Por el Dr. Elio M. Rivera
Después de recorrer el huerto de Getsemaní, decidí seguir la misma ruta que Jesús recorrió tantas veces entre Jerusalén y Betania. Había leído los Evangelios durante años y siempre me pareció algo sencillo cuando el texto decía que Jesús salió del templo y se dirigió al Monte de los Olivos. Sin embargo, cuando comencé a ascender por aquellas pendientes comprendí que la realidad era muy diferente. El camino era empinado y exigente. A cada paso sentía el esfuerzo en mis piernas y el cansancio comenzaba a acumularse. En una de mis visitas, incluso, una tormenta repentina de lluvia y polvo convirtió el ascenso en una experiencia difícil y caótica. Pero estaba decidido a continuar. Quería experimentar, aunque fuera de manera muy limitada, algo de lo que el Maestro y sus discípulos hicieron una y otra vez.
Finalmente alcancé la cima. Llegué agotado, respirando con dificultad y buscando dónde sentarme por unos momentos. Mientras recuperaba fuerzas, una idea vino a mi mente y me hizo sonreír: Jesús y sus discípulos debieron de tener una condición física extraordinaria. Ellos recorrían aquellos caminos constantemente. Subían y bajaban aquellas pendientes semana tras semana mientras enseñaban, predicaban y servían a las multitudes. De pronto los relatos bíblicos adquirieron una dimensión completamente nueva para mí.
Pero el cansancio desapareció en cuanto levanté la vista. Ante mis ojos se extendía una de las panorámicas más impresionantes que he contemplado en toda mi vida. Allí estaba Jerusalén. Las antiguas murallas parecían abrazar la ciudad. Podía distinguir el área del templo, el Valle de Cedrón, la Puerta de Oro y muchos de los lugares que había leído durante décadas. Fue imposible no recordar que desde ese mismo monte Jesús contempló Jerusalén y lloró por ella. Allí anunció el juicio que vendría sobre la ciudad. Allí enseñó acerca de su regreso y de los acontecimientos de los últimos tiempos. Y desde aquella misma montaña ascendió al cielo delante de sus discípulos.


Monte de los olivos en Jerusalén.

Vista diurna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos

Vista nocturna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos.
El Monte de los Olivos está lleno de sorpresas para quien lo recorre con los Evangelios en la mente. A sus pies se encuentra Getsemaní, donde el Salvador libró la batalla más intensa de su vida antes de la cruz. Muy cerca se encuentran la Iglesia de la Ascensión, la Puerta de Oro hacia la cual dirigen su mirada muchas de las profecías relacionadas con el regreso del Mesías, y la Cueva de Eleona, un lugar que me impactó profundamente.

La cueva de Eleona donde tradicionalmente se cree que el Señor Jesucristo enseño el padre nuestro a sus discípulos.
Debo admitir que la Cueva de Eleona me dejó sin aliento. Pensar que el Hijo de Dios pudo haber enseñado a sus discípulos en un lugar tan sencillo, e incluso pasar allí algunas noches de descanso, conmovió profundamente mi corazón. Durante años había imaginado los escenarios de los Evangelios, pero estar allí fue diferente. Aquella cueva hablaba de humildad. Hablaba de sencillez. Hablaba de un Rey que no buscó palacios ni comodidades, sino que eligió caminar entre la gente común para mostrarles el amor de Dios.

Vista nocturna de la puerta de oro o Golden gate, lugar por el que entrara el Mesías Jerusalén en su segunda venida
Mientras contemplaba aquellos lugares, mi admiración por Jesucristo crecía con cada paso. Cuanto más conocía el terreno por donde caminó, más me impresionaba su entrega. Aquel monte fue testigo de sus enseñanzas, de sus lágrimas, de sus oraciones, de su entrada triunfal a Jerusalén y de su ascensión al cielo. Y mientras el viento soplaba suavemente sobre las laderas y la ciudad se extendía delante de mí, comprendí que el Monte de los Olivos no es solamente una elevación geográfica. Es un escenario donde la historia de la redención dejó algunas de sus huellas más profundas.

Iglesia de la Ascendió, lugar donde Jesucristo fue elevado al cielo enfrente de sus discípulos
Cuando finalmente abandoné aquel lugar, llevaba el cuerpo cansado, pero el corazón profundamente conmovido. Había subido una montaña. Sin embargo, sentía que también había ascendido un poco más en mi comprensión de la humildad, el amor y la grandeza del Salvador que tantas veces recorrió aquellos caminos por nosotros.
Disfrute un reel con propósito
- 1. ¿Podemos confiar en la Biblia?
- 2. Evidencia histórica de Jesucristo
- 3. Profecías acerca de Jesucristo
- 4. Jesucristo: Cosas que no sabías
- 5. ¿Quién es Jesucristo?
- 7. Vida, usos y costumbres de las tierras Bíblicas
- Artículo
- Reflexión
- Salvación
- Usos y costumbres del tiempo de Cristo
- Vida de Jesús
Descubra el Museo la vida y obra de Jesucristo
