Por: Dr. Elio M. Rivera

  Bienvenido a Cristopedia y al Museo La Vida y Obra del Señor Jesucristo. Cristopedia es una enciclopedia dedicada al estudio de la vida, las enseñanzas, el contexto histórico, cultural y social en el que vivió Jesús, así como al análisis de la evidencia histórica relacionada con su persona. Nuestro propósito no es simplemente presentar información, sino invitarle a emprender un viaje de descubrimiento que le permita comprender mejor quién fue Jesucristo, qué enseñó, cómo vivió y por qué continúa siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.

Debo comenzar haciendo una confesión personal. No pretendo saberlo todo acerca de la persona del Señor Jesucristo. De hecho, mientras más estudio su vida y sus enseñanzas, más consciente soy de cuánto me falta por conocer de Él. Si algo he aprendido a lo largo de los años es que Jesucristo es mucho más grande y más profundo de lo que alguna vez imaginé. En lugar de sentir que ya lo conozco suficientemente, sucede exactamente lo contrario: cada nuevo descubrimiento me convence de que apenas he comenzado a explorar la inmensidad de su persona.

  Durante mis primeros años como creyente pensaba que conocía al Señor. Había escuchado innumerables predicaciones acerca de Él, había leído diversos pasajes de los Evangelios y sabía que era el Hijo de Dios que había venido al mundo para salvar a la humanidad. Conocía muchas de las historias más conocidas de su ministerio, sus milagros, sus enseñanzas y su muerte en la cruz. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrí algo que me sorprendió profundamente.

  Conocía muchas cosas acerca de Jesucristo, pero conocía muy poco a Jesucristo mismo. Sabía ciertos datos sobre su vida, pero entendía muy poco de lo que realmente enfrentó durante sus días sobre la tierra, de los desafíos que tuvo que soportar, de las personas con las que convivió, de las presiones que experimentó y de la forma en que reaccionó ante cada situación. Conocía aspectos de su obra, pero conocía muy poco de su carácter, de sus emociones, de su compasión, de su valentía y de la profundidad de su amor por las personas.

  A primera vista, aquel descubrimiento podría parecer algo pequeño o sin demasiada importancia. Pero en mi caso fue una de las experiencias que más transformaron mi vida espiritual. Comprendí que existe una enorme diferencia entre saber datos acerca de una persona y conocer verdaderamente a esa persona. Uno puede memorizar fechas, acontecimientos y enseñanzas, y aun así permanecer distante de quien está detrás de toda esa información.

  Fue entonces cuando entendí que conocer a Jesucristo implica mucho más que acumular conocimiento religioso. Significa acercarse a Él como una persona real, descubrir cómo pensaba, cómo trataba a los más vulnerables, cómo respondía a sus enemigos, cómo enfrentaba el sufrimiento y cómo manifestaba el amor de Dios en cada circunstancia de su vida. Significa observar su corazón detrás de sus palabras y comprender las motivaciones que guiaban cada una de sus acciones.

  Esa comprensión despertó en mí una profunda curiosidad por conocer al Jesús real. No solamente al Cristo de las tradiciones, de las pinturas o de las ideas heredadas, sino al hombre que caminó por los polvorientos caminos de Galilea, que convivió con pescadores, viudas, enfermos y pecadores, que enfrentó la oposición religiosa de su tiempo y que, aun en medio del rechazo, continuó amando, sirviendo y mostrando la voluntad de su Padre.

  Mirando hacia atrás, puedo decir que aquel descubrimiento marcó un antes y un después en mi vida. De alguna manera, fue el punto de partida de todo lo que soy hoy. Porque cuando comenzamos a conocer verdaderamente a Jesucristo, no solo cambia nuestra manera de pensar acerca de Él; cambia también nuestra manera de ver la vida, de relacionarnos con los demás y de entender el propósito para el cual vivimos.

  Conforme fui estudiando los Evangelios una y otra vez, comencé a encontrarme con un Jesús que muchas veces no coincidía con las ideas que había heredado. Algunas de las cosas que creía acerca de Él provenían de tradiciones religiosas. Otras surgían de imágenes que había visto desde niño. Algunas más eran conclusiones que simplemente había aceptado sin examinarlas cuidadosamente. Poco a poco comprendí que, sin darme cuenta, había mezclado al Jesús de las Escrituras con el Jesús de mi propia imaginación y el de la imaginación de otros.

  Y sospecho que no soy el único. Creo que muchos de nosotros hemos construido nuestra imagen de Cristo mezclando un poco de Biblia, un poco de tradición, un poco de cultura y un poco de imaginación. No lo hacemos con mala intención. Es simplemente el resultado de vivir a más de dos mil años de distancia de los acontecimientos narrados en los Evangelios. Entre nosotros y Jesús existen diferencias de idioma, cultura, costumbres y formas de pensar que no siempre alcanzamos a percibir. Por esa razón, muchas veces terminamos viendo al Maestro a través de lentes que han sido moldeados por nuestra época más que por las Escrituras.

  El problema es que cuando dejamos de lado al Jesús histórico y real para sustituirlo por tradiciones, suposiciones o imágenes heredadas de nuestra cultura, nuestra comprensión de su persona comienza a distorsionarse. Podemos escuchar hablar de Él durante años, ver representaciones artísticas, asistir a ceremonias religiosas o repetir ideas ampliamente aceptadas, y aun así conocer muy poco acerca de quién fue realmente.

  Con frecuencia damos por sentado que conocemos a Jesucristo simplemente porque hemos oído hablar de Él desde nuestra infancia. Sin embargo, conocer una figura histórica tan influyente requiere algo más que familiaridad cultural. Requiere examinar las fuentes, analizar la evidencia disponible y acercarnos a los hechos con una mente abierta.

  A lo largo de la historia, millones de personas han formado opiniones acerca de Jesús basándose principalmente en tradiciones familiares, costumbres religiosas o percepciones populares. El problema no es que estas influencias existan, sino que pueden llevarnos a aceptar ciertas ideas sin preguntarnos si realmente corresponden al personaje histórico que caminó por las calles de Judea y Galilea hace dos mil años.

  Cuando esto ocurre, el interés por investigar desaparece. Dejamos de hacer preguntas, dejamos de examinar la evidencia y terminamos aceptando una versión de Jesucristo construida más por la imaginación colectiva que por los registros históricos.

  Realmente, lo que despertó mi interés en cuanto a la persona de Jesucrieto no fueron solamente sus enseñanzas morales, sino las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo. Por ejemplo, declaró haber existido antes de Abraham al decir: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). En otra ocasión afirmó: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). También dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

  Jesús aseguró haber venido del cielo: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). Además, se presentó como el único camino hacia Dios al afirmar: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).

  Sus declaraciones continuaron siendo igual de extraordinarias. Dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12), «Yo soy la puerta» (Juan 10:9), «Yo soy el buen pastor» (Juan 10:11) y «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25).

  Pero quizá una de las afirmaciones más serias fue aquella en la que vinculó el destino eterno de las personas con la respuesta que dieran a su persona. Jesús declaró: «El que cree en él, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado» (Juan 3:18). También afirmó: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» (Juan 5:24).

  Al leer estas palabras comprendí que Jesús no se presentó simplemente como un maestro, un filósofo o un profeta más. Sus afirmaciones eran demasiado grandes para ser ignoradas. Si eran falsas, debían ser examinadas y rechazadas. Pero si eran verdaderas, entonces merecían toda mi atención. Fue precisamente esa reflexión la que me llevó a dedicar buena parte de mi vida a investigar quién fue realmente Jesucristo.

  Después de muchos años de estudio, investigación y reflexión, debo ser honesto con usted: yo ya tomé una decisión acerca de la persona de Jesucristo. Probablemente, después de leer estas páginas y conocer un poco de mi historia, no será difícil imaginar cuál fue esa decisión.

  Sin embargo, no llegué a ella por costumbre, tradición familiar o porque alguien me dijo lo que debía creer. Llegué a ella después de dedicar una parte importante de mi vida a investigar quién fue realmente Jesús de Nazaret. Esa búsqueda me llevó a leer cientos de libros, estudiar los Evangelios una y otra vez, asistir a innumerables seminarios y conferencias, viajar en varias ocasiones a Israel y a otros lugares relacionados con la historia bíblica, y escribir más de sesenta libros dedicados a temas relacionados con la Biblia, la fe y la persona de Jesucristo.

  También fue esa misma búsqueda la que me llevó a fundar Cristopedia y el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. Ambos nacieron de una convicción sencilla: una figura histórica que ha influido tan profundamente en la humanidad merece ser estudiada con seriedad, honestidad y profundidad.

  Mi propósito no es decirle lo que usted debe creer. Tampoco pretendo pedirle que adopte mis conclusiones simplemente porque yo las haya adoptado. Mi deseo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: animarle a que examine la evidencia por usted mismo.

  A lo largo de la historia, millones de personas han formado su opinión acerca de Jesús basándose en tradiciones, percepciones culturales, representaciones artísticas o en lo que otros les dijeron acerca de Él. Pero si Jesucristo fue realmente quien afirmó ser, entonces su persona merece algo más que opiniones heredadas o ideas preconcebidas. Merece una investigación seria.

  Por eso, mi invitación es que no tome una decisión acerca de Jesús basada únicamente en la imaginación, la costumbre, la presión social o las creencias de otras personas. Investigue. Haga preguntas. Examine los documentos históricos. Considere la evidencia. Analice sus afirmaciones. Y después de hacerlo, llegue a su propia conclusión.

  Yo ya tomé la mía.

  Ahora le corresponde a usted decidir qué hará con la persona más influyente de la historia humana, un hombre que no solamente cambió el curso de la civilización, sino que también pidió a cada generación que tomara una decisión personal acerca de quién decía ser.

Después de todo, las conclusiones más sólidas suelen surgir no de las costumbres heredadas, sino de una investigación honesta de la evidencia disponible. Jesucristo dijo:

  “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
  Juan 8:32 (RVR1960)

  La pregunta, entonces, no es solamente qué hemos oído acerca de Jesús, sino qué estamos dispuestos a descubrir por nosotros mismos. Porque si su vida, sus palabras y sus afirmaciones son verdaderas, entonces no estamos frente a un personaje más de la historia, sino frente a alguien cuya identidad podría cambiar por completo la manera en que entendemos a Dios, la vida y nuestro propio destino.

  Por eso, antes de llegar a una conclusión definitiva, vale la pena hacer una pregunta más profunda: ¿podemos conocer a Jesús como lo conocieron los discípulos del siglo primero?

  Esa será la pregunta que comenzaremos a explorar en los siguientes articulos.

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Por: Dr. Elio M. Rivera

  Cristopedia nació de una necesidad muy sencilla, pero al mismo tiempo muy importante: reunir en un solo lugar la mayor cantidad posible de información relacionada con la vida, la persona, las enseñanzas, el contexto histórico y la influencia del Señor Jesucristo. A lo largo de los años descubrí que el conocimiento acerca de Cristo se encuentra disperso en miles de libros, artículos, estudios, documentos históricos, investigaciones arqueológicas, sermones, conferencias y recursos educativos. Muchas veces la información existe, pero resulta difícil encontrarla organizada de una manera accesible para quienes desean estudiar seriamente la vida de Jesús.

  Por esa razón nació Cristopedia. Cristopedia no pretende reemplazar la lectura de los Evangelios ni la investigación personal, sino servir como una herramienta que facilite el acceso a información histórica, cultural, arqueológica, bíblica y documental relacionada con la persona más influyente de toda la historia humana.

  Cristopedia no es un proyecto terminado. En realidad, nunca lo estará completamente. Mientras existan nuevos descubrimientos arqueológicos, nuevas investigaciones históricas, nuevos hallazgos documentales y nuevas formas de comprender mejor el mundo en el que vivió Jesús, siempre habrá algo más que aprender. Por esa razón, Cristopedia está diseñada para crecer continuamente, incorporando nuevos artículos, estudios, recursos visuales, mapas, cronologías, análisis históricos y materiales educativos que ayuden a comprender mejor quién fue Jesucristo y por qué continúa impactando al mundo dos mil años después de su nacimiento.

  Nuestro objetivo no consiste únicamente en acumular información. Deseamos que este conocimiento sea útil. Aspiramos a que Cristopedia se convierta en una fuente de consulta para estudiantes, maestros, pastores, líderes, iglesias, grupos familiares, comunidades, investigadores y para cualquier persona interesada en conocer más acerca de Jesús. Queremos proporcionar recursos que puedan ser utilizados para enseñar, predicar, estudiar, compartir y profundizar en el conocimiento de su vida y sus enseñanzas.

  Asimismo, procuramos presentar la información de una manera clara, documentada y accesible. Nuestro interés es ayudar al lector a comprender no solamente lo que Jesús dijo e hizo, sino también el contexto en el que vivió. Las costumbres de su época, la cultura judía del siglo primero, las ciudades que recorrió, los grupos religiosos con los que interactuó, las condiciones sociales de su tiempo y los acontecimientos históricos que rodearon su ministerio forman parte esencial para comprender adecuadamente su mensaje.

  Creemos que mientras mejor entendamos el mundo en el que vivió Jesucristo, mejor podremos comprender sus palabras, sus acciones y el impacto que produjo en quienes lo conocieron. Una enseñanza que pudo parecer sencilla adquiere una profundidad extraordinaria cuando se entiende el contexto en el que fue pronunciada. Un milagro cobra un significado diferente cuando conocemos la necesidad que existía detrás de él. Una conversación adquiere nueva vida cuando comprendemos la cultura en la que ocurrió.

  El sueño detrás de Cristopedia es sencillo: construir una biblioteca viva dedicada a Jesucristo. Un lugar donde las personas puedan encontrar información confiable, recursos educativos y herramientas de estudio que les permitan acercarse cada vez más al conocimiento de su persona. Si este proyecto logra despertar la curiosidad de alguien para estudiar los Evangelios con mayor profundidad, comprender mejor la historia de Jesús o descubrir aspectos de su vida que antes desconocía, entonces habrá cumplido su propósito.

  Bienvenido a Cristopedia. Este proyecto apenas comienza, pero su misión es permanente: seguir explorando, aprendiendo y compartiendo todo aquello que pueda ayudarnos a comprender mejor la vida y la obra del Señor Jesucristo.

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Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo

Por: Dr. Elio M. Rivera

  Si realmente deseamos llegar a una conclusión honesta acerca de la persona de Jesucristo, debemos estar dispuestos a hacer algo que no siempre resulta fácil: examinar nuestras ideas preconcebidas y preguntarnos de dónde provienen. Después de todo, es imposible investigar objetivamente a una persona si antes hemos decidido quién creemos que es.

  La mayoría de nosotros hemos recibido una imagen de Jesús mucho antes de comenzar a estudiar seriamente su vida. Esa imagen puede haber llegado a través de nuestra familia, de nuestra cultura, de nuestra educación religiosa, de películas, libros, sermones, tradiciones o incluso de obras de arte. Con frecuencia creemos que conocemos a Jesús, cuando en realidad conocemos la versión de Jesús que nos fue presentada por otras personas.

  Esto no significa que todas esas influencias sean incorrectas. Significa simplemente que debemos distinguir entre lo que sabemos porque la evidencia lo respalda y lo que asumimos porque lo hemos escuchado repetidamente. Si queremos conocer al Jesús real, debemos estar dispuestos a separar los hechos históricos de las interpretaciones culturales que se han acumulado alrededor de su figura durante siglos.

  Existe algo que me llama profundamente la atención cuando observo la historia del cristianismo. Ninguna otra persona ha sido pintada, esculpida, dibujada, representada o imaginada tantas veces como Jesucristo. Durante más de dos mil años, hombres y mujeres de prácticamente todas las culturas han intentado responder una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad es muy profunda: ¿cómo era Jesús?

  Ahora bien, aunque estas representaciones que los artistas ha hecho acerca de Jesucristo han influido enormemente en la forma en que millones de personas se lo imaginan, surge una pregunta inevitable: ¿cuánto de ese Jesús que vemos en pinturas, esculturas e ilustraciones proviene realmente de los Evangelios y cuánto proviene de la imaginación, la cultura y las tradiciones de quienes lo representaron?

     Este tema es importante porque las imágenes tienen poder. Con frecuencia moldean nuestra percepción de una persona mucho más rápido que los libros, los documentos históricos o una investigación cuidadosa. Después de ver una misma representación durante años, es natural que terminemos asociándola con la persona real.

  Sin embargo, esto no significa que exista algo malo en las representaciones artísticas de Jesucristo. Los seres humanos somos profundamente visuales. Nos ayudan las imágenes, las ilustraciones y las representaciones para relacionarnos con personas, lugares y acontecimientos que ocurrieron hace mucho tiempo. De hecho, yo mismo utilizo imágenes de Jesús en Cristopedia y en el Museo La Vida y Obra de Jesucristo precisamente porque facilitan la comprensión y ayudan a acercar la historia al lector.

  El verdadero asunto no es si debemos utilizar imágenes o no. La pregunta más importante es otra: ¿qué tan bien conocemos a la persona que esas imágenes intentan representar?

  A lo largo de la historia, artistas de prácticamente todas las culturas han intentado responder esa pregunta. Los europeos lo representaron según sus propias referencias culturales. Los artistas africanos hicieron algo semejante. Lo mismo ocurrió en Asia, América Latina y en muchas otras regiones del mundo. Como resultado, han surgido miles de representaciones diferentes de Jesucristo, cada una intentando reflejar algo de cómo sus creadores lo comprendían o imaginaban.

  Lejos de ser un problema, este fenómeno revela algo profundamente humano. Cuando intentamos comprender a una persona, solemos hacerlo a través de los elementos que conocemos mejor. Cada generación ha procurado acercar la figura de Jesús a las personas de su tiempo utilizando el lenguaje, el arte y las referencias culturales que tenía a su disposición.

  Pero todo esto nos conduce a una reflexión interesante. Si existen tantas maneras distintas de imaginar a Jesús, entonces quizá la pregunta más importante no sea cómo lucía externamente, sino quién era realmente.

  Y aquí encontramos algo fascinante. Los Evangelios muestran muy poco interés en describir detalladamente la apariencia física de Jesús. No nos dicen el color de sus ojos, la forma de su rostro ni muchos de los detalles que normalmente esperaríamos encontrar en una biografía moderna. En cambio, dedican una enorme cantidad de espacio a mostrarnos cómo trataba a las personas, cómo reaccionaba ante la injusticia, cómo respondía a sus enemigos, cómo enseñaba, cómo amaba y cómo vivía.

  Es como si los autores de los Evangelios quisieran dirigir nuestra atención hacia aquello que consideraban verdaderamente importante. No tanto la apariencia externa del Maestro, sino la profundidad de su carácter, la naturaleza de sus enseñanzas y el impacto de sus acciones.

  Quizá el verdadero desafío no consiste en descubrir exactamente cómo se veía Jesús, sino en comprender quién era realmente. Porque al final, una persona no transforma el mundo por los rasgos de su rostro, sino por la fuerza de sus palabras, la integridad de su carácter y las decisiones que toma a lo largo de su vida.

  Por esa razón, en las próximas páginas no intentaremos reconstruir simplemente el aspecto físico de Jesús. Intentaremos algo mucho más importante: acercarnos a la persona que caminó por Galilea, escuchar sus palabras, observar sus acciones y descubrir por qué, dos mil años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.

  Sin embargo, antes de emprender ese recorrido, debemos detenernos a considerar una posibilidad que quizá resulte incómoda, pero que merece ser examinada con honestidad.

  ¿Y si algunas de las ideas que tenemos acerca de Jesús no provienen realmente de los Evangelios? ¿Y si ciertas imágenes, conceptos o impresiones que damos por sentados fueron moldeados más por la cultura, las tradiciones, las opiniones de otras personas o las expresiones artísticas que por los documentos que narran su vida?

  No hay nada malo en aprender de quienes nos precedieron. Todos comenzamos nuestro conocimiento de la historia a través de lo que otros nos enseñan. El problema surge cuando dejamos de verificar por nosotros mismos si aquello que hemos recibido corresponde realmente a los hechos.

  A lo largo de la historia, muchas personas han descubierto que algunas de sus ideas acerca de Jesús eran correctas, mientras que otras necesitaban ser revisadas. Yo mismo tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y sospecho que todos nosotros, sin excepción, llevamos ciertas imágenes mentales de Cristo que merecen ser examinadas más de cerca.

  La buena noticia es que no tenemos que depender únicamente de lo que otros imaginaron, pintaron o dijeron acerca de Él. Podemos volver a las fuentes y permitir que los propios documentos históricos hablen por sí mismos.

  Y precisamente ahí es donde comenzaremos nuestro siguiente paso.

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Por: Dr. Elio M. Rivera

  Existen pocas imágenes tan famosas en toda la historia del arte como La Última Cena de Leonardo da Vinci. Durante más de quinientos años esta obra ha cautivado a millones de personas alrededor del mundo. Ha sido reproducida en libros, museos, iglesias, documentales y producciones cinematográficas. Para muchas personas, cuando piensan en la última comida que Jesucristo compartió con sus discípulos antes de su crucifixión, la imagen que aparece en su mente es precisamente la que Leonardo pintó a finales del siglo quince.

  Debo aclarar algo desde el principio. El propósito de este artículo no es criticar a Leonardo da Vinci ni minimizar la importancia de su obra. Sería imposible hacerlo. Estamos hablando de uno de los artistas más brillantes de toda la historia de la humanidad. Su talento, creatividad y capacidad de observación continúan sorprendiendo al mundo siglos después de su muerte. La pintura que realizó es una obra maestra desde el punto de vista artístico y merece toda nuestra admiración.

  Sin embargo, esta pintura nos ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre algo que hemos venido estudiando en esta serie. La pregunta no es si Leonardo fue un gran artista. La pregunta es: ¿qué sucede cuando intentamos representar un acontecimiento ocurrido en Jerusalén durante el siglo primero utilizando los lentes culturales de una época completamente diferente? Porque eso fue exactamente lo que hizo Leonardo. Él no vivió en la Judea del primer siglo. Vivió en la Italia del Renacimiento. No conoció personalmente las costumbres judías de la época de Cristo. Tampoco tuvo acceso a gran parte de la información arqueológica e histórica que poseemos actualmente. Como cualquier ser humano, interpretó el acontecimiento desde el mundo que conocía.

  Y la verdad es que todos hacemos exactamente lo mismo. Ninguno de nosotros observa la realidad de una manera completamente neutral. Todos vemos las cosas a través de nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestra educación y nuestras tradiciones. Por esa razón, cuando observamos cuidadosamente la pintura de Leonardo, descubrimos que contiene numerosos elementos que reflejan la Europa renacentista mucho más que la Jerusalén del tiempo de Jesucristo. Lejos de ser una debilidad de la obra, esto nos permite comprender mejor cómo los seres humanos tendemos a acercar a Cristo a nuestra propia realidad cultural.

  Cuando examine la imagen que acompaña este artículo, notará varios detalles interesantes. Los rasgos físicos de Jesús y de los apóstoles corresponden más a las características europeas que a las de hombres judíos del Medio Oriente. Las vestimentas reflejan estilos artísticos y culturales propios del Renacimiento. La mesa utilizada se parece mucho más a las mesas europeas de aquella época que a la manera en que los judíos celebraban tradicionalmente la Pascua. La arquitectura que aparece al fondo tampoco corresponde exactamente al contexto histórico de Jerusalén. Incluso la disposición de los personajes y algunos elementos relacionados con la comida reflejan la manera en que Leonardo imaginó la escena desde su propia realidad cultural.

  Quizás el aspecto más interesante de esta pintura no sea aquello que muestra, sino aquello que revela acerca de nosotros mismos. Cuando observamos la obra de Leonardo, descubrimos que los seres humanos tenemos una tendencia natural a interpretar los grandes acontecimientos de la historia a través de nuestros propios marcos de referencia. En otras palabras, no solamente observamos la realidad; también la interpretamos. Y muchas veces, sin darnos cuenta, terminamos añadiendo a nuestra comprensión elementos que proceden más de nuestra experiencia que de los hechos mismos.

  Pero aquí surge una pregunta que considero fascinante. Si Leonardo interpretó a Cristo a través de los lentes de su cultura, ¿será posible que nosotros también lo hagamos? ¿Hasta qué punto la imagen que tenemos de Jesucristo proviene realmente de los Evangelios? ¿Y hasta qué punto ha sido moldeada por las tradiciones, las películas, las ilustraciones, las enseñanzas populares o las ideas que hemos heredado a lo largo de los años?

  Debo confesar que esta pregunta comenzó a inquietarme hace mucho tiempo. Mientras más estudiaba la vida del Señor Jesucristo, más me daba cuenta de que algunas de las ideas que tenía acerca de Él no provenían necesariamente de una lectura cuidadosa de las Escrituras. Algunas habían llegado a mí desde la infancia. Otras a través de imágenes y representaciones que había visto durante años. Y otras simplemente eran conceptos que había aceptado sin detenerme a examinarlos. Poco a poco comprendí que necesitaba regresar una y otra vez a los Evangelios para permitir que fueran ellos quienes moldearan mi percepción del Maestro.

  Quizás esa sea una de las razones por las que esta pintura sigue siendo tan valiosa. No solamente porque representa uno de los momentos más importantes de la vida de Cristo. También porque nos obliga a hacernos preguntas. Nos recuerda que existe una diferencia entre una representación artística y la realidad histórica. Nos invita a reflexionar acerca de nuestros propios filtros culturales. Y nos anima a mirar más profundamente las fuentes originales para descubrir quién era realmente el hombre que caminó por los senderos de Galilea.

  Al final, la lección más importante de esta obra probablemente no tenga que ver con Leonardo da Vinci. La lección tiene que ver con nosotros. Porque todos, en mayor o menor medida, hemos construido una imagen de Jesucristo. La verdadera pregunta es si esa imagen ha sido formada principalmente por las Escrituras o por los lentes de nuestra propia cultura.

  Y quizás ahí comienza una de las aventuras más emocionantes que un creyente puede emprender. La aventura de descubrir al Jesús real. No al Jesús de nuestras suposiciones. No al Jesús de nuestras tradiciones. No al Jesús que hemos imaginado. Sino al Jesús que encontramos en las páginas de los Evangelios.

  Precisamente eso es lo que comenzaremos a hacer en el próximo capítulo. Iniciaremos una especie de excavación histórica y arqueológica para intentar quitar, una a una, las capas que el tiempo ha acumulado sobre nuestra percepción de Cristo. Y mientras avancemos en esa búsqueda, descubriremos que el verdadero Jesús es mucho más fascinante, más profundo y más extraordinario de lo que la mayoría de nosotros jamás imaginó.

  Tal vez, cuando terminemos ese recorrido, descubramos que la pregunta más importante no es cómo veía Leonardo a Jesucristo, sino cómo lo vemos nosotros. Y aún más importante: ¿se parece nuestra imagen de Cristo al Jesús que encontramos en los Evangelios? Porque si la respuesta es no, todavía estamos a tiempo de seguir descubriendo al Maestro.

Por: Dr. Elio M. Rivera

  A lo largo de la historia, algunos de los artistas más talentosos que han existido han intentado representar la persona de Jesucristo. Pinturas, esculturas, mosaicos e ilustraciones han procurado capturar momentos memorables de su vida. Muchas de estas obras son extraordinarias y han ayudado a generaciones enteras a visualizar acontecimientos que ocurrieron hace dos mil años. Sin embargo, existe una realidad que nunca debemos olvidar: una imagen puede intentar mostrarnos lo que Jesús hizo, pero raramente puede explicarnos por qué lo hizo.

  El verdadero poder transformador de los Evangelios no se encuentra únicamente en observar las acciones de Cristo, sino en comprender el corazón que existía detrás de ellas. Cuando entendemos quién decía ser Jesús, lo que afirmaba acerca de sí mismo y el contexto cultural en el que actuó, cada escena adquiere una profundidad completamente diferente. Lo que antes parecía una simple acción se convierte en una revelación acerca de su carácter y, según sus propias palabras, acerca de la naturaleza misma de Dios.

  Por ejemplo, innumerables artistas han representado la escena donde Jesús lava los pies de sus discípulos. A simple vista vemos a un hombre arrodillado frente a otros hombres, sosteniendo una vasija con agua y una toalla. Pero cuando conocemos el contexto, la escena adquiere una fuerza extraordinaria. Lavar los pies era una tarea reservada para los siervos de menor rango. Los caminos eran polvorientos, las personas caminaban largas distancias usando sandalias abiertas y esta labor era considerada demasiado humilde para ser realizada por alguien de importancia.

  Sin embargo, el hombre que estaba arrodillado delante de ellos era el mismo que había declarado: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30), el mismo que afirmó haber descendido del cielo y el mismo que aceptó ser reconocido como el Mesías prometido. ¿Qué debió producir en el corazón de aquellos discípulos ver al Maestro que afirmaba venir de Dios realizando voluntariamente la labor de un siervo? La imagen muestra agua y una toalla. El contexto revela humildad divina.

  Y quizás ahí encontramos una de las revelaciones más sorprendentes acerca de la naturaleza de Dios. Muchas personas imaginan a Dios como un ser distante, inaccesible y completamente ajeno a las necesidades humanas. Sin embargo, cuando observamos a Jesús arrodillado lavando pies, descubrimos algo muy diferente. Si Jesús realmente vino a mostrarnos cómo es Dios, entonces esta escena nos enseña que la grandeza divina no se expresa mediante arrogancia, orgullo o deseo de dominar a otros. Se expresa mediante amor, servicio y humildad.

  Aquella noche los discípulos no solamente vieron una lección de cortesía. Vieron cómo el hombre que afirmaba ser enviado por el Padre utilizaba su autoridad para servir en lugar de ser servido. Vieron a alguien que poseía una enorme influencia y, sin embargo, no la utilizaba para exaltarse a sí mismo. En una cultura donde la mayoría buscaba posiciones de honor y reconocimiento, Jesús tomó voluntariamente el lugar más bajo de la habitación.

  No es difícil imaginar el impacto emocional que esto produjo en ellos. Probablemente muchos esperaban un Mesías que conquistara reinos, derrotara enemigos y ocupara los lugares más elevados. En cambio, encontraron a un Maestro que tomaba una toalla y se inclinaba ante sus seguidores. Aquella escena debió desafiar profundamente sus ideas acerca del poder, del liderazgo y aun de Dios mismo.

  Y tal vez sigue desafiándonos a nosotros también. Vivimos en una cultura que con frecuencia mide el éxito por la cantidad de personas que nos sirven, nos admiran o nos reconocen. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. La verdadera grandeza no consiste en cuánto podemos recibir de los demás, sino en cuánto estamos dispuestos a dar. No consiste en ocupar siempre los primeros lugares, sino en estar dispuestos a servir incluso cuando nadie nos aplaude.

  Por eso, cuando observamos una pintura de Jesús lavando pies, estamos viendo mucho más que una escena histórica. Estamos contemplando una declaración acerca del carácter de Dios y, al mismo tiempo, un desafío para nuestra propia vida. La pregunta deja de ser simplemente: «¿Qué hizo Jesús?». La pregunta se convierte en: «¿Qué revela esta acción acerca de Dios?» y «¿qué revela acerca de la clase de persona que yo estoy llegando a ser?».

  Quizás por eso esta imagen ha sobrevivido durante dos mil años. Porque detrás del agua, la toalla y los pies polvorientos se encuentra una verdad que continúa sorprendiendo a cada generación: el Dios que Jesús proclamó no vino buscando ser servido, sino buscando servir.

  Otro ejemplo aparece en las numerosas pinturas que representan a Jesús compartiendo la mesa con publicanos y pecadores. A simple vista podríamos pensar que se trata únicamente de una comida. Vemos personas sentadas alrededor de una mesa, compartiendo alimentos y conversando. Sin embargo, cuando conocemos la cultura del siglo primero, descubrimos que la escena posee un significado mucho más profundo de lo que parece.

  En los tiempos de Jesús, compartir la mesa con alguien no era un acto casual. Comer juntos representaba aceptación, amistad, cercanía y comunión. La mesa era uno de los espacios más íntimos de la vida social. Por esa razón, muchos líderes religiosos evitaban cuidadosamente relacionarse con personas consideradas pecadoras, impuras o indignas. Temían contaminar su reputación o comprometer su imagen pública.

  Lo sorprendente es que quien se sentaba voluntariamente con aquellas personas rechazadas era el mismo que había declarado: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). El mismo que afirmaba haber sido enviado por Dios. El mismo que hablaba con una autoridad que asombraba tanto a amigos como a enemigos. Mientras otros levantaban barreras, Jesús construía puentes. Mientras otros señalaban a las personas desde la distancia, Él se acercaba para conocerlas.

     Imagínese por un momento lo que esto debió producir en el corazón de los discípulos. Una y otra vez vieron cómo Jesús dedicaba tiempo a personas que la sociedad despreciaba. Recaudadores de impuestos, hombres y mujeres con mala reputación, personas rechazadas por la comunidad y consideradas indignas por muchos de sus contemporáneos. Aquellos discípulos estaban aprendiendo algo fundamental acerca de su Maestro: la compasión de Jesús era tan extraordinaria como las afirmaciones que hacía acerca de sí mismo.

  Cada vez que Jesús se sentaba a la mesa con estas personas, enviaba una señal poderosa. No estaba allí para humillarlas públicamente, ni para recordarles constantemente sus errores, ni para condenarlas sin esperanza. Su presencia comunicaba algo muy diferente. Les estaba mostrando que todavía existía un camino de regreso, una oportunidad para cambiar y una puerta abierta hacia una vida diferente. Jesús no aprobaba todo lo que hacían, pero tampoco permitía que sus errores definieran para siempre quiénes eran.

  Aquellas comidas debieron sorprender profundamente a los discípulos. Ellos crecieron en una cultura donde muchas personas pensaban que la santidad consistía en mantenerse alejados de ciertos individuos. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. Sin comprometer sus convicciones, se acercaba a quienes más necesitaban escuchar la verdad. No los buscaba para participar de su pecado, sino para ofrecerles una alternativa mejor. No llegaba para destruirlos con condenación, sino para invitarlos a una transformación.

  De alguna manera, cada una de aquellas comidas transmitía el mismo mensaje: “Si ustedes desean acercarse a Dios, Dios está dispuesto a acercarse a ustedes”. Jesús les mostraba que no tenían que permanecer para siempre en la condición en la que se encontraban. Había esperanza. Había perdón. Había una nueva dirección para sus vidas.

  Y quizás esa sea una de las razones por las cuales tantas personas se sintieron atraídas hacia Él. Porque mientras otros solamente veían pecadores, Jesús veía seres humanos. Mientras otros veían el pasado, Jesús veía el potencial. Mientras otros levantaban muros, Jesús tendía la mano.

  La imagen puede mostrarnos una comida compartida alrededor de una mesa. Pero cuando entendemos lo que estaba ocurriendo, descubrimos algo mucho más profundo. Descubrimos a un hombre que afirmaba venir de Dios y que utilizaba cada encuentro para comunicar una verdad extraordinaria: nadie estaba tan lejos como para no poder acercarse, y nadie estaba tan perdido como para quedar fuera del alcance de su invitación.

  Esta verdad continúa siendo tan impactante hoy como lo fue hace dos mil años. Vivimos en un mundo donde muchas personas cargan con culpa, vergüenza, rechazo o la sensación de no ser suficientemente buenas. Algunos sienten que sus errores son demasiado grandes. Otros creen que Dios no tendría ningún interés en ellos. Algunos incluso han llegado a la conclusión de que ya es demasiado tarde para acercarse a Él.

  Sin embargo, cuando observamos a Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores, descubrimos una realidad diferente. Descubrimos a alguien que no huía de las personas rotas, sino que las buscaba. A alguien que no esperaba que cambiaran primero para acercarse a ellas, sino que se acercaba a ellas para transformar sus vidas.

  Por eso, cuando contemple una pintura como esta, no vea solamente una comida. Vea una invitación. Porque si Jesús es realmente quien dijo ser, entonces esta escena nos recuerda que ninguna persona queda fuera de su interés. No importa quién sea usted. No importa cuál haya sido su historia. No importa cuántos errores haya cometido ni cuántas decepciones cargue sobre sus hombros.

  El mismo Jesús que compartió la mesa con los rechazados del siglo primero sigue siendo presentado por los Evangelios como alguien dispuesto a acercarse a las personas. Y quizás la pregunta más importante no sea si Él estaría dispuesto a sentarse a la mesa con usted. La verdadera pregunta es si usted estaría dispuesto a sentarse a la mesa con Él.

  Lo mismo ocurre con las representaciones de Jesús tocando a los leprosos. La mayoría de las imágenes muestran simplemente una mano extendida. Sin embargo, detrás de ese gesto existía una realidad impactante. Los leprosos eran aislados de la sociedad, evitados por todos y considerados impuros. Acercarse a ellos implicaba exponerse al rechazo social y religioso. Sin embargo, Jesús no solamente les habló; los tocó. Y quien realizaba ese acto era el mismo que había declarado: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Los discípulos no estaban viendo únicamente un acto de compasión humana. Estaban observando a alguien que afirmaba poseer autoridad sobre la vida misma y que utilizaba esa autoridad para acercarse a los más olvidados de la sociedad.

  Quizás por eso los Evangelios dedican tan poco espacio a describir el aspecto físico de Jesús. No sabemos con certeza el color de sus ojos, la forma exacta de su rostro o muchos detalles de su apariencia. En cambio, conocemos cómo trató a las personas, cómo reaccionó ante la injusticia, cómo respondió al sufrimiento humano, cómo enfrentó la oposición y cómo vivió cada día de su ministerio. Los autores bíblicos parecían estar convencidos de que conocer el corazón de Cristo era mucho más importante que conocer los detalles de su apariencia física.

  Y tal vez ahí se encuentra una de las lecciones más importantes para nosotros. Una pintura puede conmovernos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena. Pero ninguna imagen puede reemplazar el conocimiento de la persona que está detrás de ella. Lo que transforma al ser humano no es simplemente contemplar una representación de Jesús, sino comprender quién decía ser, por qué actuaba como actuaba y qué estaba intentando enseñar a través de cada una de sus acciones.

  Por esa razón, cada vez que observemos una pintura o una representación artística de Cristo, quizá la pregunta más importante no sea: «¿Así se veía Jesús?». Tal vez la pregunta correcta sea: «¿Qué me revela esta escena acerca de su carácter, de sus enseñanzas y de la clase de persona que afirmó ser?». Porque al final, el verdadero descubrimiento no consiste en reconstruir su rostro, sino en conocer su corazón.

  Y quizás aquí llegamos a una de las conclusiones más importantes de todo este recorrido. Una pintura puede inspirarnos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena ocurrida hace dos mil años. Pero ninguna de ellas puede reemplazar el conocimiento personal de la persona que representan. Después de todo, nadie llega a conocer verdaderamente a otro ser humano simplemente observando una fotografía. Lo conocemos cuando entendemos sus pensamientos, sus valores, sus motivaciones, sus palabras y las decisiones que toma cuando enfrenta los desafíos de la vida.

  Lo mismo ocurre con Jesucristo. Mientras más comprendemos las razones detrás de sus acciones, las costumbres culturales de la época en que vivió, la forma en que trataba a las personas y las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo, más comienza a desvanecerse nuestra preocupación por los detalles de su apariencia física. Poco a poco descubrimos que existe algo mucho más fascinante que tratar de imaginar el color de sus ojos o los rasgos exactos de su rostro. Descubrimos la extraordinaria profundidad de su carácter.

  De hecho, llega un momento en que la imagen pierde protagonismo y la persona ocupa su lugar. Lo que antes era una pintura se convierte en una historia. Lo que antes era una escena se convierte en una lección. Lo que antes era una representación artística se transforma en una ventana que nos permite comprender mejor quién era realmente Jesús.

  Y esto nos conduce naturalmente a una pregunta que ha despertado mi curiosidad durante muchos años. Si las imágenes, las tradiciones y las interpretaciones culturales no son suficientes para conocer plenamente a Jesucristo, entonces ¿es posible acercarnos a Él de una manera más profunda? ¿Podemos conocerlo como lo conocieron aquellos hombres y mujeres que caminaron a su lado? ¿Es posible ver a Jesús más allá de los siglos de arte, tradición y cultura que se han acumulado alrededor de su figura?

  Esa será precisamente la pregunta que exploraremos en la siguiente serie de artículos. Juntos emprenderemos un viaje para descubrir si todavía es posible conocer a Jesús de una manera semejante a como lo conocieron los discípulos del siglo primero. Y si la respuesta es sí, quizá descubramos que el Jesús real es aún más extraordinario de lo que cualquier pintura, escultura o representación artística ha logrado expresar.

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