, aislado de todo lo demás, resuelva completamente la cuestión de la divinidad de Cristo.
Pero cuando lo colocamos junto a las demás afirmaciones que estamos estudiando, el cuadro comienza a hacerse cada vez más impresionante.
Un profeta podía anunciar el perdón; Jesús habla con autoridad propia
Esta distinción merece atención.
Los profetas del Antiguo Testamento podían anunciar que Dios perdonaría.
Natán, por ejemplo, después de que David confesara su pecado, le dijo:
“También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.”
2 Samuel 12:13, RVR1960
Pero observe la diferencia.
Natán señala hacia Dios:
“Jehová ha remitido tu pecado.”
En Capernaum, Jesús se coloca frente al paralítico y declara:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Y cuando cuestionan su derecho para hacerlo, Jesús no dirige la atención hacia otra autoridad que esté actuando independientemente de Él.
Declara:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Estamos nuevamente frente a aquel título que acabamos de estudiar:
El Hijo del Hombre.
El personaje de Daniel 7 que recibe dominio y un reino eterno aparece ahora en labios de Jesús relacionado con una autoridad que sus propios adversarios reconocían como perteneciente a Dios.
¿Y si el hombre hubiera permanecido paralítico?
Hay una manera sencilla de comprender la fuerza del episodio.
Imagine que Jesús hubiera dicho:
“Para que sepan que tengo autoridad para perdonar pecados: levántate y anda.”
Y el hombre no hubiera podido levantarse.
La afirmación de Jesús habría quedado públicamente desacreditada.
El milagro era verificable.
Había personas presentes.
El hombre había llegado paralítico.
Y Jesús vinculó deliberadamente la sanidad física con su afirmación de poseer autoridad para perdonar.
Según el relato de Marcos, el hombre:
“se levantó en seguida”.
Eso explica el asombro de quienes estaban allí.
No solamente habían escuchado una enseñanza.
Habían presenciado una afirmación extraordinaria acompañada por un acto extraordinario.
Recordemos nuestro propósito.
No comenzamos esta serie diciendo al lector:
“Tiene que creer que Jesús es Dios.”
Estamos intentando reconstruir el caso paso a paso.
Estamos escuchando a Jesús dentro de su propio mundo.
Hasta ahora hemos encontrado:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Juan 8:58.
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Después descubrimos que Jesús se identifica con el Hijo del Hombre de Daniel, que viene con las nubes y recibe dominio eterno.
Y ahora encontramos algo diferente.
Jesús mira a un hombre y declara:
“Tus pecados te son perdonados.”
Los expertos religiosos presentes inmediatamente piensan:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Y Jesús responde realizando un milagro para demostrar que:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Una afirmación podría ser malinterpretada.
Dos podrían ser discutidas.
Pero conforme avanzamos, comienza a aparecer un patrón.
Jesús habla de haber existido antes de Abraham.
Afirma una extraordinaria unidad con el Padre.
Se identifica con el Hijo del Hombre celestial de Daniel.
Y ahora reclama autoridad para perdonar pecados.
Por eso debemos continuar haciendo la misma pregunta:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
Porque si Jesús era solamente un maestro religioso, sus palabras comienzan a resultar difíciles de explicar.
Pero nuestra investigación apenas continúa.
Todavía quedan declaraciones aún más sorprendentes.
Biblia Reina-Valera 1960: 2 Samuel 12:13; Salmo 51:4; Salmo 103:1-3; Isaías 43:25; Miqueas 7:18-19; Daniel 7:13-14; Marcos 2:1-12; Lucas 5:17-26.
France, R. T. The Gospel of Mark. The New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Edwards, James R. The Gospel according to Mark. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Keener, Craig S. The IVP Bible Background Commentary: New Testament. InterVarsity Press.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
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Escuche música con propósito
Hay declaraciones de Jesús que, si realmente intentamos escucharlas como las habría escuchado una persona del siglo I, resultan difíciles de imaginar en labios de cualquier ser humano.
Esta es una de ellas.
Jesús dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960
Después de casi dos mil años de cristianismo podemos leer estas palabras sin detenernos demasiado. Aparecen en predicaciones, libros, canciones y conversaciones cristianas. Nos resultan familiares.
Pero intentemos escucharlas nuevamente como si nunca antes hubiéramos oído hablar de Jesús.
Delante de nosotros hay un hombre de Nazaret.
Y aquel hombre no dice:
“Yo conozco el camino hacia Dios.”
Tampoco:
“Yo puedo enseñarles el camino.”
Ni siquiera:
“Dios me ha mostrado el camino.”
Jesús declara algo muchísimo más extraordinario:
“YO SOY el camino.”
Después añade:
“YO SOY la verdad.”
Y finalmente:
“YO SOY la vida.”
Pero todavía falta la parte más radical:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Si queremos investigar seriamente quién creía Jesús que era, difícilmente podemos pasar por alto estas palabras.
El contexto hace que la declaración sea todavía más significativa.
Jesús no pronunció estas palabras durante un discurso multitudinario. Se encontraba con sus discípulos durante las últimas horas antes de su arresto.
Les había anunciado que se marcharía.
Los discípulos estaban confundidos.
Jesús intenta consolarlos:
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.”
Juan 14:1, RVR1960
Detengámonos aquí antes de continuar.
Incluso esta frase resulta extraordinaria.
Jesús coloca paralelamente:
“Creéis en Dios…”
y:
“…creed también en mí.”
No les está pidiendo simplemente que recuerden sus enseñanzas después de su muerte.
Está reclamando para sí mismo la confianza de sus discípulos.
Después les habla de la casa de su Padre y declara:
“Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.”
Juan 14:2, RVR1960
Y añade:
“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo…”
Juan 14:3, RVR1960
Entonces Jesús les dice:
“Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.”
Juan 14:4, RVR1960
Tomás, con esa sinceridad que lo caracteriza, responde:
“Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”
Juan 14:5, RVR1960
La pregunta de Tomás prepara una de las respuestas más importantes de Jesús.
Tomás quiere conocer un camino.
Jesús le presenta una persona.
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
En otras palabras, el camino hacia Dios no es presentado simplemente como una serie de instrucciones.
El camino es Jesús mismo.
Esta afirmación merece ser examinada lentamente.
A lo largo de la historia, los maestros religiosos normalmente han señalado hacia algo que está fuera de ellos mismos.
Un profeta señala hacia Dios.
Un rabino enseña la Ley.
Un maestro explica cómo debe vivir una persona.
Pero Jesús hace algo diferente.
No dice simplemente:
“Síganme porque conozco el camino.”
Dice:
“Yo soy el camino.”
Esto significa que, según Jesús, la reconciliación entre el ser humano y el Padre está inseparablemente relacionada con su propia persona.
Y después elimina cualquier posible ambigüedad:
“…nadie viene al Padre, sino por mí.”
La afirmación es universal.
Jesús no dice:
“Algunas personas pueden llegar al Padre por medio de mí”.
Dice:
“Nadie.”
No dice:
“Soy uno de los caminos”.
Dice:
“Yo soy el camino.”
Para un simple ser humano, semejante afirmación sería extraordinariamente difícil de justificar.
Imagine escuchar aquello hace dos mil años
Intentemos nuevamente colocarnos dentro de la escena.
Un hombre de aproximadamente treinta años nos dice:
Si quieres llegar a Dios, tienes que venir por medio de mí.
No está hablando solamente a personas de una aldea.
No está limitando la declaración a una generación.
La expresión es absoluta:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Si Jesús fuera solamente un maestro religioso, esta sería una afirmación desproporcionada.
Porque significaría que un hombre está colocando su propia persona entre Dios y toda la humanidad.
Precisamente por eso Juan 14:6 resulta tan importante para nuestra investigación.
Jesús no se limita a proporcionar información acerca de Dios.
Se coloca a sí mismo en el centro de la relación del ser humano con Dios.
La segunda afirmación resulta igualmente sorprendente.
Jesús no dice:
“Yo enseño la verdad.”
Eso sería perfectamente comprensible en labios de un maestro.
Tampoco dice:
“Conozco la verdad.”
Dice:
“Yo soy… la verdad.”
En el Antiguo Testamento, la verdad está profundamente relacionada con el carácter de Dios.
Moisés declara:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él…”
Deuteronomio 32:4, RVR1960
El salmista ora:
“Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación…”
Salmo 25:5, RVR1960
Y ahora Jesús no solamente afirma enseñar esa verdad.
Se identifica personalmente con ella.
Esta idea aparece repetidamente en Juan.
Al comienzo del Evangelio leemos:
“…la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.”
Juan 1:17, RVR1960
Y frente a Pilato, Jesús declarará:
“Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad.”
Juan 18:37, RVR1960
La verdad, en las palabras de Jesús, no es simplemente una teoría que debemos comprender.
Está relacionada con quién es Él.
Pero quizá la tercera expresión sea todavía más sorprendente:
“Yo soy la vida.”
Aquí necesitamos recordar nuevamente el mundo bíblico de Jesús.
¿Quién es la fuente de la vida en las Escrituras?
Dios.
El salmista declara:
“Porque contigo está el manantial de la vida…”
Salmo 36:9, RVR1960
Nehemías dice acerca de Dios:
“Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos… y tú vivificas todas estas cosas…”
Nehemías 9:6, RVR1960
La vida procede de Dios.
Sin embargo, Jesús había realizado ya una declaración extraordinaria:
“Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”
Juan 5:21, RVR1960
Observe cuidadosamente.
El Padre da vida.
Y:
“El Hijo a los que quiere da vida.”
Posteriormente, frente a la tumba de Lázaro, Jesús no dirá solamente que cree en la resurrección.
Declarará:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960
Y ahora, en Juan 14, vuelve a decir:
“Yo soy… la vida.”
Estamos comenzando a encontrar nuevamente un patrón.
No solamente ofrece vida: afirma poseerla en sí mismo
Existe otra declaración de Jesús que lleva esta idea todavía más lejos:
“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.”
Juan 5:26, RVR1960
La expresión “vida en sí mismo” merece nuestra atención.
Nosotros tenemos vida, pero no somos la fuente independiente de nuestra propia existencia.
Nuestra vida es recibida.
Dependemos constantemente de condiciones externas para continuar viviendo.
Jesús, sin embargo, habla de una relación extraordinaria con el Padre y declara que el Hijo tiene “vida en sí mismo”.
Cuando esto se combina con:
“Yo soy la vida”
y:
“Yo soy la resurrección y la vida”
la afirmación adquiere dimensiones enormes.
Ahora llegamos a la conclusión de la declaración.
Y quizá sea la parte que más dificultades produce en nuestra cultura contemporánea.
Jesús presenta una afirmación absolutamente exclusiva:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Debemos permitir que las palabras signifiquen lo que dicen.
Jesús está afirmando que Él es el acceso al Padre.
No está diciendo simplemente que su enseñanza es útil para acercarnos a Dios.
No se presenta como una posibilidad entre muchas.
Se coloca personalmente en medio de la relación entre Dios y la humanidad.
Eso plantea un problema enorme si Jesús era solamente un hombre.
Imagine a cualquier otro maestro de la historia diciendo:
“Ningún ser humano puede llegar a Dios excepto por medio de mí.”
Inmediatamente preguntaríamos:
¿Quién cree este hombre que es?
Y esa es precisamente la pregunta que estamos haciendo acerca de Jesús.
Lo verdaderamente sorprendente es que Juan 14:6 no constituye el final de esta conversación.
Jesús continúa:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
Juan 14:7, RVR1960
Entonces Felipe hace una petición perfectamente comprensible:
“Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.”
Juan 14:8, RVR1960
Y Jesús responde con otra declaración extraordinaria:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
Observe la progresión.
Creed en Dios; creed también en mí.
Yo soy el camino.
Yo soy la verdad.
Yo soy la vida.
Nadie viene al Padre sino por mí.
Si me conocéis, conoceréis al Padre.
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
Es difícil reducir todo esto a las palabras de un maestro que simplemente quería enseñar buenos principios morales.
Recordemos nuevamente nuestra investigación.
No comenzamos afirmando la respuesta.
Estamos preguntando:
¿Quién creía Jesús que era?
Y estamos permitiendo que sus propias palabras construyan el caso.
Hasta ahora hemos escuchado:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
“Yo y el Padre uno somos.”
Lo hemos visto identificarse con el Hijo del Hombre de Daniel.
Lo hemos visto reclamar autoridad para perdonar pecados.
Y ahora escuchamos:
“Yo soy el camino.”
“Yo soy la verdad.”
“Yo soy la vida.”
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Poco a poco resulta cada vez más difícil presentar a Jesús simplemente como un buen maestro religioso.
Un buen maestro puede mostrar un camino.
Jesús afirma ser el camino.
Un profeta puede anunciar la verdad.
Jesús afirma ser la verdad.
Un hombre puede hablar acerca de la vida.
Jesús afirma ser la vida.
Y un maestro religioso puede intentar acercar a las personas hacia Dios.
Jesús declara:
“Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Hace aproximadamente dos mil años, un hombre de Nazaret pronunció estas palabras.
La cuestión no es si nos parecen hermosas.
La cuestión es mucho más seria:
¿Tenía derecho a decirlas?
Porque si no era quien afirmaba ser, sus palabras resultan difíciles de explicar.
Pero si realmente era quien decía ser, entonces Juan 14:6 deja de ser simplemente una frase religiosa.
Se convierte en una de las declaraciones más trascendentales pronunciadas por un ser humano:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Y todavía Jesús hará una afirmación más sorprendente en aquella misma conversación:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Biblia Reina-Valera 1960: Deuteronomio 32:4; Salmo 25:5; Salmo 36:9; Nehemías 9:6; Juan 1:1-4, 14-18; Juan 5:19-29; Juan 8:12; Juan 10:27-30; Juan 11:25-26; Juan 14:1-11; Juan 17:1-5; Juan 18:37.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
Hay momentos en los Evangelios en los que las palabras de Jesús resultan tan extraordinarias que necesitamos detenernos y preguntarnos cómo habrían sonado antes de dos mil años de cristianismo.
Este es uno de esos momentos.
Jesús está reunido con sus discípulos pocas horas antes de ser arrestado. Durante aproximadamente tres años aquellos jóvenes han caminado con Él, han escuchado sus enseñanzas y han presenciado acontecimientos extraordinarios.
Entonces Felipe le hace una petición:
“Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.”
Juan 14:8, RVR1960
La petición parece completamente razonable.
Felipe quiere conocer mejor a Dios.
Pero la respuesta de Jesús es sorprendente:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960
Intentemos escuchar esas palabras por primera vez.
Delante de Felipe hay un hombre.
Un hombre que come, duerme, camina, siente cansancio y puede ser tocado.
Y aquel hombre le dice:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
¿Qué clase de hombre puede decir algo así?
Para comprender la magnitud de la petición de Felipe debemos recordar algo fundamental acerca del mundo bíblico.
El deseo de conocer y contemplar a Dios aparece repetidamente en las Escrituras.
Moisés había pedido:
“Te ruego que me muestres tu gloria.”
Éxodo 33:18, RVR1960
La respuesta de Dios dejó clara la enorme distancia existente entre la criatura y su Creador:
“No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.”
Éxodo 33:20, RVR1960
Siglos después, Isaías tuvo una visión de la majestad divina y exclamó:
“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Isaías 6:5, RVR1960
Para un judío conocedor de las Escrituras, hablar de ver a Dios no era un asunto ligero.
Dios era invisible, santo y trascendente.
Juan mismo había escrito al comienzo de su Evangelio:
“A Dios nadie le vio jamás…”
Juan 1:18, RVR1960
Y ahora Felipe mira a Jesús y le dice:
“Muéstranos el Padre.”
Podríamos esperar que Jesús levantara los ojos hacia el cielo.
Podríamos esperar que respondiera:
“Felipe, algún día Dios se revelará a ustedes”.
O quizá:
“Yo puedo enseñarles cómo es el Padre”.
Pero Jesús hace algo completamente diferente.
Dirige la atención de Felipe hacia Él mismo.
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?”
Esta parte de la respuesta puede pasar inadvertida.
Felipe había pedido:
“Muéstranos al Padre.”
Pero Jesús responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Observe el cambio.
Felipe pregunta por el Padre.
Jesús responde preguntando por qué todavía no lo ha conocido a Él.
Después explica:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
La conexión entre conocer a Jesús y conocer al Padre es extraordinariamente estrecha.
Esto ya había comenzado unos versículos antes.
Jesús había declarado:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”
Juan 14:7, RVR1960
¿Cómo podían afirmar haber visto al Padre?
Felipe no lo comprende.
Por eso pregunta.
Y Jesús responde:
Porque me han visto a mí.
Aquí debemos hacer una precisión importante.
Jesús no está diciendo que Él y el Padre sean la misma persona.
Todo el Evangelio de Juan distingue claramente entre ambos.
El Padre envía al Hijo.
El Hijo habla con el Padre.
El Padre ama al Hijo.
Jesús ora al Padre.
Y precisamente en este mismo pasaje Jesús continúa hablando del Padre como alguien personalmente distinguible de Él.
Por tanto, cuando declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
no significa:
“Yo soy el Padre.”
La afirmación es diferente y, en cierto sentido, todavía más profunda.
Jesús está afirmando que Él revela de manera perfecta al Padre.
Quien contempla quién es Jesús, su carácter, sus obras, su compasión, su santidad y su autoridad, está contemplando la revelación visible del Dios invisible.
Por eso Jesús continúa:
“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?”
Juan 14:10, RVR1960
Nuevamente encontramos una relación que difícilmente podría describirse como la relación normal entre un profeta y Dios.
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí”
Recordemos una declaración que estudiamos anteriormente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora Jesús utiliza otro lenguaje:
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí.”
Y vuelve a repetirlo:
“Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí…”
Juan 14:11, RVR1960
Observe la insistencia.
Jesús no está describiendo simplemente una relación de obediencia.
Existe una profunda unidad entre el Padre y el Hijo.
Y Jesús afirma que esa relación puede observarse incluso en sus palabras y obras.
“Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”
Juan 14:10, RVR1960
Por eso añade:
“…de otra manera, creedme por las mismas obras.”
Juan 14:11, RVR1960
Una vez más encontramos el mismo patrón que hemos observado en otros episodios.
Jesús realiza afirmaciones extraordinarias acerca de su identidad y después señala hacia sus obras como evidencia que debe ser considerada.
Aquí aparece uno de los grandes temas del Evangelio de Juan.
El Evangelio comienza con una afirmación impresionante:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Después declara:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
Y finalmente:
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.”
Juan 1:18, RVR1960
Ahora podemos comprender mejor la respuesta a Felipe.
Felipe pregunta:
“Muéstranos el Padre.”
Jesús prácticamente le responde:
Felipe, eso es precisamente lo que has estado contemplando durante todo este tiempo.
No porque Jesús sea el Padre, sino porque el Hijo hace visible al Dios que ningún ser humano puede contemplar directamente.
Esta idea será expresada posteriormente de una manera extraordinariamente clara.
Pablo describe a Cristo como:
“…la imagen del Dios invisible…”
Colosenses 1:15, RVR1960
Y Hebreos declara que el Hijo es:
“…el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”
Hebreos 1:3, RVR1960
Debemos distinguir nuevamente las evidencias: Colosenses y Hebreos muestran cómo los primeros cristianos comprendieron posteriormente la identidad de Jesús. Pero resulta extraordinario observar cómo esas afirmaciones corresponden con las palabras atribuidas al propio Jesús:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Pensemos en lo que Jesús estaba diciendo
Supongamos que un gran profeta hubiera dicho:
“Si quieren conocer a Dios, escuchen el mensaje que Él me ha dado”.
Eso sería perfectamente comprensible.
Pero imagine que Moisés hubiera dicho:
“El que me ha visto a mí, ha visto a Dios.”
O que Isaías hubiera declarado:
“Si me conocen a mí, conocen a Dios.”
La afirmación habría resultado extraordinaria.
Los profetas señalaban hacia Dios.
Jesús repetidamente señala hacia su propia persona.
Esto es precisamente lo que hace que nuestra investigación resulte cada vez más interesante.
Jesús no solamente anuncia un mensaje acerca de Dios.
Afirma ser la revelación personal del Padre.
Esta no era la primera ocasión.
Anteriormente Jesús había declarado:
“El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.”
Juan 12:44-45, RVR1960
Nuevamente:
“El que me ve…”
“…ve al que me envió.”
Y todavía encontramos otra declaración:
“El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece.”
Juan 15:23, RVR1960
Observe cómo Jesús relaciona continuamente la respuesta hacia Él con la respuesta hacia Dios.
Ver a Jesús → ver al Padre.
Conocer a Jesús → conocer al Padre.
Creer en Jesús → creer en quien lo envió.
Rechazar a Jesús → rechazar al Padre.
Una vez más debemos preguntar:
¿Quién puede hablar de esta manera?
Existe algo todavía más impactante cuando reunimos las declaraciones que aparecen en unos cuantos versículos de Juan 14.
Jesús dice:
“Creéis en Dios, creed también en mí.”
Juan 14:1
Después:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
Juan 14:6
Después:
“…nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6
Después:
“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais…”
Juan 14:7
Y finalmente:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Todo esto ocurre prácticamente dentro de la misma conversación.
Por eso resulta difícil explicar estas palabras diciendo simplemente:
“Jesús fue un gran maestro que enseñó a las personas acerca de Dios.”
Según Juan, Jesús está haciendo algo muchísimo mayor.
Está colocando su propia identidad en el centro de nuestra comprensión de Dios.
Volvamos nuevamente a nuestro ejercicio.
Olvidemos por unos momentos las iglesias.
Olvidemos las catedrales.
Olvidemos los libros de teología.
Olvidemos que millones de personas alrededor del mundo llaman a Jesús “Señor”.
Estamos hace aproximadamente dos mil años dentro de una habitación en Jerusalén.
Frente a nosotros hay un hombre procedente de Nazaret.
Felipe le pregunta:
“Señor, muéstranos el Padre.”
Y aquel hombre responde:
“¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?”
Después mira a quienes lo rodean y declara:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Si cualquier hombre común pronunciara semejantes palabras, probablemente nos alejaríamos profundamente preocupados por su estado mental.
Pero sus discípulos no terminaron alejándose de Jesús considerándolo simplemente un desequilibrado.
Ocurrió algo mucho más extraño.
Después de su muerte, aquellos hombres llegaron a proclamar públicamente que Jesús era Señor, y los primeros escritos cristianos terminaron describiéndolo como la imagen del Dios invisible y el resplandor de la gloria de Dios.
Eso no demuestra todavía que sus afirmaciones fueran verdaderas.
Pero plantea una pregunta histórica y teológica que no podemos ignorar:
¿Qué vieron aquellos hombres en Jesús para llegar a semejante conclusión?
Nuestra investigación continúa acumulando evidencia.
Jesús ha dicho:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre que viene con las nubes del cielo.
Reclamó autoridad para perdonar pecados.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Y ahora afirma:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Una frase aislada podría discutirse.
Otra podría interpretarse de diferentes maneras.
Pero nosotros ya no estamos examinando una frase aislada.
Estamos observando un patrón.
Una y otra vez Jesús habla de sí mismo de una manera extraordinaria.
Por eso nuestra pregunta inicial comienza a adquirir todavía mayor fuerza:
¿Quién creía Jesús que era?
Y todavía nos espera una escena quizá más directa.
Después de la resurrección, uno de sus propios discípulos estará frente a Él y pronunciará unas palabras imposibles de confundir:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
La pregunta entonces será inevitable:
¿Qué hizo Jesús cuando un hombre lo llamó directamente Dios?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 33:18-23; Isaías 6:1-5; Juan 1:1-18; Juan 10:27-30; Juan 12:44-45; Juan 14:1-11; Juan 15:23; Juan 17:1-5; Juan 20:26-29; Colosenses 1:15-17; Hebreos 1:1-3.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
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Escuche música con propósito
Hasta ahora hemos escuchado a Jesús realizar afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo. Ha hablado de existir antes que Abraham, ha declarado su unidad con el Padre, se ha identificado con el Hijo del Hombre de Daniel, ha reclamado autoridad para perdonar pecados y ha dicho que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre.
Pero ahora nuestra investigación llega a una escena diferente.
Esta vez no será Jesús quien pronuncie inicialmente la afirmación.
Será uno de sus propios discípulos.
Un hombre que había dudado.
Un hombre que había exigido evidencia.
Tomás estará frente a Jesús y pronunciará una de las confesiones más directas acerca de su identidad que encontramos en los Evangelios:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
Y quizá lo más extraordinario no sea solamente lo que Tomás dijo.
Es también lo que Jesús no hizo.
No lo reprendió.
No rechazó sus palabras.
No dijo:
“Tomás, no me llames Dios”.
Por el contrario, Jesús respondió:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29, RVR1960
Para comprender la magnitud de esta escena debemos detenernos primero en una palabra que aparece constantemente en nuestras Biblias:
SEÑOR.
Porque detrás de esa palabra existe una historia extraordinaria.
Para comprender qué podía significar llamar “Señor” a Jesús necesitamos regresar al Antiguo Testamento.
El Dios de Israel reveló a Moisés su nombre:
“YO SOY EL QUE SOY.”
Éxodo 3:14, RVR1960
Y posteriormente:
“Jehová, el Dios de vuestros padres… este es mi nombre para siempre…”
Éxodo 3:15, RVR1960
En el texto hebreo aparece el nombre divino representado por cuatro consonantes:
יהוה
Transliteradas normalmente:
YHWH
A estas cuatro letras se les conoce como el Tetragrámaton, palabra que significa literalmente “cuatro letras”.
Este era el nombre propio del Dios de Israel.
Con el transcurso del tiempo, dentro de la tradición judía se desarrolló un profundo respeto por este nombre. Para evitar pronunciarlo de manera irreverente, al leer las Escrituras en voz alta se comenzó a sustituir su pronunciación por otra palabra:
Adonai.
¿Qué significa Adonai?
La palabra hebrea אָדוֹן — adon significa básicamente señor, amo o dueño.
Puede utilizarse para referirse a una persona que posee autoridad.
Pero la forma Adonai llegó a utilizarse de manera característica como una forma reverente de dirigirse al Dios de Israel.
Por eso, cuando un lector judío encontraba en el texto:
YHWH
no necesariamente pronunciaba el nombre.
Leía:
Adonai — “Señor”.
Así, una cosa es lo que estaba escrito:
YHWH
y otra lo que tradicionalmente podía pronunciarse al leerlo:
Adonai.
Esta distinción es importantísima.
Adonai no era simplemente otro nombre escrito en lugar de YHWH en todos esos textos. Funcionaba como sustitución reverencial al pronunciar el nombre divino.
Por eso, para un judío familiarizado con las Escrituras, llamar a Dios Adonai tenía una enorme carga religiosa.
¿Y de dónde aparece Kýrios?
Ahora sucede algo fundamental para comprender el Nuevo Testamento.
Durante los siglos anteriores a Jesús, las Escrituras hebreas comenzaron a traducirse al griego. La colección de traducciones griegas del Antiguo Testamento es conocida generalmente como la Septuaginta.
¿Y qué palabra griega encontramos ampliamente utilizada para traducir títulos como Adonai y, en la tradición textual que recibió la Iglesia, para representar el nombre divino YHWH?
Κύριος — Kýrios.
Su significado básico es:
Señor.
Por tanto, podemos visualizar la relación de esta manera:
YHWH → leído reverentemente como ADONAI → representado ampliamente en griego como KÝRIOS → traducido al español como SEÑOR.
Esto será extraordinariamente importante.
Porque los primeros cristianos escribieron el Nuevo Testamento en griego.
Y una de las palabras que comenzaron a utilizar constantemente para Jesús fue precisamente:
KÝRIOS — SEÑOR.
Aquí sería muy fácil exagerar el argumento.
No debemos hacerlo.
Kýrios no significa automáticamente “Dios” cada vez que aparece.
La palabra podía utilizarse en el lenguaje cotidiano como una expresión de respeto equivalente, dependiendo del contexto, a:
señor, amo, dueño.
Por ejemplo, alguien podía dirigirse respetuosamente a otra persona utilizando kýrios sin estar afirmando que aquella persona era Dios.
De manera semejante, la palabra hebrea adon podía utilizarse para señores humanos.
Por tanto, no sería correcto afirmar:
“Cada vez que alguien llamó Señor a Jesús estaba necesariamente llamándolo YHWH.”
Eso iría más allá de la evidencia.
La pregunta correcta es:
¿En qué contexto llaman Kýrios a Jesús?
Y aquí comienza lo verdaderamente extraordinario.
Porque existen lugares en el Nuevo Testamento donde textos del Antiguo Testamento que hablan de YHWH son aplicados directamente a Jesús.
Entonces Kýrios deja de ser simplemente una fórmula de cortesía.
Un ejemplo extraordinario: preparar el camino de YHWH
Marcos comienza su Evangelio hablando de Juan el Bautista:
“Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas.”
Marcos 1:3, RVR1960
La palabra griega utilizada es:
Kýrios.
Pero Marcos está citando al profeta Isaías.
Regresemos al texto original:
“Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.”
Isaías 40:3, RVR1960
¿Para quién debía prepararse el camino en Isaías?
Para Jehová — YHWH.
¿Para quién prepara Juan el Bautista el camino en el Evangelio?
Para Jesús.
Eso resulta extraordinariamente significativo.
Un texto que originalmente habla de preparar el camino para YHWH es utilizado por el Evangelio para describir la llegada de Jesús.
Otro ejemplo: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor”
El profeta Joel había escrito:
“Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo…”
Joel 2:32, RVR1960
Pablo cita este mismo texto en Romanos:
“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Romanos 10:13, RVR1960
Pero observe el contexto inmediato:
“Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…”
Romanos 10:9, RVR1960
Aquí la relación resulta mucho más profunda que simplemente llamar respetuosamente “señor” a un maestro.
Pablo está utilizando lenguaje escritural acerca del Señor dentro de una confesión centrada en Jesucristo como Kýrios.
Con todo este trasfondo regresemos ahora a aquella habitación.
Jesús ha sido crucificado.
Los discípulos afirman haberlo visto vivo.
Pero Tomás no estaba presente.
Cuando le cuentan:
“Al Señor hemos visto.”
Juan 20:25, RVR1960
Tomás se niega a creer solamente por el testimonio de los demás.
Responde:
“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25, RVR1960
Tomás quiere evidencia.
Ocho días después los discípulos están nuevamente reunidos.
Tomás está con ellos.
Entonces Jesús aparece.
Y se dirige directamente al hombre que había dudado:
“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”
Juan 20:27, RVR1960
Tomás está ahora frente al Jesús crucificado y vivo.
Y responde:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
En griego:
Ho Kýrios mou kai ho Theós mou.
Es decir:
“El Señor mío y el Dios mío.”
Aquí ya no necesitamos preguntarnos si Kýrios significa simplemente “señor” como tratamiento respetuoso.
Porque Tomás añade inmediatamente:
Theós mou — “Dios mío”.
La confesión es directa.
Personal.
Y está dirigida a Jesús.
La expresión “mi Dios” tampoco era trivial para un judío.
Aparece repetidamente en las Escrituras como una manera de dirigirse al Dios de Israel.
David había declarado:
“Jehová, roca mía y castillo mío… Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré…”
Salmo 18:2, RVR1960
El Salmo 35 dice:
“Dios mío y Señor mío.”
Salmo 35:23, RVR1960
Y ahora Tomás está frente a Jesús diciendo:
“Señor mío, y Dios mío.”
Esta es una de las confesiones cristológicas más explícitas de todo el Evangelio de Juan.
Ahora llegamos a un detalle fundamental.
En las Escrituras existen ejemplos donde seres humanos o seres celestiales rechazan inmediatamente honores que pertenecen a Dios.
Cuando Cornelio se postró delante de Pedro, el apóstol reaccionó:
“Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
Hechos 10:26, RVR1960
Cuando Juan intentó postrarse delante del ángel en Apocalipsis, este respondió:
“Mira, no lo hagas… Adora a Dios.”
Apocalipsis 22:9, RVR1960
Existe una línea que las criaturas no deben cruzar.
Por eso resulta tan importante observar la reacción de Jesús ante Tomás.
Tomás declara:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
¿Y Jesús responde:
“No, Tomás. Solamente soy un profeta”?
No.
¿Dice:
“No me llames Dios”?
No.
¿Corrige la confesión?
No.
Jesús responde:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29, RVR1960
Jesús interpreta las palabras de Tomás como una expresión de fe.
No como blasfemia.
No como un error que necesita corrección.
Como fe.
Esto resulta todavía más impresionante cuando observamos cómo está construido el Evangelio.
Juan comienza diciendo:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Y hacia el final encontramos a Tomás frente a Jesús declarando:
“Señor mío, y Dios mío.”
Es como si el Evangelio comenzara y terminara su gran presentación de Jesús con la misma afirmación.
Al principio:
“El Verbo era Dios.”
Al final:
“Dios mío.”
Y apenas unos versículos después Juan explica por qué escribió su Evangelio:
“Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
Juan 20:31, RVR1960
La confesión de Tomás no aparece accidentalmente allí.
Forma parte del clímax de todo el relato.
Después de la resurrección encontramos repetidamente una confesión central entre los primeros cristianos:
Jesús es Señor.
Pablo escribe:
“…nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.”
1 Corintios 12:3, RVR1960
Y en Romanos:
“…si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…”
Romanos 10:9, RVR1960
Pero quizá el ejemplo más impresionante aparece en Filipenses.
Pablo dice que llegará el momento en que:
“…en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra…”
Filipenses 2:10, RVR1960
Y:
“…toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”
Filipenses 2:11, RVR1960
¿Por qué esto resulta tan importante?
Porque Pablo está utilizando lenguaje procedente de Isaías 45.
Allí YHWH declara:
“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.”
Isaías 45:22, RVR1960
Después:
“Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua.”
Isaías 45:23, RVR1960
En Isaías:
toda rodilla se dobla ante YHWH.
En Filipenses:
toda rodilla se dobla en el nombre de Jesús y toda lengua confiesa que Jesucristo es Kýrios.
Aquí difícilmente podemos reducir Kýrios a un simple:
“señor, maestro”.
Los primeros cristianos están incluyendo a Jesús dentro del lenguaje mediante el cual las Escrituras hablaban del Dios de Israel.
Intentemos sentir el peso de todo esto.
Somos judíos.
Desde nuestra infancia hemos escuchado:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
Cuando encontramos YHWH en las Escrituras, existe una tradición reverente de decir:
Adonai.
Cuando esas Escrituras son leídas en griego encontramos ampliamente:
Kýrios.
Y ahora aparece Jesús.
Sus seguidores comienzan a llamarlo:
Kýrios.
Textos que hablaban de YHWH comienzan a ser aplicados a Jesús.
Se prepara para Jesús el camino que Isaías decía preparar para YHWH.
La salvación vinculada en Joel a invocar el nombre de YHWH aparece en Pablo dentro de la proclamación de Jesús como Señor.
La rodilla que Isaías decía que se doblaría ante YHWH aparece doblándose ante Jesús.
Y finalmente uno de los hombres que caminó con Él se encuentra frente al Resucitado y declara:
“¡SEÑOR MÍO, Y DIOS MÍO!”
Jesús no lo corrige.
Jesús acepta la confesión.
Y responde:
“Creíste.”
Este punto es fundamental para nuestra investigación.
Si solamente tuviéramos Juan 20:28, ya tendríamos un texto extraordinario.
Pero no lo tenemos aislado.
Tenemos un patrón que continúa creciendo.
Jesús ha dicho:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Ha declarado:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se ha identificado con el Hijo del Hombre de Daniel.
Ha reclamado autoridad para perdonar pecados.
Ha declarado:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
Ha dicho:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Y ahora un discípulo se encuentra frente a Él y declara:
“Señor mío, y Dios mío.”
Y Jesús acepta su confesión.
Entonces nuestra pregunta se vuelve cada vez más difícil de evitar:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
Porque estamos llegando a un punto donde la explicación:
“Jesús solamente fue un buen maestro religioso”
comienza a resultar insuficiente para explicar los propios textos.
Pero todavía nos falta una evidencia particularmente impactante.
En las Escrituras, hombres fieles y ángeles se niegan a recibir la adoración que corresponde a Dios.
Sin embargo, los Evangelios presentan repetidamente personas postrándose y adorando a Jesús.
La siguiente pregunta será inevitable:
¿Qué hizo Jesús cuando las personas lo adoraron?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 3:13-15; Deuteronomio 6:4; Salmo 18:2; Salmo 35:23; Isaías 40:3; Isaías 45:22-23; Joel 2:32; Marcos 1:1-3; Juan 1:1-18; Juan 20:24-31; Hechos 10:25-26; Romanos 10:9-13; 1 Corintios 12:3; Filipenses 2:5-11; Apocalipsis 19:10; Apocalipsis 22:8-9.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Köstenberger, Andreas J. John. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic, 2004.
Tov, Emanuel. Textual Criticism of the Hebrew Bible. Fortress Press. Para el estudio de la transmisión del texto hebreo y el Tetragrámaton.
Jobes, Karen H. y Moisés Silva. Invitation to the Septuagint. Baker Academic. Para el estudio de la Septuaginta y la transmisión griega de las Escrituras hebreas.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
Estamos llegando a uno de los momentos más delicados de nuestra investigación acerca de la identidad de Jesús.
Hasta ahora hemos escuchado sus palabras. Jesús declaró existir antes que Abraham, habló de una extraordinaria unidad con el Padre, se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel, reclamó autoridad para perdonar pecados, afirmó ser el camino, la verdad y la vida, y declaró que quien lo había visto a Él había visto al Padre.
Después encontramos algo todavía más directo.
Tomás estuvo frente al Jesús resucitado y exclamó:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960
Jesús no lo corrigió.
Pero ahora debemos examinar algo diferente.
¿Qué sucedió cuando seres humanos se postraron delante de Jesús y lo adoraron?
La pregunta resulta especialmente importante porque, dentro de las Escrituras, la adoración pertenece a Dios. Cuando hombres piadosos o ángeles reciben equivocadamente esta clase de homenaje, encontramos ocasiones en las que lo rechazan inmediatamente.
Sin embargo, en los Evangelios encontramos repetidamente personas postrándose delante de Jesús.
Y Jesús no las detiene.
¿Por qué?
Para comprender la importancia de estos episodios necesitamos regresar nuevamente al mundo religioso de Jesús.
Israel no era un pueblo al que se le permitiera adorar libremente a diferentes seres divinos.
Uno de los mandamientos fundamentales decía:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.”
Éxodo 20:3, RVR1960
Y continuaba:
“No te inclinarás a ellas, ni las honrarás…”
Éxodo 20:5, RVR1960
Deuteronomio declara:
“A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás…”
Deuteronomio 6:13, RVR1960
Pero existe algo todavía más importante para nuestro estudio.
Jesús mismo confirmó este principio.
Durante las tentaciones, Satanás le dijo:
“Todo esto te daré, si postrado me adorares.”
Mateo 4:9, RVR1960
Jesús respondió:
“Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”
Mateo 4:10, RVR1960
Esta declaración resulta fundamental.
Jesús sabía perfectamente que la adoración pertenece a Dios.
No estamos frente a alguien que desconocía las Escrituras o que no comprendía el significado de la adoración.
Jesús mismo había declarado:
“Al Señor tu Dios adorarás.”
Guardemos esas palabras.
Porque posteriormente veremos personas adorando al propio Jesús.
Pedro se negó a recibir un honor indebido
Existe una comparación particularmente útil en el libro de Hechos.
Cuando el centurión Cornelio recibió a Pedro:
“Cornelio salió a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró.”
Hechos 10:25, RVR1960
¿Cómo reaccionó Pedro?
Inmediatamente:
“Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
Hechos 10:26, RVR1960
Observe la reacción.
Pedro no permitió que continuara.
“Levántate.”
¿Y cuál fue su explicación?
“Yo mismo también soy hombre.”
Pedro conocía su lugar.
Era apóstol.
Había caminado con Jesús.
Había realizado milagros.
Pero seguía siendo una criatura.
Y cuando alguien se postró ante él de manera inapropiada, inmediatamente lo levantó.
Los ángeles también rechazan la adoración
Encontramos algo todavía más impresionante en Apocalipsis.
Juan queda tan sobrecogido por lo que está contemplando que cae delante de un ángel:
“Yo me postré a sus pies para adorarle.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960
La reacción del ángel es inmediata:
“Y él me dijo: Mira, no lo hagas…”
Y después:
“Adora a Dios.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960
La situación vuelve a ocurrir al final del libro.
Juan dice:
“Me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.”
Apocalipsis 22:8, RVR1960
Y nuevamente el ángel responde:
“Mira, no lo hagas…”
Y concluye:
“Adora a Dios.”
Apocalipsis 22:9, RVR1960
El principio resulta clarísimo.
Pedro:
“Levántate.”
El ángel:
“No lo hagas.”
¿Por qué?
“Adora a Dios.”
Ahora estamos preparados para regresar a Jesús.
Una de las escenas más impresionantes ocurrió en el mar de Galilea.
Los discípulos se encontraban en una barca durante una tormenta.
Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua.
Pedro incluso salió de la barca e intentó caminar hacia Él. Cuando comenzó a hundirse, Jesús lo rescató.
Entonces ambos subieron a la embarcación.
Mateo dice:
“Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.”
Mateo 14:32, RVR1960
La reacción de los discípulos resulta extraordinaria:
“Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Mateo 14:33, RVR1960
Detengámonos.
Los discípulos acaban de contemplar a Jesús caminando sobre el mar.
Lo han visto dominar el viento.
Entonces:
“le adoraron”.
Y dijeron:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
¿Y qué hizo Jesús?
No encontramos:
“Levántense, yo también soy solamente un hombre.”
Tampoco:
“No lo hagan. Adoren solamente a Dios.”
Jesús recibe aquella acción.
Incluso el escenario tiene un trasfondo sorprendente
Para nosotros caminar sobre el agua puede ser simplemente un milagro espectacular.
Pero el Antiguo Testamento utiliza imágenes semejantes al describir el poder de Dios.
Job declara acerca de Dios:
“Él solo extendió los cielos, y anda sobre las ondas del mar.”
Job 9:8, RVR1960
El Salmo 77 describe poéticamente:
“En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas…”
Salmo 77:19, RVR1960
Ahora Mateo presenta a Jesús caminando sobre las aguas, calmando el viento y recibiendo la respuesta:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Y los discípulos:
“le adoraron”.
Juan conserva otro episodio particularmente importante.
Jesús había sanado a un hombre que había nacido ciego.
Después de una larga controversia con las autoridades religiosas, aquel hombre fue expulsado.
Jesús lo encontró y le preguntó:
“¿Crees tú en el Hijo de Dios?”
Juan 9:35, RVR1960
El hombre respondió:
“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”
Juan 9:36, RVR1960
Jesús contestó:
“Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.”
Juan 9:37, RVR1960
Entonces ocurre algo extraordinario:
“Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.”
Juan 9:38, RVR1960
La secuencia es muy clara.
Jesús revela su identidad.
El hombre responde:
“Creo, Señor.”
Y después:
“le adoró”.
Nuevamente no aparece ninguna corrección.
Jesús no le dice:
“Puedes creer en mí, pero no debes adorarme”.
La adoración es recibida.
Quizá las escenas más impresionantes aparecen después de la resurrección.
Mateo relata que unas mujeres encontraron a Jesús resucitado.
“Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve!”
Mateo 28:9, RVR1960
¿Qué hicieron ellas?
“Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.”
Mateo 28:9, RVR1960
Observe la descripción física.
No estamos simplemente ante una emoción interior.
Las mujeres:
se acercaron,
abrazaron sus pies
y:
“le adoraron”.
Jesús no las detuvo.
Pero todavía falta otra escena.
Poco después, los discípulos se encuentran con Jesús en Galilea.
Mateo escribe:
“Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
Mateo 28:17, RVR1960
Otra vez:
“Le adoraron.”
Y precisamente después de recibir esa adoración, Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Mateo 28:18, RVR1960
La combinación resulta extraordinaria.
Lo ven.
Lo adoran.
Y Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
No alguna autoridad.
Toda potestad.
Aquí necesitamos introducir una precisión para que nuestro argumento sea sólido.
La palabra griega utilizada en muchos de estos pasajes es proskynéō (προσκυνέω).
Puede significar postrarse, rendir homenaje o adorar, dependiendo del contexto.
Por tanto, sería incorrecto afirmar que cada aparición de proskynéō en la literatura griega significa necesariamente adoración divina.
Una persona podía postrarse ante un rey o una autoridad sin considerarla Dios.
La pregunta nuevamente es:
¿Cuál es el contexto?
Y en el caso de Jesús encontramos una acumulación extraordinaria de elementos.
Jesús mismo había dicho:
“Al Señor tu Dios adorarás.”
Pedro rechaza que alguien se postre ante él de manera indebida.
Los ángeles rechazan adoración y dicen:
“Adora a Dios.”
Pero Jesús repetidamente recibe proskynéō.
Además, algunos de estos episodios aparecen acompañados por confesiones acerca de su identidad:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
“Creo, Señor.”
Y después de la resurrección, la adoración aparece junto a la declaración:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Por eso no debemos construir el argumento sobre una sola palabra griega.
Es el conjunto de la evidencia lo que resulta significativo.
La comparación resulta difícil de ignorar.
Cornelio ante Pedro:
Se postra.
Pedro lo levanta.
“Yo mismo también soy hombre.”
Juan ante el ángel:
Se postra para adorarlo.
El ángel lo detiene.
“No lo hagas… Adora a Dios.”
Los discípulos ante Jesús:
Se postran.
Lo adoran.
Jesús lo recibe.
El hombre que había sido ciego:
“Creo, Señor.”
Lo adora.
Jesús lo recibe.
Las mujeres ante Jesús resucitado:
Abrazan sus pies.
Lo adoran.
Jesús lo recibe.
Los discípulos en Galilea:
Lo ven.
Lo adoran.
Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
La diferencia merece una explicación.
Llegamos entonces a nuestra pregunta central.
Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué permitió acciones que otros siervos de Dios rechazaron?
Recordemos además que Jesús conocía perfectamente el mandamiento:
“Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”
Él mismo lo había citado.
Por tanto, difícilmente podemos explicar estos episodios suponiendo que Jesús simplemente desconocía que la adoración pertenecía a Dios.
Las posibilidades comienzan a reducirse.
O los Evangelios están presentando equivocadamente lo sucedido.
O las acciones descritas no significaban adoración divina en esos contextos.
O Jesús estaba aceptando conscientemente una respuesta hacia su persona que, dentro del marco bíblico, adquiere una dimensión extraordinariamente elevada.
Y cuando colocamos estos episodios junto con todo lo que ya hemos estudiado, la tercera posibilidad merece ser tomada muy seriamente.
Recordemos cómo comenzó nuestra investigación.
Nos preguntamos:
Si Dios existe, ¿es posible que haya entrado personalmente en la historia?
Entonces apareció ante nosotros Jesús de Nazaret.
Y decidimos no comenzar aceptando una doctrina.
Decidimos simplemente escucharlo y observarlo.
¿Qué hemos encontrado?
Jesús declaró:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel que viene con las nubes y recibe dominio eterno.
Perdonó pecados y, cuando cuestionaron su autoridad, realizó un milagro para demostrar que:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Después declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”
A Felipe le dijo:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Tomás estuvo frente a Él y exclamó:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Jesús aceptó aquella confesión.
Y ahora encontramos algo más:
las personas lo adoraron.
No una sola vez.
En diferentes momentos.
Antes y después de la resurrección.
Y Jesús no respondió como Pedro:
“Levántate, yo también soy hombre.”
Ni como el ángel:
“Mira, no lo hagas… Adora a Dios.”
Jesús recibió aquella respuesta.
Hace aproximadamente dos mil años apareció en Galilea un hombre.
Sus contemporáneos podían tocarlo.
Podían escucharlo.
Podían verlo comer y dormir.
Sabían de dónde procedía.
Y sin embargo, alrededor de aquel hombre comenzaron a ocurrir cosas extraordinarias.
Habló como ningún maestro ordinario.
Reclamó autoridad que sus propios adversarios relacionaban con Dios.
Aceptó que lo llamaran Señor y Dios.
Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.
Si Jesús fuera solamente un hombre, todo esto resulta profundamente desconcertante.
Pero existe otra posibilidad.
Quizá la pregunta no sea:
¿Por qué Jesús permitió que lo adoraran si era solamente un hombre?
Quizá debamos preguntarnos:
¿Y si precisamente la razón por la que no rechazó la adoración es que no era solamente un hombre?
No necesitamos apresurarnos.
Todavía debemos examinar más evidencia.
Pero después de todo lo que hemos visto, una conclusión comienza a resultar difícil de evitar:
Jesús de Nazaret ciertamente no habló ni actuó como alguien que se considerara simplemente un maestro religioso más.
La verdadera pregunta continúa frente a nosotros:
¿Era realmente quien afirmaba ser?
Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 20:1-6; Deuteronomio 6:13; Job 9:8; Salmo 77:16-20; Mateo 4:8-10; Mateo 14:22-33; Mateo 28:8-10, 16-20; Juan 5:18-23; Juan 9:35-38; Juan 20:24-29; Hechos 10:25-26; Apocalipsis 19:9-10; Apocalipsis 22:8-9.
France, R. T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Eerdmans, 2007.
Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.
Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.
Liddell, H. G., Scott, R. y Jones, H. S. A Greek-English Lexicon. Entrada προσκυνέω (proskynéō), para el rango semántico de postrarse, rendir homenaje y adorar.
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