02. Jesús sabía que éramos culpables y necesitábamos expiación

Dr. Elio M. Rivera

  Jesucristo sabía que nuestro problema era todavía más profundo que estar separados de Dios.

  Había una razón para aquella separación:

éramos culpables.

  El pecado no solamente había producido dolor, muerte y alejamiento. Había dejado al ser humano con una culpa real delante de Dios.

  Y siglos antes de que Cristo viniera a la Tierra, Dios había dejado establecido que aquella culpa no podía simplemente ignorarse.

El pecado tenía un precio

  Cuando Dios entregó la ley a Israel, estableció todo un sistema de sacrificios. Una y otra vez aparecían el altar, la sangre, el sacrificio y la expiación.

  Levítico explica el principio que se encontraba detrás de todo aquello:

«Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona» (Levítico 17:11).

  Aquellos sacrificios estaban enseñando algo profundamente serio:

el pecado produce culpa y la culpa necesita expiación.

  Dios es amoroso y misericordioso, pero también es santo y justo. El pecado no podía convertirse simplemente en algo que nunca había ocurrido.

  La deuda existía.

  La culpa era real.

  Y alguien tendría que responder por ella.

Durante siglos la sangre siguió corriendo

  Generación tras generación, los israelitas observaron animales siendo llevados al altar.

  El pecador llegaba con su sacrificio.

  Un animal inocente moría.

  La sangre era derramada.

  Y la expiación era realizada conforme a lo que Dios había establecido.

  Cada sacrificio parecía repetir el mismo mensaje:

el pecado cuesta.

  Pero aquellos sacrificios también estaban señalando hacia algo mucho mayor.

  Llegaría el día en que ya no contemplaríamos solamente un animal sobre un altar.

  Vendría Alguien que cargaría sobre sí la culpa de otros.

Jesús sabía que pagaría un alto precio por redimir a la humanidad y aun así vino

Isaías vio venir al que pagaría

  Siglos antes del nacimiento de Jesús, Isaías escribió:

«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).

  Observe cuidadosamente las palabras:

nuestras rebeliones.

nuestros pecados.

  Pero las heridas estaban sobre Él.

  El profeta continúa:

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).

  Aquí comenzaba a revelarse el verdadero precio del rescate.

  El culpable era el hombre.

  Pero otro cargaría con su pecado.

Él sabía lo que tendría que hacer

  Jesucristo conocía aquellas palabras antes de venir.

  El Espíritu de Cristo había anunciado por medio de los profetas «los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos» (1 Pedro 1:11).

  Por eso Cristo no llegó a Belén para descubrir después que salvarnos sería costoso.

Sabía el precio antes de venir.

  Sabía que nuestra culpa no desaparecería con buenas intenciones.

  Sabía que no bastaría con enseñarnos.

  Sabía que no bastaría con mostrarnos cómo vivir.

  Sabía que necesitábamos expiación.

  Y sabía que finalmente el sacrificio tendría que ser Él mismo.

Esto nos permite mirar su corazón

  Aquí aparece nuevamente aquello que queremos descubrir a lo largo de esta serie.

  Cristo sabía quiénes éramos.

  Los culpables éramos nosotros.

  Sabía quién había quebrantado la voluntad de Dios.

  Nosotros.

  Sabía quién merecía responder por el pecado.

  Nosotros.

  Y, sin embargo, Isaías había anunciado algo extraordinario:

«El castigo de nuestra paz fue sobre él».

  Él sabía que vendría a ocupar el lugar del culpable.

  Sabía que sería herido por rebeliones que no había cometido.

  Sabía que cargaría pecados que no eran suyos.

  Sabía que nuestra reconciliación tendría un precio terrible.

Lo sabía.

Y aun así vino.

  Eso nos muestra algo extraordinario acerca del corazón de Jesucristo:

no vino porque nosotros pudiéramos pagar nuestra deuda; vino porque sabía que jamás podríamos pagarla por nosotros mismos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.