10. El Verbo se hizo carne

Dr. Elio M Rivera

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.»
Juan 1:1-3,14, RVR1960

 En el capítulo anterior contemplamos lo que estaba ocurriendo dentro del vientre de María.

 Pero ahora necesitamos cambiar por un momento nuestra perspectiva.

 Porque si observamos únicamente a María, podemos pensar que estamos contemplando el comienzo de un niño.

 Juan nos obliga a mirar mucho más atrás.

 Antes del vientre.

 Antes de Nazaret.

 Antes de Belén.

 Antes de Abraham.

 Antes de Adán.

 Antes de los ángeles.

 Antes de la primera partícula de materia.

 «En el principio era el Verbo».

 El que comenzaba a desarrollar un cuerpo humano dentro de María ya existía.

 Más todavía:

 «El Verbo era Dios».

 Y todavía más:

 «Todas las cosas por él fueron hechas».

 Por eso la encarnación contiene una paradoja que casi sobrepasa nuestra capacidad de comprenderla:

 el que había creado al ser humano estaba convirtiéndose en ser humano.

 No comenzó su existencia en María.

 El eterno entró en la existencia humana.

El imperio de la muerte parecía haber cerrado todas las salidas

 Para comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo debemos recordar el mundo al cual Cristo había decidido entrar.

 Adán había pecado.

 La muerte había entrado.

 Pablo lo explicaría posteriormente:

 «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…» (Romanos 5:12).

 La humanidad estaba atrapada en una condición terrible.

 El hombre pecaba.

 El pecado producía muerte.

 La muerte física terminaba alcanzando a todos.

 Y detrás de la muerte física permanecía todavía el problema mucho mayor de la separación eterna de Dios.

 El hombre no podía simplemente escapar.

 No podía regresar al Edén.

 No podía borrar su propia culpa.

 No podía hacerse santo mediante sus propios esfuerzos.

 No podía derrotar a la muerte porque él mismo estaba condenado a morir.

 Era el mundo que hemos llamado el Imperio de la muerte.

 Y desde nuestra perspectiva humana parecía no existir salida.

 Pero había algo que el hombre todavía no podía imaginar.

 Dios mismo entraría en el imperio.

Imaginemos por un momento la escena

 Lo que sigue no pretende describir un acontecimiento que la Biblia haya narrado.

 Es una reconstrucción literaria.

 La Escritura no nos cuenta una conversación entre el Hijo y el Espíritu Santo inmediatamente antes de la encarnación. Tampoco nos dice cómo reaccionaron los ángeles ni qué comprendió Satanás en aquel instante.

 Pero imaginemos la escena únicamente para intentar dimensionar una verdad que la Biblia sí declara:

 «Aquel Verbo fue hecho carne».

  «Aquel Verbo fue hecho carne».

Imaginemos el reino invisible.

 La rebelión humana llevaba generaciones produciendo sus consecuencias.

 Habían aparecido cementerios.

 Guerras.

 Enfermedad.

 Violencia.

 Lágrimas.

 Cuerpos envejeciendo.

 Madres enterrando hijos.

 Hijos enterrando padres.

 Reyes que también terminaban dentro de una tumba.

 Ricos y pobres.

 Fuertes y débiles.

 Todos terminaban encontrándose con el mismo enemigo.

 La muerte.

 Podemos imaginar al reino de las tinieblas contemplando una humanidad incapaz de liberarse.

 El hombre había pecado voluntariamente.

 La sentencia existía.

 La muerte continuaba avanzando.

 Generación después de generación descendía a la tumba.

 Parecía una prisión sin salida.

 Entonces ocurrió algo que ningún ser humano habría podido diseñar.

 El Hijo eterno se levantó para entrar personalmente en nuestra historia.

 No necesitamos imaginar que dejó de ser Dios.

 No dejó su divinidad.

 No dejó de ser quien eternamente era.

 Pero sí podemos contemplar lo que Pablo describiría siglos después:

 «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7).

 Imaginemos, entonces, utilizando el lenguaje de un palacio celestial, al Rey dejando atrás la manifestación visible de aquella gloria que le correspondía.

 La corona permanece como símbolo de quién es.

 El trono no deja de pertenecerle.

 Su divinidad no desaparece.

 Pero el Rey decide descender.

 Podemos imaginarlo contemplando por última vez aquella gloria antes de entrar en una experiencia completamente nueva.

 Y entonces, en nuestra reconstrucción literaria, vuelve su mirada hacia el Espíritu Santo.

 —El tiempo ha llegado.

 Nada más.

 No conocemos una conversación semejante.

 Pero conocemos la realidad que aquellas palabras imaginarias representan:

 «Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» (Gálatas 4:4).

 Y en la tierra, una joven llamada María continúa con su vida.

 No hay ejércitos esperando.

 No hay sacerdotes reunidos.

 Roma no ha recibido ninguna notificación.

 César no sabe nada.

 Herodes no sabe nada.

 Satanás no recibe un anuncio explicándole el plan.

 Nazaret continúa siendo Nazaret.

 Y entonces sucede.

 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).

 En un instante que ningún ojo humano pudo contemplar, comienza el milagro.

 El Creador entra en la humanidad que había creado.

 El que hizo el cuerpo humano comienza a poseer un cuerpo humano.

 El que diseñó la célula entra en una existencia humana que comienza microscópicamente.

 El que creó el vientre materno acepta habitar dentro de uno.

 El que sostiene el universo acepta ser llevado dentro del cuerpo de una joven.

 El inmenso entra en lo pequeño.

 El eterno entra en el tiempo.

 El invisible se prepara para hacerse visible.

 El Creador entra en su creación.

 El Verbo se hace carne.

¿Qué habrán contemplado los ángeles?

 La Biblia no nos dice cómo reaccionaron los ángeles en el instante de la concepción.

 Pero sabemos que estaban profundamente relacionados con los acontecimientos de la encarnación.

 Gabriel había llevado el anuncio a María.

 Un ángel explicaría el misterio a José.

 Los ángeles anunciarían el nacimiento a los pastores.

 Y una multitud de las huestes celestiales terminaría proclamando:

 «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14).

 Por eso podemos hacernos una pregunta sin pretender responderla como si fuera revelación:

 ¿Qué significó para los ángeles contemplar que su Creador entraba en la condición humana?

 Ellos lo habían conocido en gloria.

 Habían contemplado su autoridad.

 Habían servido delante de Dios.

 Y ahora el Hijo estaba entrando en una criatura que no solamente era inferior a los ángeles en poder, sino que pertenecía a una raza rebelde.

 No venía para rescatar ángeles.

 Hebreos lo expresa de manera sorprendente:

 «Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham» (Hebreos 2:16).

 Venía por nosotros.

 Los rebeldes.

 Los culpables.

 Los que habíamos destruido tantas cosas que Él había declarado buenas.

 Y el Creador decidió hacerse uno de nosotros para rescatarnos.

El reino de las tinieblas había cometido un error de cálculo

 Aquí podemos contemplar otra dimensión extraordinaria.

 Satanás conocía la muerte.

 La había visto avanzar desde Adán.

 Había contemplado generaciones desaparecer.

 Pero el plan de Dios contenía algo que la sabiduría de este mundo no había comprendido plenamente.

 Pablo escribiría:

 «La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria» (1 Corintios 2:8).

 El reino de las tinieblas podía contemplar a un niño vulnerable.

 Después contemplaría a un hombre perseguido.

 Finalmente contemplaría a Jesús clavado en una cruz.

 Y quizá aquello parecería la victoria definitiva.

 El Hijo de Dios había entrado en el territorio donde todos los hombres terminaban derrotados.

 La muerte.

 Pero allí estaba precisamente el secreto.

 Jesús no había venido para evitar la muerte.

 Había venido para entrar en ella.

 Hebreos explica:

 «Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15).

 ¡Qué estrategia tan extraordinaria!

 El hombre estaba atrapado porque moría.

 Y Dios decidió vencer a la muerte muriendo.

 El enemigo podía conducir al hombre hasta la tumba.

 Entonces el Hijo de Dios entraría voluntariamente en una tumba.

 Pero había algo que la muerte nunca había enfrentado:

 la Vida misma.

Para morir primero tenía que hacerse hombre

 Ahora comprendemos por qué Juan 1:14 es mucho más que una hermosa descripción navideña.

 «Aquel Verbo fue hecho carne».

 Sin encarnación no habría cuerpo que pudiera ser clavado.

 Sin encarnación no habría sangre que pudiera derramarse.

 Sin encarnación no habría muerte.

 Sin muerte no habría sepultura.

 Y sin entrar en el territorio de la muerte no habría victoria sobre ella mediante la resurrección.

 Belén y el Calvario están conectados.

 El vientre y la tumba forman parte de la misma misión.

 El cuerpo que comenzaba a desarrollarse dentro de María era el cuerpo que un día sería entregado.

 El corazón humano que comenzaría a latir sería un día detenido por la muerte.

 La sangre que comenzaría a circular sería un día derramada.

 Las pequeñas manos que se formarían dentro del vientre serían un día atravesadas.

 Los pies que comenzarían a desarrollarse caminarían por Galilea y finalmente serían llevados hasta el Calvario.

 El Verbo se hizo carne porque había decidido entregar esa carne por nosotros.

No envió solamente ayuda; vino Él

 Tal vez ésta sea una de las revelaciones más profundas acerca del carácter de Dios.

 Podía enviar ángeles.

 Y los envió.

 Podía enviar profetas.

 Y los envió.

 Podía enviar mensajes.

 Y los envió.

 Podía entregar leyes.

 Y las entregó.

 Pero finalmente hizo algo incomparablemente mayor.

 Vino Él.

 Juan no escribió:

 «El Verbo envió instrucciones».

 Escribió:

 «El Verbo fue hecho carne».

 El rescate no sería ejecutado a distancia.

 El Rey entraría personalmente en el territorio ocupado.

 El Pastor entraría a buscar las ovejas.

 El Creador entraría en su creación.

 La Vida entraría en el imperio de la muerte.

Y nadie en la tierra escuchó el estruendo

 Quizá ésta sea una de las paradojas más hermosas de toda la historia.

 Algo que transformaría la eternidad humana comenzó en silencio.

 No temblaron públicamente los palacios.

 Roma continuó gobernando.

 Los comerciantes continuaron vendiendo.

 Los soldados continuaron marchando.

 Los sacerdotes continuaron con sus actividades.

 La gente continuó despertándose, trabajando, comiendo y durmiendo.

 Nadie vio ejércitos celestiales atravesar las calles.

 Nadie escuchó una trompeta anunciando que el Creador había entrado en su creación.

 Solamente María llevaba dentro de sí el secreto.

 Pero desde aquel momento el Imperio de la muerte tenía un invasor.

 Todavía faltaban meses para Belén.

 Décadas para el Calvario.

 Tres días para que la tumba descubriera, finalmente, lo que había entrado en nuestro mundo.

 La muerte pensaría que había recibido otra víctima.

 Pero aquel que había entrado en ella no era simplemente otro hijo de Adán.

 Era el Señor de la vida.

 Y todo había comenzado cuando ocurrió aquello que ningún hombre podía hacer por sí mismo:

 el eterno entró en el tiempo.

 El Creador entró en la creación.

 La Vida entró en el territorio de la muerte.

 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.