1. El Jesús del arte y el Jesús de los Evangelios

Por: Dr. Elio M. Rivera

  Si realmente deseamos llegar a una conclusión honesta acerca de la persona de Jesucristo, debemos estar dispuestos a hacer algo que no siempre resulta fácil: examinar nuestras ideas preconcebidas y preguntarnos de dónde provienen. Después de todo, es imposible investigar objetivamente a una persona si antes hemos decidido quién creemos que es.

  La mayoría de nosotros hemos recibido una imagen de Jesús mucho antes de comenzar a estudiar seriamente su vida. Esa imagen puede haber llegado a través de nuestra familia, de nuestra cultura, de nuestra educación religiosa, de películas, libros, sermones, tradiciones o incluso de obras de arte. Con frecuencia creemos que conocemos a Jesús, cuando en realidad conocemos la versión de Jesús que nos fue presentada por otras personas.

  Esto no significa que todas esas influencias sean incorrectas. Significa simplemente que debemos distinguir entre lo que sabemos porque la evidencia lo respalda y lo que asumimos porque lo hemos escuchado repetidamente. Si queremos conocer al Jesús real, debemos estar dispuestos a separar los hechos históricos de las interpretaciones culturales que se han acumulado alrededor de su figura durante siglos.

  Existe algo que me llama profundamente la atención cuando observo la historia del cristianismo. Ninguna otra persona ha sido pintada, esculpida, dibujada, representada o imaginada tantas veces como Jesucristo. Durante más de dos mil años, hombres y mujeres de prácticamente todas las culturas han intentado responder una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad es muy profunda: ¿cómo era Jesús?

  Ahora bien, aunque estas representaciones que los artistas ha hecho acerca de Jesucristo han influido enormemente en la forma en que millones de personas se lo imaginan, surge una pregunta inevitable: ¿cuánto de ese Jesús que vemos en pinturas, esculturas e ilustraciones proviene realmente de los Evangelios y cuánto proviene de la imaginación, la cultura y las tradiciones de quienes lo representaron?

     Este tema es importante porque las imágenes tienen poder. Con frecuencia moldean nuestra percepción de una persona mucho más rápido que los libros, los documentos históricos o una investigación cuidadosa. Después de ver una misma representación durante años, es natural que terminemos asociándola con la persona real.

  Sin embargo, esto no significa que exista algo malo en las representaciones artísticas de Jesucristo. Los seres humanos somos profundamente visuales. Nos ayudan las imágenes, las ilustraciones y las representaciones para relacionarnos con personas, lugares y acontecimientos que ocurrieron hace mucho tiempo. De hecho, yo mismo utilizo imágenes de Jesús en Cristopedia y en el Museo La Vida y Obra de Jesucristo precisamente porque facilitan la comprensión y ayudan a acercar la historia al lector.

  El verdadero asunto no es si debemos utilizar imágenes o no. La pregunta más importante es otra: ¿qué tan bien conocemos a la persona que esas imágenes intentan representar?

  A lo largo de la historia, artistas de prácticamente todas las culturas han intentado responder esa pregunta. Los europeos lo representaron según sus propias referencias culturales. Los artistas africanos hicieron algo semejante. Lo mismo ocurrió en Asia, América Latina y en muchas otras regiones del mundo. Como resultado, han surgido miles de representaciones diferentes de Jesucristo, cada una intentando reflejar algo de cómo sus creadores lo comprendían o imaginaban.

  Lejos de ser un problema, este fenómeno revela algo profundamente humano. Cuando intentamos comprender a una persona, solemos hacerlo a través de los elementos que conocemos mejor. Cada generación ha procurado acercar la figura de Jesús a las personas de su tiempo utilizando el lenguaje, el arte y las referencias culturales que tenía a su disposición.

  Pero todo esto nos conduce a una reflexión interesante. Si existen tantas maneras distintas de imaginar a Jesús, entonces quizá la pregunta más importante no sea cómo lucía externamente, sino quién era realmente.

  Y aquí encontramos algo fascinante. Los Evangelios muestran muy poco interés en describir detalladamente la apariencia física de Jesús. No nos dicen el color de sus ojos, la forma de su rostro ni muchos de los detalles que normalmente esperaríamos encontrar en una biografía moderna. En cambio, dedican una enorme cantidad de espacio a mostrarnos cómo trataba a las personas, cómo reaccionaba ante la injusticia, cómo respondía a sus enemigos, cómo enseñaba, cómo amaba y cómo vivía.

  Es como si los autores de los Evangelios quisieran dirigir nuestra atención hacia aquello que consideraban verdaderamente importante. No tanto la apariencia externa del Maestro, sino la profundidad de su carácter, la naturaleza de sus enseñanzas y el impacto de sus acciones.

  Quizá el verdadero desafío no consiste en descubrir exactamente cómo se veía Jesús, sino en comprender quién era realmente. Porque al final, una persona no transforma el mundo por los rasgos de su rostro, sino por la fuerza de sus palabras, la integridad de su carácter y las decisiones que toma a lo largo de su vida.

  Por esa razón, en las próximas páginas no intentaremos reconstruir simplemente el aspecto físico de Jesús. Intentaremos algo mucho más importante: acercarnos a la persona que caminó por Galilea, escuchar sus palabras, observar sus acciones y descubrir por qué, dos mil años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.

  Sin embargo, antes de emprender ese recorrido, debemos detenernos a considerar una posibilidad que quizá resulte incómoda, pero que merece ser examinada con honestidad.

  ¿Y si algunas de las ideas que tenemos acerca de Jesús no provienen realmente de los Evangelios? ¿Y si ciertas imágenes, conceptos o impresiones que damos por sentados fueron moldeados más por la cultura, las tradiciones, las opiniones de otras personas o las expresiones artísticas que por los documentos que narran su vida?

  No hay nada malo en aprender de quienes nos precedieron. Todos comenzamos nuestro conocimiento de la historia a través de lo que otros nos enseñan. El problema surge cuando dejamos de verificar por nosotros mismos si aquello que hemos recibido corresponde realmente a los hechos.

  A lo largo de la historia, muchas personas han descubierto que algunas de sus ideas acerca de Jesús eran correctas, mientras que otras necesitaban ser revisadas. Yo mismo tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y sospecho que todos nosotros, sin excepción, llevamos ciertas imágenes mentales de Cristo que merecen ser examinadas más de cerca.

  La buena noticia es que no tenemos que depender únicamente de lo que otros imaginaron, pintaron o dijeron acerca de Él. Podemos volver a las fuentes y permitir que los propios documentos históricos hablen por sí mismos.

  Y precisamente ahí es donde comenzaremos nuestro siguiente paso.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.