Dr. Elio M. Rivera
Cuando observamos el matrimonio tal como existe actualmente, surge una pregunta inevitable:
¿Esto fue lo que Dios creó?
Matrimonios llenos de discusiones.
Esposos que se hieren con palabras.
Mujeres lastimadas.
Hombres despreciados.
Infidelidad.
Celos.
Manipulación.
Violencia dentro del hogar.
Alcoholismo.
Irresponsabilidad.
Padres ausentes.
Madres agotadas tratando de sostener solas una familia.
Hijos creciendo entre gritos, amenazas y miedo.
Divorcios dolorosos.
Familias fragmentadas.
Personas que alguna vez se miraron a los ojos y prometieron amarse, pero que años después apenas pueden permanecer juntas en la misma habitación.
¿Eso fue lo que Dios diseñó?
La respuesta es sencilla:
No.
Y Jesucristo lo dijo de una manera extraordinaria:
«…mas al principio no fue así.»
Mateo 19:8, RVR1960
Para comprender el matrimonio tenemos que regresar al principio.
¿Cómo era el matrimonio que Dios creó?
Antes de existir gobiernos, ciudades, empresas, escuelas o naciones, Dios estableció una familia.
Después de crear a Adán, Dios declaró:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.»
Génesis 2:18, RVR1960
Entonces creó a Eva.
Cuando Adán la contempló pronunció unas palabras extraordinarias:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»
Génesis 2:23, RVR1960
Y la Escritura establece el diseño:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»
Génesis 2:24, RVR1960
Observe la expresión:
«una sola carne».
No dos enemigos compartiendo una casa.
No dos personas compitiendo para descubrir quién controla a quién.
No una relación basada en miedo.
No manipulación.
No violencia.
No abandono.
No infidelidad.
No existía siquiera la idea del divorcio.
Había unión.
Había pertenencia.
Había compañía.
Había seguridad.
Había confianza.
Había intimidad sin vergüenza.
La Biblia termina la descripción de aquella primera pareja diciendo:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
No tenían nada que esconder.
No necesitaban protegerse el uno del otro.
No había heridas acumuladas.
No existían secretos capaces de destruir la confianza.
No había miedo de ser traicionado.
El matrimonio era un lugar seguro.

Cuando el pecado entro en la casa, el matrimonio fue afectado
Pero después de la caída algo cambió inmediatamente.
Cuando Dios preguntó a Adán qué había ocurrido, aquel hombre que poco antes había declarado:
«hueso de mis huesos y carne de mi carne»
respondió:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»
Génesis 3:12, RVR1960
Algo se había roto.
Antes:
«hueso de mis huesos».
Después:
«la mujer que me diste».
Antes había identificación.
Ahora había acusación.
Antes eran uno.
Ahora uno intentaba salvarse responsabilizando al otro.
El pecado había entrado en el matrimonio.
Y con él llegaron el egoísmo, la defensa propia, la acusación y la lucha.
Génesis describe además otra consecuencia:
«…tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.»
Génesis 3:16, RVR1960
Aquello no aparece como parte de la descripción original de Génesis 2.
Aparece después de la caída.
La relación que había sido diseñada para funcionar en unidad comenzaría a conocer conflicto y dominio.
El matrimonio había sido alcanzado por El imperio de la muerte.
El hogar que debía acercarnos a Dios comenzó a producir heridas
El propósito de Dios para la familia era extraordinario.
Los hijos debían encontrar allí sus primeras experiencias de amor, seguridad, protección, provisión y pertenencia.
Antes de que un niño pudiera comprender intelectualmente quién era Dios, debía experimentar en casa algo que le ayudara a comprender palabras como:
padre.
amor.
protección.
fidelidad.
seguridad.
Pero la caída distorsionó también esas imágenes.
El padre que debía proteger puede convertirse en aquel de quien los hijos necesitan protegerse.
El hombre que debía sostener su hogar puede convertirse en irresponsable.
Puede refugiarse en el alcohol.
Puede abandonar.
Puede golpear.
Puede humillar.
Puede gastar en sí mismo lo que necesitan sus hijos.
Puede estar físicamente dentro de la casa y emocionalmente completamente ausente.
Y la mujer también fue alcanzada por la caída.
Puede herir.
Puede manipular.
Puede abandonar emocionalmente a sus hijos.
Puede utilizar las palabras para destruir.
Puede descuidar.
Puede convertir el hogar en un lugar de conflicto permanente.
Padres y madres que debían reflejar cuidado y conducir a sus hijos hacia Dios pueden terminar tan heridos, confundidos y atormentados ellos mismos que apenas están tratando de sobrevivir emocionalmente.
Y los hijos reciben las consecuencias.
Así el lugar que debía ser uno de los sitios más seguros de la tierra puede convertirse para muchas personas en el lugar donde recibieron sus heridas más profundas.
Cuando el matrimonio se convirtió en un campo de batalla
Lo que Dios diseñó como una alianza de amor comenzó a convertirse muchas veces en una lucha por sobrevivir.
¿Quién manda?
¿Quién controla el dinero?
¿Quién tiene la razón?
¿Quién cede?
¿Quién gana la discusión?
¿Quién castiga al otro con silencio?
¿Quién manipula?
¿Quién amenaza con irse?
¿Quién hiere primero?
Dos personas que deberían estar luchando juntas contra los problemas terminan luchando una contra la otra.
Y cuando eso ocurre, nadie gana.
Puede ganar una discusión y perder a su esposa.
Puede imponer su voluntad y perder el corazón de su esposo.
Puede conseguir controlar la casa y destruir la familia.
Puede demostrar que tenía razón y dejar llorando a la persona que prometió amar.
Entonces aparecen heridas.
Las heridas producen distancia.
La distancia produce soledad.
La soledad produce vulnerabilidad.
Y finalmente dos personas pueden dormir en la misma cama mientras emocionalmente viven a kilómetros de distancia.
Eso no fue lo que Dios diseñó.
El divorcio tampoco era la idea
En una ocasión preguntaron a Jesucristo acerca del divorcio.
Su respuesta es fundamental para comprender todo este tema.
Jesús no comenzó analizando las costumbres de su época.
Regresó a Génesis.
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?»
Mateo 19:4, RVR1960
Después citó el diseño original:
«…y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino una sola carne.»
Mateo 19:5-6, RVR1960
Entonces le preguntaron por qué Moisés había permitido el divorcio.
Jesús respondió:
«Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así.»
Mateo 19:8, RVR1960
Aquí está la explicación.
«Por la dureza de vuestro corazón».
El problema nuevamente aparece dentro del hombre.
Y después Jesús pronuncia la frase que deberíamos recordar cuando contemplamos familias destruidas:
«Al principio no fue así.»
Divorcio:
al principio no fue así.
Violencia doméstica:
al principio no fue así.
Manipulación:
al principio no fue así.
Abandono:
al principio no fue así.
Infidelidad:
al principio no fue así.
Hijos aterrorizados dentro de su propia casa:
al principio no fue así.
Padres destruyéndose delante de sus hijos:
al principio no fue así.
Nada de eso formaba parte del diseño original.
No culpemos a Dios por lo que nosotros rompimos
Esto es importante dentro de esta serie.
Muchas personas han sufrido profundamente dentro de sus familias y terminan preguntándose:
¿Por qué Dios permitió que mi hogar fuera así?
Pero debemos distinguir entre lo que Dios diseñó y lo que el pecado produjo.
Dios diseñó:
«una sola carne».
Nosotros introdujimos la división.
Dios diseñó compañía.
Nosotros introdujimos abandono.
Dios diseñó confianza.
Nosotros introdujimos traición.
Dios diseñó protección.
Nosotros introdujimos violencia.
Dios diseñó fidelidad.
Nosotros introdujimos infidelidad.
Dios diseñó un lugar seguro.
Nosotros muchas veces lo convertimos en un campo de batalla.
No fue Dios quien inventó el adulterio.
No fue Dios quien inventó la violencia intrafamiliar.
No fue Dios quien creó el abandono.
No fue Dios quien diseñó padres alcohólicos golpeando a sus hijos.
No fue Dios quien diseñó esposas o esposos viviendo aterrorizados dentro de su propia casa.
No fue Dios quien creó niños llorando detrás de una puerta mientras sus padres se destruyen.
Eso lo hicimos nosotros.
Es parte del mundo que surgió cuando el hombre decidió apartarse de Dios y vivir conforme a su propio camino.
«Al principio no fue así»
Pero precisamente allí encontramos esperanza.
Porque si queremos saber qué piensa Dios acerca del matrimonio, no debemos mirar primero nuestras estadísticas de divorcio.
Debemos regresar al principio.
Allí encontramos a un hombre y una mujer que no eran adversarios.
Eran compañeros.
No competían.
Se pertenecían.
No necesitaban defenderse el uno del otro.
Podían estar completamente expuestos y continuar sintiéndose seguros:
«…y no se avergonzaban.»
Ese era el sueño.
Un hombre y una mujer caminando juntos.
Amándose.
Protegiéndose.
Cuidándose.
Compartiendo la vida.
Levantando una familia.
Caminando juntos con Dios.
Siendo una sola carne.
Y aunque vivimos después de la caída, Jesucristo no vino solamente para perdonar individuos.
Su presencia también puede comenzar a sanar aquello que el pecado destruyó en nuestras relaciones.
Puede enseñarnos nuevamente a amar.
A perdonar.
A servir.
A respetar.
A proteger.
A dejar de competir.
A dejar de herir.
A volver a mirar a nuestro esposo o esposa no como adversario, sino como compañero de vida.
El matrimonio que conocemos actualmente lleva muchas cicatrices de El imperio de la muerte.
Pero esas cicatrices no deben confundirse con el diseño de Dios.
Cuando alguien pregunte:
¿Esto fue lo que Dios quiso para el matrimonio?
Podemos regresar a las palabras de Jesucristo:
«…al principio no fue así.»
Porque antes de la acusación hubo unidad.
Antes de la lucha hubo compañerismo.
Antes de la vergüenza hubo seguridad.
Antes del divorcio hubo:
«una sola carne».
Y antes de que El imperio de la muerte entrara en nuestros hogares, Dios había diseñado la familia para ser uno de los lugares donde el ser humano pudiera experimentar algo completamente diferente:
amor, pertenencia, protección, descanso y hogar y gracias a Jesucristo todo eso puede ser restaurado.
