Por el Dr. Elio M. Rivera
El Pozo de Jacob se encuentra en lo que antiguamente fue Samaria, una región que hoy forma parte de la ciudad de Nablus. Desde que supe de la existencia de aquel lugar nació en mi corazón el deseo de visitarlo. Durante años había leído el relato de Jesús y la mujer samaritana, pero anhelaba estar allí, contemplar con mis propios ojos el escenario donde ocurrió uno de los encuentros más extraordinarios registrados en los Evangelios.
Finalmente, durante mi quinto viaje a Tierra Santa, decidimos incluirlo en nuestro itinerario. Aquella mañana salimos temprano y llenos de entusiasmo. Nuestro plan era visitar primero el Pozo de Jacob y después dirigirnos hacia Hebrón. Me acompañaban el pastor Santiago, el pastor Hugo, mi querido amigo de toda la vida Juan José y René, un buen amigo regiomontano. Mientras avanzábamos por los caminos de Samaria, la emoción crecía dentro de mí. Sabía que estaba a punto de conocer uno de los lugares que más había deseado visitar.

El Pozo de Jacob se encuentra hoy dentro de la Iglesia Ortodoxa Griega de Santa Fotina la Samaritana, en Nablus, antigua Samaria.
Cuando llegamos a la iglesia que protege el antiguo pozo, la impresión fue inmediata. Aquel no era simplemente un sitio arqueológico. Era el lugar donde el Hijo de Dios se había sentado cansado del camino, donde había pedido agua a una mujer samaritana y donde una conversación aparentemente sencilla terminó transformando una vida para siempre. Mientras observaba aquel lugar, mi imaginación viajaba dos mil años atrás. Podía imaginar a Jesús llegando después de una larga caminata, cubierto por el polvo de los caminos de Samaria, buscando un poco de descanso junto al antiguo pozo cavado por Jacob.

El pozo que excavo jacob
A medida que contemplaba aquel sitio, algo difícil de describir ocurrió en mi interior. De alguna manera me conecté con Jacob y con los patriarcas. Pensaba que ellos habían estado allí. Habían caminado por aquellos mismos senderos, cavado aquel pozo y sacado agua de sus profundidades. Por un momento sentí que la barrera del tiempo se había derribado y que estaba mucho más cerca de ellos de lo que jamás había imaginado.
Pero no solo me sentí cerca de Jacob. También me sentí cerca de Jesucristo y de la mujer samaritana. El relato que había leído tantas veces parecía desarrollarse delante de mis ojos. Podía imaginar al Señor sentado junto al pozo, cansado del camino, iniciando aquella conversación que transformó para siempre la vida de una mujer y que terminó impactando a toda una ciudad.

El pozo de Jacob en la ciudad de Nablus
Uno de los momentos más especiales ocurrió cuando Juan José decidió beber del agua del pozo. Todavía corre agua en su interior y podíamos escucharla. Mientras observaba aquella escena comprendí algo que nunca había entendido de la misma manera. Recordé las palabras de Jesús acerca de los ríos de agua viva. De pronto aquella expresión adquirió una nueva dimensión para mí. El agua viva no era agua estancada; era agua que corre, que fluye, que trae vida y frescura. Mientras escuchaba el sonido del agua en las profundidades del pozo, aquellas palabras del Maestro cobraron vida de una forma que jamás olvidaré.
Permanecí varios minutos contemplando aquel lugar. Mi corazón estaba lleno de gratitud y asombro. Había viajado miles de kilómetros para visitar un antiguo pozo, pero terminé encontrándome con algo mucho más grande: una conexión profunda con la historia bíblica, con los patriarcas, con la mujer samaritana y, sobre todo, con Jesucristo. Allí comprendí una vez más que el Señor no vino solamente para enseñar multitudes o confrontar líderes religiosos. También vino a buscar personas heridas, confundidas y sedientas de esperanza.
Al despedirme del Pozo de Jacob comprendí que nunca volvería a leer Juan capítulo cuatro de la misma manera. Aquel sitio quedó grabado para siempre en mi memoria. Había viajado para conocer un pozo antiguo, pero regresé con una comprensión mucho más profunda del amor de Cristo, un Salvador que sigue buscando a las personas junto a los pozos de la vida para ofrecerles el agua que jamás se acaba. El Pozo de Jacob quedó profundamente grabado en mi corazón y se convirtió en uno de esos lugares donde la Biblia dejó de ser solamente un libro para convertirse en una realidad que podía ver, escuchar y casi tocar con mis propias manos.
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