Después de recorrer el huerto de Getsemaní, decidí seguir la misma ruta que Jesús recorrió tantas veces entre Jerusalén y Betania. Había leído los Evangelios durante años y siempre me pareció algo sencillo cuando el texto decía que Jesús salió del templo y se dirigió al Monte de los Olivos. Sin embargo, cuando comencé a ascender por aquellas pendientes comprendí que la realidad era muy diferente. El camino era empinado y exigente. A cada paso sentía el esfuerzo en mis piernas y el cansancio comenzaba a acumularse. En una de mis visitas, incluso, una tormenta repentina de lluvia y polvo convirtió el ascenso en una experiencia difícil y caótica. Pero estaba decidido a continuar. Quería experimentar, aunque fuera de manera muy limitada, algo de lo que el Maestro y sus discípulos hicieron una y otra vez.
Finalmente alcancé la cima. Llegué agotado, respirando con dificultad y buscando dónde sentarme por unos momentos. Mientras recuperaba fuerzas, una idea vino a mi mente y me hizo sonreír: Jesús y sus discípulos debieron de tener una condición física extraordinaria. Ellos recorrían aquellos caminos constantemente. Subían y bajaban aquellas pendientes semana tras semana mientras enseñaban, predicaban y servían a las multitudes. De pronto los relatos bíblicos adquirieron una dimensión completamente nueva para mí.
Pero el cansancio desapareció en cuanto levanté la vista. Ante mis ojos se extendía una de las panorámicas más impresionantes que he contemplado en toda mi vida. Allí estaba Jerusalén. Las antiguas murallas parecían abrazar la ciudad. Podía distinguir el área del templo, el Valle de Cedrón, la Puerta de Oro y muchos de los lugares que había leído durante décadas. Fue imposible no recordar que desde ese mismo monte Jesús contempló Jerusalén y lloró por ella. Allí anunció el juicio que vendría sobre la ciudad. Allí enseñó acerca de su regreso y de los acontecimientos de los últimos tiempos. Y desde aquella misma montaña ascendió al cielo delante de sus discípulos.


Monte de los olivos en Jerusalén.

Vista diurna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos

Vista nocturna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos.
El Monte de los Olivos está lleno de sorpresas para quien lo recorre con los Evangelios en la mente. A sus pies se encuentra Getsemaní, donde el Salvador libró la batalla más intensa de su vida antes de la cruz. Muy cerca se encuentran la Iglesia de la Ascensión, la Puerta de Oro hacia la cual dirigen su mirada muchas de las profecías relacionadas con el regreso del Mesías, y la Cueva de Eleona, un lugar que me impactó profundamente.

La cueva de Eleona donde tradicionalmente se cree que el Señor Jesucristo enseño el padre nuestro a sus discípulos.
Debo admitir que la Cueva de Eleona me dejó sin aliento. Pensar que el Hijo de Dios pudo haber enseñado a sus discípulos en un lugar tan sencillo, e incluso pasar allí algunas noches de descanso, conmovió profundamente mi corazón. Durante años había imaginado los escenarios de los Evangelios, pero estar allí fue diferente. Aquella cueva hablaba de humildad. Hablaba de sencillez. Hablaba de un Rey que no buscó palacios ni comodidades, sino que eligió caminar entre la gente común para mostrarles el amor de Dios.

Vista nocturna de la puerta de oro o Golden gate, lugar por el que entrara el Mesías Jerusalén en su segunda venida
Mientras contemplaba aquellos lugares, mi admiración por Jesucristo crecía con cada paso. Cuanto más conocía el terreno por donde caminó, más me impresionaba su entrega. Aquel monte fue testigo de sus enseñanzas, de sus lágrimas, de sus oraciones, de su entrada triunfal a Jerusalén y de su ascensión al cielo. Y mientras el viento soplaba suavemente sobre las laderas y la ciudad se extendía delante de mí, comprendí que el Monte de los Olivos no es solamente una elevación geográfica. Es un escenario donde la historia de la redención dejó algunas de sus huellas más profundas.

Iglesia de la Ascendió, lugar donde Jesucristo fue elevado al cielo enfrente de sus discípulos
Cuando finalmente abandoné aquel lugar, llevaba el cuerpo cansado, pero el corazón profundamente conmovido. Había subido una montaña. Sin embargo, sentía que también había ascendido un poco más en mi comprensión de la humildad, el amor y la grandeza del Salvador que tantas veces recorrió aquellos caminos por nosotros.
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Descubra el Museo la vida y obra de Jesucristo
Por el Dr. Elio M. Rivera
Durante mi tercer viaje a Israel tuve la oportunidad de contemplar uno de los paisajes que más profundamente han impactado mi vida: el desierto de Judea. Había escuchado hablar de él durante años. Había leído acerca de sus caminos, de sus barrancos y de sus senderos antiguos. Sin embargo, nada me preparó para el momento en que mis ojos vieron por primera vez aquella inmensidad de montañas áridas extendiéndose hasta el horizonte.

El desierto de Judea, el lugar que Jesús tenía que atravesar para llegar de Jerico a Jerusalén
Era un paisaje extraño y fascinante al mismo tiempo. No había bosques ni ríos caudalosos. Solo colinas de piedra, arena y silencio. Un silencio tan profundo que parecía guardar los ecos de miles de años de historia. Mientras observaba aquellas montañas, mi imaginación comenzó a viajar. De pronto ya no estaba viendo únicamente el desierto. Estaba viendo los caminos que recorrió Jesucristo.

Lo imaginé avanzando por aquellas veredas polvorientas junto a sus discípulos. Lo vi cargando sus pertenencias, llevando agua para el camino y caminando bajo el intenso sol del desierto. Pensé en el cansancio de las largas jornadas, en el polvo que cubría sus sandalias y en las interminables subidas que debía enfrentar una y otra vez. Por primera vez comprendí que los viajes de Jesús no fueron simples desplazamientos de un lugar a otro. Cada recorrido exigía esfuerzo, sacrificio y determinación.
Mientras contemplaba aquellas montañas sentí algo difícil de describir. Cuanto más observaba aquel terreno, más admiraba la decisión de Cristo de venir a buscarnos. Él conocía el precio que tendría que pagar. Sabía que el camino terminaba en una cruz. Sin embargo, siguió adelante. Ninguna distancia era demasiado larga. Ninguna montaña demasiado alta. Ningún sacrificio demasiado grande.

Oasis en el desierto de Judea
En medio de aquella inmensidad desértica apareció algo inesperado: un oasis escondido entre las montañas. Ver aquellos árboles rodeados de tanta aridez produjo una profunda emoción en mi corazón. Parecía una pequeña isla de vida en medio de un océano de piedra. Me quedé contemplándolo durante largo tiempo, maravillado por el contraste. Hasta el día de hoy esa imagen permanece grabada en mi memoria.

Ruta original que Jesucristo utilizaba cuando ascendía de Jericó a Jerusalén.
Fue entonces cuando recordé que por esta región pasa el antiguo camino entre Jericó y Jerusalén, una ruta conocida actualmente como Wadi Qelt. Muchos estudiosos consideran que este fue el escenario que inspiró la parábola del Buen Samaritano. Al observar aquellos barrancos solitarios entendí inmediatamente por qué aquella historia resultaba tan real para quienes escucharon a Jesús. Aquel era un terreno hermoso, pero también peligroso. Bastaba una mirada para comprenderlo.
A la distancia también pude contemplar el histórico Monasterio de San Jorge de Koziba, aferrado a las paredes del valle como si desafiara la gravedad. La escena parecía salida de otro tiempo. Todo en aquel lugar transmitía una sensación de antigüedad, misterio y permanencia.
Mientras permanecía allí observando el desierto, una pregunta cruzó mi mente: ¿Cuántas veces habría recorrido Jesús aquellos caminos? ¿Cuántas conversaciones habría tenido con sus discípulos mientras avanzaban entre aquellas montañas? ¿Cuántas veces habría contemplado esos mismos amaneceres y atardeceres?
Aquella visita cambió mi manera de leer los Evangelios. Desde entonces, cuando encuentro en las Escrituras frases tan sencillas como “Jesús subió a Jerusalén” o “partió hacia Jericó”, ya no veo únicamente palabras sobre una página. Veo estas montañas. Veo estos senderos. Veo este desierto inmenso. Y sobre todo, veo la extraordinaria determinación del Hijo de Dios avanzando paso a paso hacia la obra más grande de amor que la humanidad haya conocido jamás.
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El Pozo de Jacob se encuentra en lo que antiguamente fue Samaria, una región que hoy forma parte de la ciudad de Nablus. Desde que supe de la existencia de aquel lugar nació en mi corazón el deseo de visitarlo. Durante años había leído el relato de Jesús y la mujer samaritana, pero anhelaba estar allí, contemplar con mis propios ojos el escenario donde ocurrió uno de los encuentros más extraordinarios registrados en los Evangelios.
Finalmente, durante mi quinto viaje a Tierra Santa, decidimos incluirlo en nuestro itinerario. Aquella mañana salimos temprano y llenos de entusiasmo. Nuestro plan era visitar primero el Pozo de Jacob y después dirigirnos hacia Hebrón. Me acompañaban el pastor Santiago, el pastor Hugo, mi querido amigo de toda la vida Juan José y René, un buen amigo regiomontano. Mientras avanzábamos por los caminos de Samaria, la emoción crecía dentro de mí. Sabía que estaba a punto de conocer uno de los lugares que más había deseado visitar.

El Pozo de Jacob se encuentra hoy dentro de la Iglesia Ortodoxa Griega de Santa Fotina la Samaritana, en Nablus, antigua Samaria.
Cuando llegamos a la iglesia que protege el antiguo pozo, la impresión fue inmediata. Aquel no era simplemente un sitio arqueológico. Era el lugar donde el Hijo de Dios se había sentado cansado del camino, donde había pedido agua a una mujer samaritana y donde una conversación aparentemente sencilla terminó transformando una vida para siempre. Mientras observaba aquel lugar, mi imaginación viajaba dos mil años atrás. Podía imaginar a Jesús llegando después de una larga caminata, cubierto por el polvo de los caminos de Samaria, buscando un poco de descanso junto al antiguo pozo cavado por Jacob.

El pozo que excavo jacob
A medida que contemplaba aquel sitio, algo difícil de describir ocurrió en mi interior. De alguna manera me conecté con Jacob y con los patriarcas. Pensaba que ellos habían estado allí. Habían caminado por aquellos mismos senderos, cavado aquel pozo y sacado agua de sus profundidades. Por un momento sentí que la barrera del tiempo se había derribado y que estaba mucho más cerca de ellos de lo que jamás había imaginado.
Pero no solo me sentí cerca de Jacob. También me sentí cerca de Jesucristo y de la mujer samaritana. El relato que había leído tantas veces parecía desarrollarse delante de mis ojos. Podía imaginar al Señor sentado junto al pozo, cansado del camino, iniciando aquella conversación que transformó para siempre la vida de una mujer y que terminó impactando a toda una ciudad.

El pozo de Jacob en la ciudad de Nablus
Uno de los momentos más especiales ocurrió cuando Juan José decidió beber del agua del pozo. Todavía corre agua en su interior y podíamos escucharla. Mientras observaba aquella escena comprendí algo que nunca había entendido de la misma manera. Recordé las palabras de Jesús acerca de los ríos de agua viva. De pronto aquella expresión adquirió una nueva dimensión para mí. El agua viva no era agua estancada; era agua que corre, que fluye, que trae vida y frescura. Mientras escuchaba el sonido del agua en las profundidades del pozo, aquellas palabras del Maestro cobraron vida de una forma que jamás olvidaré.
Permanecí varios minutos contemplando aquel lugar. Mi corazón estaba lleno de gratitud y asombro. Había viajado miles de kilómetros para visitar un antiguo pozo, pero terminé encontrándome con algo mucho más grande: una conexión profunda con la historia bíblica, con los patriarcas, con la mujer samaritana y, sobre todo, con Jesucristo. Allí comprendí una vez más que el Señor no vino solamente para enseñar multitudes o confrontar líderes religiosos. También vino a buscar personas heridas, confundidas y sedientas de esperanza.
Al despedirme del Pozo de Jacob comprendí que nunca volvería a leer Juan capítulo cuatro de la misma manera. Aquel sitio quedó grabado para siempre en mi memoria. Había viajado para conocer un pozo antiguo, pero regresé con una comprensión mucho más profunda del amor de Cristo, un Salvador que sigue buscando a las personas junto a los pozos de la vida para ofrecerles el agua que jamás se acaba. El Pozo de Jacob quedó profundamente grabado en mi corazón y se convirtió en uno de esos lugares donde la Biblia dejó de ser solamente un libro para convertirse en una realidad que podía ver, escuchar y casi tocar con mis propias manos.
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Al llegar al final de esta serie, deseo aclarar algo importante. Cuando utilizo la expresión “El Quinto Evangelio”, no me refiero a un libro adicional de la Biblia ni a una nueva revelación. Es un nombre que durante años han utilizado algunos estudiosos, arqueólogos, historiadores y guías de Tierra Santa para referirse a la tierra donde vivió Jesucristo.
La razón es sencilla: cuando uno recorre Galilea, Judea, Samaria, Jerusalén y los caminos que Jesús caminó, los relatos bíblicos adquieren una dimensión completamente nueva. La geografía ilumina los textos, las distancias cobran sentido, las montañas, los desiertos, los valles y las ciudades ayudan a comprender mejor lo que leemos en los Evangelios. De pronto, la Biblia deja de parecer una historia lejana y se convierte en una realidad viva y tangible.
Mi deseo al compartir estas experiencias no ha sido añadir nada a las Escrituras, sino mostrar cómo los lugares donde ocurrieron los acontecimientos bíblicos pueden ayudarnos a apreciar más profundamente la grandeza de la obra de Jesucristo. Cada viaje fortaleció mi fe, enriqueció mi comprensión de la Biblia y me permitió contemplar con nuevos ojos al Salvador.
Esta serie continuará creciendo poco a poco. Todavía quedan muchos lugares, fotografías, descubrimientos, reflexiones y recuerdos por compartir. Espero que estos recorridos hayan despertado en usted el mismo asombro que produjeron en mí y que, al igual que ocurrió en mi vida, los paisajes de la Tierra Santa le ayuden a acercarse más a la persona de Jesucristo.
Porque, al final, el verdadero propósito de este “quinto evangelio” no es admirar lugares, sino conocer mejor a Aquel que caminó por ello
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