4. Oraciones y bendiciones comunes en el pueblo judío del siglo primero

Bendiciones en los tiempos de Jesús.

 Por el Dr. Elio M Rivera

  En los tiempos de Jesús, la oración formaba parte natural de la vida cotidiana del pueblo judío. No era considerada una práctica reservada únicamente para sacerdotes, escribas o líderes religiosos, sino una expresión constante de la relación del pueblo con Dios. Desde temprana edad, los niños crecían escuchando oraciones, bendiciones y declaraciones tomadas de las Escrituras, aprendiendo a reconocer que toda la vida dependía de la provisión y la misericordia divina. Las oraciones acompañaban prácticamente todos los aspectos importantes de la existencia diaria: las comidas, las fiestas religiosas, el trabajo, el descanso, los viajes, la adoración y los momentos de necesidad o sufrimiento. Jerusalén, las aldeas de Galilea e incluso las comunidades judías dispersas por el Imperio Romano estaban llenas de personas que diariamente elevaban palabras de gratitud, alabanza y súplica al Dios de Israel.

  Una de las expresiones más importantes de la fe judía era el Shemá, considerado el corazón espiritual de Israel. Los judíos piadosos lo recitaban cada mañana y cada noche como una declaración de fidelidad al único Dios verdadero. La Escritura dice: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4, RVR1960). Estas palabras afirmaban la fe monoteísta de Israel en medio de un mundo dominado por la idolatría y los cultos paganos. El Shemá continuaba diciendo: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5, RVR1960). Las familias repetían constantemente estas palabras dentro del hogar, obedeciendo el mandato divino: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos” (Deuteronomio 6:6–7, RVR1960). De esta manera, la fe era transmitida de generación en generación.

  Además del Shemá, existían numerosas bendiciones cotidianas relacionadas con la provisión de Dios. Antes y después de las comidas era común expresar gratitud reconociendo que todo alimento provenía de la mano divina. Moisés había enseñado al pueblo: “Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 8:10, RVR1960). Por ello, era habitual pronunciar bendiciones antes de partir el pan o compartir los alimentos. Jesucristo mismo participó de esta costumbre. Cuando alimentó a la multitud, “tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo” (Mateo 14:19, RVR1960). De igual manera, durante la última cena, “tomó el pan y dio gracias” (Lucas 22:19, RVR1960), mostrando que la gratitud a Dios formaba parte integral de la vida espiritual.

  Las bendiciones no se limitaban únicamente a las comidas. Existían oraciones para agradecer la protección divina, para comenzar el día, para celebrar las fiestas sagradas y para distintos acontecimientos de la vida. Dentro de esta práctica devocional, los Salmos ocupaban un lugar central. Muchas personas memorizaban extensas porciones del libro de los Salmos y las utilizaban diariamente en sus oraciones. Pasajes como el Salmo 23, el Salmo 91 y los llamados Salmos de Ascenso eran ampliamente conocidos entre el pueblo. Uno de los más recitados decía: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (Salmos 121:1–2, RVR1960). Durante las peregrinaciones a Jerusalén, especialmente en las grandes fiestas, era común escuchar grupos de viajeros entonando estos cánticos mientras ascendían hacia la ciudad santa.

  La oración también estaba asociada a horarios específicos. Muchos judíos piadosos acostumbraban detener sus actividades varias veces al día para buscar a Dios. El salmista expresó esta práctica diciendo: “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmos 55:17, RVR1960). Esta costumbre continuó incluso después de la resurrección de Cristo. El libro de Hechos registra que “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración” (Hechos 3:1, RVR1960). Estos horarios ayudaban a mantener una conciencia constante de la presencia de Dios en medio de las actividades diarias.

  Sin embargo, junto con la verdadera devoción también existía el peligro de convertir la oración en una simple práctica externa. Algunos líderes religiosos utilizaban sus oraciones para impresionar a los demás y obtener reconocimiento público. Jesús confrontó duramente esa actitud cuando dijo: “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres” (Mateo 6:5, RVR1960). Cristo enseñó que la verdadera oración nace de un corazón sincero delante de Dios y no de un deseo de recibir aprobación humana. Por esa razón, enseñó a Sus discípulos una oración que resumía la relación correcta con el Padre: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mateo 6:9, RVR1960). Estas palabras debieron causar un profundo impacto, pues Jesús invitaba a las personas a acercarse a Dios con confianza filial y no únicamente mediante fórmulas religiosas.

  Las bendiciones y oraciones llenaban las calles, las casas, las sinagogas y el templo. Formaban parte esencial de la identidad espiritual de Israel. Sin embargo, en medio de todas aquellas antiguas oraciones ocurrió algo extraordinario: el mismo Hijo de Dios caminó entre los hombres y oró junto a ellos. Jesús no solamente enseñó a orar; también oró constantemente. Oró en el desierto, en las montañas, en Getsemaní, por Sus discípulos y aun desde la cruz elevó palabras al Padre. Israel había pasado siglos pronunciando oraciones mientras esperaba la consolación prometida, y finalmente, en los días de Jesús, la respuesta de Dios caminaba en medio de ellos.

  La Biblia no registra las palabras exactas que Jesús pronunció mientras ascendía al cielo, pero sí describe que levantó Sus manos y bendijo a Sus discípulos. Basándonos en las Escrituras, podemos comprender el significado de aquel acto. Jesús creció dentro de la cultura bíblica de Israel y conocía perfectamente las bendiciones sacerdotales utilizadas desde los tiempos de Moisés. La escena recuerda especialmente la bendición aarónica, donde el sacerdote declaraba sobre el pueblo: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz” (Números 6:24–26, RVR1960). Resulta profundamente conmovedor imaginar al Señor resucitado levantando Sus manos sobre Sus discípulos mientras pronunciaba palabras de protección, favor y paz.

  Aquel momento poseía un significado todavía más profundo. Jesús no estaba actuando únicamente como maestro, sino como el verdadero Sumo Sacerdote celestial. La Escritura declara: “Teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios” (Hebreos 4:14, RVR1960). Es posible que Sus palabras incluyeran también referencias a la promesa del Espíritu Santo, pues una de Sus últimas declaraciones había sido: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8, RVR1960). Mientras los discípulos contemplaban al Señor resucitado sobre el monte de los Olivos, las manos que alguna vez fueron clavadas en la cruz se levantaban ahora para impartir bendición sobre aquellos hombres que poco tiempo antes habían huido llenos de temor.

  Quizá algunos escucharon palabras de paz. Quizá otros percibieron consuelo, afirmación o esperanza. Lo cierto es que las últimas palabras visibles de Cristo sobre Sus discípulos no fueron palabras de reproche, sino de gracia. Muchas de las promesas pronunciadas durante Su ministerio seguramente resonaban todavía en sus corazones: “No se turbe vuestro corazón” (Juan 14:1, RVR1960); “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27, RVR1960); “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18, RVR1960); y “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20, RVR1960). Todas estas declaraciones reflejan perfectamente el corazón pastoral y sacerdotal de Cristo mientras se despedía físicamente de Sus seguidores.

  Quizá por eso la ascensión resulta tan conmovedora. Jesús se fue físicamente, pero dejó sobre Su pueblo bendición, paz, presencia y promesa. Las últimas manos que los discípulos vieron levantadas hacia ellos fueron las manos heridas del Redentor. Y aquellas manos, que habían llevado las marcas del sacrificio, continuaban extendiendo gracia sobre quienes habrían de llevar el mensaje del Evangelio hasta los confines de la tierra.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.