Durante siglos, millones de personas han pronunciado el nombre de Jesucristo. Han asistido a iglesias, leído la Biblia, escuchado sermones y participado en actividades religiosas. Sin embargo, una pregunta sigue siendo válida: ¿es posible conocer a Jesús de una manera más profunda de la que lo conocemos hoy?
El apóstol Pablo estaba convencido de que sí. De hecho, dejó registrada una oración extraordinaria que no estaba enfocada en la prosperidad, la salud, el éxito o las circunstancias externas. Su preocupación principal era que los creyentes llegaran a conocer más profundamente a Jesucristo.

En Efesios capítulo tres encontramos una de las oraciones más poderosas de toda la Biblia:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo… para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3: 14 – 21
Lo primero que llama la atención es que Pablo no está orando por personas inconversas. Está orando por creyentes. Es decir, por personas que ya conocían el mensaje de salvación, pero que todavía necesitaban una revelación más profunda de la persona de Cristo.
Esto nos enseña una verdad importante: una cosa es conocer acerca de Jesús, y otra muy diferente es conocer a Jesús.
Los discípulos caminaron con Él durante años. Escucharon sus enseñanzas, vieron sus milagros y convivieron con Él diariamente. Sin embargo, aun después de todo eso, seguían descubriendo aspectos nuevos de su carácter, de su amor y de su grandeza.
La vida cristiana no consiste solamente en recibir a Cristo como Salvador. También consiste en crecer continuamente en el conocimiento de quién es Él.
Ahora bien, existe un detalle extraordinario acerca del apóstol Pablo que muchas veces pasamos por alto. A diferencia de Pedro, Juan, Mateo o los demás discípulos, Pablo no conoció personalmente a Jesucristo durante Su ministerio terrenal.
Él no caminó junto al Maestro por los caminos de Galilea. No estuvo presente cuando calmó la tempestad. No vio con sus propios ojos la multiplicación de los panes. No escuchó el Sermón del Monte sentado entre la multitud.
Sin embargo, cuando leemos sus cartas encontramos a un hombre profundamente apasionado por Cristo. Un hombre consumido por el deseo de conocerlo. Un hombre que pudo declarar que consideraba todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús.
¿De dónde surgió semejante pasión?
La respuesta es sencilla: Jesucristo le fue revelado.
Pablo comprendió que existe una diferencia enorme entre recibir información acerca de Cristo y recibir una revelación de Cristo. Por esa razón dobla sus rodillas delante del Padre y ora para que otros creyentes experimenten la misma realidad que él había experimentado.
Al dejar esta oración registrada en las Escrituras, el Espíritu Santo estaba estableciendo un patrón para todas las generaciones futuras. En otras palabras, Dios estaba diciendo: “Así como revelé a mi Hijo a Pablo, también deseo revelarlo a todos aquellos que me busquen”.
Esta oración no fue escrita para llenar espacio en una carta. No fue una reflexión teológica. Fue una invitación divina para que cada generación entre en una relación más profunda con Jesucristo.
Personalmente puedo dar testimonio de esta verdad.
Cuando tenía aproximadamente veintiún años de edad, alguien sembró esta oración en mi corazón. Me enseñó a orarla y me animó a convertirla en una petición constante delante de Dios.
Confieso que en aquel tiempo no comprendía completamente el alcance de lo que estaba haciendo. Sin embargo, decidí creerle a Dios y comencé a presentar esta oración delante de Su presencia una y otra vez.
Pasaron los años, y poco a poco el Espíritu Santo comenzó a responderla.
Se despertó en mí una pasión creciente por conocer la vida, la obra, el carácter y el corazón del Señor Jesucristo. Mientras más estudiaba los Evangelios, más hambre tenía de seguir investigando. Mientras más aprendía acerca de Él, más consciente era de cuánto me faltaba por conocer.
Lo que comenzó como una simple oración terminó convirtiéndose en una búsqueda que ha ocupado gran parte de mi vida.
De esa búsqueda nacieron libros. De esa búsqueda surgieron años de investigación. De esa búsqueda nació el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. De esa búsqueda surgió Cristopedia. Y más importante aún, de esa búsqueda ha surgido una revelación cada vez más profunda de la persona de Cristo en mi propia vida.
Por esa razón puedo hablar de esta oración con absoluta convicción.
No estoy compartiendo una teoría. No estoy repitiendo algo que escuché decir a otra persona. Estoy hablando de una oración que he visto contestada por Dios durante décadas.
Y precisamente por eso quiero dejar algo muy claro.
Esta promesa no es exclusiva para pastores, maestros, escritores o líderes cristianos. Tampoco pertenece únicamente a hombres y mujeres con muchos años en el Evangelio.
Pertenece a todo hijo de Dios.
La razón por la cual esta oración se encuentra en la Biblia es porque Dios desea responderla. Es una oración que nació en Su propio corazón. Es una petición que armoniza perfectamente con Su voluntad.
No existe ningún obstáculo en el cielo para que Dios revele más profundamente a Su Hijo a quienes lo buscan con sinceridad.
Dios desea que conozcamos a Cristo más de lo que nosotros mismos deseamos conocerlo.
Quizá el mayor problema de muchos creyentes modernos no sea la falta de conocimiento bíblico, sino la falta de revelación. Saben muchas cosas acerca de Cristo, pero todavía no han sido profundamente impactados por la persona de Cristo.
Por eso esta oración sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue en los días de Pablo.
El mismo Espíritu Santo que abrió los ojos espirituales del apóstol sigue trabajando hoy para revelar la persona del Hijo de Dios.
Cuando esto ocurre, la obediencia deja de ser una obligación pesada. La oración deja de ser una rutina. El servicio deja de ser una carga. Todo cambia porque el corazón ha sido cautivado por la belleza, la grandeza y el amor del Señor Jesucristo.
Quizá la mejor decisión que podamos tomar después de leer estas palabras sea comenzar a hacer nuestra esta oración:
“Señor, permíteme conocer más profundamente a tu Hijo. Muéstrame Su corazón. Revélame Su amor. Haz que Cristo sea cada vez más real para mi vida”.
Y si usted persevera en esta petición, estoy convencido de que Dios comenzará a responderla.
No necesariamente de la misma manera que la respondió en mi vida. No todos recorreremos el mismo camino. No todos tendremos las mismas experiencias. Pero sí estoy convencido de algo: Dios no hace acepción de personas y sigue deseando revelar a Su Hijo a quienes le buscan con sinceridad.
En los siguientes capítulos profundizaremos en esta extraordinaria oración. Analizaremos qué significa conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de Su amor, y descubrir por qué Pablo afirma que el resultado final de esta revelación es que seamos llenos de toda la plenitud de Dios.
Esa última declaración es tan extraordinaria que merece toda una serie de estudios.
Porque el propósito de Dios no es simplemente que tengamos más información acerca de Cristo. Su propósito es que, al conocer más profundamente a Su Hijo, nuestras vidas sean transformadas por Su presencia hasta ser llenos de toda la plenitud de Dios.
La mayor necesidad de la Iglesia moderna no es más información acerca de Jesucristo, sino una revelación más profunda de Jesucristo.
Pablo entendió esta verdad. Por eso dobló sus rodillas y oró para que los creyentes pudieran conocer el amor de Cristo de una manera sobrenatural.
Esa misma oración continúa abierta para nosotros hoy.
Mi propia vida es testimonio de ello.
Y estoy convencido de que si usted comienza a hacer esta oración con perseverancia, sinceridad y fe, llegará el día en que mirará hacia atrás y descubrirá que Dios respondió mucho más abundantemente de lo que usted pidió o imaginó.
Porque cuando Dios comienza a revelar a Su Hijo, nada vuelve a ser igual.
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Existe una declaración del apóstol Pablo que, a primera vista, parece una contradicción. En la oración que estudiaremos a lo largo de esta serie, Pablo pide que los creyentes lleguen a “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”.

La pregunta surge de inmediato: ¿Cómo podemos conocer algo que excede nuestro conocimiento?
¿Cómo puede una persona comprender algo que, por definición, es más grande que su capacidad de comprender?
La respuesta nos lleva al corazón mismo de esta oración.
Pablo está hablando de dos clases diferentes de conocimiento.
Existe un conocimiento que entra por la mente, a través de la información, el estudio y el aprendizaje. Pero también existe un conocimiento que llega al corazón por medio de la revelación del Espíritu Santo.
El primero puede adquirirse leyendo libros. El segundo sólo puede recibirse cuando Dios decide abrir nuestros ojos espirituales.
Por esta razón Pablo no pide simplemente que los creyentes aprendan más acerca de Cristo. Él ora para que experimenten el amor de Cristo.
Y existe una enorme diferencia entre saber algo y experimentarlo.
Por ejemplo, una persona puede estudiar durante años acerca del océano. Puede conocer sus dimensiones, sus corrientes y sus profundidades. Sin embargo, es muy diferente pararse frente a él y contemplar personalmente su inmensidad.
De la misma manera, alguien puede conocer muchas doctrinas acerca de Jesucristo y aun así no haber sido profundamente impactado por Su amor.
La tragedia de nuestros tiempos es que muchos creyentes conocen información acerca de Cristo, pero pocos han sido cautivados por la revelación de Su corazón.
Cuando observamos los Evangelios encontramos un amor difícil de describir.
Vemos a Jesucristo tocando leprosos cuando nadie quería acercarse a ellos.
Lo vemos defendiendo a una mujer sorprendida en adulterio cuando todos querían condenarla.
Lo vemos llorando frente a la tumba de un amigo.
Lo vemos alimentando multitudes hambrientas.
Lo vemos lavando los pies de sus discípulos.
Y finalmente lo vemos entregando Su vida en una cruz por personas que no lo merecían.
Cada una de estas escenas nos revela una pequeña parte de Su amor.
Sin embargo, ninguna de ellas logra describirlo completamente.
Por eso Pablo afirma que el amor de Cristo excede todo conocimiento.
El amor de Cristo es más grande que nuestras palabras.
Más grande que nuestras definiciones.
Más grande que nuestros sermones.
Más grande que nuestros libros.
Más grande que nuestra capacidad intelectual.
Mientras más conocemos a Cristo, más descubrimos que todavía queda muchísimo por conocer.
Durante años he estudiado la vida y la obra del Señor Jesucristo. He leído los Evangelios una y otra vez. He investigado Su contexto histórico, cultural y espiritual. He dedicado miles de horas a reflexionar acerca de Su carácter y de Su corazón.
Y puedo afirmar con toda sinceridad que mientras más lo estudio, más me doy cuenta de cuánto me falta por conocer.
Lo que antes pensaba que era un océano, ahora me parece apenas una gota de agua comparada con la inmensidad de Su persona.
Precisamente por eso esta oración sigue siendo tan importante para mí.
Porque comprendí hace muchos años que no necesito solamente más información acerca de Cristo.
Necesito una revelación continua de Cristo.
Necesito que el Espíritu Santo siga quitando velos de mis ojos para mostrarme nuevas dimensiones de Su amor.
De hecho, estoy convencido de que una de las razones por las cuales muchos creyentes pierden la pasión por Dios es porque dejaron de descubrir cosas nuevas acerca de Jesucristo.
La pasión siempre acompaña al descubrimiento.
Cuando una persona recibe una nueva revelación del carácter del Señor, algo vuelve a encenderse dentro de ella.
La adoración cobra vida.
La oración cobra vida.
La lectura bíblica cobra vida.
El servicio cobra vida.
Todo cambia porque la persona ya no está reaccionando a una obligación religiosa, sino a una revelación del amor de Cristo.
Ahora bien, es importante entender que Dios no nos revela Su amor para satisfacer nuestra curiosidad espiritual.
Nos lo revela para transformarnos.
Cada vez que comprendemos un poco más Su amor, algo dentro de nosotros cambia.
Nos volvemos más humildes.
Más agradecidos.
Más misericordiosos.
Más pacientes.
Más parecidos a Cristo.
Por eso Pablo no termina la oración diciendo simplemente que conozcamos el amor de Cristo.
Él añade una frase extraordinaria: “para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”.
Esto significa que la revelación del amor de Cristo tiene un propósito mayor.
Dios desea llenar nuestra vida con Su presencia.
Desea transformar nuestro carácter.
Desea gobernar nuestros pensamientos.
Desea sanar nuestras heridas.
Desea formar a Cristo en nosotros.
Y todo este proceso comienza cuando empezamos a comprender cuánto nos ama.
Quizá muchos creyentes han pasado años tratando de cambiar por medio de esfuerzos humanos.
Han intentado ser mejores personas a través de disciplina, voluntad o determinación.
Pero la verdadera transformación ocurre cuando somos confrontados con el amor de Cristo.
Nadie permanece igual después de contemplar sinceramente Su amor.
Por eso considero que esta petición de Pablo es una de las más importantes de toda la Biblia.
No está pidiendo riquezas.
No está pidiendo fama.
No está pidiendo reconocimiento.
Está pidiendo que conozcamos el amor de Cristo.
Porque entendió que quien recibe una revelación de ese amor jamás vuelve a ser la misma persona.
El amor de Cristo puede estudiarse, pero nunca agotarse.
Puede describirse, pero nunca explicarse completamente.
Puede experimentarse, pero jamás medirse en su totalidad.
Por eso Pablo declara que excede todo conocimiento.
Y precisamente porque excede nuestro conocimiento, debemos seguir buscándolo cada día.
La buena noticia es que Dios desea responder esta oración.
Él quiere revelar más profundamente a Su Hijo.
Quiere abrir nuestros ojos.
Quiere mostrarnos nuevas dimensiones de Su amor.
Y en la medida que esa revelación crezca, nuestra vida será transformada hasta ser llenos de toda la plenitud de Dios.
La pregunta no es si existe más de Cristo por conocer.
La verdadera pregunta es: ¿Estamos dispuestos a seguir buscándolo?
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A lo largo de esta serie hemos estudiado la oración que el apóstol Pablo dejó registrada en Efesios capítulo tres. Una oración cuyo propósito no era pedir riquezas, fama, reconocimiento o éxito personal. Pablo oró para que los creyentes llegaran a conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento y para que fueran llenos de toda la plenitud de Dios.

Durante muchos años esta oración fue simplemente un pasaje más de la Biblia para mí. La había leído en numerosas ocasiones, pero nunca había comprendido la profundidad de lo que contenía. Sin embargo, todo cambió cuando alguien sembró estas palabras en mi corazón cuando tenía aproximadamente veintiún años de edad. Recuerdo que aquella persona nos animó a orar constantemente esta petición delante de Dios. Nos enseñó que Pablo no estaba escribiendo teoría. Estaba describiendo una realidad espiritual que podía experimentarse. Así que decidí aceptar el reto. Comencé a presentar esta oración delante del Padre celestial una y otra vez.
Debo confesar que en aquel tiempo no tenía idea de lo que estaba pidiendo. Pensaba que simplemente estaba orando para conocer mejor a Jesucristo. Lo que no entendía era que Dios estaba a punto de iniciar un proceso que transformaría el rumbo completo de mi vida. Los primeros resultados no fueron espectaculares ni inmediatos. No hubo rayos cayendo del cielo ni visiones extraordinarias. Lo que comenzó a suceder fue algo mucho más profundo. Empezó a despertarse dentro de mí una pasión creciente por conocer la vida y la obra del Señor Jesucristo.
Mientras más oraba, más hambre tenía de leer los Evangelios. Mientras más estudiaba los Evangelios, más preguntas surgían en mi corazón. Y mientras más preguntas surgían, más deseaba investigar. Poco a poco comencé a descubrir que existía una enorme diferencia entre conocer algunas doctrinas acerca de Cristo y conocer verdaderamente Su corazón. Por años había escuchado predicaciones acerca de la salvación, la fe, la prosperidad, la sanidad y muchos otros temas importantes. Pero ahora algo dentro de mí me impulsaba a mirar directamente a la persona de Jesucristo.
Quería saber cómo pensaba. Quería entender cómo veía a las personas. Quería comprender por qué actuaba como actuaba. Quería descubrir qué había en Su corazón que lo llevó a cambiar la historia de la humanidad. Y fue entonces cuando Dios comenzó a abrir puertas que jamás hubiera imaginado.
Con el paso de los años, el Señor prosperó mi vida de maneras que nunca esperé. No lo hizo para que persiguiera riquezas o comodidad personal. Lo hizo porque estaba respondiendo una oración. Dios comenzó a proveer los recursos necesarios para continuar esta búsqueda. Pude adquirir libros que antes parecían fuera de mi alcance. Poco a poco fui formando una biblioteca dedicada al estudio de las Escrituras, de la historia bíblica, de la arqueología, de la cultura judía y de la vida del Señor Jesucristo.
Cada libro abría nuevas puertas de conocimiento. Cada investigación despertaba nuevas preguntas. Y cada respuesta me llevaba a seguir buscando más profundamente. También tuve la oportunidad de asistir a seminarios, conferencias y cursos especializados donde aprendí de hombres que habían dedicado su vida al estudio de las Escrituras. Dios puso en mi camino maestros, pastores, historiadores y aun rabinos que compartieron conocimientos que enriquecieron profundamente mi comprensión del contexto en el que vivió el Señor Jesús.
Cada encuentro agregaba una nueva pieza al rompecabezas. Cada enseñanza me ayudaba a ver aspectos de Cristo que antes habían pasado desapercibidos para mí. Pero Dios no se detuvo ahí. Con el paso de los años comenzaron a llegar oportunidades de viajar a lugares que durante mucho tiempo solamente había visto en libros.
Tuve el privilegio de visitar Alemania y recorrer algunos de los escenarios donde ocurrió la Reforma Protestante. Caminar por lugares relacionados con Martín Lutero me permitió comprender mejor el impacto que tuvo aquel movimiento en la historia de la Iglesia. También pude viajar a Italia y conocer algunos de los escenarios históricos que ayudaron a moldear gran parte del cristianismo occidental.
Sin embargo, nada se compara con lo que ocurrió cuando Dios comenzó a abrirme las puertas de Israel. Hasta el día de hoy he tenido el privilegio de visitar la Tierra Santa en múltiples ocasiones. Cada viaje transformó mi manera de leer la Biblia. Cada ciudad visitada añadió profundidad a los relatos de los Evangelios. Cada monte, cada valle, cada lago y cada sitio arqueológico ayudaron a que las Escrituras cobraran una nueva dimensión delante de mis ojos.
Caminar por Jerusalén. Contemplar el Mar de Galilea. Visitar el Monte de los Olivos. Recorrer las calles de la antigua Ciudad de David. Estar en lugares donde ocurrieron acontecimientos relacionados con la vida del Señor Jesucristo. Todo ello produjo un impacto profundo en mi manera de comprender Su vida y Su ministerio.
A medida que estas experiencias se acumulaban, una verdad se hacía cada vez más evidente para mí. Dios estaba respondiendo la oración de Efesios. Lo que comenzó como una sencilla petición de un joven creyente se había convertido en una aventura de toda una vida. Dios estaba utilizando libros, viajes, maestros, investigaciones, experiencias, amistades y oportunidades para revelarme cada vez más profundamente a Su Hijo.
Y debo decir algo con toda honestidad. La manera en que Dios respondió esta oración me quitó el aliento. Jamás imaginé que aquella sencilla petición me llevaría a recorrer tantos caminos, conocer tantas personas, visitar tantos lugares y dedicar tantos años al estudio de la vida y la obra de Jesucristo. Cuando miro hacia atrás, puedo ver claramente la mano de Dios guiando cada paso. Puedo ver cómo fue conectando personas, circunstancias y oportunidades para llevarme cada vez más cerca del conocimiento de Su Hijo.
De esa búsqueda nacieron libros. De esa búsqueda surgieron investigaciones. De esa búsqueda nació el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. De esa búsqueda surgió Cristopedia. Pero aun después de todo esto, sigo sintiendo que apenas estoy comenzando. Mientras más conozco a Cristo, más consciente soy de cuánto me falta por conocer. Mientras más estudio Su vida, más fascinante me parece Su persona. Mientras más descubro acerca de Su amor, más deseo seguir buscándolo.
Y quizá esa sea una de las mayores evidencias de que esta oración proviene de Dios. Porque cuando Dios comienza a revelar a Su Hijo, nunca quedamos satisfechos. Siempre queremos conocerlo más.
Si alguien me preguntara cuál ha sido una de las herramientas más poderosas que Dios ha utilizado para revelarme a Jesucristo, mi respuesta sería sencilla: la oración de Efesios capítulo tres. Estoy convencido de que Dios dejó esta oración en las Escrituras porque desea responderla. No fue escrita únicamente para Pablo. No fue escrita únicamente para la Iglesia del primer siglo. Fue escrita para todo creyente que tenga hambre de conocer más profundamente al Hijo de Dios.
A lo largo de los años he aprendido que una de las maneras más poderosas de conocer a Cristo es simplemente pedírselo a Dios. Pedirle que abra nuestros ojos. Pedirle que nos revele Su corazón. Pedirle que nos permita comprender Su amor. Pedirle que nos conduzca a experiencias, personas, libros y circunstancias que nos acerquen más a Él.
Y si algo puedo asegurar después de décadas de caminar con el Señor, es que Dios sigue respondiendo esa oración. Tal vez no lo haga exactamente de la misma manera con todos. Pero sí estoy convencido de que todo aquel que persevere en esta petición descubrirá algo maravilloso: el Padre celestial ama revelar a Su Hijo.
Y cuando comienza a hacerlo, la aventura apenas empieza.
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