Dr. Elio M. Rivera
Antes del pecado, Adán no tenía razón alguna para esconderse de Dios.
No le temía.
No sentía vergüenza delante de Él.
No esperaba juicio.
No necesitaba ocultar nada.
Dios era su Creador, la fuente de su vida y Aquel con quien podía relacionarse sin que existiera entre ambos la barrera del pecado.
Pero después de comer del fruto prohibido ocurrió algo extraordinariamente revelador.
Dios no tuvo que esconderse del hombre.

El hombre comenzó a esconderse de Dios.
«Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
Tres expresiones describen la nueva condición:
«Oí tu voz».
«Tuve miedo».
«Me escondí».
La voz era la voz de Dios.
El huerto seguía siendo el huerto de Dios.
El hombre continuaba rodeado por la creación de Dios.
Pero ahora huía de su Creador.
Algo se había roto.
Cuando la presencia de Dios comenzó a producir miedo
Antes de la caída, la presencia de Dios significaba comunión.
Después de la caída, significaba para Adán confrontación.
¿Qué había cambiado?
Dios no había cambiado.
El que había cambiado era el hombre.
Había aparecido el pecado.
Había aparecido la culpa.
Había aparecido la vergüenza.
Y apareció algo que hasta entonces Adán no había experimentado frente a su Creador:
miedo.
Esto nos ayuda a comprender una de las consecuencias más profundas de la muerte espiritual.
El pecado no solamente hizo que el hombre saliera del huerto.
Hizo que interiormente comenzara a alejarse de Dios.
El hombre podía contemplar el cielo creado por Dios.
Podía beber el agua creada por Dios.
Podía comer los frutos producidos por la tierra de Dios.
Podía respirar el aire que Dios había creado.
Podía vivir cada segundo sostenido por las leyes establecidas por Dios.
Y, sin embargo, podía intentar vivir sin Dios.
Esa contradicción continúa siendo una de las grandes tragedias de la humanidad.
Una criatura viviendo dentro de la creación mientras huye de su Creador.
Una nueva voz había entrado en la relación
Pero algo más había sucedido junto al árbol.
Hasta entonces, la autoridad que encontramos hablando al hombre era Dios.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
Dios había establecido el límite.
Dios había explicado la consecuencia.
Pero Génesis 3 introduce otra voz.
La serpiente dijo:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
Génesis 3:1, RVR1960
Y después contradijo directamente al Creador:
«No moriréis.»
Génesis 3:4, RVR1960
Ahora había dos palabras delante del hombre.
Dios había dicho:
La serpiente dijo:
«No moriréis».
Y el hombre tuvo que decidir a quién creer.
Este detalle es fundamental.
El pecado no consistió únicamente en comer un fruto.
El hombre rechazó la palabra de Dios y actuó conforme a la palabra del rebelde.
Aceptó la mentira.
Siguió la propuesta de la serpiente.
Y al hacerlo cambió de lealtad.
Había escogido colocarse del lado de la rebelión.
De hijos de Dios a una nueva paternidad espiritual
Mucho tiempo después, Jesucristo utilizaría palabras extraordinariamente fuertes para describir la condición espiritual de hombres que rechazaban la verdad de Dios.
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.»
Juan 8:44, RVR1960
La expresión es terrible:
«vuestro padre el diablo».
Jesús no estaba hablando de paternidad biológica.
Dios seguía siendo el Creador del ser humano.
Estaba hablando de una paternidad espiritual expresada en deseos, obras y lealtad.
Observe el contraste con el principio.
Lucas lleva la genealogía hasta:
«…Adán, hijo de Dios.»
Lucas 3:38, RVR1960
Pero después de la caída encontramos a una humanidad rebelde a la que Cristo puede llegar a decir:
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo».
¿Qué ocurrió entre esas dos declaraciones?
La caída.
El hombre escuchó otra voz.
Creyó otra palabra.
Aceptó otra propuesta.
Y entró en la rebelión que aquella criatura ya había iniciado contra Dios.
En ese sentido podemos hablar de un cambio de alianza espiritual.
El hombre creado para vivir bajo la autoridad de Dios se había unido a la rebelión del ángel caído.
La tierra quedó bajo un gobierno usurpado
Adán había recibido una responsabilidad extraordinaria sobre la tierra.
Dios había dicho:
«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra…»
Génesis 1:26, RVR1960
Y después:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre había recibido autoridad delegada.
Pero el hombre que debía ejercer aquella autoridad se sometió a la voz del rebelde.
A partir de allí comienza a aparecer en las Escrituras una realidad sorprendente.
Satanás llega a ejercer una influencia y un dominio tan extensos sobre el sistema humano caído que Jesucristo lo llama:
«el príncipe de este mundo».
Juan 12:31, RVR1960
Jesús vuelve a utilizar la misma expresión:
«…viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí.»
Juan 14:30, RVR1960
Y nuevamente:
«…el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.»
Juan 16:11, RVR1960
Pablo lo llama:
«…el dios de este siglo…»
2 Corintios 4:4, RVR1960
Y habla también de:
«…el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia.»
Efesios 2:2, RVR1960
Algo había ocurrido con el gobierno del mundo humano.
Pero debemos entenderlo correctamente.
Satanás no se convirtió en dueño legítimo de la tierra.
La Escritura continúa declarando:
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Dios nunca perdió su soberanía.
Satanás nunca destronó a Dios.
Nunca se convirtió en Creador.
Nunca adquirió legítimamente la creación.
Lo que apareció fue un gobierno usurpado dentro del sistema humano rebelde.
El príncipe de este mundo gobierna una rebelión que ya está condenada.
Por eso Jesucristo no dijo que sería juzgado algún día solamente.
Dijo:
«el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado».
Comenzó la distorsión de la imagen de Dios
Aquí ocurrió otra tragedia.
El hombre había sido creado para llevar la imagen de Dios.
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…»
Génesis 1:27, RVR1960
Había sido diseñado para reflejar sobre la tierra algo de su Creador.
Pero ahora había comenzado a escuchar, creer y seguir otra voz.
Y cuando cambia aquello que gobierna al hombre, comienza también a distorsionarse aquello que el hombre refleja.
La imagen de Dios no desapareció completamente del ser humano. Incluso después de la caída, Génesis continúa hablando del hombre como hecho a imagen de Dios.
Pero esa imagen comenzó a mostrarse profundamente distorsionada por el pecado.
Donde debía reflejarse verdad apareció mentira.
Donde debía reflejarse vida apareció muerte.
Donde debía reflejarse luz aparecieron tinieblas.
Donde debía existir comunión apareció separación.
Donde debía existir obediencia apareció rebelión.
No resulta extraño que Jesús describiera al diablo precisamente mediante características completamente contrarias a Dios:
«Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él… porque es mentiroso, y padre de mentira.»
Juan 8:44, RVR1960
Muerte.
Mentira.
Rebelión.
Tinieblas.
Ese era ahora el reino cuya puerta el hombre había abierto.
El hombre comenzó a vivir lejos de su Padre
La escena de Adán escondido entre los árboles es mucho más profunda de lo que parece.
Es casi una fotografía de la nueva condición de la humanidad.
Dios llama:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Y el hombre está escondido.
No porque Dios no pueda encontrarlo.
No porque unos árboles puedan ocultarlo de los ojos del Creador.
Adán se esconde porque ya no quiere presentarse delante de Dios como antes.
El pecado ha creado distancia.
Y esa distancia continuará apareciendo a lo largo de la historia humana.
Pablo describirá posteriormente a la humanidad como:
«…ajenos de la vida de Dios…»
Efesios 4:18, RVR1960
Eso fue lo que comenzó en el Edén.
El hombre tenía vida, pero se apartó de la fuente de la vida.
Tenía luz, pero escogió escuchar al príncipe de las tinieblas.
Era hijo, pero se unió a la rebelión.
Había recibido autoridad, pero terminó sometido.
Había sido creado para reflejar a Dios, pero aquella imagen comenzó a distorsionarse.
Y había disfrutado de la presencia de su Creador, pero ahora, cuando escuchó su voz, pronunció unas palabras que jamás deberían haber formado parte de la experiencia humana:
«Tuve miedo… y me escondí.»
El hombre salió del Edén.
Pero el problema más grave no era la distancia entre Adán y el huerto.
Era la distancia que el pecado había colocado entre el hombre y Dios.
Había comenzado una humanidad capaz de vivir bajo el cielo de Dios, caminar sobre la tierra de Dios, respirar el aire de Dios, alimentarse de la creación de Dios y recibir diariamente los beneficios de Dios…
mientras permanecía escondida de Dios.
El imperio de la muerte había conseguido algo terrible:
separar a la criatura de su Creador.
