Dr. Elio M. Rivera

   Hasta este momento hemos visto a Adán y Eva como hijos.

  Hijos creados a imagen de Dios.

  Hijos bendecidos.

  Hijos colocados cerca de la presencia de su Padre.

  Hijos con un hogar, un propósito y un futuro.

  Pero ahora tenemos que añadir una pieza que cambia considerablemente nuestra manera de verlos.

  Dios no los creó solamente para existir.

  No los creó solamente para disfrutar del huerto.

  No los creó para pasar sus días contemplando árboles, escuchando pájaros y comiendo fruta.

 Adán y Eva, creados para gobernar

Los creó para gobernar.

  La primera vez que la Biblia anuncia la creación del hombre, inmediatamente conecta su existencia con una responsabilidad extraordinaria:

  «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Observe el orden.

  Primero:

  «a nuestra imagen».

  Y prácticamente en la misma frase:

  «y señoree».

  Imagen.

  Autoridad.

  Representación.

  Gobierno.

  No parece accidental.

  Dios estaba creando seres que reflejarían algo de Él y, al mismo tiempo, les estaba concediendo una responsabilidad dentro de su creación.

Adán y Eva, a la imagen y semejanza de Dios

Dios es Rey

  Para comprender lo que significa que el hombre fuera creado para gobernar, primero necesitamos recordar algo acerca de Dios.

  Dios es presentado en toda la Biblia como Rey.

  El salmista escribió:

  «Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).

  Y también:

  «Porque Jehová el Altísimo es temible; Rey grande sobre toda la tierra» (Salmos 47:2, RVR1960).

  David declaró:

  «Tu reino es reino de todos los siglos, y tu señorío en todas las generaciones» (Salmos 145:13, RVR1960).

  Dios tiene Reino.

  Tiene trono.

  Tiene autoridad.

  Tiene dominio.

  Y entonces este Rey crea al hombre a su imagen y le dice:

  «señoree».

  Eso significa que Adán no iba a gobernar independientemente de Dios.

  No estaba recibiendo soberanía absoluta.

  No se convertía en propietario final de la Tierra.

  Seguía siendo criatura.

  Dios seguía siendo Rey.

  Pero el Rey estaba permitiendo que su hijo participara en su gobierno.

  Era autoridad delegada.

Un rey bajo el Rey

  Esto me parece extraordinario.

  Dios podía gobernar cada centímetro de la Tierra directamente.

  No necesitaba administradores humanos.

  No necesitaba que Adán organizara nada.

  No necesitaba ayuda.

  Y, sin embargo, decidió compartir responsabilidad.

  Dijo:

  «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  No dijo:

  «Yo haré absolutamente todo y ustedes solamente observen».

  Les dio una misión.

  Les entregó una esfera real de responsabilidad.

  Y aquí necesitamos comprender algo que tendrá una enorme importancia cuando lleguemos a la tentación y a la caída.

  Dios había delegado al hombre el gobierno de la Tierra.

  La Tierra seguía perteneciendo a Dios.

  Él seguía siendo el Rey soberano de toda la creación.

  Pero dentro del orden que Él mismo había establecido, Adán y Eva habían recibido la responsabilidad de gobernar este mundo bajo su autoridad.

  Dios no los colocó allí como simples espectadores mientras Él tomaba personalmente cada decisión relacionada con la administración de la Tierra.

  Los puso a gobernar.

  Eso significa que la autoridad entregada al hombre era verdadera.

  No era simbólica.

  No era decorativa.

  Tenía consecuencias.

  Pero entonces aparece una pregunta:

  ¿Cómo podía Adán gobernar un planeta si no era omnisciente?

  ¿Cómo podía saber qué hacer frente a cada nueva situación?

  ¿Cómo podría resolver problemas que nunca antes había enfrentado?

  La respuesta me parece extraordinariamente sencilla.

  No necesitaba saberlo todo porque conocía a quien lo sabía todo.

  Adán tenía acceso a Dios.

  Podemos imaginar el modelo de gobierno de esta manera.

  Adán encontraba una situación.

  La observaba.

  La evaluaba.

  Y si no sabía qué hacer, podía acudir a Dios.

  Podía hablar con su Padre.

  Podía recibir instrucción del Rey.

  Y después regresaría a aquello que estaba bajo su responsabilidad para ejecutar la voluntad que había conocido.

  Dios daba dirección.

  El hombre ejercía autoridad sobre la Tierra.

  Ése era el modelo.

  No independencia.

  Dependencia.

  No un hombre intentando descubrir por sí mismo cómo debía funcionar todo.

  Un hijo aprendiendo a gobernar junto a su Padre.

  Un rey bajo el Rey.

  Esto nos ayuda a comprender mejor por qué anteriormente vimos a Adán trabajando.

  Por qué tenía que cuidar.

  Por qué nombró animales.

  Por qué necesitaba inteligencia.

  Por qué debía aprender.

  Todo aquello no eran actividades inconexas.

  Formaban parte de su preparación para algo mayor:

  gobernar la Tierra bajo Dios.

Salmo 8 nos ayuda a comprender la grandeza de aquella posición

  Muchos siglos después, David contempló el cielo y quedó impresionado por la aparente pequeñez del ser humano.

  Escribió:

  «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:3-4, RVR1960).

  Esa pregunta es maravillosa.

  David mira la inmensidad.

  Después mira al hombre.

  Y pregunta:

  ¿por qué le das tanta importancia?

  Entonces responde:

  «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra» (Salmos 8:5, RVR1960).

  Y añade:

  «Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies» (Salmos 8:6, RVR1960).

  Observe las palabras.

  «coronaste».

  «gloria».

  «honra».

  «señorear».

  El lenguaje es impresionante.

  Adán no aparece como un ser insignificante abandonado en un jardín.

  Fue colocado en una posición de honor.

  La creación de Dios estaba siendo confiada, en cierta medida, a sus manos.

El hombre fue creado para representar a Dios en el reino de la tierra

  Aquí encontramos una relación profunda entre ser hecho a imagen de Dios y recibir autoridad.

  Una imagen representa.

  Hace visible algo.

  Y el hombre debía ejercer su gobierno de una manera que reflejara el carácter del Rey que le había concedido esa autoridad.

  Eso significa que el señorío humano nunca debió significar abuso.

  Nunca debió significar destrucción indiscriminada.

  Nunca debió significar hacer lo que quisiera simplemente porque podía.

  El modelo era Dios.

  Y ya hemos observado algunas características del gobierno divino.

  Dios crea.

  Dios ordena.

  Dios cuida.

  Dios provee.

  Dios hace fructificar.

  Dios embellece.

  Dios establece límites.

  Dios da propósito.

  Y entonces entrega al hombre una responsabilidad sobre aquello que Él mismo había creado.

  Por eso la primera aplicación práctica de la autoridad de Adán no aparece destruyendo la creación.

  La ciudad celestial en el jardín del Eden.

Aparece:

  «para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Cultivar.

  Guardar.

  Desarrollar.

  Proteger.

  Eso nos enseña mucho acerca del gobierno que Dios había imaginado.

«Sojuzgadla»

  Entonces aparece una palabra que puede sonar fuerte:

  «sojuzgadla».

  Génesis 1:28 dice:

  «llenad la tierra, y sojuzgadla» (RVR1960).

  La palabra implica ejercer dominio, poner bajo administración, llevar algo bajo una autoridad.

  Pero debemos leerla dentro del mundo anterior al pecado.

  No significa conquista violenta entre seres humanos.

  No existían guerras.

  No existían naciones enemigas.

  No existían ejércitos.

  Dios estaba hablando de la Tierra.

  Adán y Eva comenzaban en un lugar preparado, pero su misión era mayor.

  El proyecto no terminaba en el huerto.

  Debían llenar la Tierra.

  Y conforme creciera la humanidad, aquella Tierra tendría que ser administrada.

  Cultivada.

  Organizada.

  Desarrollada.

  Cuidada.

  Había potencial esperando ser utilizado.

El huerto era el comienzo, no el final

  Esto es importantísimo.

  Dios plantó un huerto.

  Pero dijo:

  «llenad la tierra».

  Por tanto, Adán y Eva no fueron creados para permanecer eternamente dentro de un pequeño espacio geográfico sin hacer nada más.

  El huerto parece haber sido su punto de partida.

  Su hogar.

  Su lugar de formación.

  El escenario inicial desde donde comenzaría una misión muchísimo más amplia.

  Con el tiempo vendrían descendientes.

  La población aumentaría.

  La humanidad se extendería.

  Y donde llegaran los hijos de Adán y Eva, llevarían consigo la responsabilidad recibida de Dios.

  Eso nos permite formular una posibilidad interesante:

  quizá el modelo del huerto debía extenderse.

  Orden.

  Belleza.

  Cultivo.

  Vida.

  Administración.

  Presencia de seres humanos que reflejaran el carácter de Dios.

  No necesariamente copiando físicamente cada árbol del Edén.

  Pero extendiendo sobre la Tierra el tipo de administración que habían aprendido de su Padre.

Esto requería enorme preparación

  Cuando comprendí esto, la imagen que tenía de Adán cambió.

  No podía ser simplemente un hombre ingenuo sin conocimientos.

  ¿Cómo gobernaría la Tierra?

  ¿Cómo administraría?

  ¿Cómo decidiría?

  ¿Cómo enseñaría a sus descendientes?

  ¿Cómo cuidaría recursos?

  ¿Cómo organizaría una humanidad creciente?

  Gobernar requiere inteligencia.

  Juicio.

  Observación.

  Capacidad para anticipar consecuencias.

  Capacidad para organizar.

  Capacidad para comunicar.

  Capacidad para tomar decisiones.

  Y sobre todo:

  conocer la voluntad del Rey.

  Porque la peor clase de gobernante es alguien que recibe autoridad y después olvida de quién la recibió.

  Adán no necesitaba convertirse en la fuente de toda sabiduría.

  Necesitaba permanecer conectado con ella.

  Mientras pudiera acudir a Dios, escuchar su dirección y después actuar conforme a ella, podía ejercer correctamente la autoridad que había recibido.

  Y esto será importantísimo más adelante.

  Porque cuando la serpiente diga:

  «seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:5, RVR1960),

  la propuesta tocará precisamente el corazón de este modelo.

  Hasta ese momento el hombre gobernaba consultando a Dios.

  La serpiente comenzaría a ofrecerle la posibilidad de determinar por sí mismo.

  Dejar de depender.

  Dejar de consultar.

  Convertirse él mismo en criterio.

  La tentación no estaría dirigida solamente hacia su apetito.

  Estaría dirigida hacia su manera de gobernar.

Adán no era dueño de la Tierra

  Aquí necesitamos establecer una diferencia fundamental.

  Dios le entregó autoridad al hombre.

  Pero no le entregó la propiedad absoluta.

  El salmista dice:

  «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmos 24:1, RVR1960).

  La Tierra seguía perteneciendo a Dios.

  Adán era administrador.

  Mayordomo.

  Representante.

  Un hijo al que el Padre había confiado una parte de su patrimonio.

  Eso coloca límites al poder humano.

  No puedo destruir aquello que me fue entregado para guardar.

  No puedo tratar como mío absoluto aquello que pertenece al Rey.

  No puedo utilizar la autoridad que recibí para contradecir a quien me la dio.

  El gobierno humano solamente funcionaría correctamente mientras permaneciera bajo el gobierno de Dios.

Dios quería gobernar la Tierra a través de sus hijos

  Aquí aparece una idea que me parece enorme.

  Dios estaba estableciendo en la Tierra un modelo de gobierno donde sus hijos participarían directamente.

  El Reino era suyo.

  La autoridad original era suya.

  Pero decidió ejercer una parte de esa administración mediante seres humanos.

  Eso significa que Dios otorgó a Adán y Eva una dignidad extraordinaria.

  No los trató como esclavos sin criterio.

  No los convirtió en robots.

  Los preparó para tomar decisiones reales dentro de una esfera de responsabilidad.

  Y cuando observamos el resto de la Biblia descubrimos algo fascinante.

  Este patrón de Dios trabajando con seres humanos aparece una y otra vez.

  Cuando Dios quiso preservar a una familia frente al diluvio, encontró a Noé y le dijo que construyera un arca.

  Cuando comenzó el proyecto de formar una nación mediante la cual serían benditas las familias de la Tierra, llamó a Abraham.

  Cuando llegó el momento de sacar a Israel de Egipto, llamó a Moisés.

  Dios podía haber aparecido directamente delante de Faraón y resolver todo sin participación humana.

  Sin embargo, dijo a Moisés:

  «Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo» (Éxodo 3:10, RVR1960).

  Cuando Israel necesitó liberación, levantó jueces.

  Cuando necesitó confrontar reyes, levantó profetas.

  Cuando su pueblo estaba amenazado en Persia, utilizó a Ester.

  Cuando llegó el momento de anunciar el Reino, Jesucristo llamó discípulos.

  Y después de su resurrección les entregó una comisión:

  «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15, RVR1960).

  Hay un pasaje todavía más impresionante.

  Dios declaró por medio de Ezequiel:

  «Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra…» (Ezequiel 22:30, RVR1960).

  Observe la expresión:

  «busqué… hombre».

  ¿Por qué buscar un hombre?

  ¿Acaso Dios no tenía poder?

  Por supuesto que sí.

  Pero desde el comienzo había decidido dignificar a los seres humanos permitiéndoles participar realmente en lo que Él hacía sobre la Tierra.

  Eso nos ayuda incluso a comprender la oración.

  Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.

  Y, sin embargo, Jesús nos enseñó:

  «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7, RVR1960).

  Y Santiago escribió:

  «No tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2, RVR1960).

  ¿Por qué pedir si Dios ya sabe?

  Porque Dios no nos diseñó como espectadores.

  Nos hizo participantes.

  La oración no informa a un Dios ignorante.

  Nos coloca en relación con Él.

  Busca su voluntad.

  Solicita su intervención.

  Y nos permite participar en aquello que Él desea realizar.

  Por eso debemos expresar cuidadosamente el principio.

  No significa que Dios haya dejado de ser soberano o que sea absolutamente incapaz de actuar si ningún ser humano se lo solicita.

  La propia Escritura contiene intervenciones soberanas de Dios.

  Significa algo diferente y, en mi opinión, extraordinario:

  Dios estableció como patrón de su gobierno sobre la Tierra trabajar con hombres y mujeres, y toma seriamente la autoridad y responsabilidad que les concedió.

  Y aquí aparece el lado oscuro de este principio.

  Porque si el hombre podía cooperar con Dios, también podía utilizar su voluntad para cooperar con alguien más.

  Y eso nos llevará directamente al Edén.

Satanás también necesitaría al hombre

  Esta pieza será fundamental cuando estudiemos la tentación.

  Dios no entregó a Lucero el gobierno de la Tierra.

  No encontramos a Dios diciéndole:

  «señorea sobre la Tierra».

  Eso se lo dijo al hombre.

  Por tanto, si Lucero quería extender su rebelión al mundo que había sido confiado a Adán y Eva, tenía un problema.

  Necesitaba al hombre.

  Necesitaba conseguir la cooperación de aquellos a quienes Dios había entregado autoridad sobre la Tierra.

  Y esto nos ayuda a comprender por qué el enemigo actúa tantas veces en la Escritura mediante seres humanos.

  Necesita alguien que escuche.

  Alguien que crea.

  Alguien que acepte.

  Alguien que hable.

  Alguien que ejecute.

  Lo vemos incluso en el caso de Judas.

  Satanás quería entregar a Jesús.

  Pero necesitó a un hombre.

  Lucas dice:

  «Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote…» (Lucas 22:3, RVR1960).

  Y Judas fue después a hablar con quienes buscaban la manera de entregar a Jesús.

  Esto no elimina la responsabilidad humana.

  La confirma.

  El enemigo propone.

  Engaña.

  Tienta.

  Influye.

  Pero busca una voluntad humana que coopere.

  Eso es precisamente lo que encontraremos en Génesis 3.

  La serpiente no toma el fruto y lo introduce por la fuerza en la boca de Eva.

  Habla.

  Pregunta.

  Distorsiona.

  Promete.

  Seduce.

  Pero finalmente:

  Eva tiene que tomar.

  Y después:

  Adán tiene que decidir.

  Esto cambia enormemente la escena.

  Satanás no estaba intentando solamente conseguir que dos seres humanos rompieran una regla relacionada con una fruta.

  Estaba buscando acceso al gobierno de la Tierra mediante aquellos a quienes Dios había entregado ese gobierno.

  Lucero se había rebelado contra Dios.

  Pero ahora quería extender aquella rebelión.

  Y para hacerlo necesitaba algo que todavía no poseía:

  la cooperación del hombre.

El huerto era el comienzo, no el final

  La esfera de responsabilidad humana iba a crecer.

  Primero:

  el huerto.

  Después:

  la Tierra.

  Primero dos personas.

  Después generaciones.

  Primero una familia.

  Después una humanidad.

  Por eso la comisión de gobernar no podía terminar con Adán.

Hombre y mujer recibieron la comisión

  Hay otro detalle que considero indispensable.

  La comisión de gobernar no fue entregada solamente a Adán.

  Después de decir:

  «varón y hembra los creó»,

  la Escritura declara:

  «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:27-28, RVR1960).

  Observe:

  «los bendijo».

  «les dijo».

  Eva estaba incluida.

  Esto refuerza lo que vimos acerca de «ayuda idónea».

  Ella no fue creada para ser una sirvienta privada de Adán mientras él realizaba la gran misión.

  La misión era de ambos.

  Diferentes.

  Complementarios.

  Pero ambos dentro del proyecto de Dios.

Los hijos también formarían parte del gobierno

  Y aquí encontramos una consecuencia inevitable de:

  «Fructificad y multiplicaos».

  Adán y Eva no podrían administrar personalmente toda la Tierra si la humanidad llegaba a llenarla.

  Vendrían hijos.

  Y aquellos hijos tendrían que aprender.

  Después vendrían nietos.

  Y otros descendientes.

  El gobierno debía convertirse también en formación generacional.

  Adán tendría que transmitir lo que sabía.

  Eva también.

  Sus hijos tendrían que aprender quién era Dios.

  Qué había dicho.

  Qué les había confiado.

  Y cómo debían administrar aquello que estaba bajo su responsabilidad.

  Pero, sobre todo, tendrían que aprender el principio que sostenía todo aquel sistema:

  antes de ejercer autoridad, debían permanecer bajo autoridad.

  No bastaba saber gobernar.

  Debían conocer al Rey.

  No bastaba tener inteligencia.

  Debían conocer su voluntad.

  No bastaba poseer poder para decidir.

  Debían aprender cuándo y cómo utilizarlo.

  La relación con Dios no era entonces un añadido religioso a la vida de Adán.

  Era indispensable para cumplir correctamente su función.

  Esto significa que familia y gobierno no eran dos proyectos desconectados.

  La familia sería el medio por el cual la responsabilidad dada por Dios se extendería sobre la Tierra.

La Tierra debía llenarse de personas que reflejaran al Rey

  Ahora podemos unir dos órdenes que muchas veces estudiamos por separado:

  «Hagamos al hombre a nuestra imagen»

  y:

  «llenad la tierra».

  ¿Qué ocurriría si seres creados a imagen de Dios llenaban la Tierra?

  La Tierra se llenaría de personas capaces de reflejar algo del carácter de su Creador.

  Personas capaces de gobernar.

  Crear.

  Cultivar.

  Organizar.

  Amar.

  Relacionarse.

  Y ejercer responsabilidad.

  Esto hace que el proyecto original parezca muchísimo mayor.

  Dios no quería simplemente llenar el planeta de población.

  Quería una humanidad que viviera bajo su Reino y representara su manera de gobernar.

  Una humanidad que, cuando necesitara dirección, acudiera al Rey.

  Una humanidad que escuchara a Dios y después ejerciera sobre la Tierra la autoridad que Él le había confiado.

  Una humanidad en la que la voluntad del cielo pudiera expresarse sobre la Tierra mediante hijos que conocieran a su Padre.

  Muchísimo tiempo después, Jesucristo enseñaría a sus discípulos a orar:

  «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:10, RVR1960).

  La voluntad del Rey.

  Realizada en la Tierra.

  Ése era precisamente el tipo de relación que el pecado estaba a punto de romper.

Y quizá allí entendemos mejor por qué el pecado sería tan grave

  Todavía no llegaremos a la caída.

  Pero quiero dejar una pieza preparada.

  Si Adán hubiera sido solamente un individuo privado, su decisión habría afectado principalmente su propia vida.

  Pero si Adán había recibido responsabilidad representativa y se encontraba al comienzo de una humanidad entera, entonces sus decisiones podían tener consecuencias muchísimo mayores.

  Un gobernante nunca decide solamente para sí mismo.

  Sus decisiones afectan aquello que está bajo su responsabilidad.

  Y ahora podemos comprender todavía mejor la gravedad de lo que posteriormente sucedería.

  Adán no solamente podía desobedecer una orden.

  Podía utilizar contra Dios la autoridad que había recibido de Dios.

  Ésa es una diferencia enorme.

  Y también nos ayuda a comprender el interés de Satanás en Adán y Eva.

  Si quería influir sobre la Tierra, no necesitaba comenzar conquistando montañas, ríos, animales o territorios.

  Necesitaba llegar a quienes tenían autoridad sobre ellos.

  Necesitaba convencer al gobernante.

  Necesitaba conseguir que el hombre dejara de escuchar a Dios y comenzara a escuchar otra voz.

  Por eso Génesis 3 será muchísimo más que la historia de una fruta.

  Será un conflicto de autoridad.

  Un conflicto de confianza.

  Un conflicto de gobierno.

  ¿A quién escuchará el hombre?

  ¿De quién recibirá dirección?

  ¿Continuará gobernando bajo Dios?

  ¿O utilizará la autoridad recibida para independizarse de quien se la concedió?

  Pero todavía no adelantemos la historia.

  Por ahora contemplemos a Adán y Eva como Dios los había diseñado.

  No derrotados.

  No expulsados.

  No escondidos.

  No bajo maldición.

  Sino:

  bendecidos, preparados y autorizados para gobernar.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo añade una característica muy importante al retrato que estamos construyendo.

  Dios comparte autoridad.

  No porque la necesite compartir.

  Sino porque decidió dignificar a sus hijos permitiéndoles participar en su gobierno.

  Eso nos muestra a un Dios que confía responsabilidades verdaderas.

  Un Dios que no desea hijos permanentemente inútiles.

  Un Dios que espera crecimiento.

  Un Dios que desarrolla capacidades.

  Un Dios que prepara a sus hijos para administrar aquello que coloca en sus manos.

  Y ahora podemos añadir algo más:

  Dios no solamente entrega autoridad; enseña a sus hijos a ejercerla en comunión con Él.

  El modelo nunca fue:

  «Yo soy Dios, así que haré todo mientras ustedes observan».

  Ni tampoco:

  «Les entrego la Tierra; ahora arréglenselas solos».

  El modelo era muchísimo más hermoso:

  «Yo soy su Padre y su Rey. Ustedes son mis hijos. Aprendan de mí, conozcan mi voluntad y gobiernen aquello que he puesto en sus manos».

  Podemos entonces añadir nuevas características:

  Dios es Rey.

  Dios gobierna con orden.

  Dios delega autoridad.

  Dios confía responsabilidades importantes.

  Dios trabaja con hombres y mujeres para realizar sus propósitos sobre la Tierra.

  Dios desea que sus hijos participen en su Reino.

  Pero quizá la pieza más sorprendente sea ésta:

  el propósito original del hombre no era simplemente vivir bajo el gobierno de Dios; era aprender a gobernar con Él y bajo Él.

  Eso explica la inteligencia.

  Explica el trabajo.

  Explica la responsabilidad.

  Explica el mandato de llenar la Tierra.

  Explica la oración.

  Explica por qué encontramos a Dios una y otra vez buscando hombres y mujeres dispuestos a colaborar con Él.

  Y también comenzará a explicar por qué el enemigo buscaría seres humanos dispuestos a colaborar con su rebelión.

  Pero, sobre todo, explica por qué la relación con Dios era tan importante.

  Un hijo podía gobernar correctamente solamente mientras permaneciera unido al corazón y a la voluntad de su Padre.

  Tal vez por eso el verdadero peligro del árbol nunca fue simplemente comer una fruta.

  El verdadero problema sería algo mucho más profundo:

  ¿seguiría el hombre gobernando bajo Dios, consultando al Rey y ejecutando su voluntad, o aceptaría la propuesta de gobernarse independientemente de Él?

  Y detrás de esa pregunta aparecería otra:

  ¿qué sucedería si el hombre utilizaba la autoridad que Dios le había entregado para ponerse de acuerdo con el enemigo de Dios?

  Todavía no respondamos.

  Estamos acercándonos a ese momento.

  Por ahora guardemos esta imagen:

  un Rey sobre todo;

  un Padre;

  dos hijos creados a su imagen;

  una Tierra delante de ellos;

  una autoridad verdaderamente delegada;

  y una comisión extraordinaria:

  «llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread».

  Adán y Eva no habían sido creados simplemente para habitar el mundo.

  Habían sido creados para gobernarlo bajo la autoridad de Dios.

  Y precisamente por la autoridad que habían recibido, la decisión que algún día tomaran acerca de a quién escucharían podría cambiar mucho más que sus propias vidas.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hay una idea acerca del trabajo que durante mucho tiempo acepté casi sin cuestionarla.

  Pensaba que trabajar era una consecuencia del pecado.

  Adán pecó.

  Dios lo castigó.

  Y desde entonces el hombre tuvo que trabajar.

  Pero cuando regresamos cuidadosamente a Génesis descubrimos que esa idea no corresponde con el orden de la historia.

  Porque antes de que apareciera la serpiente…

  antes de la desobediencia…

  antes de la maldición…

  y antes de que existieran espinos y cardos…

  Adán ya trabajaba.

  El trabajo era parte de la vida cotidiana de Adán y Eva

La Escritura dice:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Observe cuándo ocurrió esto.

  Todavía estamos en el mundo original.

  Dios había declarado buena su creación.

  Adán vivía dentro del lugar que Dios había preparado.

  Y allí recibió una responsabilidad:

«para que lo labrara y lo guardase».

  Por tanto, tenemos que establecer desde el principio una diferencia fundamental:

el trabajo no fue consecuencia del pecado.

  Lo que posteriormente cambió fue la manera en que el hombre tendría que trabajar.

El trabajo formaba parte del propósito original

  Esto cambia muchísimo nuestra forma de mirar la vida de Adán.

  Dios no lo creó para que pasara la eternidad sin hacer nada.

  No lo colocó en el Edén para que permaneciera acostado bajo un árbol esperando la siguiente fruta.

  Adán tenía una tarea.

  Había algo que cultivar.

  Algo que cuidar.

  Algo que desarrollar.

  Algo que preservar.

  Y esta responsabilidad estaba completamente relacionada con lo que acabamos de estudiar:

Adán y Eva fueron creados para gobernar.

  Dios había dicho:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Ahora vemos cómo comenzó a manifestarse aquella autoridad.

  No mediante abuso.

  No destruyendo.

  No explotando.

  Sino:

labrando y guardando.

  Eso dice mucho acerca de la clase de gobierno que Dios quería que sus hijos ejercieran.

¿Qué significa «labrar»?

  Labrar implica trabajar algo para hacerlo productivo.

  En el contexto del huerto, incluía ocuparse de aquello que Dios había plantado.

  Recordemos que no estamos hablando de una selva sin orden.

  Estamos hablando de un huerto.

  Había árboles.

  Había agua.

  Había un sistema natural de riego.

  Había vegetación.

  Y aquel lugar requería administración.

  Adán no era simplemente visitante.

  Era responsable.

  Tenía que interactuar con aquello que Dios había creado.

  Observarlo.

  Comprenderlo.

  Trabajar con él.

  Esto supone conocimiento.

  Un agricultor aprende cuándo plantar.

  Cómo cultivar.

  Qué necesita una planta.

  Cómo responde la tierra.

  Cómo funciona el agua.

  Cómo conservar aquello que produce.

  No afirmo que Adán utilizara exactamente las técnicas agrícolas que nosotros conocemos actualmente.

  La Biblia no nos da esos detalles.

  Pero sí establece el principio:

había trabajo productivo antes del pecado.

Y también tenía que «guardarlo»

  La segunda palabra es igualmente interesante:

«guardase».

  No solamente debía producir.

  Tenía que cuidar.

  Preservar.

  Vigilar aquello que había sido puesto bajo su responsabilidad.

  Esto nuevamente nos devuelve al concepto de gobierno.

  Gobernar bíblicamente no es solamente ejercer poder.

  También es cuidar aquello sobre lo cual se recibió autoridad.

  Un buen gobernante no destruye su reino.

  Un buen padre no destruye su casa.

  Un buen administrador no desperdicia aquello que le fue confiado.

  Adán había recibido algo hermoso de las manos de Dios.

  Y Dios esperaba que lo cuidara.

  Eso significa que el trabajo también era una expresión de responsabilidad hacia el Padre.

Dios pudo haber hecho todo por Adán

  Aquí aparece nuevamente una pregunta que me resulta fascinante.

  ¿Por qué Dios le dio trabajo?

  Él no necesitaba a Adán.

  El mismo Dios que había hecho crecer los árboles podía continuar cuidándolos.

  El mismo que había creado el río podía administrarlo.

  El mismo que había organizado el planeta podía encargarse personalmente de cada detalle.

  Entonces, ¿por qué involucrar al hombre?

  Creo que la respuesta comienza a aparecer en todo lo que hemos venido descubriendo.

  Dios quería que sus hijos participaran.

  Un buen padre no hace eternamente todo por sus hijos.

  Los enseña.

  Les entrega responsabilidades.

  Les permite desarrollar capacidades.

  Les permite experimentar la satisfacción de hacer algo bien.

  Llega un momento en que el padre dice:

«Ahora esto estará bajo tu cuidado».

  No necesariamente porque necesite ayuda.

  Sino porque quiere que su hijo crezca.

  Eso parece estar ocurriendo en el Edén.

Trabajar también significa crear

  Hay algo profundamente humano en el trabajo.

  Tomamos algo que existe y hacemos algo con ello.

  Una persona toma madera y construye una mesa.

  Otra toma sonidos y produce música.

  Otra toma palabras y escribe un libro.

  Otra toma semillas y produce alimento.

  Otra observa un problema y crea una solución.

  El trabajo humano transforma posibilidades en realidades.

  Y hay algo en eso que refleja, de manera limitada, al propio Creador.

  Dios crea.

  Diseña.

  Organiza.

  Desarrolla.

  Produce.

  Después crea seres a su imagen…

  y les entrega una creación donde ellos también pueden hacer.

  No creamos de la nada como Dios.

  Pero podemos utilizar aquello que Él hizo para producir nuevas cosas.

  Quizá por eso existe una satisfacción tan profunda cuando contemplamos el resultado de un trabajo bien realizado.

  Hay algo dentro de nosotros que disfruta crear.

  Construir.

  Resolver.

  Mejorar.

  Producir.

  Ver el fruto de nuestro esfuerzo.

  Eclesiastés reconoce esta capacidad:

«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).

  Observe:

«goce el bien de toda su labor».

  Originalmente, trabajo y gozo no tenían que ser enemigos.

Antes del pecado, el trabajo no era sufrimiento

  Y aquí debemos llegar a Génesis 3 para comprender exactamente qué cambió.

  Después de la desobediencia, Dios dijo a Adán:

«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá […] con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:17-19, RVR1960).

  Observe cuidadosamente.

  Dios no dice:

«A partir de ahora tendrás que trabajar».

  Adán ya trabajaba.

  La diferencia es que ahora el trabajo estaría acompañado de:

dolor.

resistencia de la tierra.

espinos.

cardos.

sudor.

  El trabajo permaneció.

  Lo que cambió fueron las condiciones.

  Antes el hombre trabajaba con una creación que cooperaba.

  Después tendría que trabajar dentro de una creación afectada por la caída.

  Eso explica muchísimo acerca de nuestra experiencia actual.

Todos hemos experimentado el trabajo bajo la maldición

  Hoy conocemos perfectamente la otra cara del trabajo.

  Agotamiento.

  Estrés.

  Injusticia.

  Competencia destructiva.

  Malos jefes.

  Empleados irresponsables.

  Negocios que fracasan.

  Cultivos que se pierden.

  Enfermedad.

  Accidentes.

  Proyectos que no funcionan.

  Horas de esfuerzo que aparentemente no producen nada.

  Trabajamos…

  y las cosas salen mal.

  Construimos…

  y se rompe.

  Sembramos…

  y no siempre cosechamos.

  Administramos…

  y aparecen problemas inesperados.

  Quizá por eso terminamos relacionando trabajo con castigo.

  Pero esa no era la condición original.

  Había trabajo antes de que existiera la frustración que hoy lo acompaña.

¿Cómo sería trabajar sin maldición?

  Esta pregunta me resulta fascinante.

  ¿Cómo sería realizar una labor sin enfermedad?

  Sin agotamiento destructivo.

  Sin corrupción.

  Sin engaño.

  Sin robos.

  Sin accidentes.

  Sin miedo a perderlo todo.

  Sin sistemas económicos injustos.

  Sin competencia nacida de la envidia.

  Sin la preocupación de que mañana una enfermedad nos impida continuar.

  No digo que Adán jamás se cansara físicamente; la Biblia no nos proporciona suficiente información para afirmarlo.

  Pero sí sabemos que todavía no había ocurrido la maldición descrita en Génesis 3.

  Eso significa que su experiencia laboral era fundamentalmente distinta de la nuestra.

  Trabajar podía ser:

propósito.

creatividad.

aprendizaje.

productividad.

participación.

satisfacción.

El trabajo le daba significado a su día

  Imagine por un momento a Adán despertando.

  Tenía algo que hacer.

  No porque tuviera que pagar una hipoteca.

  No porque temiera morir de hambre.

  No porque un patrón pudiera despedirlo.

  Trabajaba porque tenía una responsabilidad dentro del proyecto de Dios.

  Su trabajo estaba conectado con su identidad.

  Era hijo.

  Era administrador.

  Había sido creado para gobernar.

  Y aquello que hacía tenía significado dentro del Reino de su Padre.

  Eso me parece completamente diferente del concepto moderno de trabajar simplemente para sobrevivir.

  El propósito original parece haber sido:

trabajar porque nuestra vida tiene algo que aportar.

El trabajo también desarrollaba al hombre

  Hay otra dimensión.

  Cada responsabilidad que Dios entregaba a Adán exigía que utilizara capacidades.

  Pensar.

  Observar.

  Recordar.

  Planear.

  Resolver.

  Aprender.

  Decidir.

  El trabajo desarrollaba aquello que Dios había puesto dentro de él.

  Esto nos permite comprender por qué Dios no hizo todo automáticamente.

  Una vida donde nunca tenemos que aprender nada, resolver nada ni desarrollar ninguna capacidad terminaría siendo una vida extraordinariamente limitada.

  Dios había creado un ser con enorme potencial.

  Y le dio oportunidades para utilizarlo.

El trabajo formaba parte del gobierno

  Ahora podemos conectar nuevamente este capítulo con el anterior.

  Dios dijo:

«sojuzgadla, y señoread» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Pero ¿cómo se gobierna una Tierra?

  Trabajándola.

  Comprendiéndola.

  Administrándola.

  Desarrollando sus recursos.

  Cuidando aquello que contiene.

  El trabajo era una de las herramientas mediante las cuales el hombre cumpliría su misión.

  Por eso agricultura, administración, organización, construcción, conocimiento y desarrollo no tendrían por qué ser actividades alejadas de Dios.

  Dentro del propósito original formaban parte de aquello que Dios había encargado a sus hijos.

Jesús también habló del trabajo de su Padre

  Hay una declaración de Cristo que siempre me ha parecido interesante:

«Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (Juan 5:17, RVR1960).

  El trabajo, entonces, no puede ser intrínsecamente indigno.

  Jesús habla del Padre trabajando.

  Y dice:

«yo trabajo».

  Esto añade una dimensión preciosa.

  Cuando trabajamos de una manera correcta, productiva, creativa y orientada al bien, estamos realizando una actividad que refleja algo del Dios a cuya imagen fuimos hechos.

  Quizá el problema nunca fue el trabajo.

  El problema fue aquello que el pecado hizo con él.

La restauración también incluye servicio con propósito

  Y aquí encontramos nuevamente una conexión interesante con el final de la Biblia.

  Muchas personas imaginan la eternidad como permanecer para siempre flotando entre nubes sin hacer absolutamente nada.

  Pero Apocalipsis presenta otra imagen.

  Hablando del mundo restaurado dice:

«Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).

  Observe el orden.

«No habrá más maldición».

  Y, sin embargo:

«sus siervos le servirán».

  La desaparición de la maldición no significa la desaparición de toda actividad.

  Al contrario.

  Hay servicio.

  Hay propósito.

  Hay participación.

  Y el versículo siguiente continúa:

«y reinarán por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 22:5, RVR1960).

  Otra vez aparecen juntos:

servicio y gobierno.

  Exactamente los dos conceptos que estamos encontrando en Génesis.

  Al principio:

  el hombre trabaja y gobierna.

  Al final:

  la maldición desaparece y los redimidos sirven y reinan.

  Eso merece nuestra atención.

Quizá Cristo no vino a liberarnos del propósito, sino de la maldición

  Aquí podemos vislumbrar una conexión que desarrollaremos mucho más adelante.

  La redención no parece consistir en convertirnos en seres sin responsabilidades.

  Consiste en restaurar aquello que el pecado dañó.

  La maldición desaparece.

  La muerte desaparece.

  El dolor desaparece.

  Pero el propósito permanece.

  El servicio permanece.

  El Reino permanece.

  Y el hombre vuelve a reinar bajo Dios.

  Quizá Cristo no vino para devolvernos una eternidad de ociosidad.

  Vino para restaurarnos a una existencia donde hacer algo tiene nuevamente sentido sin el peso destructor de la maldición.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo nos permite corregir otra imagen equivocada.

  Dios no creó al hombre para que fuera inútil.

  Tampoco parece considerar el trabajo como algo indigno.

  El primer trabajo aparece antes del primer pecado.

  Y al final de la Biblia, después de que desaparece la maldición, seguimos encontrando servicio y gobierno.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato:

Dios trabaja.

Dios crea seres productivos.

Dios concede propósito.

Dios desarrolla capacidades.

Dios permite que sus hijos participen en su obra.

Dios confía cosas valiosas para que sean cuidadas.

  Y quizá haya aquí una característica todavía más hermosa.

  Dios no solamente quiso darle a Adán cosas terminadas.

  También quiso darle cosas en las que pudiera participar.

  Porque existe una alegría especial en recibir un regalo.

  Pero existe otra completamente diferente en mirar algo y saber:

«Yo participé en esto».

  El Padre estaba permitiendo que su hijo conociera ambas.

  Recibir.

  Y producir.

  Disfrutar.

  Y desarrollar.

  Contemplar.

  Y crear.

  Adán no había sido creado solamente para disfrutar del Reino de su Padre.

  Había sido creado para trabajar dentro de él, cuidarlo y participar en su desarrollo.

  Y ahora comenzamos a comprender que las actividades del Edén estaban lejos de ser primitivas o insignificantes.

  Aquel hombre tenía una enorme tarea delante.

  Porque el huerto era solamente el comienzo.

  Había toda una Tierra por desarrollar.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hay otra imagen de Adán que durante mucho tiempo acepté sin analizarla demasiado.

  La imagen de un hombre apenas salido del polvo.

  Fuerte físicamente, quizá.

  Adulto en apariencia.

  Pero intelectualmente ingenuo.

  Casi como un niño dentro del cuerpo de un hombre.

  Un ser que apenas comenzaba a comprender lo que ocurría a su alrededor.

  Pero mientras más detenidamente leo Génesis, menos encuentro a ese Adán.

  La Biblia presenta algo completamente diferente.

  Desde sus primeras horas de existencia encontramos a un hombre capaz de comprender lenguaje, recibir instrucciones, recordarlas, trabajar, observar, aprender, tomar decisiones, identificar diferencias, asignar nombres, administrar responsabilidades y prepararse para algo verdaderamente enorme:

gobernar la Tierra.

  Eso requiere inteligencia.

  Y mucha.

  Recordemos lo que Dios había dicho acerca del hombre:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Después:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Dios estaba entregando a Adán y Eva una responsabilidad inmensa.

  No simplemente cuidar una planta.

  No simplemente alimentar un animal.

  Gobernar.

  Administrar.

  Desarrollar.

  Llenar la Tierra.

  Ejercer autoridad sobre una creación extraordinariamente compleja.

  Entonces tenemos que formular una pregunta sencilla:

¿Le habría dado Dios semejante responsabilidad a un hombre incapaz de cumplirla?

  No parece coherente.

  Si Dios le entregó una tarea de aquella magnitud, debió haberlo creado con las capacidades necesarias para comenzar a realizarla y con una enorme capacidad para continuar aprendiendo.

Una mente extraordinariamente capaz

  La primera evidencia aparece antes incluso de que Adán nombre a los animales.

  Dios habló con él.

  Y Adán podía comprenderlo.

  Dios le dijo:

«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Eso significa que Adán entendía lenguaje.

  Pero también entendía conceptos.

  Todo.

  Excepto.

  Permitido.

  Prohibido.

  Vida.

  Muerte.

  Obediencia.

  Consecuencia.

  No estamos frente a un bebé aprendiendo sus primeras palabras.

  Dios podía comunicarle una norma y esperar que la comprendiera.

  Pero entonces encontramos una tarea que me parece todavía más impresionante:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Y continúa:

«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo» (Génesis 2:20, RVR1960).

  Durante años leí esas palabras sin detenerme realmente a pensar en lo que implicaban.

  Adán estaba asignando nombres a una enorme diversidad de criaturas.

  ¿Cuántas?

  No lo sabemos.

  La Biblia no proporciona una cifra y no necesitamos inventarla.

  Pero utiliza expresiones amplias:

«toda bestia del campo».

«toda ave de los cielos».

«todo ganado del campo».

  Como mínimo, estamos frente a una enorme cantidad de información.

  Y aquí aparece algo que me impresiona:

Adán tenía que recordar los nombres.

  Poner un nombre no tendría demasiado sentido si cinco minutos después lo olvidaba.

  Aparecía una criatura.

  Adán la observaba.

  La identificaba.

  Le asignaba un nombre.

  Después aparecía otra.

  Y otra.

  Y otra.

  Conforme aumentaba la cantidad de criaturas, aumentaba también la información que tenía que conservar.

  Si había nombrado cientos de criaturas, tendría que recordar cientos de asociaciones.

  Si fueron más, la exigencia de memoria aumentaba proporcionalmente.

  No sabemos el número.

  Pero sí podemos reconocer la capacidad intelectual necesaria para realizar la tarea que Génesis describe.

  Adán tenía que asociar una criatura con un nombre y conservar esa asociación en su memoria.

  Y no era solamente memoria.

  Para nombrar tenía que observar.

  Una criatura no era igual a otra.

  Había diferentes formas.

  Tamaños.

  Estructuras.

  Movimientos.

  Comportamientos.

  Características.

  No estoy afirmando que Adán desarrollara una taxonomía científica semejante a la moderna. La Biblia no dice eso.

  Pero necesariamente tenía que distinguir.

  Este animal no es aquel.

  Esta ave posee características diferentes.

  Esta criatura debe recibir otro nombre.

  Eso implica:

observación, memoria, comparación, asociación, lenguaje, organización mental y toma de decisiones.

  Y hay otro detalle extraordinario.

  Dios no le dictó los nombres.

  La Escritura dice que los llevó delante de Adán:

«para que viese cómo las había de llamar».

  Dios permitió que Adán utilizara su propia inteligencia.

  Que observara.

  Que pensara.

  Que decidiera.

  Y después aparece una frase preciosa:

«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre».

  Dios respetó aquello que Adán decidió llamarles.

  Eso nos muestra algo de Adán.

  Pero también comienza a mostrarnos algo acerca de Dios.

  Había creado una mente y ahora permitía que aquella mente funcionara.

Adán tenía muchísimo más que aprender.

  Nombrar animales era solamente una parte de su preparación.

  Génesis también dice:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Eso requería conocimiento.

  Adán tenía que aprender acerca de plantas.

  Árboles.

  Tierra.

  Agua.

  Producción.

  Cuidado.

  Lo que actualmente llamaríamos horticultura, agricultura y jardinería requería observación y conocimiento práctico.

  ¿Cómo se desarrolla una planta?

  ¿Qué necesita?

  ¿Cómo se reproduce?

  ¿Cómo se cuida?

  ¿Cómo se administra un huerto?

  No sabemos qué métodos utilizó Adán.

  Pero sí sabemos que Dios esperaba que pudiera:

«labrarlo y guardarlo».

  Y el huerto era solamente el comienzo.

  Dios había dicho:

«llenad la tierra, y sojuzgadla».

  Había una Tierra entera delante de él.

  Eso requeriría administración.

  Planificación.

  Organización.

  Conocimiento de recursos.

  Capacidad para resolver problemas.

  Y juicio para tomar decisiones.

  Adán había sido creado para gobernar.

  Por tanto, tenía que aprender a gobernar.

  Y cuando llegaran sus descendientes, aparecería otra enorme responsabilidad.

  Tendría que enseñar.

  Transmitir lo que Dios había dicho.

  Compartir lo que había aprendido.

  Preparar a otros para administrar aquello que también estaría bajo su responsabilidad.

  Su inteligencia no era un adorno.

  Era indispensable para la misión que Dios le había dado.

Adán también podía comprender el bien y el mal

  Aquí encontramos algo que será crucial cuando posteriormente lleguemos al árbol de la ciencia del bien y del mal.

  A veces podemos imaginar que Adán no sabía absolutamente nada acerca del bien y del mal hasta que comió del árbol.

  Pero eso no puede significar que fuera moralmente incapaz de comprender una instrucción.

  Antes de comer, Dios ya le había dicho:

«no comerás».

  Y le había advertido:

«ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).

  Adán sabía que existía algo permitido y algo prohibido.

  Conocía la voluntad de Dios respecto de aquella decisión.

  Entendía que había una consecuencia.

  De otra manera, no podría haber responsabilidad.

  En esto encuentro un patrón que posteriormente aparece muchas veces en la Biblia.

  Dios no exige que sus hijos adivinen su voluntad.

  Les habla.

  Les enseña.

  Les explica.

  Les advierte.

  Y después les permite decidir.

  Mucho tiempo después hizo algo semejante con Israel.

  Antes de exigirles que vivieran de determinada manera, les entregó su Ley.

  Les enseñó qué era correcto.

  Qué era incorrecto.

  Cómo relacionarse con Él.

  Cómo relacionarse entre ellos.

  Moisés dijo:

«Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días» (Deuteronomio 6:24, RVR1960).

  Dios enseñaba.

  Después esperaba obediencia.

  Ese principio aparece desde Adán.

  Dios no lo colocó delante del árbol sin información.

  Primero habló.

  Primero explicó.

  Primero advirtió.

  Y Adán tenía capacidad para comprender.

  Pero había una diferencia importante entre conocer la voluntad de Dios y decidir independientemente de Dios qué debía considerarse bueno o malo.

  Esa diferencia será fundamental cuando estudiemos cuidadosamente lo ocurrido frente al árbol.

  Por ahora basta reconocer esto:

Adán no tomó sus decisiones desde la ignorancia.

  Dios le había hablado.

  Y podía entenderlo.

El Edén también era un lugar de aprendizaje.

  Piense en lo extraordinario de la situación.

  Adán tenía delante una creación prácticamente ilimitada para estudiar.

  Plantas.

  Animales.

  Agua.

  Tierra.

  Recursos.

  Materiales.

  Sistemas naturales.

  Y tenía acceso al Creador de todo aquello.

  ¿Quién podía enseñarle mejor cómo funcionaba la creación que Aquel que la había diseñado?

  No sabemos cuánto le enseñó Dios directamente.

  La Biblia no registra todas aquellas conversaciones.

  Pero sabemos que hablaban.

  Dios le dio instrucciones.

  Le explicó límites.

  Le asignó responsabilidades.

  Por eso el huerto pudo ser mucho más que el hogar de Adán.

  También era el lugar donde comenzaría su preparación para una misión mucho mayor.

  Una Tierra entera esperaba.

  Y Adán tenía capacidad para aprender.

  Esto me recuerda algo que Dios hizo siglos después cuando encargó a Bezaleel una tarea extraordinariamente compleja relacionada con el tabernáculo:

«y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte» (Éxodo 31:3, RVR1960).

  Dios no solamente asigna responsabilidades.

  También proporciona capacidades.

  Eso no significa que quien recibe una responsabilidad automáticamente sepa todo lo necesario.

  Precisamente por eso existe el aprendizaje.

  Pero Dios no entrega una misión pensando que somos incapaces de realizarla.

  Y en Adán encontramos ese principio desde el comienzo.

  Quizá la característica más extraordinaria de su inteligencia no fuera simplemente cuánto sabía cuando fue creado.

  Sino:

cuánto podía llegar a aprender.

Una inteligencia diseñada para crecer durante generaciones

  Hay una realidad que hace todavía más impresionante esta posibilidad.

  Adán finalmente vivió:

«novecientos treinta años» (Génesis 5:5, RVR1960).

  Pensemos en eso.

  Una persona actualmente puede estudiar durante veinte o treinta años y convertirse en experta en una disciplina.

  Imagine una mente capaz de observar, experimentar, aprender y acumular conocimientos durante siglos.

  No sabemos cuánto tiempo permaneció Adán dentro del Edén.

  Llegaremos posteriormente a esa pregunta.

  Pero sí sabemos que aquella primera generación tuvo una longevidad extraordinaria.

  Eso significaba una enorme posibilidad de acumulación de conocimiento.

  Observar.

  Experimentar.

  Recordar.

  Aprender.

  Perfeccionar.

  Enseñar.

  Y después transmitir lo aprendido a la siguiente generación.

  Porque Dios había dicho:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Vendrían hijos.

  Después nietos.

  Después nuevas generaciones.

  Y cada generación podría recibir conocimiento de la anterior.

  Adán no tendría que aprender solamente para sí mismo.

  Podía convertirse en maestro de quienes vendrían después.

  Podría enseñarles acerca de Dios.

  Acerca de la creación.

  Acerca del trabajo.

  Acerca de la administración.

  Acerca del gobierno.

  Y ellos podrían continuar aprendiendo.

  Ahora la orden:

«llenad la tierra, y sojuzgadla»

  adquiere una dimensión completamente diferente.

  No estamos viendo simplemente crecimiento poblacional.

  Estamos viendo el comienzo potencial de una humanidad inteligente, organizada y capaz de acumular conocimiento generación tras generación.

  Por eso resulta difícil reconciliar el Adán bíblico con la imagen de un hombre intelectualmente primitivo.

  Este hombre podía hablar con Dios.

  Comprender instrucciones.

  Memorizar una enorme cantidad de información.

  Observar diferencias entre criaturas.

  Asignar nombres.

  Trabajar.

  Aprender horticultura.

  Administrar.

  Comprender instrucciones morales.

  Prepararse para gobernar.

  Y enseñar a sus descendientes.

  No era un cavernícola confundido intentando comprender qué estaba ocurriendo.

  Era un hombre creado deliberadamente para una responsabilidad extraordinaria.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Pero nuestro propósito no es solamente descubrir cómo era Adán.

  Seguimos intentando descubrir:

¿cómo es Dios?

  Y aquí encontramos otra pieza.

  Dios no parece disfrutar manteniendo ignorantes a sus hijos.

  Les habla.

  Les enseña.

  Les permite observar.

  Les permite aprender.

  Les entrega responsabilidades.

  Y les permite utilizar las capacidades que les ha dado.

  Dios pudo haber nombrado personalmente cada animal delante de Adán.

  No lo hizo.

  Los llevó ante su hijo:

«para que viese cómo las había de llamar».

  Eso me parece precioso.

  El Padre había creado aquella mente.

  Ahora quería verla funcionar.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:

Dios enseña.

Dios desarrolla.

Dios comunica conocimiento.

Dios proporciona capacidades.

Dios permite que sus hijos piensen.

Dios les permite aprender mediante la experiencia.

  Y quizá la pieza más importante sea ésta:

Dios no entrega una responsabilidad sin proporcionar también la capacidad para comenzar a cumplirla.

  Adán había sido creado para gobernar.

  Por eso necesitaba una mente capaz de gobernar.

  Había sido creado para trabajar.

  Por eso necesitaba aprender.

  Había sido creado para administrar.

  Por eso necesitaba juicio.

  Había sido creado para formar generaciones.

  Por eso necesitaba almacenar y transmitir conocimiento.

  Dios le había dado una mente extraordinaria.

  Y delante de aquella mente había colocado un mundo entero por descubrir.

  Pero esa inteligencia también significaba algo que muy pronto será crucial para nuestra historia.

  Adán podía comprender.

  Podía recordar.

  Podía aprender.

  Podía evaluar.

  Y podía decidir.

  Cuando finalmente lleguemos al árbol, tendremos que recordar todo esto.

  Porque el hombre que estuvo delante de aquella decisión no era un niño ignorante que no comprendía lo que estaba haciendo.

  Era un hombre inteligente.

  Había sido instruido.

  Conocía la voz de Dios.

  Había recibido una advertencia.

  Y poseía capacidad real para escoger.

  La inteligencia que Dios le había dado para gobernar también hacía posible algo extraordinariamente serio:

comprender una decisión antes de tomarla.

Adán no fue creado ignorante: la inteligencia del primer hombre
Recuperamos y ampliamos lo que ya desarrollamos: lenguaje, memoria, observación, capacidad para nombrar animales y capacidad intelectual necesaria para la responsabilidad que Dios le había dado. Tu libro utiliza precisamente el gobierno y el nombramiento de los animales como evidencia de la extraordinaria capacidad de Adán.

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