Cuando llegó el momento de abandonar Galilea, experimenté sentimientos encontrados. Por un lado, mi corazón rebosaba de gratitud. Durante varios días había caminado por lugares que durante años solamente habían existido en las páginas de mi Biblia. Había contemplado el Mar de Galilea, recorrido Capernaúm, visitado los pueblos donde Jesús enseñó, sanó enfermos y llamó a sus discípulos. Sin embargo, mientras el autobús se alejaba de aquellas tierras, sentía que una parte de mi alma permanecía allí.
Debo confesar que me fui con cierta frustración. Quería quedarme más tiempo. Deseaba sentarme a la orilla del lago para meditar en silencio. Quería caminar una vez más por las calles de Capernaúm. Quería contemplar el amanecer sobre las aguas donde Pedro lanzó sus redes y dedicar más horas a reflexionar sobre todo lo que había visto. Mientras observaba por la ventana cómo Galilea quedaba atrás, hice una promesa silenciosa: algún día volvería.
Nuestro siguiente destino era Judea. Abandonamos la región norte y comenzamos a descender por el camino que conduce hacia Jericó. Poco a poco el paisaje comenzó a transformarse delante de nuestros ojos. Los campos verdes de Galilea fueron desapareciendo. Las colinas cubiertas de vegetación comenzaron a escasear. Primero apareció una especie de semidesierto. Después la tierra se volvió más árida. Los tonos verdes cedieron lugar a los colores ocres y amarillentos. Finalmente, para cuando nos acercábamos a Jericó, el desierto se había adueñado completamente del paisaje.

El desierto de Judea me mostró un rostro distinto de la Tierra Santa. Después de la frescura de Galilea, este paisaje árido y silencioso me recordó los caminos que recorrieron profetas, peregrinos y el mismo Jesús.
Mientras observaba aquellas extensiones áridas, no podía evitar pensar en los innumerables personajes bíblicos que recorrieron aquellos mismos caminos. Patriarcas, profetas, sacerdotes, peregrinos, reyes y ejércitos enteros habían pasado por aquellas tierras mucho antes que nosotros. La Biblia parecía desplegarse delante de mis ojos.

La ciudad de Jerico moderna y y en el fondo el monte de la tentación
Al llegar a Jericó tomamos el camino que asciende hacia Jerusalén. Fue entonces cuando ocurrió algo que me hizo comprender mejor varios relatos bíblicos. El camino realmente sube. Conforme avanzábamos, el terreno se elevaba constantemente entre montañas desérticas y profundas quebradas. De pronto recordé la parábola del Buen Samaritano.
Aquella historia dejó de ser una simple lectura para convertirse en una realidad visible. Ahora podía imaginar al hombre que descendía de Jerusalén a Jericó y caía en manos de ladrones. Podía imaginar al sacerdote y al levita recorriendo aquellas mismas rutas. Podía visualizar la soledad del camino, las montañas áridas que lo rodeaban y los numerosos lugares donde un viajero podía ser emboscado. Por primera vez comprendí la geografía detrás de la parábola.
Mientras más nos acercábamos a Jerusalén, más evidente se hacía la sensación de estar entrando en una región diferente. El paisaje, la historia y el significado espiritual de aquellas tierras parecían envolvernos poco a poco. Judea no era solamente otra etapa del viaje. Era la región donde se habían desarrollado algunos de los acontecimientos más trascendentales de toda la historia bíblica.

Vista de Jerusalén desde el Monte de los Olivos.
Y entonces, finalmente, apareció Jerusalén.
La ciudad ancestral. La ciudad de David. La ciudad de los profetas. La ciudad donde se levantó el Templo. La ciudad que fue testigo de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Mi corazón se llenó de emoción al pensar en los días que nos esperaban. Nuestra agenda incluía algunos de los lugares más importantes para cualquier persona que ama las Escrituras. Visitaríamos Getsemaní. Caminaríamos por el Monte de los Olivos. Descenderíamos al valle donde tantas veces caminó el Maestro. Conoceríamos la casa de Caifás. Contemplaríamos los lugares relacionados con las últimas horas de Jesús. Y, por supuesto, visitaríamos la tumba vacía, el lugar que proclama silenciosamente que la muerte fue vencida.
Aquella noche llegamos al hotel, cenamos y nos preparamos para descansar. Sin embargo, debo admitir que no fue fácil dormir. Mi mente repasaba una y otra vez todo lo que nos esperaba al día siguiente. Sentía la misma emoción que un peregrino experimenta cuando finalmente llega a la ciudad que ha anhelado conocer durante toda su vida.
Galilea había conquistado mi corazón.
Pero Judea estaba a punto de dejar una huella imborrable en mi alma.
Aquella mañana desperté con una emoción difícil de describir. Sabía que sería uno de los días más importantes de todo el viaje. Después de desayunar, nos reunimos para comenzar nuestra jornada. La agenda estaba llena de lugares que había soñado conocer durante años: la Tumba del Huerto, Getsemaní, el Muro de los Lamentos, el Estanque de Bethesda, el Monte de los Olivos y otros sitios profundamente ligados a la vida de Jesús.
Subimos al autobús y comenzamos a recorrer las calles de Jerusalén. Mientras avanzábamos, mi mente parecía la de un niño en la víspera de una gran aventura. Mil pensamientos corrían por mi cabeza. Durante años había leído aquellos relatos una y otra vez. Había predicado sobre ellos. Había enseñado acerca de ellos. Pero ahora estaba allí, a pocos minutos de contemplar con mis propios ojos uno de los lugares más significativos de toda la fe cristiana.
Finalmente llegamos.
Al descender del autobús y atravesar la entrada, quedé impresionado por la belleza y tranquilidad del lugar. Todo parecía invitar a la reflexión. Sin embargo, mis ojos buscaban algo más. A unos cuantos pasos podía verse la famosa Tumba del Huerto.
No pude evitarlo.
Comencé a caminar apresuradamente para llegar antes que la multitud. Quería tomar fotografías mientras el lugar aún estaba relativamente vacío. Sabía que miles de visitantes llegan allí cada año desde todos los rincones del mundo. Deseaba contemplarla durante unos momentos en silencio.
Cuando finalmente estuve frente a ella, me quedé inmóvil.
Allí estaba.
La tumba que muchos consideran el lugar más probable donde fue colocado el cuerpo de Jesús después de la crucifixión.

La tumba del huerto en Jerusalén, el lugar donde Cristo resucito.
Tomé fotografías. Observé cada detalle. Entré en la tumba. Recorrí lentamente su interior. Y aunque los arqueólogos continúan debatiendo algunos aspectos históricos relacionados con el lugar, para mí la experiencia iba mucho más allá de una discusión académica. Estaba contemplando un escenario que me transportaba directamente a los acontecimientos más importantes de los Evangelios.
Pero la experiencia aún no había terminado.

El Gólgota. En el centro de la imagen se puede ver claramente los ojos y la nariz de una calavera
Poco después nos llevaron a observar el monte que tradicionalmente se identifica con el Gólgota.
Cuando levanté la vista, mi corazón se aceleró.
Allí estaba.
La formación rocosa podía apreciarse claramente desde la propiedad de la Tumba del Huerto. Y lo que más me impresionó fue que la imagen de una calavera parecía surgir naturalmente de la montaña. Había visto fotografías antes, pero contemplarla personalmente fue completamente diferente.
Me quedé observando sin decir una palabra.
Sentí un profundo estremecimiento.
Pensé: “Ese fue el lugar donde mi Salvador fue crucificado. Allí levantaron la cruz. Allí derramó su sangre. Allí cargó el peso de nuestros pecados. Allí sufrió por nosotros. Allí murió para que nosotros pudiéramos vivir.”
Por un momento el ruido de las personas desapareció de mi mente. Todo parecía detenerse. Era como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Nos dieron tiempo para permanecer solos y reflexionar.
Debo confesar que me sentía como hechizado por aquellos lugares. No podía apartar la vista ni de la tumba ni del Gólgota. Había esperado toda una vida para estar allí y ahora me encontraba contemplando con mis propios ojos los escenarios asociados con la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Mientras observaba aquellos lugares, innumerables pasajes bíblicos comenzaron a desfilar por mi memoria. Las palabras de los Evangelios cobraban una nueva dimensión. Ya no eran solamente textos escritos sobre una página. Eran acontecimientos que habían ocurrido en lugares reales, visibles, tangibles.
Más tarde celebramos la Santa Cena.
Aquel momento fue especialmente conmovedor.
Cantamos himnos. Oramos. Reflexionamos sobre el sacrificio de Cristo. Y mientras participábamos del pan y de la copa, la cercanía de aquellos lugares hacía que todo pareciera aún más real.
No era difícil imaginar a José de Arimatea llevando el cuerpo de Jesús. No era difícil imaginar la piedra siendo colocada frente a la entrada. No era difícil imaginar a las mujeres llegando aquella mañana gloriosa y encontrando la tumba vacía.
En algún momento de aquella visita tomé una decisión silenciosa.
Me prometí que volvería.
Y gracias a Dios, con el paso de los años he tenido el privilegio de regresar varias veces.
Sin embargo, ninguna visita ha borrado la emoción de aquella primera vez.
Cuando finalmente abandonamos la Tumba del Huerto, mis sentimientos se desbordaban. Caminaba en silencio tratando de asimilar todo lo que había vivido.
No podía creerlo.
Después de tantos años leyendo los Evangelios, después de tantos años enseñando acerca de Jesús, había estado en el lugar donde fue crucificado y había contemplado la tumba que proclama al mundo entero la noticia más extraordinaria de la historia:
La tumba está vacía.
Cristo vive.
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Después de nuestra visita a la Tumba del Huerto, continuamos recorriendo algunos de los lugares más importantes de Jerusalén. Han pasado varios años desde aquel viaje y debo admitir que ya no recuerdo con exactitud el orden de cada visita. Sin embargo, hay experiencias que jamás se borran de la memoria, y una de ellas fue mi llegada al Jardín de Getsemaní.

En la fotografía aparece un servidor recorriendo el Valle de Cedrón camino al Jardín de Getsemaní. Durante el trayecto pudimos contemplar el tradicional Monumento de Absalón, uno de los lugares más emblemáticos de Jerusalén y testigo silencioso de siglos de historia bíblica.
Mientras el autobús avanzaba por las calles de Jerusalén, nuestro guía nos iba señalando diversos lugares relacionados con la historia bíblica. Nos mostró el Valle de Hinom, cuyas imágenes evocaban antiguas advertencias proféticas. También vimos el Monumento de Absalón, silencioso testigo de siglos de historia. Más adelante nos señalaron el Campo del Alfarero, tradicionalmente asociado con el lugar donde Judas terminó sus días después de haber traicionado al Maestro.
Yo apenas podía permanecer sentado.
Miraba por la ventana como un niño que descubre un mundo nuevo. Cada rincón despertaba mi imaginación. Por alguna extraña razón, no estaba viendo simplemente ruinas, monumentos o paisajes. En mi mente aquellos lugares parecían cobrar vida. Era como si por momentos pudiera ver las escenas de los Evangelios desarrollándose delante de mis ojos.
Pocos minutos después llegamos a nuestro destino.

La Iglesia de Todas las Naciones, también conocida como la Basílica de la Agonía, se encuentra al pie del Monte de los Olivos, junto al Jardín de Getsemaní.
Descendimos del autobús y caminamos hacia la Iglesia de Todas las Naciones, construida junto al lugar tradicionalmente identificado como el Jardín de Getsemaní.

La Roca de Getsemaní en la Iglesia de Todas las Naciones. Según la tradición cristiana, este es el lugar donde Jesucristo pasó algunas de las horas más intensas de su vida terrenal, orando al Padre antes de ser arrestado.
Lo que encontré allí me dejó sin palabras.
Al entrar en el santuario, mis ojos fueron atraídos inmediatamente hacia una gran roca situada frente al altar.
Era la roca que la tradición cristiana asocia con el lugar donde Jesús agonizó en oración aquella noche decisiva.
Me acerqué lentamente.
Tomé fotografías desde todos los ángulos posibles.
La contemplé durante largos minutos.
Y mientras la observaba, una sola idea dominaba mis pensamientos.
Allí comenzó mi redención.
Fue en aquel lugar donde Jesucristo enfrentó la batalla más intensa de su vida terrenal. Fue allí donde el peso del pecado del mundo comenzó a caer sobre sus hombros. Fue allí donde contempló la copa que habría de beber. Fue allí donde pudo haber dicho: “No quiero continuar”.
Pero no lo hizo.
Permaneció.
Luchó.
Oró.
Y decidió seguir adelante.
Mientras contemplaba aquella roca pensaba en las palabras que tantas veces había leído:
”Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
De pronto comprendí algo que nunca había sentido con tanta intensidad.
La cruz no comenzó en el Calvario.
La cruz comenzó en Getsemaní.
Allí fue donde el Hijo de Dios decidió beber la copa de la ira divina que nosotros merecíamos.
Salí profundamente conmovido.
Pero aún había algo más que me esperaba.

Olivos milenarios de Getsemaní. Estos antiguos árboles de olivo se encuentran junto a la Iglesia de Todas las Naciones, en el tradicional Jardín de Getsemaní. Sus troncos retorcidos y centenarios evocan los acontecimientos de la noche en que Jesucristo oró antes de ser arrestado.
A un costado de la iglesia se encuentran algunos de los olivos más famosos del mundo. Nuestros guías nos explicaron que muchos especialistas consideran que aquellos árboles tienen una antigüedad extraordinaria y que algunos podrían ser descendientes directos de los olivos que existían en tiempos de Jesús.
Mi imaginación se desbordó.
Mientras caminaba entre ellos, mi corazón se enterneció de una manera difícil de explicar.
Sé que puede sonar extraño, pero por un momento quise convertirme en reportero de árboles.
Deseaba entrevistarlos.
Quería preguntarles qué habían visto.
Quería que me contaran cada detalle de aquella noche.
¿Qué ocurrió cuando Judas apareció entre las sombras?
¿Qué sintieron cuando escucharon el ruido de las armas acercándose?
¿Qué vieron cuando Jesús cayó de rodillas para orar?
¿Qué observaron cuando el sudor se mezcló con sangre?
¿Qué presenciaron cuando los discípulos huyeron?
¿Qué sintieron cuando el Maestro fue arrestado?
Aquellos árboles permanecían en silencio.
Pero mientras los contemplaba, parecía que cada uno guardaba recuerdos imposibles de describir.
Me acerqué a ellos.
Los toqué.
Y una oleada de emociones inundó mi corazón.
Años después, durante otra visita a Jerusalén, tuve la oportunidad de conocer también la cueva que muchos identifican como el lugar donde Jesús y sus discípulos acostumbraban reunirse y descansar durante sus visitas a Getsemaní.
Aquello añadió una nueva dimensión a mi comprensión del relato.
Probablemente fue allí donde los discípulos se quedaron dormidos.
Probablemente fue allí donde el Señor regresó una y otra vez para encontrarlos vencidos por el cansancio.
Y fue precisamente allí, en la hora más oscura de su vida, cuando aquellos hombres que tanto amaba no pudieron acompañarlo.
Sin embargo, aun sabiendo que sería abandonado.
Aun sabiendo que sería traicionado.
Aun sabiendo que sería golpeado, humillado y crucificado.
Jesús decidió permanecer.
Decidió beber la copa.
Decidió seguir adelante.
Por nosotros.
Cuando finalmente abandoné Getsemaní, comprendí que jamás volvería a leer aquellos capítulos de los Evangelios de la misma manera.
Había estado en el lugar donde comenzó la batalla final.
Había contemplado el escenario donde el Salvador decidió no retroceder.
Y mientras me alejaba, una verdad resonaba con fuerza en mi corazón:
La redención de la humanidad comenzó a asegurarse aquella noche, bajo la sombra silenciosa de los olivos de Getsemaní.
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