06. Adán no fue creado ignorante: la inteligencia del primer hombre

Dr. Elio M. Rivera

  Hay otra imagen de Adán que durante mucho tiempo acepté sin analizarla demasiado.

  La imagen de un hombre apenas salido del polvo.

  Fuerte físicamente, quizá.

  Adulto en apariencia.

  Pero intelectualmente ingenuo.

  Casi como un niño dentro del cuerpo de un hombre.

  Un ser que apenas comenzaba a comprender lo que ocurría a su alrededor.

  Pero mientras más detenidamente leo Génesis, menos encuentro a ese Adán.

  La Biblia presenta algo completamente diferente.

  Desde sus primeras horas de existencia encontramos a un hombre capaz de comprender lenguaje, recibir instrucciones, recordarlas, trabajar, observar, aprender, tomar decisiones, identificar diferencias, asignar nombres, administrar responsabilidades y prepararse para algo verdaderamente enorme:

gobernar la Tierra.

  Eso requiere inteligencia.

  Y mucha.

  Recordemos lo que Dios había dicho acerca del hombre:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Después:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Dios estaba entregando a Adán y Eva una responsabilidad inmensa.

  No simplemente cuidar una planta.

  No simplemente alimentar un animal.

  Gobernar.

  Administrar.

  Desarrollar.

  Llenar la Tierra.

  Ejercer autoridad sobre una creación extraordinariamente compleja.

  Entonces tenemos que formular una pregunta sencilla:

¿Le habría dado Dios semejante responsabilidad a un hombre incapaz de cumplirla?

  No parece coherente.

  Si Dios le entregó una tarea de aquella magnitud, debió haberlo creado con las capacidades necesarias para comenzar a realizarla y con una enorme capacidad para continuar aprendiendo.

Una mente extraordinariamente capaz

  La primera evidencia aparece antes incluso de que Adán nombre a los animales.

  Dios habló con él.

  Y Adán podía comprenderlo.

  Dios le dijo:

«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Eso significa que Adán entendía lenguaje.

  Pero también entendía conceptos.

  Todo.

  Excepto.

  Permitido.

  Prohibido.

  Vida.

  Muerte.

  Obediencia.

  Consecuencia.

  No estamos frente a un bebé aprendiendo sus primeras palabras.

  Dios podía comunicarle una norma y esperar que la comprendiera.

  Pero entonces encontramos una tarea que me parece todavía más impresionante:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Y continúa:

«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Durante años leí esas palabras sin detenerme realmente a pensar en lo que implicaban.

  Adán estaba asignando nombres a una enorme diversidad de criaturas.

  ¿Cuántas?

  No lo sabemos.

  La Biblia no proporciona una cifra y no necesitamos inventarla.

  Pero utiliza expresiones amplias:

«toda bestia del campo».

«toda ave de los cielos».

«todo ganado del campo».

  Como mínimo, estamos frente a una enorme cantidad de información.

  Y aquí aparece algo que me impresiona:

Adán tenía que recordar los nombres.

  Poner un nombre no tendría demasiado sentido si cinco minutos después lo olvidaba.

  Aparecía una criatura.

  Adán la observaba.

  La identificaba.

  Le asignaba un nombre.

  Después aparecía otra.

  Y otra.

  Y otra.

  Conforme aumentaba la cantidad de criaturas, aumentaba también la información que tenía que conservar.

  Si había nombrado cientos de criaturas, tendría que recordar cientos de asociaciones.

  Si fueron más, la exigencia de memoria aumentaba proporcionalmente.

  No sabemos el número.

  Pero sí podemos reconocer la capacidad intelectual necesaria para realizar la tarea que Génesis describe.

  Adán tenía que asociar una criatura con un nombre y conservar esa asociación en su memoria.

  Y no era solamente memoria.

  Para nombrar tenía que observar.

  Una criatura no era igual a otra.

  Había diferentes formas.

  Tamaños.

  Estructuras.

  Movimientos.

  Comportamientos.

  Características.

  No estoy afirmando que Adán desarrollara una taxonomía científica semejante a la moderna. La Biblia no dice eso.

  Pero necesariamente tenía que distinguir.

  Este animal no es aquel.

  Esta ave posee características diferentes.

  Esta criatura debe recibir otro nombre.

  Eso implica:

observación, memoria, comparación, asociación, lenguaje, organización mental y toma de decisiones.

  Y hay otro detalle extraordinario.

  Dios no le dictó los nombres.

  La Escritura dice que los llevó delante de Adán:

«para que viese cómo las había de llamar».

  Dios permitió que Adán utilizara su propia inteligencia.

  Que observara.

  Que pensara.

  Que decidiera.

  Y después aparece una frase preciosa:

«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre».

  Dios respetó aquello que Adán decidió llamarles.

  Eso nos muestra algo de Adán.

  Pero también comienza a mostrarnos algo acerca de Dios.

  Había creado una mente y ahora permitía que aquella mente funcionara.

Adán tenía muchísimo más que aprender.

  Nombrar animales era solamente una parte de su preparación.

  Génesis también dice:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Eso requería conocimiento.

  Adán tenía que aprender acerca de plantas.

  Árboles.

  Tierra.

  Agua.

  Producción.

  Cuidado.

  Lo que actualmente llamaríamos horticultura, agricultura y jardinería requería observación y conocimiento práctico.

  ¿Cómo se desarrolla una planta?

  ¿Qué necesita?

  ¿Cómo se reproduce?

  ¿Cómo se cuida?

  ¿Cómo se administra un huerto?

  No sabemos qué métodos utilizó Adán.

  Pero sí sabemos que Dios esperaba que pudiera:

«labrarlo y guardarlo».

  Y el huerto era solamente el comienzo.

  Dios había dicho:

«llenad la tierra, y sojuzgadla».

  Había una Tierra entera delante de él.

  Eso requeriría administración.

  Planificación.

  Organización.

  Conocimiento de recursos.

  Capacidad para resolver problemas.

  Y juicio para tomar decisiones.

  Adán había sido creado para gobernar.

  Por tanto, tenía que aprender a gobernar.

  Y cuando llegaran sus descendientes, aparecería otra enorme responsabilidad.

  Tendría que enseñar.

  Transmitir lo que Dios había dicho.

  Compartir lo que había aprendido.

  Preparar a otros para administrar aquello que también estaría bajo su responsabilidad.

  Su inteligencia no era un adorno.

  Era indispensable para la misión que Dios le había dado.

Adán también podía comprender el bien y el mal

  Aquí encontramos algo que será crucial cuando posteriormente lleguemos al árbol de la ciencia del bien y del mal.

  A veces podemos imaginar que Adán no sabía absolutamente nada acerca del bien y del mal hasta que comió del árbol.

  Pero eso no puede significar que fuera moralmente incapaz de comprender una instrucción.

  Antes de comer, Dios ya le había dicho:

«no comerás».

  Y le había advertido:

«ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).

  Adán sabía que existía algo permitido y algo prohibido.

  Conocía la voluntad de Dios respecto de aquella decisión.

  Entendía que había una consecuencia.

  De otra manera, no podría haber responsabilidad.

  En esto encuentro un patrón que posteriormente aparece muchas veces en la Biblia.

  Dios no exige que sus hijos adivinen su voluntad.

  Les habla.

  Les enseña.

  Les explica.

  Les advierte.

  Y después les permite decidir.

  Mucho tiempo después hizo algo semejante con Israel.

  Antes de exigirles que vivieran de determinada manera, les entregó su Ley.

  Les enseñó qué era correcto.

  Qué era incorrecto.

  Cómo relacionarse con Él.

  Cómo relacionarse entre ellos.

  Moisés dijo:

«Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días» (Deuteronomio 6:24, RVR1960).

  Dios enseñaba.

  Después esperaba obediencia.

  Ese principio aparece desde Adán.

  Dios no lo colocó delante del árbol sin información.

  Primero habló.

  Primero explicó.

  Primero advirtió.

  Y Adán tenía capacidad para comprender.

  Pero había una diferencia importante entre conocer la voluntad de Dios y decidir independientemente de Dios qué debía considerarse bueno o malo.

  Esa diferencia será fundamental cuando estudiemos cuidadosamente lo ocurrido frente al árbol.

  Por ahora basta reconocer esto:

Adán no tomó sus decisiones desde la ignorancia.

  Dios le había hablado.

  Y podía entenderlo.

El Edén también era un lugar de aprendizaje.

  Piense en lo extraordinario de la situación.

  Adán tenía delante una creación prácticamente ilimitada para estudiar.

  Plantas.

  Animales.

  Agua.

  Tierra.

  Recursos.

  Materiales.

  Sistemas naturales.

  Y tenía acceso al Creador de todo aquello.

  ¿Quién podía enseñarle mejor cómo funcionaba la creación que Aquel que la había diseñado?

  No sabemos cuánto le enseñó Dios directamente.

  La Biblia no registra todas aquellas conversaciones.

  Pero sabemos que hablaban.

  Dios le dio instrucciones.

  Le explicó límites.

  Le asignó responsabilidades.

  Por eso el huerto pudo ser mucho más que el hogar de Adán.

  También era el lugar donde comenzaría su preparación para una misión mucho mayor.

  Una Tierra entera esperaba.

  Y Adán tenía capacidad para aprender.

  Esto me recuerda algo que Dios hizo siglos después cuando encargó a Bezaleel una tarea extraordinariamente compleja relacionada con el tabernáculo:

«y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte» (Éxodo 31:3, RVR1960).

  Dios no solamente asigna responsabilidades.

  También proporciona capacidades.

  Eso no significa que quien recibe una responsabilidad automáticamente sepa todo lo necesario.

  Precisamente por eso existe el aprendizaje.

  Pero Dios no entrega una misión pensando que somos incapaces de realizarla.

  Y en Adán encontramos ese principio desde el comienzo.

  Quizá la característica más extraordinaria de su inteligencia no fuera simplemente cuánto sabía cuando fue creado.

  Sino:

cuánto podía llegar a aprender.

Una inteligencia diseñada para crecer durante generaciones

  Hay una realidad que hace todavía más impresionante esta posibilidad.

  Adán finalmente vivió:

«novecientos treinta años» (Génesis 5:5, RVR1960).

  Pensemos en eso.

  Una persona actualmente puede estudiar durante veinte o treinta años y convertirse en experta en una disciplina.

  Imagine una mente capaz de observar, experimentar, aprender y acumular conocimientos durante siglos.

  No sabemos cuánto tiempo permaneció Adán dentro del Edén.

  Llegaremos posteriormente a esa pregunta.

  Pero sí sabemos que aquella primera generación tuvo una longevidad extraordinaria.

  Eso significaba una enorme posibilidad de acumulación de conocimiento.

  Observar.

  Experimentar.

  Recordar.

  Aprender.

  Perfeccionar.

  Enseñar.

  Y después transmitir lo aprendido a la siguiente generación.

  Porque Dios había dicho:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Vendrían hijos.

  Después nietos.

  Después nuevas generaciones.

  Y cada generación podría recibir conocimiento de la anterior.

  Adán no tendría que aprender solamente para sí mismo.

  Podía convertirse en maestro de quienes vendrían después.

  Podría enseñarles acerca de Dios.

  Acerca de la creación.

  Acerca del trabajo.

  Acerca de la administración.

  Acerca del gobierno.

  Y ellos podrían continuar aprendiendo.

  Ahora la orden:

«llenad la tierra, y sojuzgadla»

  adquiere una dimensión completamente diferente.

  No estamos viendo simplemente crecimiento poblacional.

  Estamos viendo el comienzo potencial de una humanidad inteligente, organizada y capaz de acumular conocimiento generación tras generación.

  Por eso resulta difícil reconciliar el Adán bíblico con la imagen de un hombre intelectualmente primitivo.

  Este hombre podía hablar con Dios.

  Comprender instrucciones.

  Memorizar una enorme cantidad de información.

  Observar diferencias entre criaturas.

  Asignar nombres.

  Trabajar.

  Aprender horticultura.

  Administrar.

  Comprender instrucciones morales.

  Prepararse para gobernar.

  Y enseñar a sus descendientes.

  No era un cavernícola confundido intentando comprender qué estaba ocurriendo.

  Era un hombre creado deliberadamente para una responsabilidad extraordinaria.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Pero nuestro propósito no es solamente descubrir cómo era Adán.

  Seguimos intentando descubrir:

¿cómo es Dios?

  Y aquí encontramos otra pieza.

  Dios no parece disfrutar manteniendo ignorantes a sus hijos.

  Les habla.

  Les enseña.

  Les permite observar.

  Les permite aprender.

  Les entrega responsabilidades.

  Y les permite utilizar las capacidades que les ha dado.

  Dios pudo haber nombrado personalmente cada animal delante de Adán.

  No lo hizo.

  Los llevó ante su hijo:

«para que viese cómo las había de llamar».

  Eso me parece precioso.

  El Padre había creado aquella mente.

  Ahora quería verla funcionar.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:

Dios enseña.

Dios desarrolla.

Dios comunica conocimiento.

Dios proporciona capacidades.

Dios permite que sus hijos piensen.

Dios les permite aprender mediante la experiencia.

  Y quizá la pieza más importante sea ésta:

Dios no entrega una responsabilidad sin proporcionar también la capacidad para comenzar a cumplirla.

  Adán había sido creado para gobernar.

  Por eso necesitaba una mente capaz de gobernar.

  Había sido creado para trabajar.

  Por eso necesitaba aprender.

  Había sido creado para administrar.

  Por eso necesitaba juicio.

  Había sido creado para formar generaciones.

  Por eso necesitaba almacenar y transmitir conocimiento.

  Dios le había dado una mente extraordinaria.

  Y delante de aquella mente había colocado un mundo entero por descubrir.

  Pero esa inteligencia también significaba algo que muy pronto será crucial para nuestra historia.

  Adán podía comprender.

  Podía recordar.

  Podía aprender.

  Podía evaluar.

  Y podía decidir.

  Cuando finalmente lleguemos al árbol, tendremos que recordar todo esto.

  Porque el hombre que estuvo delante de aquella decisión no era un niño ignorante que no comprendía lo que estaba haciendo.

  Era un hombre inteligente.

  Había sido instruido.

  Conocía la voz de Dios.

  Había recibido una advertencia.

  Y poseía capacidad real para escoger.

  La inteligencia que Dios le había dado para gobernar también hacía posible algo extraordinariamente serio:

comprender una decisión antes de tomarla.

Adán no fue creado ignorante: la inteligencia del primer hombre
Recuperamos y ampliamos lo que ya desarrollamos: lenguaje, memoria, observación, capacidad para nombrar animales y capacidad intelectual necesaria para la responsabilidad que Dios le había dado. Tu libro utiliza precisamente el gobierno y el nombramiento de los animales como evidencia de la extraordinaria capacidad de Adán.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.