En el capítulo anterior expliqué por qué, para comenzar a comprender la cruz, tuve que regresar al principio.
Jesús dijo que había venido:
«a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).
Pero aquella declaración inevitablemente nos obliga a formular una pregunta:

El Eden, un lugar de extraordinaria belleza
¿Qué fue lo que se perdió?
Todavía no intentaremos responderla.
Sería demasiado pronto.
Primero necesitamos conocer aquello que existía antes de perderlo.
Necesitamos regresar al mundo de Adán y Eva.
Y para hacerlo comenzaremos por el lugar que Dios preparó para ellos:
el huerto de Edén.
Durante muchos años, cuando leía la historia de Génesis, mi imaginación construía una imagen bastante sencilla del Edén.
Pensaba en algo parecido a una enorme selva tropical.
Vegetación.
Animales.
Adán y Eva caminando entre ellos.
Un mundo hermoso, ciertamente, pero también un tanto salvaje y primitivo.
Nunca me había detenido realmente a preguntar:
¿Cómo era aquel lugar?
Y cuando finalmente lo hice descubrí algo que me sorprendió.
La Biblia proporciona más detalles de los que yo recordaba.
No nos permite reconstruir cada rincón del Edén.
No conocemos sus dimensiones.
No tenemos un mapa completo.
No sabemos cómo eran todas sus plantas ni podemos describir exactamente su paisaje.
Pero Génesis sí nos proporciona suficientes elementos para descubrir que aquello era mucho más que un terreno cubierto de vegetación. Mi libro original parte precisamente de esa diferencia entre la imagen de un lugar salvaje que yo tenía y un espacio deliberadamente preparado.
Así que hagamos algo sencillo.
Por un momento olvidemos las pinturas, las películas, las ilustraciones infantiles y aun nuestras propias imaginaciones.
Y permitamos que la Biblia nos muestre el Edén.

El Eden, un lugar hermoso para explorar
La primera información es extraordinariamente importante:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Observe la acción:
«plantó».
El huerto no aparece en la narración simplemente como un espacio silvestre al que Dios envió posteriormente al hombre.
La Escritura presenta a Dios preparándolo.
Eso cambia nuestra perspectiva.
Hay intención.
Hay propósito.
Hay preparación.
Dios había creado la Tierra, pero dentro de ella preparó un lugar particular y allí colocó al hombre.
La expresión me recuerda algo que ya hemos descubierto en nuestro recorrido.
Antes de crear al hombre, Dios había preparado un planeta donde pudiera vivir.
Ahora encontramos nuevamente el mismo patrón.
Primero prepara.
Después coloca allí a sus hijos.
Y cuando comenzamos a observar los detalles descubrimos que no estaba preparando simplemente un lugar donde pudieran sobrevivir.
Había pensado también en cómo sería vivir allí.
El siguiente versículo contiene un detalle que ya hemos mencionado anteriormente, pero que aquí adquiere importancia porque estamos reconstruyendo el escenario:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
El orden de las palabras siempre me ha parecido hermoso.
Los árboles eran:
«deliciosos a la vista».
Y además:
«buenos para comer».
Utilidad y belleza.
Alimento y deleite.
Dios pudo haber creado un sistema perfectamente funcional que alimentara al hombre sin producir ninguna sensación de belleza.
Pero el Edén no fue descrito así.
Había algo que mirar.
Algo que disfrutar.
Algo que comer.
La vegetación no solamente cumplía una función biológica.
También formaba parte de un escenario que la Escritura describe como agradable a los ojos.
Y esto nos permite comenzar a imaginar, sin necesidad de inventar, un lugar extraordinariamente rico.
Diversidad de árboles.
Vegetación.
Frutos.
Sombras.
Formas.
Texturas.
Colores.
Todo aquello que necesariamente acompaña a un lugar lleno de vida vegetal.
No sabemos exactamente qué especies había.
La Biblia no lo dice.
Pero sí sabemos que Dios consideró importante dejarnos dos características:
era hermoso y proporcionaba alimento.
Hay algo que debemos recordar.
Cuando posteriormente lleguemos al árbol de la ciencia del bien y del mal, nuestra atención se concentrará inevitablemente en aquello que Dios prohibió.
Pero si queremos ser justos con la narración, primero debemos observar todo lo que permitió.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Antes del:
«no comerás»
estuvo el:
«de todo árbol… podrás comer».
Eso cambia considerablemente la escena.
Muchas veces la historia del Edén se cuenta alrededor de un árbol prohibido.
Pero antes de llegar a ese árbol, Génesis quiere que veamos un huerto lleno de árboles disponibles.
La prohibición era una.
La provisión era abundante.
Y esto será importante cuando posteriormente tengamos que evaluar la acusación que la serpiente introducirá acerca del carácter de Dios.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora solamente observemos el escenario.
Adán y Eva no fueron colocados en un lugar de escasez.
Vivían rodeados de provisión.

Después Génesis nos proporciona un detalle geográfico sorprendentemente específico:
«Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos» (Génesis 2:10, RVR1960).
Había agua.
Y no se menciona incidentalmente.
El texto nos dice que aquel río regaba el huerto.
Después identifica cuatro brazos:
«El nombre del uno era Pisón…»
«El nombre del segundo río es Gihón…»
«Y el nombre del tercer río es Hidekel…»
«Y el cuarto río es el Eufrates» (Génesis 2:11-14, RVR1960).
No necesitamos resolver todavía dónde se encontraba geográficamente cada uno ni intentar colocar el Edén sobre un mapa moderno.
Eso nos desviaría de nuestro propósito.
Lo que quiero que observemos es algo mucho más sencillo:
el Edén tenía estructura.
Había un huerto.
Había un sistema de agua.
Había un río principal.
Había ramificaciones.
Había territorios identificables alrededor.
Aquello comienza a alejarse bastante de la imagen vaga de una selva primitiva que durante años existió en mi mente.
Génesis añade un detalle que muchas veces pasamos por alto.
Cuando describe la tierra de Havila, dice:
«donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice» (Génesis 2:11-12, RVR1960).
¿Por qué mencionar eso?
Si el único propósito del relato fuera decirnos que Adán tenía frutas para comer, estos detalles resultarían curiosos.
Oro.
Bedelio.
Ónice.
Recursos que no son necesarios simplemente para mantener a una persona respirando.
La Biblia no explica en este pasaje qué uso habrían tenido para ellos.
Y no quiero inventarlo.
Pero sí podemos afirmar que el mundo que rodeaba al hombre contenía riqueza material y recursos.
Mucho después, la Biblia utilizará oro y piedras preciosas en contextos relacionados con belleza, construcción y gloria.
Pero por ahora dejemos la pieza exactamente donde Génesis la coloca.
Dios había puesto al hombre en un mundo que no solamente tenía alimento y agua.
También contenía materiales valiosos esperando ser descubiertos.
Más adelante, cuando estudiemos la responsabilidad que Dios dio al hombre de sojuzgar la Tierra y señorear sobre ella, estos detalles adquirirán mayor importancia.
Por ahora no adelantemos ese capítulo.

El árbol del bien y del mal
Entre toda aquella vegetación, Génesis identifica específicamente dos árboles:
«también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Génesis 2:9, RVR1960).
Aquí nuestra historia comienza a adquirir una profundidad que todavía no podemos desarrollar.
Uno de ellos ya lo conocemos.
El árbol de la ciencia del bien y del mal terminará ocupando un lugar central en lo que ocurrió después.
Pero había otro:
el árbol de la vida.
Y este árbol es fascinante porque no desaparece simplemente de la historia bíblica.
Después de la caída volveremos a encontrarlo mencionado en Génesis:
«Ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre» (Génesis 3:22, RVR1960).
Y después sucede algo extraordinario.
Pasamos desde las primeras páginas de la Biblia hasta sus últimas páginas…
y el árbol vuelve a aparecer.
Jesucristo dice en Apocalipsis:
«Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).
Y al final de Apocalipsis encontramos:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida…» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Esto me parece extraordinario.
La Biblia comienza con un río y un árbol de la vida.
Y termina mostrándonos nuevamente un río y el árbol de la vida.
Algo conecta el principio con el final.
En mi libro anterior ya me llamó profundamente la atención esta relación entre el árbol de la vida del Edén y el árbol que reaparece en el «paraíso de Dios».
Pero no intentemos resolverlo todo aquí.
Tendremos un capítulo específico para estudiar el árbol de la vida.
Por ahora solamente quiero que el lector lo vea allí.
En medio de aquel mundo.
Esperándonos.
Aquí aparece una pregunta que tendremos que investigar en el siguiente capítulo.
Durante mucho tiempo imaginé el Edén como un lugar esencialmente silvestre.
Pero ahora empiezo a preguntarme si esa imagen es demasiado pequeña.
Génesis presenta un lugar preparado.
Regado.
Con abundante vegetación.
Con recursos.
Con límites y territorios identificables.
Y, sobre todo, con la presencia de elementos que reaparecerán sorprendentemente al final de la Biblia.
Apocalipsis nos mostrará una ciudad.
Un río.
El árbol de la vida.
Y una humanidad restaurada.
¿Existe alguna relación entre aquello que aparece al final y lo que existió al principio?
Es una pregunta legítima.
Pero no la responderemos todavía.
La investigaremos.
Porque si Apocalipsis habla de la restauración de aquello que el pecado destruyó, entonces quizá sus últimas páginas puedan ayudarnos a comprender mejor algunas de las primeras.
Pero tendremos que avanzar con cuidado.
No queremos convertir nuestras posibilidades en doctrina.
Queremos permitir que la Biblia vaya colocando las piezas.
Hay todavía algo que debemos observar.
El huerto era extraordinario.
Pero Dios había dado al hombre una comisión que iba mucho más allá de sus límites:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Eso significa que el Edén era el hogar inicial del hombre, pero la mirada de Dios alcanzaba toda la Tierra.
Había un mundo por llenar.
Había una creación sobre la cual el hombre tendría responsabilidad.
Había un proyecto que apenas comenzaba.
Más adelante estudiaremos esto con detenimiento porque es fundamental para comprender quiénes eran Adán y Eva.
Habían sido creados para gobernar.
No como propietarios independientes de Dios.
Sino como seres hechos a su imagen, colocados dentro de su creación y encargados de ejercer sobre ella una autoridad que procedía del propio Creador.
Por eso no debemos imaginar el Edén como una especie de resort celestial donde dos personas pasarían la eternidad comiendo frutas y contemplando animales.
Había belleza.
Había disfrute.
Pero también había propósito.
Había trabajo.
Había aprendizaje.
Había responsabilidad.
Había futuro.
Todo eso lo iremos descubriendo poco a poco.
Y ahora quiero regresar solamente por un instante a la pregunta con la que comenzamos.
Jesucristo dijo:
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).
Todavía no sabemos completamente qué significa:
«lo que se había perdido».
Pero después de contemplar el Edén comenzamos a comprender que la respuesta difícilmente puede reducirse a:
«Adán y Eva perdieron un jardín».
Había algo mucho mayor.
Había vida.
Había abundancia.
Había propósito.
Había una Tierra preparada.
Había un futuro.
Había acceso al árbol de la vida.
Y había una relación con Dios que todavía no había sido quebrantada.
No adelantemos la historia.
Todavía estamos contemplando el mundo antes de perderlo.
Pero guardemos una imagen.
Miles de años después, mientras Jesucristo estaba muriendo en una cruz, un hombre crucificado a su lado le dijo:
«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42, RVR1960).
Y Jesús respondió:
«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960).
No quiero construir todavía toda una doctrina alrededor de esa palabra.
Pero tampoco quiero pasarla por alto.
El hombre está muriendo.
Cristo está muriendo.
Y en medio de aquella escena aparece una palabra que nos obliga a recordar todo lo que estamos estudiando:
«paraíso».
Mucho después, el mismo Cristo resucitado hablará en Apocalipsis del:
«árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).
Huerto.
Árbol de la vida.
Paraíso.
Cruz.
Restauración.
Todavía no sabemos cómo encajan todas las piezas.
No quiero que lo sepamos todavía.
Quiero que avancemos con la historia.
Pero ahora comenzamos a sospechar algo:
para comprender qué vino Cristo a recuperar, primero tendremos que comprender mucho mejor aquello que Dios había preparado al principio.
Nuestro propósito en esta serie no es solamente reconstruir un lugar desaparecido.
Estamos observando las acciones de Dios para descubrir cómo es Él.
Y el Edén comienza a decirnos algo.
Dios prepara.
Dios provee.
Dios aprecia la belleza.
Dios da abundantemente.
Dios crea con propósito.
Dios no colocó a sus hijos en un mundo vacío y les ordenó que encontraran la manera de sobrevivir.
Preparó antes de colocar.
Y además dejó delante de ellos un futuro.
Esto nos permite añadir una nueva pieza al retrato que estamos construyendo:
Dios no solamente da vida; prepara un lugar y un propósito para aquellos a quienes da vida.
Pero todavía hemos contemplado el Edén desde afuera.
Ahora necesitamos entrar un poco más.
Porque después de observar sus árboles, su río, sus recursos y el árbol de la vida, surge una pregunta que durante años jamás se me había ocurrido formular:
¿Era el Edén realmente solamente un huerto?
Eso será lo siguiente que tendremos que investigar.
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En el capítulo anterior comenzamos a contemplar el lugar que Dios había preparado para Adán y Eva.
Había belleza.
Había abundancia.
Había un río.
Había árboles.
Había recursos.
Había el árbol de la vida.
Pero mientras fui estudiando las Escrituras, comencé a preguntarme si durante años había reducido demasiado el escenario.
¿Era el Edén solamente un huerto?
¿O había allí mucho más de lo que normalmente imaginamos?
La Biblia no dice en una sola frase:
«El huerto estaba dentro de una ciudad de Dios».
Pero la Biblia sí nos permite conectar piezas.
Y una de las claves para hacerlo se encuentra en una palabra que atraviesa todo el Nuevo Testamento:
Cuando hablamos de Jesucristo como Redentor, muchas veces pensamos solamente en el perdón de los pecados.
Y ciertamente el perdón es fundamental.
Pero la idea bíblica de redención es más amplia.
Redimir significa rescatar.
Recuperar.
Liberar.
Restituir aquello que había quedado bajo pérdida, esclavitud o condenación.
Pablo escribió:
«En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados» (Colosenses 1:14, RVR1960).
Y Pedro habló de:
«los tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hechos 3:21, RVR1960).
Observe esa expresión:
«restauración de todas las cosas».
Eso nos obliga a mirar nuevamente hacia Génesis.
Porque si Cristo vino a recuperar lo perdido, entonces necesitamos preguntarnos:
¿Qué perdió realmente el hombre?
Si solamente perdió inocencia, entonces la redención consistiría únicamente en perdonar culpa.
Pero si perdió mucho más…
entonces la obra de Cristo también tendrá que ser mucho mayor.
Cuando Adán y Eva fueron expulsados, no perdieron solamente acceso a un árbol.
Perdieron un entorno.
Perdieron una condición.
Perdieron acceso a la vida.
Perdieron la comunión abierta con Dios.
Perdieron una manera de habitar la Tierra bajo bendición.
Perdieron una relación intacta con la creación.
Y quedaron fuera del lugar donde Dios los había colocado.
Génesis dice:
«Y lo sacó Jehová del huerto del Edén…» (Génesis 3:23, RVR1960).
Y añade:
«Echó, pues, fuera al hombre…» (Génesis 3:24, RVR1960).
El lenguaje es de pérdida.
Había algo a lo que ya no podían entrar.
Algo que ya no podían disfrutar.
Algo que había quedado atrás.
Y si Cristo es Redentor, entonces tenemos derecho a preguntar:
¿vino solamente a perdonar lo que hicimos, o también a recuperar lo que perdimos?

El arbol de la vida en medio de la ciudad del huerto
Aquí aparece una de las conexiones más claras de toda la Biblia.
En Génesis encontramos:
«también el árbol de vida en medio del huerto» (Génesis 2:9, RVR1960).
Después de la caída, el acceso queda cerrado:
«para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis 3:24, RVR1960).
Pero al final de la Biblia Jesucristo dice:
«Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).
Esto es extraordinario.
Lo que se perdió en Génesis…
reaparece en la obra del Redentor.
El hombre pierde acceso al árbol de la vida.
Cristo promete devolver acceso al árbol de la vida.
Aquí la idea de restauración no necesita ser inventada.
Está delante de nosotros.
Pero Apocalipsis añade algo todavía más interesante.

Juan dice:«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).
Y continúa:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Ahora volvamos a Génesis.
Allí encontramos:
un río,
el árbol de la vida,
y el hombre viviendo dentro de aquel escenario.
En Apocalipsis encontramos:
un río,
el árbol de la vida,
la presencia de Dios,
y una ciudad.
No me parece razonable ignorar semejante paralelismo.

Una recreación artística que representa un ejemplo de como se vería la ciudad donde vivieron Adán y Eva.
Apocalipsis 21 dice:
«Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios…» (Apocalipsis 21:2, RVR1960).
Y entonces se escucha:
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).
Observe lo que aparece junto.
Ciudad.
Dios.
Hombres.
Comunión.
Morada.
Y después, en el siguiente capítulo:
río.
árbol de la vida.
trono.
presencia de Dios.
Entonces surge una pregunta legítima:
Si Apocalipsis está mostrándonos la restauración final de aquello que el pecado rompió, ¿puede esa ciudad ayudarnos a comprender mejor el escenario original?
Yo creo que sí.
No porque Génesis diga directamente:
«Adán vivía en la Nueva Jerusalén».
No lo dice.
Pero porque el Redentor nos está devolviendo elementos que existían antes de la caída y, en el escenario final, esos elementos aparecen relacionados con una ciudad.
Eso permite plantear seriamente que el huerto original no era necesariamente todo el escenario, sino parte de una realidad mucho mayor.
Aquí aparece otra pieza que para mí resulta particularmente significativa.
Jesucristo dijo:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14:2, RVR1960).
Observe cuidadosamente.
Jesús no dice solamente:
«voy a perdonar sus pecados».
Dice:
«voy… a preparar lugar para vosotros».
Y después:
«vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3, RVR1960).
Lugar.
Moradas.
Presencia.
Estar con Él.
Eso comienza a parecerse mucho a lo que el hombre perdió.
El pecado lo sacó del lugar donde estaba con Dios.
Cristo promete llevarnos nuevamente a estar donde Él está.
No estoy diciendo que Juan 14 sea una descripción directa del Edén.
Estoy diciendo algo más sencillo:
la redención de Cristo incluye recuperar hogar y presencia.
Y eso tiene una conexión evidente con la pérdida de Génesis.
El Edén estaba relacionado con el árbol de la vida.
La caída produjo muerte.
Y Jesucristo dijo:
«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).
Y también:
«Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25, RVR1960).
Apocalipsis termina declarando:
«Y ya no habrá muerte» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).
Otra vez encontramos restauración.
Lo que aparece después de la caída:
muerte,
desaparece al final de la obra redentora.
Y aquello que estaba presente desde el principio:
vida,
vuelve a ocupar el centro.
El hombre original vivía sin enemistad con Dios.
Después del pecado aparece miedo.
Adán dice:
«tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí» (Génesis 3:10, RVR1960).
La relación había cambiado.
Pero Jesucristo dice:
«La paz os dejo, mi paz os doy» (Juan 14:27, RVR1960).
Y Pablo escribe:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1, RVR1960).
Otra vez:
algo quebrantado…
y Cristo restaurándolo.
Después de la caída, la historia humana queda marcada por dolor, deterioro y muerte.
Pero cuando la redención llega a su consumación, Apocalipsis declara:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).
Y en relación con el árbol de la vida añade:
«y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
No quiero convertir esto en una promesa simplista de que todo creyente debe vivir actualmente sin enfermedad.
La Biblia no permite reducirlo de esa manera.
Pero sí podemos decir algo:
la obra final de Cristo apunta hacia una existencia donde enfermedad, dolor y muerte ya no tendrán la última palabra.
Eso es restauración.
Aquí debemos utilizar cuidadosamente la palabra prosperidad.
No estoy hablando de la idea de que todo creyente necesariamente tendrá riquezas económicas en esta vida.
Estoy hablando de algo mucho más grande.
El mundo final que describe Apocalipsis no es un mundo de escasez.
Hay río de vida.
Árbol de vida.
Fruto abundante.
Una ciudad descrita con oro y piedras preciosas.
Una humanidad sin maldición.
Apocalipsis dice:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Esa declaración es fundamental.
En Génesis 3 aparece la maldición.
En Apocalipsis 22:
«no habrá más maldición».
¿Puede haber una declaración de restauración más clara?
Lo que entró con la caída…
finalmente desaparece por completo.
Ahora regresemos a Ezequiel 28.
El profeta dice:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).
Y después:
«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios» (Ezequiel 28:14, RVR1960).

Representacion artistica del monte de Dios
Aquí aparecen juntos:
Edén.
Huerto de Dios.
Querubín.
Santo monte de Dios.
Piedras preciosas.
Esto hace difícil reducir Edén a una simple granja primitiva.
El escenario parece estar relacionado con una realidad de gobierno, gloria y presencia divina.
Y esto encaja perfectamente con algo que ya sabemos del hombre:
fue creado para gobernar.
Dios dijo:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Después añadió:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Así que tenemos:
un Rey,
un Reino,
un lugar donde Dios manifiesta su presencia,
y seres humanos creados para gobernar bajo Él.
Esto me parece mucho más coherente con un escenario organizado que con una imagen puramente salvaje del Edén.
Aquí quiero formular mi conclusión cuidadosamente.
Génesis no dice directamente:
«Había una ciudad en Edén».
Pero cuando conectamos toda la revelación bíblica encontramos:
en Génesis, un huerto, un río, el árbol de la vida y la presencia de Dios;
en Ezequiel, Edén, el huerto de Dios, el santo monte y un querubín;
en Apocalipsis, una ciudad, el trono de Dios, un río y el árbol de la vida;
y en Jesucristo, la promesa de moradas en la casa del Padre y de volver a estar con Él.
Además, la obra del Redentor consiste en recuperar aquello que el pecado destruyó.
Por eso, personalmente creo que la evidencia permite considerar con bastante seriedad que el huerto formaba parte de una realidad organizada mucho mayor, relacionada con el Reino y la morada de Dios, y posiblemente con una ciudad.
No presento esa frase como una cita de Génesis.
La presento como una conclusión nacida de conectar las piezas.
Y para mí, esas piezas encajan.
Aquí aparece algo que considero fundamental para interpretar el Edén.
Normalmente intentamos comprender Apocalipsis mirando hacia Génesis.
Pero también podemos hacer el recorrido contrario.
Podemos mirar las promesas del Redentor y preguntar:
¿Qué está restaurando?
Cristo promete:
vida.
paz.
moradas.
un Reino.
el árbol de la vida.
ausencia de maldición.
ausencia de muerte.
ausencia de dolor.
y estar nuevamente con Él.
Entonces comenzamos a comprender algo.
Tal vez muchas de esas promesas no son simplemente regalos desconectados entre sí.
Quizá forman parte de la reconstrucción de aquello que el hombre perdió.
Eso explicaría por qué el final de la Biblia se parece tanto al principio.
No porque la historia esté dando vueltas sin sentido.
Sino porque el Redentor está llevando la historia hacia la restauración.
Génesis comienza con Dios y el hombre juntos.
Apocalipsis termina con:
«Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).
Génesis tiene árbol de vida.
Apocalipsis tiene árbol de vida.
Génesis tiene río.
Apocalipsis tiene río.
Génesis termina cerrando el acceso al árbol.
Apocalipsis vuelve a abrirlo.
Génesis introduce la maldición.
Apocalipsis declara:
«no habrá más maldición».
Génesis introduce muerte.
Apocalipsis dice:
«ya no habrá muerte».
Eso no parece accidental.
Eso parece redención.
Eso parece restauración.
Ahora nuestro retrato adquiere una dimensión todavía mayor.
Dios no solamente crea.
Cuando aquello que ama se pierde, también restaura.
Y el Dios que restaura no parece conformarse con recuperar una pequeña parte.
La visión final de la Biblia habla de una restauración profunda:
vida recuperada.
presencia recuperada.
comunión recuperada.
acceso recuperado.
un lugar preparado.
un Reino.
una humanidad nuevamente con Dios.
Podemos entonces añadir una nueva característica fundamental:
Dios es Redentor.
Y esto cambia la manera en que miramos tanto Génesis como la cruz.
Porque quizá Cristo no vino solamente a perdonar a hombres culpables.
Vino también a recuperar hijos perdidos y devolverles aquello que el pecado les había arrebatado.
Todavía no desarrollaremos todo lo que esto significa.
Nos falta muchísimo.
Pero ahora podemos mirar el Edén de una manera diferente.
Tal vez el huerto era solamente una parte de un mundo mucho mayor.
Un mundo de presencia.
De gobierno.
De comunión.
De vida.
De hogar.
Y si queremos saber cuánto perdió el hombre…
quizá una de las mejores maneras de descubrirlo sea observar todo lo que Jesucristo promete devolverle.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
Mientras intentamos reconstruir el mundo en el que vivieron Adán y Eva, tenemos que desprendernos de una imagen que durante siglos ha dominado nuestra imaginación.
Dos seres humanos desnudos.
Una selva.
Árboles por todas partes.
Animales caminando entre ellos.
Y quizá Adán y Eva durmiendo debajo de un árbol, sobre la tierra o refugiándose en alguna cueva.
Pero ¿dice eso la Biblia?
No.
Génesis nunca dice que Adán viviera en una cueva.
Nunca dice que durmiera debajo de un árbol.
Nunca describe el Edén como una selva tropical desorganizada.
Al contrario.
Dice algo completamente diferente:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Dios plantó.
Hubo diseño.
Hubo selección.
Hubo planificación.
Hubo belleza.
Hubo horticultura.
Hubo un sistema de riego.
Hubo árboles escogidos por su belleza y utilidad.
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Un huerto no es una selva.
Una selva crece.
Un huerto se diseña.
Alguien decide dónde estarán los árboles.
Alguien organiza el espacio.
Alguien piensa en el agua.
Alguien piensa en los frutos.
Alguien piensa en la belleza.
Y en este caso, el jardinero era Dios.
Pero aun eso puede quedarse muy corto.
Porque quizá estamos contemplando el jardín sin mirar la casa del dueño.
Era el huerto de Dios

El Huerto, era el jardín de la casa de Dios
Ezequiel utiliza una expresión extraordinaria:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).
Era:
«el huerto de Dios».
Esto siempre me ha hecho pensar.
Normalmente un jardín está relacionado con la propiedad de su dueño.
Los grandes palacios de la historia han tenido jardines.
Las residencias reales han tenido parques, fuentes, árboles, caminos y lugares destinados al descanso y al disfrute.
¿Por qué?
Porque un jardín no existe únicamente para producir alimentos.
También puede ser una extensión de la casa.
Un lugar para caminar.
Conversar.
Contemplar.
Descansar.
Encontrarse.
Y entonces Génesis nos proporciona una escena que adquiere un significado completamente diferente:
«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).

Dios paseando por el huerto del Eden.
Dios estaba allí.
Adán conocía su voz.
Eva conocía su presencia.
Aquellos primeros seres humanos no conocieron a Dios únicamente como una voz distante procedente del cielo.
Vivían en un lugar donde la presencia de Dios formaba parte de su realidad.
Y eso cambia completamente nuestra comprensión del paraíso.
Pero ¿dónde vivía Dios?

Representación artística de los palacios de Dios.
Aquí es donde tenemos que utilizar toda la Biblia.
Génesis no se detiene a describirnos la residencia de Dios.
Pero eso no significa que el resto de las Escrituras guarde silencio.
La Biblia describe repetidamente a Dios como Rey.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmos 103:19, RVR1960).
Isaías recibió una visión:
«Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo» (Isaías 6:1, RVR1960).
Daniel vio:
«un Anciano de días»
sentado sobre un trono, rodeado por una escena de extraordinaria majestad (Daniel 7:9-10).
Juan también contempló el trono de Dios:
«Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado» (Apocalipsis 4:2, RVR1960).
Después describe piedras preciosas.
Un arco iris semejante a la esmeralda.
Voces.
Truenos.
Millones de criaturas sirviendo y adorando.
La imagen bíblica de Dios nunca es la de un monarca improvisado viviendo en un universo desorganizado.
Hay Reino.
Hay trono.
Hay gloria.
Hay orden.
Hay belleza.
Hay morada.
Y hay una ciudad.
Una ciudad cuyo arquitecto es Dios
Hebreos contiene una declaración extraordinaria.
Hablando de Abraham dice:
«Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10, RVR1960).
Detengámonos allí.
Arquitecto.
Constructor.
Dios.
Pensemos por un momento en lo que eso significa.
Los seres humanos hemos producido obras arquitectónicas capaces de dejarnos sin palabras.
Palacios.
Catedrales.
Puentes.
Jardines.
Ciudades enteras.
Y nosotros somos criaturas.
Entonces intento imaginar:
¿qué puede diseñar Dios?
El mismo Dios que diseñó una flor.
El mismo que produjo la complejidad del ojo.
El mismo que hizo montañas, océanos y estrellas.
El mismo cuya imaginación llenó la Tierra de colores, formas, aromas, sonidos y criaturas.
Ahora la Biblia lo llama:
«arquitecto y constructor»
de una ciudad.
¿Qué clase de ciudad puede diseñar semejante Arquitecto?
No necesitamos imaginar demasiado.
Porque Apocalipsis nos permite contemplarla.
Dios sí nos permitió mirar la ciudad
Juan escribe:
«Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios» (Apocalipsis 21:10, RVR1960).
Y entonces comienza a describirla.
«Teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal» (Apocalipsis 21:11, RVR1960).
Había un muro.
Había doce puertas.
Había fundamentos.
Había enormes dimensiones.
Había piedras preciosas.
Juan dice:
«El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio» (Apocalipsis 21:18, RVR1960).
Después describe los fundamentos adornados con piedras preciosas.
Jaspe.
Zafiro.
Ágata.
Esmeralda.
Ónice.
Cornalina.
Crisólito.
Berilo.
Topacio.
Crisopraso.
Jacinto.
Amatista.
Y añade:
«Las doce puertas eran doce perlas […] y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio» (Apocalipsis 21:21, RVR1960).
Así que no estamos hablando de un Dios indiferente a la arquitectura o a la belleza.
Todo lo contrario.
Cuando Dios permite que Juan contemple su ciudad, encuentra una belleza difícil de describir con palabras humanas.
Y dentro de aquella ciudad encontramos algo conocido
Después ocurre algo extraordinario.
Juan entra en el siguiente capítulo y escribe:
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).
Un río.
Y después:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Ahí está nuevamente.
El árbol de la vida.
El mismo elemento que encontramos en Génesis:
«también el árbol de vida en medio del huerto» (Génesis 2:9, RVR1960).
Y ahora descubrimos algo que considero fundamental para nuestra reconstrucción.
En Apocalipsis, el árbol de la vida está relacionado con la ciudad de Dios.
No aparece en una selva distante.
Está junto al río que procede del trono.
Está:
«en medio de la calle de la ciudad».
Entonces, cuando vuelvo a Génesis y encuentro el árbol de la vida dentro del huerto de Dios, ya no puedo imaginar aquel escenario de la misma manera.
¿Pudo el huerto estar relacionado con aquella ciudad?
Génesis no dice directamente:
«El huerto estaba dentro de la ciudad de Dios».
Eso debemos reconocerlo.
Pero la revelación bíblica nos proporciona piezas que permiten reconstruir un escenario mucho más amplio.
Tenemos:
el huerto de Dios;
la presencia de Dios;
el árbol de la vida;
un río;
el santo monte de Dios;
querubines;
oro;
piedras preciosas;
y seres humanos creados para gobernar.
Después, cuando la Biblia nos muestra la realidad gloriosa del Reino de Dios, volvemos a encontrar:
una ciudad;
el trono de Dios;
un río;
el árbol de la vida;
oro;
piedras preciosas;
seres celestiales;
y seres humanos reinando con Dios.
¿Podemos demostrar con un solo versículo que Adán podía caminar desde el huerto hasta una calle de aquella ciudad?
No.
Pero tampoco podemos ignorar la acumulación de información indirecta.
Y personalmente considero que las piezas apuntan hacia una conclusión fascinante:
Adán y Eva no fueron colocados en una selva primitiva alejados de la civilización de Dios. Vivían extraordinariamente cerca de la presencia, la morada y el gobierno de su Padre.
Quizá el huerto era el gran jardín de la ciudad
Permítame utilizar una comparación.
No como doctrina.
Solamente para visualizar la idea.
Nueva York es una enorme ciudad.
Edificios.
Calles.
Residencias.
Comercio.
Actividad.
Y en medio de ella existe un enorme espacio verde:
Central Park.
Un pulmón dentro de la ciudad.
Árboles.
Agua.
Senderos.
Jardines.
Espacios para caminar y disfrutar.
¿Pudo el huerto de Dios cumplir algo semejante dentro de aquella realidad original?
No puedo demostrar la distribución arquitectónica.
Pero ahora la imagen me resulta mucho más coherente.
Un magnífico jardín relacionado con la morada del Rey.
Un lugar donde el Padre podía encontrarse con sus hijos.
Un lugar de belleza.
De vida.
De trabajo.
De disfrute.
De comunión.
Y alrededor, no necesariamente una selva interminable, sino el Reino de un Dios cuya capacidad arquitectónica y creativa supera todo lo que nosotros podemos concebir.

El huerto pudo haber sido el central Park de la ciudad de Dios
¿Y dónde vivían Adán y Eva?
Génesis no describe sus habitaciones.
Pero tampoco dice que no las tuvieran.
Esto es importante.
Durante siglos hemos llenado el silencio bíblico con una imagen primitiva.
Pero esa imagen también es una interpretación.
¿Por qué imaginar a Adán y Eva durmiendo sobre la tierra?
¿Por qué suponer que vivían en una cueva?
¿Por qué asumir que no existían moradas?
Especialmente cuando Jesucristo describe la casa de su Padre diciendo:
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay» (Juan 14:2, RVR1960).
Y aquí aparece nuevamente el proyecto original.
Dios no había creado solamente a Adán y Eva.
Había ordenado:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Venía una familia enorme.
Generaciones.
Hijos.
Nietos.
Bisnietos.
Una humanidad que llenaría la Tierra.
¿Para qué tantas moradas en la casa del Padre?
La pregunta, por lo menos, merece hacerse.
Un Padre estaba formando una familia.
Y Jesucristo posteriormente describe precisamente una casa con:
«muchas moradas».
No afirmo que podamos identificar arquitectónicamente las moradas de Juan 14 con las habitaciones de Adán y Eva.
Pero el principio encaja extraordinariamente bien:
Dios prepara hogar para sus hijos.
Pablo contempló algo indescriptible
Pablo también recibió una experiencia extraordinaria.
Escribió acerca de un hombre que fue:
«arrebatado hasta el tercer cielo» (2 Corintios 12:2, RVR1960).
Después dice:
«fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:4, RVR1960).
Hay realidades que nuestras palabras simplemente no pueden describir adecuadamente.
Y Pablo escribió en otro lugar:
«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9, RVR1960).
El Dios que preparó el primer hogar del hombre es también el Dios que prepara aquello que todavía nos espera.
Y su capacidad para preparar excede nuestra imaginación.
«Estarás conmigo en el paraíso»
Entonces llegamos nuevamente a Jesucristo.
Mientras estaba muriendo en la cruz, el hombre crucificado a su lado le dijo:
«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42, RVR1960).
Y Jesús respondió:
«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960).
La palabra griega parádeisos está históricamente relacionada con la idea de un parque o jardín cercado, y la Septuaginta utiliza esa palabra para el jardín de Edén.
Pero para mí lo más hermoso de las palabras de Cristo no es:
«paraíso».
Es:
«conmigo».
Porque quizá allí encontramos la definición más profunda de todo lo que estamos estudiando.
¿Qué hacía del Edén un paraíso?
¿Los árboles?
Sí.
¿El río?
Sí.
¿La belleza?
Sí.
¿La abundancia?
Sí.
¿El árbol de la vida?
Por supuesto.
¿Una ciudad diseñada por Dios?
Extraordinario.
Pero había algo superior a todo eso:
Dios estaba allí.
El Padre podía estar cerca de sus hijos
Ahora la escena de Génesis 3:8 adquiere para mí una dimensión completamente diferente:
«oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto».
Imagine lo que significaba.
El Rey del universo no era para Adán un concepto teológico.
Era su Padre.
Su Creador.
Aquel que lo había formado.
Aquel que le había dado vida.
Aquel que le había preparado hogar.
Aquel que le había dado autoridad.
Aquel cuya voz podía reconocer.
El huerto podía ser el lugar donde el Padre dejaba el escenario de su gobierno para encontrarse con sus hijos.
Y Adán, después de sus responsabilidades, podía posiblemente retirarse a la morada que Dios hubiera preparado para él.
No puedo decir cómo era.
Pero tampoco necesito imaginarlo viviendo como un animal.
Era hijo.
Y su Padre era el Arquitecto.
¿Qué puede construir semejante Arquitecto?
Esta pregunta me sigue impresionando.
Mire una flor.
Mire una mariposa.
Mire un caballo.
Mire el océano.
Mire Saturno.
Mire una galaxia.
Y después recuerde:
el mismo Ser que diseñó todo eso es el arquitecto de la ciudad.
¿Qué clase de arquitectura puede producir una mente así?
¿Qué clase de jardines?
¿Qué clase de plazas?
¿Qué clase de viviendas?
¿Qué clase de belleza?
Juan intentó describir lo que vio y tuvo que hablar de oro semejante a vidrio, piedras preciosas, perlas, cristal, luz y gloria.
Y aun así probablemente estaba intentando describir realidades extraordinarias utilizando las limitadas palabras disponibles para un ser humano.
Por eso ya no puedo imaginar el mundo de Adán como un escenario rudimentario.
No encuentro fundamento bíblico para hacerlo.
Encuentro exactamente lo contrario:
orden, diseño, belleza, riqueza, arquitectura, gobierno, naturaleza, vida y presencia de Dios.
¿Qué aprendimos de Dios?
Pero no perdamos de vista nuestro propósito.
Esta serie no intenta principalmente descubrir cómo eran las casas del Edén.
Estamos intentando descubrir:
Y ahora tenemos nuevas piezas.
Dios no solamente crea.
Diseña.
Dios no solamente proporciona.
Embellece.
Dios no solamente gobierna.
Comparte su Reino.
Dios no solamente tiene una casa.
Prepara moradas para sus hijos.
Dios no solamente hizo al hombre y lo dejó viviendo lejos.
Quiso tenerlo cerca.
Y eso quizá sea lo más importante de todo este capítulo.
Podemos discutir cómo era la ciudad.
Podemos intentar imaginar sus edificios.
Podemos maravillarnos ante su oro.
Podemos estudiar sus piedras preciosas.
Podemos preguntarnos dónde estaban las moradas.
Pero todo eso era secundario frente al mayor privilegio que poseían Adán y Eva:
vivían cerca de su Padre.
Por eso las palabras que Jesucristo pronunció miles de años después me parecen cada vez más significativas:
«para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3, RVR1960).
Y después oró:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
Al principio:
Dios con sus hijos.
Al final:
Dios nuevamente con sus hijos.
Y en medio de ambas escenas…
está Cristo.
Todavía no llegaremos a la explicación.
Todavía falta demasiado por descubrir.
Pero ahora podemos comprender un poco mejor qué hacía del Edén un paraíso.
No era solamente el jardín.
No era solamente la ciudad.
No era solamente la vida sin enfermedad ni muerte.
No era solamente la abundancia.
Era la casa del Padre.
Y los hijos estaban en casa.
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