Hay una frase pronunciada por Adán que marca un antes y un después en la historia humana.
Antes de ella encontramos un huerto.
Comunión.
Abundancia.
Trabajo.
Compañía.
Seguridad.
Vida.
Después del pecado, Dios llamó al hombre:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Y Adán respondió:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo…»
Génesis 3:10, RVR1960
Ahí aparece.

El miedo: Una experiencia que no encontramos descrita en la vida humana antes de la caída.
Adán conocía a Dios.
Conocía a Eva.
Conocía el huerto.
Conocía los animales.
Conocía el trabajo.
Conocía la belleza.
Conocía la vida.
Pero ahora conocía algo nuevo:
«Tuve miedo».
Y desde entonces el miedo ha acompañado a la humanidad prácticamente durante toda su historia.
Así era al principio: no había nada que temer
Intentemos imaginar por un momento cómo sería vivir sin miedo.
No controlar el teléfono esperando una mala noticia.
No temer una enfermedad.
No preocuparse por el dinero.
No temer perder el trabajo.
No pensar que alguien puede hacernos daño.
No temer que nuestra pareja nos abandone.
No preocuparnos porque nuestros hijos no han llegado.
No tener miedo de envejecer.
No temer a la muerte.
No pensar:
«¿Qué pasará mañana?»
Eso se parece mucho más al mundo donde comenzó Adán.
¿Qué podía temer?
No existía muerte.
No existía enfermedad.
No existía crimen.
No existía guerra.
No existía pobreza.
No existía abandono.
No existía traición.
No existían gobiernos opresores.
No existían accidentes producidos por la irresponsabilidad de otros.
No existía un cementerio.
No había una historia anterior de tragedias que le enseñara:
«Ten cuidado, porque algo terrible puede ocurrir».
Y sobre todo:
Adán vivía en comunión con Dios.
Su seguridad no descansaba solamente en que el huerto fuera hermoso.
Descansaba en que su Padre estaba allí.
No necesitaba preguntarse quién cuidaría de él.
Ya lo sabía.
Esto fue lo que hicimos: aprendimos a tener miedo
Después vino el pecado.
Y observe la secuencia.
Adán desobedece.
Se da cuenta de su desnudez.
Se cubre.
Escucha a Dios.
Se esconde.
Y cuando explica por qué se escondió dice:
«tuve miedo».
El pecado no solamente cambió la conducta del hombre.
Cambió su experiencia interior.
El hombre que anteriormente caminaba dentro del huerto ahora se escondía entre sus árboles.
Y lo más terrible es que comenzó teniendo miedo precisamente de Aquel que había sido su fuente de seguridad.
Dios no había cambiado.
Adán había cambiado.
La culpa transformó su percepción.
La presencia que antes significaba comunión ahora le producía temor.
La voz que antes pertenecía a su Creador ahora provocaba que se escondiera.
El pecado había conseguido algo terrible:
hacer que el hombre huyera de su lugar de seguridad.
Y una vez separado de Dios, comenzó a descubrir todo lo que podía perder.
Su hogar.
Su provisión.
Su relación.
Su seguridad.
Y finalmente:
su vida.
Así vivimos ahora: tenemos miedo de casi todo
Miles de años después, aquella frase de Adán continúa describiéndonos:
«Tuve miedo».
Tenemos miedo de morir.
Miedo de enfermarnos.
Miedo de perder a nuestros hijos.
Miedo de perder al esposo o a la esposa.
Miedo de quedarnos solos.
Miedo de fracasar.
Miedo de perder el empleo.
Miedo de no tener suficiente dinero.
Miedo de que el negocio cierre.
Miedo de una crisis.
Miedo de una guerra.
Miedo de la delincuencia.
Miedo de una catástrofe.
Miedo de envejecer.
Miedo del rechazo.
Miedo de lo que otros piensen.
Miedo de tomar una decisión equivocada.
Miedo de lo desconocido.
Miedo del futuro.
Y algunas personas llegan incluso a tener:
miedo de tener miedo.
Una sensación aparece en el cuerpo y piensan:
«¿Qué me está pasando?»
El corazón se acelera.
Entonces se asustan porque el corazón se aceleró.
Respiran diferente.
Eso aumenta el miedo.
El miedo alimenta nuevas sensaciones.
Y la persona puede quedar atrapada dentro de un círculo donde su propio temor comienza a atormentarla.
El miedo nos hace sufrir cosas que todavía no han sucedido
Éste es uno de sus efectos más crueles.
El dolor normalmente responde a algo que está ocurriendo.
Pero el miedo puede hacernos sufrir por algo que:
todavía no existe.
Un hijo tarda en llegar.
Y la mente comienza:
¿Tuvo un accidente?
¿Le hicieron algo?
¿Está en un hospital?
¿Está muerto?
Todavía no sabemos qué ocurrió.
Quizá simplemente se quedó sin batería.
Pero durante veinte minutos la mente pudo vivir una tragedia completa.
Un médico solicita un estudio.
Todavía no existe diagnóstico.
Pero durante los días de espera la persona puede imaginar enfermedades, tratamientos, hospitales y hasta su propia muerte.
La empresa anuncia cambios.
Nadie ha perdido todavía el empleo.
Pero alguien pasa noches enteras pensando:
«¿Qué voy a hacer si me despiden?»
Así funciona el miedo.
Toma una posibilidad…
y la convierte emocionalmente en una realidad.
El acontecimiento quizá nunca suceda.
Pero el sufrimiento sí sucedió.
La persona lo vivió dentro de su mente.
Por eso el miedo puede robarnos no solamente el futuro.
Puede robarnos:
el presente.
El miedo puede convertirse en nuestro carcelero
Cuando el miedo comienza a gobernar, modifica nuestra manera de vivir.
Hay personas que no viajan por miedo.
No comienzan un proyecto por miedo.
No aman profundamente por miedo a ser heridas.
No hablan por miedo al rechazo.
No cambian de trabajo por miedo a fracasar.
No emprenden porque podrían perder.
No salen porque algo podría ocurrir.
No duermen tranquilas porque deben permanecer alertas.
El miedo comienza intentando protegernos.
Y puede terminar:
encerrándonos.
Entonces la persona construye una vida cada vez más pequeña.
Evita.
Controla.
Revisa.
Sospecha.
Anticipa.
Se protege.
Y cuanto más obedece al miedo, más autoridad parece adquirir el miedo sobre ella.
Finalmente ya no pregunta:
«¿Qué quiero hacer?»
Pregunta:
«¿Qué me atrevo a hacer?»
Eso es esclavitud.
El temor lleva en sí castigo
Juan escribió una frase extraordinariamente precisa:
«…el temor lleva en sí castigo.»
1 Juan 4:18, RVR1960
El miedo castiga.
Puede castigarnos mientras estamos acostados en una cama cómoda.
Puede castigarnos mientras nuestros hijos están perfectamente bien.
Puede castigarnos cuando tenemos alimento.
Puede castigarnos cuando tenemos trabajo.
Puede castigarnos cuando el médico todavía no ha encontrado ninguna enfermedad.
Puede castigarnos mientras afuera todo está tranquilo.
Porque su territorio principal está:
dentro de nosotros.
Una persona puede estar rodeada de seguridad y sentirse en peligro.
Puede tener suficiente y sentir que mañana no tendrá nada.
Puede estar acompañada y temer quedarse sola.
Puede estar sana y vivir esperando enfermar.
Puede estar viva y pasar gran parte de su vida:
temiendo morir.
¡Qué triunfo tan terrible de El imperio de la muerte!
No necesita matarnos hoy para robarnos el día.
En ocasiones le basta con hacernos pasar todo el día pensando que quizá mañana moriremos.
No fuimos creados para vivir atormentados
Volvamos nuevamente al principio.
Adán no fue creado temblando.
No fue creado escondiéndose.
No fue creado esperando una tragedia.
No fue creado dominado por pensamientos catastróficos.
Fue creado para vivir en comunión con Dios.
Seguro.
Amado.
Protegido.
Provisto.
En paz.
El miedo aparece después de la ruptura:
«Tuve miedo, y me escondí».
Por eso no debemos mirar una humanidad consumida por ansiedad y concluir:
«Así nos hizo Dios».
No.
El miedo entró en nuestra experiencia dentro de un mundo separado de su fuente de seguridad.
Y desde entonces hemos intentado construir suficientes protecciones para volver a sentirnos seguros.
Dinero.
Poder.
Seguros.
Muros.
Armas.
Cuentas.
Contratos.
Cámaras.
Planes.
Y muchas de esas cosas pueden ser prudentes.
Pero ninguna puede responder completamente a la pregunta más profunda del corazón:
«¿Quién cuidará de mí?»
Cristo vino a sacarnos del dominio del miedo
Entonces aparece Jesucristo.
Y una de las expresiones que encontramos repetidamente alrededor de su presencia es:
«No temáis».
Una tormenta sacude la embarcación.
Los discípulos creen que van a morir.
Jesús está allí.
Un padre recibe la noticia de que su hija ha muerto.
Jesús le dice:
«No temas, cree solamente.»
Marcos 5:36, RVR1960
Los discípulos están a punto de enfrentar la ausencia física de Jesús y un futuro que no comprenden.
Él les dice:
«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.»
Juan 14:1, RVR1960
Y después:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
Observe lo que Jesús está restaurando.
Adán dijo:
«Tuve miedo».
Jesús dice:
«No tenga miedo».
El hombre se escondió de Dios.
Cristo vino para:
llevarnos nuevamente al Padre.
Podemos vivir libres del miedo aquí y ahora
Y esto tampoco es solamente una promesa para cuando lleguemos al cielo.
No tenemos que esperar hasta la eternidad para comenzar a vivir libres del dominio del temor.
Juan escribió:
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…»
1 Juan 4:18, RVR1960
No dice solamente que algún día desaparecerá.
Dice:
«echa fuera».
El amor de Dios puede comenzar a expulsar aquello que durante años gobernó nuestro interior.
Podemos aprender nuevamente a confiar.
Podemos dormir.
Podemos descansar.
Podemos emprender.
Podemos amar.
Podemos tomar decisiones.
Podemos enfrentar una enfermedad sin permitir que el terror gobierne nuestra mente.
Podemos atravesar una crisis sabiendo que no estamos solos.
Podemos mirar un futuro que desconocemos sin vivir atormentados por él.
Podemos enfrentar circunstancias que antes nos paralizaban.
No porque nunca exista peligro.
Sino porque el peligro ya no tiene que convertirse en nuestro señor.
Pablo escribió:
«Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.»
2 Timoteo 1:7, RVR1960
Ésa es una manera completamente diferente de caminar.
Poder.
Amor.
Dominio propio.
No terror.
No esclavitud.
No una vida dirigida permanentemente por:
«¿Y si algo malo sucede?»
Jesucristo caminó en medio de tormentas sin convertirse en esclavo de ellas.
Caminó entre enemigos sin permitir que el miedo gobernara sus decisiones.
Enfrentó enfermedad.
Enfrentó oposición.
Enfrentó demonios.
Enfrentó muerte.
Y nos llamó a:
andar como Él anduvo.
Quizá durante años hemos vivido repitiendo las primeras palabras del hombre caído:
«Tuve miedo».
Pero no tenemos que terminar nuestra historia allí.
Cristo vino para llevarnos de regreso a una relación donde podamos volver a decir:
Mi Padre está conmigo.
No conozco todo lo que ocurrirá mañana.
Pero conozco a mi Padre.
No controlo todas las circunstancias.
Pero conozco a mi Padre.
No sé qué decisiones tomarán otras personas.
Pero conozco a mi Padre.
No puedo prever cada dificultad.
Pero conozco a mi Padre.
Y cuando el miedo vuelva a tocar la puerta, ya no tiene que encontrar a un esclavo dispuesto a obedecerlo.
Puede encontrar:
a un hijo de Dios.
Porque El imperio de la muerte introdujo el miedo en la experiencia humana.
Pero Jesucristo vino para que podamos comenzar a vivir nuevamente:
en poder, en amor, en dominio propio y en la seguridad de nuestro Padre.
No solamente algún día.
No solamente cuando lleguemos al cielo.
Aquí y ahora.
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Música recomomendada
Existe una realidad que podemos intentar ignorar durante algún tiempo.
Pero tarde o temprano nuestro propio cuerpo comienza a recordárnosla.
Estamos envejeciendo.
Un día aparece una arruga que antes no estaba.
Después otra.
El cabello cambia.
La piel cambia.
La fuerza cambia.
La vista puede comenzar a necesitar ayuda.
Los movimientos pueden hacerse más lentos.
Una articulación comienza a doler.
Algo que antes hacíamos sin pensarlo ahora requiere esfuerzo.
Nos miramos en una fotografía tomada veinte años atrás…
y después nos miramos en el espejo.
Y comprendemos algo que puede resultar profundamente perturbador:
mi cuerpo está cambiando y no puedo detener completamente ese proceso.
Pero detrás del envejecimiento existe una realidad todavía más difícil de aceptar.
No solamente estamos haciéndonos mayores.
Dentro de El imperio de la muerte, nuestro cuerpo avanza inevitablemente hacia:
la muerte.
Y eso produce uno de los conflictos emocionales más profundos de la experiencia humana.
Porque hay algo dentro de nosotros que protesta.
No queremos deteriorarnos.
No queremos perder nuestras capacidades.
No queremos enfermarnos.
No queremos convertirnos en dependientes.
No queremos despedirnos de nuestro cuerpo.
Y sobre todo:
no queremos morir.
Así era al principio: el hombre fue creado para vivir
Regresemos nuevamente al Edén.
La Biblia dice:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.»
Génesis 2:7, RVR1960
Observe la última expresión:
«un ser viviente».
Dios no creó un cadáver.
Creó vida.
El cuerpo humano no aparece en Génesis como una prisión de la cual el espíritu necesita escapar.
Fue obra de Dios.
Formaba parte de aquella creación que Él declaró:
«bueno en gran manera».
Adán no despertaba cada mañana descubriendo que su cuerpo estaba un día más cerca de morir.
No conocía el deterioro producido por la edad.
No tenía experiencia con enfermedades degenerativas.
No veía desaparecer lentamente su fuerza.
No conocía hospitales.
No existían hogares para cuidar ancianos incapaces de valerse por sí mismos.
No había medicamentos para prolongar funciones que comenzaban a fallar.
No existían funerales.
No había tumbas.
El hombre había sido creado dentro de:
un reino de vida.
Incluso en medio del huerto estaba:
«el árbol de vida».
Génesis 2:9, RVR1960
Todo alrededor del hombre hablaba de vida.
Hasta que el hombre escogió el camino que Dios había advertido que terminaría en muerte.
Esto fue lo que hicimos: la muerte entró también en nuestro cuerpo
Dios había advertido a Adán:

«…el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
El hombre pecó.
Y entonces escuchó palabras que jamás había tenido que escuchar:
«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»
Génesis 3:19, RVR1960
Qué declaración tan terrible.
El cuerpo formado del polvo…
volvería al polvo.
Pablo explica lo sucedido:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960
La muerte entró.
Y desde aquel momento el cuerpo humano comenzó a vivir bajo una realidad que no formaba parte de su experiencia original:
corrupción.
Pablo utiliza precisamente esa palabra cuando habla de nuestra futura resurrección:
«Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.»
1 Corintios 15:42, RVR1960
Nuestro cuerpo actual puede enfermar.
Puede lesionarse.
Puede debilitarse.
Puede deteriorarse.
Y finalmente puede morir.
Eso no significa que el cuerpo sea malo.
Significa que la muerte alcanzó algo que Dios había creado bueno.
Así vivimos ahora: observando cómo nuestro cuerpo cambia
Durante la juventud podemos olvidar esta realidad.
El cuerpo parece fuerte.
Corre.
Salta.
Trabaja.
Se recupera rápidamente.
Dormimos mal una noche y continuamos.
Nos lesionamos y parece que pronto estamos nuevamente funcionando.
Pero pasan los años.
Y lentamente el cuerpo comienza a hablar.
Lo que antes toleraba ya no lo tolera igual.
La recuperación tarda más.
La fuerza puede disminuir.
El equilibrio cambia.
La movilidad puede cambiar.
Aparecen molestias que antes no existían.
Y cada pequeño cambio puede convertirse en un recordatorio:
«No siempre seré como soy ahora».
Entonces envejecemos de una manera muy peculiar.
Por dentro podemos continuar sintiéndonos nosotros mismos.
Tenemos recuerdos.
Sueños.
Planes.
Deseos.
Ideas.
Queremos continuar haciendo cosas.
Pero algunas veces el cuerpo comienza a decir:
«Ya no puedo hacer todo lo que antes hacía».
Y ese desacuerdo entre lo que deseamos hacer y lo que físicamente podemos hacer puede producir una profunda frustración.
El espejo puede convertirse en un recordatorio de nuestra mortalidad
¿Por qué algunas personas sufren tanto al envejecer?
¿Por qué intentamos ocultar las arrugas?
¿Por qué nos impacta descubrir el primer cabello blanco?
¿Por qué nos duele perder fuerza?
¿Por qué puede ser tan difícil aceptar que nuestro rostro cambió?
Porque el espejo no solamente nos habla de estética.
En algún nivel nos está diciendo:
el tiempo está pasando.
Y sabemos hacia dónde conduce el tiempo dentro de este mundo.
La vejez puede convertirse entonces en una especie de reloj visible.
Una persona mira fotografías antiguas y piensa:
¿Dónde quedaron aquellos años?
¿En qué momento crecieron mis hijos?
¿Cuándo envejecieron mis padres?
¿Cuándo cambié yo?
¿Realmente han pasado treinta años?
Y detrás de esas preguntas puede aparecer otra que casi nadie quiere pronunciar:
«¿Cuánto tiempo me queda?»
Ahí el deterioro físico se encuentra con:
el miedo a la muerte.
El terror de saber que algún día tendremos que morir
Podemos distraernos.
Trabajar.
Viajar.
Comprar.
Construir.
Planear.
Reír.
Pero sabemos algo.
Si Cristo no viene antes, llegará un día en que nuestro corazón dará su último latido.
Y esa conciencia puede producir verdadero terror.
¿Qué se siente morir?
¿Me dolerá?
¿Será repentino?
¿Será después de una enfermedad?
¿Perderé mis capacidades antes?
¿Dependeré de otros?
¿Quién estará conmigo?
¿Qué pasará con mi familia?
¿Cuándo sucederá?
El problema es que nadie conoce la fecha.
Entonces cualquier síntoma puede convertirse para algunas personas en una amenaza.
Un dolor extraño.
Una palpitación.
Una dificultad respiratoria.
Un estudio médico.
Una llamada del médico.
Y aparece inmediatamente:
«¿Y si me estoy muriendo?»
El cuerpo que debía ser nuestra maravillosa herramienta para experimentar la vida puede convertirse psicológicamente en algo que vigilamos constantemente porque sabemos que:
puede fallar.
Cuando una enfermedad cambia nuestra relación con nuestro propio cuerpo
Pocas cosas hacen tan evidente nuestra fragilidad como una enfermedad.
Hasta ayer caminábamos sin pensar en caminar.
Respirábamos sin pensar en respirar.
Comíamos sin pensar en digerir.
Dormíamos sin pensar en nuestro corazón.
Pero aparece un diagnóstico…
y de repente comenzamos a observar nuestro cuerpo de otra manera.
Cada sensación importa.
Cada cambio preocupa.
Cada estudio produce expectativa.
Cada consulta puede producir temor.
Y cuando una enfermedad es grave, una persona puede comenzar a sentir que su propio cuerpo:
la está traicionando.
«¿Por qué me está pasando esto?»
«Yo podía hacer tantas cosas.»
«Yo era independiente.»
«Yo cuidaba a otros.»
«Ahora tienen que cuidarme a mí.»
La enfermedad no solamente puede producir dolor físico.
Puede atacar nuestra sensación de independencia.
Nuestra identidad.
Nuestros planes.
Nuestra seguridad.
Nuestro ánimo.
Nuestra esperanza.
Y algunas veces hasta nuestra dignidad parece amenazada cuando necesitamos ayuda para hacer cosas que anteriormente realizábamos solos.
Por eso el deterioro del cuerpo puede producir:
miedo.
tristeza.
enojo.
frustración.
impotencia.
Y en ocasiones:
desesperación.
No fuimos creados para acostumbrarnos a morir
Hay algo extraordinariamente revelador en nuestra reacción ante la muerte.
Después de miles de años de humanidad muriendo…
todavía nos duele.
Todavía lloramos.
Todavía luchamos contra ella.
Todavía construimos hospitales.
Todavía desarrollamos tratamientos.
Todavía investigamos enfermedades.
Todavía intentamos prolongar la vida.
¿Por qué?
Porque algo dentro de nosotros continúa diciendo:
«Quiero vivir».
Salomón escribió:
«Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos…»
Eclesiastés 3:11, RVR1960
Hay eternidad en nuestro corazón…
pero vivimos dentro de un cuerpo mortal.
¡Qué tensión!
Deseamos continuar.
Pero envejecemos.
Queremos vivir.
Pero sabemos que podemos morir.
Nuestro corazón anhela permanencia.
Pero nuestro cuerpo nos recuerda temporalidad.
Quizá por eso la muerte nunca termina de parecernos completamente natural.
Podemos llamarla «parte de la vida».
Pero bíblicamente la muerte es:
«el postrer enemigo».
1 Corintios 15:26, RVR1960
No amigo.
No diseño original.
No culminación maravillosa de la existencia.
Enemigo.
Porque:
El imperio de la muerte utiliza nuestro cuerpo para recordarnos su presencia
Una arruga no es nuestro enemigo.
Un cabello blanco tampoco.
Envejecer puede traer sabiduría, experiencia, perspectiva y una belleza diferente.
No necesitamos despreciar ninguna etapa de nuestra vida.
Pero detrás de la fragilidad corporal existe una realidad que debemos reconocer:
vivimos en cuerpos todavía sujetos a mortalidad.
Y El imperio de la muerte intenta convertir esa realidad en tormento.
Puede hacernos pasar años temiendo una enfermedad que nunca llega.
Puede hacer que una persona saludable viva obsesionada con morir.
Puede hacer que despreciemos nuestro cuerpo porque ya no parece joven.
Puede hacernos sentir inútiles porque nuestras capacidades cambiaron.
Puede hacernos pensar que nuestro valor disminuye conforme disminuye nuestra fuerza.
Pero nuestro valor jamás dependió de la ausencia de arrugas.
No somos menos humanos porque necesitamos ayuda.
No somos menos valiosos porque envejecemos.
Y para quienes estamos en Cristo:
la mortalidad de nuestro cuerpo no es el final de nuestra historia.
Cristo entró precisamente en un cuerpo mortal
Aquí el Evangelio adquiere una belleza extraordinaria.
Jesucristo no vino como una aparición que nunca conoció nuestra fragilidad.
«Y aquel Verbo fue hecho carne…»
Juan 1:14, RVR1960
Tuvo cuerpo.
Sintió cansancio.
Sintió hambre.
Sintió sed.
Durmió.
Fue herido.
Experimentó dolor.
Y finalmente permitió que su cuerpo entrara en aquello que aterroriza a la humanidad:
la muerte.
Su cuerpo fue colocado en una tumba.
Parecía que El imperio de la muerte había conseguido otra víctima.
Pero al tercer día ocurrió algo que cambió para siempre nuestra relación con la mortalidad:
Jesucristo salió vivo.
La tumba no pudo retenerlo.
Pedro dijo:
«…al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.»
Hechos 2:24, RVR1960
Desde aquel momento la muerte dejó de ser para nosotros una puerta cerrada.
Cristo atravesó la muerte…
y salió por el otro lado.
Su vida puede manifestarse en nuestro cuerpo aquí y ahora
Pero nuevamente no debemos convertir toda esta esperanza únicamente en:
«algún día resucitaremos».
Sí.
La resurrección corporal es nuestra esperanza final.
Pero la vida de Cristo puede tocar también nuestro cuerpo ahora.
Pablo escribió:
«Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.»
Romanos 8:11, RVR1960
Observe que Pablo habla de:
«vuestros cuerpos mortales».
El Espíritu Santo habita en nosotros ahora.
Podemos orar por nuestro cuerpo.
Podemos creer por sanidad.
Podemos imponer manos sobre los enfermos.
Podemos pedir restauración.
Podemos creer que Dios fortalezca aquello que se debilitó.
Podemos esperar milagros.
Podemos cuidar responsablemente nuestro cuerpo y al mismo tiempo creer en la intervención sobrenatural de Dios.
Jesús hizo exactamente eso durante su ministerio.
Encontró ojos que no veían:
y vieron.
Piernas que no caminaban:
y caminaron.
Manos que no funcionaban:
y fueron restauradas.
Cuerpos enfermos:
y fueron sanados.
Personas debilitadas:
y recuperaron su vida.
Incluso encontró cuerpos muertos…
y les habló.
El cristianismo no nos enseña a despreciar el cuerpo esperando abandonarlo.
Nos muestra a un Cristo que:
restaura cuerpos.
Ya no tenemos que vivir aterrorizados por nuestro deterioro
Nuestro cuerpo puede cambiar.
Podemos envejecer.
Podemos enfrentar limitaciones.
Pero no tenemos que entregar nuestra paz al miedo.
Podemos cuidar nuestra salud.
Alimentarnos correctamente.
Descansar.
Mover nuestro cuerpo.
Buscar atención médica cuando la necesitamos.
Y también:
creer.
Orar.
Esperar sanidad.
Esperar fortaleza.
Esperar intervención sobrenatural.
Disfrutar cada etapa que Dios nos permita vivir.
No necesito mirar cada cabello blanco pensando:
«Me estoy muriendo».
Puedo mirar mi vida y decir:
«Todavía estoy aquí».
Todavía puedo amar.
Todavía puedo servir.
Todavía puedo aprender.
Todavía puedo crear.
Todavía puedo abrazar.
Todavía puedo enseñar.
Todavía puedo disfrutar.
Todavía puedo producir.
Todavía puedo cumplir propósito.
Todavía puedo esperar milagros.
Y mientras exista aliento:
todavía puedo vivir.
El deterioro del cuerpo no tiene que convertirse en deterioro del alma.
La edad no tiene que apagar nuestro propósito.
Y la conciencia de nuestra mortalidad no tiene que robarnos el gozo de estar vivos.
Porque ahora sabemos algo que Adán no sabía cuando escuchó:
«al polvo volverás».
Nosotros conocemos el resto de la historia.
Sabemos que hubo una tumba.
Sabemos que un cuerpo fue colocado dentro.
Sabemos que llegó el tercer día.
Y sabemos que:
la tumba quedó vacía.
Por eso podemos cuidar nuestro cuerpo.
Creer por nuestro cuerpo.
Disfrutar nuestro cuerpo.
Utilizarlo para servir a Dios.
Y vivir sin permitir que el terror de su deterioro nos robe los años que todavía tenemos.
Porque El imperio de la muerte puso a nuestro cuerpo en camino hacia la tumba.
Pero Jesucristo puso delante de nosotros otro camino:
vida.
Vida que puede manifestarse en nosotros:
aquí y ahora.
Y finalmente:
resurrección.
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Música recomomendada
Pocas áreas de la experiencia humana muestran con tanta claridad lo que El imperio de la muerte puede hacer con algo que Dios creó bueno.
La sexualidad no fue inventada por el pecado.
No apareció después de la caída.
Dios creó al hombre y a la mujer.
Dios creó sus cuerpos.
Dios creó la atracción.
Dios creó la capacidad de intimidad.
Dios creó la posibilidad de que dos personas se unieran de una manera extraordinariamente profunda.
Y todo eso existía cuando Dios contempló su creación y declaró:
«…he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Pero algo ocurrió.
Aquello que había sido creado para expresar unión comenzó también a producir separación.
Lo que podía producir intimidad comenzó a utilizarse para consumir.
Lo que debía desarrollarse dentro del amor comenzó a separarse del amor.
Lo que debía unir cuerpos y corazones comenzó en ocasiones a dejar personas profundamente solas.
Y aquello que debía ser disfrutado dentro de su diseño podía convertirse en un amo que exige:
más.
Más imágenes.
Más experiencias.
Más intensidad.
Más novedad.
Más estímulo.
Hasta que una persona descubre algo aterrador:
ya no estoy utilizando mi sexualidad; mi sexualidad desordenada está comenzando a utilizarme a mí.
Aquello que Dios creó como regalo puede convertirse, fuera de su diseño, en:
Así era al principio: intimidad sin vergüenza
La primera descripción bíblica de la unión matrimonial es extraordinariamente hermosa:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»
Génesis 2:24, RVR1960
No dice simplemente que estarán físicamente cerca.
Dice:
«una sola carne».
La sexualidad estaba integrada dentro de una relación mucho mayor.
Había pertenencia.
Compromiso.
Compañía.
Confianza.
Intimidad.
Entrega.
Y después aparece una declaración que nuestro mundo casi no puede imaginar:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
Desnudez sin vergüenza.
Intimidad sin miedo.
Cuerpo sin comparación.
Entrega sin explotación.
No había temor de ser utilizado.
No había temor de ser abandonado después.
No había fotografías íntimas circulando.
No había pornografía.
No había prostitución.
No había adulterio.
No había enfermedades de transmisión sexual.
No había personas convertidas en mercancía.
No había industrias construidas alrededor de estimular continuamente el deseo.
No existía la pregunta:
«¿Soy suficientemente atractivo?»
Adán no comparaba el cuerpo de Eva con miles de mujeres que había visto en una pantalla.
Eva no necesitaba competir con imágenes artificialmente perfeccionadas.
No existía un catálogo interminable de cuerpos contra los cuales medir al esposo o a la esposa.
Había:
un hombre.
una mujer.
una unión.
Y no se avergonzaban.
Esto fue lo que hicimos: separamos el placer de su diseño
Después del pecado todo comenzó a cambiar.
La primera señal aparece inmediatamente:
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…»
Génesis 3:7, RVR1960
La desnudez que unos versículos antes no producía vergüenza ahora necesitaba ser cubierta.
Algo había ocurrido dentro del hombre.
Después, conforme avanza la historia bíblica, encontramos sexualidad mezclada con infidelidad, abuso de poder, deseo desordenado, explotación y consecuencias dolorosas.
El problema no era que Dios hubiera creado mal la sexualidad.
El problema era que el hombre había llevado un regalo extraordinariamente poderoso fuera del orden para el cual había sido creado.
Y entonces descubrimos una ley terrible de El imperio de la muerte:
algo puede comenzar produciendo placer y terminar produciendo cadenas.
Cuando el deseo deja de servirnos y comenzamos a servirle
El deseo sexual puede ser extraordinariamente poderoso.
Dentro de su lugar correcto puede contribuir a unir profundamente a un matrimonio.
Pero cuando se convierte en señor, comienza a exigir obediencia.
Primero dice:
«Quiero».
Después:
«Necesito».
Y finalmente:
«No puedo dejarlo».
Ése es el momento en que el placer comenzó a convertirse en esclavitud.
Jesús expresó un principio fundamental:
«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»
Juan 8:34, RVR1960
Una persona puede pensar que libertad sexual significa:
«Puedo hacer todo lo que quiera».
Pero la pregunta verdaderamente importante es:
¿Todavía puedo decidir no hacerlo?
Porque si necesito mirar…
necesito buscar…
necesito fantasear…
necesito volver…
necesito otra experiencia…
necesito otra persona…
necesito otro estímulo…
y aunque quiero detenerme no puedo…
entonces eso ya no se llama libertad.
Se llama esclavitud.
El sexo puede comenzar a ocupar la mente
La esclavitud sexual no permanece solamente en el cuerpo.
Puede penetrar profundamente en la mente.
La persona comienza a anticipar.
Imaginar.
Buscar.
Recordar.
Fantasear.
Comparar.
Planear cuándo podrá hacerlo nuevamente.
Aquello que originalmente ocupaba un lugar dentro de la vida comienza lentamente a ocupar:
la vida misma.
Puede interferir con el trabajo.
Con la concentración.
Con la oración.
Con el matrimonio.
Con el descanso.
Con las relaciones.
Con la manera de mirar a otras personas.
Y algo especialmente doloroso puede ocurrir:
dejamos de ver completamente a la persona…
y comenzamos a ver:
un cuerpo.
Ya no veo historia.
Dolor.
Sueños.
Dignidad.
Familia.
Personalidad.
Propósito.
Veo aquello que puede proporcionarme estimulación.
El ser humano creado:
«a imagen de Dios»
puede terminar reducido mentalmente a:
un objeto de consumo.
¡Qué distorsión!
Cuando la intimidad se convierte en consumo
El diseño original decía:
«serán una sola carne».
El sistema caído puede decir:
«¿Qué puedo obtener de tu cuerpo?»
Son dos mundos completamente diferentes.
Uno pregunta:
¿Cómo puedo amarte?
El otro:
¿Cómo puedes satisfacerme?
Uno entrega.
El otro consume.
Uno conoce a la persona.
El otro puede utilizarla.
Uno produce intimidad.
El otro puede producir una experiencia física intensa seguida por:
una enorme soledad.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de la sexualidad fuera de su diseño.
Dos cuerpos pueden estar extraordinariamente cerca…
mientras dos corazones permanecen:
completamente separados.
La pornografía llevó esta separación todavía más lejos
En ninguna otra época había sido tan fácil acceder a cantidades prácticamente interminables de imágenes sexualizadas.
Un teléfono puede colocar delante de una persona, en minutos, más cuerpos de los que generaciones anteriores habrían contemplado durante toda su vida.
Y aquello puede comenzar aparentemente como curiosidad.
Una imagen.
Después otra.
Después otra.
Pero el cerebro aprende rápidamente dónde encontró estimulación.
Entonces vuelve.
Y puede comenzar un ciclo:
deseo.
búsqueda.
estimulación.
placer.
culpa.
promesa.
tiempo.
nuevo deseo.
y nuevamente:
búsqueda.
La persona dice:
«Ésta será la última vez».
Borra.
Promete.
Se arrepiente.
Pasan algunos días.
Regresa el impulso.
Y vuelve.
Entonces comienza a preguntarse:
«¿Por qué no puedo dejar de hacer esto?»
El placer se convirtió en patrón.
El patrón en hábito.
Y el hábito puede convertirse en:
cadena.
La esclavitud sexual produce tormento psicológico
Aquí debemos comprender algo importante.
La consecuencia no termina cuando termina el acto.
Puede continuar durante horas.
Días.
Años.
Aparece culpa.
Vergüenza.
Secreto.
Miedo a ser descubierto.
Doble vida.
Pérdida de respeto por uno mismo.
Comparación.
Insatisfacción.
Sensación de pérdida de control.
La persona puede pensar:
«Si los demás supieran quién soy realmente…»
Y comienza a esconderse.
Qué interesante.
La historia vuelve nuevamente al Edén.
Adán pecó…
sintió vergüenza…
y:
se escondió.
Miles de años después, el mecanismo continúa funcionando.
Una persona puede amar a Dios.
Amar a su familia.
Desear hacer lo correcto.
Y al mismo tiempo vivir aterrorizada de que alguien descubra aquello que ocurre en secreto.
Entonces mantiene dos vidas.
La pública.
Y la privada.
Y sostener ambas puede convertirse en un enorme agotamiento emocional.
El placer promete satisfacción, pero puede aumentar el vacío
Ésta es otra de sus paradojas.
La persona busca una experiencia porque quiere sentirse bien.
La obtiene.
Experimenta satisfacción temporal.
Pero después necesita otra.
Entonces otra.
Y otra.
¿Por qué?
Porque el placer sexual nunca fue diseñado para responder todas las necesidades del alma humana.
No puede sustituir amor.
No puede sustituir identidad.
No puede sustituir propósito.
No puede sustituir pertenencia.
No puede sustituir intimidad emocional.
Y definitivamente:
no puede sustituir a Dios.
Cuando intentamos utilizarlo para llenar esos espacios, pedimos a la sexualidad algo que nunca fue creada para darnos.
Entonces consumimos más…
pero no necesariamente quedamos más satisfechos.
Podemos terminar:
más vacíos.
La comparación puede entrar incluso en el matrimonio
La sexualidad desordenada también puede destruir la capacidad de disfrutar aquello que realmente tenemos.
Cuando una persona alimenta constantemente su mente con otros cuerpos, otras escenas y otras fantasías, su esposo o su esposa puede comenzar a competir contra algo imposible.
Una persona real tiene días buenos y malos.
Envejece.
Cambia.
Se cansa.
Tiene emociones.
Necesita ser escuchada.
Necesita ser amada.
Una fantasía no exige nada.
Una imagen no necesita comprensión.
Una pantalla siempre puede ofrecer otra novedad.
Entonces el cerebro puede comenzar a comparar una relación humana verdadera con:
una fantasía diseñada únicamente para estimularlo.
Y algo creado para unir al matrimonio puede terminar introduciendo distancia precisamente:
dentro del matrimonio.
Cuando el sexo comienza a cobrarnos un precio
El deseo desordenado puede prometer placer sin mostrarnos primero la factura.
Pero la factura llega.
Matrimonios destruidos.
Confianza perdida.
Corazones heridos.
Hijos afectados por rupturas familiares.
Enfermedades transmitidas sexualmente.
Embarazos en circunstancias para las que nadie estaba preparado.
Personas utilizadas.
Dinero gastado compulsivamente.
Carreras dañadas.
Reputaciones destruidas.
Secretos.
Chantaje.
Celos.
Ansiedad.
Soledad.
Vergüenza.
Y algunas veces una persona arriesga prácticamente todo lo que ama por unos minutos de placer.
Su matrimonio.
Su familia.
Su ministerio.
Su reputación.
Su salud.
Su paz.
Entonces debemos preguntar:
¿Quién está gobernando a quién?
El imperio de la muerte convirtió un regalo en un mercado
Y nuestra sociedad descubrió algo:
el deseo sexual produce dinero.
Entonces comenzó a venderlo.
Cuerpos para vender productos.
Imágenes para obtener clics.
Pornografía como industria.
Personas como mercancía.
Prostitución.
Explotación.
Tráfico de seres humanos.
Negocios completos construidos alrededor de mantener a otras personas:
deseando.
Mientras más insatisfechas permanezcan, mejor para el negocio.
Porque una persona satisfecha puede marcharse.
Pero una persona esclavizada:
regresa.
Eso es exactamente lo contrario del Edén.
Dios creó sexualidad para la unión de personas.
El imperio de la muerte descubrió cómo convertirla en consumo de personas.
No culpemos a Dios por lo que nosotros distorsionamos
Y después de contemplar las consecuencias alguien puede decir:
«¿Por qué Dios creó algo tan peligroso?»
Pero ésa no es la pregunta correcta.
Dios no creó la pornografía.
Dios no creó la prostitución.
Dios no creó la infidelidad.
Dios no creó la explotación sexual.
Dios no creó la obsesión.
Dios no creó la vergüenza sexual.
Dios no creó seres humanos para convertirse en mercancía.
Dios creó:
«una sola carne».
Y añadió:
«no se avergonzaban».
Nosotros tomamos algo extraordinariamente hermoso…
lo sacamos de su diseño…
lo comercializamos…
lo convertimos en entretenimiento…
lo utilizamos para llenar vacíos que no podía llenar…
y después descubrimos que:
nos estaba esclavizando.
Al principio:
no fue así.
Cristo no vino a destruir nuestra sexualidad, sino a liberarla
Aquí aparece nuevamente la esperanza.
Jesucristo no vino para convertirnos en seres sin deseos.
Vino para devolver cada área de nuestra vida:
a su lugar correcto.
Pablo dijo:
«Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.»
1 Corintios 6:12, RVR1960
Ésa es una declaración extraordinaria de libertad:
«No me dejaré dominar».
Mi cuerpo no tiene que dominarme.
Una imagen no tiene que dominarme.
Un impulso no tiene que dominarme.
Una fantasía no tiene que dominarme.
Un hábito no tiene que dominarme.
Mi pasado no tiene que dominarme.
La sexualidad puede volver a ocupar su lugar:
yo no fui creado para servirle a ella.
Fue creada como parte de la vida que Dios me dio.
Podemos ser libres aquí y ahora
Y nuevamente, esto no es solamente una promesa para el cielo.
Pablo escribió:
«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»
Romanos 8:2, RVR1960
Observe:
«me ha librado».
Hay libertad disponible en Cristo.
Una persona que durante años ha dicho:
«No puedo dejarlo»
puede comenzar a decir:
«En Cristo ya no tengo que obedecerlo».
Puede romper secretos.
Puede buscar ayuda.
Puede renovar su mente.
Puede eliminar aquello que alimenta su esclavitud.
Puede aprender nuevamente a mirar personas como personas.
Puede reconstruir intimidad.
Puede recuperar confianza.
Puede sanar heridas.
Puede aprender dominio propio.
Puede descubrir que un impulso:
no es una orden.
Y puede volver a experimentar algo que El imperio de la muerte intentó quitarle:
libertad.
Jesús dijo:
«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»
Juan 8:36, RVR1960
Verdaderamente libres.
No libres para ser dominados por nuestros deseos.
Libres para decidir.
Libres para amar.
Libres para ser fieles.
Libres para mirar sin consumir.
Libres para disfrutar sin convertir el placer en dios.
Libres para vivir sin una doble vida.
Libres para dejar de escondernos.
Libres para volver a mirar nuestra sexualidad no como enemiga…
sino como algo que, colocado nuevamente bajo el gobierno de Dios, puede recuperar:
su diseño original.
El pecado tomó algo creado para unir…
y lo utilizó para dividir.
Tomó algo creado para producir intimidad…
y lo convirtió en consumo.
Tomó algo creado para disfrutarse…
y lo convirtió en esclavitud.
Ésa es la obra de El imperio de la muerte.
Pero Jesucristo vino a hacer exactamente lo contrario:
donde había esclavitud:
libertad.
Donde había vergüenza:
Donde había secreto:
verdad.
Donde había personas convertidas en objetos:
dignidad.
Donde había una mente dominada:
dominio propio.
Donde había un matrimonio herido:
posibilidad de sanidad.
Y donde alguien pensaba:
«Esto siempre me dominará»
Jesucristo continúa diciendo:
«Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres».
No solamente cuando lleguemos al cielo.
La libertad puede comenzar:
aquí y ahora.
Libro recomendado

Música recomomendada
Pocas áreas de la experiencia humana muestran con tanta claridad lo que El imperio de la muerte puede hacer con algo que Dios creó bueno.
La sexualidad no fue inventada por el pecado.
No apareció después de la caída.
Dios creó al hombre y a la mujer.
Dios creó sus cuerpos.
Dios creó la atracción.
Dios creó la capacidad de intimidad.
Dios creó el matrimonio.
Dios creó la posibilidad de que dos personas se unieran de una manera extraordinariamente profunda.
Por eso, antes de hablar de pornografía, adulterio, prostitución, promiscuidad, explotación, obsesión o esclavitud sexual, necesitamos hacer una pregunta fundamental:
¿Cuál era el diseño original?
Si no conocemos el diseño, tampoco podremos comprender completamente la distorsión.
Y para descubrirlo no necesitamos comenzar con nuestra cultura.
Necesitamos regresar:
al principio.
Así era al principio: el diseño bíblico de la sexualidad
La Biblia comienza la historia de la sexualidad humana con una declaración extraordinariamente sencilla:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»
Génesis 1:27, RVR1960
El diseño comienza con:
un hombre y una mujer.
No aparecen primero las prácticas sexuales.
Aparecen las personas.
Un varón.
Una mujer.
Ambos creados a imagen de Dios.
Ambos con dignidad.
Ambos con valor.
Ambos personas antes que cuerpos para ser consumidos.
Después Dios los bendijo y dijo:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…»
Génesis 1:28, RVR1960
Por lo tanto, la sexualidad también estaba relacionada con algo extraordinario:
la capacidad de transmitir vida.
De la unión del hombre y la mujer podía surgir otra persona.
Un hijo.
Una hija.
Una familia.
Una generación.
La sexualidad bíblica nunca fue presentada originalmente como una actividad aislada cuyo único propósito fuera producir unos minutos de placer.
Estaba conectada con:
amor, unión, matrimonio, familia y vida.
Después Génesis nos permite observar todavía más claramente ese diseño.
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.»
Génesis 2:18, RVR1960
Observe nuevamente.
Antes de hablar de unión física, la Biblia habla de:
compañía.
La respuesta de Dios a la soledad del hombre no fue simplemente proporcionarle una experiencia sexual.
Le dio:
una persona.
Alguien con quien compartir la vida.
Alguien a quien conocer.
Alguien que pudiera conocerlo.
Alguien con quien trabajar.
Hablar.
Construir.
Disfrutar.
Pertenecer.
Amar.
Y cuando Adán vio a Eva, no dijo:
«Aquí hay un cuerpo que puedo utilizar».
Dijo:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»
Génesis 2:23, RVR1960
Hay reconocimiento.
Pertenencia.
Identificación.
Ella no era un objeto colocado delante de él.
Era:
«hueso de mis huesos y carne de mi carne».
Entonces aparece una de las declaraciones fundamentales de toda la Biblia acerca de la sexualidad:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»
Génesis 2:24, RVR1960
Ahí encontramos el diseño.
Un hombre.
Una mujer.
Una unión.
Una nueva familia.
Y dentro de esa unión:
una sola carne.
La sexualidad fue diseñada para desarrollarse dentro de una relación de pertenencia y compromiso.
No simplemente:
«te deseo».
Sino:
«me uno a ti».
No simplemente:
«quiero experimentar tu cuerpo».
Sino:
«quiero compartir mi vida contigo».
Por eso Jesús, siglos después, cuando habló acerca del matrimonio, no inventó un nuevo modelo.
Regresó directamente a Génesis.
Dijo:
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?»
Mateo 19:4, RVR1960
Y continuó:
«Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?»
Mateo 19:5, RVR1960
Jesús llevó la conversación:
al principio.
Porque allí estaba el diseño.
La sexualidad bíblica, por tanto, no comienza preguntando:
«¿Qué deseo hacer con mi cuerpo?»
Comienza preguntando:
«¿Para qué creó Dios mi cuerpo?»
Y el diseño presentado en Génesis coloca la unión sexual dentro del matrimonio entre el hombre y la mujer, en una relación destinada a la fidelidad, la intimidad, la compañía y la posibilidad de producir vida.
La sexualidad fue creada también para ser disfrutada
Pero tampoco debemos cometer el error opuesto.
La Biblia no presenta la sexualidad matrimonial únicamente como un mecanismo para tener hijos.
También encontramos placer.
Deseo.
Atracción.
Disfrute.
Proverbios habla al esposo con extraordinaria claridad:
«Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud.»
Proverbios 5:18, RVR1960
Y continúa:
«Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.»
Proverbios 5:19, RVR1960
Eso es Biblia.
Dios no creó una sexualidad fría, vergonzosa o puramente mecánica.
Creó una sexualidad capaz de producir:
gozo.
Atracción.
Intimidad.
Disfrute.
Pero observe dónde coloca Proverbios ese disfrute:
«la mujer de tu juventud».
El placer no aparece separado de la relación.
Está dentro de ella.
Y Pablo posteriormente presenta la intimidad matrimonial como una entrega recíproca:
«El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido.»
1 Corintios 7:3, RVR1960
No es solamente el hombre tomando.
No es solamente la mujer dando.
Existe:
reciprocidad.
El diseño no es explotación.
Es entrega mutua.
No es utilizar.
Es compartir.
No es dominar.
Es pertenecer.
El diseño original unía lo que nosotros después separamos
Esto es fundamental para comprender todo lo que ocurrió después.
En el diseño original encontramos juntas cosas que El imperio de la muerte posteriormente separaría.
Persona y cuerpo.
Amor y deseo.
Compromiso y placer.
Intimidad física e intimidad emocional.
Unión y fidelidad.
Placer y responsabilidad.
Sexualidad y posibilidad de producir vida.
Todo estaba integrado.
Y entonces Génesis termina aquella escena con una frase impresionante:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
Ésa quizá sea una de las expresiones más hermosas del diseño original.
Desnudos y sin vergüenza.
Podían ser vistos completamente.
No necesitaban esconderse.
No había comparación.
No había explotación.
No había miedo de ser utilizados.
No había temor de ser abandonados después.
No existía adulterio.
No existía pornografía.
No existía prostitución.
No había personas convertidas en mercancía.
No había fotografías íntimas circulando.
No había enfermedades de transmisión sexual.
No existían industrias dedicadas a estimular continuamente el deseo humano para producir dinero.
Adán no comparaba el cuerpo de Eva con miles de mujeres vistas en una pantalla.
Eva no tenía que competir contra imágenes artificialmente perfeccionadas.
No existía un catálogo interminable de cuerpos contra los cuales medir al esposo o a la esposa.
Había:
un hombre.
una mujer.
un compromiso.
una intimidad.
una sola carne.
Y:
«no se avergonzaban».
Ése era el diseño.
La sexualidad no era enemiga del hombre.
No lo atormentaba.
No lo perseguía.
No controlaba su mente.
No lo obligaba a esconderse.
No destruía su matrimonio.
No convertía a otras personas en objetos.
No exigía constantemente nuevos estímulos.
No producía una vida secreta.
No era su amo.
Era un regalo colocado por Dios dentro de un orden bueno.
Pero entonces:
entró el pecado.
Esto fue lo que hicimos: separamos el placer de su diseño
Después del pecado todo comenzó a cambiar.
La primera señal aparece inmediatamente:
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…»
Génesis 3:7, RVR1960
La desnudez que unos versículos antes no producía vergüenza ahora necesitaba ser cubierta.
Algo había ocurrido dentro del hombre.
Después, conforme avanza la historia bíblica, encontramos sexualidad mezclada con infidelidad, abuso de poder, deseo desordenado, explotación y consecuencias dolorosas.
El problema no era que Dios hubiera creado mal la sexualidad.
El problema era que el hombre había llevado un regalo extraordinariamente poderoso fuera del orden para el cual había sido creado.
Y entonces descubrimos una ley terrible de El imperio de la muerte:
algo puede comenzar produciendo placer y terminar produciendo cadenas.
Cuando el deseo deja de servirnos y comenzamos a servirle
El deseo sexual puede ser extraordinariamente poderoso.
Dentro de su lugar correcto puede contribuir a unir profundamente a un matrimonio.
Pero cuando se convierte en señor, comienza a exigir obediencia.
Primero dice:
«Quiero».
Después:
«Necesito».
Y finalmente:
«No puedo dejarlo».
Ése es el momento en que el placer comenzó a convertirse en esclavitud.
Jesús expresó un principio fundamental:
«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»
Juan 8:34, RVR1960
Una persona puede pensar que libertad sexual significa:
«Puedo hacer todo lo que quiera».
Pero la pregunta verdaderamente importante es:
¿Todavía puedo decidir no hacerlo?
Porque si necesito mirar…
necesito buscar…
necesito fantasear…
necesito volver…
necesito otra experiencia…
necesito otra persona…
necesito otro estímulo…
y aunque quiero detenerme no puedo…
entonces eso ya no se llama libertad.
Se llama esclavitud.
El sexo puede comenzar a ocupar la mente
La esclavitud sexual no permanece solamente en el cuerpo.
Puede penetrar profundamente en la mente.
La persona comienza a anticipar.
Imaginar.
Buscar.
Recordar.
Fantasear.
Comparar.
Planear cuándo podrá hacerlo nuevamente.
Aquello que originalmente ocupaba un lugar dentro de la vida comienza lentamente a ocupar:
la vida misma.
Puede interferir con el trabajo.
Con la concentración.
Con la oración.
Con el matrimonio.
Con el descanso.
Con las relaciones.
Con la manera de mirar a otras personas.
Y algo especialmente doloroso puede ocurrir:
dejamos de ver completamente a la persona…
y comenzamos a ver:
un cuerpo.
Ya no veo historia.
Dolor.
Sueños.
Dignidad.
Familia.
Personalidad.
Propósito.
Veo aquello que puede proporcionarme estimulación.
El ser humano creado:
«a imagen de Dios»
puede terminar reducido mentalmente a:
un objeto de consumo.
¡Qué distorsión!
Cuando la intimidad se convierte en consumo
El diseño original decía:
«serán una sola carne».
El sistema caído puede decir:
«¿Qué puedo obtener de tu cuerpo?»
Son dos mundos completamente diferentes.
Uno pregunta:
¿Cómo puedo amarte?
El otro:
¿Cómo puedes satisfacerme?
Uno entrega.
El otro consume.
Uno conoce a la persona.
El otro puede utilizarla.
Uno produce intimidad.
El otro puede producir una experiencia física intensa seguida por:
una enorme soledad.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de la sexualidad fuera de su diseño.
Dos cuerpos pueden estar extraordinariamente cerca…
mientras dos corazones permanecen:
completamente separados.
La pornografía llevó esta separación todavía más lejos
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Un teléfono puede colocar delante de una persona, en minutos, más cuerpos de los que generaciones anteriores habrían contemplado durante toda su vida.
Y aquello puede comenzar aparentemente como curiosidad.
Una imagen.
Después otra.
Después otra.
Pero el cerebro aprende rápidamente dónde encontró estimulación.
Entonces vuelve.
Y puede comenzar un ciclo:
deseo.
búsqueda.
estimulación.
placer.
culpa.
promesa.
tiempo.
nuevo deseo.
y nuevamente:
búsqueda.
La persona dice:
«Ésta será la última vez».
Borra.
Promete.
Se arrepiente.
Pasan algunos días.
Regresa el impulso.
Y vuelve.
Entonces comienza a preguntarse:
«¿Por qué no puedo dejar de hacer esto?»
El placer se convirtió en patrón.
El patrón en hábito.
Y el hábito puede convertirse en:
cadena.
La esclavitud sexual produce tormento psicológico
Aquí debemos comprender algo importante.
La consecuencia no termina cuando termina el acto.
Puede continuar durante horas.
Días.
Años.
Aparece culpa.
Vergüenza.
Secreto.
Miedo a ser descubierto.
Doble vida.
Pérdida de respeto por uno mismo.
Comparación.
Insatisfacción.
Sensación de pérdida de control.
La persona puede pensar:
«Si los demás supieran quién soy realmente…»
Y comienza a esconderse.
Qué interesante.
La historia vuelve nuevamente al Edén.
Adán pecó…
sintió vergüenza…
y:
se escondió.
Miles de años después, el mecanismo continúa funcionando.
Una persona puede amar a Dios.
Amar a su familia.
Desear hacer lo correcto.
Y al mismo tiempo vivir aterrorizada de que alguien descubra aquello que ocurre en secreto.
Entonces mantiene dos vidas.
La pública.
Y la privada.
Y sostener ambas puede convertirse en un enorme agotamiento emocional.
El placer promete satisfacción, pero puede aumentar el vacío
Ésta es otra de sus paradojas.
La persona busca una experiencia porque quiere sentirse bien.
La obtiene.
Experimenta satisfacción temporal.
Pero después necesita otra.
Entonces otra.
Y otra.
¿Por qué?
Porque el placer sexual nunca fue diseñado para responder todas las necesidades del alma humana.
No puede sustituir amor.
No puede sustituir identidad.
No puede sustituir propósito.
No puede sustituir pertenencia.
No puede sustituir intimidad emocional.
Y definitivamente:
no puede sustituir a Dios.
Cuando intentamos utilizarlo para llenar esos espacios, pedimos a la sexualidad algo que nunca fue creada para darnos.
Entonces consumimos más…
pero no necesariamente quedamos más satisfechos.
Podemos terminar:
más vacíos.
La comparación puede entrar incluso en el matrimonio
La sexualidad desordenada también puede destruir la capacidad de disfrutar aquello que realmente tenemos.
Cuando una persona alimenta constantemente su mente con otros cuerpos, otras escenas y otras fantasías, su esposo o su esposa puede comenzar a competir contra algo imposible.
Una persona real tiene días buenos y malos.
Envejece.
Cambia.
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dentro del matrimonio.
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Reputaciones destruidas.
Secretos.
Chantaje.
Celos.
Ansiedad.
Soledad.
Vergüenza.
Y algunas veces una persona arriesga prácticamente todo lo que ama por unos minutos de placer.
Su matrimonio.
Su familia.
Su ministerio.
Su reputación.
Su salud.
Su paz.
Entonces debemos preguntar:
¿Quién está gobernando a quién?
El imperio de la muerte convirtió un regalo en un mercado
Y nuestra sociedad descubrió algo:
el deseo sexual produce dinero.
Entonces comenzó a venderlo.
Cuerpos para vender productos.
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Prostitución.
Explotación.
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deseando.
Mientras más insatisfechas permanezcan, mejor para el negocio.
Porque una persona satisfecha puede marcharse.
Pero una persona esclavizada:
regresa.
Eso es exactamente lo contrario del Edén.
Dios creó sexualidad para la unión de personas.
El imperio de la muerte descubrió cómo convertirla en consumo de personas.
No culpemos a Dios por lo que nosotros distorsionamos
Y después de contemplar las consecuencias alguien puede decir:
«¿Por qué Dios creó algo tan peligroso?»
Pero ésa no es la pregunta correcta.
Dios no creó la pornografía.
Dios no creó la prostitución.
Dios no creó la infidelidad.
Dios no creó la explotación sexual.
Dios no creó la obsesión.
Dios no creó la vergüenza sexual.
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Dios creó:
«una sola carne».
Y añadió:
«no se avergonzaban».
Nosotros tomamos algo extraordinariamente hermoso…
lo sacamos de su diseño…
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lo convertimos en entretenimiento…
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y después descubrimos que:
nos estaba esclavizando.
Al principio:
no fue así.
Cristo no vino a destruir nuestra sexualidad, sino a liberarla
Aquí aparece nuevamente la esperanza.
Jesucristo no vino para convertirnos en seres sin deseos.
Vino para devolver cada área de nuestra vida:
a su lugar correcto.
Pablo dijo:
«Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.»
1 Corintios 6:12, RVR1960
Ésa es una declaración extraordinaria de libertad:
«No me dejaré dominar».
Mi cuerpo no tiene que dominarme.
Una imagen no tiene que dominarme.
Un impulso no tiene que dominarme.
Una fantasía no tiene que dominarme.
Un hábito no tiene que dominarme.
Mi pasado no tiene que dominarme.
La sexualidad puede volver a ocupar su lugar:
yo no fui creado para servirle a ella.
Fue creada como parte de la vida que Dios me dio.
Podemos ser libres aquí y ahora
Y nuevamente, esto no es solamente una promesa para el cielo.
Pablo escribió:
«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»
Romanos 8:2, RVR1960
Observe:
«me ha librado».
Hay libertad disponible en Cristo.
Una persona que durante años ha dicho:
«No puedo dejarlo»
puede comenzar a decir:
«En Cristo ya no tengo que obedecerlo».
Puede romper secretos.
Puede buscar ayuda.
Puede renovar su mente.
Puede eliminar aquello que alimenta su esclavitud.
Puede aprender nuevamente a mirar personas como personas.
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Puede recuperar confianza.
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Puede descubrir que un impulso:
no es una orden.
Y puede volver a experimentar algo que El imperio de la muerte intentó quitarle:
libertad.
Jesús dijo:
«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»
Juan 8:36, RVR1960
Verdaderamente libres.
No libres para ser dominados por nuestros deseos.
Libres para decidir.
Libres para amar.
Libres para ser fieles.
Libres para mirar sin consumir.
Libres para disfrutar sin convertir el placer en dios.
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Puede estar enferma, pero piensa:
«Voy a mejorar».
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«Voy a salir de esto».
Puede atravesar una crisis matrimonial, pero todavía cree:
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La esperanza tiene una fuerza extraordinaria.
Nos permite caminar cuando todavía no vemos la salida.
Nos permite levantarnos cuando el día anterior fue terrible.
Nos permite soportar una noche difícil porque creemos que:
mañana puede ser diferente.
Pero cuando la esperanza muere…
algo profundo comienza a morir también dentro de la persona.
Ya no dice:
«Esto es difícil».
Dice:
«Esto nunca va a cambiar».
Ya no piensa:
«Estoy pasando por una crisis».
Piensa:
«Ésta será mi vida para siempre».
Ya no pregunta:
«¿Cómo salgo de aquí?»
Comienza a preguntarse:
«¿Para qué seguir intentándolo?»
Y ése es uno de los territorios más oscuros de El imperio de la muerte:
cuando el hombre deja de creer que existe un mañana mejor.
Así era al principio: el futuro no era una amenaza
Adán no despertaba cada mañana preguntándose:
«¿Qué tragedia ocurrirá hoy?»
No vivía esperando una mala noticia.
No tenía recuerdos de guerras.
No conocía cementerios.
No había sufrido traiciones.
No había visto hijos morir.
No conocía enfermedades incurables.
No había experimentado bancarrotas.
No tenía una historia llena de pérdidas que le enseñara a desconfiar del futuro.
El futuro estaba abierto delante de él.
Había trabajo.
Había propósito.
Había familia.
Había provisión.
Había comunión con Dios.
Había vida.
Dios había bendecido al hombre y le había dado una misión:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
Eso implicaba futuro.
Había algo que construir.
Algo que desarrollar.
Algo que disfrutar.
Algo que esperar.
La vida no parecía una cuenta regresiva hacia la destrucción.
Parecía una historia que apenas comenzaba.
Esto fue lo que hicimos: convertimos el futuro en algo que también puede doler
Después de la caída todo cambió.
El hombre descubrió que podía perder.
Podía sufrir.
Podía enfermar.
Podía ser traicionado.
Podía fracasar.
Podía enterrar a alguien que amaba.
Podía trabajar y no obtener fruto.
Podía amar y ser abandonado.
Podía construir algo durante años y perderlo en poco tiempo.
Podía tener una familia y verla fragmentarse.
Podía sentirse fuerte y un día recibir un diagnóstico.
Podía levantarse una mañana sin imaginar que al terminar ese día su vida habría cambiado para siempre.
El futuro dejó de ser solamente un espacio de posibilidades.
También comenzó a contener:
amenazas.
Y con suficientes golpes, una persona puede comenzar a decir:

«Ya no espero nada bueno».
Así vivimos ahora: hay personas que han dejado de esperar
No todas las personas que han perdido la esperanza lloran todo el día.
Algunas continúan trabajando.
Se levantan.
Se bañan.
Van a la oficina.
Atienden clientes.
Cuidan hijos.
Sonríen.
Contestan:
«Estoy bien».
Pero interiormente ya no esperan nada.
No sueñan.
No planean.
No imaginan un futuro diferente.
Simplemente:
sobreviven.
Un día detrás de otro.
Una semana detrás de otra.
Un año detrás de otro.
La persona no necesariamente quiere morir.
Pero tampoco siente que está realmente viviendo.
Puede llegar a pensar:
«¿Esto es todo?»
«¿Para esto nací?»
«¿Así será siempre?»
«¿Qué sentido tiene seguir intentándolo?»
La desesperanza puede apagar lentamente el deseo de luchar.
Cuando el dolor dura demasiado, la mente puede empezar a creer que será permanente
Éste es uno de los engaños más crueles de la desesperanza.
Convierte una temporada en una sentencia.
Una persona atraviesa seis meses difíciles…
y comienza a pensar:
«Toda mi vida será así».
Pierde un empleo…
y piensa:
«Nunca volveré a levantarme».
Fracasa en una relación…
y concluye:
«Nunca nadie me amará».
Comete errores…
y piensa:
«Yo nunca voy a cambiar».
Recibe malas noticias médicas…
y su mente inmediatamente salta al peor desenlace.
La desesperanza toma palabras como:
hoy
y las convierte en:
siempre.
Toma:
todavía no
y lo transforma en:
nunca.
Toma una puerta cerrada…
y declara que:
todas están cerradas.
Pero eso no necesariamente es verdad.
Es la manera en que el dolor comienza a interpretar el futuro.
La pérdida de esperanza afecta todo el interior del hombre
Cuando dejamos de esperar algo bueno, la motivación disminuye.
¿Por qué intentarlo?
¿Por qué estudiar?
¿Por qué cambiar?
¿Por qué luchar por el matrimonio?
¿Por qué comenzar de nuevo?
¿Por qué cuidar mi cuerpo?
¿Por qué buscar otra oportunidad?
¿Por qué levantarme?
La esperanza mueve.
La desesperanza:
paraliza.
Puede aparecer cansancio emocional.
Apatía.
Aislamiento.
Irritabilidad.
Pérdida de interés.
Sensación de vacío.
Dificultad para imaginar el futuro.
Y algunas personas comienzan incluso a pensar que su existencia ya no tiene propósito.
El problema no es solamente lo que están viviendo.
Es lo que han comenzado a creer:
«Nada cambiará».
Y cuando esa idea se instala profundamente, el dolor del presente parece extenderse hasta el final de la vida.
La desesperanza puede convertirse en una prisión invisible
Una prisión no siempre tiene barrotes.
Algunas están construidas con frases.
«No puedo».
«No hay salida».
«Ya se acabó».
«Siempre será igual».
«Dios se olvidó de mí».
«Nada tiene sentido».
Una persona puede caminar libremente por la calle y estar encerrada dentro de esas palabras.
Puede tener oportunidades delante…
y no verlas.
Puede recibir ayuda…
y no creer que servirá.
Puede escuchar una promesa…
y pensar:
«Eso es para otros, no para mí».
La desesperanza no solamente oscurece el futuro.
También puede impedirnos reconocer las puertas que todavía permanecen abiertas en el presente.
El imperio de la muerte intenta convencernos de que el dolor tendrá la última palabra
Ésa es su mentira.
Cuando una persona pierde a alguien, escucha interiormente:
«Nunca volverás a ser feliz».
Cuando un negocio fracasa:
«Nunca volverás a levantarte».
Cuando el cuerpo enferma:
«Todo terminará mal».
Cuando un matrimonio se rompe:
«Tu historia terminó aquí».
Cuando alguien cae en pecado:
«Nunca cambiarás».
Cuando fracasa repetidamente:
«Ya no intentes».
La desesperanza busca convertir cada herida en:
un veredicto.
Pero una herida no es un veredicto.
Una caída no es necesariamente el final.
Una crisis no es toda la historia.
Y un capítulo oscuro:
no significa que el libro terminó.
No fuimos creados para vivir sin esperanza
El hombre fue creado con propósito.
Con futuro.
Con comunión.
Con capacidad de producir.
Con capacidad de amar.
Con una misión.
Por eso la desesperanza resulta tan destructiva.
Ataca algo profundamente humano:
nuestra capacidad de mirar hacia adelante.
Una persona necesita algo hacia dónde caminar.
Algo que esperar.
Algo que construir.
Algo que creer.
Algo que todavía pueda ocurrir.
Cuando todo eso desaparece, el alma comienza a sentirse atrapada.
Pero nuevamente debemos recordar:
Dios no creó al hombre para caminar por la vida pensando:
«No existe futuro».
La desesperanza pertenece a un mundo herido.
No al corazón original de Dios para nosotros.
La Biblia conoce perfectamente el lenguaje de la desesperanza
Las Escrituras no ocultan momentos de profundo abatimiento.
El salmista preguntó:
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?»
Salmo 42:5, RVR1960
Pero no terminó allí.
Inmediatamente se habló a sí mismo:
«Espera en Dios…»
Salmo 42:5, RVR1960
Observe la batalla.
El alma dice:
«Estoy abatida».
La fe responde:
«Espera en Dios».
No niega el dolor.
No finge que todo está bien.
Pero se niega a permitir que el dolor determine:
el final de la historia.
Cristo vino precisamente a donde parecía que ya no había esperanza
Esto es extraordinario.
Jesús llegó constantemente a situaciones que parecían terminadas.
Un ciego que llevaba años sin ver.
Una mujer enferma durante doce años.
Un paralítico.
Un leproso.
Una hija que había muerto.
Un hijo atormentado.
Un hombre que llevaba cuatro días dentro de una tumba.
Situaciones donde humanamente podía decirse:
«Ya no hay nada que hacer».
Y entonces llegaba Jesús.
Frente a la tumba de Lázaro, Marta dijo:
«Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Juan 11:21, RVR1960
Ella hablaba desde algo que ya había ocurrido.
El pasado parecía irreversible.
Lázaro estaba muerto.
Pero Jesús respondió:
«Tu hermano resucitará.»
Juan 11:23, RVR1960
Donde todos veían:
final
Jesucristo todavía veía:
posibilidad.
Y después gritó:
«¡Lázaro, ven fuera!»
Juan 11:43, RVR1960
Y el muerto salió.
Eso es lo que sucede cuando el Reino de la vida entra en territorio de El imperio de la muerte.
Cristo mismo entró en el lugar donde toda esperanza parecía haber muerto
Después llegó la cruz.
Jesús murió.
Su cuerpo fue colocado en una tumba.
Una piedra cerró la entrada.
Sus discípulos se dispersaron.
Sus sueños parecían destruidos.
Todo parecía terminado.
Si alguna vez hubo una escena que gritaba:
«Ya no hay esperanza»
era aquella tumba.
Pero llegó el tercer día.
La piedra fue removida.
La tumba quedó vacía.
Jesucristo resucitó.
Y desde entonces ningún hijo de Dios tiene que mirar una situación y concluir demasiado pronto:
«Todo terminó».
Porque nuestra fe nació precisamente alrededor de una tumba que:
no pudo retener a Cristo.
Jesucristo es nuestra esperanza aquí y ahora
Pedro escribió:
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.»
1 Pedro 1:3, RVR1960
Observe las palabras:
«esperanza viva».
No una esperanza muerta.
No una esperanza teórica.
No solamente esperanza para después de nuestra muerte.
Esperanza viva.
Aquí.
Ahora.
Podemos esperar restauración.
Podemos esperar sanidad.
Podemos esperar puertas nuevas.
Podemos esperar provisión.
Podemos esperar reconciliación.
Podemos esperar dirección.
Podemos esperar oportunidades que todavía no vemos.
Podemos creer que aquello que durante años no cambió:
puede cambiar.
Podemos orar por situaciones imposibles.
Podemos creer que Dios intervenga sobrenaturalmente.
Podemos comenzar nuevamente.
Podemos reconstruir.
Podemos levantarnos después de haber caído.
Podemos volver a soñar.
No porque neguemos la realidad.
Sino porque conocemos a un Dios que:
no está limitado por ella.
El Reino de Dios devuelve futuro a quienes pensaban que ya no lo tenían
Quizá alguien piense:
«Perdí demasiados años».
Dios todavía puede utilizar los que quedan.
«Fallé demasiadas veces.»
Todavía puedes levantarte.
«Mi familia está demasiado dañada.»
Dios todavía puede comenzar una obra.
«Mi cuerpo está demasiado enfermo.»
Podemos orar y creer por sanidad.
«Mi situación económica es imposible.»
Dios todavía puede abrir una puerta.
«Mi vida ya no tiene propósito.»
Mientras Dios te dé aliento:
todavía existe propósito.
La desesperanza dice:
«No hay futuro».
Jesucristo dice:
«Yo soy… la vida.»
Juan 14:6, RVR1960
La desesperanza dice:
«Esto está muerto».
Jesucristo dice:
«Yo soy la resurrección y la vida.»
Juan 11:25, RVR1960
La desesperanza dice:
«Ya no puedo más».
Cristo dice:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28, RVR1960
Todavía puede suceder algo bueno
Quizá ésa sea una de las frases que El imperio de la muerte más quiere quitarnos:
«Todavía puede suceder algo bueno».
Todavía puede abrirse una puerta.
Todavía puede llegar una respuesta.
Todavía puede producirse una sanidad.
Todavía puede restaurarse una relación.
Todavía puede surgir una idea.
Todavía puede aparecer una oportunidad.
Todavía puede ocurrir un milagro.
Todavía puede comenzar un capítulo que hoy:
no podemos imaginar.
Mientras Dios siga siendo Dios:
la desesperanza nunca tiene derecho a declararse absoluta.
Porque nuestra esperanza no descansa finalmente en que todo salga como nosotros pensamos.
Descansa en:
quién está con nosotros.
Y si Jesucristo pudo convertir una cruz en redención…
una tumba en resurrección…
y la muerte en puerta hacia la vida…
entonces nunca debemos olvidar:
Dios todavía puede escribir después del punto donde nosotros pensábamos que la historia había terminado.
El imperio de la muerte intenta robarnos el futuro antes de que llegue.
Pero Jesucristo nos devuelve algo que el dolor había intentado sepultar:
esperanza.
Esperanza para levantarnos.
Esperanza para sanar.
Esperanza para reconstruir.
Esperanza para creer.
Esperanza para volver a vivir.
No solamente algún día.
Aquí y ahora.
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Música recomomendada
Hay una verdad bíblica que debería cambiar por completo la manera en que miramos a cualquier ser humano.
Al rico.
Al pobre.
Al niño.
Al anciano.
Al enfermo.
Al extranjero.
Al prisionero.
Al discapacitado.
Al que piensa diferente.
Al que no puede ofrecernos nada.
Al que incluso nos ha hecho daño.
Todos ellos poseen algo que ninguna sociedad, gobierno, empresa, ejército, ideología o individuo tiene derecho a quitarles:
fueron creados a imagen de Dios.
La Biblia lo establece desde el principio:
«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…»
Génesis 1:26, RVR1960
Y continúa:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»
Génesis 1:27, RVR1960
Antes de que el hombre tuviera una profesión…
antes de producir…
antes de poseer…
antes de gobernar…
antes de construir…
antes incluso de formar una familia…
ya tenía:
dignidad.
No porque se la hubiera ganado.
Sino porque Dios había colocado sobre él:
su imagen.
Así era al principio: el ser humano tenía un valor extraordinario
Cuando Dios creó los cielos, las plantas, los animales y todo lo que existe, declaró que era bueno.
Pero cuando llegó al hombre ocurrió algo diferente.
Dios no dijo simplemente:
«Haré otra criatura».
Dijo:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen».
Eso colocó al ser humano en una posición singular dentro de la creación.
No era Dios.
Pero representaba algo de Dios dentro de la tierra.
Poseía capacidad moral.
Relacional.
Racional.
Creativa.
Espiritual.
Podía amar.
Comunicar.
Administrar.
Responder a Dios.
Ejercer autoridad delegada.
Y sobre todo:
pertenecía a una categoría que Dios mismo había revestido de dignidad.
Por eso el valor de una persona nunca dependió originalmente de:
su fuerza.
su belleza.
su productividad.
su inteligencia.
su edad.
su riqueza.
su nacionalidad.
su utilidad.
Su valor estaba establecido antes de todo eso.
Era humano.
Y llevaba:
la imagen de Dios.
El otro no era una cosa
Éste es un punto fundamental.
En el diseño original, otro ser humano nunca debía ser considerado simplemente:
un objeto.
No era una herramienta.
No era mercancía.
No era propiedad.
No era un número.
No era una pieza reemplazable.
Era:
persona.
Adán no recibió a Eva como un instrumento.
Cuando la vio dijo:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»
Génesis 2:23, RVR1960
Había reconocimiento.
Pertenencia.
Igual dignidad humana.
No era:
«¿Qué puedo sacar de ti?»
Era:
«Eres parte de mí».
Eso es extraordinariamente diferente del mundo que después construiríamos.

Esto fue lo que hicimos: dejamos de ver personas y comenzamos a ver utilidades
Cuando el pecado entró, la manera de mirar al otro comenzó a cambiar.
El otro podía convertirse en competencia.
Amenaza.
Obstáculo.
Instrumento.
Propiedad.
Objeto de placer.
Fuerza de trabajo.
Mercancía.
Número.
Y finalmente:
estorbo.
Cuando dejamos de recordar que delante de nosotros existe alguien hecho a imagen de Dios, se vuelve mucho más fácil preguntarnos:
«¿Para qué me sirve?»
En lugar de:
«¿Cuánto vale?»
Y esas dos preguntas pueden producir mundos completamente distintos.
Si una persona vale únicamente por lo que produce, cuando deja de producir pierde valor.
Si vale únicamente por su belleza, cuando envejece pierde valor.
Si vale por su inteligencia, quien tiene una discapacidad parece valer menos.
Si vale por su riqueza, el pobre se vuelve invisible.
Si vale por su poder, el débil puede ser aplastado.
Si vale por lo que puede darme…
el día que ya no pueda darme nada:
puedo desecharlo.
Ésa es una de las puertas más oscuras de El imperio de la muerte.
Cuando el prójimo se convierte en mercancía
A lo largo de la historia humana encontramos una tragedia repetida:
personas comprando personas.
Vendiendo personas.
Explotando personas.
Utilizando cuerpos.
Forzando trabajo.
Secuestrando.
Traficando.
Convirtiendo vidas humanas en números económicos.
¿Cómo llega una sociedad hasta allí?
Primero tiene que suceder algo dentro de la mente:
dejar de ver a la persona como persona.
Cuando alguien se convierte solamente en «mano de obra», es más fácil explotarlo.
Cuando se convierte solamente en «cuerpo», es más fácil consumirlo.
Cuando se convierte solamente en «enemigo», es más fácil odiarlo.
Cuando se convierte solamente en «problema», es más fácil eliminarlo.
Cuando se convierte solamente en «costo», es más fácil abandonarlo.
El lenguaje cambia primero.
Después puede cambiar:
la conducta.
Antes de destruir a una persona solemos deshumanizarla
Ésta ha sido una estrategia terrible a través de la historia.
Para maltratar a alguien sin sentir el peso completo de lo que hacemos, primero necesitamos reducirlo mentalmente.
Deja de ser:
un padre.
una madre.
un hijo.
una hija.
una persona con sueños.
una criatura con historia.
alguien amado por otros.
alguien que puede sentir dolor.
Y se convierte simplemente en:
«uno de ellos».
Un enemigo.
Un número.
Una categoría.
Una carga.
Entonces la conciencia puede comenzar a apagarse.
Porque es más fácil destruir:
una etiqueta
que:
una persona.
Caín olvidó que Abel era su hermano
Después de matar a Abel, Dios preguntó a Caín:
«¿Dónde está Abel tu hermano?»
Génesis 4:9, RVR1960
Observe cómo Dios lo llama:
«tu hermano».
Caín respondió:
«No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»
Génesis 4:9, RVR1960
Qué pregunta tan terrible.
En esencia:
«¿Qué me importa él?»
Pero Dios sí estaba mirando a Abel.
Dios dijo:
«La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.»
Génesis 4:10, RVR1960
Abel no era una estadística.
No era un cadáver más.
Era:
«tu hermano».
Y su sangre importaba a Dios.
Génesis 9:6: la vida humana es sagrada porque lleva la imagen de Dios
Después del diluvio aparece uno de los textos más importantes de toda la Biblia sobre el valor de la vida humana:
«El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.»
Génesis 9:6, RVR1960
Observe la razón.
Dios no dice simplemente:
«No maten porque la sociedad necesita orden».
Dice:
«porque a imagen de Dios es hecho el hombre».
La gravedad de derramar sangre humana está directamente relacionada con:
quién representa ese ser humano.
Atacar injustamente la vida humana no es simplemente dañar materia biológica.
Es atentar contra una criatura que lleva:
la imagen del Creador.
Eso eleva extraordinariamente el valor de la vida.
Y observe algo más.
Génesis 9 ocurre:
después de la caída.
Después del pecado.
Después de la violencia.
Después del diluvio.
Y aun así Dios sigue diciendo que el hombre:
es hecho a su imagen.
El pecado dañó al hombre.
Distorsionó profundamente su condición.
Pero no convirtió al ser humano en algo sin valor.
La imagen fue dañada en su expresión…
pero la dignidad humana:
no desapareció.
Cuando olvidamos esto aparece la explotación
¿Por qué pagar injustamente a alguien si puedo aprovechar su necesidad?
¿Por qué proteger al débil si no puede devolverme nada?
¿Por qué respetar a una mujer si la considero solamente un cuerpo?
¿Por qué cuidar a un anciano si ya no produce?
¿Por qué proteger a una persona discapacitada si la sociedad la considera una carga?
¿Por qué preocuparme por un extranjero?
¿Por qué importarme un prisionero?
¿Por qué defender al pobre?
La respuesta bíblica es profundamente sencilla:
porque lleva la imagen de Dios.
Quizá esté sucia.
Herida.
Confundida.
Enferma.
Empobrecida.
Encarcelada.
Envejecida.
Dependiente.
Pero continúa siendo:
humana.
Y eso basta para conferir una dignidad que nosotros no tenemos derecho a cancelar.
Cuando olvidamos la imagen de Dios aparece el abuso
El abuso necesita una mentira:
«Mi deseo vale más que tu dignidad».
El abusador dice con sus actos:
mi enojo vale más que tu cuerpo.
mi placer vale más que tu voluntad.
mi poder vale más que tu libertad.
mi comodidad vale más que tu sufrimiento.
mi beneficio vale más que tu bienestar.
Eso es exactamente lo contrario del diseño de Dios.
Porque si la otra persona lleva la imagen de Dios…
no puedo tratarla como:
una cosa.
El poder se vuelve peligroso cuando deja de reconocer dignidad
Un gobierno que deja de ver ciudadanos y solamente ve números puede comenzar a sacrificar personas por intereses.
Una empresa que deja de ver trabajadores y solamente ve costos puede destruir vidas para mejorar resultados.
Un ejército que deja de ver seres humanos y solamente ve objetivos puede perder su conciencia.
Una familia que deja de ver dignidad puede normalizar maltrato.
Una sociedad que divide a las personas entre «útiles» e «inútiles» ha comenzado a caminar por un territorio muy peligroso.
Porque tarde o temprano alguien tendrá que decidir:
quién merece seguir contando.
Y ningún ser humano posee autoridad para determinar que otro ser humano ha dejado de tener dignidad.
La imagen de Dios destruye nuestras categorías de superioridad
Si ambos fuimos creados a imagen de Dios…
no puedo decir:
«Mi vida vale más porque tengo más dinero».
No.
«Valgo más porque tengo estudios».
No.
«Valgo más porque soy más fuerte».
No.
«Valgo más porque nací en otro país».
No.
«Valgo más porque pertenezco a determinada familia».
No.
Puedo tener responsabilidades diferentes.
Capacidades diferentes.
Funciones diferentes.
Pero delante de Dios compartimos una realidad básica:
somos seres humanos creados a su imagen.
Eso debería destruir:
la arrogancia.
el desprecio.
la explotación.
la crueldad.
la cosificación.
El imperio de la muerte convierte personas en números
Una de las características más perturbadoras de nuestro mundo es la facilidad con que grandes tragedias se convierten en estadísticas.
Cien muertos.
Mil desplazados.
Diez mil víctimas.
Millones de pobres.
Y después de cierto punto nuestra mente puede dejar de imaginar:
personas.
Pero cada número tiene un nombre.
Cada muerto tuvo una historia.
Cada niño tuvo miedo.
Cada madre amó a alguien.
Cada anciano tuvo recuerdos.
Cada refugiado dejó una casa.
Cada víctima tenía planes para el día siguiente.
Para nosotros pueden ser cifras.
Para Dios:
son personas.
Jesús restauró la mirada hacia el ser humano
Cuando observamos a Jesucristo encontramos algo extraordinario.
Él veía personas donde otros veían categorías.
Otros veían:
«leproso».
Jesús veía a un hombre.
Otros veían:
«pecadora».
Jesús veía a una mujer.
Otros veían:
«publicano».
Jesús veía a alguien que podía ser transformado.
Otros veían:
«ciego».
Jesús veía a una persona que necesitaba misericordia.
Otros veían niños como interrupción.
Jesús dijo:
«Dejad a los niños venir a mí…»
Marcos 10:14, RVR1960
Jesús no permitía que una condición sustituyera:
la identidad humana.
Eso es profundamente importante.
Una persona tiene una enfermedad.
No es solamente:
«el enfermo».
Cometió un pecado.
No es únicamente:
«el pecador».
Está encarcelada.
No es solamente:
«el preso».
Es pobre.
No es solamente:
«el pobre».
Antes de todas nuestras etiquetas existe:
una persona.
Jesús llevó esta verdad todavía más lejos
En Mateo 25, Jesús habló de quienes tenían hambre, sed, estaban desnudos, enfermos o encarcelados.
Y declaró:
«De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.»
Mateo 25:40, RVR1960
Qué manera tan radical de mirar al prójimo.
Cuando atendemos al vulnerable…
Cristo toma ese acto:
personalmente.
Y cuando despreciamos al ser humano, no estamos tratando solamente con una criatura cualquiera.
Estamos tratando con alguien sobre quien Dios ha colocado:
dignidad.
El otro puede ser mi enemigo y aun así seguir siendo humano
Aquí la enseñanza de Jesús se vuelve todavía más difícil.
Él dijo:
«Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen…»
Mateo 5:44, RVR1960
¿Por qué?
Porque el enemigo no deja de ser humano porque se convirtió en enemigo.
Eso no significa llamar bueno a lo malo.
No significa negar justicia.
No significa permitir abuso.
No significa eliminar consecuencias.
Significa que ni siquiera el conflicto nos da derecho a convertir a otra persona:
en una cosa.
Podemos oponernos al mal sin perder nuestra humanidad.
Podemos buscar justicia sin convertirnos en verdugos interiores.
Podemos establecer límites sin negar dignidad.
¿Qué ocurre cuando recuperamos esta verdad?
Comenzamos a mirar diferente.
Al mesero.
Al empleado.
Al paciente.
Al anciano.
Al niño.
Al pobre.
Al migrante.
Al prisionero.
Al discapacitado.
A la persona difícil.
Incluso a quien no puede ofrecernos nada.
Ya no preguntamos primero:
«¿Qué puede hacer por mí?»
Recordamos:
«Lleva la imagen de Dios».
Y eso cambia nuestra manera de hablar.
De pagar.
De tratar.
De cuidar.
De corregir.
De ejercer autoridad.
De hacer negocios.
De gobernar.
De relacionarnos.
Cristo vino a restaurar también la imagen dañada en nosotros
La esperanza no consiste solamente en aprender a respetar más al prójimo.
Cristo vino a realizar algo mucho más profundo.
Pablo habla del nuevo hombre:
«…el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.»
Colosenses 3:10, RVR1960
Qué declaración.
La imagen que el pecado distorsionó puede comenzar a ser:
restaurada.
Y Romanos dice que Dios nos predestinó:
«para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…»
Romanos 8:29, RVR1960
El propósito de Cristo no es solamente perdonarnos.
También está formando nuevamente en nosotros:
la semejanza del Hijo.
De modo que podamos mirar como Él mira.
Amar como Él ama.
Servir como Él sirve.
Proteger como Él protege.
Valorar a las personas como Él las valora.
El Reino de Dios devuelve dignidad
Por eso, cuando el Reino de Dios se manifiesta, las personas dejan de ser mercancía.
El débil es protegido.
El enfermo es atendido.
El hambriento es alimentado.
El cautivo recibe esperanza.
El rechazado encuentra lugar.
El pecador encuentra posibilidad de redención.
El herido es tratado como alguien digno de ser restaurado.
No porque todos hayan hecho lo correcto.
Sino porque ninguna caída cancela el hecho fundamental de que estamos tratando con:
seres humanos.
Y cada vez que devolvemos dignidad donde el mundo produjo desprecio…
cada vez que protegemos donde otros explotan…
cada vez que servimos donde otros utilizan…
cada vez que defendemos vida donde otros ven un estorbo…
estamos mostrando cómo luce:
el Reino de Dios.
El imperio de la muerte nos enseñó a convertir personas en objetos.
Cristo nos enseña a volver a ver:
rostros.
Personas.
Historias.
Dolores.
Sueños.
Y detrás de todos ellos:
la huella del Creador.
Tal vez una de las preguntas más importantes que podemos aprender a hacernos antes de tratar a cualquier persona sea ésta:
«¿Estoy tratando a este ser humano como trataría a alguien que lleva la imagen de Dios?»
Porque cuando olvidamos esa verdad…
aparecen la explotación, el abuso, la opresión y el desprecio por la vida.
Pero cuando volvemos a verla…
algo comienza a cambiar.
Ya no veo un objeto.
No veo una mercancía.
No veo solamente un enemigo.
No veo un número.
No veo un estorbo.
Veo:
una persona creada a imagen de Dios.
Y eso significa que su vida:
importa.
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