1. La oración de Pablo que puede cambiar nuestra manera de ver a Jesús

Por: el Dr. Elio M Rivera

  Durante siglos, millones de personas han pronunciado el nombre de Jesucristo. Han asistido a iglesias, leído la Biblia, escuchado sermones y participado en actividades religiosas. Sin embargo, una pregunta sigue siendo válida: ¿es posible conocer a Jesús de una manera más profunda de la que lo conocemos hoy?

  El apóstol Pablo estaba convencido de que sí. De hecho, dejó registrada una oración extraordinaria que no estaba enfocada en la prosperidad, la salud, el éxito o las circunstancias externas. Su preocupación principal era que los creyentes llegaran a conocer más profundamente a Jesucristo.

  En Efesios capítulo tres encontramos una de las oraciones más poderosas de toda la Biblia:

  “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo… para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3: 14 – 21

  Lo primero que llama la atención es que Pablo no está orando por personas inconversas. Está orando por creyentes. Es decir, por personas que ya conocían el mensaje de salvación, pero que todavía necesitaban una revelación más profunda de la persona de Cristo.

  Esto nos enseña una verdad importante: una cosa es conocer acerca de Jesús, y otra muy diferente es conocer a Jesús.

  Los discípulos caminaron con Él durante años. Escucharon sus enseñanzas, vieron sus milagros y convivieron con Él diariamente. Sin embargo, aun después de todo eso, seguían descubriendo aspectos nuevos de su carácter, de su amor y de su grandeza.

  La vida cristiana no consiste solamente en recibir a Cristo como Salvador. También consiste en crecer continuamente en el conocimiento de quién es Él.

  Ahora bien, existe un detalle extraordinario acerca del apóstol Pablo que muchas veces pasamos por alto. A diferencia de Pedro, Juan, Mateo o los demás discípulos, Pablo no conoció personalmente a Jesucristo durante Su ministerio terrenal.

  Él no caminó junto al Maestro por los caminos de Galilea. No estuvo presente cuando calmó la tempestad. No vio con sus propios ojos la multiplicación de los panes. No escuchó el Sermón del Monte sentado entre la multitud.

  Sin embargo, cuando leemos sus cartas encontramos a un hombre profundamente apasionado por Cristo. Un hombre consumido por el deseo de conocerlo. Un hombre que pudo declarar que consideraba todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús.

  ¿De dónde surgió semejante pasión?

  La respuesta es sencilla: Jesucristo le fue revelado.

  Pablo comprendió que existe una diferencia enorme entre recibir información acerca de Cristo y recibir una revelación de Cristo. Por esa razón dobla sus rodillas delante del Padre y ora para que otros creyentes experimenten la misma realidad que él había experimentado.

  Al dejar esta oración registrada en las Escrituras, el Espíritu Santo estaba estableciendo un patrón para todas las generaciones futuras. En otras palabras, Dios estaba diciendo: “Así como revelé a mi Hijo a Pablo, también deseo revelarlo a todos aquellos que me busquen”.

  Esta oración no fue escrita para llenar espacio en una carta. No fue una reflexión teológica. Fue una invitación divina para que cada generación entre en una relación más profunda con Jesucristo.

  Personalmente puedo dar testimonio de esta verdad.

  Cuando tenía aproximadamente veintiún años de edad, alguien sembró esta oración en mi corazón. Me enseñó a orarla y me animó a convertirla en una petición constante delante de Dios.

  Confieso que en aquel tiempo no comprendía completamente el alcance de lo que estaba haciendo. Sin embargo, decidí creerle a Dios y comencé a presentar esta oración delante de Su presencia una y otra vez.

  Pasaron los años, y poco a poco el Espíritu Santo comenzó a responderla.

  Se despertó en mí una pasión creciente por conocer la vida, la obra, el carácter y el corazón del Señor Jesucristo. Mientras más estudiaba los Evangelios, más hambre tenía de seguir investigando. Mientras más aprendía acerca de Él, más consciente era de cuánto me faltaba por conocer.

  Lo que comenzó como una simple oración terminó convirtiéndose en una búsqueda que ha ocupado gran parte de mi vida.

  De esa búsqueda nacieron libros. De esa búsqueda surgieron años de investigación. De esa búsqueda nació el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. De esa búsqueda surgió Cristopedia. Y más importante aún, de esa búsqueda ha surgido una revelación cada vez más profunda de la persona de Cristo en mi propia vida.

  Por esa razón puedo hablar de esta oración con absoluta convicción.

  No estoy compartiendo una teoría. No estoy repitiendo algo que escuché decir a otra persona. Estoy hablando de una oración que he visto contestada por Dios durante décadas.

  Y precisamente por eso quiero dejar algo muy claro.

  Esta promesa no es exclusiva para pastores, maestros, escritores o líderes cristianos. Tampoco pertenece únicamente a hombres y mujeres con muchos años en el Evangelio.

  Pertenece a todo hijo de Dios.

  La razón por la cual esta oración se encuentra en la Biblia es porque Dios desea responderla. Es una oración que nació en Su propio corazón. Es una petición que armoniza perfectamente con Su voluntad.

  No existe ningún obstáculo en el cielo para que Dios revele más profundamente a Su Hijo a quienes lo buscan con sinceridad.

  Dios desea que conozcamos a Cristo más de lo que nosotros mismos deseamos conocerlo.

  Quizá el mayor problema de muchos creyentes modernos no sea la falta de conocimiento bíblico, sino la falta de revelación. Saben muchas cosas acerca de Cristo, pero todavía no han sido profundamente impactados por la persona de Cristo.

  Por eso esta oración sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue en los días de Pablo.

  El mismo Espíritu Santo que abrió los ojos espirituales del apóstol sigue trabajando hoy para revelar la persona del Hijo de Dios.

  Cuando esto ocurre, la obediencia deja de ser una obligación pesada. La oración deja de ser una rutina. El servicio deja de ser una carga. Todo cambia porque el corazón ha sido cautivado por la belleza, la grandeza y el amor del Señor Jesucristo.

  Quizá la mejor decisión que podamos tomar después de leer estas palabras sea comenzar a hacer nuestra esta oración:

  “Señor, permíteme conocer más profundamente a tu Hijo. Muéstrame Su corazón. Revélame Su amor. Haz que Cristo sea cada vez más real para mi vida”.

  Y si usted persevera en esta petición, estoy convencido de que Dios comenzará a responderla.

  No necesariamente de la misma manera que la respondió en mi vida. No todos recorreremos el mismo camino. No todos tendremos las mismas experiencias. Pero sí estoy convencido de algo: Dios no hace acepción de personas y sigue deseando revelar a Su Hijo a quienes le buscan con sinceridad.

  En los siguientes capítulos profundizaremos en esta extraordinaria oración. Analizaremos qué significa conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de Su amor, y descubrir por qué Pablo afirma que el resultado final de esta revelación es que seamos llenos de toda la plenitud de Dios.

  Esa última declaración es tan extraordinaria que merece toda una serie de estudios.

  Porque el propósito de Dios no es simplemente que tengamos más información acerca de Cristo. Su propósito es que, al conocer más profundamente a Su Hijo, nuestras vidas sean transformadas por Su presencia hasta ser llenos de toda la plenitud de Dios.

Conclusión

  La mayor necesidad de la Iglesia moderna no es más información acerca de Jesucristo, sino una revelación más profunda de Jesucristo.

  Pablo entendió esta verdad. Por eso dobló sus rodillas y oró para que los creyentes pudieran conocer el amor de Cristo de una manera sobrenatural.

  Esa misma oración continúa abierta para nosotros hoy.

  Mi propia vida es testimonio de ello.

  Y estoy convencido de que si usted comienza a hacer esta oración con perseverancia, sinceridad y fe, llegará el día en que mirará hacia atrás y descubrirá que Dios respondió mucho más abundantemente de lo que usted pidió o imaginó.

  Porque cuando Dios comienza a revelar a Su Hijo, nada vuelve a ser igual.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.