09. «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es»

Dr. Elio M Rivera

«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
Mateo 1:20, RVR1960

 Hemos abierto un paréntesis necesario.

 Antes de continuar hacia Belén, seguimos por un momento las consecuencias que aquel embarazo tendría dentro de la familia. Vimos a María aceptar algo cuyo costo todavía no podía medir. Vimos a José descubrir un embarazo que no podía comprender, pensar en separarse y finalmente decidir recibir a María después de que Dios le revelara la verdad. Incluso miramos hacia adelante y descubrimos que, años después, los propios hermanos de Jesús llegarían a atravesar un período en el que «ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).

 Todo aquello nos permitió contemplar lo difícil que podía resultar recibir a Jesús incluso para quienes estaban más cerca de Él.

 Pero ahora debemos regresar.

 Regresar antes de sus hermanos.

 Antes de Nazaret.

 Antes de Belén.

 Antes incluso de que José decidiera recibir a María.

 Tenemos que regresar al momento en que solamente existía una joven que había recibido un anuncio extraordinario, un hombre que todavía intentaba comprender lo sucedido y una explicación que parecía humanamente imposible.

 Porque detrás de todas aquellas preguntas familiares había una pregunta mucho mayor:

 El bebe de María había sido engendrado por el Espíritu Santo

¿Qué estaba ocurriendo realmente dentro del vientre de María?

 Gabriel se lo había explicado a ella:

 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).

 Y cuando José estuvo a punto de retirarse porque no comprendía lo sucedido, el ángel se lo explicó también a él:

 «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).

 Dos personas recibieron la explicación desde perspectivas diferentes.

 María necesitaba saber cómo ocurriría.

 José necesitaba saber qué había ocurrido.

 Y a ambos Dios les proporcionó esencialmente la misma respuesta:

 aquel embarazo tenía su origen en una intervención del Espíritu Santo.

No comenzó en Belén

 Cuando contemplamos un nacimiento, normalmente pensamos que allí comenzó una vida.

 Pero con Jesucristo existe una diferencia fundamental.

 Jesús no comenzó a existir cuando nació en Belén.

 Tampoco comenzó a existir cuando fue concebido en el vientre de María.

 La serie anterior nos llevó precisamente hasta esa verdad.

 Antes de Abraham, Él era.

 Antes de David, Él era.

 Antes de Adán, Él era.

 Antes de que existiera el mundo, Él estaba con el Padre.

 Juan lo expresaría de una manera extraordinaria:

 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).

 Por eso, cuando llegamos al vientre de María, no estamos contemplando el comienzo de la existencia del Hijo de Dios.

 Estamos contemplando el comienzo de su vida humana.

 El que ya existía estaba entrando en una condición que antes no había tenido.

 El eterno estaba haciéndose hombre.

«¿Cómo será esto?»

 María entendió inmediatamente que existía un problema humano con el anuncio de Gabriel.

 El ángel le había dicho:

 «Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).

 María respondió:

 «¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).

 La pregunta es extraordinariamente importante.

 María sabía cómo comienza normalmente un embarazo.

 Y sabía que aquello no había ocurrido en ella.

 Gabriel no le respondió que tendría primero relaciones con José.

 No le dijo que esperara hasta después del matrimonio.

 Le respondió:

 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).

 La iniciativa no procedería de un hombre.

 Procedería de Dios.

 Eso es lo que posteriormente José también tendría que comprender.

 Mateo lo declara con enorme claridad:

 «Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).

 Y nuevamente:

 «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).

 La concepción virginal no aparece como un detalle secundario de la historia.

 Mateo y Lucas la colocan directamente en el origen de la vida humana de Jesús.

El Hijo de Dios aceptó comenzar nuestra experiencia humana desde dentro

 Aquí aparece algo que fácilmente podemos pasar por alto.

 Dios podía haber enviado a Cristo al mundo de muchas maneras imaginables.

 Jesús podría haber aparecido repentinamente como un hombre adulto.

 Podría haber descendido visiblemente del cielo delante de Jerusalén.

 Podría haber llegado rodeado de ángeles y manifestando inmediatamente su gloria.

 Pero no ocurrió así.

 Entró en nuestra humanidad desde dentro.

 Fue concebido.

 Permaneció en el vientre de una mujer.

 Su cuerpo humano comenzó a desarrollarse.

 Pasaría por las etapas propias de la gestación humana.

 Nacería.

 Necesitaría ser alimentado.

 Sería cargado.

 Dormiría.

 Crecería.

 Aprendería a caminar.

 Aprendería dentro de una familia humana.

 El Creador no contempló nuestra existencia únicamente desde afuera.

 Entró en ella.

 Y comenzó donde nosotros comenzamos: en el vientre de una madre.

Verdaderamente humano

 Esto es fundamental.

 Jesús no utilizó simplemente un cuerpo humano como quien utiliza una vestidura.

 No parecía hombre.

 Se hizo hombre.

 Juan escribiría:

 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

 Hebreos explicaría:

 «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).

 Carne.

 Sangre.

 Un cuerpo verdadero.

 Una humanidad verdadera.

 El niño que comenzaba a desarrollarse dentro de María no era una aparición.

 No era un espíritu fingiendo tener cuerpo.

 Era realmente humano.

 Esto tendría consecuencias enormes.

 Porque aquel cuerpo podría sentir hambre.

 Podría sentir cansancio.

 Podría experimentar dolor.

 Podría sangrar.

 Y finalmente podría morir.

 La encarnación hizo posible que el Hijo eterno entrara verdaderamente en nuestra condición humana.

Pero algo era diferente

 Sin embargo, Gabriel añadió unas palabras que no debemos pasar por alto:

 «Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).

 Santo Ser.

 No solamente niño.

 No solamente descendiente de David.

 No solamente hijo de María.

 Santo.

 La humanidad que Cristo asumía era verdadera, pero Él no venía como otro pecador que necesitara ser rescatado.

 La Escritura posteriormente sería enfática acerca de esto.

 Jesús fue:

 «Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).

 Pedro escribiría:

 «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).

 Y Pablo afirmaría:

 «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Corintios 5:21).

 Aquí debemos ser cuidadosos.

 La Biblia no explica la concepción virginal mediante un mecanismo genético de transmisión del pecado, ni afirma que la naturaleza pecaminosa se transmita exclusivamente a través del padre.

 Lo que sí declara claramente es algo suficiente y extraordinario:

 Jesús nació verdaderamente humano y verdaderamente santo.

 Era uno de nosotros en humanidad.

 Pero no era uno de nosotros en pecado.

Tenía que ser verdaderamente hombre

 ¿Por qué era tan importante que entrara realmente en nuestra humanidad?

 Porque había venido a rescatarnos desde nuestra propia condición.

 Hebreos dice:

 «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (Hebreos 2:17).

 Pablo establece además una relación extraordinaria entre Adán y Cristo.

 «Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Corintios 15:21).

 Y posteriormente:

 «Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45).

 El rescate del hombre requería que Cristo entrara verdaderamente en nuestra humanidad.

 No vino simplemente a hablarnos desde el cielo.

 No vino únicamente a enviarnos instrucciones.

 Vino a ponerse en nuestro lugar.

 Para morir como hombre tenía que hacerse hombre.

 Para derramar sangre tenía que poseer sangre.

 Para experimentar nuestra condición tenía que participar de carne y sangre.

 Para representarnos tenía que entrar verdaderamente en nuestra humanidad.

 Y eso estaba comenzando dentro de María.

Pero el Salvador no podía necesitar un salvador

 Aquí aparece la otra parte del misterio.

 La humanidad necesitaba redención precisamente porque estaba bajo pecado.

 Pablo lo resume:

 «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).

 Si Cristo hubiera sido simplemente otro hombre pecador, tendría el mismo problema que aquellos a quienes venía a rescatar.

 Un culpable no podía cargar eficazmente con la culpa de todos.

 Un pecador necesitaría primero salvación para sí mismo.

 Pero el ángel había anunciado antes de su nacimiento:

 «Santo Ser».

 Y posteriormente toda su vida confirmaría aquella declaración.

 Cristo podría acercarse al pecador sin participar de su pecado.

 Podría tocar al inmundo sin convertirse moralmente en inmundo.

 Podría vivir entre nosotros sin reproducir nuestra rebelión.

 Podría ser tentado sin ceder.

 Podría ser rechazado sin convertirse en un hombre amargado.

 Podría ser odiado sin aprender a odiar.

 Podría ser herido sin transformarse en verdugo.

 Podría finalmente llevar nuestros pecados sin haber cometido los suyos.

 El que venía a salvarnos no necesitaba ser salvado.

La concepción virginal nos dice quién tomó la iniciativa

 Hay además algo profundamente hermoso en la manera como comenzó todo.

 El hombre no produjo al Salvador.

 Roma no lo envió.

 Israel no consiguió fabricarlo mediante esfuerzo religioso.

 María misma no produjo el milagro.

 José no intervino para hacerlo posible.

 La iniciativa fue de Dios.

 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti…»

 «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»

 La salvación comenzó exactamente como continuaría:

 con Dios tomando la iniciativa para alcanzar al hombre.

 Nosotros no conseguimos subir hasta Él.

 Él descendió hasta nosotros.

 No encontramos la manera de producir un Salvador.

 Dios lo proporcionó.

El eterno aceptó depender de una mujer

 Pero quizá una de las dimensiones más conmovedoras de este acontecimiento sea comprender lo que el Hijo aceptó voluntariamente.

 El que había creado el cuerpo humano aceptó poseer uno.

 El que había diseñado el vientre materno aceptó habitar en uno.

 El que sostenía la vida de María permitió que, humanamente, su propia vida fuera sostenida dentro de ella.

 El que había creado los nutrientes de la tierra recibiría nutrientes a través del cuerpo de su madre.

 El que no necesitaba absolutamente nada para existir entró voluntariamente en una condición de dependencia humana.

 No perdió su identidad divina.

 Pero asumió verdaderamente nuestra humanidad.

 El Creador aceptó ser cuidado por su criatura.

 Y todavía no había nacido.

Nueve meses que Dios no decidió evitar

 Aquí nuestra historia está preparada para avanzar.

 Gabriel había hablado.

 María había creído.

 José finalmente recibiría la explicación.

 El misterio había comenzado.

 Pero Belén todavía estaba adelante.

 Entre la anunciación y el pesebre existía algo que fácilmente comprimimos en unas cuantas páginas:

 meses.

 Jesús no apareció inmediatamente en Belén después de la anunciación.

 Hubo una gestación.

 Hubo espera.

 Hubo desarrollo.

 Hubo una madre llevando dentro de su cuerpo al Hijo que existía antes que ella.

 Durante aquellos meses nadie veía todavía el rostro de Jesús.

 No había multitudes.

 No había discípulos.

 No había milagros.

 No había sermones.

 No había pesebre.

 Solamente una joven llevaba dentro de sí un misterio que el mundo todavía no podía contemplar.

 El Dios que había decidido venir a nosotros no tuvo prisa por evitar ninguna etapa de nuestra humanidad.

 Aceptó el proceso.

 Aceptó la espera.

 Aceptó el vientre.

 Aceptó la dependencia.

 Aceptó comenzar nuestra experiencia humana desde el lugar donde nosotros comenzamos.

 Porque la encarnación no consistió simplemente en que Dios visitara al hombre.

 Consistió en que el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre.

 Y mientras el mundo continuaba con su vida sin saber lo que estaba ocurriendo, dentro del vientre de María avanzaba silenciosamente uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia:

 el Verbo se estaba haciendo carne.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.