3. La lepra: vivir muerto entre los vivos

Por el Dr. Elio M Rivera

  En los tiempos de Jesucristo, pocas enfermedades producían tanto temor como la lepra. Para muchas personas, escuchar esa palabra era prácticamente escuchar una sentencia de muerte. La lepra no solo destruía el cuerpo poco a poco; destruía también la vida social, la familia, la dignidad y la esperanza de quien la padecía. Un leproso no era visto únicamente como alguien enfermo. Era considerado impuro, peligroso y separado de la comunidad.

  En aquella cultura, la lepra representaba algo más profundo que el sufrimiento físico. Significaba aislamiento. Significaba vivir lejos de la sociedad, sin abrazar a la familia, sin participar de la vida religiosa y muchas veces dependiendo únicamente de la caridad para sobrevivir. Era como estar vivo físicamente… pero muerto para el resto del mundo.

  La Ley establecía reglas estrictas respecto a quienes padecían enfermedades consideradas leprosas. El libro de Levítico dice:

“Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada.” — Levítico 13:45-46 (RVR1960)

  Imagine el peso emocional de esas palabras. El leproso debía anunciar públicamente su condición. Debía advertir a otros de su presencia. Muchas veces, al acercarse a un camino o a una aldea, tenía que gritar: “¡Inmundo! ¡Inmundo!”, para que las personas se apartaran. El miedo al contagio era enorme, y la reacción natural de la gente era alejarse.

  Algunos vivían en pequeños grupos o campamentos fuera de las ciudades, sobreviviendo entre cuevas, chozas improvisadas o lugares abandonados. Otros vagaban cerca de los caminos esperando misericordia de viajeros que quizá les dejaran comida a la distancia. La soledad era brutal. Muchos llevaban años sin tocar a otra persona. Sin abrazar a sus hijos. Sin entrar a una casa. Sin participar de una comida familiar.

  Además, algunas formas avanzadas de lepra producían deformidades visibles. La piel podía llenarse de llagas y ulceraciones. Los nervios podían dañarse hasta causar pérdida de sensibilidad. Algunas personas perdían dedos, movilidad o partes del rostro debido al deterioro progresivo de la enfermedad. El aspecto físico de muchos enfermos causaba miedo inmediato en quienes los observaban.

  Por eso, cuando los Evangelios mencionan leprosos acercándose a Jesús, debemos entender el enorme impacto emocional y social de esos momentos. Aquellos hombres no solo cargaban enfermedad; cargaban rechazo, vergüenza y años de aislamiento.

  Uno de los encuentros más conmovedores aparece en el Evangelio de Mateo:

“Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.” — Mateo 8:2 (RVR1960)

  Ese hombre probablemente estaba acostumbrado a que todos retrocedieran al verlo. Acostumbrado a las miradas de miedo. Acostumbrado a ser evitado. Pero entonces ocurrió algo extraordinario.

“Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.” — Mateo 8:3 (RVR1960)

  Muchas veces leemos ese pasaje demasiado rápido y olvidamos la fuerza de una sola palabra: “le tocó”.

  Jesús pudo haberlo sanado solamente hablando. Ya había hecho milagros con Su palabra. Pero decidió tocarlo.

  Tal vez aquel hombre llevaba años sin sentir el contacto humano. Años sin que alguien se acercara lo suficiente para poner una mano sobre su hombro. Años viviendo como rechazado por la sociedad. Y de pronto, el Hijo de Dios no retrocedió ante su dolor.

  Ese toque debió quebrar algo dentro de él.

  Cristo no solo sanó su piel. Restauró su humanidad.

  Otro episodio impactante aparece cuando diez leprosos se encontraron con Jesús mientras entraba en una aldea. La Escritura dice:

“Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos.” — Lucas 17:12 (RVR1960)

  Ellos se quedaron “de lejos” porque esa era la distancia a la que estaban acostumbrados a vivir. Eran hombres separados del resto de la sociedad. Pero clamaron diciendo:

“¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” — Lucas 17:13 (RVR1960)

  Jesús los sanó, y mientras iban en el camino quedaron limpios. Sin embargo, solo uno regresó para agradecerle. Entonces Cristo preguntó:

“¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” — Lucas 17:17 (RVR1960)

  Aquella escena no solo habla de gratitud. También revela el nivel de desesperación de quienes sufrían lepra. Recuperar la salud significaba recuperar la vida. Significaba volver a casa. Volver a abrazar hijos. Volver a entrar a la ciudad. Volver a ser aceptados.

  Por eso la lepra se convirtió también en una imagen espiritual del pecado en muchas enseñanzas bíblicas. Así como la lepra aislaba, destruía y contaminaba, el pecado separa al ser humano de Dios y produce muerte interior. Sin embargo, Jesucristo vino precisamente a acercarse a quienes todos rechazaban.

  Los leprosos corrían hacia Él porque descubrían algo que no encontraban en ninguna otra parte: misericordia.

  Mientras muchos retrocedían ante el dolor humano, Jesús se acercaba.

  Mientras otros gritaban “¡Inmundo!”, Cristo extendía la mano.

  Mientras la sociedad veía hombres condenados, Jesús veía personas que todavía podían ser restauradas.

“Y recorrió Jesús toda Galilea… sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.” — Mateo 4:23 (RVR1960)

  Tal vez una de las razones por las que las multitudes seguían tanto a Jesucristo era porque, en un mundo donde muchos eran rechazados y olvidados, Él todavía estaba dispuesto a tocar a los quebrantados.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.