00.  Introducción:¿Cómo es Dios?

Dr. Elio M. Rivera

Antes de comprender la cruz, tuve que regresar al Edén

  Durante muchos años Jesucristo fue para mí una imagen borrosa.

  Sabía quién era. Conocía su nombre. Había escuchado acerca de su muerte y sabía aquella declaración que probablemente millones de personas hemos escuchado alguna vez:

«Cristo murió por nuestros pecados».

  Pero recuerdo que dentro de mí surgía una pregunta muy sencilla:

¿Cuáles pecados?

  ¿Qué había ocurrido realmente para que fuera necesaria una cruz? ¿Por qué tenía que morir alguien? Y todavía más desconcertante: ¿por qué Dios estaría dispuesto a hacer algo así?

  Yo conocía la declaración, pero no comprendía la historia que había detrás de ella. Jesucristo era para mí casi un icono religioso, una figura sobre una cruz, alguien importante para el cristianismo, pero todavía no conocía suficientemente a la persona detrás de aquella imagen.

  Aquellas preguntas formaron parte del comienzo de mi conversión al cristianismo.

  No sucedió todo de una vez. Dios fue guiando mis pasos. Una pregunta me llevó a otra. Una Escritura comenzó a iluminar otra. Y poco a poco comencé a comprender que la cruz no podía estudiarse aisladamente.

  Para entender lo que ocurrió en el Calvario tenía que regresar muchísimo más atrás.

  Tenía que regresar al principio.

  Al huerto de Edén.

  Durante mucho tiempo pensé en Génesis y en los Evangelios como historias muy separadas. Adán y Eva pertenecían al principio de la Biblia. Jesucristo pertenecía al Nuevo Testamento. Entre ambos había miles de años de historia.

  Pero mientras estudiaba las Escrituras comencé a descubrir que no podía comprender plenamente uno sin el otro.

  Pablo establece una conexión extraordinaria entre Adán y Cristo:

«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).

  Y en otro lugar escribe:

«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida» (Romanos 5:18, RVR1960).

  Adán y Cristo.

  Una pérdida y una recuperación.

  Una historia que comenzó en un huerto y que, muchísimo después, nos conduciría hasta una cruz.

  Entonces comprendí algo que hoy considero fundamental:

Jamás podremos comenzar a comprender la magnitud de lo que Cristo hizo en la cruz si primero no comprendemos correctamente qué ocurrió con el hombre en el principio.

  ¿Qué tenía el hombre? ¿Quién era? ¿Qué relación tenía con Dios? ¿Para qué había sido creado? ¿Qué le había dado Dios? ¿Qué perdió? ¿Qué se rompió? ¿Y qué vino Cristo a rescatar?

  De repente Génesis dejó de ser para mí simplemente la historia de dos personas que comieron algo que Dios les había prohibido.

  Se convirtió en una pieza indispensable para comenzar a comprender la cruz.

  Quiero dejar algo muy claro desde el principio. No pretendo conocer todo lo que ocurrió en el Edén.

  La Biblia no responde cada pregunta que podemos formular. Hay cosas que revela claramente. Hay otras que solamente podemos intentar reconstruir comparando diferentes pasajes de las Escrituras. Y existen otras acerca de las cuales tendremos que reconocer humildemente:

No lo sabemos.

  No quiero llenar esos espacios con imaginación y después presentarlos como doctrina. Quiero reunir las piezas que la propia Biblia nos proporciona.

  Génesis.

  Job.

  Los Salmos.

  Los profetas.

  Los Evangelios.

  Las cartas.

  Apocalipsis.

  Y permitir que unas Escrituras nos ayuden a comprender otras.

  No creo entender todo lo que ocurrió. Pero después de años de estudiar estas cosas puedo decir algo:

Ahora entiendo lo suficiente para comenzar a comprender por qué la cruz fue necesaria y, sobre todo, para comenzar a vislumbrar el amor que llevó a Cristo hasta ella.

  Y digo comenzar, porque todavía siento que estamos hablando de algo demasiado grande para abarcarlo completamente.

  Hubo un momento en mi caminar con Dios en que comencé a sentir una necesidad muy profunda.

  No quería solamente saber cosas acerca de Cristo.

  Quería conocerlo.

  Quería comprender su corazón. Quería entender por qué había hecho lo que hizo. Quería dejar de mirar aquella figura borrosa que durante años había existido en mi mente y comenzar a conocer a la persona.

  Y encontré unas palabras del apóstol Pablo que comenzaron a convertirse en una oración para mí:

«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento…» (Efesios 3:17-19, RVR1960).

  Aquello era exactamente lo que yo quería.

  Conocer el amor de Cristo.

  Su anchura.

  Su longitud.

  Su profundidad.

  Su altura.

  Comencé a pedírselo a Dios.

  Quería conocer más a Cristo. Quería entender su amor. Quería comprender qué había ocurrido realmente en aquella cruz.

  Y mientras oraba y estudiaba ocurrió algo que no esperaba.

  Para llevarme a comprender mejor la cruz, Dios comenzó a llevarme hacia atrás.

  Mucho más atrás.

  Hasta Génesis.

  Entonces comencé a mirar nuevamente a Adán y Eva, pero esta vez hice preguntas diferentes.

  No quise comenzar preguntando:

¿Por qué desobedecieron?

  Primero quise preguntar:

¿Quiénes eran antes de desobedecer?

  ¿Cómo era el mundo que Dios les había preparado? ¿Qué clase de relación existía entre Dios y ellos? ¿Por qué los había creado? ¿Por qué los hizo a su imagen y semejanza? ¿Por qué los bendijo? ¿Por qué les dio autoridad? ¿Por qué les concedió libertad? ¿Por qué quiso que tuvieran hijos? ¿Qué clase de futuro había colocado delante de ellos?

  Solamente después podríamos preguntar:

¿Qué ocurrió?

  Y después vendría otra pregunta todavía mayor:

¿Qué hizo Dios cuando sus hijos se apartaron de Él?

  Entonces una declaración de Jesús comenzó a adquirir para mí una dimensión diferente:

«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).

  Observe cuidadosamente sus palabras:

«Lo que se había perdido».

  Para comprender la misión de Cristo necesitamos descubrir qué se perdió.

  Y para descubrir qué se perdió tenemos que conocer qué había antes de perderlo.

  Por eso tenemos que regresar al Edén.

  Hay otro versículo que conocía desde hacía mucho tiempo:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16, RVR1960).

  Durante años puse mi atención principalmente en:

«ha dado a su Hijo».

  Pero antes de esa declaración aparecen unas palabras que explican la razón:

«de tal manera amó».

  La cruz fue una acción.

  Pero detrás de aquella acción había algo.

Amor.

  Y si queremos descubrir cómo es Dios, entonces no basta con contemplar los clavos. Tenemos que descubrir qué clase de amor hizo posibles aquellos clavos.

  ¿Qué clase de Dios busca a quienes lo rechazaron? ¿Qué clase de Dios continúa amando después de ser desobedecido? ¿Qué clase de Dios está dispuesto a pagar un precio para recuperar lo perdido? ¿Qué clase de Dios deja el cielo y entra en nuestra historia? ¿Qué clase de Dios termina sobre una cruz?

  Estas son algunas de las preguntas que dieron origen a esta parte de mi investigación.

  En la primera parte de ¿Existe Dios? Y si existe… ¿cómo es?, examinamos evidencias que apuntan hacia la existencia de Dios: la creación, el universo, el orden de la naturaleza, la conciencia y otras piezas que nos obligan a formular la pregunta acerca de un Creador.

  Después dirigimos nuestra mirada hacia Jesucristo. Examinamos quién afirmó ser, qué hizo para respaldar sus afirmaciones y qué ocurre cuando ponemos a prueba sus palabras y sus promesas.

  Ahora llegamos a una pregunta diferente.

  Supongamos, como yo finalmente llegué a hacerlo, que Jesucristo verdaderamente nos muestra a Dios.

  Entonces quiero saber:

¿Cómo es ese Dios?

  No quiero responder solamente con una lista de atributos.

  Quiero observar sus acciones.

  Quiero regresar al Edén y observar cómo trató a sus primeros hijos.

  Quiero seguir la historia cuando esos hijos se apartaron.

  Quiero observar qué hizo Dios después.

  Y finalmente quiero regresar al lugar donde comenzó mi propia pregunta:

la cruz.

  Porque quizá entonces aquella imagen borrosa que alguna vez tuve de Cristo comience a adquirir rostro.

  Quizá comprendamos mejor por qué vino.

  Quizá comprendamos qué estaba recuperando.

  Y quizá comencemos a entender aquellas palabras que durante tanto tiempo fueron para mí solamente una declaración religiosa:

«Cristo murió por nuestros pecados».

  ¿Qué pecados?

  ¿Qué perdimos?

  ¿Qué había que rescatar?

  ¿Por qué Dios decidió hacerlo?

  ¿Y por qué estuvo dispuesto a pagar semejante precio?

  No voy a contestar esas preguntas todavía.

  Quiero que las Escrituras nos conduzcan hasta las respuestas.

  Pero puedo decir algo acerca de mi propia experiencia.

  Parte de la respuesta a aquella oración que hice —conocer la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo (Efesios 3:14-21)— se encuentra detrás de los artículos que forman esta tercera parte de ¿Existe Dios? Y si existe… ¿cómo es?

  Y para mí fue sorprendente descubrir dónde comenzaron a responderse muchas de aquellas preguntas.

  No comenzó con los clavos.

  No comenzó con la corona de espinas.

  No comenzó frente a una cruz.

  Comenzó mucho antes.

  En un huerto.

  Porque antes de poder comprender al Dios que vino a rescatar, necesitaba conocer al Dios que creó.

  Antes de comprender lo que vino a recuperar, necesitaba comprender lo que habíamos perdido.

  Antes de comprender el precio que estuvo dispuesto a pagar, necesitaba comprender el vínculo que había establecido con nosotros.

  Y antes de intentar comprender al Dios que murió en una cruz, necesitaba descubrir algo que transformaría profundamente mi manera de mirarlo:

el Dios de la cruz es también el Dios del Edén.

  Es la misma historia.

  Y quizá, cuando finalmente logremos unir sus piezas, podamos comenzar a comprender aquello por lo que un día le pedí a Dios que abriera mis ojos:

«cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura» del amor de Cristo.

  Así que todavía no vayamos a la cruz.

  Llegaremos allí.

  Primero necesitamos regresar al lugar donde comenzó nuestra historia.

Regresemos al Edén.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.