Dr. Elio M. Rivera
Hay una idea acerca del trabajo que durante mucho tiempo acepté casi sin cuestionarla.
Pensaba que trabajar era una consecuencia del pecado.
Adán pecó.
Dios lo castigó.
Y desde entonces el hombre tuvo que trabajar.
Pero cuando regresamos cuidadosamente a Génesis descubrimos que esa idea no corresponde con el orden de la historia.
Porque antes de que apareciera la serpiente…
antes de la desobediencia…
antes de la maldición…
y antes de que existieran espinos y cardos…
Adán ya trabajaba.

El trabajo era parte de la vida cotidiana de Adán y Eva
La Escritura dice:
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Observe cuándo ocurrió esto.
Todavía estamos en el mundo original.
Dios había declarado buena su creación.
Adán vivía dentro del lugar que Dios había preparado.
Y allí recibió una responsabilidad:
«para que lo labrara y lo guardase».
Por tanto, tenemos que establecer desde el principio una diferencia fundamental:
el trabajo no fue consecuencia del pecado.
Lo que posteriormente cambió fue la manera en que el hombre tendría que trabajar.
El trabajo formaba parte del propósito original
Esto cambia muchísimo nuestra forma de mirar la vida de Adán.
Dios no lo creó para que pasara la eternidad sin hacer nada.
No lo colocó en el Edén para que permaneciera acostado bajo un árbol esperando la siguiente fruta.
Adán tenía una tarea.
Había algo que cultivar.
Algo que cuidar.
Algo que desarrollar.
Algo que preservar.
Y esta responsabilidad estaba completamente relacionada con lo que acabamos de estudiar:
Adán y Eva fueron creados para gobernar.
Dios había dicho:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Ahora vemos cómo comenzó a manifestarse aquella autoridad.
No mediante abuso.
No destruyendo.
No explotando.
Sino:
labrando y guardando.
Eso dice mucho acerca de la clase de gobierno que Dios quería que sus hijos ejercieran.
¿Qué significa «labrar»?
Labrar implica trabajar algo para hacerlo productivo.
En el contexto del huerto, incluía ocuparse de aquello que Dios había plantado.
Recordemos que no estamos hablando de una selva sin orden.
Estamos hablando de un huerto.
Había árboles.
Había agua.
Había un sistema natural de riego.
Había vegetación.
Y aquel lugar requería administración.
Adán no era simplemente visitante.
Era responsable.
Tenía que interactuar con aquello que Dios había creado.
Observarlo.
Comprenderlo.
Trabajar con él.
Esto supone conocimiento.
Un agricultor aprende cuándo plantar.
Cómo cultivar.
Qué necesita una planta.
Cómo responde la tierra.
Cómo funciona el agua.
Cómo conservar aquello que produce.
No afirmo que Adán utilizara exactamente las técnicas agrícolas que nosotros conocemos actualmente.
La Biblia no nos da esos detalles.
Pero sí establece el principio:
había trabajo productivo antes del pecado.
Y también tenía que «guardarlo»
La segunda palabra es igualmente interesante:
«guardase».
No solamente debía producir.
Tenía que cuidar.
Preservar.
Vigilar aquello que había sido puesto bajo su responsabilidad.
Esto nuevamente nos devuelve al concepto de gobierno.
Gobernar bíblicamente no es solamente ejercer poder.
También es cuidar aquello sobre lo cual se recibió autoridad.
Un buen gobernante no destruye su reino.
Un buen padre no destruye su casa.
Un buen administrador no desperdicia aquello que le fue confiado.
Adán había recibido algo hermoso de las manos de Dios.
Y Dios esperaba que lo cuidara.
Eso significa que el trabajo también era una expresión de responsabilidad hacia el Padre.
Dios pudo haber hecho todo por Adán
Aquí aparece nuevamente una pregunta que me resulta fascinante.
¿Por qué Dios le dio trabajo?
Él no necesitaba a Adán.
El mismo Dios que había hecho crecer los árboles podía continuar cuidándolos.
El mismo que había creado el río podía administrarlo.
El mismo que había organizado el planeta podía encargarse personalmente de cada detalle.
Entonces, ¿por qué involucrar al hombre?
Creo que la respuesta comienza a aparecer en todo lo que hemos venido descubriendo.
Dios quería que sus hijos participaran.
Un buen padre no hace eternamente todo por sus hijos.
Los enseña.
Les entrega responsabilidades.
Les permite desarrollar capacidades.
Les permite experimentar la satisfacción de hacer algo bien.
Llega un momento en que el padre dice:
«Ahora esto estará bajo tu cuidado».
No necesariamente porque necesite ayuda.
Sino porque quiere que su hijo crezca.
Eso parece estar ocurriendo en el Edén.
Trabajar también significa crear
Hay algo profundamente humano en el trabajo.
Tomamos algo que existe y hacemos algo con ello.
Una persona toma madera y construye una mesa.
Otra toma sonidos y produce música.
Otra toma palabras y escribe un libro.
Otra toma semillas y produce alimento.
Otra observa un problema y crea una solución.
El trabajo humano transforma posibilidades en realidades.
Y hay algo en eso que refleja, de manera limitada, al propio Creador.
Dios crea.
Diseña.
Organiza.
Desarrolla.
Produce.
Después crea seres a su imagen…
y les entrega una creación donde ellos también pueden hacer.
No creamos de la nada como Dios.
Pero podemos utilizar aquello que Él hizo para producir nuevas cosas.
Quizá por eso existe una satisfacción tan profunda cuando contemplamos el resultado de un trabajo bien realizado.
Hay algo dentro de nosotros que disfruta crear.
Construir.
Resolver.
Mejorar.
Producir.
Ver el fruto de nuestro esfuerzo.
Eclesiastés reconoce esta capacidad:
«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).
Observe:
«goce el bien de toda su labor».
Originalmente, trabajo y gozo no tenían que ser enemigos.
Antes del pecado, el trabajo no era sufrimiento
Y aquí debemos llegar a Génesis 3 para comprender exactamente qué cambió.
Después de la desobediencia, Dios dijo a Adán:
«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá […] con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:17-19, RVR1960).
Observe cuidadosamente.
Dios no dice:
«A partir de ahora tendrás que trabajar».
Adán ya trabajaba.
La diferencia es que ahora el trabajo estaría acompañado de:
dolor.
resistencia de la tierra.
espinos.
cardos.
sudor.
El trabajo permaneció.
Lo que cambió fueron las condiciones.
Antes el hombre trabajaba con una creación que cooperaba.
Después tendría que trabajar dentro de una creación afectada por la caída.
Eso explica muchísimo acerca de nuestra experiencia actual.
Todos hemos experimentado el trabajo bajo la maldición
Hoy conocemos perfectamente la otra cara del trabajo.
Agotamiento.
Estrés.
Injusticia.
Competencia destructiva.
Malos jefes.
Empleados irresponsables.
Negocios que fracasan.
Cultivos que se pierden.
Accidentes.
Proyectos que no funcionan.
Horas de esfuerzo que aparentemente no producen nada.
Trabajamos…
y las cosas salen mal.
Construimos…
y se rompe.
Sembramos…
y no siempre cosechamos.
Administramos…
y aparecen problemas inesperados.
Quizá por eso terminamos relacionando trabajo con castigo.
Pero esa no era la condición original.
Había trabajo antes de que existiera la frustración que hoy lo acompaña.
¿Cómo sería trabajar sin maldición?
Esta pregunta me resulta fascinante.
¿Cómo sería realizar una labor sin enfermedad?
Sin agotamiento destructivo.
Sin corrupción.
Sin engaño.
Sin robos.
Sin accidentes.
Sin miedo a perderlo todo.
Sin sistemas económicos injustos.
Sin competencia nacida de la envidia.
Sin la preocupación de que mañana una enfermedad nos impida continuar.
No digo que Adán jamás se cansara físicamente; la Biblia no nos proporciona suficiente información para afirmarlo.
Pero sí sabemos que todavía no había ocurrido la maldición descrita en Génesis 3.
Eso significa que su experiencia laboral era fundamentalmente distinta de la nuestra.
Trabajar podía ser:
propósito.
aprendizaje.
productividad.
participación.
satisfacción.
El trabajo le daba significado a su día
Imagine por un momento a Adán despertando.
Tenía algo que hacer.
No porque tuviera que pagar una hipoteca.
No porque temiera morir de hambre.
No porque un patrón pudiera despedirlo.
Trabajaba porque tenía una responsabilidad dentro del proyecto de Dios.
Su trabajo estaba conectado con su identidad.
Era hijo.
Era administrador.
Había sido creado para gobernar.
Y aquello que hacía tenía significado dentro del Reino de su Padre.
Eso me parece completamente diferente del concepto moderno de trabajar simplemente para sobrevivir.
El propósito original parece haber sido:
trabajar porque nuestra vida tiene algo que aportar.
El trabajo también desarrollaba al hombre
Hay otra dimensión.
Cada responsabilidad que Dios entregaba a Adán exigía que utilizara capacidades.
Pensar.
Observar.
Recordar.
Planear.
Resolver.
Aprender.
Decidir.
El trabajo desarrollaba aquello que Dios había puesto dentro de él.
Esto nos permite comprender por qué Dios no hizo todo automáticamente.
Una vida donde nunca tenemos que aprender nada, resolver nada ni desarrollar ninguna capacidad terminaría siendo una vida extraordinariamente limitada.
Dios había creado un ser con enorme potencial.
Y le dio oportunidades para utilizarlo.
El trabajo formaba parte del gobierno
Ahora podemos conectar nuevamente este capítulo con el anterior.
Dios dijo:
«sojuzgadla, y señoread» (Génesis 1:28, RVR1960).
Pero ¿cómo se gobierna una Tierra?
Trabajándola.
Comprendiéndola.
Administrándola.
Desarrollando sus recursos.
Cuidando aquello que contiene.
El trabajo era una de las herramientas mediante las cuales el hombre cumpliría su misión.
Por eso agricultura, administración, organización, construcción, conocimiento y desarrollo no tendrían por qué ser actividades alejadas de Dios.
Dentro del propósito original formaban parte de aquello que Dios había encargado a sus hijos.
Jesús también habló del trabajo de su Padre
Hay una declaración de Cristo que siempre me ha parecido interesante:
«Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (Juan 5:17, RVR1960).
El trabajo, entonces, no puede ser intrínsecamente indigno.
Jesús habla del Padre trabajando.
Y dice:
«yo trabajo».
Esto añade una dimensión preciosa.
Cuando trabajamos de una manera correcta, productiva, creativa y orientada al bien, estamos realizando una actividad que refleja algo del Dios a cuya imagen fuimos hechos.
Quizá el problema nunca fue el trabajo.
El problema fue aquello que el pecado hizo con él.
La restauración también incluye servicio con propósito
Y aquí encontramos nuevamente una conexión interesante con el final de la Biblia.
Muchas personas imaginan la eternidad como permanecer para siempre flotando entre nubes sin hacer absolutamente nada.
Pero Apocalipsis presenta otra imagen.
Hablando del mundo restaurado dice:
«Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Observe el orden.
«No habrá más maldición».
Y, sin embargo:
«sus siervos le servirán».
La desaparición de la maldición no significa la desaparición de toda actividad.
Al contrario.
Hay servicio.
Hay propósito.
Hay participación.
Y el versículo siguiente continúa:
«y reinarán por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 22:5, RVR1960).
Otra vez aparecen juntos:
servicio y gobierno.
Exactamente los dos conceptos que estamos encontrando en Génesis.
Al principio:
el hombre trabaja y gobierna.
Al final:
la maldición desaparece y los redimidos sirven y reinan.
Eso merece nuestra atención.
Quizá Cristo no vino a liberarnos del propósito, sino de la maldición
Aquí podemos vislumbrar una conexión que desarrollaremos mucho más adelante.
La redención no parece consistir en convertirnos en seres sin responsabilidades.
Consiste en restaurar aquello que el pecado dañó.
La maldición desaparece.
La muerte desaparece.
El dolor desaparece.
Pero el propósito permanece.
El servicio permanece.
El Reino permanece.
Y el hombre vuelve a reinar bajo Dios.
Quizá Cristo no vino para devolvernos una eternidad de ociosidad.
Vino para restaurarnos a una existencia donde hacer algo tiene nuevamente sentido sin el peso destructor de la maldición.
¿Qué aprendimos de Dios?
Este capítulo nos permite corregir otra imagen equivocada.
Dios no creó al hombre para que fuera inútil.
Tampoco parece considerar el trabajo como algo indigno.
El primer trabajo aparece antes del primer pecado.
Y al final de la Biblia, después de que desaparece la maldición, seguimos encontrando servicio y gobierno.
Podemos entonces añadir nuevas características al retrato:
Dios trabaja.
Dios crea seres productivos.
Dios concede propósito.
Dios desarrolla capacidades.
Dios permite que sus hijos participen en su obra.
Dios confía cosas valiosas para que sean cuidadas.
Y quizá haya aquí una característica todavía más hermosa.
Dios no solamente quiso darle a Adán cosas terminadas.
También quiso darle cosas en las que pudiera participar.
Porque existe una alegría especial en recibir un regalo.
Pero existe otra completamente diferente en mirar algo y saber:
«Yo participé en esto».
El Padre estaba permitiendo que su hijo conociera ambas.
Recibir.
Y producir.
Disfrutar.
Y desarrollar.
Contemplar.
Y crear.
Adán no había sido creado solamente para disfrutar del Reino de su Padre.
Había sido creado para trabajar dentro de él, cuidarlo y participar en su desarrollo.
Y ahora comenzamos a comprender que las actividades del Edén estaban lejos de ser primitivas o insignificantes.
Aquel hombre tenía una enorme tarea delante.
Porque el huerto era solamente el comienzo.
Había toda una Tierra por desarrollar.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
