Por: Dr. Elio M. Rivera
A lo largo de la historia, algunos de los artistas más talentosos que han existido han intentado representar la persona de Jesucristo. Pinturas, esculturas, mosaicos e ilustraciones han procurado capturar momentos memorables de su vida. Muchas de estas obras son extraordinarias y han ayudado a generaciones enteras a visualizar acontecimientos que ocurrieron hace dos mil años. Sin embargo, existe una realidad que nunca debemos olvidar: una imagen puede intentar mostrarnos lo que Jesús hizo, pero raramente puede explicarnos por qué lo hizo.
El verdadero poder transformador de los Evangelios no se encuentra únicamente en observar las acciones de Cristo, sino en comprender el corazón que existía detrás de ellas. Cuando entendemos quién decía ser Jesús, lo que afirmaba acerca de sí mismo y el contexto cultural en el que actuó, cada escena adquiere una profundidad completamente diferente. Lo que antes parecía una simple acción se convierte en una revelación acerca de su carácter y, según sus propias palabras, acerca de la naturaleza misma de Dios.


Por ejemplo, innumerables artistas han representado la escena donde Jesús lava los pies de sus discípulos. A simple vista vemos a un hombre arrodillado frente a otros hombres, sosteniendo una vasija con agua y una toalla. Pero cuando conocemos el contexto, la escena adquiere una fuerza extraordinaria. Lavar los pies era una tarea reservada para los siervos de menor rango. Los caminos eran polvorientos, las personas caminaban largas distancias usando sandalias abiertas y esta labor era considerada demasiado humilde para ser realizada por alguien de importancia.
Sin embargo, el hombre que estaba arrodillado delante de ellos era el mismo que había declarado: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30), el mismo que afirmó haber descendido del cielo y el mismo que aceptó ser reconocido como el Mesías prometido. ¿Qué debió producir en el corazón de aquellos discípulos ver al Maestro que afirmaba venir de Dios realizando voluntariamente la labor de un siervo? La imagen muestra agua y una toalla. El contexto revela humildad divina.
Y quizás ahí encontramos una de las revelaciones más sorprendentes acerca de la naturaleza de Dios. Muchas personas imaginan a Dios como un ser distante, inaccesible y completamente ajeno a las necesidades humanas. Sin embargo, cuando observamos a Jesús arrodillado lavando pies, descubrimos algo muy diferente. Si Jesús realmente vino a mostrarnos cómo es Dios, entonces esta escena nos enseña que la grandeza divina no se expresa mediante arrogancia, orgullo o deseo de dominar a otros. Se expresa mediante amor, servicio y humildad.
Aquella noche los discípulos no solamente vieron una lección de cortesía. Vieron cómo el hombre que afirmaba ser enviado por el Padre utilizaba su autoridad para servir en lugar de ser servido. Vieron a alguien que poseía una enorme influencia y, sin embargo, no la utilizaba para exaltarse a sí mismo. En una cultura donde la mayoría buscaba posiciones de honor y reconocimiento, Jesús tomó voluntariamente el lugar más bajo de la habitación.
No es difícil imaginar el impacto emocional que esto produjo en ellos. Probablemente muchos esperaban un Mesías que conquistara reinos, derrotara enemigos y ocupara los lugares más elevados. En cambio, encontraron a un Maestro que tomaba una toalla y se inclinaba ante sus seguidores. Aquella escena debió desafiar profundamente sus ideas acerca del poder, del liderazgo y aun de Dios mismo.
Y tal vez sigue desafiándonos a nosotros también. Vivimos en una cultura que con frecuencia mide el éxito por la cantidad de personas que nos sirven, nos admiran o nos reconocen. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. La verdadera grandeza no consiste en cuánto podemos recibir de los demás, sino en cuánto estamos dispuestos a dar. No consiste en ocupar siempre los primeros lugares, sino en estar dispuestos a servir incluso cuando nadie nos aplaude.
Por eso, cuando observamos una pintura de Jesús lavando pies, estamos viendo mucho más que una escena histórica. Estamos contemplando una declaración acerca del carácter de Dios y, al mismo tiempo, un desafío para nuestra propia vida. La pregunta deja de ser simplemente: «¿Qué hizo Jesús?». La pregunta se convierte en: «¿Qué revela esta acción acerca de Dios?» y «¿qué revela acerca de la clase de persona que yo estoy llegando a ser?».
Quizás por eso esta imagen ha sobrevivido durante dos mil años. Porque detrás del agua, la toalla y los pies polvorientos se encuentra una verdad que continúa sorprendiendo a cada generación: el Dios que Jesús proclamó no vino buscando ser servido, sino buscando servir.
Otro ejemplo aparece en las numerosas pinturas que representan a Jesús compartiendo la mesa con publicanos y pecadores. A simple vista podríamos pensar que se trata únicamente de una comida. Vemos personas sentadas alrededor de una mesa, compartiendo alimentos y conversando. Sin embargo, cuando conocemos la cultura del siglo primero, descubrimos que la escena posee un significado mucho más profundo de lo que parece.
En los tiempos de Jesús, compartir la mesa con alguien no era un acto casual. Comer juntos representaba aceptación, amistad, cercanía y comunión. La mesa era uno de los espacios más íntimos de la vida social. Por esa razón, muchos líderes religiosos evitaban cuidadosamente relacionarse con personas consideradas pecadoras, impuras o indignas. Temían contaminar su reputación o comprometer su imagen pública.
Lo sorprendente es que quien se sentaba voluntariamente con aquellas personas rechazadas era el mismo que había declarado: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). El mismo que afirmaba haber sido enviado por Dios. El mismo que hablaba con una autoridad que asombraba tanto a amigos como a enemigos. Mientras otros levantaban barreras, Jesús construía puentes. Mientras otros señalaban a las personas desde la distancia, Él se acercaba para conocerlas.
Imagínese por un momento lo que esto debió producir en el corazón de los discípulos. Una y otra vez vieron cómo Jesús dedicaba tiempo a personas que la sociedad despreciaba. Recaudadores de impuestos, hombres y mujeres con mala reputación, personas rechazadas por la comunidad y consideradas indignas por muchos de sus contemporáneos. Aquellos discípulos estaban aprendiendo algo fundamental acerca de su Maestro: la compasión de Jesús era tan extraordinaria como las afirmaciones que hacía acerca de sí mismo.
Cada vez que Jesús se sentaba a la mesa con estas personas, enviaba una señal poderosa. No estaba allí para humillarlas públicamente, ni para recordarles constantemente sus errores, ni para condenarlas sin esperanza. Su presencia comunicaba algo muy diferente. Les estaba mostrando que todavía existía un camino de regreso, una oportunidad para cambiar y una puerta abierta hacia una vida diferente. Jesús no aprobaba todo lo que hacían, pero tampoco permitía que sus errores definieran para siempre quiénes eran.
Aquellas comidas debieron sorprender profundamente a los discípulos. Ellos crecieron en una cultura donde muchas personas pensaban que la santidad consistía en mantenerse alejados de ciertos individuos. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. Sin comprometer sus convicciones, se acercaba a quienes más necesitaban escuchar la verdad. No los buscaba para participar de su pecado, sino para ofrecerles una alternativa mejor. No llegaba para destruirlos con condenación, sino para invitarlos a una transformación.
De alguna manera, cada una de aquellas comidas transmitía el mismo mensaje: “Si ustedes desean acercarse a Dios, Dios está dispuesto a acercarse a ustedes”. Jesús les mostraba que no tenían que permanecer para siempre en la condición en la que se encontraban. Había esperanza. Había perdón. Había una nueva dirección para sus vidas.
Y quizás esa sea una de las razones por las cuales tantas personas se sintieron atraídas hacia Él. Porque mientras otros solamente veían pecadores, Jesús veía seres humanos. Mientras otros veían el pasado, Jesús veía el potencial. Mientras otros levantaban muros, Jesús tendía la mano.
La imagen puede mostrarnos una comida compartida alrededor de una mesa. Pero cuando entendemos lo que estaba ocurriendo, descubrimos algo mucho más profundo. Descubrimos a un hombre que afirmaba venir de Dios y que utilizaba cada encuentro para comunicar una verdad extraordinaria: nadie estaba tan lejos como para no poder acercarse, y nadie estaba tan perdido como para quedar fuera del alcance de su invitación.
Esta verdad continúa siendo tan impactante hoy como lo fue hace dos mil años. Vivimos en un mundo donde muchas personas cargan con culpa, vergüenza, rechazo o la sensación de no ser suficientemente buenas. Algunos sienten que sus errores son demasiado grandes. Otros creen que Dios no tendría ningún interés en ellos. Algunos incluso han llegado a la conclusión de que ya es demasiado tarde para acercarse a Él.
Sin embargo, cuando observamos a Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores, descubrimos una realidad diferente. Descubrimos a alguien que no huía de las personas rotas, sino que las buscaba. A alguien que no esperaba que cambiaran primero para acercarse a ellas, sino que se acercaba a ellas para transformar sus vidas.
Por eso, cuando contemple una pintura como esta, no vea solamente una comida. Vea una invitación. Porque si Jesús es realmente quien dijo ser, entonces esta escena nos recuerda que ninguna persona queda fuera de su interés. No importa quién sea usted. No importa cuál haya sido su historia. No importa cuántos errores haya cometido ni cuántas decepciones cargue sobre sus hombros.
El mismo Jesús que compartió la mesa con los rechazados del siglo primero sigue siendo presentado por los Evangelios como alguien dispuesto a acercarse a las personas. Y quizás la pregunta más importante no sea si Él estaría dispuesto a sentarse a la mesa con usted. La verdadera pregunta es si usted estaría dispuesto a sentarse a la mesa con Él.
Lo mismo ocurre con las representaciones de Jesús tocando a los leprosos. La mayoría de las imágenes muestran simplemente una mano extendida. Sin embargo, detrás de ese gesto existía una realidad impactante. Los leprosos eran aislados de la sociedad, evitados por todos y considerados impuros. Acercarse a ellos implicaba exponerse al rechazo social y religioso. Sin embargo, Jesús no solamente les habló; los tocó. Y quien realizaba ese acto era el mismo que había declarado: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Los discípulos no estaban viendo únicamente un acto de compasión humana. Estaban observando a alguien que afirmaba poseer autoridad sobre la vida misma y que utilizaba esa autoridad para acercarse a los más olvidados de la sociedad.
Quizás por eso los Evangelios dedican tan poco espacio a describir el aspecto físico de Jesús. No sabemos con certeza el color de sus ojos, la forma exacta de su rostro o muchos detalles de su apariencia. En cambio, conocemos cómo trató a las personas, cómo reaccionó ante la injusticia, cómo respondió al sufrimiento humano, cómo enfrentó la oposición y cómo vivió cada día de su ministerio. Los autores bíblicos parecían estar convencidos de que conocer el corazón de Cristo era mucho más importante que conocer los detalles de su apariencia física.
Y tal vez ahí se encuentra una de las lecciones más importantes para nosotros. Una pintura puede conmovernos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena. Pero ninguna imagen puede reemplazar el conocimiento de la persona que está detrás de ella. Lo que transforma al ser humano no es simplemente contemplar una representación de Jesús, sino comprender quién decía ser, por qué actuaba como actuaba y qué estaba intentando enseñar a través de cada una de sus acciones.
Por esa razón, cada vez que observemos una pintura o una representación artística de Cristo, quizá la pregunta más importante no sea: «¿Así se veía Jesús?». Tal vez la pregunta correcta sea: «¿Qué me revela esta escena acerca de su carácter, de sus enseñanzas y de la clase de persona que afirmó ser?». Porque al final, el verdadero descubrimiento no consiste en reconstruir su rostro, sino en conocer su corazón.
Y quizás aquí llegamos a una de las conclusiones más importantes de todo este recorrido. Una pintura puede inspirarnos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena ocurrida hace dos mil años. Pero ninguna de ellas puede reemplazar el conocimiento personal de la persona que representan. Después de todo, nadie llega a conocer verdaderamente a otro ser humano simplemente observando una fotografía. Lo conocemos cuando entendemos sus pensamientos, sus valores, sus motivaciones, sus palabras y las decisiones que toma cuando enfrenta los desafíos de la vida.
Lo mismo ocurre con Jesucristo. Mientras más comprendemos las razones detrás de sus acciones, las costumbres culturales de la época en que vivió, la forma en que trataba a las personas y las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo, más comienza a desvanecerse nuestra preocupación por los detalles de su apariencia física. Poco a poco descubrimos que existe algo mucho más fascinante que tratar de imaginar el color de sus ojos o los rasgos exactos de su rostro. Descubrimos la extraordinaria profundidad de su carácter.
De hecho, llega un momento en que la imagen pierde protagonismo y la persona ocupa su lugar. Lo que antes era una pintura se convierte en una historia. Lo que antes era una escena se convierte en una lección. Lo que antes era una representación artística se transforma en una ventana que nos permite comprender mejor quién era realmente Jesús.
Y esto nos conduce naturalmente a una pregunta que ha despertado mi curiosidad durante muchos años. Si las imágenes, las tradiciones y las interpretaciones culturales no son suficientes para conocer plenamente a Jesucristo, entonces ¿es posible acercarnos a Él de una manera más profunda? ¿Podemos conocerlo como lo conocieron aquellos hombres y mujeres que caminaron a su lado? ¿Es posible ver a Jesús más allá de los siglos de arte, tradición y cultura que se han acumulado alrededor de su figura?
Esa será precisamente la pregunta que exploraremos en la siguiente serie de artículos. Juntos emprenderemos un viaje para descubrir si todavía es posible conocer a Jesús de una manera semejante a como lo conocieron los discípulos del siglo primero. Y si la respuesta es sí, quizá descubramos que el Jesús real es aún más extraordinario de lo que cualquier pintura, escultura o representación artística ha logrado expresar.
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