Por el Dr. Elio M. Rivera
Después de nuestra visita a la Tumba del Huerto, continuamos recorriendo algunos de los lugares más importantes de Jerusalén. Han pasado varios años desde aquel viaje y debo admitir que ya no recuerdo con exactitud el orden de cada visita. Sin embargo, hay experiencias que jamás se borran de la memoria, y una de ellas fue mi llegada al Jardín de Getsemaní.

En la fotografía aparece un servidor recorriendo el Valle de Cedrón camino al Jardín de Getsemaní. Durante el trayecto pudimos contemplar el tradicional Monumento de Absalón, uno de los lugares más emblemáticos de Jerusalén y testigo silencioso de siglos de historia bíblica.
Mientras el autobús avanzaba por las calles de Jerusalén, nuestro guía nos iba señalando diversos lugares relacionados con la historia bíblica. Nos mostró el Valle de Hinom, cuyas imágenes evocaban antiguas advertencias proféticas. También vimos el Monumento de Absalón, silencioso testigo de siglos de historia. Más adelante nos señalaron el Campo del Alfarero, tradicionalmente asociado con el lugar donde Judas terminó sus días después de haber traicionado al Maestro.
Yo apenas podía permanecer sentado.
Miraba por la ventana como un niño que descubre un mundo nuevo. Cada rincón despertaba mi imaginación. Por alguna extraña razón, no estaba viendo simplemente ruinas, monumentos o paisajes. En mi mente aquellos lugares parecían cobrar vida. Era como si por momentos pudiera ver las escenas de los Evangelios desarrollándose delante de mis ojos.
Pocos minutos después llegamos a nuestro destino.

La Iglesia de Todas las Naciones, también conocida como la Basílica de la Agonía, se encuentra al pie del Monte de los Olivos, junto al Jardín de Getsemaní.
Descendimos del autobús y caminamos hacia la Iglesia de Todas las Naciones, construida junto al lugar tradicionalmente identificado como el Jardín de Getsemaní.

La Roca de Getsemaní en la Iglesia de Todas las Naciones. Según la tradición cristiana, este es el lugar donde Jesucristo pasó algunas de las horas más intensas de su vida terrenal, orando al Padre antes de ser arrestado.
Lo que encontré allí me dejó sin palabras.
Al entrar en el santuario, mis ojos fueron atraídos inmediatamente hacia una gran roca situada frente al altar.
Era la roca que la tradición cristiana asocia con el lugar donde Jesús agonizó en oración aquella noche decisiva.
Me acerqué lentamente.
Tomé fotografías desde todos los ángulos posibles.
La contemplé durante largos minutos.
Y mientras la observaba, una sola idea dominaba mis pensamientos.
Allí comenzó mi redención.
Fue en aquel lugar donde Jesucristo enfrentó la batalla más intensa de su vida terrenal. Fue allí donde el peso del pecado del mundo comenzó a caer sobre sus hombros. Fue allí donde contempló la copa que habría de beber. Fue allí donde pudo haber dicho: “No quiero continuar”.
Pero no lo hizo.
Permaneció.
Luchó.
Oró.
Y decidió seguir adelante.
Mientras contemplaba aquella roca pensaba en las palabras que tantas veces había leído:
”Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
De pronto comprendí algo que nunca había sentido con tanta intensidad.
La cruz no comenzó en el Calvario.
La cruz comenzó en Getsemaní.
Allí fue donde el Hijo de Dios decidió beber la copa de la ira divina que nosotros merecíamos.
Salí profundamente conmovido.
Pero aún había algo más que me esperaba.

Olivos milenarios de Getsemaní. Estos antiguos árboles de olivo se encuentran junto a la Iglesia de Todas las Naciones, en el tradicional Jardín de Getsemaní. Sus troncos retorcidos y centenarios evocan los acontecimientos de la noche en que Jesucristo oró antes de ser arrestado.
A un costado de la iglesia se encuentran algunos de los olivos más famosos del mundo. Nuestros guías nos explicaron que muchos especialistas consideran que aquellos árboles tienen una antigüedad extraordinaria y que algunos podrían ser descendientes directos de los olivos que existían en tiempos de Jesús.
Mi imaginación se desbordó.
Mientras caminaba entre ellos, mi corazón se enterneció de una manera difícil de explicar.
Sé que puede sonar extraño, pero por un momento quise convertirme en reportero de árboles.
Deseaba entrevistarlos.
Quería preguntarles qué habían visto.
Quería que me contaran cada detalle de aquella noche.
¿Qué ocurrió cuando Judas apareció entre las sombras?
¿Qué sintieron cuando escucharon el ruido de las armas acercándose?
¿Qué vieron cuando Jesús cayó de rodillas para orar?
¿Qué observaron cuando el sudor se mezcló con sangre?
¿Qué presenciaron cuando los discípulos huyeron?
¿Qué sintieron cuando el Maestro fue arrestado?
Aquellos árboles permanecían en silencio.
Pero mientras los contemplaba, parecía que cada uno guardaba recuerdos imposibles de describir.
Me acerqué a ellos.
Los toqué.
Y una oleada de emociones inundó mi corazón.
Años después, durante otra visita a Jerusalén, tuve la oportunidad de conocer también la cueva que muchos identifican como el lugar donde Jesús y sus discípulos acostumbraban reunirse y descansar durante sus visitas a Getsemaní.
Aquello añadió una nueva dimensión a mi comprensión del relato.
Probablemente fue allí donde los discípulos se quedaron dormidos.
Probablemente fue allí donde el Señor regresó una y otra vez para encontrarlos vencidos por el cansancio.
Y fue precisamente allí, en la hora más oscura de su vida, cuando aquellos hombres que tanto amaba no pudieron acompañarlo.
Sin embargo, aun sabiendo que sería abandonado.
Aun sabiendo que sería traicionado.
Aun sabiendo que sería golpeado, humillado y crucificado.
Jesús decidió permanecer.
Decidió beber la copa.
Decidió seguir adelante.
Por nosotros.
Cuando finalmente abandoné Getsemaní, comprendí que jamás volvería a leer aquellos capítulos de los Evangelios de la misma manera.
Había estado en el lugar donde comenzó la batalla final.
Había contemplado el escenario donde el Salvador decidió no retroceder.
Y mientras me alejaba, una verdad resonaba con fuerza en mi corazón:
La redención de la humanidad comenzó a asegurarse aquella noche, bajo la sombra silenciosa de los olivos de Getsemaní.
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