Dr. Elio M. Rivera
La primera guerra de la historia humana no comenzó con dos ejércitos frente a frente.
No hubo espadas.
No hubo soldados.
No hubo fronteras.
No hubo generales.
La primera gran guerra comenzó en un territorio mucho más cercano:
dentro del hombre.
Algo que había vivido en armonía comenzó a quebrarse.
Aparecieron miedo, culpa, vergüenza, ira, envidia, codicia, orgullo, deseos desordenados, pensamientos contradictorios y una profunda inquietud interior.

Cuando el pecado entro al mundo, el hombre había perdido la paz
Santiago explicaría siglos después de dónde proceden finalmente muchas de las guerras que terminamos viendo afuera:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Observe dónde comienza la guerra:
«en vuestros miembros».
Antes de convertirse en guerra entre hombres, muchas veces ya había comenzado como guerra dentro del hombre.
Y apareció el miedo
Existe una palabra que aparece inmediatamente después de la caída y que acompañaría a la humanidad durante el resto de su historia:
miedo.
Adán mismo la pronunció:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo… y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
¡Qué palabras tan extrañas para aquel mundo!
«Tuve miedo».
¿Miedo de qué?
Adán había vivido en un ambiente donde Dios había provisto para sus necesidades.
Tenía alimento.
Tenía agua.
Tenía un hogar.
Tenía compañera.
Tenía propósito.
Tenía identidad.
Tenía seguridad.
Tenía comunión con Dios.
Sus necesidades físicas, emocionales y espirituales encontraban su respuesta dentro de la relación y del ambiente que Dios había preparado para él.
Pero ahora estaba separado.
Y cuando el hombre se separó de Dios comenzó una terrible sensación:
ahora tengo que cuidarme yo.
Tengo que protegerme.
Tengo que asegurar mi futuro.
Tengo que conseguir lo necesario.
Tengo que evitar que alguien me quite lo que tengo.
Tengo que controlar lo que sucederá mañana.
Tengo que defender mi posición.
Tengo que sobrevivir.
Y el problema es que el hombre jamás recibió la capacidad de controlar todas las variables de su existencia.
No puede controlar el mañana.
No puede impedir todas las enfermedades.
No puede garantizar que nunca perderá lo que posee.
No puede controlar las decisiones de quienes lo rodean.
No puede impedir que envejezca.
No puede garantizar que las personas que ama estarán siempre a su lado.
Y finalmente ni siquiera puede impedir su propia muerte.
Entonces comenzó una vida agotadora:
intentar controlar lo incontrolable.
Y de allí surge una de las experiencias más desgastantes de la humanidad:
la preocupación.
Como un pez fuera del agua
Imagine un pez.
Dentro del agua puede moverse tranquilamente.
Respira.
Nada.
Se alimenta.
Su cuerpo funciona dentro del ambiente para el cual fue diseñado.
Pero sáquelo del agua.
Inmediatamente comienza la desesperación.
Su cuerpo se agita.
Se retuerce.
Golpea.
Abre desesperadamente la boca.
Parece luchar contra todo lo que lo rodea.
No es difícil observar su estrés.
Está intentando desesperadamente sobrevivir.
¿Qué le ocurrió?
El pez sigue teniendo aletas.
Sigue teniendo branquias.
Sigue siendo el mismo organismo.
Pero está fuera del ambiente para el cual fue creado.
Y aquello que dentro del agua funcionaba naturalmente, fuera de ella se convierte en una lucha desesperada por sobrevivir.
Esta imagen puede ayudarnos a comprender lo que ocurrió con el hombre.
Fuimos creados para vivir en comunión con Dios.
Para depender de Él.
Para recibir de Él identidad.
Para encontrar en Él seguridad.
Para caminar bajo su cuidado.
Para confiar en su provisión.
Para descansar en su presencia.
Cuando el hombre decidió independizarse de Dios creyó que estaba alcanzando libertad.
En realidad estaba haciendo algo parecido a un pez que decide abandonar el agua.
Seguía vivo.
Pero comenzó la desesperación.
Comenzó la lucha.
Comenzó el desgaste.
Comenzó el miedo.
Comenzó el tormento.
«Seréis como Dios»: la promesa que terminó en esclavitud
La serpiente había hecho una promesa extraordinariamente atractiva:
«…seréis como Dios…»
Génesis 3:5, RVR1960
En otras palabras:
No necesitarán depender de Él.
Podrán decidir.
Podrán determinar por ustedes mismos.
Podrán vivir independientemente de Dios.
Pero observe el resultado.
La promesa fue:
«seréis como Dios».
El resultado fue:
«tuve miedo».
La serpiente prometió elevación.
Produjo caída.
Prometió conocimiento.
Produjo vergüenza.
Prometió independencia.
Produjo esclavitud.
Prometió libertad.
Y terminó ejerciendo dominio sobre aquellos que habían escuchado su voz.
Jesucristo describió la naturaleza del enemigo con palabras que no dejan lugar a dudas:
«El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir…»
Juan 10:10, RVR1960
Hurtar.
Matar.
Destruir.
Eso comenzó a experimentar la humanidad.
El que prometió libertad comenzó a atormentar al hombre
Cuando llegamos a los Evangelios encontramos escenas que muestran hasta dónde había llegado aquella tragedia.
Una de las más terribles ocurre en la región de los gadarenos.
Allí aparece un hombre dominado por espíritus inmundos.
Marcos lo describe:
«…tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas.»
Marcos 5:3, RVR1960
Vivía entre muertos.
Estaba aislado.
Había perdido el control.
Y después encontramos una frase dolorosa:
«Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.»
Marcos 5:5, RVR1960
¡Hiriéndose!
Aquella criatura hecha a imagen de Dios estaba siendo atormentada hasta el punto de lastimar su propio cuerpo.
El enemigo no lo estaba conduciendo hacia una existencia superior.
Lo estaba destruyendo.
Otro episodio resulta igualmente estremecedor.
Un padre llevó a su hijo delante de Jesús y explicó lo que aquel espíritu hacía con él:
«Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle…»
Marcos 9:22, RVR1960
Fuego.
Agua.
Destrucción.
Muerte.
El enemigo parecía empeñado en destruir aquello que Dios había creado y amado.
La criatura que había escuchado:
«seréis como Dios»
terminó descubriendo que detrás de aquella voz no había un libertador.
Había un esclavizador.
La paz se fue y llegó el tormento
El miedo comenzó en Génesis.
Pero no terminó allí.
Se extendió por la experiencia humana.
Miedo a morir.
Miedo a enfermar.
Miedo a no tener suficiente.
Miedo a perder el trabajo.
Miedo a perder la casa.
Miedo a quedarnos solos.
Miedo a ser rechazados.
Miedo al futuro.
Miedo a nuestros enemigos.
Miedo a perder a quienes amamos.
Miedo a la pobreza.
Miedo a lo desconocido.
Miedo al mañana.
Y detrás de muchos de esos temores existe la misma angustia:
¿Quién cuidará de mí?
El hombre separado de Dios intenta responder:
yo.
Y comienza el agotamiento.
Trabaja.
Acumula.
Protege.
Calcula.
Se preocupa.
Anticipa problemas que todavía no existen.
Construye escenarios en su mente.
Pierde el sueño pensando en mañana.
Consigue algo y comienza a temer perderlo.
Resuelve un problema y aparece otro.
Alcanza una meta y descubre otra amenaza.
La mente difícilmente descansa.
Por eso la Escritura relaciona directamente el temor con el tormento:
«…el temor lleva en sí castigo.»
1 Juan 4:18, RVR1960
El miedo puede convertirse en un verdugo interior.
Ni siquiera necesita que aquello que tememos haya sucedido.
Puede atormentarnos simplemente con la posibilidad de que suceda.
El cuerpo está en el presente.
Pero la mente está sufriendo por mañana.
Así comenzó a vivir el hombre fuera del ambiente para el cual había sido creado.
No fuimos creados para vivir así
Y entonces llegó Jesucristo.
Cuando escuchamos cuidadosamente sus palabras descubrimos algo extraordinario.
Jesús comenzó a llamar al hombre precisamente en dirección contraria a aquella existencia angustiosa.
A una humanidad consumida pensando cómo sobrevivir, Jesús le dijo:
«Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir…»
Mateo 6:25, RVR1960
Y después preguntó:
«¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?»
Entonces señaló las aves:
«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.»
Mateo 6:26, RVR1960
Observe qué palabra vuelve a aparecer:
Padre.
El hombre había vivido como huérfano espiritual.
Tengo que conseguir.
Tengo que proteger.
Tengo que controlar.
Tengo que asegurar.
Y Jesús vuelve a decir:
«vuestro Padre celestial».
Más adelante añade:
«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»
Mateo 6:32, RVR1960
¡Él sabe!
Sabe que necesitamos alimento.
Sabe que necesitamos vestido.
Sabe que tenemos necesidades.
Sabe que existe un mañana.
Por eso Jesús termina diciendo:
«Así que, no os afanéis por el día de mañana…»
Mateo 6:34, RVR1960
Es como si Dios estuviera llamando nuevamente al pez hacia el agua.
Regresa al ambiente para el cual fuiste creado.
Vuelve a confiar.
Vuelve a depender.
Vuelve al Padre.
Cristo vino a devolvernos el descanso
Jesús hizo otra invitación extraordinaria:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28, RVR1960
Trabajados.
Cargados.
Agotados.
Exactamente lo que produce intentar cargar solos una vida que nunca fuimos diseñados para cargar sin Dios.
Y Cristo dice:
«Venid a mí».
No solamente ofrece perdón.
Ofrece descanso.
Y poco antes de ir a la cruz dijo a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
Qué extraordinario contraste.
Adán después del pecado:
«Tuve miedo… y me escondí.»
Jesucristo:
«No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Entre esas dos declaraciones se encuentra buena parte de la tragedia y de la esperanza de la historia humana.
Fuimos creados para la paz y conocimos el tormento.
Fuimos creados para confiar y aprendimos a preocuparnos.
Fuimos creados para depender de nuestro Padre y terminamos intentando sostener solos el peso de nuestra existencia.
Fuimos creados para vivir en comunión con Dios y comenzamos a vivir como peces fuera del agua.
Agitados.
Desesperados.
Luchando.
Temiendo.
Tratando de conseguir oxígeno en un ambiente para el cual nunca fuimos diseñados.
La pobreza, la incertidumbre, la enfermedad, las pérdidas, la preocupación y el miedo comenzaron a consumir al hombre.
Pero jamás fue ese el plan original de Dios.
Por eso, cuando Jesucristo vino a buscarnos, sus palabras sonaron casi como una invitación a regresar a casa:
«Venid a mí…»
«No os afanéis…»
«Vuestro Padre sabe…»
«Mi paz os doy…»
«No… tenga miedo.»
La guerra había comenzado dentro del hombre.
Pero Jesucristo vino a anunciar que el hombre no había sido creado para vivir atormentado por ella.
