2. La Última Cena de Leonardo da Vinci: una pintura extraordinaria y una pregunta fascinante

Por: Dr. Elio M. Rivera

  Existen pocas imágenes tan famosas en toda la historia del arte como La Última Cena de Leonardo da Vinci. Durante más de quinientos años esta obra ha cautivado a millones de personas alrededor del mundo. Ha sido reproducida en libros, museos, iglesias, documentales y producciones cinematográficas. Para muchas personas, cuando piensan en la última comida que Jesucristo compartió con sus discípulos antes de su crucifixión, la imagen que aparece en su mente es precisamente la que Leonardo pintó a finales del siglo quince.

  Debo aclarar algo desde el principio. El propósito de este artículo no es criticar a Leonardo da Vinci ni minimizar la importancia de su obra. Sería imposible hacerlo. Estamos hablando de uno de los artistas más brillantes de toda la historia de la humanidad. Su talento, creatividad y capacidad de observación continúan sorprendiendo al mundo siglos después de su muerte. La pintura que realizó es una obra maestra desde el punto de vista artístico y merece toda nuestra admiración.

  Sin embargo, esta pintura nos ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre algo que hemos venido estudiando en esta serie. La pregunta no es si Leonardo fue un gran artista. La pregunta es: ¿qué sucede cuando intentamos representar un acontecimiento ocurrido en Jerusalén durante el siglo primero utilizando los lentes culturales de una época completamente diferente? Porque eso fue exactamente lo que hizo Leonardo. Él no vivió en la Judea del primer siglo. Vivió en la Italia del Renacimiento. No conoció personalmente las costumbres judías de la época de Cristo. Tampoco tuvo acceso a gran parte de la información arqueológica e histórica que poseemos actualmente. Como cualquier ser humano, interpretó el acontecimiento desde el mundo que conocía.

  Y la verdad es que todos hacemos exactamente lo mismo. Ninguno de nosotros observa la realidad de una manera completamente neutral. Todos vemos las cosas a través de nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestra educación y nuestras tradiciones. Por esa razón, cuando observamos cuidadosamente la pintura de Leonardo, descubrimos que contiene numerosos elementos que reflejan la Europa renacentista mucho más que la Jerusalén del tiempo de Jesucristo. Lejos de ser una debilidad de la obra, esto nos permite comprender mejor cómo los seres humanos tendemos a acercar a Cristo a nuestra propia realidad cultural.

  Cuando examine la imagen que acompaña este artículo, notará varios detalles interesantes. Los rasgos físicos de Jesús y de los apóstoles corresponden más a las características europeas que a las de hombres judíos del Medio Oriente. Las vestimentas reflejan estilos artísticos y culturales propios del Renacimiento. La mesa utilizada se parece mucho más a las mesas europeas de aquella época que a la manera en que los judíos celebraban tradicionalmente la Pascua. La arquitectura que aparece al fondo tampoco corresponde exactamente al contexto histórico de Jerusalén. Incluso la disposición de los personajes y algunos elementos relacionados con la comida reflejan la manera en que Leonardo imaginó la escena desde su propia realidad cultural.

  Quizás el aspecto más interesante de esta pintura no sea aquello que muestra, sino aquello que revela acerca de nosotros mismos. Cuando observamos la obra de Leonardo, descubrimos que los seres humanos tenemos una tendencia natural a interpretar los grandes acontecimientos de la historia a través de nuestros propios marcos de referencia. En otras palabras, no solamente observamos la realidad; también la interpretamos. Y muchas veces, sin darnos cuenta, terminamos añadiendo a nuestra comprensión elementos que proceden más de nuestra experiencia que de los hechos mismos.

  Pero aquí surge una pregunta que considero fascinante. Si Leonardo interpretó a Cristo a través de los lentes de su cultura, ¿será posible que nosotros también lo hagamos? ¿Hasta qué punto la imagen que tenemos de Jesucristo proviene realmente de los Evangelios? ¿Y hasta qué punto ha sido moldeada por las tradiciones, las películas, las ilustraciones, las enseñanzas populares o las ideas que hemos heredado a lo largo de los años?

  Debo confesar que esta pregunta comenzó a inquietarme hace mucho tiempo. Mientras más estudiaba la vida del Señor Jesucristo, más me daba cuenta de que algunas de las ideas que tenía acerca de Él no provenían necesariamente de una lectura cuidadosa de las Escrituras. Algunas habían llegado a mí desde la infancia. Otras a través de imágenes y representaciones que había visto durante años. Y otras simplemente eran conceptos que había aceptado sin detenerme a examinarlos. Poco a poco comprendí que necesitaba regresar una y otra vez a los Evangelios para permitir que fueran ellos quienes moldearan mi percepción del Maestro.

  Quizás esa sea una de las razones por las que esta pintura sigue siendo tan valiosa. No solamente porque representa uno de los momentos más importantes de la vida de Cristo. También porque nos obliga a hacernos preguntas. Nos recuerda que existe una diferencia entre una representación artística y la realidad histórica. Nos invita a reflexionar acerca de nuestros propios filtros culturales. Y nos anima a mirar más profundamente las fuentes originales para descubrir quién era realmente el hombre que caminó por los senderos de Galilea.

  Al final, la lección más importante de esta obra probablemente no tenga que ver con Leonardo da Vinci. La lección tiene que ver con nosotros. Porque todos, en mayor o menor medida, hemos construido una imagen de Jesucristo. La verdadera pregunta es si esa imagen ha sido formada principalmente por las Escrituras o por los lentes de nuestra propia cultura.

  Y quizás ahí comienza una de las aventuras más emocionantes que un creyente puede emprender. La aventura de descubrir al Jesús real. No al Jesús de nuestras suposiciones. No al Jesús de nuestras tradiciones. No al Jesús que hemos imaginado. Sino al Jesús que encontramos en las páginas de los Evangelios.

  Precisamente eso es lo que comenzaremos a hacer en el próximo capítulo. Iniciaremos una especie de excavación histórica y arqueológica para intentar quitar, una a una, las capas que el tiempo ha acumulado sobre nuestra percepción de Cristo. Y mientras avancemos en esa búsqueda, descubriremos que el verdadero Jesús es mucho más fascinante, más profundo y más extraordinario de lo que la mayoría de nosotros jamás imaginó.

  Tal vez, cuando terminemos ese recorrido, descubramos que la pregunta más importante no es cómo veía Leonardo a Jesucristo, sino cómo lo vemos nosotros. Y aún más importante: ¿se parece nuestra imagen de Cristo al Jesús que encontramos en los Evangelios? Porque si la respuesta es no, todavía estamos a tiempo de seguir descubriendo al Maestro.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.