Jesucristo sabía que cuando viniera a buscarnos encontraría una humanidad separada de Dios y culpable delante de Él.
Pero sabía algo todavía más terrible:
sobre nosotros pesaba una sentencia de muerte.
La muerte no formaba parte de aquella primera escena maravillosa que encontramos en el Edén. Apareció ligada a la desobediencia del hombre. Dios había advertido a Adán con absoluta claridad acerca de las consecuencias de rebelarse contra Él.
«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17).
Adán conocía la advertencia.
Pero comió.
Y la muerte entró en la historia humana.
La sentencia había sido pronunciada
Después de la caída, algo cambió radicalmente.
El hombre que había sido formado para vivir comenzó a morir.
Su cuerpo regresaría finalmente al polvo del cual había sido tomado:
«Polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19).
Desde entonces, generación tras generación, la misma escena comenzó a repetirse.
Los hombres nacían.
Vivían durante un tiempo.
Y morían.
Reyes y campesinos.
Ricos y pobres.
Fuertes y débiles.
Nadie podía detenerla.
La muerte había levantado su imperio sobre la humanidad.
No era solamente un problema biológico
Muchos siglos después, el profeta Ezequiel expresó nuevamente la gravedad del problema:
«El alma que pecare, esa morirá» (Ezequiel 18:4).
La muerte, entonces, no podía entenderse solamente como el desgaste natural de un cuerpo.
Existía detrás de ella un problema moral y espiritual:
el hombre había pecado contra Dios.
Por eso nuestra tragedia era mucho mayor de lo que parecía.
No necesitábamos solamente vivir algunos años más.
No necesitábamos simplemente cuerpos más fuertes o una vida más cómoda.
Necesitábamos ser rescatados de la muerte.
Él sabía dónde nos encontraría
Antes de venir, Jesucristo sabía perfectamente a qué clase de mundo estaba descendiendo.
Venía a un planeta lleno de cementerios.
Venía a una humanidad que enterraba a sus padres, a sus hijos, a sus esposos, a sus esposas y a sus amigos.
Venía a un mundo donde cada nacimiento comenzaba inevitablemente una marcha hacia la tumba.
Y sabía por qué.
El pecado había introducido la muerte.
Cristo no vino engañado acerca de nuestra condición.
Sabía que venía a buscar seres humanos sobre quienes pesaba una sentencia que ellos mismos no podían cancelar.
El Antiguo Testamento también anunciaba esperanza
Pero entre aquellas antiguas Escrituras aparece una declaración extraordinaria.
El profeta Oseas escribió:
«De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol» (Oseas 13:14).
En medio de un mundo condenado a morir, Dios hablaba de redención.
Hablaba de librar de la muerte.
La muerte parecía tener la última palabra.
Pero Dios ya había anunciado que no sería así.

Jesús sabía que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados y que solo el podía recatarnos
Sabía que para rescatarnos tendría que entrar en nuestro mundo
Aquí comenzamos nuevamente a contemplar el corazón de Cristo.
Él poseía vida.
Nosotros estábamos bajo sentencia de muerte.
Él no era el culpable.
Nosotros sí.
Sin embargo, en lugar de abandonarnos a las consecuencias de nuestra rebelión, decidió venir al mundo donde reinaba la muerte para rescatarnos.
Sabía que encontraría funerales.
Sabía que encontraría sepulcros.
Sabía que encontraría lágrimas.
Sabía que encontraría seres humanos incapaces de escapar por sí mismos de su destino.
Y sabía que su misión finalmente lo conduciría a enfrentarse personalmente con aquello que nos tenía cautivos.
La muerte.
Pero también sabía algo que nosotros todavía no comprendíamos:
la muerte no tendría la última palabra.
Siglos antes de Belén, ya estaba escrito que Dios redimiría de la muerte.
Jesucristo sabía perfectamente a qué mundo venía.
Sabía cuál era nuestra sentencia.
Sabía lo que costaría nuestro rescate.
Lo sabía.
Y aun así vino.
Porque su corazón no estuvo dispuesto a contemplar desde lejos cómo la humanidad que amaba marchaba inexorablemente hacia la muerte.
Vino a rescatarnos.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
