Durante muchos años hubo una pregunta que me persiguió:
¿Por qué el mundo está así?
Desde muy joven hubo cosas de la vida que me resultaron difíciles de comprender.
Veía el dolor.
Veía la enfermedad.
Veía la muerte.
Veía familias destruidas.
Veía personas lastimándose unas a otras.
Veía injusticia, abandono, pobreza, violencia, miedo y sufrimiento.
Y, sinceramente, el mundo no me gustaba.
El mundo me lastimó.
Desde muy temprana edad aprendí lo que era tener miedo. Conocí esa sensación de inseguridad que hace que uno mire la vida preguntándose qué será lo siguiente que puede salir mal.
Y dentro de mí había algo que parecía decir constantemente:
Esto no está bien.
Escuchaba canciones que hablaban de lo hermosa que era la vida.
«La vida es bella».
Y yo pensaba:
¿Bella?
¿Cómo puede ser bella una vida donde las personas que amas mueren?
¿Cómo puede ser bella cuando un niño enferma?
¿Cómo puede ser bella cuando alguien abandona a su familia?
¿Cómo puede ser bella cuando existen guerras, hospitales, cementerios, hambre, violencia y dolor?
Sí, había momentos hermosos.
Había amaneceres extraordinarios.
Había amor.
Había familia.
Había risas.
Había momentos que uno quisiera detener para siempre.
Pero detrás de todo parecía existir una sombra.
Todo podía romperse.
Todo podía terminar.
Todo podía perderse.
Y tarde o temprano aparecía esa cara horrible de la vida que yo no podía ignorar.
Durante mucho tiempo pensé que quizá yo simplemente veía la vida de una manera diferente.
Sufrí depresión y llegué a pensar que tal vez ese era mi problema.
Quizá era demasiado sensible.
Quizá pensaba demasiado.
Quizá debía aprender simplemente a aceptar la vida como era.
Incluso después de convertirme en cristiano, aquel pensamiento continuaba apareciendo.
Este mundo está horrible.
No me gusta.
Y muchas veces trataba de suprimirlo.
Porque ¿cómo podía decir algo así siendo cristiano?
¿No debería estar agradecido?
¿No debería decir que la vida era maravillosa?
¿No debería simplemente sonreír y continuar?
Pero podía amar profundamente a Dios y, al mismo tiempo, mirar lo que ocurría alrededor y pensar:
Algo está terriblemente mal con este mundo.
Hasta que un día comprendí algo que cambió completamente mi manera de verlo.
A Dios tampoco le gusta lo que hicimos con él.
Este mundo lleno de muerte, enfermedad, violencia, miedo, lágrimas y separación no fue su diseño original.
Entonces entendí que aquella inconformidad que durante tantos años había sentido tenía una explicación.
Estaba contemplando un mundo muy diferente del que Dios había creado al principio.
Las primeras páginas de la Biblia presentan una escena completamente diferente.
Después de terminar su creación, Dios la contempló:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
No solamente bueno.
«Bueno en gran manera».
Ese era el mundo de Dios.
Vida.
Orden.
Belleza.
Abundancia.
Comunión.
Un hombre y una mujer sin miedo el uno del otro.
Sin enfermedad.
Sin cementerios.
Sin guerras.
Sin homicidios.
Sin niños abandonados.
Sin cuerpos destruidos por la enfermedad.
Sin padres enterrando hijos.
Sin la angustia de preguntarse qué comeremos mañana.
Sin miedo a morir.
Y, sobre todo, sin separación entre Dios y el hombre.
Dios creó al ser humano para vivir cerca de Él.
Para recibir de Él su identidad.
Su seguridad.
Su propósito.
Su provisión.
Su vida.
El mundo que Dios entregó al hombre era bueno en gran manera.
Entonces surge inevitablemente la pregunta:
¿Qué pasó?

Esta parte puede resultar incómoda.
Porque sería mucho más fácil responsabilizar a Dios.
Preguntar:
¿Por qué Dios hizo un mundo así?
Pero esa no es la pregunta correcta.
Dios no hizo un mundo así.
Nosotros lo convertimos en esto.
Dios lo hizo bueno en gran manera.
Nosotros lo convertimos en malo en gran manera.
Y cuando digo «nosotros», lo digo deliberadamente.
No quiero colocar toda la responsabilidad sobre Adán y Eva como si nosotros hubiéramos demostrado que habríamos hecho algo completamente diferente.
La rebelión de Adán abrió la puerta, pero la historia humana ha demostrado generación tras generación que nosotros hemos continuado caminando por ella.
Isaías lo expresó de una manera extraordinariamente sencilla:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…»
Isaías 53:6, RVR1960
Eso hicimos.
Decidimos caminar por nuestro propio camino.
Quisimos una vida sin depender de Dios.
Quisimos decidir por nosotros mismos qué era bueno y qué era malo.
Quisimos nuestra voluntad.
Nuestro camino.
Nuestras reglas.
Nuestra independencia.
Dijimos, en esencia:
Podemos hacerlo sin ti.
Y nos alejamos.
El problema es que nos alejamos precisamente de la fuente de nuestra vida.
Y entonces todo comenzó a derrumbarse.
La Biblia lo resume de una manera terrible:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960
Entró el pecado.
Y detrás del pecado:
la muerte.
No solamente la muerte física.
Comenzó la muerte espiritual.
La separación.
El miedo.
La vergüenza.
La violencia.
La enfermedad.
El deterioro.
El dolor.
La lucha por sobrevivir.
El hombre comenzó a esconderse de Dios.
El hermano comenzó a matar al hermano.
La criatura creada para vivir bajo el cuidado de Dios comenzó a vivir intentando sostener sola el peso de su existencia.
Y aquel mundo que había comenzado como un reino de vida comenzó a convertirse en lo que en esta serie llamaremos:
Ahora entiendo por qué durante tantos años miraba este mundo y pensaba:
No me gusta.
Porque no fuimos creados para esto.
No fuimos creados para acostumbrarnos a los cementerios.
No fuimos creados para despedir a nuestros hijos.
No fuimos creados para vivir atormentados por el miedo.
No fuimos creados para enfermarnos y deteriorarnos.
No fuimos creados para odiarnos.
No fuimos creados para escondernos de Dios.
No fuimos creados para vivir preguntándonos constantemente si tendremos suficiente para mañana.
No fuimos creados para vivir lejos de nuestro Padre.
Fuimos creados para la vida.
En esta serie vamos a estudiar qué ocurrió después de la separación entre Dios y el hombre.
Venimos de recorrer en las series anteriores el mundo que Dios preparó para nosotros: la creación, Adán y Eva, el huerto, la comunión con Dios y finalmente la caída.
Ahora cruzaremos la puerta del Edén en dirección contraria.
Seguiremos a Adán y Eva fuera del huerto.
Y observaremos qué ocurrió después.
¿Qué le sucedió al corazón humano?
¿Por qué apareció el miedo?
¿Por qué comenzamos a escondernos de Dios?
¿Por qué el pecado comenzó a gobernarnos?
¿Por qué apareció la violencia?
¿Qué ocurrió con el matrimonio?
¿Qué ocurrió con nuestra sexualidad?
¿Qué ocurrió con nuestra relación con el dinero?
¿Qué ocurrió con nuestras emociones?
¿Por qué comenzamos a destruirnos unos a otros?
¿Por qué existe dentro de nosotros esa sensación de que algo falta?
¿Por qué, teniendo tanto, podemos continuar sintiéndonos vacíos?
Vamos a mirar de frente la horrible cara de la caída.
No para quedarnos contemplándola.
Sino porque solamente cuando comprendemos de dónde caímos, podemos comenzar a comprender la magnitud de lo que Dios estuvo dispuesto a hacer para recuperarnos.
Esta serie será oscura por momentos.
Tiene que serlo.
Estamos entrando en El imperio de la muerte.
Pero no escribo estos artículos para terminar en la muerte.
Todo lo contrario.
Cuando terminemos de recorrer las consecuencias de nuestra separación de Dios, continuaremos con algo que considero todavía más extraordinario:
¿Qué estuvo dispuesto a hacer Dios para traernos de regreso?
Porque Dios pudo habernos abandonado al camino que escogimos.
Pudo dejarnos vivir con las consecuencias de nuestra rebelión.
Pudo permitir que el hijo que abandonó la casa simplemente desapareciera en la distancia.
Pero no lo hizo.
Dios comenzó a desarrollar delante de la historia humana un plan de rescate.
Un plan que atravesaría generaciones.
Un plan que costaría sangre.
Un plan que finalmente conduciría hasta una cruz.
Porque el Dios del que nosotros nos alejamos fue precisamente el Dios que salió a buscarnos.
Por eso esta serie no es solamente la historia de cómo perdimos nuestro mundo.
Es el capítulo necesario para comprender la historia mucho más grande:
cómo Dios decidió recuperarnos.
Primero veremos lo que hicimos con el mundo que Él nos entregó.
Después veremos todo lo que Él estuvo dispuesto a hacer para regresarnos al mundo del que nunca debimos haber salido.
Y quizá entonces comprendamos algo que a mí me tomó muchos años entender:
Cuando miramos la muerte, la enfermedad, el miedo, la violencia, el sufrimiento y toda la terrible deformación que existe en nuestro mundo, no estamos contemplando el sueño de Dios para la humanidad.
Estamos contemplando lo que ocurrió cuando nos alejamos de ese sueño.
Dios creó un mundo bueno en gran manera.
Nosotros nos alejamos de Él.
Y comenzó El imperio de la muerte.
Pero gracias a Dios…
Pero gracias a Dios, la historia todavía no ha terminado.
Jesucristo vino a buscarnos.
Entró en nuestro dolor, cargó con nuestro pecado, enfrentó la muerte y, mediante su sacrificio y resurrección, abrió nuevamente el camino de regreso a Dios y a la vida que nunca debimos abandonar.
Ahora sabemos hacia dónde vamos.
Sabemos que la muerte no tendrá la última palabra.
Sabemos que llegará el día cuando Dios enjugará toda lágrima, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor.
Pero mientras llega ese día, no tenemos que permanecer indiferentes contemplando el sufrimiento del mundo.
Podemos hacer algo.
Podemos alimentar al hambriento.
Podemos acompañar al que está solo.
Podemos consolar al que llora.
Podemos cuidar al enfermo.
Podemos proteger al indefenso.
Podemos levantar al que cayó.
Podemos perdonar.
Podemos sanar heridas.
Podemos llevar esperanza donde existe desesperación.
Podemos amar donde otros han lastimado.
Podemos llevar luz donde las tinieblas parecen haberlo invadido todo.
Quizá no podamos eliminar todo el dolor de este mundo, pero sí podemos aliviar el dolor de alguien.
Quizá no podamos cambiar al mundo entero, pero podemos cambiar profundamente el pequeño pedazo de mundo que Dios ha colocado a nuestro alcance.
Podemos hacer la diferencia.
Y cada vez que alimentamos, consolamos, cuidamos, restauramos, perdonamos, protegemos y amamos, estamos mostrando que El imperio de la muerte no gobierna nuestros corazones.
Pertenecemos al Reino de la vida.
Por eso esta serie no termina en desesperanza.
Todo lo contrario.
Vamos a estudiar qué ocurrió cuando abandonamos el mundo que Dios había preparado para nosotros; pero después estudiaremos todo lo que Dios estuvo dispuesto a hacer para llevarnos de regreso.
Y mientras llega el día del regreso definitivo, todavía tenemos una misión:
Llevar vida donde encontremos muerte, esperanza donde encontremos dolor y amor donde encontremos un corazón herido.
Porque gracias al sacrificio de Jesucristo, el camino de regreso está abierto.
Y mientras regresamos a casa…
podemos hacer que el camino sea menos doloroso y sembrar esperanza a aquellos que viajan a nuestro lado.
Hubo un tiempo en que el hombre no conocía la muerte.
Adán abrió los ojos por primera vez en un mundo lleno de vida. No nació en un mundo enfermo. No conoció hospitales, cementerios, funerales, guerras, violencia ni dolor.
Cuando Dios lo colocó en el huerto del Edén, todo lo que lo rodeaba hablaba de vida.
Había árboles cargados de fruto, agua limpia, animales, vegetación, belleza y abundancia. Tenía un cuerpo que no había conocido enfermedad, una mujer que correspondía con él y, sobre todo, disfrutaba de una relación extraordinaria con su Creador.
Dios había preparado para el hombre lo que podríamos llamar un reino de vida.
Pero dentro de aquel reino existía algo extraordinariamente importante:
Dios no creó una máquina programada para obedecer.
Creó un ser humano capaz de escuchar una orden, comprenderla y decidir qué hacer con ella.
Por eso Dios estableció un límite:
«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
La orden era clara.
También lo era la consecuencia.
Y Adán tenía la capacidad de obedecer.
Al hablar de la caída debemos evitar presentar al hombre como una víctima indefensa de las circunstancias.
Adán había recibido muchísimo de Dios.
Tenía vida.
Tenía alimento.
Tenía un hogar.
Tenía autoridad sobre la creación que Dios había colocado bajo su responsabilidad.
Tenía compañera.
Tenía comunión con su Creador.
Y tenía libertad.
Dios solamente había establecido un límite.
Precisamente allí aparece uno de los elementos más importantes para comprender la responsabilidad humana: el libre albedrío.
Si el hombre no hubiera tenido posibilidad de escoger, difícilmente podríamos hablar de obediencia.
La obediencia tiene significado porque existe la posibilidad de desobedecer.
El amor tiene significado cuando puede ser ofrecido libremente.
Dios no obligó a Adán a rebelarse.
Tampoco lo programó para pecar.
Le dio una instrucción y le permitió decidir.
Y existe todavía un detalle más importante.
La Escritura establece una diferencia entre lo sucedido con Eva y lo sucedido con Adán:
«Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.»
1 Timoteo 2:14, RVR1960
Eva fue engañada.
Adán, según este texto, no lo fue.
Eso hace particularmente seria su responsabilidad.
Adán sabía quién había hablado.
Sabía cuál era el mandamiento.
Sabía cuál era el límite.
Y sabía cuál había sido la advertencia.
Aun así, comió.
Por eso, cuando Dios confrontó al hombre, Adán intentó desplazar la responsabilidad:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»
Génesis 3:12, RVR1960
La frase resulta reveladora.
Adán menciona a la mujer.
Incluso menciona indirectamente a Dios: «la mujer que me diste».
Pero termina reconociendo el hecho que no podía negar:
«yo comí».
Allí estaba su responsabilidad.
Satanás tentó.
Eva ofreció.
Pero Adán decidió.
Y esa diferencia es fundamental.
El libre albedrío no elimina las influencias externas, las tentaciones ni las circunstancias. Significa que el ser humano posee responsabilidad moral por sus decisiones.
Adán no podía responsabilizar a Eva por su propia elección.
Mucho menos podía responsabilizar a Dios.
Había recibido libertad, y utilizó esa libertad para rebelarse contra quien se la había dado.

Entonces ocurrió algo cuyas consecuencias Adán difícilmente podía imaginar.
Su pecado no quedó junto al árbol.
Pablo explica:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»
Romanos 5:12, RVR1960
Observe cuidadosamente las palabras:
el pecado entró.
Y detrás del pecado entró la muerte.
Es como si Adán hubiera abierto una puerta que nunca debió abrirse.
Por aquella puerta no entró solamente una conducta equivocada.
Entró un nuevo poder.
Pablo utiliza una expresión todavía más fuerte:
«…el pecado reinó para muerte…»
Romanos 5:21, RVR1960
El pecado comenzó a reinar.
Un rey gobierna.
Un rey ejerce dominio.
Un rey extiende las fronteras de su reino.
Pero Romanos utiliza exactamente la misma figura para hablar de otra realidad:
«No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés…»
Romanos 5:14, RVR1960
Y nuevamente:
«Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte…»
Romanos 5:17, RVR1960
No dice simplemente que las personas comenzaron a morir.
Dice que:
LA MUERTE REINÓ.
Aquí comienza lo que llamaremos en esta nueva serie:
No utilizaremos esta expresión solamente para hablar de cadáveres y cementerios.
Hablaremos de las consecuencias que comenzaron a extenderse sobre todas las dimensiones de la existencia humana después de la caída.
Porque Adán no cayó muerto físicamente junto al árbol.
Continuó respirando.
Caminó.
Habló.
Tuvo hijos.
Vivió muchos años.
Pero aquel mismo día algo había cambiado profundamente.
El hombre que disfrutaba de la presencia de Dios comenzó a esconderse:
«Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.»
Génesis 3:8, RVR1960
Apareció el miedo:
«…tuve miedo…»
Génesis 3:10, RVR1960
Apareció la vergüenza.
Apareció la acusación.
Apareció el conflicto.
Llegó el dolor.
La tierra fue afectada.
Llegaron las espinas y los cardos.
Llegó el sudor.
Y finalmente llegaría el cumplimiento físico de aquella terrible advertencia:
«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»
Génesis 3:19, RVR1960
El imperio había comenzado.
Y sus fronteras continuarían extendiéndose.
La siguiente generación mostraría hasta dónde podía llegar.
Caín y Abel eran hermanos.
Pero algo que no había formado parte de la vida original del Edén comenzó a manifestarse: celos, ira, odio y finalmente asesinato.
«Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.»
Génesis 4:8, RVR1960
Adán había escuchado las palabras:
«ciertamente morirás».
Ahora podía contemplar la muerte.
Y el muerto era su propio hijo.
El pecado había comenzado a producir su cosecha.
La caída afectaría prácticamente todas las dimensiones de la existencia humana.
Cambiaría la relación del hombre con Dios.
Cambiaría la relación del hombre consigo mismo.
Cambiaría la relación entre el hombre y la mujer.
Cambiaría la familia.
Cambiaría la sexualidad.
Cambiaría la relación con el cuerpo.
Cambiaría la manera de trabajar y obtener alimento.
Cambiaría la relación con la creación.
Cambiaría el mundo emocional.
Aparecerían violencia, dominio, explotación, codicia y opresión.
El dinero llegaría a convertirse para muchos en aquello de lo que esperarían seguridad, poder y significado, ocupando incluso el lugar que solamente corresponde a Dios.
El cuerpo humano conocería enfermedad, deterioro, envejecimiento y muerte.
La mente conocería miedo, culpa, odio, envidia, angustia y desesperanza.
Los hombres levantarían ejércitos.
Fabricarían armas.
Las naciones harían guerras.
Se levantarían imperios.
Un hombre esclavizaría a otro.
La vida humana perdería valor ante los ojos de otros seres humanos.
Y generación tras generación aparecería algo que jamás había formado parte de aquel hermoso huerto:
Nosotros tenemos una desventaja para comprender la magnitud de aquella transformación.
Nacimos dentro del imperio.
Para nosotros es normal que existan hospitales.
Es normal escuchar ambulancias.
Es normal colocar cerraduras en las puertas.
Es normal que existan policías, tribunales y cárceles.
Es normal enfermarnos.
Es normal envejecer.
Es normal escuchar noticias de guerras.
Es normal despedir a quienes amamos frente a una tumba.
Hemos nacido tan profundamente dentro de este mundo que podemos llegar a pensar que la existencia humana siempre debió ser así.
Pero Génesis nos obliga a mirar hacia atrás y decir:
No.
No comenzó así.
Hubo un huerto antes del cementerio.
Hubo comunión antes de la separación.
Hubo inocencia antes de la culpa.
Hubo armonía antes de la violencia.
Hubo vida antes de que la muerte comenzara a reinar.
Pero la historia bíblica no termina con Adán.
Pablo coloca frente a frente a Adán y Jesucristo.
Por un hombre entraron pecado y muerte.
Pero por Jesucristo llegaron gracia, justicia y vida.
«Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo…»
Romanos 5:17, RVR1960
El pecado comenzó a reinar.
La muerte comenzó a reinar.
Pero no reinarían para siempre.
El imperio de la muerte tendría un enemigo.
Y ese enemigo sería Jesucristo.
Él entraría en un mundo dominado por las consecuencias del pecado.
Tocaría enfermos.
Limpiaría leprosos.
Restauraría cuerpos.
Perdonaría pecados.
Liberaría cautivos.
Se acercaría a las tumbas y llamaría a los muertos para que salieran de ellas.
Finalmente, Él mismo entraría en una tumba.
Pero la muerte no podría retenerlo.
«…el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.»
Romanos 5:21, RVR1960
Antes de llegar nuevamente a esa victoria, necesitamos comprender qué ocurrió con nosotros después de la caída.
¿Qué le hizo el pecado al corazón humano?
¿Qué ocurrió con nuestra mente y nuestras emociones?
¿Qué ocurrió con nuestro cuerpo?
¿Qué ocurrió con la familia?
¿Qué ocurrió con nuestra sexualidad?
¿Qué ocurrió con nuestra relación con el dinero, el poder y nuestros semejantes?
¿Cómo llegó el hombre creado a imagen de Dios a convertirse en alguien capaz de odiar, explotar, destruir y matar?
Eso es precisamente lo que estudiaremos en los próximos artículos.
Entraremos en un mundo muy diferente del Edén.
Entraremos en:
Y para quienes deseen comprender con mayor profundidad la vida de Adán, el mundo que Dios preparó para él, su vida en el huerto del Edén y los acontecimientos que condujeron a la caída, les invito a leer las tres series de artículos anteriores de Cristopedia, en las que hemos recorrido ampliamente esta extraordinaria historia.
Esta nueva serie comienza exactamente donde aquellas terminaron.
El Edén ha quedado atrás.
Adán y Eva han salido del huerto.
La puerta ha sido cerrada.
El hombre ha utilizado su libertad para rebelarse contra Dios.
El pecado ha entrado.
La muerte ha comenzado a reinar.
Y ahora veremos, una por una, las consecuencias de aquella decisión sobre la historia de la humanidad.
Pero no olvidemos esto mientras recorremos sus páginas:
el imperio de la muerte no tendrá la última palabra.
Porque después de Adán vino Cristo.
Después del pecado vino la gracia.
Después de la condenación vino la justificación.
Y frente al reino de la muerte, Dios volvió a colocar delante del hombre aquello que había deseado para él desde el principio:
la vida.
Adán había sido creado para la vida.
Había sido formado por las manos de Dios, había recibido de Él el aliento de vida y había sido colocado en un mundo preparado especialmente para recibirlo.
Había sido creado a imagen y semejanza de Dios.
Lucas, al llevar la genealogía de Jesucristo hasta sus orígenes, utiliza una expresión extraordinaria:
«…Adán, hijo de Dios.»
Lucas 3:38, RVR1960
Ese era el hombre al principio.
Un hijo.
Un hombre vivo espiritualmente.
Un hombre en comunión con Dios.
Un hombre que no tenía que esconderse de su Creador.
Un hombre que podía estar delante de Él sin miedo, sin culpa y sin condenación.
Pero después del pecado algo terrible ocurrió.
Adán continuó respirando.
Su corazón continuó latiendo.
Sus piernas continuaron caminando.
Sus ojos continuaron viendo.
Pero espiritualmente había muerto.
Y aquella muerte transformó completamente su relación con Dios.

Quizá esta sea una de las consecuencias más terribles de la caída.
El hombre que había sido creado para vivir como hijo terminó convertido en enemigo de Dios.
Pablo describe posteriormente la condición del hombre separado de Dios diciendo:
«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…»
Romanos 5:10, RVR1960
La palabra es fuerte:
enemigos.
No simplemente alejados.
No solamente confundidos.
No solamente perdidos.
Enemigos.
En otra parte Pablo habla de aquellos que estaban:
«…alejados de Dios, y enemigos en vuestra mente…»
Colosenses 1:21, RVR1960
Algo se había roto.
El hombre creado para mirar hacia Dios ahora se escondía de Él.
El hombre creado para escuchar su voz ahora huía cuando la escuchaba.
El hombre que había recibido todo de Dios terminó tratando de responsabilizar al propio Dios de lo ocurrido:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»
Génesis 3:12, RVR1960
La comunión había desaparecido.
La confianza había sido quebrada.
La vida espiritual había muerto.
Y comenzó la separación.
Siglos después, Isaías utilizaría una de las imágenes más impresionantes de toda la Escritura para describir la condición de un pueblo apartado de Dios.
«¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.»
Isaías 1:5-6, RVR1960
Es casi como si Isaías hubiera podido mirar dentro del hombre.
Y lo que vio fue terrible.
Desde la cabeza hasta los pies:
herida.
hinchazón.
podrida llaga.
«No hay en él cosa sana».
Esta descripción encuentra un impresionante paralelo con la que Pablo presenta en Romanos.
Pablo también parece recorrer al hombre de arriba abajo:
«No hay justo, ni aun uno.»
Romanos 3:10, RVR1960
Después mira su garganta:
«Sepulcro abierto es su garganta.»
Mira su lengua:
«Con su lengua engañan.»
Mira sus labios:
«Veneno de áspides hay debajo de sus labios.»
Mira su boca:
«Su boca está llena de maldición y de amargura.»
Mira sus pies:
«Sus pies se apresuran para derramar sangre.»
Y finalmente descubre la raíz de aquella condición:
«No hay temor de Dios delante de sus ojos.»
Romanos 3:13-18, RVR1960
Isaías dice:
«Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana».
Pablo describe garganta, lengua, labios, boca, pies y ojos.
Dos descripciones separadas por siglos parecen abrir delante de nosotros al hombre interior para mostrarnos lo que ocurrió después de apartarse de Dios.
El pecado no había producido una pequeña mancha.
Había producido muerte espiritual.
Esto hace todavía más doloroso recordar lo que el hombre había sido.
Había sido creado a imagen de Dios.
Había sido diseñado para reflejar a su Creador sobre la tierra.
Había recibido vida directamente de Dios.
Pero ahora llevaba dentro las marcas de otro reino.
Donde había habido vida apareció muerte.
Donde había habido luz aparecieron tinieblas.
Donde había habido comunión apareció separación.
Donde había habido libertad apareció esclavitud.
Donde había habido cercanía con Dios apareció enemistad.
Pablo describe esta condición con palabras estremecedoras:
«Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
Efesios 2:1, RVR1960
Esta es la condición del hombre después de la caída:
muerto espiritualmente.
No significa que haya dejado de existir.
Adán siguió viviendo físicamente durante muchos años.
Significa que la vida que procedía de su comunión con Dios había sido quebrada.
Y Pablo añade:
«…teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios…»
Efesios 4:18, RVR1960
Observe esas palabras:
«entenebrecido».
«ajenos».
«de la vida de Dios».
El hombre había sido creado para vivir unido a Dios.
Ahora estaba ajeno de la vida de Dios.
Había entrado en las tinieblas.
Pero ocurrió algo todavía más terrible.
Adán utilizó su libertad para abrirle la puerta al pecado, y el pecado terminó convirtiéndose en amo.
Jesucristo lo explicaría siglos después:
«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»
Juan 8:34, RVR1960
Pablo utiliza la misma figura:
«¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis…?»
Romanos 6:16, RVR1960
Qué terrible intercambio.
Adán había recibido dominio.
Ahora estaba bajo dominio.
Había sido creado libre.
Ahora el pecado reinaba sobre la humanidad.
Había recibido autoridad para señorear sobre la creación.
Pero aquello a lo que abrió la puerta terminó enseñoreándose del hombre.
El pecado se convirtió en amo.
Y detrás del pecado reinaba la muerte.
Por eso Pablo habla de:
«…el pecado que reinó para muerte…»
Romanos 5:21, RVR1960
El antiguo hijo se había convertido en enemigo.
El hombre vivo estaba espiritualmente muerto.
El hombre de luz caminaba en tinieblas.
El hombre libre se había convertido en esclavo.
El hombre cercano a Dios estaba ahora separado de Él.
Génesis describe uno de los momentos más tristes de toda la historia humana:
«Echó, pues, fuera al hombre…»
Génesis 3:24, RVR1960
Adán salió.
Detrás quedaron el huerto y el árbol de la vida.
Querubines y una espada encendida guardaban el camino.
Pero el problema no era solamente que Adán había perdido un lugar.
Había perdido una condición.
El hombre que salió del Edén no era espiritualmente el mismo que había entrado.
Y después de la expulsión resulta impresionante observar el relato de Génesis.
Caín y Abel nacen.
Caín se llena de ira.
Dios le habla y le advierte.
Caín mata a su hermano.
La sangre de Abel clama desde la tierra.
Y Adán comienza a recibir en su propia familia las terribles consecuencias del mundo al que su decisión había abierto la puerta.
El hombre que había escuchado:
tuvo que enfrentarse ahora a la muerte dentro de su propia casa.
Uno de sus hijos estaba muerto.
El otro era homicida.
Y algo llama poderosamente la atención en los primeros capítulos de Génesis.
Después de la caída, la Escritura ya no describe aquella comunión abierta y hermosa que existía entre Dios y el hombre dentro del huerto.
Debemos avanzar hasta los descendientes de Set para encontrar esta declaración:
«Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.»
Génesis 4:26, RVR1960
¡Qué contraste!
Antes, Dios y el hombre estaban juntos en el huerto.
Ahora el relato nos presenta generaciones viviendo fuera de él, hasta que finalmente aparece nuevamente esta extraordinaria expresión:
«Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.»
La distancia producida por el pecado era real.
Ahora podemos responder la pregunta con la que comenzamos.
¿Qué ocurrió con el hombre después de la caída?
De hijos, pasamos a enemigos.
De vivos espiritualmente, a muertos en delitos y pecados.
De la luz, a las tinieblas.
De la comunión, a la separación.
De la libertad, a la esclavitud del pecado.
De estar cerca de Dios, a estar ajenos de la vida de Dios.
Isaías mira al hombre y contempla:
«herida, hinchazón y podrida llaga».
Pablo lo examina y declara:
«No hay justo, ni aun uno».
Y la Biblia resume nuestra tragedia espiritual con una expresión todavía más terrible:
«muertos en vuestros delitos y pecados».
Eso fue lo que produjo la caída.
No solamente perdimos un huerto.
Perdimos la vida que teníamos con Dios.
El hombre creado para portar la imagen y reflejar la gloria de su Creador comenzó a llevar dentro de sí las marcas de la muerte y las tinieblas.
El imperio de la muerte había conquistado su territorio más importante:
el interior del hombre.
Y si el problema estaba dentro del hombre, entonces recuperar el Edén no sería suficiente.
El hombre necesitaba algo mucho mayor.
Necesitaba volver a la vida.
Antes del pecado, Adán no tenía razón alguna para esconderse de Dios.
No le temía.
No sentía vergüenza delante de Él.
No esperaba juicio.
No necesitaba ocultar nada.
Dios era su Creador, la fuente de su vida y Aquel con quien podía relacionarse sin que existiera entre ambos la barrera del pecado.
Pero después de comer del fruto prohibido ocurrió algo extraordinariamente revelador.
Dios no tuvo que esconderse del hombre.

El hombre comenzó a esconderse de Dios.
«Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
Tres expresiones describen la nueva condición:
«Oí tu voz».
«Tuve miedo».
«Me escondí».
La voz era la voz de Dios.
El huerto seguía siendo el huerto de Dios.
El hombre continuaba rodeado por la creación de Dios.
Pero ahora huía de su Creador.
Algo se había roto.
Antes de la caída, la presencia de Dios significaba comunión.
Después de la caída, significaba para Adán confrontación.
¿Qué había cambiado?
Dios no había cambiado.
El que había cambiado era el hombre.
Había aparecido el pecado.
Había aparecido la culpa.
Había aparecido la vergüenza.
Y apareció algo que hasta entonces Adán no había experimentado frente a su Creador:
miedo.
Esto nos ayuda a comprender una de las consecuencias más profundas de la muerte espiritual.
El pecado no solamente hizo que el hombre saliera del huerto.
Hizo que interiormente comenzara a alejarse de Dios.
El hombre podía contemplar el cielo creado por Dios.
Podía beber el agua creada por Dios.
Podía comer los frutos producidos por la tierra de Dios.
Podía respirar el aire que Dios había creado.
Podía vivir cada segundo sostenido por las leyes establecidas por Dios.
Y, sin embargo, podía intentar vivir sin Dios.
Esa contradicción continúa siendo una de las grandes tragedias de la humanidad.
Una criatura viviendo dentro de la creación mientras huye de su Creador.
Pero algo más había sucedido junto al árbol.
Hasta entonces, la autoridad que encontramos hablando al hombre era Dios.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
Dios había establecido el límite.
Dios había explicado la consecuencia.
Pero Génesis 3 introduce otra voz.
La serpiente dijo:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
Génesis 3:1, RVR1960
Y después contradijo directamente al Creador:
«No moriréis.»
Génesis 3:4, RVR1960
Ahora había dos palabras delante del hombre.
Dios había dicho:
La serpiente dijo:
«No moriréis».
Y el hombre tuvo que decidir a quién creer.
Este detalle es fundamental.
El pecado no consistió únicamente en comer un fruto.
El hombre rechazó la palabra de Dios y actuó conforme a la palabra del rebelde.
Aceptó la mentira.
Siguió la propuesta de la serpiente.
Y al hacerlo cambió de lealtad.
Había escogido colocarse del lado de la rebelión.
Mucho tiempo después, Jesucristo utilizaría palabras extraordinariamente fuertes para describir la condición espiritual de hombres que rechazaban la verdad de Dios.
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.»
Juan 8:44, RVR1960
La expresión es terrible:
«vuestro padre el diablo».
Jesús no estaba hablando de paternidad biológica.
Dios seguía siendo el Creador del ser humano.
Estaba hablando de una paternidad espiritual expresada en deseos, obras y lealtad.
Observe el contraste con el principio.
Lucas lleva la genealogía hasta:
«…Adán, hijo de Dios.»
Lucas 3:38, RVR1960
Pero después de la caída encontramos a una humanidad rebelde a la que Cristo puede llegar a decir:
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo».
¿Qué ocurrió entre esas dos declaraciones?
La caída.
El hombre escuchó otra voz.
Creyó otra palabra.
Aceptó otra propuesta.
Y entró en la rebelión que aquella criatura ya había iniciado contra Dios.
En ese sentido podemos hablar de un cambio de alianza espiritual.
El hombre creado para vivir bajo la autoridad de Dios se había unido a la rebelión del ángel caído.
Adán había recibido una responsabilidad extraordinaria sobre la tierra.
Dios había dicho:
«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra…»
Génesis 1:26, RVR1960
Y después:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre había recibido autoridad delegada.
Pero el hombre que debía ejercer aquella autoridad se sometió a la voz del rebelde.
A partir de allí comienza a aparecer en las Escrituras una realidad sorprendente.
Satanás llega a ejercer una influencia y un dominio tan extensos sobre el sistema humano caído que Jesucristo lo llama:
«el príncipe de este mundo».
Juan 12:31, RVR1960
Jesús vuelve a utilizar la misma expresión:
«…viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí.»
Juan 14:30, RVR1960
Y nuevamente:
«…el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.»
Juan 16:11, RVR1960
Pablo lo llama:
«…el dios de este siglo…»
2 Corintios 4:4, RVR1960
Y habla también de:
«…el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia.»
Efesios 2:2, RVR1960
Algo había ocurrido con el gobierno del mundo humano.
Pero debemos entenderlo correctamente.
Satanás no se convirtió en dueño legítimo de la tierra.
La Escritura continúa declarando:
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Dios nunca perdió su soberanía.
Satanás nunca destronó a Dios.
Nunca se convirtió en Creador.
Nunca adquirió legítimamente la creación.
Lo que apareció fue un gobierno usurpado dentro del sistema humano rebelde.
El príncipe de este mundo gobierna una rebelión que ya está condenada.
Por eso Jesucristo no dijo que sería juzgado algún día solamente.
Dijo:
«el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado».
Aquí ocurrió otra tragedia.
El hombre había sido creado para llevar la imagen de Dios.
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…»
Génesis 1:27, RVR1960
Había sido diseñado para reflejar sobre la tierra algo de su Creador.
Pero ahora había comenzado a escuchar, creer y seguir otra voz.
Y cuando cambia aquello que gobierna al hombre, comienza también a distorsionarse aquello que el hombre refleja.
La imagen de Dios no desapareció completamente del ser humano. Incluso después de la caída, Génesis continúa hablando del hombre como hecho a imagen de Dios.
Pero esa imagen comenzó a mostrarse profundamente distorsionada por el pecado.
Donde debía reflejarse verdad apareció mentira.
Donde debía reflejarse vida apareció muerte.
Donde debía reflejarse luz aparecieron tinieblas.
Donde debía existir comunión apareció separación.
Donde debía existir obediencia apareció rebelión.
No resulta extraño que Jesús describiera al diablo precisamente mediante características completamente contrarias a Dios:
«Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él… porque es mentiroso, y padre de mentira.»
Juan 8:44, RVR1960
Muerte.
Mentira.
Rebelión.
Tinieblas.
Ese era ahora el reino cuya puerta el hombre había abierto.
La escena de Adán escondido entre los árboles es mucho más profunda de lo que parece.
Es casi una fotografía de la nueva condición de la humanidad.
Dios llama:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Y el hombre está escondido.
No porque Dios no pueda encontrarlo.
No porque unos árboles puedan ocultarlo de los ojos del Creador.
Adán se esconde porque ya no quiere presentarse delante de Dios como antes.
El pecado ha creado distancia.
Y esa distancia continuará apareciendo a lo largo de la historia humana.
Pablo describirá posteriormente a la humanidad como:
«…ajenos de la vida de Dios…»
Efesios 4:18, RVR1960
Eso fue lo que comenzó en el Edén.
El hombre tenía vida, pero se apartó de la fuente de la vida.
Tenía luz, pero escogió escuchar al príncipe de las tinieblas.
Era hijo, pero se unió a la rebelión.
Había recibido autoridad, pero terminó sometido.
Había sido creado para reflejar a Dios, pero aquella imagen comenzó a distorsionarse.
Y había disfrutado de la presencia de su Creador, pero ahora, cuando escuchó su voz, pronunció unas palabras que jamás deberían haber formado parte de la experiencia humana:
«Tuve miedo… y me escondí.»
El hombre salió del Edén.
Pero el problema más grave no era la distancia entre Adán y el huerto.
Era la distancia que el pecado había colocado entre el hombre y Dios.
Había comenzado una humanidad capaz de vivir bajo el cielo de Dios, caminar sobre la tierra de Dios, respirar el aire de Dios, alimentarse de la creación de Dios y recibir diariamente los beneficios de Dios…
mientras permanecía escondida de Dios.
El imperio de la muerte había conseguido algo terrible:
separar a la criatura de su Creador.
La primera guerra de la historia humana no comenzó con dos ejércitos frente a frente.
No hubo espadas.
No hubo soldados.
No hubo fronteras.
No hubo generales.
La primera gran guerra comenzó en un territorio mucho más cercano:
dentro del hombre.
Algo que había vivido en armonía comenzó a quebrarse.
Aparecieron miedo, culpa, vergüenza, ira, envidia, codicia, orgullo, deseos desordenados, pensamientos contradictorios y una profunda inquietud interior.

Cuando el pecado entro al mundo, el hombre había perdido la paz
Santiago explicaría siglos después de dónde proceden finalmente muchas de las guerras que terminamos viendo afuera:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Observe dónde comienza la guerra:
«en vuestros miembros».
Antes de convertirse en guerra entre hombres, muchas veces ya había comenzado como guerra dentro del hombre.
Existe una palabra que aparece inmediatamente después de la caída y que acompañaría a la humanidad durante el resto de su historia:
miedo.
Adán mismo la pronunció:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo… y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
¡Qué palabras tan extrañas para aquel mundo!
«Tuve miedo».
¿Miedo de qué?
Adán había vivido en un ambiente donde Dios había provisto para sus necesidades.
Tenía alimento.
Tenía agua.
Tenía un hogar.
Tenía compañera.
Tenía propósito.
Tenía identidad.
Tenía seguridad.
Tenía comunión con Dios.
Sus necesidades físicas, emocionales y espirituales encontraban su respuesta dentro de la relación y del ambiente que Dios había preparado para él.
Pero ahora estaba separado.
Y cuando el hombre se separó de Dios comenzó una terrible sensación:
ahora tengo que cuidarme yo.
Tengo que protegerme.
Tengo que asegurar mi futuro.
Tengo que conseguir lo necesario.
Tengo que evitar que alguien me quite lo que tengo.
Tengo que controlar lo que sucederá mañana.
Tengo que defender mi posición.
Tengo que sobrevivir.
Y el problema es que el hombre jamás recibió la capacidad de controlar todas las variables de su existencia.
No puede controlar el mañana.
No puede impedir todas las enfermedades.
No puede garantizar que nunca perderá lo que posee.
No puede controlar las decisiones de quienes lo rodean.
No puede impedir que envejezca.
No puede garantizar que las personas que ama estarán siempre a su lado.
Y finalmente ni siquiera puede impedir su propia muerte.
Entonces comenzó una vida agotadora:
intentar controlar lo incontrolable.
Y de allí surge una de las experiencias más desgastantes de la humanidad:
la preocupación.
Imagine un pez.
Dentro del agua puede moverse tranquilamente.
Respira.
Nada.
Se alimenta.
Su cuerpo funciona dentro del ambiente para el cual fue diseñado.
Pero sáquelo del agua.
Inmediatamente comienza la desesperación.
Su cuerpo se agita.
Se retuerce.
Golpea.
Abre desesperadamente la boca.
Parece luchar contra todo lo que lo rodea.
No es difícil observar su estrés.
Está intentando desesperadamente sobrevivir.
¿Qué le ocurrió?
El pez sigue teniendo aletas.
Sigue teniendo branquias.
Sigue siendo el mismo organismo.
Pero está fuera del ambiente para el cual fue creado.
Y aquello que dentro del agua funcionaba naturalmente, fuera de ella se convierte en una lucha desesperada por sobrevivir.
Esta imagen puede ayudarnos a comprender lo que ocurrió con el hombre.
Fuimos creados para vivir en comunión con Dios.
Para depender de Él.
Para recibir de Él identidad.
Para encontrar en Él seguridad.
Para caminar bajo su cuidado.
Para confiar en su provisión.
Para descansar en su presencia.
Cuando el hombre decidió independizarse de Dios creyó que estaba alcanzando libertad.
En realidad estaba haciendo algo parecido a un pez que decide abandonar el agua.
Seguía vivo.
Pero comenzó la desesperación.
Comenzó la lucha.
Comenzó el desgaste.
Comenzó el miedo.
Comenzó el tormento.
La serpiente había hecho una promesa extraordinariamente atractiva:
«…seréis como Dios…»
Génesis 3:5, RVR1960
En otras palabras:
No necesitarán depender de Él.
Podrán decidir.
Podrán determinar por ustedes mismos.
Podrán vivir independientemente de Dios.
Pero observe el resultado.
La promesa fue:
«seréis como Dios».
El resultado fue:
«tuve miedo».
La serpiente prometió elevación.
Produjo caída.
Prometió conocimiento.
Produjo vergüenza.
Prometió independencia.
Produjo esclavitud.
Prometió libertad.
Y terminó ejerciendo dominio sobre aquellos que habían escuchado su voz.
Jesucristo describió la naturaleza del enemigo con palabras que no dejan lugar a dudas:
«El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir…»
Juan 10:10, RVR1960
Hurtar.
Matar.
Destruir.
Eso comenzó a experimentar la humanidad.
Cuando llegamos a los Evangelios encontramos escenas que muestran hasta dónde había llegado aquella tragedia.
Una de las más terribles ocurre en la región de los gadarenos.
Allí aparece un hombre dominado por espíritus inmundos.
Marcos lo describe:
«…tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas.»
Marcos 5:3, RVR1960
Vivía entre muertos.
Estaba aislado.
Había perdido el control.
Y después encontramos una frase dolorosa:
«Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.»
Marcos 5:5, RVR1960
¡Hiriéndose!
Aquella criatura hecha a imagen de Dios estaba siendo atormentada hasta el punto de lastimar su propio cuerpo.
El enemigo no lo estaba conduciendo hacia una existencia superior.
Lo estaba destruyendo.
Otro episodio resulta igualmente estremecedor.
Un padre llevó a su hijo delante de Jesús y explicó lo que aquel espíritu hacía con él:
«Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle…»
Marcos 9:22, RVR1960
Fuego.
Agua.
Destrucción.
Muerte.
El enemigo parecía empeñado en destruir aquello que Dios había creado y amado.
La criatura que había escuchado:
«seréis como Dios»
terminó descubriendo que detrás de aquella voz no había un libertador.
Había un esclavizador.
El miedo comenzó en Génesis.
Pero no terminó allí.
Se extendió por la experiencia humana.
Miedo a morir.
Miedo a enfermar.
Miedo a no tener suficiente.
Miedo a perder el trabajo.
Miedo a perder la casa.
Miedo a quedarnos solos.
Miedo a ser rechazados.
Miedo al futuro.
Miedo a nuestros enemigos.
Miedo a perder a quienes amamos.
Miedo a la pobreza.
Miedo a lo desconocido.
Miedo al mañana.
Y detrás de muchos de esos temores existe la misma angustia:
¿Quién cuidará de mí?
El hombre separado de Dios intenta responder:
yo.
Y comienza el agotamiento.
Trabaja.
Acumula.
Protege.
Calcula.
Se preocupa.
Anticipa problemas que todavía no existen.
Construye escenarios en su mente.
Pierde el sueño pensando en mañana.
Consigue algo y comienza a temer perderlo.
Resuelve un problema y aparece otro.
Alcanza una meta y descubre otra amenaza.
La mente difícilmente descansa.
Por eso la Escritura relaciona directamente el temor con el tormento:
«…el temor lleva en sí castigo.»
1 Juan 4:18, RVR1960
El miedo puede convertirse en un verdugo interior.
Ni siquiera necesita que aquello que tememos haya sucedido.
Puede atormentarnos simplemente con la posibilidad de que suceda.
El cuerpo está en el presente.
Pero la mente está sufriendo por mañana.
Así comenzó a vivir el hombre fuera del ambiente para el cual había sido creado.
Y entonces llegó Jesucristo.
Cuando escuchamos cuidadosamente sus palabras descubrimos algo extraordinario.
Jesús comenzó a llamar al hombre precisamente en dirección contraria a aquella existencia angustiosa.
A una humanidad consumida pensando cómo sobrevivir, Jesús le dijo:
«Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir…»
Mateo 6:25, RVR1960
Y después preguntó:
«¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?»
Entonces señaló las aves:
«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.»
Mateo 6:26, RVR1960
Observe qué palabra vuelve a aparecer:
Padre.
El hombre había vivido como huérfano espiritual.
Tengo que conseguir.
Tengo que proteger.
Tengo que controlar.
Tengo que asegurar.
Y Jesús vuelve a decir:
«vuestro Padre celestial».
Más adelante añade:
«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»
Mateo 6:32, RVR1960
¡Él sabe!
Sabe que necesitamos alimento.
Sabe que necesitamos vestido.
Sabe que tenemos necesidades.
Sabe que existe un mañana.
Por eso Jesús termina diciendo:
«Así que, no os afanéis por el día de mañana…»
Mateo 6:34, RVR1960
Es como si Dios estuviera llamando nuevamente al pez hacia el agua.
Regresa al ambiente para el cual fuiste creado.
Vuelve a confiar.
Vuelve a depender.
Vuelve al Padre.
Jesús hizo otra invitación extraordinaria:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28, RVR1960
Trabajados.
Cargados.
Agotados.
Exactamente lo que produce intentar cargar solos una vida que nunca fuimos diseñados para cargar sin Dios.
Y Cristo dice:
«Venid a mí».
No solamente ofrece perdón.
Ofrece descanso.
Y poco antes de ir a la cruz dijo a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
Qué extraordinario contraste.
Adán después del pecado:
«Tuve miedo… y me escondí.»
Jesucristo:
«No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Entre esas dos declaraciones se encuentra buena parte de la tragedia y de la esperanza de la historia humana.
Fuimos creados para la paz y conocimos el tormento.
Fuimos creados para confiar y aprendimos a preocuparnos.
Fuimos creados para depender de nuestro Padre y terminamos intentando sostener solos el peso de nuestra existencia.
Fuimos creados para vivir en comunión con Dios y comenzamos a vivir como peces fuera del agua.
Agitados.
Desesperados.
Luchando.
Temiendo.
Tratando de conseguir oxígeno en un ambiente para el cual nunca fuimos diseñados.
La pobreza, la incertidumbre, la enfermedad, las pérdidas, la preocupación y el miedo comenzaron a consumir al hombre.
Pero jamás fue ese el plan original de Dios.
Por eso, cuando Jesucristo vino a buscarnos, sus palabras sonaron casi como una invitación a regresar a casa:
«Venid a mí…»
«No os afanéis…»
«Vuestro Padre sabe…»
«Mi paz os doy…»
«No… tenga miedo.»
La guerra había comenzado dentro del hombre.
Pero Jesucristo vino a anunciar que el hombre no había sido creado para vivir atormentado por ella.
Cuando observamos el matrimonio tal como existe actualmente, surge una pregunta inevitable:
¿Esto fue lo que Dios creó?
Matrimonios llenos de discusiones.
Esposos que se hieren con palabras.
Mujeres lastimadas.
Hombres despreciados.
Infidelidad.
Celos.
Manipulación.
Violencia dentro del hogar.
Alcoholismo.
Irresponsabilidad.
Padres ausentes.
Madres agotadas tratando de sostener solas una familia.
Hijos creciendo entre gritos, amenazas y miedo.
Divorcios dolorosos.
Familias fragmentadas.
Personas que alguna vez se miraron a los ojos y prometieron amarse, pero que años después apenas pueden permanecer juntas en la misma habitación.
¿Eso fue lo que Dios diseñó?
La respuesta es sencilla:
No.
Y Jesucristo lo dijo de una manera extraordinaria:
«…mas al principio no fue así.»
Mateo 19:8, RVR1960
Para comprender el matrimonio tenemos que regresar al principio.
Antes de existir gobiernos, ciudades, empresas, escuelas o naciones, Dios estableció una familia.
Después de crear a Adán, Dios declaró:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.»
Génesis 2:18, RVR1960
Entonces creó a Eva.
Cuando Adán la contempló pronunció unas palabras extraordinarias:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»
Génesis 2:23, RVR1960
Y la Escritura establece el diseño:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»
Génesis 2:24, RVR1960
Observe la expresión:
«una sola carne».
No dos enemigos compartiendo una casa.
No dos personas compitiendo para descubrir quién controla a quién.
No una relación basada en miedo.
No manipulación.
No violencia.
No abandono.
No infidelidad.
No existía siquiera la idea del divorcio.
Había unión.
Había pertenencia.
Había compañía.
Había seguridad.
Había confianza.
Había intimidad sin vergüenza.
La Biblia termina la descripción de aquella primera pareja diciendo:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
No tenían nada que esconder.
No necesitaban protegerse el uno del otro.
No había heridas acumuladas.
No existían secretos capaces de destruir la confianza.
No había miedo de ser traicionado.
El matrimonio era un lugar seguro.

Pero después de la caída algo cambió inmediatamente.
Cuando Dios preguntó a Adán qué había ocurrido, aquel hombre que poco antes había declarado:
«hueso de mis huesos y carne de mi carne»
respondió:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»
Génesis 3:12, RVR1960
Algo se había roto.
Antes:
«hueso de mis huesos».
Después:
«la mujer que me diste».
Antes había identificación.
Ahora había acusación.
Antes eran uno.
Ahora uno intentaba salvarse responsabilizando al otro.
El pecado había entrado en el matrimonio.
Y con él llegaron el egoísmo, la defensa propia, la acusación y la lucha.
Génesis describe además otra consecuencia:
«…tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.»
Génesis 3:16, RVR1960
Aquello no aparece como parte de la descripción original de Génesis 2.
Aparece después de la caída.
La relación que había sido diseñada para funcionar en unidad comenzaría a conocer conflicto y dominio.
El matrimonio había sido alcanzado por El imperio de la muerte.
El propósito de Dios para la familia era extraordinario.
Los hijos debían encontrar allí sus primeras experiencias de amor, seguridad, protección, provisión y pertenencia.
Antes de que un niño pudiera comprender intelectualmente quién era Dios, debía experimentar en casa algo que le ayudara a comprender palabras como:
padre.
amor.
protección.
fidelidad.
seguridad.
Pero la caída distorsionó también esas imágenes.
El padre que debía proteger puede convertirse en aquel de quien los hijos necesitan protegerse.
El hombre que debía sostener su hogar puede convertirse en irresponsable.
Puede refugiarse en el alcohol.
Puede abandonar.
Puede golpear.
Puede humillar.
Puede gastar en sí mismo lo que necesitan sus hijos.
Puede estar físicamente dentro de la casa y emocionalmente completamente ausente.
Y la mujer también fue alcanzada por la caída.
Puede herir.
Puede manipular.
Puede abandonar emocionalmente a sus hijos.
Puede utilizar las palabras para destruir.
Puede descuidar.
Puede convertir el hogar en un lugar de conflicto permanente.
Padres y madres que debían reflejar cuidado y conducir a sus hijos hacia Dios pueden terminar tan heridos, confundidos y atormentados ellos mismos que apenas están tratando de sobrevivir emocionalmente.
Y los hijos reciben las consecuencias.
Así el lugar que debía ser uno de los sitios más seguros de la tierra puede convertirse para muchas personas en el lugar donde recibieron sus heridas más profundas.
Lo que Dios diseñó como una alianza de amor comenzó a convertirse muchas veces en una lucha por sobrevivir.
¿Quién manda?
¿Quién controla el dinero?
¿Quién tiene la razón?
¿Quién cede?
¿Quién gana la discusión?
¿Quién castiga al otro con silencio?
¿Quién manipula?
¿Quién amenaza con irse?
¿Quién hiere primero?
Dos personas que deberían estar luchando juntas contra los problemas terminan luchando una contra la otra.
Y cuando eso ocurre, nadie gana.
Puede ganar una discusión y perder a su esposa.
Puede imponer su voluntad y perder el corazón de su esposo.
Puede conseguir controlar la casa y destruir la familia.
Puede demostrar que tenía razón y dejar llorando a la persona que prometió amar.
Entonces aparecen heridas.
Las heridas producen distancia.
La distancia produce soledad.
La soledad produce vulnerabilidad.
Y finalmente dos personas pueden dormir en la misma cama mientras emocionalmente viven a kilómetros de distancia.
Eso no fue lo que Dios diseñó.
En una ocasión preguntaron a Jesucristo acerca del divorcio.
Su respuesta es fundamental para comprender todo este tema.
Jesús no comenzó analizando las costumbres de su época.
Regresó a Génesis.
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?»
Mateo 19:4, RVR1960
Después citó el diseño original:
«…y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino una sola carne.»
Mateo 19:5-6, RVR1960
Entonces le preguntaron por qué Moisés había permitido el divorcio.
Jesús respondió:
«Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así.»
Mateo 19:8, RVR1960
Aquí está la explicación.
«Por la dureza de vuestro corazón».
El problema nuevamente aparece dentro del hombre.
Y después Jesús pronuncia la frase que deberíamos recordar cuando contemplamos familias destruidas:
«Al principio no fue así.»
Divorcio:
al principio no fue así.
Violencia doméstica:
al principio no fue así.
Manipulación:
al principio no fue así.
Abandono:
al principio no fue así.
Infidelidad:
al principio no fue así.
Hijos aterrorizados dentro de su propia casa:
al principio no fue así.
Padres destruyéndose delante de sus hijos:
al principio no fue así.
Nada de eso formaba parte del diseño original.
Esto es importante dentro de esta serie.
Muchas personas han sufrido profundamente dentro de sus familias y terminan preguntándose:
¿Por qué Dios permitió que mi hogar fuera así?
Pero debemos distinguir entre lo que Dios diseñó y lo que el pecado produjo.
Dios diseñó:
«una sola carne».
Nosotros introdujimos la división.
Dios diseñó compañía.
Nosotros introdujimos abandono.
Dios diseñó confianza.
Nosotros introdujimos traición.
Dios diseñó protección.
Nosotros introdujimos violencia.
Dios diseñó fidelidad.
Nosotros introdujimos infidelidad.
Dios diseñó un lugar seguro.
Nosotros muchas veces lo convertimos en un campo de batalla.
No fue Dios quien inventó el adulterio.
No fue Dios quien inventó la violencia intrafamiliar.
No fue Dios quien creó el abandono.
No fue Dios quien diseñó padres alcohólicos golpeando a sus hijos.
No fue Dios quien diseñó esposas o esposos viviendo aterrorizados dentro de su propia casa.
No fue Dios quien creó niños llorando detrás de una puerta mientras sus padres se destruyen.
Eso lo hicimos nosotros.
Es parte del mundo que surgió cuando el hombre decidió apartarse de Dios y vivir conforme a su propio camino.
Pero precisamente allí encontramos esperanza.
Porque si queremos saber qué piensa Dios acerca del matrimonio, no debemos mirar primero nuestras estadísticas de divorcio.
Debemos regresar al principio.
Allí encontramos a un hombre y una mujer que no eran adversarios.
Eran compañeros.
No competían.
Se pertenecían.
No necesitaban defenderse el uno del otro.
Podían estar completamente expuestos y continuar sintiéndose seguros:
«…y no se avergonzaban.»
Ese era el sueño.
Un hombre y una mujer caminando juntos.
Amándose.
Protegiéndose.
Cuidándose.
Compartiendo la vida.
Levantando una familia.
Caminando juntos con Dios.
Siendo una sola carne.
Y aunque vivimos después de la caída, Jesucristo no vino solamente para perdonar individuos.
Su presencia también puede comenzar a sanar aquello que el pecado destruyó en nuestras relaciones.
Puede enseñarnos nuevamente a amar.
A perdonar.
A servir.
A respetar.
A proteger.
A dejar de competir.
A dejar de herir.
A volver a mirar a nuestro esposo o esposa no como adversario, sino como compañero de vida.
El matrimonio que conocemos actualmente lleva muchas cicatrices de El imperio de la muerte.
Pero esas cicatrices no deben confundirse con el diseño de Dios.
Cuando alguien pregunte:
¿Esto fue lo que Dios quiso para el matrimonio?
Podemos regresar a las palabras de Jesucristo:
«…al principio no fue así.»
Porque antes de la acusación hubo unidad.
Antes de la lucha hubo compañerismo.
Antes de la vergüenza hubo seguridad.
Antes del divorcio hubo:
«una sola carne».
Y antes de que El imperio de la muerte entrara en nuestros hogares, Dios había diseñado la familia para ser uno de los lugares donde el ser humano pudiera experimentar algo completamente diferente:
amor, pertenencia, protección, descanso y hogar y gracias a Jesucristo todo eso puede ser restaurado.
Durante años he observado con atención a pueblos que sufren hambre.
He querido saber:
¿Por qué tienen hambre?
He observado países con enormes recursos naturales donde, inexplicablemente, una gran parte de la población vive en pobreza.
He seguido conflictos donde familias enteras tienen que abandonar sus hogares.
He visto ciudades destruidas.
Niños desplazados.
Madres buscando alimento.
Hombres muriendo en campos de batalla.
Y vuelvo a hacerme la misma pregunta:
¿Quién está produciendo tanto dolor?
Una y otra vez aparece una realidad incómoda.
Muchas veces detrás del hambre encontramos mal gobierno, corrupción, violencia, conflictos, explotación o decisiones humanas.
Detrás de las guerras encontramos hombres.
Detrás de muchas persecuciones encontramos hombres.
Detrás de sistemas de opresión encontramos hombres.
Detrás de pueblos saqueados encontramos hombres.
Detrás de muchas crisis que terminan pagando los más débiles encontramos decisiones tomadas por quienes poseen poder.
Entonces debemos regresar nuevamente a nuestra pregunta:

¿Fue así como Dios diseñó el gobierno de la tierra?
La respuesta vuelve a ser:
No.
Cuando Dios creó al hombre le entregó una responsabilidad extraordinaria:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre recibió autoridad.
Pero observe algo fundamental:
Adán no era dueño de la tierra.
Dios era el dueño.
Adán era un administrador.
El Salmo 24 todavía declara:
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Ese era el diseño.
Dios gobernaba.
El hombre vivía bajo su autoridad.
Y desde esa posición administraba lo que Dios había colocado bajo su responsabilidad.
El poder no había sido entregado para destruir.
Había sido entregado para cuidar.
El hombre debía trabajar y guardar aquello que Dios había puesto en sus manos.
No existían dictadores.
No existían tiranos.
No existían ejércitos conquistando territorios.
No existían gobiernos robando los recursos de sus pueblos.
No existían gobernantes enriqueciéndose mientras sus ciudadanos morían de hambre.
No existían cárceles para opositores políticos.
No existían campos de concentración.
No existían genocidios.
No existían refugiados.
No existían pueblos huyendo de otros pueblos.
No existía una clase gobernante utilizando el poder para enriquecerse mientras otros sufrían.
Después del pecado ocurrió algo inevitable.
El hombre que gobernaría la tierra ya no era el mismo hombre.
Ahora conocía orgullo.
Codicia.
Envidia.
Ambición.
Deseo de dominio.
Y ese mismo hombre comenzó a ejercer poder sobre otros hombres.
Entonces el poder, que podía utilizarse para proteger, también comenzó a utilizarse para controlar.
La autoridad podía servir.
Pero también podía oprimir.
Los recursos podían administrarse para beneficio de muchos.
Pero también podían acumularse en manos de unos cuantos.
Y así apareció una de las manifestaciones más dolorosas de El imperio de la muerte:
el hombre gobernando al hombre lejos de Dios.
Eclesiastés describe crudamente esta realidad:
«…el hombre se enseñorea del hombre para mal suyo.»
Eclesiastés 8:9, RVR1960
Qué descripción tan exacta.
El hombre enseñoreándose del hombre para hacerle daño.
Cuando vemos a un niño muriendo de hambre es fácil mirar al cielo y preguntar:
¿Dónde está Dios?
Pero antes deberíamos mirar también alrededor y preguntar:
¿Qué estamos haciendo nosotros?
Porque el hambre no siempre significa que la tierra sea incapaz de producir alimento.
En muchas crisis modernas intervienen guerras, desplazamientos, corrupción, colapso económico, destrucción de cultivos, interrupción del comercio, bloqueo de ayuda, mala administración y decisiones políticas.
Hay alimentos que nunca llegan.
Campos que no pueden cultivarse porque existe violencia.
Carreteras cerradas.
Poblaciones desplazadas.
Recursos desviados.
Ayuda que puede ser obstaculizada.
Economías destruidas por años de conflicto.
Y nuevamente encontramos al hombre.
Entonces resulta demasiado fácil responsabilizar a Dios de un mundo que nosotros mismos estamos administrando de manera terrible.
Dios hizo producir la tierra.
Nosotros levantamos fronteras y guerras.
Dios proporcionó recursos.
Nosotros aprendimos a acapararlos.
Dios nos dio capacidad para administrar.
Nosotros aprendimos también a corromper.
Dios nos dio autoridad para cuidar.
Nosotros aprendimos a utilizarla para dominar.
Lo mismo ocurre cuando contemplamos una guerra.
Vemos edificios destruidos.
Hospitales llenos.
Personas enterrando familiares.
Niños traumatizados.
Familias abandonando en minutos la casa que construyeron durante toda una vida.
Millones pueden terminar desplazados por decisiones tomadas por un número relativamente pequeño de personas.
Y nuevamente preguntamos:
¿Por qué Dios hace esto?
Pero Dios no disparó el misil.
Dios no ordenó la invasión.
Dios no apretó el gatillo.
Dios no diseñó el campo de exterminio.
Dios no sembró la mina.
Dios no torturó al prisionero.
Lo hizo el hombre.
Santiago preguntó:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?»
Y respondió:
«¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
La guerra que comenzó dentro del hombre terminó convirtiéndose en guerra entre los hombres.
Primero fue el corazón.
Después fue la familia.
Después fue el hermano contra el hermano.
Después pueblos contra pueblos.
Y finalmente naciones contra naciones.
La Biblia nunca idealiza el poder humano.
Faraón esclavizó.
Nabucodonosor levantó una imagen y exigió adoración.
Herodes ordenó matar niños.
Otro Herodes hizo decapitar a Juan el Bautista.
Pilato reconoció que no encontraba delito en Jesucristo y, aun así, terminó entregándolo para ser crucificado.
El poder político podía proteger al inocente.
Pero en manos de hombres caídos también podía convertirse en instrumento de sufrimiento.
Por eso la Escritura exige justicia a quienes gobiernan.
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.»
Isaías 1:17, RVR1960
El problema no es la existencia de autoridad.
La sociedad necesita orden, justicia y gobierno.
El problema aparece cuando el poder deja de entenderse como responsabilidad y comienza a utilizarse como privilegio.
Cuando el gobernante deja de preguntarse:
¿Cómo puedo servir a este pueblo?
y comienza a preguntarse:
¿Cómo puedo servirme de este pueblo?
Entonces el gobierno que debía proteger puede convertirse precisamente en aquello de lo que la población necesita ser protegida.
Pero aquí debemos detenernos.
Porque después de contemplar gobiernos injustos, guerras, corrupción, hambre y opresión podríamos cometer el error de pensar que Dios perdió el control de su creación.
No.
La tierra continúa teniendo dueño:
«De Jehová es la tierra y su plenitud.»
Dios sigue siendo soberano.
Los imperios aparecen y desaparecen.
Los presidentes llegan y se van.
Los reyes mueren.
Los dictadores terminan.
Las fronteras cambian.
Las potencias ascienden y caen.
Pero Dios permanece.
Y la Biblia anuncia que la historia no terminará bajo el gobierno imperfecto del hombre caído.
Cuando Jesucristo apareció, presentó una manera de ejercer autoridad completamente contraria a la lógica del poder humano.
Sus discípulos discutieron alguna vez acerca de quién sería el mayor.
Jesús les respondió:
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.»
Mateo 20:25, RVR1960
Jesús conocía perfectamente cómo funciona el poder humano.
Pero inmediatamente añadió:
«Mas entre vosotros no será así…»
Mateo 20:26, RVR1960
Y entonces presentó el modelo de su Reino:
«…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»
¡Qué diferencia!
El mundo dice:
Gobernar es conseguir que otros me sirvan.
Cristo dice:
Gobernar es servir.
Y Él mismo mostró cómo sería ese Rey:
«…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»
Mateo 20:28, RVR1960
Ese es nuestro Rey.
No un Rey que sacrifica al pueblo para conservar su trono.
Un Rey que se sacrifica a sí mismo para salvar a su pueblo.
No un Rey que toma la vida de sus súbditos.
Un Rey que entrega su propia vida por ellos.
No un gobernante que se enriquece con el sufrimiento de los débiles.
Un Rey que toca al leproso, alimenta al hambriento, recibe al despreciado, defiende al indefenso y finalmente muere por aquellos a quienes gobierna.
Por eso nuestra esperanza no descansa finalmente en encontrar seres humanos perfectos para gobernarnos.
No existen.
Nuestra esperanza final está en un Rey perfecto.
Jesucristo.
Isaías anunció:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite… disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.»
Isaías 9:7, RVR1960
Observe las palabras:
paz.
juicio.
justicia.
Exactamente aquello que tantas veces ha faltado en los gobiernos de este mundo.
El pecado alcanzó al gobierno humano.
El poder se corrompió.
El hombre se enseñoreó del hombre para hacerle daño.
Las guerras llenaron la tierra de sangre.
Gobiernos injustos multiplicaron sufrimiento.
Y demasiadas veces los más débiles terminaron pagando las decisiones de los poderosos.
Eso tampoco fue el plan original de Dios.
Eso forma parte de El imperio de la muerte.
Pero gracias a Jesucristo, la historia del gobierno de la tierra tampoco terminará así.
Los reinos humanos pasarán.
El imperio de la muerte terminará.
Y llegará el día cuando el gobierno estará finalmente sobre los hombros de Aquel que jamás podrá ser comprado, corrompido, intimidado ni seducido por el poder.
Un Rey perfectamente justo.
Un Rey perfectamente bueno.
Un Rey que ama a aquellos sobre quienes reina.
Jesucristo.
Y entonces la humanidad conocerá nuevamente algo que ha buscado durante toda su dolorosa historia: un gobierno donde el poder no produzca miedo, sino justicia; donde la autoridad no destruya, sino proteja; y donde el Rey esté verdaderamente a favor de su pueblo.
He visto morir niños.
He visto morir jóvenes que apenas comenzaban a vivir.
He visto morir hombres y mujeres en la plenitud de sus vidas.
He visto morir padres.
Madres.
Esposos.
Esposas.
He visto morir ancianos después de una larga existencia.
Y después de tantos años de contemplarla como médico, pastor y simplemente como ser humano, he llegado a una conclusión:
la muerte no perdona.
No pregunta cuántos años tienes.
No pregunta si todavía tienes proyectos.
No pregunta si tus hijos todavía te necesitan.
No pregunta si acabas de casarte.
No pregunta si tienes cinco años, veinte, cincuenta u ochenta.
No pregunta si alguien está preparado para despedirse de ti.
Llega.
Y cuando llega, hiere.
Pablo utilizó una palabra extraordinariamente gráfica para describirla:
«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»
1 Corintios 15:55, RVR1960
Un aguijón penetra.
Lastima.
Deja dolor.
Y pocas cosas han herido tanto a la humanidad como el aguijón de la muerte.

Cuando regresamos al huerto del Edén encontramos algo extraordinario.
No encontramos cementerios.
No encontramos funerales.
No encontramos ataúdes.
No encontramos padres enterrando hijos.
No encontramos viudas llorando esposos.
No encontramos niños quedándose sin padres.
No encontramos hospitales intentando prolongar una vida.
No encontramos cuerpos destruidos por enfermedades terminales.
No encontramos al hombre envejeciendo mientras observa cómo sus fuerzas desaparecen.
Dios había creado al hombre para la vida.
Pero había establecido un límite y había advertido claramente cuál sería la consecuencia de cruzarlo:
«…el día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
Dios lo había dicho.
Morirás.
Pero apareció otra voz.
La serpiente dijo:
«No moriréis.»
Génesis 3:4, RVR1960
Adán tuvo delante de él dos palabras.
Dios había dicho:
«Morirás».
La serpiente decía:
«No moriréis».
Y el hombre tomó su decisión.
Desobedeció.
Entonces ocurrió exactamente lo que Dios había advertido.
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»
Romanos 5:12, RVR1960
Primero entró el pecado.
Y detrás del pecado entró la muerte.
No porque Dios hubiera diseñado un mundo cruel.
No porque la muerte formara parte de aquel «bueno en gran manera» de Génesis.
La muerte apareció vinculada a la rebelión del hombre y a su separación de la fuente de la vida.
Adán no creyó la advertencia.
Pero la advertencia era verdad.
Al principio Adán no cayó físicamente muerto junto al árbol.
Pero la muerte ya había entrado.
Y pronto aparecería ante sus ojos de una manera que jamás podría olvidar.
Imagino lo terrible que debió ser para Adán y Eva contemplar por primera vez el cuerpo sin vida de un hijo.
Hasta entonces conocían cuerpos vivos.
Respirando.
Moviéndose.
Hablando.
Abrazando.
Ahora había un cuerpo que ya no respondía.
La muerte había adquirido un rostro.
Y era el rostro de Abel.
Después comenzó una sucesión terrible.
Génesis 5 repite una frase una y otra vez.
Adán vivió…
«y murió».
Set vivió…
«y murió».
Enós vivió…
«y murió».
Cainán vivió…
«y murió».
Mahalaleel vivió…
«y murió».
Jared vivió…
«y murió».
Generación tras generación.
«Y murió».
La advertencia pronunciada junto al árbol se había convertido en la realidad de toda la humanidad.
Pablo lo expresaría después con una frase estremecedora:
«…reinó la muerte desde Adán…»
Romanos 5:14, RVR1960
La muerte no solamente llegó.
Comenzó a reinar.
Desde entonces la muerte ha atravesado todas las fronteras levantadas por los seres humanos.
Ha entrado en palacios y chozas.
Ha visitado ricos y pobres.
Ha alcanzado personas famosas y desconocidas.
Ha entrado en hospitales y hogares.
Ha alcanzado hombres y mujeres.
Niños y ancianos.
Sabios e ignorantes.
Reyes y campesinos.
Médicos que pasaron su vida luchando contra ella finalmente tuvieron que enfrentarla.
Hombres poderosos que gobernaron naciones no pudieron ordenarle que se retirara.
Personas inmensamente ricas descubrieron que llega un momento en que ninguna cantidad de dinero puede comprar otro día.
Podemos retrasarla.
Podemos luchar contra enfermedades.
Podemos utilizar medicamentos.
Podemos operar.
Podemos reanimar un corazón.
Podemos prolongar la vida.
Y debemos hacerlo mientras podamos.
Pero finalmente permanece aquella sentencia:
«…está establecido para los hombres que mueran una sola vez…»
Hebreos 9:27, RVR1960
La muerte se convirtió en el gran conquistador de la humanidad.
Pero la muerte no lastima solamente a quien muere.
Muchas veces deja una segunda herida:
la que permanece en quienes continúan viviendo.
Una silla queda vacía.
Una cama ya no se ocupa.
Una voz deja de escucharse.
Un teléfono conserva un número al que ya nadie responderá.
Quedan fotografías.
Ropa.
Objetos.
Lugares donde estuvimos juntos.
Fechas que regresan cada año.
Y queda una ausencia que puede acompañarnos durante toda la vida.
La muerte puede ocurrir en unos minutos.
Pero el dolor que deja puede durar décadas.
Un padre puede continuar recordando al hijo que perdió.
Una mujer puede continuar extrañando al hombre con quien compartió su vida.
Un hijo puede crecer deseando volver a escuchar la voz de su madre.
Una familia puede dividir su historia en dos partes:
antes de que muriera…
y
después de que murió.
Ese es el aguijón.
La muerte se lleva a uno y puede dejar profundamente heridos a muchos.
Por eso cuando alguien llora frente a una tumba no debemos apresurarnos a decirle que la muerte es simplemente «parte natural de la vida».
La Biblia la llama de otra manera.
La llama:
enemigo.
Pablo escribe:
«Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.»
1 Corintios 15:26, RVR1960
¡Enemigo!
Eso explica por qué algo dentro de nosotros se rebela frente a ella.
No queremos despedirnos.
No queremos soltar la mano.
No queremos cerrar el ataúd.
No queremos caminar fuera del cementerio dejando allí a alguien que amamos.
Algo dentro de nosotros grita:
¡Esto no debería ser así!
Y, en cierto sentido, ese grito tiene razón.
Porque al principio no fue así.
No fuimos creados para la muerte.
Fuimos creados para la vida.
Por eso la muerte duele tanto.
Es una intrusa dentro de una historia que comenzó con un Dios que sopló sobre el hombre aliento de vida.
Pero ocurrió algo que cambió para siempre la historia.
El Hijo de Dios vino al mismo mundo donde la muerte estaba reinando.
Y durante su ministerio ocurrió algo extraordinario.
Cuando Jesús se encontró con la muerte, la muerte comenzó a retroceder.
Una niña había muerto.
Jesús tomó su mano y dijo:
«Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.»
Marcos 5:41, RVR1960
Y la niña se levantó.
En Naín, una viuda llevaba a enterrar a su único hijo.
Jesús vio a aquella madre y tuvo compasión de ella.
Se acercó al féretro y dijo:
«Joven, a ti te digo, levántate.»
Lucas 7:14, RVR1960
Y el muerto se incorporó.
Después llegó a la tumba de su amigo Lázaro.
Allí ocurrió algo profundamente hermoso:
«Jesús lloró.»
Juan 11:35, RVR1960
El Hijo de Dios no contempló indiferentemente nuestro dolor.
Lloró delante de una tumba.
Pero después pronunció:
«¡Lázaro, ven fuera!»
Juan 11:43, RVR1960
Y el muerto salió.
Era como si el Rey de la vida hubiera entrado finalmente en El imperio de la muerte.
Y cada vez que ambos se encontraban, la muerte tenía que soltar a su cautivo.
Finalmente la muerte llegó también hasta Él.
Jesucristo fue crucificado.
Su cuerpo fue colocado en una tumba.
Una piedra cerró la entrada.
Por un momento parecía que el conquistador había conseguido otra víctima.
Parecía que la muerte había vencido incluso al Hijo de Dios.
Pero llegó el tercer día.
Y ocurrió algo que cambiaría para siempre nuestra esperanza.
La tumba quedó vacía.
Pedro lo expresó de una manera extraordinaria:
«…al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.»
Hechos 2:24, RVR1960
¡Imposible!
La muerte que había retenido generación tras generación encontró finalmente a Alguien a quien no podía retener.
Jesucristo entró voluntariamente en su territorio y salió victorioso.
Por eso Él puede decir:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.»
Juan 11:25, RVR1960
Pero la victoria de Cristo no termina con su propia resurrección.
La Biblia anuncia algo todavía mayor.
Llegará un día cuando Dios solucionará definitivamente el problema de la muerte.
Pablo lo anuncia:
«Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.»
1 Corintios 15:26, RVR1960
No controlado.
No reducido.
No simplemente retrasado.
Destruido.
Y Apocalipsis describe finalmente el destino de este enemigo:
«Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego.»
Apocalipsis 20:14, RVR1960
La muerte que había juzgado a generaciones enteras será finalmente juzgada.
La muerte que había conquistado será derrotada.
La muerte que había entrado por causa del pecado será expulsada para siempre.
Y entonces escucharemos palabras que parecen llevarnos nuevamente hacia aquello para lo cual fuimos creados:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.»
Apocalipsis 21:4, RVR1960
Observe cuidadosamente:
«ya no habrá muerte».
Llegará el último funeral.
Llegará la última tumba.
Llegará la última despedida.
Llegará la última lágrima causada por la muerte.
Llegará el día cuando ningún padre volverá a enterrar a un hijo.
Ningún niño perderá a su madre.
Ningún esposo despedirá a su esposa.
Ninguna familia volverá a reunirse alrededor de un ataúd.
No habrá diagnósticos terminales.
No habrá cuerpos deteriorándose.
No habrá cementerios creciendo alrededor de nuestras ciudades.
Porque la muerte misma habrá muerto.
Entonces podremos comprender plenamente aquellas palabras que Pablo escribió desafiándola:
«Sorbida es la muerte en victoria.»
«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»
«¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?»
1 Corintios 15:54-55, RVR1960
Durante miles de años la muerte ha parecido invencible.
Ha conquistado niños, jóvenes, adultos y ancianos.
Ha dejado cicatrices en prácticamente todas las familias de la tierra.
También ha tocado nuestras propias casas y ha dejado heridas que nunca olvidaremos.
Pero la muerte no tendrá la última palabra.
Dios había dicho en el Edén:
«ciertamente morirás».
El hombre desobedeció y la muerte entró.
Pero Jesucristo vino.
Murió.
Entró en la tumba.
Resucitó.
Y ahora tiene autoridad para pronunciar la sentencia final sobre el enemigo que durante tanto tiempo atormentó a la humanidad.
El imperio de la muerte terminará.
Y cuando la muerte haya sido destruida para siempre, permanecerá aquello que Dios había querido para sus hijos desde el principio:
Durante años escuché decir:
«La vida es bella».
Y una parte de mí siempre respondía:
¿Bella?
¿Cómo puede alguien decirle eso a una madre cuyo hijo fue asesinado?
¿Cómo puede decirlo una persona que alguna vez sintió un arma apuntándole?
¿Cómo puede decirlo una mujer que fue atacada dentro de su propia casa?
¿Cómo puede decirlo una familia que recibió una llamada en medio de la noche para informarle que alguien que amaba había muerto violentamente?
¿Cómo puede sentirse completamente bella una vida donde hemos tenido que aprender a protegernos unos de otros?
Cerramos nuestras casas con llave.
Aseguramos puertas y ventanas.
Instalamos alarmas.
Ponemos cámaras.
Construimos bardas.
Evitamos ciertos lugares durante la noche.
Enseñamos a nuestros hijos a no confiar en desconocidos.
Miramos alrededor antes de bajar del automóvil.
Protegemos nuestras pertenencias.
Y si escuchamos un ruido extraño durante la madrugada, inmediatamente pensamos:
¿Entró alguien a la casa?
¿Por qué vivimos así?
Porque sabemos que existe la posibilidad de convertirnos en víctimas de otro ser humano.
Y eso debería parecernos extraño.
Porque no fuimos creados para tenernos miedo unos a otros.
La secuencia de Génesis es impresionante.
En Génesis 1 y 2 encontramos vida.
En Génesis 3 entra el pecado.
Y apenas llegamos a Génesis 4…

Un hermano mata a su hermano.
Caín y Abel habían nacido de los mismos padres.
Habían crecido juntos.
Compartían sangre.
Compartían historia.
Pero algo había cambiado en el interior del hombre.
Caín presentó una ofrenda.
Abel presentó la suya.
Dios miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y la suya.
Entonces apareció algo peligroso dentro de Caín:
«Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.»
Génesis 4:5, RVR1960
Dios incluso le advirtió:
«…el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.»
Génesis 4:7, RVR1960
El peligro estaba allí.
La puerta estaba delante de él.
Caín podía detenerse.
Pero no lo hizo.
«Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.»
Génesis 4:8, RVR1960
Detengámonos por un momento.
Un capítulo antes, Adán estaba escondiéndose de Dios.
Ahora su hijo está derramando la sangre de su propio hermano.
El pecado pasó rápidamente del corazón a las manos.
De la desobediencia al odio.
Del odio a la violencia.
Y de la violencia a la muerte.
El imperio de la muerte comenzaba a mostrar su rostro.
Abel salió al campo con su hermano.
Probablemente no imaginaba que estaba caminando hacia su muerte.
Ese detalle hace que la historia resulte todavía más dolorosa.
Porque una de las características más terribles del crimen es precisamente esa:
muchas víctimas nunca lo ven venir.
Una persona sale a trabajar.
Otra abre su negocio.
Alguien conduce de regreso a casa.
Una familia duerme.
Un joven sale con sus amigos.
Una mujer camina hacia su automóvil.
Un niño juega.
Y en unos cuantos minutos la vida puede cambiar para siempre.
El crimen puede ocurrir donde menos lo esperamos y de maneras que jamás imaginamos.
La víctima muchas veces no escogió participar.
No decidió entrar en aquella historia.
Simplemente alguien más tomó una decisión que destruyó su vida.
Eso ocurrió con Abel.
Caín tomó una decisión.
Pero Abel recibió las consecuencias.
Y desde entonces esa escena se ha repetido innumerables veces en la historia humana.
Una persona decide robar y otra queda traumatizada.
Una persona decide conducir violentamente una situación y otra termina herida.
Alguien decide secuestrar y una familia entera comienza a vivir una pesadilla.
Alguien dispara y una madre recibe una llamada.
Alguien mata y unos niños se quedan sin padre.
El criminal toma una decisión.
Pero el dolor se distribuye entre personas que jamás participaron en ella.
Hay otra consecuencia que no siempre aparece en las estadísticas.
El miedo.
Una persona que sufrió un asalto puede sobrevivir físicamente y continuar reviviéndolo durante años.
Puede volver a escuchar aquella voz.
Recordar aquel rostro.
Sentir nuevamente aquella amenaza.
Puede comenzar a mirar constantemente hacia atrás.
Puede sentir miedo al escuchar pasos.
Puede dejar de visitar lugares que antes disfrutaba.
Puede despertarse ante cualquier ruido.
Pero el crimen también afecta a quienes nunca han sido víctimas directas.
Escuchamos lo que le ocurrió a un vecino.
Vemos lo que sucedió a un amigo.
Conocemos la historia de una familia.
Vemos imágenes de algún crimen.
Y pensamos:
También podría pasarme a mí.
Entonces cerramos otra cerradura.
Compramos otra cámara.
Miramos nuevamente por la ventana.
Decimos a nuestros hijos:
«Avísame cuando llegues».
Y hasta que llega el mensaje:
«Ya llegué»
sentimos tranquilidad.
Eso significa que el crimen tiene un radio de destrucción mucho mayor que el lugar donde ocurrió.
Un solo crimen puede producir cientos o miles de personas con miedo.
El criminal puede haber atacado a una persona, pero el terror puede extenderse por una familia, una colonia o incluso una ciudad.
Eso también forma parte de El imperio de la muerte.
Después del asesinato Dios confrontó a Caín:
«¿Dónde está Abel tu hermano?»
Génesis 4:9, RVR1960
La respuesta de Caín es una de las frases más frías de las primeras páginas de la Biblia:
«No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»
Sí.
Ese era precisamente uno de los problemas.
El hombre había dejado de mirar al otro como alguien a quien debía cuidar.
Ahora podía verlo como rival.
Obstáculo.
Enemigo.
Objeto.
Víctima.
Pero Dios no había perdido de vista a Abel.
Entonces dijo:
«¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.»
Génesis 4:10, RVR1960
Qué expresión tan poderosa:
«La voz de la sangre de tu hermano clama a mí».
La sangre inocente le importa a Dios.
La víctima le importa a Dios.
El crimen le importa a Dios.
La injusticia le importa a Dios.
Dios no contempló el cuerpo de Abel y dijo:
«Así es la vida».
No.
Confrontó al responsable.
«¿Qué has hecho?»
Porque aquello no pertenecía al mundo que Él había declarado «bueno en gran manera».
Pensemos nuevamente en el Edén.
Adán no tenía que protegerse de Eva.
Eva no tenía que esconderse de Adán.
No necesitaban cerraduras.
No necesitaban cámaras.
No necesitaban policías.
No necesitaban prisiones.
No necesitaban alarmas.
No necesitaban sistemas de seguridad.
¿Por qué?
Porque ninguna de esas cosas es necesaria cuando nadie quiere hacer daño al otro.
Nos hemos acostumbrado tanto al mundo caído que muchas de sus anomalías nos parecen normales.
Pero no lo son.
Una cerradura en nuestra puerta dice silenciosamente:
«Existe alguien allá afuera de quien necesito protegerme».
Una prisión dice:
«Algunos seres humanos pueden convertirse en una amenaza para otros seres humanos».
Una cámara de seguridad dice:
«Necesitamos vigilar lo que otros pueden hacernos».
Todo eso puede ser necesario en el mundo donde vivimos.
La prudencia es necesaria.
La justicia es necesaria.
Las autoridades deben proteger al inocente y castigar al que hace lo malo.
Pero nunca debemos confundir lo necesario después de la caída con el diseño original de Dios.
No fuimos creados para vivir detrás de cerraduras.
No fuimos creados para caminar con miedo.
No fuimos creados para sospechar del hombre que camina detrás de nosotros.
No fuimos creados para recibir una llamada informándonos que alguien asesinó a nuestro hijo.
Caín solamente fue el comienzo.
Unas generaciones después aparece Lamec jactándose de su violencia:
«Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe.»
Génesis 4:23, RVR1960
Observe el deterioro.
Caín mató y después intentó evadir su responsabilidad.
Lamec ya presume de la violencia.
Y poco después la Escritura describe una tierra completamente diferente de aquella que Dios había creado:
«Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia.»
Génesis 6:11, RVR1960
¡Llena de violencia!
El mundo que había sido declarado «bueno en gran manera» ahora estaba «lleno de violencia».
¿Qué ocurrió?
El hombre se separó de Dios.
Y el pecado comenzó a producir su cosecha.
Desde Caín hasta nuestros días, los nombres y las armas han cambiado.
Pero el problema continúa saliendo del mismo lugar:
el corazón humano apartado de Dios.
Ahora puedo responder aquella pregunta que durante tantos años me hice.
Sí, todavía existe una enorme belleza en la vida.
Porque permanecen muchas huellas del Dios que la creó.
Hay amor.
Hay familia.
Hay amistad.
Hay niños riendo.
Hay personas extraordinarias haciendo el bien.
Hay amaneceres.
Hay abrazos.
Hay momentos que quisiéramos conservar para siempre.
Pero sería insensible mirar a una madre que acaba de perder violentamente a su hijo y simplemente decir:
«La vida es bella».
Hay otra verdad que debemos reconocer:
algo terrible ocurrió con nuestro mundo.
La belleza permanece.
Pero está herida.
Vivimos rodeados de destellos del mundo que Dios creó y, al mismo tiempo, de las cicatrices del mundo que nosotros dañamos.
Y el crimen es una de esas cicatrices.
Miles de años después de que Abel cayó al suelo, otro hombre inocente fue asesinado.
Él tampoco había cometido crimen.
Él tampoco merecía morir.
Fue traicionado.
Arrestado.
Golpeado.
Acusado falsamente.
Azotado.
Y finalmente crucificado.
El imperio de la muerte volvió a levantar la mano contra un inocente.
Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Hebreos habla de Jesucristo y de:
«…la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.»
Hebreos 12:24, RVR1960
La sangre de Abel clamaba desde la tierra.
La sangre de Cristo anunció que Dios había comenzado el rescate del hombre caído.
El mundo de Caín no tendrá la última palabra.
El crimen no tendrá la última palabra.
La violencia no tendrá la última palabra.
El miedo no tendrá la última palabra.
Y la muerte tampoco tendrá la última palabra.
Llegará el día cuando el Reino de Cristo eliminará definitivamente aquello que nos obliga hoy a vivir protegiéndonos unos de otros.
Mientras tanto, quienes pertenecemos a Él podemos comenzar a vivir de una manera completamente diferente.
Podemos proteger en lugar de lastimar.
Podemos cuidar en lugar de abandonar.
Podemos defender al débil.
Podemos ayudar a quien fue herido.
Podemos acompañar a las víctimas.
Podemos enseñar a nuestros hijos a respetar la vida.
Podemos negarnos a convertirnos en otra fuente de dolor dentro de un mundo que ya tiene demasiado.
Porque quizá no podamos eliminar todo el crimen de la tierra.
Pero sí podemos decidir algo:
nadie debería tener que protegerse de nosotros.
Nuestras manos pueden servir para levantar, no para golpear.
Nuestra voz puede servir para consolar, no para amenazar.
Nuestra casa puede convertirse en un lugar seguro.
Nuestra vida puede disminuir, aunque sea un poco, el dolor que existe alrededor.
Caín preguntó:
«¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»
Después de contemplar todo lo que El imperio de la muerte ha hecho con la humanidad, quizá nuestra respuesta debería ser:
Sí.
Mi hermano me importa.
Su vida me importa.
Su dolor me importa.
Porque no fuimos creados para matarnos.
Fuimos creados para amarnos.
Otra vez tengo que hacer aquella pregunta que durante tantos años me acompañó:
¿La vida es bella?
Pregúnteselo a una persona que perdió su casa por causa de una guerra.
Pregúnteselo a quien trabajó durante treinta años para levantar un negocio y un día tuvo que abandonarlo todo.
Pregúnteselo a una familia que salió de su hogar llevando solamente lo que podía cargar entre sus manos.
Pregúnteselo a un anciano que terminó viviendo como refugiado después de haber tenido casa, familia, vecinos y una vida construida durante décadas.
Pregúnteselo al niño que perdió a sus padres.
Pregúnteselo a la madre que no sabe dónde está su hijo.
Pregúnteselo al soldado que regresó a casa sin una parte de su cuerpo.
Pregúnteselo al hombre que sobrevivió mientras algunos de sus compañeros murieron a su lado y que durante años continúa despertándose en medio de la noche recordando lo que vivió.
Pregúnteles:

¿La guerra es bella?
Seguramente la respuesta será muy diferente.
Porque pocas cosas muestran tan claramente la horrible cara de El imperio de la muerte como una guerra.
En el capítulo anterior contemplamos algo terrible.
Caín levantó su mano contra Abel.
Un hombre contra otro hombre.
Un hermano contra otro hermano.
Pero el pecado no se detuvo allí.
Con el tiempo, la humanidad aprendió a hacer algo todavía más destructivo:
organizar la violencia.
Ya no sería solamente un hombre levantando su mano contra otro.
Serían cientos.
Miles.
Después cientos de miles.
Hombres organizados en ejércitos.
Naciones enfrentándose contra naciones.
Pueblos invadiendo pueblos.
Reyes conquistando territorios.
Imperios extendiendo sus fronteras mediante la fuerza.
La violencia dejó de ser solamente individual.
Se convirtió en violencia organizada.
El hombre aprendió a entrenar ejércitos.
A fabricar armas.
A construir fortificaciones.
A diseñar estrategias.
A conquistar ciudades.
A destruir infraestructura.
A bloquear caminos.
A sitiar poblaciones.
A utilizar enormes cantidades de recursos, inteligencia y tecnología para descubrir maneras cada vez más eficaces de derrotar a otros seres humanos.
El imperio de la muerte había aprendido a hacer la guerra.
Santiago hizo una pregunta extraordinaria:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Podríamos responder hablando de fronteras.
Territorios.
Recursos.
Economía.
Política.
Ideologías.
Ambiciones nacionales.
Venganza.
Seguridad.
Pero Santiago va mucho más profundo.
«¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Y continúa:
«Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar…»
Santiago 4:2, RVR1960
Santiago lleva nuevamente el problema hasta el corazón humano.
Antes de existir una guerra afuera, algo ya estaba ocurriendo adentro.
Ambición.
Codicia.
Orgullo.
Envidia.
Deseo de dominio.
Odio.
Venganza.
La guerra que comenzó dentro del hombre terminó convirtiéndose en guerra entre los hombres.
Y cuando quienes poseen esas mismas pasiones tienen además poder político, ejércitos y armas, las consecuencias pueden alcanzar a naciones enteras.
Cuando escuchamos la palabra «guerra», podemos imaginar dos ejércitos enfrentándose.
Pero una guerra es muchísimo más que eso.
Detrás de cada soldado existe una familia.
Hay una madre esperando una llamada.
Una esposa esperando noticias.
Un esposo.
Unos hijos.
Un padre.
Una casa donde alguien dejó una silla vacía.
Y alrededor del campo de batalla existe una población completa intentando sobrevivir.
La guerra puede destruir en días lo que generaciones tardaron décadas en construir.
Casas.
Escuelas.
Hospitales.
Negocios.
Carreteras.
Puentes.
Cultivos.
Fuentes de trabajo.
Comunidades enteras.
Una familia puede acostarse una noche dentro de su propia casa y poco tiempo después convertirse en refugiada.
El empresario puede perder su negocio.
El trabajador puede perder su empleo.
El agricultor puede abandonar su tierra.
El anciano puede perder la casa donde esperaba terminar sus días.
El niño puede dejar su escuela.
La familia puede separarse.
Y personas que jamás tomaron la decisión de comenzar aquella guerra terminan pagando algunas de sus consecuencias más dolorosas.
Esa es una de las tragedias de la guerra:
quienes deciden comenzarla no siempre son quienes más sufren por ella.
Hay además un enemigo invisible que acompaña a prácticamente todas las guerras:
el miedo.
Imagine vivir escuchando constantemente noticias de ataques.
Imagine no saber si mañana continuará en su casa.
Imagine escuchar una alarma y preguntarse qué ocurrirá.
Imagine acostar a sus hijos sin poder prometerles que estarán seguros.
Imagine despedirse de alguien sin saber si volverá a verlo.
Y pensemos también en el soldado.
Podemos hablar de uniformes, banderas, estrategias y victorias.
Pero debajo del uniforme continúa existiendo un ser humano.
Tiene miedo.
Tiene familia.
Tiene sueños.
Quiere regresar a casa.
Puede ver morir a compañeros con quienes comió, conversó y compartió meses o años.
Y en algún momento puede aparecer inevitablemente aquella pregunta:
¿Cuándo me sucederá a mí?
Algunos regresarán.
Pero no todos regresarán iguales.
Unos volverán con lesiones permanentes.
Otros con limitaciones físicas.
Otros aparentemente completos por fuera, pero profundamente heridos por dentro.
Hay guerras que terminan oficialmente en una fecha determinada.
Pero para algunas personas la guerra continúa durante años dentro de su mente.
Pesadillas.
Sobresaltos.
Culpa.
Ansiedad.
Miedo.
Dolor por los compañeros que no regresaron.
El campo de batalla puede quedar a miles de kilómetros.
Pero algunas de sus heridas regresan a casa con el soldado.
Quizá una de las imágenes más difíciles de aceptar es la de los niños afectados por una guerra.
Ellos no discutieron las fronteras.
No diseñaron estrategias militares.
No votaron las decisiones.
No pronunciaron discursos.
No ordenaron ataques.
No comenzaron el conflicto.
Y sin embargo pueden perderlo todo.
Su casa.
Su escuela.
Sus amigos.
Su estabilidad.
Su padre.
Su madre.
En algunos casos, ambos.
Un niño que debería estar pensando en jugar puede comenzar a pensar en sobrevivir.
Un anciano que debería terminar sus días rodeado de recuerdos puede encontrarse viviendo lejos de su hogar.
Una madre puede convertirse repentinamente en responsable absoluta de una familia.
Un padre puede despedirse sin saber si volverá.
Aparecen viudas.
Huérfanos.
Refugiados.
Desplazados.
Heridos.
Personas traumatizadas.
Familias fragmentadas.
Generaciones completas pueden continuar cargando las consecuencias mucho después de que los gobernantes hayan firmado la paz.
La guerra termina en los documentos antes de terminar en las personas.
Ahora hagamos lo que hemos estado haciendo durante toda esta serie.
Regresemos al principio.
Busquemos los ejércitos del Edén.
No existen.
Busquemos las armas.
No existen.
Busquemos las fronteras.
No existen.
Busquemos los refugiados.
No existen.
Busquemos ciudades destruidas.
No existen.
Busquemos soldados mutilados.
No existen.
Busquemos madres esperando que sus hijos regresen de la guerra.
No existen.
Busquemos niños huérfanos por causa de un conflicto.
No existen.
Busquemos cementerios militares.
No existen.
¿Por qué?
Porque Dios no creó al hombre para hacer la guerra contra el hombre.
Adán no necesitaba conquistar el huerto.
Dios se lo había entregado.
No necesitaba matar a otro hombre para obtener recursos.
Dios proveía abundantemente.
No necesitaba extender una frontera.
No tenía enemigos humanos.
No necesitaba demostrar que era superior a otro pueblo.
La humanidad era una familia.
El hombre estaba en paz con Dios.
En paz consigo mismo.
En paz con la mujer.
En paz con la creación.
Cuando contemplamos una ciudad destruida es comprensible que alguien pregunte:
¿Dónde está Dios?
Pero también deberíamos preguntarnos:
¿Quién comenzó la guerra?
¿Quién dio la orden?
¿Quién decidió invadir?
¿Quién disparó?
¿Quién quiso conquistar?
¿Quién alimentó el odio?
¿Quién decidió que determinado territorio, recurso, ideología o ambición valía más que la vida humana?
No podemos alejarnos de Dios, ignorar sus mandamientos, despreciar el valor de la vida, odiarnos, codiciar lo que pertenece a otros, levantar ejércitos, destruirnos y después contemplar las ruinas preguntando:
¿Por qué Dios hizo esto?
Dios no diseñó la guerra.
Nosotros aprendimos a hacerla.
Y la hemos perfeccionado terriblemente.
Cada generación ha encontrado nuevas maneras de aumentar la capacidad de destrucción de la anterior.
Eso no demuestra lo lejos que ha llegado el sueño original de Dios.
Demuestra lo lejos que nosotros nos alejamos de él.
Afortunadamente, la historia no termina con ejércitos marchando eternamente unos contra otros.
La Biblia anuncia algo extraordinario.
Isaías contempló proféticamente un tiempo en el que las naciones:
«…volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.»
Isaías 2:4, RVR1960
Me impresiona especialmente la última frase:
«ni se adiestrarán más para la guerra».
Llegará un día cuando nadie tendrá que aprender a matar a otro ser humano.
Las armas perderán su propósito.
Los instrumentos construidos para destruir podrán convertirse en instrumentos para producir.
La energía que utilizábamos para prepararnos para la guerra podrá utilizarse para cultivar vida.
Y todo esto está relacionado con el gobierno de Aquel que Isaías llamó:
«Príncipe de Paz.»
Isaías 9:6, RVR1960
El mismo profeta anunció acerca de su gobierno:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite…»
Isaías 9:7, RVR1960
Piense en esas palabras:
la paz no tendrá límite.
Hemos conocido guerras sin límite.
Gastos militares enormes.
Generaciones enfrentadas.
Siglos de conflictos.
Pero el Reino de Jesucristo promete algo que ningún imperio humano ha conseguido:
paz verdadera.
No solamente una tregua.
No solamente dos ejércitos dejando temporalmente de dispararse.
No solamente un documento firmado mientras ambos lados continúan odiándose.
Paz.
Hoy todavía cerramos los ojos y escuchamos noticias de guerras.
Todavía existen soldados que se despiden de sus familias.
Todavía existen madres esperando que regresen.
Todavía existen niños desplazados.
Todavía existen ciudades destruidas.
Todavía existen personas preguntándose:
«¿Cuándo me sucederá a mí?»
Eso es El imperio de la muerte.
Pero no será eterno.
Jesucristo vino a recuperar lo que el pecado destruyó.
Y llegará el día cuando las naciones ya no aprenderán a hacer la guerra.
Imagine por un momento ese mundo.
Ninguna madre recibirá la noticia de que su hijo murió en combate.
Ningún soldado regresará mutilado.
Ningún niño se convertirá en refugiado.
Ningún anciano perderá su casa porque dos naciones decidieron enfrentarse.
Ninguna familia tendrá que correr llevando en una maleta todo lo que pudo rescatar de su vida.
Nadie escuchará una alarma anunciando un ataque.
Nadie tendrá que preguntarse durante la noche:
«¿Estaremos vivos mañana?»
Las naciones dejarán de aprender el arte de destruirse.
Porque estarán bajo el gobierno del Príncipe de Paz.
Entonces podremos mirar hacia atrás y comprender hasta qué punto la guerra pertenecía a un mundo enfermo por el pecado.
En el Edén no existía.
En El imperio de la muerte aprendimos a practicarla.
Pero en el Reino de Jesucristo llegará el día cuando la humanidad finalmente podrá decir:
La última guerra terminó.
Y esta vez…
nadie tendrá que prepararse para la siguiente.