Por el Dr. Elio M. Rivera
Pocas estructuras del cuerpo humano despiertan tanta admiración como el cerebro. Con un peso aproximado de apenas un kilogramo y medio, este extraordinario órgano controla prácticamente todas las funciones del organismo. Desde él se coordinan los movimientos del cuerpo, la respiración, el ritmo cardíaco, el equilibrio, el lenguaje, la memoria, el aprendizaje, las emociones, el razonamiento y la capacidad de tomar decisiones. Mientras leemos estas palabras, millones de procesos ocurren simultáneamente dentro de nuestro cerebro sin que seamos conscientes de ello.
A pesar de los enormes avances de la neurociencia, el cerebro continúa siendo uno de los mayores misterios de la biología. Cada nuevo descubrimiento revela una complejidad aún mayor. Los científicos han aprendido mucho acerca de su funcionamiento, pero todavía queda un largo camino por recorrer para comprender plenamente esta extraordinaria creación.

El cerebro humano, una maravilla creativa
La Biblia no utiliza términos como neuronas, sinapsis, neurotransmisores o corteza cerebral. Sin embargo, desde hace miles de años presenta al ser humano como una obra cuidadosamente diseñada por Dios.
“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.”
(Salmo 139:14)
Estas palabras parecen adquirir un significado aún más profundo cuando contemplamos la complejidad del cerebro. Cuanto más aprendemos acerca de este órgano, mayor es nuestro asombro. Su capacidad para recibir información, procesarla, almacenarla y utilizarla supera con creces cualquier sistema construido por el ser humano.
El cerebro recibe continuamente información procedente de los ojos, los oídos, el tacto, el gusto y el olfato. Analiza esos datos en fracciones de segundo, los compara con recuerdos almacenados durante años y produce respuestas apropiadas casi de manera instantánea. Gracias a él podemos reconocer un rostro conocido entre miles de personas, comprender un idioma, aprender nuevas habilidades, recordar acontecimientos de la infancia o planificar el futuro.
Todo esto ocurre mediante la actividad coordinada de miles de millones de neuronas que se comunican entre sí por medio de conexiones extraordinariamente complejas. Cada una de esas neuronas puede establecer miles de contactos con otras células nerviosas, formando una red cuya complejidad resulta difícil de imaginar.
Sin embargo, el cerebro no solo procesa información. También participa en la creatividad, la música, el arte, el pensamiento abstracto, la capacidad de amar, de tomar decisiones y de reflexionar acerca de nuestra propia existencia. Ninguna computadora construida hasta el día de hoy puede igualar la extraordinaria integración de todas estas funciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.”
(Isaías 55:8)
Aunque este pasaje habla principalmente de la infinita sabiduría de Dios, también nos recuerda que el ser humano fue creado con la extraordinaria capacidad de pensar, razonar y comprender. Nuestra inteligencia no es infinita como la de Dios, pero refleja, en cierta medida, que fuimos creados a su imagen.
Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos esta declaración:
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…”
(Génesis 1:27)
Ser creados a imagen de Dios no significa que compartamos su naturaleza divina, sino que fuimos dotados de capacidades únicas que nos distinguen del resto de la creación: razonar, comunicarnos mediante un lenguaje complejo, desarrollar cultura, ejercer dominio responsable sobre la creación, establecer relaciones personales y buscar conscientemente a nuestro Creador.
El cerebro desempeña un papel fundamental en muchas de estas capacidades. Gracias a él podemos estudiar el universo, desarrollar la ciencia, escribir libros, componer música, crear obras de arte y reflexionar acerca del sentido de la vida.
El libro de Proverbios afirma:
“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
(Proverbios 3:19)
El Dios que estableció el orden del universo también diseñó el órgano que permite al ser humano descubrir parte de ese orden. Existe una armonía extraordinaria entre la inteligencia del Creador y la capacidad intelectual que Él concedió al hombre.
Es interesante observar que cuanto más estudia la ciencia el cerebro, más compleja descubre su organización. Numerosos procesos ocurren de manera simultánea: percepción, memoria, aprendizaje, regulación hormonal, control muscular, equilibrio, emociones y pensamiento consciente. Todo ello funciona de manera integrada y coordinada.
La Biblia no pretende explicar estos mecanismos neurobiológicos. Esa tarea corresponde a la medicina y a la neurociencia. Las Escrituras responden otra pregunta: ¿quién dotó al ser humano de semejante capacidad?
El mismo Dios respondió esa pregunta cuando habló a Moisés:
“¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?”
(Éxodo 4:11)
Aunque el pasaje menciona principalmente los órganos relacionados con la comunicación y los sentidos, el principio es claro: Dios es el Autor del cuerpo humano y de las extraordinarias capacidades que posee.
Es importante señalar que la ciencia continúa investigando numerosos aspectos del cerebro que todavía permanecen sin respuesta. Nuestro propósito en este capítulo no consiste en resolver todos los debates científicos acerca de la conciencia, la mente o la inteligencia. Más bien, deseamos mostrar cómo la Biblia contempla al ser humano: como una obra maravillosa del Dios creador.
Cada recuerdo que conservamos, cada palabra que pronunciamos, cada decisión que tomamos y cada nuevo conocimiento que adquirimos dependen, en gran medida, del funcionamiento de este órgano extraordinario. Con frecuencia utilizamos nuestro cerebro sin detenernos a pensar en la inmensa complejidad que encierra.
Sin embargo, para las Escrituras, esa complejidad constituye una manifestación más de la sabiduría de Dios. El cerebro humano no solo nos permite comprender parte del universo; también nos capacita para reconocer al Creador del universo.
Quizá por ello el rey David, al contemplar la obra de Dios en el ser humano, exclamó lleno de asombro:
“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras.”
Y entre esas obras maravillosas sobresale el cerebro humano, una estructura cuya complejidad continúa sorprendiendo a la ciencia y que, desde la perspectiva bíblica, refleja una vez más la infinita sabiduría del Dios que hizo todas las cosas.
Referencias:
- Principles of Neural Science.
- Neuroscience
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