18. El cuerpo comenzó su camino hacia la muerte

Dr. Elio M. Rivera

  Existe una realidad que podemos intentar ignorar durante algún tiempo.

  Pero tarde o temprano nuestro propio cuerpo comienza a recordárnosla.

  Estamos envejeciendo.

  Un día aparece una arruga que antes no estaba.

  Después otra.

  El cabello cambia.

  La piel cambia.

  La fuerza cambia.

  La vista puede comenzar a necesitar ayuda.

  Los movimientos pueden hacerse más lentos.

  Una articulación comienza a doler.

  Algo que antes hacíamos sin pensarlo ahora requiere esfuerzo.

  Nos miramos en una fotografía tomada veinte años atrás…

  y después nos miramos en el espejo.

  Y comprendemos algo que puede resultar profundamente perturbador:

mi cuerpo está cambiando y no puedo detener completamente ese proceso.

  Pero detrás del envejecimiento existe una realidad todavía más difícil de aceptar.

  No solamente estamos haciéndonos mayores.

  Dentro de El imperio de la muerte, nuestro cuerpo avanza inevitablemente hacia:

la muerte.

  Y eso produce uno de los conflictos emocionales más profundos de la experiencia humana.

  Porque hay algo dentro de nosotros que protesta.

  No queremos deteriorarnos.

  No queremos perder nuestras capacidades.

  No queremos enfermarnos.

  No queremos convertirnos en dependientes.

  No queremos despedirnos de nuestro cuerpo.

  Y sobre todo:

no queremos morir.

Así era al principio: el hombre fue creado para vivir

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Dios formó el cuerpo humano.

  La Biblia dice:

«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.»

Génesis 2:7, RVR1960

  Observe la última expresión:

«un ser viviente».

  Dios no creó un cadáver.

  Creó vida.

  El cuerpo humano no aparece en Génesis como una prisión de la cual el espíritu necesita escapar.

  Fue obra de Dios.

  Formaba parte de aquella creación que Él declaró:

«bueno en gran manera».

  Adán no despertaba cada mañana descubriendo que su cuerpo estaba un día más cerca de morir.

  No conocía el deterioro producido por la edad.

  No tenía experiencia con enfermedades degenerativas.

  No veía desaparecer lentamente su fuerza.

  No conocía hospitales.

  No existían hogares para cuidar ancianos incapaces de valerse por sí mismos.

  No había medicamentos para prolongar funciones que comenzaban a fallar.

  No existían funerales.

  No había tumbas.

  El hombre había sido creado dentro de:

un reino de vida.

  Incluso en medio del huerto estaba:

«el árbol de vida».

Génesis 2:9, RVR1960

  Todo alrededor del hombre hablaba de vida.

  Hasta que el hombre escogió el camino que Dios había advertido que terminaría en muerte.

Esto fue lo que hicimos: la muerte entró también en nuestro cuerpo

  Dios había advertido a Adán:

«…el día que de él comieres, ciertamente morirás.»

Génesis 2:17, RVR1960

  El hombre pecó.

  Y entonces escuchó palabras que jamás había tenido que escuchar:

«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»

Génesis 3:19, RVR1960

  Qué declaración tan terrible.

  El cuerpo formado del polvo…

  volvería al polvo.

  Pablo explica lo sucedido:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  La muerte entró.

  Y desde aquel momento el cuerpo humano comenzó a vivir bajo una realidad que no formaba parte de su experiencia original:

corrupción.

  Pablo utiliza precisamente esa palabra cuando habla de nuestra futura resurrección:

«Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.»

1 Corintios 15:42, RVR1960

  Nuestro cuerpo actual puede enfermar.

  Puede lesionarse.

  Puede debilitarse.

  Puede deteriorarse.

  Y finalmente puede morir.

  Eso no significa que el cuerpo sea malo.

  Significa que la muerte alcanzó algo que Dios había creado bueno.

Así vivimos ahora: observando cómo nuestro cuerpo cambia

  Durante la juventud podemos olvidar esta realidad.

  El cuerpo parece fuerte.

  Corre.

  Salta.

  Trabaja.

  Se recupera rápidamente.

  Dormimos mal una noche y continuamos.

  Nos lesionamos y parece que pronto estamos nuevamente funcionando.

  Pero pasan los años.

  Y lentamente el cuerpo comienza a hablar.

  Lo que antes toleraba ya no lo tolera igual.

  La recuperación tarda más.

  La fuerza puede disminuir.

  El equilibrio cambia.

  La movilidad puede cambiar.

  Aparecen molestias que antes no existían.

  Y cada pequeño cambio puede convertirse en un recordatorio:

«No siempre seré como soy ahora».

  Entonces envejecemos de una manera muy peculiar.

  Por dentro podemos continuar sintiéndonos nosotros mismos.

  Tenemos recuerdos.

  Sueños.

  Planes.

  Deseos.

  Ideas.

  Queremos continuar haciendo cosas.

  Pero algunas veces el cuerpo comienza a decir:

«Ya no puedo hacer todo lo que antes hacía».

  Y ese desacuerdo entre lo que deseamos hacer y lo que físicamente podemos hacer puede producir una profunda frustración.

El espejo puede convertirse en un recordatorio de nuestra mortalidad

  ¿Por qué algunas personas sufren tanto al envejecer?

  ¿Por qué intentamos ocultar las arrugas?

  ¿Por qué nos impacta descubrir el primer cabello blanco?

  ¿Por qué nos duele perder fuerza?

  ¿Por qué puede ser tan difícil aceptar que nuestro rostro cambió?

  Porque el espejo no solamente nos habla de estética.

  En algún nivel nos está diciendo:

el tiempo está pasando.

  Y sabemos hacia dónde conduce el tiempo dentro de este mundo.

  La vejez puede convertirse entonces en una especie de reloj visible.

  Una persona mira fotografías antiguas y piensa:

  ¿Dónde quedaron aquellos años?

  ¿En qué momento crecieron mis hijos?

  ¿Cuándo envejecieron mis padres?

  ¿Cuándo cambié yo?

  ¿Realmente han pasado treinta años?

  Y detrás de esas preguntas puede aparecer otra que casi nadie quiere pronunciar:

«¿Cuánto tiempo me queda?»

  Ahí el deterioro físico se encuentra con:

el miedo a la muerte.

El terror de saber que algún día tendremos que morir

  Podemos distraernos.

  Trabajar.

  Viajar.

  Comprar.

  Construir.

  Planear.

  Reír.

  Pero sabemos algo.

  Si Cristo no viene antes, llegará un día en que nuestro corazón dará su último latido.

  Y esa conciencia puede producir verdadero terror.

  ¿Qué se siente morir?

  ¿Me dolerá?

  ¿Será repentino?

  ¿Será después de una enfermedad?

  ¿Perderé mis capacidades antes?

  ¿Dependeré de otros?

  ¿Quién estará conmigo?

  ¿Qué pasará con mi familia?

  ¿Cuándo sucederá?

  El problema es que nadie conoce la fecha.

  Entonces cualquier síntoma puede convertirse para algunas personas en una amenaza.

  Un dolor extraño.

  Una palpitación.

  Una dificultad respiratoria.

  Un estudio médico.

  Una llamada del médico.

  Y aparece inmediatamente:

«¿Y si me estoy muriendo?»

  El cuerpo que debía ser nuestra maravillosa herramienta para experimentar la vida puede convertirse psicológicamente en algo que vigilamos constantemente porque sabemos que:

puede fallar.

Cuando una enfermedad cambia nuestra relación con nuestro propio cuerpo

  Pocas cosas hacen tan evidente nuestra fragilidad como una enfermedad.

  Hasta ayer caminábamos sin pensar en caminar.

  Respirábamos sin pensar en respirar.

  Comíamos sin pensar en digerir.

  Dormíamos sin pensar en nuestro corazón.

  Pero aparece un diagnóstico…

  y de repente comenzamos a observar nuestro cuerpo de otra manera.

  Cada sensación importa.

  Cada cambio preocupa.

  Cada estudio produce expectativa.

  Cada consulta puede producir temor.

  Y cuando una enfermedad es grave, una persona puede comenzar a sentir que su propio cuerpo:

la está traicionando.

  «¿Por qué me está pasando esto?»

  «Yo podía hacer tantas cosas.»

  «Yo era independiente.»

  «Yo cuidaba a otros.»

  «Ahora tienen que cuidarme a mí.»

  La enfermedad no solamente puede producir dolor físico.

  Puede atacar nuestra sensación de independencia.

  Nuestra identidad.

  Nuestros planes.

  Nuestra seguridad.

  Nuestro ánimo.

  Nuestra esperanza.

  Y algunas veces hasta nuestra dignidad parece amenazada cuando necesitamos ayuda para hacer cosas que anteriormente realizábamos solos.

  Por eso el deterioro del cuerpo puede producir:

  miedo.

  tristeza.

  enojo.

  frustración.

  vergüenza.

  ansiedad.

  impotencia.

  Y en ocasiones:

desesperación.

No fuimos creados para acostumbrarnos a morir

  Hay algo extraordinariamente revelador en nuestra reacción ante la muerte.

  Después de miles de años de humanidad muriendo…

  todavía nos duele.

  Todavía lloramos.

  Todavía luchamos contra ella.

  Todavía construimos hospitales.

  Todavía desarrollamos tratamientos.

  Todavía investigamos enfermedades.

  Todavía intentamos prolongar la vida.

  ¿Por qué?

  Porque algo dentro de nosotros continúa diciendo:

«Quiero vivir».

  Salomón escribió:

«Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos…»

Eclesiastés 3:11, RVR1960

  Hay eternidad en nuestro corazón…

  pero vivimos dentro de un cuerpo mortal.

  ¡Qué tensión!

  Deseamos continuar.

  Pero envejecemos.

  Queremos vivir.

  Pero sabemos que podemos morir.

  Nuestro corazón anhela permanencia.

  Pero nuestro cuerpo nos recuerda temporalidad.

  Quizá por eso la muerte nunca termina de parecernos completamente natural.

  Podemos llamarla «parte de la vida».

  Pero bíblicamente la muerte es:

«el postrer enemigo».

1 Corintios 15:26, RVR1960

  No amigo.

  No diseño original.

  No culminación maravillosa de la existencia.

Enemigo.

  Porque:

al principio no fue así.

El imperio de la muerte utiliza nuestro cuerpo para recordarnos su presencia

  Una arruga no es nuestro enemigo.

  Un cabello blanco tampoco.

  Envejecer puede traer sabiduría, experiencia, perspectiva y una belleza diferente.

  No necesitamos despreciar ninguna etapa de nuestra vida.

  Pero detrás de la fragilidad corporal existe una realidad que debemos reconocer:

vivimos en cuerpos todavía sujetos a mortalidad.

  Y El imperio de la muerte intenta convertir esa realidad en tormento.

  Puede hacernos pasar años temiendo una enfermedad que nunca llega.

  Puede hacer que una persona saludable viva obsesionada con morir.

  Puede hacer que despreciemos nuestro cuerpo porque ya no parece joven.

  Puede hacernos sentir inútiles porque nuestras capacidades cambiaron.

  Puede hacernos pensar que nuestro valor disminuye conforme disminuye nuestra fuerza.

  Pero nuestro valor jamás dependió de la ausencia de arrugas.

  No somos menos humanos porque necesitamos ayuda.

  No somos menos valiosos porque envejecemos.

  Y para quienes estamos en Cristo:

la mortalidad de nuestro cuerpo no es el final de nuestra historia.

Cristo entró precisamente en un cuerpo mortal

  Aquí el Evangelio adquiere una belleza extraordinaria.

  Jesucristo no vino como una aparición que nunca conoció nuestra fragilidad.

  «Y aquel Verbo fue hecho carne…»

Juan 1:14, RVR1960

  Tuvo cuerpo.

  Sintió cansancio.

  Sintió hambre.

  Sintió sed.

  Durmió.

  Fue herido.

  Experimentó dolor.

  Y finalmente permitió que su cuerpo entrara en aquello que aterroriza a la humanidad:

la muerte.

  Su cuerpo fue colocado en una tumba.

  Parecía que El imperio de la muerte había conseguido otra víctima.

  Pero al tercer día ocurrió algo que cambió para siempre nuestra relación con la mortalidad:

Jesucristo salió vivo.

  La tumba no pudo retenerlo.

  Pedro dijo:

«…al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.»

Hechos 2:24, RVR1960

  Desde aquel momento la muerte dejó de ser para nosotros una puerta cerrada.

  Cristo atravesó la muerte…

  y salió por el otro lado.

Su vida puede manifestarse en nuestro cuerpo aquí y ahora

  Pero nuevamente no debemos convertir toda esta esperanza únicamente en:

«algún día resucitaremos».

  Sí.

  La resurrección corporal es nuestra esperanza final.

  Pero la vida de Cristo puede tocar también nuestro cuerpo ahora.

  Pablo escribió:

«Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.»

Romanos 8:11, RVR1960

  Observe que Pablo habla de:

«vuestros cuerpos mortales».

  El Espíritu Santo habita en nosotros ahora.

  Podemos orar por nuestro cuerpo.

  Podemos creer por sanidad.

  Podemos imponer manos sobre los enfermos.

  Podemos pedir restauración.

  Podemos creer que Dios fortalezca aquello que se debilitó.

  Podemos esperar milagros.

  Podemos cuidar responsablemente nuestro cuerpo y al mismo tiempo creer en la intervención sobrenatural de Dios.

  Jesús hizo exactamente eso durante su ministerio.

  Encontró ojos que no veían:

y vieron.

  Piernas que no caminaban:

y caminaron.

  Manos que no funcionaban:

y fueron restauradas.

  Cuerpos enfermos:

y fueron sanados.

  Personas debilitadas:

y recuperaron su vida.

  Incluso encontró cuerpos muertos…

  y les habló.

  El cristianismo no nos enseña a despreciar el cuerpo esperando abandonarlo.

  Nos muestra a un Cristo que:

restaura cuerpos.

Ya no tenemos que vivir aterrorizados por nuestro deterioro

  Nuestro cuerpo puede cambiar.

  Podemos envejecer.

  Podemos enfrentar limitaciones.

  Pero no tenemos que entregar nuestra paz al miedo.

  Podemos cuidar nuestra salud.

  Alimentarnos correctamente.

  Descansar.

  Mover nuestro cuerpo.

  Buscar atención médica cuando la necesitamos.

  Y también:

creer.

  Orar.

  Esperar sanidad.

  Esperar fortaleza.

  Esperar intervención sobrenatural.

  Disfrutar cada etapa que Dios nos permita vivir.

  No necesito mirar cada cabello blanco pensando:

«Me estoy muriendo».

  Puedo mirar mi vida y decir:

«Todavía estoy aquí».

  Todavía puedo amar.

  Todavía puedo servir.

  Todavía puedo aprender.

  Todavía puedo crear.

  Todavía puedo abrazar.

  Todavía puedo enseñar.

  Todavía puedo disfrutar.

  Todavía puedo producir.

  Todavía puedo cumplir propósito.

  Todavía puedo esperar milagros.

  Y mientras exista aliento:

todavía puedo vivir.

  El deterioro del cuerpo no tiene que convertirse en deterioro del alma.

  La edad no tiene que apagar nuestro propósito.

  Y la conciencia de nuestra mortalidad no tiene que robarnos el gozo de estar vivos.

  Porque ahora sabemos algo que Adán no sabía cuando escuchó:

«al polvo volverás».

  Nosotros conocemos el resto de la historia.

  Sabemos que hubo una tumba.

  Sabemos que un cuerpo fue colocado dentro.

  Sabemos que llegó el tercer día.

  Y sabemos que:

la tumba quedó vacía.

  Por eso podemos cuidar nuestro cuerpo.

  Creer por nuestro cuerpo.

  Disfrutar nuestro cuerpo.

  Utilizarlo para servir a Dios.

  Y vivir sin permitir que el terror de su deterioro nos robe los años que todavía tenemos.

  Porque El imperio de la muerte puso a nuestro cuerpo en camino hacia la tumba.

  Pero Jesucristo puso delante de nosotros otro camino:

vida.

  Vida que puede manifestarse en nosotros:

aquí y ahora.

  Y finalmente:

resurrección.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.